Parte 14El editor narra la tragedia
EL EDITOR AL LECTOR
Cuánto desearía que de los últimos días memorables de nuestro amigo nos hubieran quedado tantos testimonios de su propia mano, que no me fuera necesario interrumpir la secuencia de sus cartas póstumas mediante la narración.
Me he esforzado en reunir noticias precisas de boca de quienes podían estar bien informados de su historia; es sencilla, y todos los relatos coinciden hasta en los menores detalles; solo sobre el modo de pensar de las personas que actuaron difieren las opiniones y están divididos los juicios.
¿Qué nos queda sino narrar concienzudamente lo que hemos podido averiguar con reiterado esfuerzo, intercalar las cartas que dejó el difunto y no despreciar la más pequeña hoja hallada; sobre todo cuando es tan difícil descubrir los verdaderos móviles íntimos incluso de una sola acción, cuando ocurre entre personas que no son de clase vulgar?
El disgusto y el desagrado habían echado en el alma de Werther raíces cada vez más profundas, se habían entrelazado más firmemente entre sí y poco a poco se habían apoderado de todo su ser. La armonía de su espíritu estaba completamente destruida, un calor y una violencia internos que trastornaban todas las fuerzas de su naturaleza producían los efectos más adversos y no le dejaban al final sino un agotamiento del que intentaba salir con más angustia aún de la que había sentido al luchar antes con todos los males. La opresión de su corazón consumía las demás fuerzas de su espíritu, su vivacidad, su perspicacia; se convirtió en un compañero triste, cada vez más desgraciado, y cada vez más injusto cuanto más desgraciado se volvía. Al menos esto dicen los amigos de Alberto; afirman que Werther no había podido juzgar a un hombre puro y tranquilo que ahora participaba de una felicidad largamente deseada, ni su conducta para conservar esa felicidad también en el futuro, él, que por así decir consumía cada día todo su caudal para sufrir y pasar necesidad por la noche. Alberto, dicen, no había cambiado en tan poco tiempo, seguía siendo el mismo que Werther conoció desde el principio, al que tanto estimaba y honraba. Amaba a Carlota por encima de todo, estaba orgulloso de ella y deseaba que todos la reconocieran también como la más magnífica criatura. ¿Era reprochable, pues, que también quisiera apartar cualquier apariencia de sospecha, que en ese momento no tuviera ganas de compartir con nadie esta preciosa posesión ni siquiera del modo más inocente? Reconocen que Alberto abandonaba a menudo la habitación de su mujer cuando Werther estaba con ella, pero no por odio ni por aversión contra su amigo, sino solo porque había sentido que este se sentía oprimido por su presencia.
El padre de Carlota había caído enfermo, lo que le obligaba a quedarse en casa, y le envió su carruaje para que fuera a verlo. Era un hermoso día de invierno, había caído la primera nevada abundante y cubría toda la comarca.
Werther fue tras ella a la mañana siguiente para, si Alberto no iba a recogerla, acompañarla de vuelta.
El tiempo claro podía influir poco en su ánimo sombrío, una presión sorda pesaba sobre su alma, las imágenes tristes se habían fijado en él, y su ánimo no conocía otro movimiento que el de un pensamiento doloroso a otro.
Como vivía en eterna discordia consigo mismo, también le parecía el estado de los demás solo más inquietante y confuso; creía haber perturbado la hermosa relación entre Alberto y su esposa, se hacía reproches por ello, en los que se mezclaba un secreto disgusto contra el marido.
Sus pensamientos recayeron también en camino sobre este asunto. «Sí, sí», se decía a sí mismo con secreto rechinar de dientes, «ese es el trato confiado, amistoso, tierno, que participa en todo, la tranquila y duradera fidelidad. ¡Es saciedad e indiferencia! ¿No le atrae cualquier miserable asunto más que su preciosa y querida esposa? ¿Sabe apreciar su felicidad? ¿Sabe estimarla como merece? La tiene, bien, la tiene... lo sé, como sé otras cosas; creo haberme acostumbrado a la idea, me volverá loco todavía, me matará todavía... ¿Y acaso la amistad hacia mí ha resistido? ¿No ve ya en mi apego a Carlota una intromisión en sus derechos, en mi atención hacia ella un callado reproche? Lo sé bien, lo siento, me ve con disgusto, desea mi alejamiento, mi presencia le resulta molesta».
A menudo detenía su paso rápido, a menudo se quedaba quieto y parecía querer volverse atrás; pero siempre encaminaba de nuevo sus pasos hacia adelante, y con estos pensamientos y soliloquios llegó por fin como contra su voluntad a la casa de campo.
Entró por la puerta, preguntó por el anciano y por Carlota; encontró la casa en cierto revuelo. El hijo mayor le dijo que en Wahlheim había ocurrido una desgracia, ¡habían asesinado a un campesino! No le causó ninguna impresión especial. Entró en la sala y encontró a Carlota ocupada en persuadir al anciano, que a pesar de su enfermedad quería ir allí para investigar el hecho en el lugar mismo. El autor era todavía desconocido, habían encontrado al asesinado por la mañana delante de la puerta de su casa, había conjeturas: el muerto era criado de una viuda que antes había tenido a otro a su servicio, que había salido de la casa con disgusto.
Cuando Werther oyó esto, se levantó con vehemencia. «¿Es posible?», exclamó, «debo ir allá, no puedo estar quieto un instante». Se apresuró hacia Wahlheim, cada recuerdo se le volvió vívido, y no dudó ni un instante de que aquel hombre había cometido el acto, aquel con quien había hablado tantas veces, que tanto le había llegado a importar.
Como tuvo que pasar por los tilos para llegar a la taberna donde habían depositado el cadáver, se horrorizó ante el lugar antes tan amado. Aquel umbral donde tan a menudo habían jugado los niños del vecindario estaba manchado de sangre. El amor y la fidelidad, los más hermosos sentimientos humanos, se habían transformado en violencia y asesinato. Los árboles robustos estaban sin hojas y escarchados, los hermosos setos que se arqueaban sobre el bajo muro del cementerio estaban deshojados, y las lápidas asomaban cubiertas de nieve por entre los huecos.
Cuando se acercó a la taberna, frente a la cual estaba reunida toda la aldea, se produjo de pronto un griterío. A lo lejos se divisaba un grupo de hombres armados, y todos gritaban que traían al autor. Werther miró y no tardó en salir de dudas. Sí, era el criado que tanto amaba a aquella viuda, al que había encontrado tiempo atrás vagando con callada ira, con secreta desesperación.
«¡Qué has hecho, desgraciado!», exclamó Werther precipitándose hacia el prisionero. Este lo miró en silencio, calló y por fin respondió muy tranquilo: «Nadie la tendrá, ella no tendrá a nadie». Llevaron al prisionero a la taberna, y Werther se marchó a toda prisa.
Por el espantoso y violento contacto se había sacudido todo lo que había en su ser. Fue arrancado por un momento de su tristeza, su disgusto, su indiferente abandono; la compasión se apoderó de él irresistiblemente, y lo invadió un indecible deseo de salvar a aquel hombre. Lo sentía tan desgraciado, lo encontraba tan inocente incluso como criminal, se ponía tan profundamente en su lugar, que estaba seguro de poder convencer también a otros. Ya deseaba poder hablar en su favor, ya se agolpaba en sus labios la más viva alegación, corrió hacia la casa de campo y no pudo contenerse en el camino de expresar ya a media voz todo lo que quería presentar al magistrado.
Cuando entró en la sala encontró presente a Alberto, esto lo desconcertó un momento; pero pronto se recobró y expuso con ardor sus opiniones al magistrado. Este sacudió varias veces la cabeza, y aunque Werther presentó con la mayor vivacidad, pasión y verdad todo lo que un hombre puede decir para disculpar a otro hombre, sin embargo, como fácilmente se imagina, el magistrado no se conmovió por ello. Más bien no dejó terminar a nuestro amigo, le contradijo enérgicamente y le censuró por proteger a un asesino; le mostró que de ese modo se anulaba toda ley, se destruía toda seguridad del Estado; añadió también que en un asunto semejante no podía hacer nada sin cargar sobre sí la mayor responsabilidad, todo debía seguir en orden, por el curso prescrito.
Werther no se rindió aún, sino que solo pidió que el magistrado hiciera la vista gorda si se ayudaba al hombre a fugarse. También esto se lo rechazó el magistrado. Alberto, que por fin se mezcló en la conversación, se puso también de parte del anciano. Werther fue derrotado, y con un sufrimiento terrible se puso en camino, después de que el magistrado le dijera varias veces: «¡No, no se puede salvar!».
Cuánto debieron impactarle estas palabras lo vemos por una notita que se encontró entre sus papeles y que seguramente fue escrita el mismo día:
«No puedes salvarte, desgraciado. Veo bien que nosotros no podemos salvarnos».
Lo que Alberto dijo por último sobre el asunto del prisionero en presencia del magistrado le había resultado a Werther sumamente desagradable: creyó haber notado en ello cierta susceptibilidad contra él, y aunque al reflexionar más no se le escapó a su perspicacia que ambos hombres podían tener razón, le parecía sin embargo como si tuviera que renunciar a su más íntimo ser si lo confesaba, si lo admitía.
Una hojita que se refiere a esto, que quizá expresa toda su relación con Alberto, la encontramos entre sus papeles:
«¿De qué sirve que me diga y me repita, él es bueno y honrado, pero me destroza las entrañas; no puedo ser justo».
Como era una tarde templada y el tiempo empezaba a inclinarse al deshielo, Carlota volvió a pie con Alberto. Por el camino miraba aquí y allá, como si echara de menos la compañía de Werther. Alberto empezó a hablar de él, lo censuró dejándole hacer justicia. Tocó el tema de su desgraciada pasión y deseó que fuera posible alejarlo. «Lo deseo también por nuestro bien», dijo, «y te ruego», prosiguió, «procura dar otra dirección a su conducta contigo, disminuir sus frecuentes visitas. La gente se está fijando, y sé que aquí y allá se ha hablado de ello». Carlota calló, y Alberto pareció haber sentido su silencio, pues desde entonces no volvió a mencionar a Werther ante ella, y cuando ella lo mencionaba, dejaba caer la conversación o la dirigía hacia otra parte.
El intento infructuoso que Werther había hecho para salvar al desgraciado fue la última llamarada de la llama de una luz que se extingue; se hundió solo tanto más profundamente en el dolor y la inactividad; especialmente estuvo casi fuera de sí cuando oyó que quizá lo llamarían incluso como testigo contra el hombre, que ahora se dedicaba a negarlo todo.
Todo lo desagradable que le había ocurrido alguna vez en su vida activa, el disgusto en la legación, todo lo que por lo demás le había salido mal, lo que alguna vez le había ofendido, subía y bajaba en su alma. Por todo esto se sintió como autorizado a la inactividad, se encontró cortado de toda perspectiva, incapaz de asir ningún asidero de los que se emplean para los asuntos de la vida común; y así avanzó por fin, entregado por completo a su singular sentimiento, a su modo de pensar y a una pasión sin fin, en la eterna monotonía de un triste trato con la criatura amable y amada cuya paz perturbaba, asaltando sus fuerzas, consumiéndolas sin objeto ni perspectiva, siempre más cerca de un triste final.
De su confusión, pasión, de su incesante agitación y afán, de su hastío de vivir, son las más fuertes pruebas algunas cartas que dejó, que queremos insertar aquí.
12 de diciembre
«Querido Guillermo, estoy en un estado en el que debieron de estar aquellos desgraciados de quienes se creía que eran llevados de un lado a otro por un espíritu maligno. A veces me acomete; no es angustia, no es deseo... es una furia interna, desconocida, que amenaza con desgarrarme el pecho, que me oprime la garganta. ¡Ay! ¡Ay! Y entonces vago por las terribles escenas nocturnas de esta estación hostil al hombre.
Ayer por la noche tuve que salir. Había entrado de pronto el deshielo, había oído que el río se había desbordado, todos los arroyos crecidos e inundado mi querido valle desde Wahlheim. ¡Después de las once corrí afuera! Un espectáculo aterrador, ver desde la roca las aguas revueltas arremolinarse a la luz de la luna, sobre campos y praderas y setos y todo, y el ancho valle arriba y abajo un mar tempestuoso en el bramido del viento. Y cuando luego la luna volvió a salir y se posó sobre la nube negra, y ante mí la inundación rodaba y resonaba en un reflejo terrible y magnífico: entonces me invadió un estremecimiento, ¡y de nuevo un anhelo! ¡Ah, con los brazos abiertos me quedé de pie frente al abismo y respiré hacia abajo! ¡Hacia abajo! Y me perdí en el deleite de precipitar allí mis tormentos, mis sufrimientos. ¡De precipitarme como las olas! ¡Oh! Y no pudiste levantar el pie del suelo para acabar con todos los tormentos. Mi reloj aún no ha terminado, lo siento. ¡Oh, Guillermo! ¡Qué de buena gana habría dado mi condición humana por desgarrar con aquel viento tempestuoso las nubes, por abarcar las inundaciones! ¡Ja! ¿Y acaso no se concederá quizá alguna vez esta delicia al encarcelado?
Y cuando miré con melancolía hacia abajo, hacia un rinconcito donde descansé con Carlota bajo un sauce en un paseo caluroso... ¡también estaba inundado, y apenas reconocí el sauce! ¡Guillermo! Y sus prados, pensé, ¡la comarca alrededor de su casa de campo! ¡Qué devastado ahora por la corriente impetuosa nuestro cenador, pensé! Y el rayo de sol del pasado asomó, como a un prisionero un sueño de rebaños, praderas y dignidades. Me quedé allí. No me censuro, pues tengo valor para morir. Habría... ahora estoy sentado aquí como una vieja que recoge su leña de las cercas y mendiga su pan en las puertas, para prolongar y aliviar todavía un instante su existencia moribunda, sin alegría».
14 de diciembre
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