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Parte 3El baile y Carlota

Las penas del joven Werther · Goethe · 11 min de lectura

Nuestros jóvenes habían organizado un baile en el campo, y yo accedí de buen grado a ir. Le ofrecí mi mano a una muchacha de aquí, buena, hermosa, pero por lo demás insignificante, y quedó convenido que tomaría un coche, viajaría con mi pareja de baile y su prima hasta el lugar de la fiesta y de camino recogeríamos a Carlota S. «Conocerás a una mujer encantadora», me dijo mi acompañante mientras atravesábamos el extenso bosque talado hacia el pabellón de caza. «Ten cuidado», añadió la prima, «no te vayas a enamorar». «¿Por qué?», pregunté. «Ya está comprometida», respondió aquella, «con un hombre muy honrado que ha viajado para poner en orden sus asuntos, pues su padre ha muerto, y para solicitar un puesto importante». La noticia me resultó bastante indiferente.

El sol estaba aún a un cuarto de hora de ponerse tras las montañas cuando llegamos ante la verja del patio. Hacía mucho bochorno, y las mujeres expresaron su preocupación por una tormenta que parecía concentrarse en el horizonte en forma de nubecillas gris blancuzcas y densas. Yo disipé su temor con presuntuosos conocimientos meteorológicos, aunque yo mismo empezaba a sospechar que nuestra diversión sufriría un contratiempo.

Bajé del coche, y una criada que salió a la verja nos rogó que esperáramos un instante, la señorita Carlota vendría enseguida. Crucé el patio hacia la casa bien construida, y cuando subí las escaleras de acceso y traspasé la puerta, se presentó ante mis ojos el espectáculo más encantador que jamás he visto. En el vestíbulo pululaban seis niños de once a dos años alrededor de una muchacha de hermosa figura, estatura mediana, que llevaba un sencillo vestido blanco con lazos rosa pálido en los brazos y el pecho. Sostenía un pan negro e iba cortando a cada uno de los pequeños su trozo según la proporción de su edad y apetito, lo daba a cada uno con tanta amabilidad, y todos exclamaban con tanta naturalidad su «¡gracias!», después de haber levantado durante largo rato sus manitas antes de que se cortara el pan, y ahora, contentos con su merienda, unos saltaban alegres o según su carácter más tranquilo se marchaban sosegadamente hacia la verja del patio para ver a los forasteros y el coche en el que su Carlota partiría. «Le ruego me disculpe», dijo ella, «por hacerle entrar y que las señoras tengan que esperar. Entre vestirme y dar varias órdenes para la casa durante mi ausencia, he olvidado dar a mis niños su merienda, y no quieren que nadie más que yo les corte el pan».

Le hice un cumplido sin importancia, toda mi alma reposaba en su figura, su voz, su comportamiento, y apenas tuve tiempo de reponerme de la sorpresa cuando ella corrió a la sala a buscar sus guantes y el abanico. Los pequeños me miraban de reojo desde cierta distancia, y yo me acerqué al más pequeño, que era un niño de los rasgos más afortunados. Se echó atrás justo cuando Carlota salía por la puerta y decía: «Louis, dale la mano al señor primo». El niño lo hizo con total naturalidad, y no pude evitar besarlo con ternura, a pesar de su naricita mocosa.

«¿Primo?», dije mientras le daba la mano, «¿cree usted que soy digno de la dicha de ser pariente suyo?» «Oh», dijo ella con una sonrisa despreocupada, «nuestro parentesco es muy extenso, y sería una lástima que usted fuera el peor de todos». Al marcharse encargó a Sofía, la hermana mayor después de ella, una muchacha de unos once años, que cuidara bien de los niños y saludara a papá cuando volviera a casa de su paseo a caballo. A los pequeños les dijo que obedecieran a su hermana Sofía como si fuera ella misma, lo que algunos prometieron expresamente. Pero una rubita descarada de unos seis años dijo: «Pero tú no eres Carlota, a ti te queremos más». Los dos muchachos mayores se habían subido a la parte trasera del coche, y ante mi ruego ella les permitió acompañarnos hasta el bosque si prometían no pelearse y sujetarse bien.

Apenas nos habíamos acomodado, las señoras se saludaron, intercambiaron observaciones sobre sus vestidos, especialmente sobre los sombreros, y comentaron debidamente la compañía que se esperaba, cuando Carlota mandó parar al cochero e hizo bajar a sus hermanos, que deseaban besar su mano una vez más, lo que el mayor hizo con toda la ternura propia de un muchacho de quince años, y el otro con mucha impetuosidad y ligereza. Ella mandó saludar una vez más a los pequeños, y seguimos nuestro camino.

La prima preguntó si había terminado el libro que le había enviado hacía poco. «No», dijo Carlota, «no me gusta, puede quedárselo. El anterior tampoco era mejor». Me sorprendí cuando pregunté qué libros eran, y ella me respondió: Nos vemos obligados a suprimir este pasaje de la carta para no dar motivo de queja a nadie. Aunque en el fondo a cualquier autor puede importarle poco el juicio de una muchacha aislada y de un joven impetuoso. Encontré tanto carácter en todo lo que decía, vi con cada palabra nuevos encantos, nuevos destellos de inteligencia brotar de sus rasgos, que parecían desplegarse poco a poco con placer porque sentía que yo la comprendía.

«Cuando era más joven», dijo, «nada me gustaba tanto como las novelas. Dios sabe lo bien que me sentía cuando los domingos me sentaba en un rinconcito y participaba con todo el corazón de la felicidad y la desgracia de una señorita Jenny. Tampoco niego que ese tipo de lecturas conserva todavía cierto encanto para mí. Pero como raramente tengo un libro en las manos, debe ser realmente de mi gusto. Y el autor que más me gusta es aquel en quien encuentro mi mundo, en quien las cosas suceden como a mi alrededor, y cuya historia me resulta tan interesante y conmovedora como mi propia vida doméstica, que ciertamente no es un paraíso, pero que en conjunto es una fuente de indecible felicidad».

Me esforcé por ocultar mi emoción ante estas palabras. Aunque no lo conseguí durante mucho tiempo: pues cuando la oí hablar con tanta verdad de pasada sobre El vicario de Wakefield, sobre —Aquí también se han omitido los nombres de algunos autores nacionales. Quien tenga parte en la aprobación de Carlota, lo sentirá ciertamente en su corazón si llega a leer este pasaje, y por lo demás nadie más necesita saberlo— salí completamente de mí, le dije todo lo que debía, y solo después de un tiempo noté, cuando Carlota dirigió la conversación a las otras, que estas habían estado sentadas todo el rato con los ojos abiertos como si no estuvieran allí. La prima me miró más de una vez con una naricita burlona, pero eso no me importó nada.

La conversación derivó hacia el placer del baile. «Si esta pasión es un defecto», dijo Carlota, «le confieso de buen grado que no conozco nada por encima del baile. Y cuando tengo algo en la cabeza y me tamborileó una contradanza en mi piano desafinado, todo vuelve a estar bien».

Cómo me recreaba en la conversación con aquellos ojos negros, cómo aquellos labios vivos y aquellas mejillas frescas y animadas cautivaban toda mi alma, cómo yo, completamente absorto en el sentido magnífico de su discurso, a menudo ni siquiera oía las palabras con que se expresaba, de eso tienes una idea porque me conoces. En resumen, bajé del coche como un soñador cuando nos detuvimos ante el pabellón de recreo, y estaba tan perdido en sueños en el mundo crepuscular que me rodeaba que apenas presté atención a la música que nos llegaba resonando desde el salón iluminado.

Los dos señores Audran y un tal N. N. —¿quién se acuerda de todos los nombres?—, que eran las parejas de baile de la prima y de Carlota, nos recibieron junto al estribo, se apoderaron de sus señoras, y yo conduje a la mía arriba.

Nos entrelazamos bailando minués unos con otros; invité a una mujer tras otra, y precisamente las más insoportables no conseguían darme la mano y terminar. Carlota y su pareja comenzaron un baile inglés, y cómo me sentí cuando ella también empezó la figura con nosotros en la fila, puedes imaginarlo. ¡Hay que verla bailar! Mira, está con todo el corazón y con toda el alma en ello, todo su cuerpo es una armonía, tan despreocupada, tan natural, como si eso fuera en realidad todo, como si no pensara ni sintiera nada más; y en ese momento ciertamente todo lo demás desaparece ante ella.

Le pedí la segunda contradanza; me prometió la tercera, y con la más encantadora franqueza del mundo me aseguró que le gustaba bailar alemán de todo corazón. «Aquí es costumbre», continuó, «que cada pareja que está junta permanezca unida en el baile alemán, y mi acompañante valsa mal y me lo agradece si le ahorro el esfuerzo. Su dama tampoco sabe y no quiere, y en el baile inglés he visto que usted valsa bien; así que si quiere ser mi pareja para el alemán, vaya y pídaselo a mi caballero, y yo iré a hablar con su dama». Le di la mano y acordamos que su pareja entretuviera mientras tanto a la mía.

Entonces comenzó, y nos divertimos un rato con múltiples entrelazamientos de brazos. ¡Con qué gracia, con qué ligereza se movía! Y cuando llegamos al vals y girábamos uno alrededor del otro como esferas, al principio hubo un poco de confusión, porque la mayoría no sabe valsar. Fuimos prudentes y les dejamos desahogarse, y cuando los más torpes habían despejado el espacio, entramos nosotros y aguantamos valientemente junto con otra pareja, Audran y su compañera. Nunca me había movido tan ligeramente. Ya no era un ser humano. Tener a la criatura más encantadora en los brazos y volar con ella como el viento, de modo que todo alrededor desaparecía, y —Guillermo, para ser sincero, sin embargo hice el juramento de que ninguna muchacha a la que amara, sobre la que tuviera derechos, valsaría jamás con otro que no fuera yo, aunque me costara la vida. ¡Tú me entiendes!

Dimos algunos paseos por el salón para recuperar el aliento. Entonces ella se sentó, y las naranjas que yo había guardado, que eran las únicas que quedaban, produjeron un efecto excelente, solo que con cada gajito que ella por cortesía cedía a una vecina indiscreta, me atravesaba el corazón una punzada.

En el tercer baile inglés éramos la segunda pareja. Mientras bailábamos la fila y yo, Dios sabe con cuánto deleite, colgaba de su brazo y de sus ojos, que estaban llenos de la expresión más verdadera del placer más franco y puro, nos cruzamos con una mujer que me había llamado la atención por su semblante amable en un rostro ya no tan joven. Mira a Carlota sonriendo, levanta un dedo amenazante y pronuncia dos veces el nombre Alberto al pasar, con mucho énfasis.

«¿Quién es Alberto?», le pregunté a Carlota, «si no es atrevimiento preguntar». Estaba a punto de responder cuando tuvimos que separarnos para hacer la gran figura de ocho, y me pareció ver cierta reflexión en su frente cuando nos cruzábamos el uno frente al otro. «¿Para qué negárselo?», dijo mientras me ofrecía la mano para el paseo. «Alberto es un hombre honrado con el que estoy prácticamente prometida». Ahora bien, esto no era ninguna novedad para mí (pues las muchachas me lo habían dicho de camino), y sin embargo era tan completamente nuevo, porque aún no lo había pensado en relación con ella, que en tan pocos instantes se había vuelto tan valiosa para mí. En fin, me confundí, me olvidé de mí mismo y me metí entre la pareja equivocada, de modo que todo se puso patas arriba y fue necesaria toda la presencia de Carlota y sus tirones y empujones para volver a ponerlo en orden rápidamente.

El baile aún no había terminado cuando los relámpagos que ya hacía tiempo veíamos brillar en el horizonte y que yo siempre había dado por resplandores de calor, comenzaron a hacerse mucho más fuertes y el trueno ahogó la música. Tres mujeres salieron de la fila, seguidas por sus caballeros; el desorden se generalizó y la música cesó. Es natural que cuando una desgracia o algo terrible nos sorprende en pleno placer, nos cause impresiones más fuertes que de costumbre, en parte por el contraste que se hace sentir tan vívidamente, y en parte, y más aún, porque nuestros sentidos están abiertos a la sensibilidad y por tanto reciben la impresión con mayor rapidez. A estas causas debo atribuir las extrañas muecas que vi estallar en varias mujeres. La más sensata se sentó en un rincón, de espaldas a la ventana, y escondió la cabeza en el regazo de la primera. Otra se metió entre ambas y abrazó a sus hermanitas con mil lágrimas. Algunas querían irse a casa; otras, que sabían aún menos lo que hacían, no tenían suficiente presencia de ánimo para contener las osadías de nuestros jóvenes impertinentes, que parecían muy ocupados en interceptar de los labios de las bellas afligidas todas las plegarias angustiosas destinadas al cielo. Algunos de nuestros caballeros habían bajado a fumarse tranquilamente una pipa; y el resto de la compañía no rechazó la idea cuando a la hospedera se le ocurrió la inteligente idea de asignarnos una habitación que tuviera contraventanas y cortinas. Apenas habíamos llegado allí cuando Carlota se ocupó de disponer un círculo de sillas y, cuando la compañía se hubo sentado a petición suya, propuso un juego.

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