Parte 10Vana distracción y hastío cortesano
Si me vieras, querida mía, en medio de este torbellino de distracciones. Cómo se me secan los sentidos. Ni un instante de plenitud del corazón, ni una hora dichosa. Nada. Nada. Estoy como ante un teatro de marionetas y veo a los muñecos y caballitos moverse delante de mí, y a menudo me pregunto si no será un engaño óptico. Yo también participo, o más bien me mueven como a una marioneta, y a veces toco a mi vecino en su mano de madera y retrocedo con espanto. Por la tarde me propongo disfrutar del amanecer, y no salgo de la cama; durante el día espero gozar de la luz de la luna, y me quedo en mi cuarto. No sé bien por qué me levanto, por qué me acuesto.
La levadura que ponía en movimiento mi vida falta; el estímulo que me mantenía despierto en las noches profundas se ha ido, el que me despertaba por la mañana del sueño ha desaparecido.
He encontrado aquí una única criatura femenina, una señorita de B..., se parece a ti, querida Carlota, si es que alguien puede parecerse a ti. «¡Vaya!», dirás, «el hombre se dedica a los cumplidos bonitos». No es del todo falso. Desde hace algún tiempo soy muy cortés, porque no puedo ser de otro modo, tengo mucho ingenio, y las damas dicen que nadie sabe elogiar con tanta finura como yo (y mentir, añadirás tú, porque sin eso no funciona, ¿comprendes?). Quería hablar de la señorita B... Tiene mucha alma, que se asoma entera por sus ojos azules. Su posición le pesa, pues no satisface ninguno de los deseos de su corazón. Añora escapar del tumulto, y pasamos muchas horas imaginando escenas campestres de felicidad pura. ¡Ah, y de ti! Cuántas veces tiene que rendirte homenaje, no tiene que hacerlo, lo hace voluntariamente, le gusta tanto oír hablar de ti, te ama.
Oh, si estuviera yo sentado a tus pies en aquella querida y acogedora salita, y nuestros pequeños rodaran revolcándose a mi alrededor, y cuando se pusieran demasiado ruidosos quisiera reunirlos en torno a mí para calmarlos con un cuento escalofriante.
El sol se pone espléndidamente sobre la comarca resplandeciente de nieve, la tormenta ha pasado, y yo debo encerrarme otra vez en mi jaula. ¡Adiós! ¿Está Alberto contigo? ¿Y cómo...? Dios me perdone esta pregunta.
8 de febrero
Llevamos ocho días con un tiempo abominable, y para mí es benéfico. Porque desde que estoy aquí no ha aparecido en el cielo un solo día hermoso que alguien no me haya estropeado o amargado. Cuando llueve de verdad y sopla el viento y hiela y deshiela, ¡ja!, pienso, en casa no puede ser peor de lo que es fuera, o al revés, y así está bien. Si sale el sol por la mañana y promete un día espléndido, no puedo evitar exclamar: ahí tienen otra vez un bien celestial del que pueden despojarse unos a otros. No hay nada de lo que no se despojen mutuamente. Salud, buen nombre, alegría, descanso. Y casi siempre por necedad, incomprensión y estrechez de miras y, si se les escucha, con la mejor intención. A veces quisiera rogarles de rodillas que no se ensañaran tan furiosamente con sus propias entrañas.
17 de febrero
Me temo que mi embajador y yo no aguantaremos mucho más tiempo juntos. El hombre es completamente insoportable. Su manera de trabajar y de llevar los asuntos es tan ridícula que no puedo contenerme de contradecirle y a menudo de hacer las cosas a mi modo y según mi criterio, lo cual, naturalmente, nunca le parece bien. Por eso me ha denunciado hace poco ante la corte, y el ministro me dio una reprimenda suave, ciertamente, pero fue una reprimenda, y yo estaba a punto de pedir mi dimisión cuando recibí una carta privada suya, una carta ante la cual me arrodillé y adoré el espíritu elevado, noble y sabio. Cómo corrige mi excesiva susceptibilidad, cómo mis ideas exageradas sobre la eficacia, sobre la influencia en los demás, sobre la penetración en los asuntos, las honra como buen ánimo juvenil, pero no busca erradicarlas, sino suavizarlas y conducirlas adonde puedan desplegar su verdadero juego, ejercer su efecto vigoroso. También me he sentido fortalecido durante ocho días y en paz conmigo mismo. La paz del alma es algo magnífico, y la alegría en uno mismo. Querido amigo, si tan solo esta joya no fuera tan frágil como es hermosa y preciosa.
20 de febrero
¡Dios os bendiga, queridos míos, y os dé todos los días buenos que a mí me quita!
Te doy las gracias, Alberto, por haberme engañado: esperaba noticia de cuándo sería vuestro día de boda, y me había propuesto solemnemente quitar de la pared la silueta de Carlota ese mismo día y enterrarla bajo otros papeles. Ahora sois pareja, y su imagen sigue aquí. Pues bien, que así sea. ¿Y por qué no? Lo sé, yo también estoy con vosotros, estoy en el corazón de Carlota sin perjudicarte a ti, tengo, sí, tengo el segundo lugar en él y quiero y debo conservarlo. Oh, me volvería loco si ella pudiera olvidar... Alberto, en ese pensamiento hay un infierno. Alberto, ¡adiós! ¡Adiós, ángel del cielo! ¡Adiós, Carlota!
15 de marzo
He tenido un disgusto que me va a hacer marchar de aquí. Rechinó los dientes. ¡Demonio! No tiene remedio, y sin embargo sois vosotros los únicos culpables, vosotros que me espoleasteis y empujasteis y atormentasteis para que aceptara un puesto que no era de mi agrado. ¡Ahora lo tengo! ¡Ahora lo tenéis! Y para que no vuelvas a decir que mis ideas exageradas lo estropean todo, aquí tienes, querido señor, un relato llano y ordenado, tal como lo escribiría un cronista.
El conde de C... me aprecia, me distingue, eso es conocido, te lo he dicho ya cien veces. Pues bien, ayer comí en su casa, precisamente el día en que por la noche se reúne en su casa la noble sociedad de caballeros y damas, cosa en la que nunca había pensado, ni tampoco se me había ocurrido nunca que nosotros, los subalternos, no pertenecemos ahí. Bien. Como en casa del conde, y después de la comida paseamos arriba y abajo por el gran salón, hablo con él, con el coronel B..., que se nos une, y así se acerca la hora de la reunión. No pienso, Dios sabe, en nada. Entonces entra la muy graciosa señora de S... con su señor esposo y su bien empollada gansita de hija con el pecho plano y el bonito corsé, y de paso hacen sus acostumbrados ojos y narices de alta nobleza, y como esa gente me resulta odiosa de corazón, iba a despedirme y solo esperaba a que el conde se librara de aquella repugnante cháchara, cuando entró mi señorita B. Como siempre se me abre un poco el corazón cuando la veo, me quedé, me coloqué detrás de su silla y solo después de un rato noté que me hablaba con menos franqueza que de costumbre, con cierta turbación. Eso me llamó la atención. ¿Es ella también como toda esa gente?, pensé, y me sentí herido y quería irme, y sin embargo me quedé, porque me hubiera gustado excusarla y no lo creía y aún esperaba una buena palabra de ella y... lo que quieras. Entretanto se llenaba la reunión. El barón F. con todo el vestuario de los tiempos de la coronación de Francisco I, el consejero áulico R..., aquí llamado señor de R... in qualitate, con su mujer sorda, etc., sin olvidar al mal provisto J..., que remienda los huecos de su traje anticuado con trapos a la moda, todo eso acude en masa, y yo hablo con algunos de mis conocidos, que son todos muy lacónicos. Yo pensaba... y solo prestaba atención a mi B... No advertí que las mujeres al fondo del salón cuchicheaban al oído, que eso circulaba entre los hombres, que la señora de S. hablaba con el conde (todo esto me lo contó después la señorita B.), hasta que finalmente el conde se me acercó y me llevó a una ventana. «Ya sabe usted», me dijo, «nuestras extrañas circunstancias; la sociedad está descontenta, he notado, de verle a usted aquí. No quisiera por nada...» «Vuestra Excelencia», le interrumpí, «le pido mil veces perdón; debería haberlo pensado antes, y sé que usted me perdona esta incongruencia; ya quería despedirme antes, pero un mal genio me retuvo», añadí sonriendo mientras me inclinaba. El conde me estrechó las manos con un sentimiento que lo decía todo. Me escabullí discretamente de la distinguida sociedad, subí a un cabriolé y fui a M. para ver desde la colina ponerse el sol y leer en mi Homero el magnífico canto en que Ulises es agasajado por el excelente porquerizo. Todo estuvo bien.
Por la noche vuelvo a cenar, aún había poca gente en la posada; jugaban a los dados en un rincón, habían recogido el mantel. Entonces entra el honrado Adelin, deja su sombrero mientras me mira, se acerca a mí y me dice en voz baja: «¿has tenido un disgusto?» «¿Yo?», digo. «El conde te ha expulsado de la reunión». «¡Que se los lleve el diablo!», digo, «me alegró salir al aire libre». «Bien», dice él, «me alegra que te lo tomes con ligereza. Solo que me contraria, ya está en boca de todos». Entonces empezó a roerme el asunto. Todos los que venían a cenar y me miraban, pensaba yo, te miran por eso. Eso me produjo mal humor.
Y como ahora hoy, dondequiera que voy, me compadecen, como oigo que mis enemigos triunfan y dicen: ahí se ve adónde van a parar los presuntuosos, que se enorgullecen de su pizca de inteligencia y creen poder por eso situarse por encima de todas las normas, y demás ladridos de perros... entonces uno querría clavarse un cuchillo en el corazón; porque dígase lo que se quiera de la independencia, quiero ver a quien pueda tolerar que los canallas hablen de él cuando tienen alguna ventaja sobre él; cuando su charlatanería es vacía, ah, entonces se les puede dejar fácilmente.
16 de marzo
Todo me acosa. Hoy me encuentro con la señorita B... en la alameda, no pude contenerme de dirigirle la palabra y, en cuanto nos alejamos un poco de la compañía, de mostrarle mi susceptibilidad por su reciente comportamiento. «¡Oh, Werther!», dijo con un tono íntimo, «¿pudo usted interpretar así mi turbación, conociendo mi corazón? ¡Lo que he sufrido por usted, desde el momento en que entré en el salón! Lo preví todo, cien veces estuvo en la punta de mi lengua decírselo. Sabía que los de S... y T... con sus maridos se marcharían antes que quedarse en su compañía; sabía que el conde no puede enemistarse con ellos, ¡y ahora el escándalo!» «¿Cómo, señorita?», dije, y oculté mi espanto; porque todo lo que Adelin me había dicho anteayer me corrió por las venas como agua hirviendo en ese instante. «¡Lo que ya me ha costado!», dijo la dulce criatura, mientras las lágrimas asomaban a sus ojos. Ya no era dueño de mí mismo, estaba a punto de arrojarme a sus pies. «¡Explíquese!», exclamé. Las lágrimas le corrían por las mejillas. Yo estaba fuera de mí. Ella se las secó sin querer ocultarlas. «Conoce usted a mi tía», empezó, «estuvo presente y... ¡oh, con qué ojos lo vio! Werther, anoche lo pasé muy mal y esta mañana recibí un sermón sobre mi trato con usted, y tuve que oírla rebajarle, humillarle a usted, y solo pude y debí defenderle a medias». Cada palabra que decía me atravesaba como una espada el corazón. No sintió qué misericordia hubiera sido callarme todo aquello, y ahora añadió además lo que se cotillearía más adelante, cómo cierto tipo de gente triunfaría con ello.
Cómo ahora se regodearían y se alegrarían del castigo a mi arrogancia y mi menosprecio de los demás, que me reprochan desde hace tiempo. Todo eso, Guillermo, oírlo de ella, con la voz de la más sincera compasión... estaba destrozado y aún sigo furioso dentro de mí. Quisiera que alguien se atreviera a reprochármelo, para clavarle mi espada en el cuerpo; si viera sangre me sentiría mejor. Ah, cien veces he tomado un cuchillo para dar aire a este corazón oprimido. Se cuenta de una noble raza de caballos que, cuando están terriblemente acalorados y excitados, se abren por instinto una vena para ayudarse a respirar. Así me pasa a menudo, quisiera abrirme una vena que me procurara la libertad eterna.
24 de marzo
He pedido mi dimisión de la corte y espero, confío, obtenerla, y me perdonaréis que no os haya pedido antes permiso. Tenía que marcharme de una vez, y lo que ibais a decir para convencerme de que me quedara, ya lo sé todo, así que... comunicádselo a mi madre con suavidad, no puedo remediarlo, y que se conforme con que yo tampoco pueda ayudarla. Por supuesto tiene que dolerle. La hermosa carrera que su hijo emprendía directamente hacia consejero secreto y embajador, verla así de pronto detenerse, y retroceder con el animalito al establo. Interpretadlo ahora como queráis, y combinad los casos posibles en los que hubiera podido y debido quedarme; en resumen, me voy, y para que sepáis adónde voy, está aquí el príncipe **, que gusta mucho de mi compañía; me ha pedido, al enterarse de mi intención, que vaya con él a sus propiedades y que pase allí la hermosa primavera. Me ha prometido que me dejarán completamente libre, y como nos entendemos hasta cierto punto, voy a arriesgarme y partir con él.
Para información 19 de abril
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