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Parte 9Al servicio del embajador

Las penas del joven Werther · Goethe · 8 min de lectura

LIBRO SEGUNDO

20 de octubre de 1771

Ayer llegamos aquí. El embajador está indispuesto y por tanto se guardará unos días. Si al menos no fuera tan antipático, todo estaría bien. Noto, noto que el destino me tiene reservadas duras pruebas. ¡Pero ánimo! Un espíritu ligero lo soporta todo. ¿Un espíritu ligero? Me hace reír que esta palabra llegue a mi pluma. ¡Oh, un poco de sangre más ligera me haría el más feliz bajo el sol! ¿Qué? Allí donde otros, con su pizca de fuerza y talento, fanfarronean ante mí con plácida satisfacción de sí mismos, ¿yo desespero de mi fuerza, de mis dotes? Dios bondadoso, que me lo diste todo, ¿por qué no retuviste la mitad y me diste confianza en mí mismo y contentamiento?

¡Paciencia! ¡Paciencia! Mejorará. Porque te digo, querido, que tienes razón. Desde que ando todos los días entre la gente y veo lo que hacen y cómo lo hacen, estoy mucho mejor conmigo mismo. Ciertamente, porque ya estamos hechos de tal modo que todo lo comparamos con nosotros y a nosotros con todo, la felicidad o la desdicha reside en los objetos con que nos comparamos, y entonces nada es más peligroso que la soledad. Nuestra imaginación, impulsada por su naturaleza a elevarse, alimentada por las imágenes fantásticas de la poesía, se construye una serie de seres en la que nosotros somos el más bajo y todo fuera de nosotros aparece más espléndido, cualquier otro es más perfecto. Y esto ocurre muy naturalmente. Sentimos tan a menudo que nos falta algo, y precisamente lo que nos falta parece poseerlo otro, a quien entonces también le atribuimos todo lo que tenemos, y además cierta satisfacción idealizada. Y así el feliz queda perfectamente terminado, criatura de nosotros mismos.

En cambio, si con toda nuestra debilidad y esfuerzo seguimos trabajando directamente, encontramos muy a menudo que con nuestro zigzagueo y viraje llegamos más lejos que otros con su navegar y remar. Y eso sí es un verdadero sentimiento de uno mismo, cuando se iguala a los demás o incluso se les adelanta.

26 de noviembre de 1771

Empiezo a encontrarme bastante tolerablemente aquí. Lo mejor es que hay bastante que hacer; y además las diversas personas, las más variadas figuras, me ofrecen un espectáculo colorido ante mi alma. He conocido al conde de C..., un hombre al que debo venerar cada día más, una cabeza amplia y grande, que no por ello es fría porque abarque mucho; de cuyo trato brota tanto sentimiento por la amistad y el amor. Se interesó por mí cuando le transmití un encargo de negocios y notó desde las primeras palabras que nos entendíamos, que podía hablar conmigo como no con cualquiera. Tampoco puedo alabar lo suficiente su trato franco conmigo. No hay en el mundo alegría tan verdadera y cálida como ver un alma grande que se abre ante uno.

24 de diciembre de 1771

El embajador me causa mucho disgusto, lo había previsto. Es el loco más puntilloso que pueda existir; paso a paso y minucioso como una vieja; un hombre que nunca está satisfecho consigo mismo, y al que por tanto nadie puede complacer. Yo trabajo con gusto sin dilación, y como queda, así queda; entonces él es capaz de devolverme un escrito y decir: «Está bien, pero revíselo, siempre se encuentra una palabra mejor, una partícula más pura». Ahí podría volverme del demonio. Ni una Y, ni una conjunción puede faltar, y de todas las inversiones que a veces se me escapan, es enemigo mortal; si uno no organiza su período según la melodía tradicional, entonces no entiende nada. Es un suplicio tener que tratar con semejante hombre.

La confianza del conde de C... es lo único que me compensa. Me dijo hace poco con toda franqueza lo insatisfecho que está con la lentitud y la vacilación de mi embajador. «La gente se lo complica a sí misma y a los demás. Sin embargo», dijo, «hay que resignarse a ello como un viajero que tiene que cruzar una montaña; ciertamente, si la montaña no estuviera allí, el camino sería mucho más cómodo y corto; pero ahí está, y hay que pasarla».

Mi viejo también percibe la preferencia que el conde me da sobre él, y eso lo irrita, y aprovecha cualquier ocasión para hablar mal de mí al conde sobre el conde, yo mantengo, como es natural, la posición contraria, y con eso la cosa solo empeora. Ayer incluso me enfureció, porque me incluía a mí: para los asuntos mundiales el conde es bastante bueno, tiene mucha facilidad para trabajar y maneja bien la pluma, pero le falta erudición profunda como a todos los belletristas. Al decirlo puso una cara como si quisiera decir: «¿Sientes la puñalada?», pero no tuvo el efecto en mí; desprecié al hombre que podía pensar y comportarse así. Le hice frente y luché con bastante vehemencia. Dije que el conde era un hombre ante el que había que tener respeto, tanto por su carácter como por sus conocimientos. «No he conocido», dije, «a nadie que haya logrado tan bien ampliar su espíritu, extenderlo sobre innumerables objetos y aun así mantener esa actividad para la vida común». Eso fueron castillos en España para ese cerebro, y me despedí para no tener que tragar más bilis por seguir desbarrando.

Y de todo sois vosotros culpables, los que me habéis metido en este yugo con vuestra palabrería y me habéis cantado tanto sobre la actividad. ¡Actividad! Si no hace más el que planta patatas y va a la ciudad a vender su grano que yo, quiero seguir deslomándome diez años más en esta galera a la que ahora estoy encadenado.

Y la miseria brillante, el aburrimiento entre la odiosa gente que aquí se mira unos a otros. La ambición de rango entre ellos, cómo solo velan y acechan para ganarse unos a otros un pasito; las más miserables, más lamentables pasiones, del todo sin disfraz. Hay una mujer, por ejemplo, que a todo el mundo habla de su nobleza y de su tierra, de modo que cualquier forastero debe pensar: esta es una loca que se hace ilusiones fantásticas sobre su pizca de nobleza y la fama de su tierra. Pero es aún peor: precisamente esa mujer es aquí de la vecindad, hija de un escribano de distrito. Mira, no puedo comprender al género humano, que tiene tan poco sentido como para prostituirse tan abyectamente.

Aunque noto cada día más, querido mío, lo necio que es calcular a los demás según uno mismo. Y como tengo tanto que hacer conmigo mismo y este corazón es tan tempestuoso, ah, dejo con gusto que los demás sigan su camino, si al menos pudieran dejarme seguir el mío.

Lo que más me molesta son las fatales relaciones burguesas. Ciertamente sé tan bien como cualquiera lo necesaria que es la diferencia de clases, cuántas ventajas me proporciona a mí mismo: solo que no debería ponérseme justamente en el camino allí donde aún podría gozar un poco de alegría, un destello de felicidad en esta tierra. Conocí hace poco en un paseo a una señorita de B..., una criatura encantadora que ha conservado mucha naturalidad en medio de la vida rígida. Nos agradamos en nuestra conversación, y al separarnos le pedí permiso para visitarla en su casa. Me lo concedió con tanta franqueza que apenas podía esperar el momento oportuno para ir a verla. No es de aquí y vive en casa de una tía. La fisonomía de la vieja no me gustó. Le mostré mucha atención, mi conversación se dirigió principalmente a ella, y en menos de media hora había comprendido bastante bien lo que la señorita me confesó después: que la querida tía en su vejez carece de todo, no tiene un patrimonio decente, ni ingenio ni apoyo más que la serie de sus antepasados, ningún amparo más que la clase en la que se ha atrincherado, y ningún placer más que mirar desde su piso alto por encima de las cabezas burguesas. En su juventud parece que fue hermosa y desperdició su vida, primero atormentando con su terquedad a más de un pobre joven, y en los años maduros sometiéndose a la obediencia de un viejo oficial que a cambio de este precio y una manutención pasable pasó con ella el siglo de bronce y murió. Ahora se ve sola en el de hierro y no sería mirada si su sobrina no fuera tan encantadora.

8 de enero de 1772

Qué clase de personas son aquellas cuya alma entera descansa en el ceremonial, cuyo pensar y ambicionar va durante años a cómo sentarse una silla más arriba en la mesa. Y no es que no tengan otros asuntos; más bien se acumulan los trabajos precisamente porque por las pequeñas contrariedades se ven impedidos de promover los asuntos importantes. La semana pasada hubo disputas en el paseo en trineo, y se echó a perder toda la diversión.

Los tontos, que no ven que en realidad el puesto no importa en absoluto, y que quien tiene el primero tan rara vez desempeña el primer papel. ¡Cuántos reyes son gobernados por su ministro, cuántos ministros por su secretario! ¿Y quién es entonces el primero? El que, me parece, domina a los demás y tiene bastante poder o astucia para poner sus fuerzas y pasiones al servicio de la ejecución de sus planes.

20 de enero

Debo escribirle, querida Carlota, aquí en el cuarto de una humilde posada campesina donde me he refugiado de un fuerte temporal. Mientras ando por el triste pueblo de D..., entre gente extraña, del todo extraña a mi corazón, no he tenido un momento, ni uno, en que mi corazón me haya mandado escribirle; y ahora en esta cabaña, en esta soledad, en este encierro, mientras la nieve y el granizo azotan mi ventanita, aquí fue usted mi primer pensamiento. Al entrar, me asaltó su figura, su recuerdo, ¡oh, Carlota! ¡Tan santo, tan cálido! Dios bondadoso, el primer momento feliz de nuevo.

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