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Estampa 22El bien y el mal

El Profeta · Kahlil Gibran · 2 min de lectura

Y uno de los ancianos de la ciudad dijo: Háblanos del bien y del mal.

Y él respondió:

Del bien que hay en vosotros puedo hablar, pero no del mal.

Pues ¿qué es el mal sino el bien torturado por su propio hambre y su propia sed?

En verdad, cuando el bien tiene hambre busca alimento incluso en cavernas oscuras, y cuando tiene sed bebe incluso de aguas muertas.

Sois buenos cuando estáis en unidad con vosotros mismos.

Pero cuando no estáis en unidad con vosotros mismos no sois malos.

Pues una casa dividida no es una guarida de ladrones; es solo una casa dividida.

Y un barco sin timón puede vagar sin rumbo entre islas peligrosas y sin embargo no hundirse hasta el fondo.

Sois buenos cuando os esforzáis por dar de vosotros mismos.

Pero no sois malos cuando buscáis beneficio para vosotros mismos.

Pues cuando buscáis beneficio no sois más que una raíz que se aferra a la tierra y mama de su pecho.

Ciertamente el fruto no puede decir a la raíz: «Sé como yo, maduro y pleno y siempre dando de tu abundancia».

Pues para el fruto dar es una necesidad, como recibir es una necesidad para la raíz.

Sois buenos cuando estáis plenamente despiertos en vuestro discurso.

Pero no sois malos cuando dormís mientras vuestra lengua se tambalea sin propósito.

Y hasta el discurso que tropieza puede fortalecer una lengua débil.

Sois buenos cuando camináis hacia vuestra meta con firmeza y pasos audaces.

Pero no sois malos cuando vais hacia allá cojeando.

Hasta quienes cojean no van hacia atrás.

Pero vosotros que sois fuertes y veloces, mirad que no cojeéis ante los cojos creyendo que es bondad.

Sois buenos de incontables maneras, y no sois malos cuando no sois buenos.

Solo estáis ociosos y sois perezosos.

Lástima que los ciervos no puedan enseñar velocidad a las tortugas.

En vuestro anhelo por vuestro yo gigante reside vuestra bondad: y ese anhelo está en todos vosotros.

Pero en algunos de vosotros ese anhelo es un torrente que se precipita con fuerza hacia el mar, llevando los secretos de las laderas y los cantos del bosque.

Y en otros es un arroyo plano que se pierde en ángulos y curvas y se demora antes de alcanzar la orilla.

Pero que no diga quien anhela mucho a quien anhela poco: «¿Por qué eres lento y vacilante?».

Pues los verdaderamente buenos no preguntan al desnudo: «¿Dónde está tu vestido?», ni al sin hogar: «¿Qué le ha ocurrido a tu casa?».

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