Parte 2La felicidad y los encuentros
Te lo confieso de buen grado, pues ya sé lo que querrás decirme a esto: los más felices son aquellos que, como los niños, viven al día, arrastran sus muñecos de un lado a otro, los desvisten y los visten, y merodean con gran respeto alrededor del cajón donde mamá ha guardado bajo llave el bizcocho, y cuando por fin consiguen lo deseado, lo devoran con los carrillos llenos y gritan: «¡más!». Esas son criaturas felices. También les va bien a aquellos que dan títulos espléndidos a sus miserables ocupaciones o incluso a sus pasiones, y se las presentan al género humano como operaciones gigantescas para su salvación y bienestar. ¡Dichoso el que puede ser así! Pero quien en su humildad reconoce adónde va a parar todo eso, quien ve con qué gracia cada burgués al que le va bien sabe convertir su jardincito en un paraíso, y con qué incansable ahínco también el desgraciado jadea bajo su carga, y cómo todos están igualmente interesados en ver la luz de este sol un minuto más, ese permanece en silencio y construye también su mundo desde sí mismo, y es también feliz porque es un ser humano. Y entonces, por limitado que esté, conserva siempre en el corazón el dulce sentimiento de la libertad, y de que puede abandonar esta prisión cuando quiera.
26 de mayo
Conoces desde antiguo mi costumbre de instalarme, de levantarme una chocita en algún lugar acogedor y alojarme allí con toda sencillez. También aquí he vuelto a encontrar un rinconcito que me ha atraído.
A una hora más o menos de la ciudad hay un lugar que llaman Wahlheim. El lector no se tomará la molestia de buscar los lugares aquí mencionados; nos hemos visto obligados a cambiar los nombres verdaderos que figuraban en el original. La ubicación en una colina es muy interesante, y cuando se sale por el sendero de arriba hacia el pueblo, se abarca de golpe todo el valle. Una buena posadera, que a pesar de su edad es amable y animosa, sirve vino, cerveza, café; y lo que supera a todo son dos tilos que con sus ramas extendidas cubren la placita delante de la iglesia, que está rodeada de casas campesinas, graneros y corrales. Difícilmente he encontrado un rincón tan acogedor, tan íntimo, y hacia allí hago traer mi mesita de la posada y mi silla, bebo mi café allí y leo a Homero. La primera vez que llegué bajo los tilos por casualidad en una hermosa tarde, encontré el lugar tan solitario. Todo el mundo estaba en el campo; solo había un niño de unos cuatro años sentado en el suelo, y sostenía con ambos brazos contra su pecho a otro niño de unos seis meses que estaba sentado delante de él entre sus piernas, de modo que le servía como una especie de sillón, y a pesar de la vivacidad con que miraba a su alrededor desde sus ojos negros, permanecía muy quieto. Me deleitó la visión: me senté en un arado que había enfrente y dibujé la postura fraternal con mucho placer. Añadí la cerca más cercana, una puerta de granero y algunas ruedas de carro rotas, todo tal como estaba uno detrás de otro, y encontré que al cabo de una hora había realizado un dibujo bien ordenado y muy interesante, sin añadir lo más mínimo de mi cosecha. Eso me reafirmó en mi propósito de atenerme en adelante únicamente a la naturaleza. Solo ella es infinitamente rica, y solo ella forma al gran artista. Se puede decir mucho a favor de las reglas, más o menos lo mismo que se puede decir en elogio de la sociedad civil. Una persona que se forma según ellas nunca producirá nada insípido ni malo, del mismo modo que alguien que se deja modelar por las leyes y el decoro nunca podrá convertirse en un vecino insoportable ni en un malvado notable; pero en cambio toda regla, dígase lo que se diga, también destruirá el verdadero sentimiento de la naturaleza y su verdadera expresión. Dirás tú: «¡eso es demasiado duro! Solo limita, poda las ramas exuberantes», etc. Buen amigo, ¿quieres que te ponga un símil? Es como el amor. Un corazón joven está completamente prendado de una muchacha, pasa todas las horas de su día con ella, malgasta todas sus fuerzas, toda su fortuna, para expresarle a cada instante que se entrega completamente a ella. Y entonces vendría un filisteo, un hombre que ocupa un cargo público, y le diría: «¡Fino joven señor! Amar es humano, pero debéis amar humanamente. Distribuid vuestras horas, unas para el trabajo, y las horas de descanso dedicádselas a vuestra muchacha. Calculad vuestra fortuna, y de lo que os sobre de lo necesario, no os prohíbo hacerle un regalo, solo que no demasiado a menudo, quizá por su cumpleaños o santo, etc.». Si la persona hace caso, tendremos a un joven útil, y yo mismo aconsejaría a cualquier príncipe que lo nombrara en un colegio; solo que con su amor se habrá acabado y, si es un artista, con su arte. ¡Oh, amigos míos! ¿Por qué el torrente del genio irrumpe tan raramente, tan raramente se precipita en altas crecidas y sacude vuestra alma asombrada? Queridos amigos, en ambas orillas habitan los señores sosegados, a quienes se les arruinarían sus cenadores, sus canteros de tulipanes y sus huertos, y que por eso saben a tiempo, con diques y canalizaciones, defenderse del peligro que amenaza en el futuro.
27 de mayo
Veo que he caído en éxtasis, símiles y declamación, y he olvidado contarte qué fue después de los niños. Estuve sentado en mi arado, completamente sumido en sentimientos pictóricos que mi carta de ayer te presenta muy fragmentados, durante dos horas. Entonces, hacia el atardecer, se acerca a los niños, que entretanto no se habían movido, una mujer joven con un cestito en el brazo, y grita desde lejos: «¡Filips, qué bueno eres!». Me saludó, le di las gracias, me levanté, me acerqué y le pregunté si era la madre de los niños. Lo confirmó, y mientras le daba al mayor medio panecillo, tomó al pequeño en brazos y lo besó con todo el amor maternal. «Le he dado», dijo, «al pequeño a mi Filips para que lo sostuviera, y me he ido a la ciudad con mi mayor a buscar pan blanco, azúcar y una ollita de barro para las gachas». Vi todo eso en el cesto, cuya tapa se había caído. «Quiero cocinarle a mi Hans (ese era el nombre del más pequeño) una sopita para la cena; el granuja, el mayor, me rompió ayer la ollita cuando se peleaba con Filips por los restos de las gachas». Le pregunté por el mayor, y apenas me hubo dicho que andaba correteando por el prado con un par de gansos, cuando llegó saltando y le trajo al segundo una vara de avellano. Seguí conversando con la mujer y me enteré de que era hija del maestro de escuela, y de que su marido había hecho un viaje a Suiza para recoger la herencia de un primo. «Querían engañarlo», dijo, «y no le respondieron a sus cartas; así que ha ido él mismo. Con tal de que no le haya pasado ninguna desgracia, no sé nada de él». Me costó separarme de la mujer, di un kreuzer a cada uno de los niños, y también para el más pequeño le di uno a ella, para que le trajera un panecillo para la sopa cuando fuera a la ciudad, y así nos despedimos.
Te digo, querido mío, que cuando mis sentidos ya no pueden más, la visión de una criatura así, que recorre en feliz serenidad el estrecho círculo de su existencia, que se las arregla de un día para otro, que ve caer las hojas y no piensa en ello más que en que viene el invierno, todo ese tumulto se calma.
Desde entonces salgo a menudo. Los niños se han acostumbrado del todo a mí, reciben azúcar cuando tomo café, y comparten conmigo el pan con mantequilla y la leche cuajada por la tarde. Los domingos nunca les falta el kreuzer, y si no estoy allí después del oficio, la posadera tiene orden de entregárselo.
Se han vuelto confiados, me cuentan toda clase de cosas, y me deleito especialmente con sus pasiones y sus sencillos arrebatos de deseo cuando se reúnen más niños del pueblo.
Me ha costado mucho esfuerzo quitarle a la madre la preocupación de que pudieran molestar al señor.
30 de mayo
Lo que te dije el otro día sobre la pintura vale sin duda también para la poesía; solo se trata de que se reconozca lo excelente y se ose expresarlo, y eso desde luego es decir mucho con poco. Hoy he tenido una escena que, copiada fielmente, daría el idilio más hermoso del mundo; pero ¿para qué poesía, escena e idilio? ¿Es que siempre tiene que estar retocado para que participemos de un fenómeno natural?
Si después de esta introducción esperas algo elevado y distinguido, te engañas de nuevo; no es más que un mozo de labranza el que me ha arrastrado a esta viva participación. Narraré mal, como de costumbre, y tú me encontrarás exagerado, como de costumbre, creo; es otra vez Wahlheim, y siempre Wahlheim, el que produce estas rarezas.
Había una tertulia fuera bajo los tilos, para tomar café. Como no me gustaba del todo, me quedé atrás con una excusa.
Un mozo de labranza salió de una casa vecina y se ocupó en arreglar algo en el arado que yo había dibujado el otro día. Como me gustó su aspecto, le hablé, le pregunté por sus circunstancias, pronto nos conocimos y, como me suele pasar con esta clase de gente, pronto intimamos. Me contó que estaba al servicio de una viuda y que ella lo trataba muy bien. Habló tanto de ella y la alabó de tal modo que pronto me di cuenta de que estaba entregado a ella en cuerpo y alma. Ya no era joven, dijo, su primer marido la había tratado mal, no quería volver a casarse, y de su relato se deducía tan claramente lo hermosa, lo encantadora que era para él, cuánto deseaba que ella lo eligiera para borrar el recuerdo de las faltas de su primer marido, que tendría que repetirte palabra por palabra para hacerte palpable el puro afecto, el amor y la lealtad de este hombre. Sí, tendría que poseer el don del poeta más grande para poder representarte vivamente al mismo tiempo la expresión de sus gestos, la armonía de su voz, el fuego secreto de sus miradas. No, ninguna palabra expresa la ternura que había en todo su ser y en su expresión; todo lo que podría reproducir sería tosco. Me conmovió especialmente cómo temía que yo pudiera pensar mal de su relación con ella y dudar de su buena conducta. Cuán encantador era cuando hablaba de su figura, de su cuerpo, que lo atraía y lo cautivaba poderosamente sin encantos juveniles, solo puedo repetírmelo en lo más íntimo de mi alma. Nunca en mi vida he visto el deseo apremiante y el anhelo ardiente y anhelante con esta pureza, es más, puedo decir que con esta pureza ni siquiera lo he pensado ni soñado. No me regañes si te digo que al recordar esta inocencia y verdad me arde el alma más íntima, y que la imagen de esta lealtad y ternura me persigue por todas partes, y que yo mismo, como inflamado por ella, desfallezco y me consumo.
Ahora intentaré verla también lo antes posible, o más bien, si lo pienso bien, lo evitaré. Es mejor que la vea a través de los ojos de su enamorado; quizá no me parezca ante mis propios ojos como ahora está ante mí, ¿y para qué estropearme esa hermosa imagen?
16 de junio
¿Por qué no te escribo? Preguntas eso, y tú también eres uno de los eruditos. Deberías adivinar que me encuentro bien, y es más... en resumidas cuentas, he hecho un conocimiento que me toca más de cerca el corazón. Tengo... no sé.
Contarte en orden cómo sucedió que he conocido a una de las criaturas más encantadoras será difícil. Estoy contento y feliz, y por tanto no soy buen historiador.
¡Un ángel! ¡Bah! Eso lo dice cada cual de la suya, ¿no es verdad? Y sin embargo no estoy en condiciones de decirte cómo es de perfecta, por qué es perfecta; basta con que ha cautivado todo mi sentido.
Tanta sencillez con tanto entendimiento, tanta bondad con tanta firmeza, y la calma del alma con la verdadera vida y actividad.
Todo esto es un feo parloteo lo que digo de ella, lamentables abstracciones que no expresan ni un solo rasgo de su ser. Otra vez... no, no otra vez, ahora mismo quiero contártelo. Si no lo hago ahora, no sucederá nunca. Pues, entre nosotros, desde que empecé a escribir, ya he estado tres veces a punto de soltar la pluma, mandar ensillar mi caballo y salir a caballo. Y sin embargo me juré esta mañana no salir, ¡y aun así voy a cada momento a la ventana a ver a qué altura está todavía el sol!
No he podido resistirlo, he tenido que ir a verla. Ya estoy de vuelta, Guillermo, voy a cenar mi pan con mantequilla y escribirte. ¡Qué delicia es para mi alma verla en el círculo de los queridos y animosos niños, sus ocho hermanos!
Si sigo así, al final estarás tan enterado como al principio. Escucha pues, voy a obligarme a entrar en detalles.
Te escribí hace poco cómo había conocido al funcionario S., y cómo me había rogado que lo visitara pronto en su retiro o más bien en su pequeño reino. Descuidé aquello, y quizá nunca habría ido si el azar no me hubiera descubierto el tesoro que se oculta en esa región tranquila.
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