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Capítulo 23De cómo se debe huir de los aduladores

El Príncipe · Nicolás Maquiavelo · 3 min de lectura

No quiero dejar de lado un asunto importante y un error del que los príncipes se defienden con dificultad, si no son extremadamente prudentes o no tienen buen criterio para elegir. Me refiero a los aduladores, de los que están llenas las cortes; porque los hombres se complacen tanto en sus propias cosas y de tal modo se engañan a sí mismos, que se defienden con dificultad de esta peste, y al querer defenderse corren el riesgo de volverse despreciables. Porque no hay otra manera de protegerse de la adulación sino haciendo entender a los hombres que no te ofenden al decirte la verdad; pero cuando cualquiera puede decirte la verdad, te falta el respeto. Por eso un príncipe prudente debe elegir un tercer camino, escogiendo en su Estado hombres sabios y dándoles solo a ellos libre facultad de decirle la verdad, y solo sobre aquellas cosas que él les pregunte, y no sobre otras. Pero debe preguntarles sobre todo, y escuchar sus opiniones; después, deliberar por sí mismo y a su modo; y con estos consejos y con cada uno de ellos comportarse de manera que todos comprendan que cuanto más libremente hablen, más aceptados serán; fuera de estos, no escuchar a nadie, ejecutar lo decidido y ser obstinado en sus decisiones. Quien hace de otro modo, o se precipita por causa de los aduladores, o cambia a menudo por la variedad de las opiniones, de lo cual surge que se le tenga en poca estima.

Quiero a este propósito aducir un ejemplo moderno. El presbítero Luca, hombre de Maximiliano, actual emperador, hablando de Su Majestad, dijo que nunca se aconsejaba con nadie y que nunca hacía nada a su modo: lo cual procedía de observar una conducta contraria a la antedicha. Porque el emperador es hombre reservado, no comunica sus designios a nadie, no acepta opiniones sobre ellos; pero cuando, al ponerlos en práctica, comienzan a conocerse y descubrirse, empiezan a ser contradichos por quienes tiene a su alrededor, y él, siendo fácil de persuadir, se aparta de ellos. De ahí resulta que lo que hace un día lo destruye al otro, y que nunca se entiende lo que quiere o piensa hacer, y que no se puede confiar en sus decisiones.

Un príncipe, por tanto, debe aconsejarse siempre, pero cuando él quiera, y no cuando quieran otros; más aún, debe quitarle a cualquiera las ganas de aconsejarle sobre cosa alguna si no se lo pregunta. Pero él debe preguntar mucho, y luego, acerca de las cosas preguntadas, escuchar pacientemente la verdad; es más, si se entera de que alguien por cualquier motivo no se la dice, debe enojarse. Y como muchos estiman que cualquier príncipe que da opinión de prudente es tenido por tal no por su naturaleza sino por los buenos consejos que tiene a su alrededor, sin duda se engañan. Porque esta es una regla general que nunca falla: que un príncipe que no es sabio por sí mismo no puede ser bien aconsejado, a no ser que por ventura se entregara enteramente a uno solo que lo gobernara en todo y que fuera un hombre muy prudente. En este caso podría ser, pero le duraría poco, porque aquel gobernante en breve tiempo le quitaría el Estado. Pero si se aconseja con más de uno, un príncipe que no sea sabio nunca tendrá consejos uniformes, ni sabrá por sí mismo unificarlos. Cada uno de los consejeros pensará en sus propios intereses; él no sabrá corregirlos ni conocerlos. Y no pueden encontrarse de otro modo, porque los hombres siempre te saldrán malos si una necesidad no los hace buenos. Por eso se concluye que los buenos consejos, vengan de quien vengan, conviene que nazcan de la prudencia del príncipe, y no la prudencia del príncipe de los buenos consejos.

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