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Capítulo 9Del principado civil

El Príncipe · Nicolás Maquiavelo · 6 min de lectura

Pero pasando a la otra parte, cuando un ciudadano privado, no por vía de maldades u otras violencias intolerables, sino con el favor de sus conciudadanos se convierte en príncipe de su patria —lo cual puede llamarse principado civil, y para llegar al cual no se necesita enteramente ni virtud ni fortuna, sino más bien una astucia afortunada—, digo que se alcanza este principado o con el favor del pueblo o con el de los grandes. Porque en toda ciudad se encuentran estos dos humores diversos: que el pueblo desea no ser dominado ni oprimido por los grandes, y los grandes desean dominar y oprimir al pueblo; y de estos dos apetitos diversos nace en las ciudades uno de estos tres efectos: o principado, o libertad, o anarquía.

El principado surge por obra del pueblo o de los grandes, según la ocasión que se presente a unos o a otros. Porque cuando los grandes ven que no pueden resistir al pueblo, comienzan a concentrar la reputación en uno de ellos, y lo hacen príncipe para poder, bajo su sombra, dar rienda suelta a su apetito. El pueblo también, cuando ve que no puede resistir a los grandes, concentra la reputación en uno, y lo hace príncipe para ser defendido con su autoridad.

Quien llega al principado con ayuda de los grandes se mantiene con más dificultad que quien llega con ayuda del pueblo, porque se encuentra príncipe con muchos a su alrededor que se consideran iguales a él, y por ello no puede mandarlos ni manejarlos a su modo. Pero quien llega al principado mediante el favor popular se encuentra solo, y no tiene a su alrededor a nadie, o muy pocos, que no estén dispuestos a obedecer. Además de esto, no se puede satisfacer a los grandes con honestidad y sin daño a otros, pero sí al pueblo; porque el fin del pueblo es más honesto que el de los grandes, ya que estos quieren oprimir, y aquel no ser oprimido. Además, el príncipe nunca puede estar seguro de un pueblo enemigo, porque son muchos; de los grandes sí puede estarlo, porque son pocos. Lo peor que puede esperar un príncipe de un pueblo enemigo es ser abandonado por él; pero de los grandes enemigos no solo debe temer ser abandonado, sino incluso que se vuelvan contra él; porque, siendo más previsores y astutos, siempre tienen tiempo para salvarse y buscar favores del que esperan que venza. Y el príncipe está obligado a vivir siempre con aquel mismo pueblo, pero puede pasarse bien sin aquellos mismos grandes, pudiendo hacer y deshacer de ellos cada día, y quitarles o darles reputación a su voluntad.

Y para aclarar mejor esta parte, digo que los grandes deben considerarse principalmente de dos maneras: o se conducen de modo que se vinculan enteramente a tu fortuna, o no. Los que se vinculan y no son rapaces deben ser honrados y amados; los que no se vinculan deben examinarse de dos maneras. O lo hacen por pusilanimidad y defecto natural de ánimo, entonces debes servirte de ellos, especialmente de los que son de buen consejo, porque en las prosperidades te honran, y en las adversidades no tienes que temerlos. Pero cuando no se vinculan por cálculo y por causa de ambición, es señal de que piensan más en sí mismos que en ti; y de estos el príncipe debe guardarse y temerlos como si fueran enemigos declarados, porque siempre, en las adversidades, ayudarán a arruinarlo.

Por lo tanto, quien llegue a príncipe mediante el favor del pueblo debe mantenerlo como amigo; lo cual le será fácil, no pidiéndole aquel sino no ser oprimido. Pero quien llegue a príncipe contra el pueblo, con el favor de los grandes, debe ante todo procurar ganarse al pueblo; lo cual le será fácil, tomándolo bajo su protección. Y porque los hombres, cuando reciben el bien de quien esperaban el mal, se obligan más con su benefactor, el pueblo se vuelve en seguida más benévolo con él que si se lo hubiera llevado al principado con sus favores. Y el príncipe puede ganárselo de muchas maneras, de las cuales, porque varían según los casos, no se puede dar regla cierta, y por eso las omito. Solo concluiré que al príncipe le es necesario tener al pueblo amigo; de otro modo, no tiene remedio en las adversidades.

Nabis, príncipe de los espartanos, sostuvo el asedio de toda Grecia y de un ejército romano victoriosísimo, y defendió contra ellos su patria y su estado; y le bastó, al sobrevenir el peligro, asegurarse de pocos; lo cual no le habría bastado si hubiera tenido al pueblo enemigo. Y que nadie rebata esta opinión mía con aquel proverbio trillado de que «quien se funda en el pueblo se funda en el lodo», porque eso es verdad cuando un ciudadano privado hace su fundamento en él y se da a entender que el pueblo lo librará cuando fuese oprimido por los enemigos o por los magistrados; en este caso podría encontrarse muchas veces engañado, como les pasó en Roma a los Gracos y en Florencia a messer Giorgio Scali. Pero siendo quien se funda en el pueblo un príncipe que puede mandar, y que es hombre de corazón, y no se amedrenta en las adversidades, y no deja de hacer las otras preparaciones, y mantiene con su ánimo y sus órdenes animado al pueblo, nunca se verá engañado por él, y comprobará haber hecho buenos fundamentos.

Estos principados suelen peligrar cuando están pasando del orden civil al absoluto; porque estos príncipes mandan o por sí mismos o por medio de magistrados. En este último caso, su posición es más débil y peligrosa, porque dependen enteramente de la voluntad de aquellos ciudadanos que están en las magistraturas, los cuales, especialmente en tiempos adversos, pueden quitarle el estado muy fácilmente, o yendo contra él o no obedeciéndole. Y el príncipe no está a tiempo, en los peligros, de tomar la autoridad absoluta, porque los ciudadanos y súbditos, acostumbrados a recibir las órdenes de los magistrados, no están dispuestos, en aquellas contingencias, a obedecer las suyas; y siempre tendrá, en tiempos dudosos, escasez de gente en quien pueda confiar. Porque tal príncipe no puede fundarse en lo que ve en los tiempos tranquilos, cuando los ciudadanos necesitan del estado; porque entonces todos corren, todos prometen, y cada cual quiere morir por él cuando la muerte está lejos; pero en los tiempos adversos, cuando el estado necesita de los ciudadanos, entonces se encuentran pocos. Y esta experiencia es tanto más peligrosa cuanto que no puede hacerse sino una vez. Y por ello un príncipe sabio debe pensar en un modo por el cual sus ciudadanos, siempre y en todo tiempo, tengan necesidad del estado y de él; y así le serán siempre fieles.

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