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Parte 7Podría ser feliz, si no fuera un necio

Las penas del joven Werther · Goethe · 12 min de lectura

Podría llevar la mejor vida, la más feliz, si no fuera un necio. Pocas veces se reúnen circunstancias tan hermosas para deleitar el alma de un hombre como aquellas en las que ahora me encuentro. ¡Ah, qué cierto es que solo nuestro corazón hace nuestra felicidad! Ser miembro de esta adorable familia, ser amado por el viejo como un hijo, por los pequeños como un padre, y por Carlota... Y luego el honesto Alberto, que con ningún capricho desagradable perturba mi felicidad; que me abraza con cordial amistad; ¡para quien soy, después de Carlota, lo más querido del mundo! Guillermo, es un placer oírnos cuando paseamos y conversamos el uno con el otro sobre Carlota: no se ha inventado en el mundo nada más ridículo que esta relación, y sin embargo a menudo se me saltan las lágrimas por ello.

Cuando él me habla de su virtuosa madre: cómo en su lecho de muerte confió a Carlota su casa y sus hijos y le encomendó a Carlota a él, cómo desde entonces un espíritu completamente distinto anima a Carlota, cómo ella, en el cuidado de su economía doméstica y en la seriedad, se ha convertido en una verdadera madre, cómo no ha transcurrido un solo instante de su tiempo sin amor activo, sin trabajo, y sin embargo su alegría, su espíritu ligero nunca la han abandonado... Yo camino a su lado y recojo flores al borde del camino, las compongo con mucho cuidado en un ramo y... las arrojo a la corriente que pasa y las veo descender suavemente... No sé si te he escrito que Alberto se quedará aquí y recibirá de la corte un cargo con un ingreso decoroso, donde es muy apreciado. En orden y diligencia en los negocios he visto a pocos como él.

12 de agosto

Ciertamente, Alberto es el mejor hombre bajo el cielo. Ayer tuve con él una escena singular. Fui a despedirme de él, pues me había entrado el deseo de cabalgar hacia las montañas, desde donde ahora te escribo, y mientras voy y vengo por la habitación, las pistolas me llaman la atención. «Préstame las pistolas», dije, «para mi viaje». «Por mí está bien», dijo, «si quieres tomarte la molestia de cargarlas; en mi casa cuelgan solo pro forma». Tomé una y él continuó: «desde que mi precaución me jugó una mala pasada, no quiero tener nada más que ver con ese artefacto». Sentí curiosidad por conocer la historia. «Me alojé», relató, «durante un buen trimestre en el campo con un amigo, tenía un par de pistolas descargadas y dormía tranquilo. Una vez, en una tarde lluviosa, mientras estaba sentado ocioso, no sé cómo se me ocurre: podríamos ser atacados, podríamos necesitar las pistolas y podríamos... ya sabes cómo es eso. Se las di al criado para que las limpiara y las cargara; y él bromea con las criadas, quiere asustarlas, y Dios sabe cómo, el arma se dispara cuando la baqueta aún está dentro, y le dispara la baqueta a una muchacha en la base del pulgar de la mano derecha y se lo destroza. Así que tuve las lamentaciones y encima pagar la cura, y desde entonces dejo todas las armas descargadas. Querido amigo, ¿qué es la precaución? ¡El peligro no se puede conjurar del todo! Cierto. Ahora bien, sabes que quiero mucho a ese hombre salvo por sus cierto; pues ¿acaso no se entiende por sí mismo que toda afirmación general admite excepciones? ¡Pero así de justificativo es el hombre! Cuando cree haber dicho algo precipitado, general, medio verdadero, no para de limitarte, de modificar y de quitar y poner, hasta que al final ya no queda nada de la cosa».

Y en esta ocasión se metió muy a fondo en materia: al final ya no le escuchaba, caí en cavilaciones, y con un gesto impulsivo me apoyé la boca de la pistola en la frente, sobre el ojo derecho. «¡Bah!», dijo Alberto, bajándome la pistola, «¿qué significa esto?». «No está cargada», dije. «Y aun así, ¿para qué?», replicó impaciente. «No puedo concebir cómo un hombre puede ser tan insensato de pegarse un tiro; el mero pensamiento me causa repugnancia».

«¡Que vosotros los hombres», exclamé, «para hablar de una cosa, tengáis que decir enseguida: "esto es insensato, esto es sensato, esto es bueno, esto es malo"! ¿Y qué significa todo eso? ¿Habéis por ello investigado las circunstancias internas de una acción? ¿Sabéis desarrollar con certeza las causas de por qué sucedió, de por qué tenía que suceder? Si lo hubierais hecho, no seríais tan precipitados con vuestros juicios». «Me concederás», dijo Alberto, «que ciertas acciones siguen siendo viciosas, procedan del motivo que procedan». Me encogí de hombros y se lo concedí. «Pero, amigo mío», continué, «también aquí se encuentran algunas excepciones. Es cierto, el robo es un vicio: pero el hombre que sale a robar para salvarse a sí mismo y a los suyos de una muerte inminente por hambre, ¿merece compasión o castigo? ¿Quién levanta la primera piedra contra el esposo que en justa ira sacrifica a su mujer infiel y a su despreciable seductor? ¿Contra la muchacha que en una hora de dicha se pierde en los placeres incontenibles del amor? Nuestras propias leyes, esos pedantes impasibles, se dejan conmover y retienen su castigo».

«Eso es completamente distinto», replicó Alberto, «porque un hombre arrastrado por sus pasiones pierde toda capacidad de reflexión y es considerado como un ebrio, como un loco». «¡Ah, vosotros, gente razonable!», exclamé sonriendo. «¡Pasión! ¡Embriaguez! ¡Locura! Vosotros permanecéis ahí tan serenos, tan sin participación, vosotros, hombres morales, reprendéis al borracho, aborrecéis al insensato, pasáis de largo como el sacerdote y dais gracias a Dios como el fariseo de que no os haya hecho como uno de estos. Yo he estado ebrio más de una vez, mis pasiones nunca han estado lejos de la locura, y no me arrepiento de ninguna de las dos cosas: pues he aprendido a comprender en qué medida siempre ha sido necesario tachar de ebrios y locos a todos los hombres extraordinarios que realizaron algo grande, algo que parecía imposible. Pero también en la vida común es insoportable oír a casi cualquiera, ante una acción medianamente libre, noble, inesperada, exclamar: "¡ese hombre está ebrio, ese está loco!". ¡Avergonzaos, sobrios! ¡Avergonzaos, sabios!» «Esas son de nuevo tus cavilaciones», dijo Alberto, «lo exageras todo y al menos aquí te equivocas sin duda al comparar el suicidio, del que ahora hablamos, con grandes acciones: cuando no se lo puede considerar más que como una debilidad. Pues ciertamente es más fácil morir que soportar con entereza una vida llena de tormentos». Estuve a punto de interrumpir; pues ningún argumento me saca tanto de quicio como cuando alguien viene con un lugar común insignificante cuando yo hablo con todo el corazón.

Sin embargo me contuve, porque ya lo había oído a menudo y me había irritado por ello otras veces, y le repliqué con cierta vivacidad: «Tú llamas a eso debilidad. Te ruego, no te dejes engañar por las apariencias. ¿Puedes llamar débil a un pueblo que gime bajo el yugo insoportable de un tirano cuando por fin se subleva y rompe sus cadenas? Un hombre que, por el terror de que el fuego haya prendido su casa, siente tensas todas sus fuerzas y con ligereza carga pesos que apenas podría mover con ánimo tranquilo; uno que en la furia de la ofensa se enfrenta a seis y los vence, ¿deben ser llamados débiles? Y, amigo mío, si el esfuerzo es fuerza, ¿por qué habría de ser la tensión extrema lo contrario?» Alberto me miró y dijo: «no me lo tomes a mal, los ejemplos que das no parecen pertenecer aquí en absoluto». «Puede ser», dije, «ya se me ha reprochado a menudo que mi modo de combinar a veces roza el desvarío. Veamos entonces si podemos representarnos de otra manera cómo debe de sentirse el hombre que se decide a sacudirse la carga, por lo demás agradable, de la vida. Pues solo en la medida en que sentimos con él tenemos el derecho de hablar de un asunto».

«La naturaleza humana», continué, «tiene sus límites: puede soportar alegría, pena, dolores hasta cierto grado y perece tan pronto como este se rebasa. Aquí no es cuestión, pues, de si uno es débil o fuerte, sino de si puede soportar la medida de su sufrimiento, sea moral o físico. Y me parece tan absurdo decir que el hombre es cobarde cuando se quita la vida como sería impropio llamar cobarde a quien muere de una fiebre maligna».

«¡Paradójico! ¡Muy paradójico!», exclamó Alberto. «No tanto como crees», repliqué. «Me concedes que llamamos enfermedad mortal aquella por la que la naturaleza queda tan atacada que en parte sus fuerzas se consumen, en parte quedan tan fuera de acción que no es capaz de recuperarse, de restablecer mediante ninguna revolución feliz el curso ordinario de la vida».

«Ahora bien, amigo mío, apliquemos esto al espíritu. Mira al hombre en su limitación, cómo las impresiones actúan sobre él, las ideas se fijan en él, hasta que finalmente una pasión creciente lo priva de toda capacidad serena de los sentidos y lo destruye».

«En vano el hombre sereno, razonable, ve claramente el estado del desdichado, en vano le aconseja. Igual que un sano que está junto al lecho del enfermo no puede infundirle lo más mínimo de sus fuerzas».

A Alberto le pareció que esto era hablado con demasiada generalidad. Le recordé a una muchacha que habían encontrado muerta en el agua hacía poco tiempo, y le repetí su historia. «Una buena y joven criatura que había crecido en el estrecho círculo de las ocupaciones domésticas, del trabajo semanal establecido, que no conocía otra perspectiva de placer que quizá el domingo pasear por la ciudad con sus iguales con el vestido que había ido reuniendo poco a poco, quizá bailar una vez cada fiesta mayor y por lo demás pasar alguna que otra hora charlando con toda la vivacidad del más cordial interés sobre el motivo de una riña, de una maledicencia con una vecina. Su naturaleza ardiente siente por fin necesidades más íntimas, que aumentan con las lisonjas de los hombres; sus anteriores placeres se le van volviendo poco a poco insípidos, hasta que por fin encuentra a un hombre hacia el que un sentimiento desconocido la arrastra irresistiblemente, en el que ahora deposita todas sus esperanzas, olvida el mundo en torno a sí, no oye nada, no ve nada, no siente nada más que a él, el único, solo anhela a él, el único. No corrompida por los placeres vacíos de una vanidad inconstante, su deseo se dirige directamente al objetivo: ella quiere ser suya, quiere encontrar en unión eterna toda la felicidad que le falta, gozar de la reunión de todas las alegrías que anhelaba. Reiteradas promesas que sellan la certeza de todas las esperanzas, atrevidas caricias que aumentan sus deseos abrazan toda su alma; flota en una conciencia turbia, en un presentimiento de todas las alegrías, está tensa hasta el más alto grado, extiende por fin sus brazos para abarcar todos sus deseos... y su amado la abandona. Petrificada, sin sentidos, se halla ante un abismo; todo es tinieblas a su alrededor, ninguna perspectiva, ningún consuelo, ningún presentimiento. Pues la ha abandonado aquel en quien únicamente sentía su existencia. No ve el vasto mundo que yace ante ella, no ve a los muchos que podrían reemplazarle la pérdida, se siente sola, abandonada por todo el mundo, y ciega, apremiada por la estrechez de la espantosa necesidad de su corazón, se arroja para ahogar en una muerte que todo lo abraza todos sus tormentos. Mira, Alberto, esa es la historia de tantos hombres. Y dime, ¿no es acaso el caso de la enfermedad? La naturaleza no encuentra salida del laberinto de las fuerzas confusas y contradictorias, y el hombre debe morir. ¡Ay de aquel que pudiera mirar y decir: "¡La necia! Si hubiera esperado, si hubiera dejado actuar al tiempo, la desesperación ya se habría asentado, ya se habría presentado otro para consolarla". Eso es lo mismo que si uno dijera: "¡El necio, muere de fiebre! Si hubiera esperado hasta que sus fuerzas se recuperaran, sus humores mejoraran, el tumulto de su sangre se hubiera asentado: todo habría ido bien, y viviría hasta el día de hoy"».

Alberto, a quien la comparación aún no le resultaba clara, hizo algunas objeciones más, y entre otras: yo solo había hablado de una muchacha simple; cómo podría excusarse un hombre de entendimiento, que no esté tan limitado, que abarque más relaciones, no podía concebirlo. «¡Amigo mío!», exclamé, «el hombre es hombre, y el poco entendimiento que uno pueda tener cuenta poco o nada cuando la pasión se desata y los límites de la humanidad acosan a uno. Más bien... de eso hablaremos en otra ocasión», dije y cogí mi sombrero. Oh, tenía el corazón tan lleno... y nos separamos sin habernos entendido el uno al otro. Como en este mundo no es fácil que uno entienda al otro.

15 de agosto

Es sin duda cierto que en el mundo nada hace necesarios a los hombres más que el amor. Siento en Carlota que me perdería de mala gana, y los niños no tienen otra idea sino que yo vendré de nuevo mañana. Hoy había salido para afinar el piano de Carlota, pero no pude lograrlo, porque los pequeños me perseguían por un cuento, y la propia Carlota dijo que debía complacerlos. Les corté la cena, que ahora aceptan de mí casi tan gustosamente como de Carlota, y les conté el episodio principal de la princesa que es servida por manos. Aprendo mucho con ello, te lo aseguro, y estoy asombrado de la impresión que causa en ellos. Como a veces debo inventar un punto incidental que olvido la segunda vez, enseguida dicen que la vez anterior era diferente, de modo que ahora me ejercito en recitarlos invariablemente con un flujo de sílabas cantarinas de un tirón. He aprendido de ello cómo un autor, mediante una segunda edición modificada de su historia, aunque poéticamente hubiera quedado mucho mejor, necesariamente debe perjudicar a su libro. La primera impresión nos encuentra dispuestos, y el hombre está hecho de tal manera que se le puede persuadir de lo más aventurero; pero esto se adhiere también enseguida con tanta firmeza, ¡y ay de aquel que quiera rasparlo y borrarlo de nuevo!

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