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Parte 11Dimisión, regreso y desolación creciente

Las penas del joven Werther · Goethe · 12 min de lectura

Gracias por tus dos cartas. No te respondí porque dejé este pliego sin escribir hasta que llegara mi dimisión de la corte; temía que mi madre pudiera dirigirse al ministro y dificultarme mi propósito. Pero ahora ya está hecho, mi dimisión ha llegado. No quiero contaros cuán a disgusto me la han dado, ni lo que me escribe el ministro; estallaríais en nuevas lamentaciones. El príncipe heredero me ha enviado como despedida veinticinco ducados, con unas palabras que me han conmovido hasta las lágrimas; así que no necesito de mi madre el dinero que le pedí hace poco.

5 de mayo

Mañana me marcho de aquí, y como mi lugar de nacimiento queda a solo seis millas del camino, quiero volver a verlo, quiero recordar los viejos días felizmente soñados. Entraré por la misma puerta por la que mi madre salió conmigo cuando, tras la muerte de mi padre, abandonó el querido y entrañable lugar para encerrarse en su insoportable ciudad. Adiós, Guillermo, tendrás noticias de mi viaje.

9 de mayo

He completado la peregrinación a mi tierra natal con toda la devoción de un peregrino, y muchos sentimientos inesperados se han apoderado de mí. Junto al gran tilo que está a un cuarto de hora antes de la ciudad, camino de S..., mandé parar, bajé del coche y ordené al postillón que siguiera adelante, para saborear a pie cada recuerdo de modo completamente nuevo, vivo, según mi corazón. Ahí estaba yo bajo el tilo que antaño, cuando era niño, había sido la meta y el límite de mis paseos. ¡Qué diferente todo! Entonces anhelaba, en feliz ignorancia, salir al mundo desconocido, donde esperaba para mi corazón tanto alimento, tanto disfrute, para llenar y satisfacer mi pecho anhelante y ávido. Ahora regreso del ancho mundo —oh, amigo mío, con cuántas esperanzas frustradas, con cuántos planes destruidos—. Vi ante mí las montañas que mil veces habían sido objeto de mis deseos. Durante horas podía quedarme aquí sentado y añorar estar allá, perderme con el alma entera en los bosques, en los valles que se presentaban a mis ojos tan amables y crepusculares; y cuando luego tenía que volver a la hora señalada, ¡con qué repugnancia abandonaba el querido lugar! Me acerqué a la ciudad, saludé todas las viejas y conocidas casas de campo, las nuevas me resultaban odiosas, así como todos los cambios que se habían hecho. Entré por la puerta y de inmediato me reconocí por completo. Querido, no quiero entrar en detalles; por cautivador que me resultó, así de monótono resultaría en el relato. Había decidido alojarme en la plaza del mercado, junto a nuestra antigua casa. Al pasar noté que la escuela donde una honrada anciana había hacinado nuestra infancia se había convertido en una tienda. Recordé la inquietud, las lágrimas, el embotamiento del ánimo, la angustia del corazón que había padecido en aquel agujero. No di un paso que no fuera memorable. Un peregrino en tierra santa no encuentra tantos lugares de recuerdos religiosos, y su alma difícilmente está tan llena de santa emoción. Una más entre mil. Bajé junto al río hasta cierta granja; ese era también antes mi camino, y los rincones donde de niños practicábamos para conseguir los mayores rebotes de las piedras planas en el agua. Recordé con tanta viveza cómo a veces me quedaba parado mirando el agua, con qué maravillosas corazonadas la seguía, cuán aventureramente imaginaba las regiones hacia donde fluía, y cómo pronto encontraba los límites de mi capacidad de imaginar; y sin embargo aquello tenía que continuar, más y más lejos, hasta que me perdía por completo en la contemplación de una lejanía invisible. Mira, querido mío, así de limitados y así de felices eran los gloriosos antepasados. Así de infantil su sentimiento, su poesía. Cuando Ulises habla del mar inmenso y de la tierra infinita, eso es tan verdadero, humano, íntimo, estrecho y misterioso. ¿De qué me sirve que ahora pueda repetir con cualquier colegial que es redonda? El hombre necesita solo unos pocos terrones de tierra para disfrutar sobre ellos, menos aún para descansar bajo ellos. Ahora estoy aquí, en el pabellón de caza del príncipe. Todavía se puede vivir bastante bien con el señor, es sincero y sencillo. Hay gente extraña a su alrededor que no logro comprender en absoluto. No parecen bribones, pero tampoco tienen aspecto de gente honrada. A veces me parecen honrados, y sin embargo no puedo confiar en ellos. Lo que aún me apena es que a menudo habla de cosas que solo ha oído o leído, y precisamente desde el mismo punto de vista desde el que el otro debió de presentárselas. También valora mi entendimiento y mis talentos más que este corazón, que sin embargo es mi único orgullo, que es la fuente única de todo, de toda fuerza, de toda dicha y de toda miseria. Ah, lo que yo sé, puede saberlo cualquiera; mi corazón lo tengo solo yo.

25 de mayo

Tenía algo en la cabeza de lo que no quería deciros nada hasta que se realizara; ahora que no sale nada de ello, da igual. Quería ir a la guerra; eso me ha rondado el corazón mucho tiempo. Sobre todo por eso he seguido al príncipe aquí, que es general al servicio de ***. Durante un paseo le manifesté mi propósito; me lo desaconsejó, y en mí tendría que haber habido más pasión que capricho para no haber querido escuchar sus razones.

11 de junio

Di lo que quieras, no puedo quedarme más tiempo. ¿Qué voy a hacer aquí? El tiempo se me hace largo. El príncipe me trata tan bien como se puede, y sin embargo no estoy en mi sitio. En el fondo no tenemos nada en común. Es un hombre de entendimiento, pero de un entendimiento completamente común; su compañía no me entretiene más que leer un libro bien escrito. Me quedaré ocho días más, y luego volveré a vagar sin rumbo. Lo mejor que he hecho aquí es mi dibujo. El príncipe siente el arte y sentiría aún más fuerte si no estuviera limitado por el repugnante fárrago científico y por la terminología habitual. A veces rechino los dientes cuando lo llevo con cálida imaginación por la naturaleza y el arte y él cree de pronto hacerlo muy bien cuando tropieza con una palabra técnica acuñada.

16 de junio

¡Sí, yo no soy más que un vagabundo, un caminante en la tierra! ¿Acaso vosotros sois más?

16 de junio

¿Adónde quiero ir? Déjame revelártelo en confianza. Debo quedarme aún aquí dos semanas, y luego me he hecho creer que quiero visitar las minas de ***; pero en el fondo no hay nada de eso, solo quiero estar de nuevo más cerca de Carlota, eso es todo. Y me río de mi propio corazón, y le hago su voluntad.

29 de julio

¡No, está bien! ¡Todo está bien! Yo, ¡su marido! Oh Dios, que me hiciste, si me hubieras preparado esta felicidad, toda mi vida debería ser una oración continua. No quiero discutir, y perdóname estas lágrimas, perdóname mis deseos vanos. ¡Ella mi esposa! Si hubiera estrechado entre mis brazos a la criatura más amada bajo el sol... me recorre un escalofrío por todo el cuerpo, Guillermo, cuando Alberto la rodea por su talle esbelto.

¿Y puedo decirlo? ¿Por qué no, Guillermo? Ella habría sido más feliz conmigo que con él. Oh, él no es el hombre capaz de colmar todos los deseos de este corazón. Cierta falta de sensibilidad, una falta... llámalo como quieras; que su corazón no lata en simpatía ante... ¡oh!... ante el pasaje de un libro querido donde mi corazón y el de Carlota coinciden; en cien otros sucesos, cuando ocurre que nuestros sentimientos sobre la acción de un tercero se manifiestan. ¡Querido Guillermo! Cierto que él la ama con toda el alma, y ese amor, ¿qué no merece?

Un hombre insoportable me ha interrumpido. Mis lágrimas se han secado. Estoy distraído. Adiós, querido.

4 de agosto

No me pasa solo a mí. Todas las personas son engañadas en sus esperanzas, defraudadas en sus expectativas. Visité a mi buena mujer bajo el tilo. El hijo mayor corrió a mi encuentro, su grito de alegría trajo a la madre, que tenía aspecto muy abatido. Sus primeras palabras fueron: «Buen señor, ay, ¡mi Hans ha muerto!». Era el menor de sus hijos. Me quedé en silencio. «Y mi marido», dijo, «ha vuelto de Suiza y no ha traído nada, y sin buena gente habría tenido que mendigar para salir adelante, pilló la fiebre por el camino». No pude decirle nada y le regalé algo al pequeño; me rogó que aceptara unas manzanas, lo hice y abandoné el lugar del triste recuerdo.

21 de agosto

En un abrir y cerrar de ojos todo es diferente en mí. A veces quiere alborear de nuevo un instante alegre de vida, ¡ay, solo por un momento! Cuando me pierdo así en sueños, no puedo librarme del pensamiento: ¿y si Alberto muriera? Tú lo harías... Sí, ella lo haría... y entonces persigo la quimera hasta que me lleva a abismos ante los que retrocedo temblando.

Cuando salgo por la puerta, por el camino que recorrí la primera vez para ir a buscar a Carlota para el baile, ¡qué diferente era todo! Todo, todo ha pasado. Ningún indicio del mundo anterior, ningún latido de mi sentimiento de entonces. Es como debe de sentirse un espíritu que regresara al castillo quemado y destruido que él, como príncipe floreciente, había edificado en su día y dotado de todos los dones del esplendor, y que al morir lo habría dejado lleno de esperanza a su amado hijo.

3 de septiembre

A veces no comprendo cómo otro puede amarla, puede tener derecho a amarla, cuando yo la amo tan entera, tan íntima, tan plenamente, cuando no conozco, ni sé, ni tengo nada más que ella.

4 de septiembre

Sí, así es. Como la naturaleza se inclina hacia el otoño, se hace otoño en mí y a mi alrededor. Mis hojas se vuelven amarillas, y ya han caído las hojas de los árboles vecinos. ¿No te escribí una vez sobre un mozo campesino, justo cuando llegué aquí? Ahora volví a preguntar por él en Wahlheim; dijeron que lo habían echado del servicio y nadie quería saber más de él. Ayer me lo encontré por casualidad en el camino hacia otra aldea, le hablé, y me contó su historia, que me ha conmovido doble y triplemente, como fácilmente comprenderás cuando te la cuente. Pero ¿para qué todo esto? ¿Por qué no me guardo para mí lo que me angustia y me aflige? ¿Por qué aún te entristezco? ¿Por qué te doy siempre ocasión de compadecerme y reprenderme? Sea, también esto debe de pertenecer a mi destino.

Con una silenciosa tristeza, en la que me pareció notar cierto recelo, el hombre me respondió al principio a mis preguntas; pero muy pronto más abierto, como si él y yo nos reconociéramos de repente, me confesó sus faltas, me lamentó su desgracia. ¡Ojalá pudiera, amigo mío, presentarte ante un tribunal cada una de sus palabras! Confesó, más aún, narró con una especie de placer y felicidad del recuerdo, que la pasión por su ama se había incrementado en él día a día, que al final no había sabido lo que hacía, no, como él lo expresó, dónde llevaba la cabeza. Que no había podido comer ni beber ni dormir, que se le ahogaba en la garganta, que había hecho lo que no debía hacer; lo que se le había encargado, lo había olvidado, era como si estuviera perseguido por un espíritu maligno, hasta que un día, sabiendo que ella estaba en una habitación del piso de arriba, la había seguido, más bien había sido arrastrado tras ella; como ella no había prestado oídos a sus súplicas, había querido apoderarse de ella por la fuerza; no sabía lo que le había sucedido, y ponía a Dios por testigo de que sus intenciones hacia ella siempre habían sido honradas, y que no había deseado nada con más ardor que casarse con ella, que ella pasara su vida con él. Cuando llevaba un rato hablando, empezó a atascarse, como alguien que aún tiene algo que decir y no se atreve a decirlo; al final me confesó también con timidez qué pequeñas intimidades ella le había permitido, y qué cercanía le había concedido. Se interrumpió dos o tres veces y repitió las más vivas protestas de que no decía eso para ponerla en mal lugar, como él lo expresó, de que la amaba y la estimaba como antes, de que algo así no había salido nunca de su boca y de que solo me lo decía para convencerme de que no era un hombre completamente perverso e insensato.

Y aquí, querido mío, empiezo de nuevo mi vieja canción, que entonaré eternamente: ¡si pudiera presentarte al hombre tal como estaba ante mí, tal como aún está ante mí! ¡Si pudiera decírtelo todo bien, para que sintieras cómo participo en su destino, cómo debo participar! Pero basta, puesto que también conoces mi destino, también me conoces a mí, sabes demasiado bien qué me atrae hacia todos los desgraciados, qué me atrae especialmente hacia este desgraciado.

Al releer la hoja, veo que he olvidado contar el final de la historia, que sin embargo es fácil de imaginar. Ella se defendió; llegó su hermano, que ya lo odiaba desde hacía tiempo, que desde hacía tiempo deseaba echarlo de la casa, porque temía que un nuevo matrimonio de la hermana privara a sus hijos de la herencia que ahora, al ser ella sin hijos, les da hermosas esperanzas; este lo echó inmediatamente de la casa e hizo tal escándalo del asunto que la mujer, aun si hubiera querido, no habría podido volverlo a acoger. Ahora ha tomado a otro criado, también por él, dicen, ha reñido con el hermano, y se afirma con certeza que se casará con él, pero él está firmemente decidido a no vivir para verlo.

Lo que te cuento no está exagerado, nada edulcorado, más bien debo decir que lo he contado de modo débil, débil, y lo he embrutecido al exponerlo con nuestras palabras morales consagradas.

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