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Capítulo 6De los principados nuevos que se adquieren con las armas propias y con la virtud

El Príncipe · Nicolás Maquiavelo · 6 min de lectura

Que nadie se extrañe si, al hablar de los principados enteramente nuevos, tanto en lo que se refiere al príncipe como al estado, empleo ejemplos de gran envergadura. Porque los hombres casi siempre caminan por sendas ya trazadas por otros y proceden en sus acciones por imitación; pero como no se pueden seguir del todo las huellas ajenas ni alcanzar la virtud de aquel a quien se imita, el hombre prudente debe seguir siempre los caminos recorridos por los grandes y tomar como modelo a los más excelentes, de modo que, si su virtud no llega a tanto, al menos conserve algo de su aroma. Debe hacer como los arqueros prudentes que, pareciéndoles demasiado lejano el blanco al que quieren darle y conociendo bien el alcance de su arco, apuntan mucho más alto del objetivo, no para alcanzar con su flecha tanta altura, sino para poder llegar, con la ayuda de tan alta mira, a donde se proponen.

Digo, pues, que en los principados enteramente nuevos, donde hay un príncipe nuevo, se encuentra mayor o menor dificultad en mantenerlos según sea mayor o menor la virtud de quien los adquiere. Y como el hecho de convertirse de particular en príncipe presupone o virtud o fortuna, parece que una u otra de estas dos cosas mitiga en parte muchas dificultades; sin embargo, quien ha confiado menos en la fortuna se ha mantenido más tiempo. Las cosas se facilitan también porque el príncipe, al no tener otros estados, se ve obligado a residir en el nuevo personalmente.

Pero, viniendo a aquellos que por su propia virtud y no por la fortuna se han convertido en príncipes, digo que los más insignes son Moisés, Ciro, Rómulo, Teseo y otros semejantes. Y aunque de Moisés no se deba razonar, habiendo sido un mero ejecutor de las cosas que Dios le ordenó, debe ser admirado aunque solo sea por aquella gracia que lo hacía digno de hablar con Dios. Pero consideremos a Ciro y a los demás que han adquirido o fundado reinos: los hallaremos a todos admirables; y si se examinan sus acciones y disposiciones particulares, no parecerán diferentes de las de Moisés, que tuvo tan gran maestro. Y examinando sus acciones y su vida, se ve que no recibieron de la fortuna otra cosa que la ocasión, la cual les proporcionó la materia a la que pudieron dar la forma que les pareció; y sin aquella ocasión, la virtud de su ánimo se habría extinguido, y sin aquella virtud, la ocasión habría llegado en vano.

Era necesario, pues, que Moisés encontrara al pueblo de Israel esclavo y oprimido en Egipto, para que este, por salir de la esclavitud, se dispusiera a seguirlo. Convenía que Rómulo no tuviera cabida en Alba y que fuera expuesto al nacer, para que llegara a ser rey de Roma y fundador de aquella patria. Era preciso que Ciro hallara a los persas descontentos con el imperio de los medos, y a los medos blandos y afeminados por la larga paz. No habría podido Teseo demostrar su virtud si no hubiera encontrado a los atenienses dispersos. Estas ocasiones, por tanto, hicieron que aquellos hombres tuvieran éxito, y su excelente virtud hizo que la ocasión fuera reconocida; de donde resultó que sus patrias fueron ennoblecidas y alcanzaron gran felicidad.

Aquellos que por caminos virtuosos semejantes a estos se convierten en príncipes, adquieren el principado con dificultad, pero lo mantienen con facilidad; y las dificultades que tienen para adquirir el principado nacen en parte de las nuevas leyes y los nuevos modos que se ven obligados a introducir para fundar su estado y garantizar su seguridad. Y debe considerarse que no hay cosa más difícil de emprender, ni de éxito más dudoso, ni más peligrosa de manejar, que hacerse promotor de nuevas leyes. Porque el innovador tiene por enemigos a todos aquellos que se beneficiaban de las leyes antiguas, y tiene como tibios defensores a todos los que podrían beneficiarse de las nuevas leyes; tibieza que nace en parte del miedo a los adversarios, que tienen las leyes de su lado, y en parte de la incredulidad de los hombres, que verdaderamente no creen en las cosas nuevas si no es mediante una firme experiencia. De donde resulta que, cada vez que los que son enemigos tienen ocasión de atacar, lo hacen con espíritu de facción, y aquellos otros se defienden tibiamente, de modo que junto con ellos se corre peligro.

Es necesario, por tanto, si se quiere discutir bien esta materia, examinar si estos innovadores actúan por sí mismos o si dependen de otros; es decir, si para llevar a cabo su empresa necesitan rogar o si pueden imponerse por la fuerza. En el primer caso, siempre acaban mal y no consiguen nada; pero cuando dependen de sí mismos y pueden imponerse por la fuerza, entonces rara vez corren peligro. De ahí viene que todos los profetas armados vencieran y los desarmados se arruinaran. Porque, además de las cosas dichas, la naturaleza de los pueblos es variable; y es fácil persuadirlos de algo, pero es difícil mantenerlos firmes en esa persuasión. Y por eso conviene estar preparado de modo que, cuando ya no crean, se les pueda hacer creer por la fuerza.

Moisés, Ciro, Teseo y Rómulo no habrían podido hacer observar durante mucho tiempo sus constituciones si hubieran estado desarmados, como le sucedió en nuestros tiempos a fray Jerónimo Savonarola, que se arruinó con sus nuevas leyes en cuanto la multitud empezó a no creer en él, pues no tenía modo de mantener firmes a los que habían creído ni de hacer creer a los incrédulos. Por eso estos hombres tienen grandes dificultades en su trayectoria, y todos los peligros están en el camino, y es necesario que los superen con virtud; pero una vez que los han superado y que han empezado a ser venerados, habiendo eliminado a quienes les tenían envidia por su condición, quedan poderosos, seguros, honrados y felices.

A tan nobles ejemplos quiero añadir otro de menor importancia; pero tendrá cierta proporción con aquellos, y quiero que me baste por todos los casos semejantes: es el de Hierón de Siracusa. Este, de particular, llegó a ser príncipe de Siracusa, y tampoco él recibió de la fortuna otra cosa que la ocasión; porque los siracusanos, estando oprimidos, lo eligieron como su capitán, y de ahí mereció ser nombrado príncipe. Y fue tan virtuoso, incluso siendo un particular, que quien escribió sobre él dijo «que no le faltaba nada para reinar excepto el reino». Este suprimió la antigua milicia y organizó una nueva; dejó las viejas amistades y se hizo de otras nuevas; y como tuvo amistades y soldados que eran suyos, pudo edificar sobre tal fundamento cualquier edificio; de modo que le costó mucha fatiga adquirir, pero poca mantener.

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