Traducción moderna de Clasicalia. Léelo a tu ritmo, capítulo a capítulo.
Quienes desean ganarse el favor de un príncipe suelen acercarse a él con aquellas cosas que consideran más valiosas entre las suyas o que creen que más le agradarán. Así, vemos con frecuencia que les son ofrecidos caballos, armas, telas de oro, piedras preciosas y ornamentos semejantes, dignos de su grandeza.
Yo, por mi parte, deseando presentarme ante Vuestra Magnificencia con algún testimonio de mi devoción, no he encontrado entre mis posesiones nada que estime tanto o valore más que el conocimiento de las acciones de los grandes hombres, aprendido mediante una larga experiencia de los asuntos modernos y una continua lectura de los antiguos. Tras haber meditado durante mucho tiempo y con la mayor diligencia sobre tales cuestiones, y haberlas examinado con atención, las he reducido a un pequeño volumen que ahora envío a Vuestra Magnificencia.
Y aunque considero esta obra indigna de ser presentada ante vos, confío plenamente en que vuestra humanidad la aceptará, considerando que no puedo haceros mayor don que daros la posibilidad de comprender en brevísimo tiempo todo aquello que yo he llegado a conocer y entender en tantos años y con tantas incomodidades y peligros.
No he adornado ni rellenado esta obra con cláusulas ampulosas o palabras pomposas y magníficas, ni con ninguno de esos atractivos o adornos superficiales con los que muchos acostumbran describir y engalanar sus cosas, porque he querido que nada la honre o que solo la variedad de la materia y la gravedad del asunto la hagan grata.
Tampoco quiero que se considere presunción que un hombre de condición baja e inferior se atreva a discutir y establecer reglas sobre el gobierno de los príncipes; porque, así como quienes dibujan los paisajes se sitúan abajo en el llano para considerar la naturaleza de los montes y los lugares elevados, y para considerar la de los bajos se sitúan arriba en los montes, de igual manera, para conocer bien la naturaleza de los pueblos es necesario ser príncipe, y para conocer bien la de los príncipes es necesario ser del pueblo.
Reciba, pues, Vuestra Magnificencia este pequeño don con el ánimo con que yo lo envío; si lo examina y lo lee con atención, reconocerá en él mi extremo deseo de que alcancéis aquella grandeza que la fortuna y vuestras demás cualidades os prometen. Y si Vuestra Magnificencia, desde la cima de vuestra altura, dirige alguna vez la mirada hacia estos lugares bajos, conocerá cuán inmerecidamente soporto la gran y continua malignidad de la fortuna.
Todos los estados, todos los dominios que han ejercido y ejercen soberanía sobre los hombres, han sido y son repúblicas o principados.
Los principados son, o hereditarios, cuando el linaje de su señor ha reinado en ellos durante largo tiempo, o nuevos.
Los nuevos, o lo son del todo, como lo fue Milán para Francesco Sforza, o son como miembros añadidos al estado hereditario del príncipe que los adquiere, como es el reino de Nápoles para el rey de España.
Los dominios así adquiridos están acostumbrados, o a vivir bajo un príncipe, o a ser libres; y se adquieren, o con las armas de otros, o con las propias, o por fortuna o por virtud.
Dejaré a un lado el análisis de las repúblicas, pues ya he tratado extensamente sobre ellas en otra ocasión. Me dedicaré únicamente a los principados, y siguiendo el orden que he establecido, examinaré cómo pueden gobernarse y conservarse.
Digo, pues, que en los Estados hereditarios, acostumbrados a la dinastía de su príncipe, hay muchas menos dificultades para mantenerlos que en los nuevos, porque basta con no alterar el orden establecido por los antepasados y contemporizar después con los acontecimientos. De este modo, si el príncipe tiene una capacidad ordinaria, siempre se mantendrá en su Estado, a menos que una fuerza extraordinaria y excesiva lo despoje de él; y aunque se lo arrebaten, lo recuperará en cuanto el usurpador sufra cualquier contratiempo.
Tenemos en Italia, por ejemplo, al duque de Ferrara, que no resistió los ataques de los venecianos en el año ochenta y cuatro, ni los del papa Julio en el diez, por otra razón que por estar consolidado desde antiguo en aquel dominio. Porque el príncipe natural tiene menos motivos y menor necesidad de ofender, de donde resulta que debe ser más amado; y si vicios extraordinarios no lo hacen odioso, es natural que sea querido por los suyos. Y en la antigüedad y continuidad del dominio se borran los recuerdos y las causas de las innovaciones, pues siempre un cambio deja el apoyo necesario para edificar sobre él otro cambio.
Pero las dificultades residen en el principado nuevo. Y en primer lugar, si no es completamente nuevo, sino como un miembro añadido —de modo que en conjunto puede llamarse casi mixto—, sus problemas nacen en primer lugar de una dificultad natural propia de todos los principados nuevos: que los hombres cambian de buen grado de señor creyendo mejorar, y esta creencia los lleva a tomar las armas contra él; pero se engañan, porque luego la experiencia les muestra que han empeorado. Lo cual depende de otra necesidad natural y ordinaria, que obliga siempre a ofender a aquellos sobre quienes se adquiere el poder, tanto con guarniciones de soldados como con infinitas otras vejaciones que el nuevo gobierno trae consigo. De este modo te conviertes en enemigo de todos aquellos a quienes has ofendido al ocupar el principado, y no puedes mantener como amigos a los que te pusieron en él, porque no puedes satisfacerlos como ellos esperaban, ni tú puedes usar medicinas fuertes contra ellos, al estarles obligado; porque siempre, aunque se tengan ejércitos muy fuertes, se necesita el favor de los habitantes para entrar en una provincia. Por estas razones, Luis XII de Francia ocupó Milán rápidamente y rápidamente lo perdió; y bastaron para quitárselo la primera vez las fuerzas del propio Ludovico, porque los pueblos que le habían abierto las puertas, al verse engañados en su opinión y en aquel beneficio futuro que habían esperado, no podían soportar las molestias del nuevo príncipe.
Es bien cierto que, cuando se vuelven a conquistar los territorios rebelados, se pierden con más dificultad, porque el señor, aprovechando la ocasión de la rebelión, tiene menos escrúpulos en asegurar su posición castigando a los culpables, investigando a los sospechosos y fortaleciéndose en los puntos más débiles. De modo que, si para hacer perder Milán a Francia bastó la primera vez un duque Ludovico que hiciera ruido en las fronteras, para hacérselo perder la segunda vez fue necesario tener a todo el mundo en contra y que sus ejércitos fueran destruidos o expulsados de Italia; lo cual provino de las causas mencionadas anteriormente. No obstante, tanto la primera como la segunda vez le fue arrebatado.
Las razones generales de la primera pérdida se han discutido; ahora queda por señalar las de la segunda, y ver qué remedios tenía él y cuáles puede tener quien se encuentre en su situación para poder mantenerse mejor en lo adquirido de lo que hizo Francia. Digo, pues, que estos estados que al conquistarse se añaden a un estado antiguo del que conquista, o son de la misma provincia y de la misma lengua, o no lo son. Cuando lo son, es muy fácil mantenerlos, especialmente cuando no están acostumbrados a vivir libres; y para poseerlos con seguridad basta haber extinguido la línea del príncipe que los dominaba, porque en lo demás, manteniéndoles sus antiguas condiciones y no habiendo diferencia de costumbres, los hombres viven tranquilamente, como se ha visto en Borgoña, Bretaña, Gascuña y Normandía, que tanto tiempo han estado unidas a Francia; y aunque haya alguna diferencia de lengua, no obstante las costumbres son parecidas y pueden tolerarse fácilmente entre sí. Y quien las adquiere, si quiere mantenerlas, debe tener dos consideraciones: una, que se extinga la estirpe del antiguo príncipe; la otra, no alterar ni sus leyes ni sus impuestos; de manera que en brevísimo tiempo se conviertan con su antiguo principado en un solo cuerpo.
Pero cuando se adquieren estados en una provincia diferente en lengua, costumbres y ordenamientos, aquí están las dificultades, y aquí se necesita tener gran fortuna y gran habilidad para conservarlos; y uno de los mayores y más eficaces remedios sería que la persona que los adquiere fuese a vivir allí. Esto haría la posesión más segura y duradera, como ha hecho el Turco con Grecia; el cual, a pesar de todas las demás medidas que tomó para conservar aquel estado, si no hubiera ido a vivir allí, no habría sido posible mantenerlo. Porque, estando presente, se ven nacer los desórdenes y se pueden remediar pronto; estando ausente, se conocen cuando ya son grandes y no tienen remedio. Además, la provincia no es saqueada por tus funcionarios; los súbditos se sienten satisfechos por el recurso cercano al príncipe; de donde tienen más razón para amarlo, si quieren ser buenos, y queriendo ser de otro modo, para temerlo. Los extranjeros que quisieran atacar aquel estado tienen más respeto; de modo que, residiendo allí, difícilmente se puede perder.
El otro mejor remedio es enviar colonias a uno o dos lugares que sean como las llaves de aquel estado; porque es necesario hacer esto o mantener allí mucha caballería e infantería. En las colonias no se gasta mucho, y sin gasto o con poco se envían y se mantienen, y solo se ofende a aquellos a quienes se quitan los campos y las casas para dárselos a los nuevos habitantes, que son una mínima parte de aquel estado; y aquellos a quienes se ofende, quedando dispersos y pobres, nunca pueden perjudicarte, y todos los demás quedan, por una parte, sin ofender —y por eso deberían estar tranquilos—, y por otra parte, temerosos de equivocarse, por miedo a que les suceda como a los despojados. Concluyo que estas colonias no cuestan, son más fieles y perjudican menos; y los ofendidos no pueden causar daño, por estar pobres y dispersos, como he dicho. Por lo cual debe notarse que a los hombres hay que conquistarlos o eliminarlos, porque se vengan de las ofensas ligeras, de las graves no pueden; así que la ofensa que se hace al hombre debe ser tal que le quite la posibilidad de vengarse. Pero si, en lugar de colonias, se mantiene allí gente armada, se gasta mucho más, porque hay que consumir en la guarnición todas las rentas de aquel estado, de modo que la adquisición se convierte en pérdida, y se ofende mucho más, porque perjudica a todo aquel estado con los ejércitos que cambian de alojamiento; de cuya incomodidad todos participan, y todos se convierten en enemigos; y son enemigos que pueden perjudicarte, aunque queden derrotados en su propio territorio. Por lo tanto, en todos los aspectos, esta guardia es tan inútil como las colonias son útiles.
Además, quien se encuentra en una provincia diferente a la suya, como se ha dicho, debe hacerse líder y defensor de los vecinos menos poderosos, e ingeniarse para debilitar a los poderosos de ella, y cuidar que por ningún accidente entre allí un extranjero tan poderoso como él. Y siempre sucederá que será llamado por aquellos que en ella están descontentos, ya sea por excesiva ambición o por miedo; como se vio en otro tiempo cuando los etolios introdujeron a los romanos en Grecia; y en todas las demás provincias donde entraron, fueron llamados por los habitantes. Y el orden de las cosas es que, apenas un extranjero poderoso entra en una provincia, todos los que en ella son menos poderosos se le adhieren, movidos por la envidia que tienen contra el que ha sido poderoso sobre ellos; de modo que, respecto a estos menos poderosos, él no tiene que gastar ningún esfuerzo en ganárselos, porque todos juntos se unen de inmediato al estado que él ha adquirido allí. Solo tiene que procurar que no adquieran demasiada fuerza ni demasiada autoridad; y fácilmente puede, con sus fuerzas y con el favor de ellos, abatir a los que son poderosos, para quedar en todo árbitro de aquella provincia. Y quien no gobierne bien esta parte, perderá pronto lo que haya adquirido, y mientras lo tenga, tendrá en ello infinitas dificultades y molestias.
Los romanos, en las provincias que tomaron, observaron muy bien estas consideraciones; enviaron colonias, protegieron a los menos poderosos sin aumentar su poder, rebajaron a los poderosos y no permitieron que extranjeros poderosos adquirieran reputación allí. Y quiero que baste solo el ejemplo de la provincia de Grecia: los aqueos y los etolios fueron protegidos por ellos, el reino de Macedonia fue humillado, Antíoco fue expulsado; ni los méritos de los aqueos o de los etolios hicieron nunca que les permitieran acrecentar ningún estado, ni las persuasiones de Filipo les indujeron jamás a ser amigos suyos sin debilitarlo, ni el poder de Antíoco pudo conseguir que consintieran que mantuviera ningún estado en aquella provincia. Porque los romanos hicieron en estos casos lo que deben hacer todos los príncipes sabios: que no solo deben tener consideración de los desórdenes presentes, sino también de los futuros, y poner todos los remedios contra ellos; porque, previéndolos de lejos, se pueden remediar fácilmente, pero si esperas a que se te echen encima, la medicina no llega a tiempo, porque la enfermedad se ha vuelto incurable. Y sucede con esto lo que dicen los médicos de la tisis: que al principio es fácil de curar y difícil de conocer, pero, con el transcurso del tiempo, no habiéndola conocido ni curado al principio, se vuelve fácil de conocer y difícil de curar. Así sucede en las cosas de Estado, porque conociendo de lejos —lo cual solo es dado a un hombre prudente— los males que nacen en él, se curan rápidamente; pero cuando, por no haberlos conocido, se les deja crecer de modo que todos los conocen, ya no hay remedio.
Así pues, los romanos, viendo de lejos los inconvenientes, les pusieron siempre remedio, y nunca los dejaron seguir su curso para evitar una guerra, porque sabían que la guerra no se evita, sino que se aplaza en ventaja de otros; por tanto, quisieron hacer la guerra a Filipo y a Antíoco en Grecia para no tener que hacérsela en Italia; y pudieron entonces evitar una y otra cosa, pero no quisieron. Ni les agradó nunca aquello que está todo el día en boca de los sabios de nuestro tiempo, de gozar del beneficio del tiempo, sino que prefirieron gozar del beneficio de su virtud y prudencia; porque el tiempo lo arrastra todo consigo y puede traer tanto el bien como el mal, y tanto el mal como el bien.
Pero volvamos a Francia y examinemos si ha hecho alguna de las cosas mencionadas; y hablaré de Luis, y no de Carlos, porque, al haber mantenido el primero más tiempo su posesión en Italia, se han podido ver mejor sus modos de proceder; y veréis que ha hecho lo contrario de lo que se debe hacer para mantener un estado en una provincia diferente. El rey Luis fue introducido en Italia por la ambición de los venecianos, que quisieron ganar la mitad del estado de Lombardía con su venida. Yo no quiero censurar el partido que tomó el rey, porque, queriendo empezar a poner un pie en Italia, y no teniendo amigos en esta provincia —antes bien, estándole cerradas todas las puertas por el comportamiento del rey Carlos—, se vio forzado a aceptar las amistades que pudo encontrar; y le habría salido bien el partido tomado si no hubiera cometido errores en las demás gestiones. Conquistada, pues, Lombardía, el rey recuperó enseguida la reputación que Carlos le había quitado: Génova cedió, los florentinos se hicieron amigos suyos, el marqués de Mantua, el duque de Ferrara, los Bentivoglio, la señora de Forlì, los señores de Faenza, de Pésaro, de Rímini, de Camerino, de Piombino, los lucanos, pisanos, sieneses, todos se le acercaron para ser amigos. Y entonces pudieron comprender los venecianos la temeridad del partido tomado, que por ganar dos tierras en Lombardía habían hecho al rey señor de dos tercios de Italia.
Considere ahora alguien con qué poca dificultad podría el rey haber mantenido su reputación en Italia si hubiera observado las reglas mencionadas anteriormente y hubiera protegido y defendido a todos aquellos amigos suyos, que, por ser un gran número, y débiles, y temerosos unos de la Iglesia, otros de los venecianos, siempre tenían necesidad de estar con él; y por medio de ellos podía fácilmente asegurarse contra los que quedaban grandes. Pero apenas estuvo en Milán, hizo lo contrario, ayudando al papa Alejandro a ocupar la Romaña. Ni se dio cuenta de que, con esta decisión, se debilitaba a sí mismo, desprendiéndose de los amigos y de aquellos que se habían arrojado en su regazo, y engrandecía a la Iglesia, añadiendo al poder espiritual, que le da tanta autoridad, tanto poder temporal. Y habiendo cometido un primer error, se vio forzado a seguir, tanto que, para poner fin a la ambición de Alejandro e impedir que se hiciera señor de la Toscana, tuvo que venir a Italia. No le bastó haber engrandecido a la Iglesia y haberse desprendido de sus amigos, sino que, por querer el reino de Nápoles, lo repartió con el rey de España; y donde era antes el árbitro de Italia, metió a un compañero, para que los ambiciosos de aquella provincia y los descontentos con él tuvieran a dónde recurrir; y donde podía dejar en aquel reino a un rey que fuera pensionado suyo, lo echó para meter a uno que pudiera echarlo a él.
Es cosa verdaderamente muy natural y ordinaria desear adquirir; y siempre, cuando lo hacen hombres que pueden, serán alabados o no censurados; pero cuando no pueden y quieren hacerlo de todos modos, aquí está el error y la censura. Si Francia podía, pues, atacar Nápoles con sus fuerzas, debía hacerlo; si no podía, no debía repartirlo. Y si la división de Lombardía con los venecianos merece ser excusada, porque con ella metió el pie en Italia, esta otra merece ser censurada, porque no tiene la excusa de aquella necesidad. Había hecho, por tanto, Luis estos cinco errores: haber destruido a los menos poderosos, aumentado el poder en Italia de uno ya poderoso, introducido en ella a un extranjero potentísimo, no haber venido a vivir allí, no haber puesto colonias. Los cuales errores, viviendo él, aún podían no perjudicarlo, si no hubiera cometido el sexto: quitarles el estado a los venecianos; porque, si no hubiera engrandecido a la Iglesia ni introducido a España en Italia, era muy razonable y necesario humillarlos; pero habiendo tomado aquellas primeras decisiones, nunca debió consentir su ruina; porque, siendo ellos poderosos, habrían mantenido siempre alejados a los demás de la empresa de Lombardía, ya sea porque los venecianos no lo habrían consentido sin convertirse ellos en señores de ella, ya sea porque los otros no habrían querido quitársela a Francia para dársela a ellos, y no habrían tenido ánimo para ir contra ambos. Y si alguien dijera: el rey Luis cedió la Romaña a Alejandro y el reino a España para evitar una guerra, respondo con las razones dichas anteriormente: que nunca se debe dejar seguir un desorden para evitar una guerra, porque no se evita, sino que se aplaza con tu desventaja. Y si algunos otros alegaran la promesa que el rey había hecho al papa de emprender aquella empresa por él a cambio de la disolución de su matrimonio y del capelo de Ruán, respondo con lo que diré más adelante sobre la fe de los príncipes y cómo debe observarse. Ha perdido, pues, el rey Luis Lombardía por no haber observado ninguna de las condiciones observadas por otros que han tomado provincias y han querido conservarlas. Ni es esto ningún milagro, sino muy ordinario y razonable. Y sobre este asunto hablé en Nantes con Ruán, cuando el Valentino —que así llamaba popularmente a César Borgia, hijo del papa Alejandro— ocupaba la Romaña; porque, diciéndome el cardenal de Ruán que los italianos no entendían de guerra, yo le respondí que los franceses no entendían de Estado, porque si entendieran, no habrían dejado crecer tanto a la Iglesia. Y por experiencia se ha visto que la grandeza en Italia de la Iglesia y de España ha sido causada por Francia, y su ruina ha sido causada por ellas. De lo cual se saca una regla general que nunca o raramente falla: que quien es causa de que otro se haga poderoso, arruina a sí mismo; porque aquel poder es causado por él o con habilidad o con fuerza, y ambas cosas son sospechosas para quien se ha vuelto poderoso.
Consideradas las dificultades que existen para conservar un Estado recién conquistado, alguno podría preguntarse con asombro cómo sucedió que Alejandro Magno se convirtiera en señor de Asia en pocos años, y apenas la hubo ocupado murió; por lo cual parecería razonable que todo aquel Estado se rebelara. Sin embargo, los sucesores de Alejandro lo conservaron, y no tuvieron para mantenerlo otra dificultad que la que surgió entre ellos mismos por su propia ambición.
Respondo que todos los principados de los que se tiene memoria se gobiernan de dos modos distintos: o por un príncipe y todos los demás como siervos, que como ministros, por gracia y concesión suya, ayudan a gobernar aquel reino; o por un príncipe y por barones, que ocupan ese rango no por gracia del señor, sino por la antigüedad de su linaje. Tales barones tienen Estados y súbditos propios, que los reconocen como señores y sienten hacia ellos un afecto natural. Aquellos Estados que se gobiernan por un príncipe y por siervos tienen a su príncipe con mayor autoridad, porque en toda su provincia no hay nadie que reconozca como superior a otro que no sea él; y si obedecen a algún otro, lo hacen como a ministro y oficial, y no le tienen particular afecto.
Los ejemplos de estos dos tipos de gobierno son, en nuestros tiempos, el Turco y el rey de Francia. Toda la monarquía del Turco está gobernada por un solo señor; los demás son sus siervos; y dividiendo su reino en distritos, envía a ellos diversos administradores, y los cambia y varía como le place. Pero el rey de Francia está rodeado de una multitud de antiguos nobles, reconocidos en aquel Estado por sus súbditos y amados por ellos; tienen sus prerrogativas, y el rey no puede quitárselas sin peligro para sí mismo. Quien considere, pues, uno y otro de estos Estados, hallará dificultad en conquistar el Estado del Turco, pero una vez conquistado, gran facilidad en conservarlo. Las razones de la dificultad para ocupar el reino del Turco son que no es posible ser llamado por los príncipes de aquel reino, ni esperar poder facilitar la empresa con la rebelión de los que rodean al sultán. Esto procede de las razones arriba mencionadas: siendo todos esclavos y obligados, resulta más difícil corromperlos; y aunque se lograra corromperlos, se puede esperar poca utilidad de ellos, al no poder estos arrastrar consigo a los pueblos, por las razones que se han dicho. Por ello, quien ataque al Turco debe pensar que lo va a encontrar unido, y le conviene confiar más en sus propias fuerzas que en los desórdenes ajenos. Pero una vez vencido y derrotado en campo abierto, de modo que no pueda rehacer sus ejércitos, no hay nada más que temer salvo la estirpe del príncipe; extinguida esta, no queda nadie a quien temer, no teniendo los demás crédito ante el pueblo; y así como el vencedor, antes de la victoria, no podía esperar nada de ellos, tampoco debe temerlos después de ella.
Lo contrario sucede en los reinos gobernados como el de Francia, porque puedes entrar en ellos con facilidad ganándote a algún barón del reino; pues siempre se encuentran descontentos y quienes desean cambios. Estos, por las razones dichas, pueden abrirte el camino hacia aquel Estado y facilitarte la victoria; la cual después, si quieres mantenerla, acarrea infinitas dificultades, tanto con quienes te han ayudado como con quienes has oprimido. Y no te basta con extinguir la estirpe del príncipe, porque quedan aquellos señores que se erigen como cabezas de nuevas alteraciones; y no pudiendo ni contentarlos ni destruirlos, pierdes aquel Estado en cuanto se presenta la ocasión.
Ahora bien, si consideráis de qué naturaleza era el gobierno de Darío, lo encontraréis semejante al reino del Turco; y por ello fue necesario que Alejandro lo atacara por entero y le venciera en campo abierto. Después de esta victoria, habiendo muerto Darío, aquel Estado quedó seguro en manos de Alejandro, por las razones arriba expuestas. Y sus sucesores, si hubieran permanecido unidos, habrían podido disfrutarlo cómodamente; pues no surgieron en aquel reino otros tumultos que los que ellos mismos provocaron. Pero los Estados organizados como el de Francia es imposible poseerlos con tanta tranquilidad. De ahí nacieron las frecuentes rebeliones de España, Francia y Grecia contra los romanos, a causa de los numerosos principados que existían en aquellos Estados; mientras duró la memoria de estos, los romanos fueron siempre inseguros en aquella posesión; pero una vez extinguida su memoria, con el poder y la continuidad del imperio, se convirtieron en seguros poseedores. Y también después, cuando los romanos lucharon entre sí, cada uno pudo atraerse una parte de aquellas provincias, según la autoridad que había adquirido en ellas; y habiéndose extinguido la estirpe de sus antiguos señores, no reconocían ya sino a los romanos. Considerando, pues, todas estas cosas, nadie se maravillará de la facilidad que tuvo Alejandro para conservar el Estado de Asia, ni de las dificultades que tuvieron otros para conservar lo conquistado, como Pirro y muchos más; lo cual no procede de la mayor o menor capacidad del vencedor, sino de la diversa naturaleza de los Estados conquistados.
Cuando los estados que se conquistan están acostumbrados a vivir con sus propias leyes y en libertad, hay tres modos de conservarlos: el primero, destruirlos; el segundo, ir a vivir personalmente en ellos; el tercero, dejarlos vivir con sus leyes, cobrando un tributo y creando en su interior un gobierno de pocos que te los mantenga fieles. Porque ese gobierno, al ser creado por el príncipe, sabe que no puede subsistir sin su amistad y su poder, y debe hacer todo lo posible por sostenerlo; y una ciudad acostumbrada a vivir libre se mantiene más fácilmente mediante sus propios ciudadanos que de cualquier otro modo, si se quiere conservarla.
Como ejemplos están los espartanos y los romanos. Los espartanos tuvieron Atenas y Tebas creando en ellas un gobierno de pocos; sin embargo, las perdieron. Los romanos, para conservar Capua, Cartago y Numancia, las destruyeron y no las perdieron. Quisieron conservar Grecia casi como la conservaron los espartanos, dejándola libre y con sus propias leyes, y no les salió bien; de modo que se vieron obligados a destruir muchas ciudades de aquella provincia para no perderla. Porque, en verdad, no hay modo seguro de poseerlas salvo la destrucción. Y quien se convierte en dueño de una ciudad acostumbrada a vivir libre y no la destruye, debe esperar ser destruido por ella, porque siempre tiene como refugio en la rebelión el nombre de la libertad y sus antiguas instituciones, que ni el paso del tiempo ni los beneficios recibidos hacen olvidar jamás. Y por mucho que se haga o se provea, si no se dispersa o desune a los habitantes, no olvidan aquel nombre ni aquellas instituciones, y enseguida recurren a ellas ante cualquier incidente, como hizo Pisa después de cien años de estar sometida a los florentinos.
Pero cuando las ciudades o las provincias están acostumbradas a vivir bajo un príncipe y ese linaje se extingue, como por un lado están habituadas a obedecer y por otro han perdido al príncipe antiguo, no se ponen de acuerdo para elegir uno entre ellos, y no saben vivir libres; de modo que tardan más en tomar las armas, y un príncipe puede ganárselas y asegurarse de ellas con mayor facilidad. Pero en las repúblicas hay mayor vitalidad, mayor odio, más deseo de venganza; no las deja ni puede dejarlas reposar el recuerdo de la antigua libertad, de modo que el camino más seguro es destruirlas o ir a vivir en ellas.
Que nadie se extrañe si, al hablar de los principados enteramente nuevos, tanto en lo que se refiere al príncipe como al estado, empleo ejemplos de gran envergadura. Porque los hombres casi siempre caminan por sendas ya trazadas por otros y proceden en sus acciones por imitación; pero como no se pueden seguir del todo las huellas ajenas ni alcanzar la virtud de aquel a quien se imita, el hombre prudente debe seguir siempre los caminos recorridos por los grandes y tomar como modelo a los más excelentes, de modo que, si su virtud no llega a tanto, al menos conserve algo de su aroma. Debe hacer como los arqueros prudentes que, pareciéndoles demasiado lejano el blanco al que quieren darle y conociendo bien el alcance de su arco, apuntan mucho más alto del objetivo, no para alcanzar con su flecha tanta altura, sino para poder llegar, con la ayuda de tan alta mira, a donde se proponen.
Digo, pues, que en los principados enteramente nuevos, donde hay un príncipe nuevo, se encuentra mayor o menor dificultad en mantenerlos según sea mayor o menor la virtud de quien los adquiere. Y como el hecho de convertirse de particular en príncipe presupone o virtud o fortuna, parece que una u otra de estas dos cosas mitiga en parte muchas dificultades; sin embargo, quien ha confiado menos en la fortuna se ha mantenido más tiempo. Las cosas se facilitan también porque el príncipe, al no tener otros estados, se ve obligado a residir en el nuevo personalmente.
Pero, viniendo a aquellos que por su propia virtud y no por la fortuna se han convertido en príncipes, digo que los más insignes son Moisés, Ciro, Rómulo, Teseo y otros semejantes. Y aunque de Moisés no se deba razonar, habiendo sido un mero ejecutor de las cosas que Dios le ordenó, debe ser admirado aunque solo sea por aquella gracia que lo hacía digno de hablar con Dios. Pero consideremos a Ciro y a los demás que han adquirido o fundado reinos: los hallaremos a todos admirables; y si se examinan sus acciones y disposiciones particulares, no parecerán diferentes de las de Moisés, que tuvo tan gran maestro. Y examinando sus acciones y su vida, se ve que no recibieron de la fortuna otra cosa que la ocasión, la cual les proporcionó la materia a la que pudieron dar la forma que les pareció; y sin aquella ocasión, la virtud de su ánimo se habría extinguido, y sin aquella virtud, la ocasión habría llegado en vano.
Era necesario, pues, que Moisés encontrara al pueblo de Israel esclavo y oprimido en Egipto, para que este, por salir de la esclavitud, se dispusiera a seguirlo. Convenía que Rómulo no tuviera cabida en Alba y que fuera expuesto al nacer, para que llegara a ser rey de Roma y fundador de aquella patria. Era preciso que Ciro hallara a los persas descontentos con el imperio de los medos, y a los medos blandos y afeminados por la larga paz. No habría podido Teseo demostrar su virtud si no hubiera encontrado a los atenienses dispersos. Estas ocasiones, por tanto, hicieron que aquellos hombres tuvieran éxito, y su excelente virtud hizo que la ocasión fuera reconocida; de donde resultó que sus patrias fueron ennoblecidas y alcanzaron gran felicidad.
Aquellos que por caminos virtuosos semejantes a estos se convierten en príncipes, adquieren el principado con dificultad, pero lo mantienen con facilidad; y las dificultades que tienen para adquirir el principado nacen en parte de las nuevas leyes y los nuevos modos que se ven obligados a introducir para fundar su estado y garantizar su seguridad. Y debe considerarse que no hay cosa más difícil de emprender, ni de éxito más dudoso, ni más peligrosa de manejar, que hacerse promotor de nuevas leyes. Porque el innovador tiene por enemigos a todos aquellos que se beneficiaban de las leyes antiguas, y tiene como tibios defensores a todos los que podrían beneficiarse de las nuevas leyes; tibieza que nace en parte del miedo a los adversarios, que tienen las leyes de su lado, y en parte de la incredulidad de los hombres, que verdaderamente no creen en las cosas nuevas si no es mediante una firme experiencia. De donde resulta que, cada vez que los que son enemigos tienen ocasión de atacar, lo hacen con espíritu de facción, y aquellos otros se defienden tibiamente, de modo que junto con ellos se corre peligro.
Es necesario, por tanto, si se quiere discutir bien esta materia, examinar si estos innovadores actúan por sí mismos o si dependen de otros; es decir, si para llevar a cabo su empresa necesitan rogar o si pueden imponerse por la fuerza. En el primer caso, siempre acaban mal y no consiguen nada; pero cuando dependen de sí mismos y pueden imponerse por la fuerza, entonces rara vez corren peligro. De ahí viene que todos los profetas armados vencieran y los desarmados se arruinaran. Porque, además de las cosas dichas, la naturaleza de los pueblos es variable; y es fácil persuadirlos de algo, pero es difícil mantenerlos firmes en esa persuasión. Y por eso conviene estar preparado de modo que, cuando ya no crean, se les pueda hacer creer por la fuerza.
Moisés, Ciro, Teseo y Rómulo no habrían podido hacer observar durante mucho tiempo sus constituciones si hubieran estado desarmados, como le sucedió en nuestros tiempos a fray Jerónimo Savonarola, que se arruinó con sus nuevas leyes en cuanto la multitud empezó a no creer en él, pues no tenía modo de mantener firmes a los que habían creído ni de hacer creer a los incrédulos. Por eso estos hombres tienen grandes dificultades en su trayectoria, y todos los peligros están en el camino, y es necesario que los superen con virtud; pero una vez que los han superado y que han empezado a ser venerados, habiendo eliminado a quienes les tenían envidia por su condición, quedan poderosos, seguros, honrados y felices.
A tan nobles ejemplos quiero añadir otro de menor importancia; pero tendrá cierta proporción con aquellos, y quiero que me baste por todos los casos semejantes: es el de Hierón de Siracusa. Este, de particular, llegó a ser príncipe de Siracusa, y tampoco él recibió de la fortuna otra cosa que la ocasión; porque los siracusanos, estando oprimidos, lo eligieron como su capitán, y de ahí mereció ser nombrado príncipe. Y fue tan virtuoso, incluso siendo un particular, que quien escribió sobre él dijo «que no le faltaba nada para reinar excepto el reino». Este suprimió la antigua milicia y organizó una nueva; dejó las viejas amistades y se hizo de otras nuevas; y como tuvo amistades y soldados que eran suyos, pudo edificar sobre tal fundamento cualquier edificio; de modo que le costó mucha fatiga adquirir, pero poca mantener.
Quienes por mera fortuna se convierten de particulares en príncipes lo consiguen con poco esfuerzo, pero se mantienen en el poder con muchísimo trabajo; no encuentran dificultad alguna en el camino porque vuelan hasta la cima, pero todos los problemas surgen una vez que han llegado. Estos son aquellos a quienes se concede un Estado, bien por dinero o por gracia del que lo otorga, como sucedió con muchos en Grecia, en las ciudades de Jonia y del Helesponto, donde fueron hechos príncipes por Darío para que las gobernasen en beneficio de su seguridad y gloria; como también fueron constituidos aquellos emperadores que desde la condición de particulares alcanzaban el imperio corrompiendo a los soldados. Estos se sostienen simplemente sobre la voluntad y la fortuna de quien se lo ha concedido, que son dos cosas sumamente variables e inestables; no saben y no pueden mantener aquella posición. No saben, porque si no se trata de un hombre de gran ingenio y capacidad, no es razonable que sepa gobernar, habiendo vivido siempre en condición privada; no pueden, porque no disponen de fuerzas que puedan serles amigas y fieles.
Además, los Estados que nacen de improviso, como todas las demás cosas de la naturaleza que nacen y crecen deprisa, no pueden tener raíces ni ramificaciones de modo que el primer temporal los destruya; a menos que, como he dicho, quienes de repente se han convertido en príncipes posean tanta capacidad que sepan prepararse rápidamente para conservar lo que la fortuna les ha puesto en el regazo, y echen después aquellos cimientos que los otros han establecido antes de convertirse en príncipes.
Quiero aducir dos ejemplos de estos dos modos de llegar a ser príncipe, por capacidad o por fortuna, que han ocurrido en tiempos que aún recordamos: el de Francisco Sforza y el de César Borgia. Francisco, con los medios adecuados y gracias a una gran capacidad, de particular llegó a ser duque de Milán, y lo que había conseguido con mil esfuerzos lo conservó con poco trabajo. Por el contrario, César Borgia, llamado vulgarmente duque Valentino, adquirió el Estado por la fortuna de su padre y por ella lo perdió, a pesar de haber empleado todos los medios y de haber hecho todo lo que debía hacer un hombre prudente y capaz para echar raíces en aquellos Estados que las armas y la fortuna de otros le habían concedido. Porque, como se ha dicho antes, quien no pone los cimientos primero podría, con gran capacidad, ponerlos después, aunque esto suponga molestias para el arquitecto y peligro para el edificio. Si se examinan, pues, todos los pasos del duque, se verá que él mismo se había preparado grandes cimientos para su futura potencia; sobre los cuales no juzgo superfluo discurrir, porque yo no sabría qué mejores preceptos dar a un príncipe nuevo que el ejemplo de sus acciones; y si sus disposiciones no le sirvieron de provecho, no fue por culpa suya, sino por una extraordinaria y extrema malignidad de la fortuna.
Alejandro VI, al querer engrandecer al duque, su hijo, tenía ante sí muchas dificultades presentes y futuras. En primer lugar, no veía modo de hacerlo señor de ningún Estado que no fuese de la Iglesia; y si se decidía a quitárselo a la Iglesia, sabía que el duque de Milán y los venecianos no se lo consentirían, porque Faenza y Rímini ya estaban bajo la protección de los venecianos. Veía además que las armas de Italia, y especialmente aquellas de las que hubiera podido servirse, estaban en manos de quienes debían temer la grandeza del papa; por tanto, no podía fiarse de ellas, pues todas estaban en poder de los Orsini, de los Colonna y de sus aliados. Era necesario, pues, que se alterase aquel orden de cosas y que se desorganizasen los Estados de aquellos señores para poder apoderarse con seguridad de parte de ellos. Esto le resultó fácil, porque encontró que los venecianos, movidos por otras razones, se habían propuesto hacer volver a los franceses a Italia; lo cual no solo no se opuso, sino que lo facilitó con la anulación del primer matrimonio del rey Luis. Entró, pues, el rey en Italia con la ayuda de los venecianos y el consentimiento de Alejandro; y no bien estuvo en Milán, el papa consiguió de él tropas para la empresa de la Romaña, que le fue concedida por la reputación del rey.
Adquirida, pues, la Romaña por el duque, y batidos los Colonna, queriendo mantenerla y avanzar más, le estorbaban dos cosas: una, sus propias armas, que no le parecían fieles; la otra, la voluntad de Francia. Es decir, temía que las armas de los Orsini, de las que se había servido, le faltasen bajo sus pies, y no solo le impidiesen conquistar más territorio, sino que le quitasen lo ya adquirido; y que el rey le hiciese lo mismo. Tuvo una confirmación respecto a los Orsini cuando, después de la toma de Faenza, asaltó Bolonia y vio con qué tibieza se lanzaron al asalto; y en cuanto al rey, conoció su ánimo cuando, tras haber tomado el ducado de Urbino, atacó la Toscana, empresa de la que el rey le hizo desistir. Por lo cual el duque decidió no depender más de las armas y de la fortuna de otro.
Y lo primero que hizo fue debilitar en Roma a los partidarios de los Orsini y de los Colonna, ganándose a todos los que entre sus seguidores eran nobles, haciéndolos sus propios nobles y dándoles generosos estipendios; los honró, según sus cualidades, con cargos militares y civiles, de modo que en pocos meses el afecto que tenían hacia sus antiguos señores se extinguió en sus corazones y se volvió todo hacia el duque. Después de esto, esperó la ocasión de eliminar a los Orsini, habiendo ya dispersado a los de la casa Colonna; la cual se le presentó buena, y él la aprovechó mejor. Porque habiéndose dado cuenta los Orsini, tarde, de que la grandeza del duque y de la Iglesia suponía su ruina, celebraron una reunión en la Magione, en el territorio de Perusa. De allí nacieron la rebelión de Urbino, los tumultos en la Romaña y los infinitos peligros del duque, todos los cuales superó con la ayuda de los franceses. Y habiéndole sido restituida su reputación, no fiándose ni de Francia ni de otras fuerzas externas, para no tener que ponerlas a prueba, recurrió al engaño. Y supo disimular tan bien sus intenciones que los Orsini se reconciliaron con él por mediación del señor Paulo, con quien el duque no omitió ninguna clase de cortesía para asegurárselo, dándole dinero, vestidos y caballos; de modo que su simplicidad los condujo a Sinigaglia, a sus manos.
Eliminados, pues, estos jefes y convertidos sus partidarios en amigos suyos, el duque había echado muy buenos cimientos para su poder, teniendo toda la Romaña con el ducado de Urbino, y pareciéndole sobre todo haber ganado la amistad de la Romaña y haberse ganado a todos aquellos pueblos, por haber empezado a gozar de bienestar.
Y como esta parte es digna de mención y de ser imitada por otros, no quiero dejarla de lado. Cuando el duque ocupó la Romaña, la encontró gobernada por señores impotentes, más propensos a despojar a sus súbditos que a gobernarlos, y a darles motivo de desunión más que de unión; de modo que aquella provincia estaba llena de robos, de luchas y de toda clase de abusos. Juzgó, pues, que era necesario, si quería pacificarla y reducirla a la obediencia del brazo regio, darle un buen gobierno. Por ello puso allí a messer Ramiro de Orco, hombre cruel y expeditivo, al cual dio plenos poderes. Este, en poco tiempo, la dejó pacificada y unida, con grandísima reputación. Después el duque juzgó que no era necesaria tanta autoridad, porque temía que se volviese odiosa, y estableció en el centro de la provincia un tribunal civil, con un presidente excelentísimo, donde cada ciudad tenía su abogado. Y como sabía que los rigores pasados le habían granjeado algún odio, para purgar los ánimos de aquellos pueblos y ganárselos del todo, quiso mostrar que si se había cometido alguna crueldad, esta no había procedido de él, sino de la dura naturaleza de su ministro. Y aprovechando la ocasión, una mañana lo hizo colocar en dos pedazos en la plaza de Cesena, con un trozo de madera y un cuchillo ensangrentado al lado. La ferocidad de aquel espectáculo hizo que aquellos pueblos quedasen a la vez satisfechos y estupefactos.
Pero volvamos atrás. Digo que, encontrándose el duque bastante poderoso y en parte asegurado de los peligros presentes, por haberse armado a su modo y por haber eliminado en buena medida aquellas fuerzas que, estando cerca, podían perjudicarle, le quedaba, si quería seguir con sus conquistas, el respeto que debía tener al rey de Francia; pues sabía que el rey, que tarde se había dado cuenta de su error, no se lo consentiría. Y comenzó por ello a buscar amistades nuevas y a vacilar con Francia en la expedición que los franceses hicieron hacia el reino de Nápoles contra los españoles que sitiaban Gaeta. Su intención era asegurarse de ellos; lo que le habría conseguido pronto si Alejandro hubiese vivido.
Y estas fueron sus medidas respecto a las cosas presentes. Pero en cuanto a las futuras, debía temer, en primer lugar, que un nuevo sucesor en la Iglesia no le fuese amigo e intentase quitarle lo que Alejandro le había dado. Contra esto pensó asegurarse de cuatro modos: primero, extinguiendo los linajes de aquellos señores a quienes había despojado, para quitarle al papa la ocasión de valerse de ellos; segundo, ganándose a todos los nobles de Roma, como se ha dicho, para poder mantener con ellos al papa a raya; tercero, haciendo el colegio cardenalicio lo más adicto a él que pudiese; cuarto, adquiriendo tanto poder antes de que el papa muriese que pudiese por sí mismo resistir un primer ataque. De estas cuatro cosas, a la muerte de Alejandro había llevado a cabo tres; la cuarta la tenía casi por realizada. Porque de los señores despojados mató a cuantos pudo alcanzar, y muy pocos se salvaron; se había ganado a los nobles romanos; y en el colegio tenía grandísima influencia. Y en cuanto a la nueva adquisición, había proyectado convertirse en señor de la Toscana, y poseía ya Perusa y Piombino, y había tomado bajo su protección a Pisa; y como no tenía que guardar ya respeto a Francia (pues ya no debía tenerlo, por haber sido despojados los franceses del reino de Nápoles por los españoles, de forma que cada uno de ellos se veía en la necesidad de comprar su amistad), se lanzaría sobre Pisa. Después de esto, Lucca y Siena habrían cedido inmediatamente, en parte por envidia de los florentinos, en parte por miedo; los florentinos no tenían remedio. Si todo esto le hubiera salido bien (como le estaba saliendo el mismo año en que murió Alejandro), habría adquirido tantas fuerzas y tanta reputación que se habría sostenido por sí mismo, sin depender de la fortuna y de las fuerzas de otro, sino solo de su poder y de su capacidad. Pero Alejandro murió cinco años después de que él hubiese empezado a desenvainar la espada. Lo dejó con el Estado de la Romaña únicamente consolidado, con todos los demás en el aire, entre dos poderosísimos ejércitos enemigos, y enfermo de muerte. Y había en el duque tanto valor y tanta capacidad, y sabía tan bien cómo se debe ganar o perder a los hombres, y tan sólidos eran los cimientos que en tan poco tiempo había echado, que si no hubiese tenido encima aquellos ejércitos, o si él hubiese estado sano, habría resistido cualquier dificultad. Y que sus cimientos eran buenos se vio claramente, pues la Romaña le esperó más de un mes; en Roma, aunque medio muerto, estuvo seguro; y aunque los Baglioni, los Vitelli y los Orsini acudieron a Roma, no consiguieron seguidores contra él; pudo, si no hacer papa a quien quería, al menos impedir que lo fuese quien no quería. Pero si en la muerte de Alejandro hubiese estado sano, todo le habría sido fácil. Y él mismo me dijo, en los días en que fue creado Julio II, que había pensado en todo lo que podría suceder si su padre moría, y a todo había encontrado remedio, salvo que nunca pensó que en aquella muerte él también estaría a punto de morir.
Recogidas, pues, todas las acciones del duque, no sabría reprochárselas; antes bien, me parece conveniente proponerlo como ejemplo, como he hecho, a todos aquellos que por fortuna y con las armas de otros han ascendido al poder. Porque él, teniendo gran ánimo y alta ambición, no podía comportarse de otro modo; y solo se opusieron a sus designios la brevedad de la vida de Alejandro y su propia enfermedad. Quien, pues, juzgue necesario en su principado nuevo asegurarse de los enemigos, ganarse amigos, vencer por la fuerza o por el fraude, hacerse amar y temer de los pueblos, seguir y respetar por los soldados, eliminar a quienes pueden o deben perjudicarte, renovar con nuevas instituciones las antiguas, ser severo y afable, magnánimo y liberal, suprimir la milicia infiel, crear una nueva, conservar las amistades de reyes y de príncipes de modo que deban beneficiarte con gusto o perjudicarte con cautela, no puede encontrar ejemplos más recientes que las acciones de aquel. Solo se le puede censurar la elección de Julio II, en la cual tomó una mala decisión; pues, como se ha dicho, no pudiendo hacer papa a quien quería, podía impedir que alguien lo fuese, y nunca debió consentir que fuese elevado al pontificado ninguno de los cardenales a quienes había ofendido o que, una vez papas, tuviesen que temerle. Porque los hombres ofenden por miedo o por odio. Aquellos a quienes había ofendido eran, entre otros, San Pedro ad Vincula, Colonna, San Giorgio, Ascanio; todos los demás, una vez papas, debían temerle, excepto Rouen y los españoles: estos últimos por parentesco y obligación, aquel por su poder, al estar unido al reino de Francia. Por tanto, el duque, ante todo, debía crear papa a un español, y si no podía, debía consentir que lo fuese Rouen, y no San Pedro ad Vincula. Y quien crea que en los personajes grandes los nuevos beneficios hacen olvidar las viejas injurias, se engaña. Se equivocó, pues, el duque en esta elección; y fue causa de su ruina definitiva.
Pero como hay también otros dos modos de llegar a ser príncipe desde una condición privada que no pueden atribuirse enteramente ni a la fortuna ni a la virtud, no me parece conveniente omitirlos, aunque de uno de ellos se pueda tratar con mayor amplitud cuando se hable de las repúblicas. Estos dos modos son: llegar al principado mediante alguna vía criminal y perversa, o bien cuando un ciudadano privado se convierte en príncipe de su patria por el favor de sus conciudadanos. Y hablando del primero, lo ilustraré con dos ejemplos, uno antiguo y otro moderno, sin entrar más en los méritos de este método, porque considero que bastan para quien se viera en la necesidad de imitarlos.
Agatocles el siciliano llegó a ser rey de Siracusa no solo desde una condición privada, sino desde una condición ínfima y abyecta. Hijo de un alfarero, llevó siempre una vida criminal en todos los grados de su carrera; sin embargo, acompañó sus maldades con tanto vigor de ánimo y de cuerpo que, habiéndose dedicado a la milicia, ascendió de grado en grado hasta llegar a ser pretor de Siracusa. Establecido en esa dignidad, y habiendo decidido convertirse en príncipe y mantener con violencia y sin obligación hacia nadie lo que por acuerdo le había sido concedido, llegó a un entendimiento con Amílcar el cartaginés, que con sus ejércitos estaba combatiendo en Sicilia. Una mañana reunió al pueblo y al Senado de Siracusa, como si tuviera que deliberar sobre asuntos concernientes a la república, y a una señal convenida hizo que sus soldados mataran a todos los senadores y a los ciudadanos más ricos; muertos estos, ocupó y mantuvo el principado de aquella ciudad sin ninguna disensión civil. Y aunque fue dos veces derrotado por los cartagineses y finalmente sitiado, no solo pudo defender su ciudad, sino que dejando parte de sus tropas para la defensa del asedio, con el resto atacó África, y en poco tiempo liberó a Siracusa del asedio y redujo a los cartagineses a extrema necesidad, de modo que se vieron obligados a llegar a un acuerdo con él, contentándose con la posesión de África y dejándole a él Sicilia.
Quien considere, pues, las acciones y la virtud de Agatocles no verá muchas cosas, o casi ninguna, que puedan atribuirse a la fortuna; porque, como se ha dicho, no llegó al principado por el favor de alguien, sino por los grados de la milicia, que se había ganado con mil trabajos y peligros, y después lo mantuvo con tantas decisiones valerosas y arriesgadas. Sin embargo, no se puede llamar virtud matar a los propios ciudadanos, traicionar a los amigos, no tener fe, piedad ni religión; estos modos pueden hacer ganar poder, pero no gloria. Porque si se considera el valor de Agatocles al enfrentar y superar los peligros, y la grandeza de su ánimo al soportar y vencer las adversidades, no se ve por qué debería ser juzgado inferior a cualquier excelentísimo capitán. No obstante, su crueldad feroz y su inhumanidad, junto con infinitas maldades, no permiten que sea celebrado entre los hombres más excelentes. No se puede, por tanto, atribuir a la fortuna ni a la virtud lo que él consiguió sin una ni otra.
En nuestros tiempos, durante el pontificado de Alejandro VI, Oliverotto de Fermo, habiendo quedado huérfano muchos años atrás siendo un niño pequeño, fue criado por un tío materno suyo llamado Giovanni Fogliani, y en los primeros años de su juventud fue enviado a militar bajo las órdenes de Paolo Vitelli, para que, instruido en esa disciplina, pudiera alcanzar algún grado distinguido en las armas. Muerto después Paolo, militó bajo su hermano Vitellozzo, y en muy poco tiempo, por ser ingenioso y gallardo de persona y de ánimo, llegó a ser el primero de su tropa. Pero pareciéndole cosa servil estar al servicio de otros, decidió, con la ayuda de algunos ciudadanos de Fermo a quienes era más querida la servidumbre que la libertad de su patria, y con el favor de Vitellozzo, ocupar Fermo. Y escribió a Giovanni Fogliani que, habiendo estado ausente de su casa muchos años, quería venir a verlo a él y a su ciudad, y en cierta manera reconocer su patrimonio; y puesto que no se había afanado sino por adquirir honor, para que sus ciudadanos vieran que no había empleado el tiempo en vano, quería llegar honorablemente y acompañado por cien hombres a caballo de entre sus amigos y servidores, y le rogaba que se dignara ordenar que los de Fermo lo recibieran honorablemente, lo cual no solo redundaría en honor suyo, sino también del propio Giovanni, que lo había criado. No faltó, pues, Giovanni en ningún deber de cortesía para con su sobrino, e hizo que fuera recibido honorablemente por los de Fermo, y se alojó en sus casas. Allí, después de haber pasado algunos días y de haber preparado en secreto lo necesario para su futura maldad, Oliverotto organizó un solemne banquete al que invitó a Giovanni Fogliani y a todos los ciudadanos más importantes de Fermo. Y consumidas las viandas y todos los demás entretenimientos que se acostumbran en tales banquetes, Oliverotto, deliberadamente, movió ciertas conversaciones graves, hablando de la grandeza del papa Alejandro y de su hijo César, y de sus empresas. Respondiendo Giovanni y los demás a estas conversaciones, él se levantó de improviso diciendo que eran cosas de las que debía hablarse en un lugar más reservado, y se retiró a una cámara, adonde lo siguieron Giovanni y todos los demás ciudadanos. Y no bien se hubieron sentado, salieron de lugares secretos soldados que los mataron a todos, incluyendo a Giovanni. Después de esta matanza, Oliverotto montó a caballo, recorrió la ciudad y sitió al magistrado supremo en su palacio, de modo que por miedo se vieron obligados a obedecerle y a constituir un gobierno del cual él se hizo príncipe. Y habiendo muerto a todos aquellos que, por estar descontentos, hubieran podido dañarlo, se consolidó con nuevas ordenanzas civiles y militares, de tal manera que en el espacio de un año que mantuvo el principado no solo estaba seguro en la ciudad de Fermo, sino que se había vuelto temible para todos sus vecinos. Y su expulsión habría sido tan difícil como la de Agatocles, si no se hubiera dejado engañar por César Borgia, cuando en Sinigaglia, como arriba se recordó, él capturó a los Orsini y a los Vitelli; allí también fue capturado, un año después de cometido el parricidio, y fue estrangulado junto con Vitellozzo, quien había sido su maestro en las virtudes y en las maldades.
Podría alguien preguntarse de dónde procede que Agatocles y algún otro semejante, después de infinitas traiciones y crueldades, pudieron vivir durante mucho tiempo seguros en su patria y defenderse de los enemigos externos, y que nunca sus ciudadanos conspiraran contra ellos; mientras que muchos otros, usando la crueldad, no han podido mantener su estado ni siquiera en tiempos de paz, y mucho menos en los tiempos dudosos de la guerra. Creo que esto proviene de las crueldades mal usadas o bien usadas. Bien usadas se pueden llamar aquellas (si del mal es lícito decir bien) que se hacen de una sola vez por la necesidad de asegurarse, y luego no se insiste en ellas, sino que se las convierte en la mayor utilidad posible para los súbditos. Mal usadas son aquellas que, aunque al principio sean pocas, con el tiempo más bien crecen que se extinguen. Quienes observan el primer modo pueden tener algún remedio para su estado ante Dios y ante los hombres, como lo tuvo Agatocles; a los otros les es imposible mantenerse.
Por lo cual es de notar que, al ocupar un estado, debe el ocupador reflexionar sobre todas las ofensas que le es necesario hacer, y hacerlas todas de una vez, para no tener que renovarlas cada día, y poder, al no renovarlas, dar seguridad a los hombres y ganarlos mediante beneficios. Quien hace de otro modo, por timidez o por mal consejo, siempre tiene necesidad de tener el cuchillo en la mano, y nunca puede apoyarse en sus súbditos, porque estos, por las continuas y renovadas injurias, no pueden estar seguros de él. Porque las ofensas deben hacerse todas juntas, para que, al ser menos saboreadas, ofendan menos; los beneficios deben hacerse poco a poco, para que sean mejor saboreados. Y debe, sobre todo, un príncipe vivir con sus súbditos de tal modo que ningún accidente, ni adverso ni favorable, lo haga variar; porque, viniendo la necesidad en los tiempos adversos, no estás a tiempo para el mal, y el bien que hagas no te aprovecha, porque es juzgado como forzado y no te da ningún agradecimiento.
Pero pasando a la otra parte, cuando un ciudadano privado, no por vía de maldades u otras violencias intolerables, sino con el favor de sus conciudadanos se convierte en príncipe de su patria —lo cual puede llamarse principado civil, y para llegar al cual no se necesita enteramente ni virtud ni fortuna, sino más bien una astucia afortunada—, digo que se alcanza este principado o con el favor del pueblo o con el de los grandes. Porque en toda ciudad se encuentran estos dos humores diversos: que el pueblo desea no ser dominado ni oprimido por los grandes, y los grandes desean dominar y oprimir al pueblo; y de estos dos apetitos diversos nace en las ciudades uno de estos tres efectos: o principado, o libertad, o anarquía.
El principado surge por obra del pueblo o de los grandes, según la ocasión que se presente a unos o a otros. Porque cuando los grandes ven que no pueden resistir al pueblo, comienzan a concentrar la reputación en uno de ellos, y lo hacen príncipe para poder, bajo su sombra, dar rienda suelta a su apetito. El pueblo también, cuando ve que no puede resistir a los grandes, concentra la reputación en uno, y lo hace príncipe para ser defendido con su autoridad.
Quien llega al principado con ayuda de los grandes se mantiene con más dificultad que quien llega con ayuda del pueblo, porque se encuentra príncipe con muchos a su alrededor que se consideran iguales a él, y por ello no puede mandarlos ni manejarlos a su modo. Pero quien llega al principado mediante el favor popular se encuentra solo, y no tiene a su alrededor a nadie, o muy pocos, que no estén dispuestos a obedecer. Además de esto, no se puede satisfacer a los grandes con honestidad y sin daño a otros, pero sí al pueblo; porque el fin del pueblo es más honesto que el de los grandes, ya que estos quieren oprimir, y aquel no ser oprimido. Además, el príncipe nunca puede estar seguro de un pueblo enemigo, porque son muchos; de los grandes sí puede estarlo, porque son pocos. Lo peor que puede esperar un príncipe de un pueblo enemigo es ser abandonado por él; pero de los grandes enemigos no solo debe temer ser abandonado, sino incluso que se vuelvan contra él; porque, siendo más previsores y astutos, siempre tienen tiempo para salvarse y buscar favores del que esperan que venza. Y el príncipe está obligado a vivir siempre con aquel mismo pueblo, pero puede pasarse bien sin aquellos mismos grandes, pudiendo hacer y deshacer de ellos cada día, y quitarles o darles reputación a su voluntad.
Y para aclarar mejor esta parte, digo que los grandes deben considerarse principalmente de dos maneras: o se conducen de modo que se vinculan enteramente a tu fortuna, o no. Los que se vinculan y no son rapaces deben ser honrados y amados; los que no se vinculan deben examinarse de dos maneras. O lo hacen por pusilanimidad y defecto natural de ánimo, entonces debes servirte de ellos, especialmente de los que son de buen consejo, porque en las prosperidades te honran, y en las adversidades no tienes que temerlos. Pero cuando no se vinculan por cálculo y por causa de ambición, es señal de que piensan más en sí mismos que en ti; y de estos el príncipe debe guardarse y temerlos como si fueran enemigos declarados, porque siempre, en las adversidades, ayudarán a arruinarlo.
Por lo tanto, quien llegue a príncipe mediante el favor del pueblo debe mantenerlo como amigo; lo cual le será fácil, no pidiéndole aquel sino no ser oprimido. Pero quien llegue a príncipe contra el pueblo, con el favor de los grandes, debe ante todo procurar ganarse al pueblo; lo cual le será fácil, tomándolo bajo su protección. Y porque los hombres, cuando reciben el bien de quien esperaban el mal, se obligan más con su benefactor, el pueblo se vuelve en seguida más benévolo con él que si se lo hubiera llevado al principado con sus favores. Y el príncipe puede ganárselo de muchas maneras, de las cuales, porque varían según los casos, no se puede dar regla cierta, y por eso las omito. Solo concluiré que al príncipe le es necesario tener al pueblo amigo; de otro modo, no tiene remedio en las adversidades.
Nabis, príncipe de los espartanos, sostuvo el asedio de toda Grecia y de un ejército romano victoriosísimo, y defendió contra ellos su patria y su estado; y le bastó, al sobrevenir el peligro, asegurarse de pocos; lo cual no le habría bastado si hubiera tenido al pueblo enemigo. Y que nadie rebata esta opinión mía con aquel proverbio trillado de que «quien se funda en el pueblo se funda en el lodo», porque eso es verdad cuando un ciudadano privado hace su fundamento en él y se da a entender que el pueblo lo librará cuando fuese oprimido por los enemigos o por los magistrados; en este caso podría encontrarse muchas veces engañado, como les pasó en Roma a los Gracos y en Florencia a messer Giorgio Scali. Pero siendo quien se funda en el pueblo un príncipe que puede mandar, y que es hombre de corazón, y no se amedrenta en las adversidades, y no deja de hacer las otras preparaciones, y mantiene con su ánimo y sus órdenes animado al pueblo, nunca se verá engañado por él, y comprobará haber hecho buenos fundamentos.
Estos principados suelen peligrar cuando están pasando del orden civil al absoluto; porque estos príncipes mandan o por sí mismos o por medio de magistrados. En este último caso, su posición es más débil y peligrosa, porque dependen enteramente de la voluntad de aquellos ciudadanos que están en las magistraturas, los cuales, especialmente en tiempos adversos, pueden quitarle el estado muy fácilmente, o yendo contra él o no obedeciéndole. Y el príncipe no está a tiempo, en los peligros, de tomar la autoridad absoluta, porque los ciudadanos y súbditos, acostumbrados a recibir las órdenes de los magistrados, no están dispuestos, en aquellas contingencias, a obedecer las suyas; y siempre tendrá, en tiempos dudosos, escasez de gente en quien pueda confiar. Porque tal príncipe no puede fundarse en lo que ve en los tiempos tranquilos, cuando los ciudadanos necesitan del estado; porque entonces todos corren, todos prometen, y cada cual quiere morir por él cuando la muerte está lejos; pero en los tiempos adversos, cuando el estado necesita de los ciudadanos, entonces se encuentran pocos. Y esta experiencia es tanto más peligrosa cuanto que no puede hacerse sino una vez. Y por ello un príncipe sabio debe pensar en un modo por el cual sus ciudadanos, siempre y en todo tiempo, tengan necesidad del estado y de él; y así le serán siempre fieles.
Al examinar las características de estos principados, conviene considerar otra cuestión: si un príncipe tiene un Estado lo suficientemente grande como para poder sostenerse por sí mismo en caso de necesidad, o si siempre necesita la protección de otros.
Para aclarar mejor este punto, digo que considero capaces de sostenerse por sí mismos a quienes, por abundancia de hombres o de dinero, pueden reunir un ejército completo y presentar batalla a cualquiera que venga a atacarlos; y considero que necesitan siempre de otros aquellos que no pueden enfrentarse al enemigo en campo abierto, sino que se ven obligados a refugiarse dentro de sus murallas y a defenderlas.
Del primer caso ya se ha hablado, y más adelante diremos lo que sea necesario. Del segundo caso no se puede decir otra cosa sino aconsejar a tales príncipes que fortifiquen y aprovisionen su ciudad, y que no se preocupen por el territorio circundante. Y quien haya fortificado bien su ciudad y se haya comportado con sus súbditos de la manera que se ha dicho y se dirá más adelante, solo con gran cautela será atacado; porque los hombres siempre recelan de las empresas donde ven dificultades, y no puede parecer fácil atacar a quien tiene su ciudad bien fortificada y no es odiado por el pueblo.
Las ciudades de Alemania son muy libres, poseen poco territorio, obedecen al emperador cuando quieren y no temen ni a él ni a ningún otro potentado cercano, porque están fortificadas de tal modo que todos consideran que tomarlas sería algo arduo y difícil. Todas tienen fosos y murallas apropiados, artillería suficiente, y mantienen siempre en sus almacenes públicos víveres, bebida y leña para un año. Además, para alimentar al pueblo sin pérdida para el erario público, tienen siempre en reserva con qué darles trabajo durante un año en aquellas actividades que son el nervio y la vida de esa ciudad, y de las industrias con las que se mantiene el pueblo. También tienen en alta estima los ejercicios militares y cuentan con muchas ordenanzas para mantenerlos.
Un príncipe, por tanto, que posee una ciudad fuerte y no se hace odiar, no puede ser atacado; y si alguien lo atacara, tendría que retirarse con ignominia, porque las cosas del mundo son tan variables que es casi imposible que quien ataca pueda permanecer un año entero sitiando con sus ejércitos sin hacer nada.
Y si alguien objetara: si el pueblo tiene sus propiedades fuera y las ve arder, perderá la paciencia, y el largo asedio y el interés propio le harán olvidar al príncipe; respondo que un príncipe poderoso y animoso superará siempre todas esas dificultades, ya sea dando esperanza a sus súbditos de que el mal no durará mucho, ya sea infundiéndoles temor sobre la crueldad del enemigo, ya sea asegurándose hábilmente de aquellos que le parezcan demasiado atrevidos.
Además, el enemigo, naturalmente, debe quemar y arrasar el territorio cuando llega, en el momento en que los ánimos de los hombres están aún encendidos y dispuestos a la defensa; por eso el príncipe debe temer menos, porque pasados algunos días, cuando los ánimos se han enfriado, los daños ya están hechos, los males ya se han recibido, y no hay remedio. Entonces los hombres se unen aún más con su príncipe, pareciéndoles que este ha contraído una obligación con ellos, al haber sido quemadas sus casas y arrasadas sus propiedades en su defensa. Y es tal la naturaleza de los hombres, que se sienten obligados tanto por los beneficios que hacen como por los que reciben.
Por tanto, si se considera todo bien, no será difícil para un príncipe prudente mantener firmes los ánimos de sus ciudadanos durante el asedio, tanto al principio como después, siempre que no le falten víveres ni medios para defenderse.
Solo nos queda ahora discutir sobre los principados eclesiásticos, respecto a los cuales todas las dificultades se presentan antes de poseerlos, ya que se adquieren o por virtud o por fortuna, y se mantienen sin una ni otra; porque se sostienen por las antiguas instituciones de la religión, que han sido tan poderosas y de tal naturaleza que mantienen a sus príncipes en el Estado sea cual sea su modo de proceder y de vivir.
Solo estos tienen Estados y no los defienden; súbditos y no los gobiernan; y los Estados, aunque no se defiendan, no les son arrebatados; y los súbditos, aunque no se gobiernen, no se preocupan, ni piensan ni pueden separarse de ellos. Así pues, solo estos principados son seguros y felices.
Pero estando sostenidos por razones superiores, a las que la mente humana no llega, dejaré de hablar de ellos; porque, siendo exaltados y mantenidos por Dios, sería oficio de hombre presuntuoso y temerario discutir sobre ellos.
Sin embargo, si alguien me preguntase de dónde procede que la Iglesia haya alcanzado tanta grandeza en lo temporal, siendo así que hasta Alejandro VI los potentados italianos —y no solo los que se llamaban potentados, sino cualquier barón y señor, por mínimo que fuese— la tenían en poca consideración en lo temporal, y ahora un rey de Francia tiembla ante ella, y ha podido echarlo de Italia y arruinar a los venecianos; aunque esto sea conocido, no me parece superfluo traerlo en buena parte a la memoria.
Antes de que Carlos VIII, rey de Francia, pasara a Italia, esta provincia estaba bajo el dominio del papa, los venecianos, el rey de Nápoles, el duque de Milán y los florentinos. Estos potentados debían tener dos preocupaciones principales: una, que ningún extranjero entrase en Italia con armas; otra, que ninguno de ellos ocupase más Estado.
Aquellos contra quienes se tenía mayor cuidado eran el papa y los venecianos. Y para frenar a los venecianos era necesaria la unión de todos los demás, como sucedió en la defensa de Ferrara; y para mantener a raya al papa se servían de los barones de Roma, los cuales, divididos en dos facciones, Orsini y Colonna, siempre tenían motivos de disputa entre ellos, y manteniéndose con las armas en la mano ante los ojos del pontífice, mantenían al pontificado débil y enfermo.
Y aunque surgiese alguna vez un papa animoso, como Sixto, sin embargo la fortuna o el saber nunca pudieron liberarlo de estos inconvenientes. Y la causa era la brevedad de su vida; porque en los diez años que, por término medio, vivía un papa, apenas si podía abatir a una de las facciones; y si, por ejemplo, uno había casi extinguido a los Colonna, surgía otro enemigo de los Orsini que los hacía resurgir, y no le daba tiempo para extinguir a los Orsini.
Esto hacía que las fuerzas temporales del papa fuesen poco estimadas en Italia. Surgió después Alejandro VI, el cual, de todos los pontífices que ha habido jamás, mostró cuánto un papa podía prevalecer con dinero y con fuerzas; e hizo, con el instrumento del duque Valentino y con la ocasión del paso de los franceses, todas aquellas cosas que he discutido antes al hablar de las acciones del duque.
Y aunque su intención no era engrandecer a la Iglesia, sino al duque, no obstante, lo que hizo redundó en grandeza de la Iglesia, la cual, después de su muerte y aniquilado el duque, fue heredera de sus fatigas.
Vino después el papa Julio, y encontró a la Iglesia grande, pues tenía toda la Romaña, había destruido a los barones de Roma y, por los golpes de Alejandro, aniquiladas aquellas facciones; y encontró también abierto el camino a un modo de acumular dinero, nunca usado antes de Alejandro.
Julio no solo continuó estas cosas, sino que las aumentó; y pensó en ganar Bolonia, aniquilar a los venecianos y echar a los franceses de Italia: empresas todas en las que tuvo éxito, y con tanta mayor gloria suya cuanto que hizo todo para acrecentar la Iglesia y no a ningún particular.
Mantuvo además a las facciones Orsini y Colonna en los mismos términos en que las encontró; y aunque hubiese entre ellas algún cabecilla dispuesto a alterar el orden, dos cosas los mantuvieron firmes: una, la grandeza de la Iglesia, que los atemorizaba; otra, no tener cardenales propios, que son el origen de los tumultos entre ellos.
Nunca estarán tranquilas estas facciones mientras tengan cardenales, porque estos alimentan, dentro y fuera de Roma, las parcialidades, y aquellos barones se ven obligados a defenderlas: así, de la ambición de los prelados nacen las discordias y los tumultos entre los barones.
Su Santidad el papa León ha encontrado, pues, este pontificado poderosísimo; y se espera que, si aquellos lo hicieron grande con las armas, este, con su bondad e infinitas otras virtudes, lo haga grandísimo y venerable.
Habiendo tratado en particular todas las características de aquellas clases de principados sobre las que al principio me propuse reflexionar, y considerado en cierta medida cuáles son las causas de su bienestar o de su ruina, y mostrado los modos por los cuales muchos han intentado adquirirlos y conservarlos, me resta ahora hablar en general de las ofensivas y defensivas que pueden darse en cada uno de los mencionados.
Hemos dicho antes cómo es necesario para un príncipe tener buenos cimientos; de lo contrario, es forzoso que se arruine. Los principales cimientos que tienen todos los estados, tanto los nuevos como los viejos o los mixtos, son las buenas leyes y las buenas armas. Y como no puede haber buenas leyes donde no hay buenas armas, y donde hay buenas armas conviene que haya buenas leyes, dejaré de lado el razonamiento sobre las leyes y hablaré de las armas.
Digo, pues, que las armas con las cuales un príncipe defiende su estado, o son propias, o son mercenarias, o auxiliares, o mixtas. Las mercenarias y auxiliares son inútiles y peligrosas; y si uno tiene su estado fundado sobre las armas mercenarias, nunca estará firme ni seguro, porque están desunidas, ambiciosas, indisciplinadas, infieles; valientes entre los amigos, viles entre los enemigos; no tienen temor de Dios ni fe con los hombres; y se difiere la ruina solo mientras se difiere el asalto; en la paz te despojan ellos, en la guerra los enemigos. La razón de esto es que no tienen otro amor ni otra causa que los retenga en el campo que un poco de sueldo, el cual no es suficiente para hacer que quieran morir por ti. Quieren ser tus soldados mientras no haces la guerra; pero cuando la guerra viene, o huyen o se marchan.
De esto debería costarme poca fatiga convencer, porque la ruina actual de Italia no es causada por otra cosa que por haberse apoyado durante muchos años en las armas mercenarias. Estas hicieron algún progreso para alguno, y entre ellas parecían valientes; pero cuando vino el extranjero, mostraron lo que eran. De ahí que Carlos, rey de Francia, pudiera tomar Italia con tiza. Y quien decía que la causa eran nuestros pecados, decía la verdad; pero no eran ciertamente aquellos que él creía, sino estos que he relatado; y por ser pecados de los príncipes, también ellos han sufrido el castigo.
Quiero demostrar mejor la desgracia de estas armas. Los capitanes mercenarios, o son hombres excelentes, o no lo son: si lo son, no puedes fiarte de ellos, porque siempre aspirarán a su propia grandeza, ya sea oprimiéndote a ti que eres su señor, ya sea oprimiendo a otros contra tu intención; pero si el capitán no es virtuoso, te arruina por lo común. Y si se responde que cualquiera que tenga las armas en la mano hará esto, sea mercenario o no, replicaría que las armas deben ser empleadas o por un príncipe o por una república: el príncipe debe ir en persona y ejercer él mismo el oficio de capitán; la república debe enviar a sus ciudadanos, y cuando envía a uno que no resulta ser hombre valiente, debe cambiarlo; y cuando lo sea, debe frenarlo con las leyes para que no pase de los límites. Y por experiencia se ve que solo los príncipes armados y las repúblicas armadas hacen grandísimos progresos, y que las armas mercenarias no hacen más que daño; y una república armada con armas propias se somete con más dificultad al mando de uno de sus ciudadanos que una armada con armas extranjeras.
Roma y Esparta estuvieron durante muchos siglos armadas y libres. Los suizos están muy armados y son muy libres. De las armas mercenarias antiguas, como ejemplo están los cartagineses, que estuvieron a punto de ser oprimidos por sus soldados mercenarios, una vez terminadas las primeras guerras con los romanos, aunque los cartagineses tenían como jefes a sus propios ciudadanos. Filipo de Macedonia fue hecho capitán de sus ejércitos por los tebanos después de la muerte de Epaminondas; y después de la victoria les quitó la libertad. Los milaneses, muerto el duque Filippo, emplearon a Francesco Sforza contra los venecianos; este, una vez vencidos los enemigos en Caravaggio, se unió con ellos para oprimir a los milaneses, sus patrones. Sforza, su padre, estando al servicio de la reina Giovanna de Nápoles, la dejó de repente desarmada; por lo cual ella, para no perder el reino, se vio obligada a arrojarse en brazos del rey de Aragón.
Y si los venecianos y los florentinos han acrecentado en el pasado su imperio con estas armas, y sus capitanes no se han hecho príncipes sino que los han defendido, respondo que los florentinos han sido favorecidos en este caso por la suerte, porque de los capitanes virtuosos que podían temer, algunos no vencieron, algunos encontraron oposición, otros dirigieron su ambición hacia otra parte. Quien no venció fue Giovanni Acuto, de cuya fidelidad, al no haber vencido, no se podía tener certeza; pero todos reconocerán que, si hubiera vencido, los florentinos estaban a su merced. Sforza tuvo siempre en contra a los Bracceschi, de modo que se vigilaban unos a otros. Francesco dirigió su ambición hacia Lombardía; Braccio contra la Iglesia y el reino de Nápoles.
Pero vengamos a lo que ha sucedido poco tiempo atrás. Los florentinos hicieron capitán a Paolo Vitelli, hombre muy prudente, que desde una condición privada había adquirido grandísima reputación. Si este hubiera tomado Pisa, nadie negará que convenía a los florentinos quedarse con él, porque si hubiera pasado al servicio de sus enemigos no tenían remedio; y si lo mantenían, estaban obligados a obedecerle.
Los venecianos, si se consideran sus progresos, se verá que actuaron segura y gloriosamente mientras hicieron la guerra por sí mismos, lo cual fue antes de que se dirigieran con sus empresas a tierra firme; donde con su nobleza y con su pueblo armado actuaron muy virtuosamente. Pero cuando comenzaron a combatir en tierra firme, abandonaron esta virtud y siguieron las costumbres de las guerras de Italia. Y al principio de su expansión en tierra firme, por no tener allí mucho estado y por gozar de gran reputación, no tenían mucho que temer de sus capitanes; pero cuando se expandieron, que fue bajo Carmignola, tuvieron una muestra de este error; porque, viendo que era muy virtuoso, habiendo bajo su mando derrotado al duque de Milán, y conociendo por otro lado que él se había enfriado en la guerra, juzgaron que no podían vencer más con él, porque no quería, ni podían licenciarlo, para no perder lo que habían adquirido; así que se vieron obligados, por asegurarse, a matarlo. Después tuvieron por capitanes a Bartolomeo da Bergamo, a Roberto da San Severino, al conde di Pitigliano y similares; con estos debían temer su pérdida, no su ganancia, como sucedió después en Vailà, donde en un día perdieron lo que en ochocientos años habían adquirido con tanto esfuerzo. Porque de estas armas nacen solo lentas, tardías y débiles conquistas, y súbitas y milagrosas pérdidas.
Y puesto que con estos ejemplos he llegado a Italia, que durante muchos años ha sido gobernada por armas mercenarias, quiero razonar sobre ellas más desde el principio, para que, visto su origen y progreso, se puedan corregir mejor.
Debéis entender, pues, que tan pronto como en los últimos tiempos el Imperio comenzó a ser rechazado de Italia, y el Papa adquirió más reputación en lo temporal, Italia se dividió en muchos estados; porque muchas de las grandes ciudades tomaron las armas contra sus nobles, que antes, favorecidos por el emperador, las tenían oprimidas; y la Iglesia las favorecía para darse reputación en lo temporal; de muchas otras, sus ciudadanos se hicieron príncipes. De donde, habiendo llegado Italia casi a manos de la Iglesia y de algunas repúblicas, y siendo aquellos sacerdotes y aquellos otros ciudadanos sin experiencia en armas, comenzaron a contratar extranjeros.
El primero que dio reputación a esta milicia fue Alberigo da Conio, de Romaña. De la escuela de este descendieron, entre otros, Braccio y Sforza, que en su tiempo fueron árbitros de Italia. Después de estos vinieron todos los demás que hasta nuestros tiempos han dirigido estas armas. Y el resultado de su virtud ha sido que Italia ha sido invadida por Carlos, saqueada por Luis, violentada por Fernando y ultrajada por los suizos.
El orden que han seguido ha sido, en primer lugar, para dar reputación a sí mismos, quitar reputación a la infantería. Hicieron esto porque, al no tener estado y vivir de su profesión, pocos infantes no les daban reputación, y muchos no podían alimentarlos; y por eso se redujeron a los caballos, donde con un número soportable eran alimentados y honrados. Y las cosas llegaron a tal punto que en un ejército de veinte mil soldados apenas se encontraban dos mil infantes.
Habían empleado, además de esto, toda su industria en liberarse a sí mismos y a sus soldados de fatiga y de miedo, no matándose en los combates, sino haciéndose prisioneros sin rescate; no atacaban de noche las plazas; los de las plazas no atacaban las tiendas; no hacían ni empalizada ni foso alrededor del campamento; no campaaban en invierno. Y todas estas cosas estaban permitidas en sus ordenanzas militares e ideadas por ellos para huir, como se ha dicho, de la fatiga y de los peligros: tanto que han conducido a Italia a la esclavitud y al oprobio.
Las armas auxiliares, que son las otras armas inútiles, se dan cuando se llama a un príncipe poderoso para que venga con sus armas a ayudarte y defenderte, como hizo en los tiempos recientes el papa Julio, quien habiendo visto en la empresa de Ferrara la triste prueba de sus armas mercenarias, recurrió a las auxiliares y acordó con Fernando, rey de España, que con su gente y sus ejércitos debía ayudarlo. Estas armas pueden ser útiles y buenas en sí mismas, pero para quien las llama son casi siempre dañinas, porque si pierdes quedas deshecho, y si vences quedas prisionero suyo.
Y aunque de estos ejemplos estén llenas las historias antiguas, no quiero apartarme sin embargo de este ejemplo reciente del papa Julio II, cuya decisión no pudo ser menos considerada, por querer tomar Ferrara, al ponerse enteramente en manos de un extranjero. Pero su buena fortuna hizo nacer una tercera cosa, para que no recogiera el fruto de su mala elección: porque, habiendo sido derrotados sus auxiliares en Rávena, y surgiendo los suizos que expulsaron a los vencedores fuera de toda opinión, tanto suya como de otros, sucedió que no quedó prisionero de los enemigos, habiendo huido, ni de sus auxiliares, habiendo vencido con otras armas distintas de las suyas. Y los florentinos, estando enteramente desarmados, condujeron diez mil franceses a Pisa para tomarla; por lo cual corrieron más peligro que en cualquier otro tiempo de sus tribulaciones. El emperador de Constantinopla, para oponerse a sus vecinos, llevó a Grecia diez mil turcos, los cuales, terminada la guerra, no quisieron irse; lo cual fue el principio de la servidumbre de Grecia bajo los infieles.
Quien quiera, pues, no poder vencer, sírvase de estas armas, porque son mucho más peligrosas que las mercenarias. Porque en estas la ruina está preparada: están todas unidas, todas orientadas a la obediencia de otros; pero las mercenarias, para que te dañen después de haber vencido, necesitan más tiempo y mayor ocasión, no siendo todas un solo cuerpo y habiendo sido encontradas y pagadas por ti; en las cuales un tercero que tú hagas jefe no puede tomar de inmediato tanta autoridad que te perjudique. En suma, en las mercenarias es más peligrosa la cobardía, en las auxiliares el valor.
Un príncipe sabio, por tanto, ha evitado siempre estas armas y ha recurrido a las propias; y ha preferido perder con las suyas antes que vencer con las ajenas, juzgando que no es verdadera victoria aquella que se adquiere con las armas ajenas. No dudaré nunca en citar a César Borgia y sus acciones. Este duque entró en la Romaña con armas auxiliares, conduciendo allí tropas enteramente francesas, y con ellas tomó Imola y Forlì. Pero no pareciéndole después tales armas seguras, recurrió a las mercenarias, juzgando que en ellas había menos peligro, y contrató a los Orsini y a los Vitelli. Habiendo encontrado después en su manejo que eran dudosas, infieles y peligrosas, las eliminó y recurrió a las propias. Y se puede ver fácilmente qué diferencia hay entre estas dos clases de armas, considerando cuál fue la diferencia entre la reputación del duque cuando tenía solamente a los franceses, y cuando tenía a los Orsini y Vitelli, y cuando quedó con sus soldados y dependiendo de sí mismo: y se encontrará que siempre fue creciendo; y nunca fue estimado sino cuando cada uno vio que él era el completo dueño de sus armas.
No quería apartarme de los ejemplos italianos recientes; sin embargo, no quiero omitir a Hierón de Siracusa, siendo uno de los que he nombrado arriba. Este, como dije anteriormente, habiendo sido hecho por los siracusanos jefe de sus ejércitos, reconoció de inmediato que aquella milicia mercenaria no era útil, por estar formada de condotieros semejantes a nuestros italianos; y pareciéndole no poderlos mantener ni dejarlos ir, los hizo cortar a todos en pedazos: y después hizo la guerra con sus armas y no con las ajenas. Quiero también recordar una figura del Antiguo Testamento apropiada para este caso. Ofreciéndose David a Saúl para ir a combatir contra Goliat, provocador filisteo, Saúl, para darle ánimo, lo armó con sus propias armas; las cuales, tan pronto como David se las puso encima, las rechazó, diciendo que con ellas no podría demostrarse a sí mismo, y por eso quería enfrentar al enemigo con su honda y su cuchillo. En fin, las armas ajenas o se te caen de la espalda, o te pesan, o te oprimen.
Carlos VII, padre del rey Luis XI, habiendo con su fortuna y con su virtud liberado a Francia de los ingleses, reconoció esta necesidad de armarse con armas propias, y estableció en su reino la ordenanza de la gente de armas y de la infantería. Después el rey Luis, su hijo, suprimió la de los infantes y comenzó a contratar suizos; el cual error, seguido por los otros, es, como se ve ahora en los hechos, causa de los peligros de aquel reino. Porque habiendo dado reputación a los suizos, ha desacreditado todas sus armas; porque ha suprimido enteramente los infantes, y sus hombres de armas los ha obligado a las armas ajenas, porque estando acostumbrados a militar con los suizos, les parece no poder vencer sin ellos. De aquí nace que los franceses no bastan contra los suizos, y sin los suizos contra otros no lo intentan. Han sido, pues, los ejércitos de Francia mixtos, en parte mercenarios y en parte propios: armas que todas juntas son mucho mejores que las simples auxiliares o las simples mercenarias, y mucho inferiores a las propias. Y baste el ejemplo dicho, porque el reino de Francia sería invencible si la ordenanza de Carlos se hubiera mantenido o aumentado. Pero la poca prudencia de los hombres comienza una cosa que, por saber entonces bien, no se da cuenta del veneno que está oculto debajo, como dije arriba de las fiebres héticas.
Por tanto, quien no reconoce en un principado los males cuando nacen, no es verdaderamente sabio; y esto se concede a pocos. Y si se considerara la primera causa de la ruina del Imperio romano, se encontrará que fue solo el haber comenzado a contratar a los godos como soldados; porque desde aquel principio comenzaron a debilitarse las fuerzas del Imperio romano, y toda aquella virtud que se le quitaba a él se la daban a ellos. Concluyo, pues, que sin tener armas propias ningún principado está seguro; más bien está completamente obligado a la fortuna, no teniendo virtud que lo defienda con fidelidad en las adversidades. Y siempre fue opinión y sentencia de los hombres sabios «que nada hay tan débil e inestable como la fama de poder que no está fundada en las fuerzas propias». Y las armas propias son aquellas que están compuestas de tus súbditos o de tus ciudadanos o de tus creados: todas las demás son o mercenarias o auxiliares. Y el modo de ordenar las armas propias será fácil de encontrar si se consideran las órdenes de los cuatro que he citado arriba, y si se ve cómo Felipe, padre de Alejandro Magno, y cómo muchas repúblicas y príncipes se han armado y ordenado: a dichas órdenes yo me remito enteramente.
Un príncipe no debe tener otro objetivo ni otra preocupación, ni dedicarse a otra cosa que no sea la guerra y su organización y disciplina, porque este es el único arte que corresponde a quien manda. Y es de tal virtud que no solo mantiene en el poder a quienes han nacido príncipes, sino que muchas veces permite que hombres de condición privada asciendan a ese rango. Por el contrario, se ve que cuando los príncipes han pensado más en las delicadezas que en las armas, han perdido su Estado. Y la primera causa que te hace perderlo es descuidar este arte; y la razón que te permite conquistarlo es ser experto en este arte.
Francisco Sforza, por estar armado, de ciudadano privado llegó a ser duque de Milán; y sus hijos, por huir de las molestias de las armas, de duques pasaron a ser ciudadanos privados. Porque entre otras desgracias que te acarrea estar desarmado, está la de ser despreciado, lo cual es una de aquellas infamias de las que el príncipe debe guardarse, como se dirá más adelante. Porque entre quien está armado y quien está desarmado no hay proporción alguna, y no es razonable que quien está armado obedezca de buen grado a quien está desarmado, y que el desarmado esté seguro entre servidores armados. Porque habiendo en uno desdén y en el otro desconfianza, no es posible que actúen bien juntos. Y por ello, un príncipe que no entiende de asuntos militares, además de las otras desdichas ya mencionadas, no puede ser estimado por sus soldados ni fiarse de ellos.
Por esta razón, no debe nunca apartar su pensamiento del ejercicio de la guerra, y en tiempos de paz debe ejercitarse en él aún más que en tiempos de guerra. Lo cual puede hacer de dos maneras: una, con las obras; otra, con la mente. Y en cuanto a las obras, además de mantener bien organizados y adiestrados a sus hombres, debe dedicarse continuamente a la caza, y con ello acostumbrar el cuerpo a las fatigas, y al mismo tiempo aprender la naturaleza de los lugares, y conocer cómo se elevan los montes, cómo se abren los valles, cómo se extienden las llanuras, y entender la naturaleza de los ríos y de las zonas pantanosas; y en esto poner grandísimo cuidado. Este conocimiento es útil de dos maneras: primero, se aprende a conocer el propio país y se puede entender mejor su defensa; después, mediante el conocimiento y la práctica de aquellos lugares, se comprenden con facilidad los demás lugares que sea necesario reconocer por primera vez. Porque las colinas, los valles, las llanuras, los ríos y los pantanos que hay, por ejemplo, en la Toscana, tienen cierta semejanza con los de las otras provincias; de modo que, del conocimiento del terreno de una provincia, se puede pasar fácilmente al conocimiento del de las otras. Y el príncipe que carece de esta pericia carece de la primera cualidad que debe tener un capitán, porque ella enseña a encontrar al enemigo, a elegir los alojamientos, a conducir los ejércitos, a ordenar las batallas y a sitiar las plazas con ventaja.
Filopémenes, príncipe de los aqueos, entre las otras alabanzas que los escritores le han dado, está la de que en tiempos de paz no pensaba en otra cosa que en los modos de hacer la guerra. Y cuando estaba en el campo con los amigos, muchas veces se detenía y razonaba con ellos: «Si los enemigos estuviesen en aquella colina y nosotros nos encontrásemos aquí con nuestro ejército, ¿quién de nosotros tendría ventaja? ¿Cómo se podría ir, guardando el orden, a su encuentro? Si quisiéramos retirarnos, ¿cómo deberíamos hacerlo? Si ellos se retirasen, ¿cómo deberíamos perseguirlos?». Y les proponía, mientras caminaban, todos los casos que pueden ocurrirle a un ejército; escuchaba su opinión, decía la suya, la corroboraba con razones; de modo que, gracias a estas continuas reflexiones, cuando conducía ejércitos nunca podía surgir ningún accidente para el cual no tuviese remedio.
Pero en cuanto al ejercicio de la mente, el príncipe debe leer las historias y considerar en ellas las acciones de los hombres excelentes, ver cómo se condujeron en las guerras, examinar las razones de sus victorias y de sus derrotas, para poder imitar las primeras y evitar las segundas. Y sobre todo debe hacer como han hecho algunos hombres excelentes que en el pasado han imitado a alguno que antes de ellos haya sido alabado y glorificado, y han tenido siempre sus gestas y acciones cerca de sí: como se dice que Alejandro Magno imitaba a Aquiles; César, a Alejandro; Escipión, a Ciro. Y cualquiera que lea la vida de Ciro escrita por Jenofonte, reconocerá luego en la vida de Escipión cuánta gloria le trajo aquella imitación, y cuánto, en la castidad, la afabilidad, la humanidad y la liberalidad, se conformó Escipión con lo que de Ciro había escrito Jenofonte.
Estas son las reglas que debe observar un príncipe sabio, y nunca en los tiempos pacíficos estar ocioso, sino hacer capital de ellos con diligencia para poder valerse de ello en las adversidades, a fin de que, cuando cambie la fortuna, lo encuentre preparado para resistirla.
Resta ahora por ver cuáles deben ser los modos y conductas de un príncipe con sus súbditos y con sus amigos. Y porque sé que muchos han escrito sobre esto, temo que al escribir yo también pueda ser tenido por presuntuoso, al apartarme, especialmente en el tratamiento de esta materia, de las opiniones de los demás. Pero siendo mi intención escribir algo útil para quien lo entienda, me ha parecido más conveniente ir tras la verdad efectiva de las cosas que tras la imaginación de las mismas. Y muchos se han imaginado repúblicas y principados que nunca se han visto ni se ha sabido que existieran en verdad; porque hay tanta distancia entre cómo se vive y cómo se debería vivir, que quien deja lo que se hace por lo que se debería hacer aprende más bien su ruina que su preservación: pues un hombre que quiera hacer en todo profesión de bueno es inevitable que se arruine entre tantos que no lo son. De ahí que sea necesario para un príncipe, si quiere mantenerse, aprender a poder no ser bueno, y a usarlo o no usarlo según la necesidad.
Dejando, pues, a un lado las cosas imaginadas sobre un príncipe, y hablando de las que son verdaderas, digo que todos los hombres, cuando se habla de ellos, y sobre todo los príncipes por estar situados más en alto, son señalados por algunas de estas cualidades que les acarrean censura o alabanza. Y es así: que uno es tenido por liberal, otro por miserable (usando un término toscano, porque avaro en nuestra lengua es todavía aquel que desea poseer por rapiña, miserable llamamos a aquel que se abstiene demasiado de usar lo suyo); uno es tenido por dadivoso, otro por rapaz; uno por cruel, otro por piadoso; uno por traidor, otro por leal; uno por afeminado y pusilánime, otro por feroz y animoso; uno por humano, otro por soberbio; uno por lascivo, otro por casto; uno por íntegro, otro por astuto; uno por duro, otro por fácil; uno por grave, otro por ligero; uno por religioso, otro por incrédulo, y así sucesivamente.
Y sé que todos admitirán que sería cosa muy laudable que un príncipe, de todas las cualidades mencionadas arriba, poseyera las que son tenidas por buenas. Pero como no se pueden tener ni observar enteramente, por no permitirlo las condiciones humanas, le es necesario ser tan prudente que sepa huir de la infamia de aquellos vicios que le quitarían el estado, y guardarse, si es posible, de aquellos que no se lo quitarían; pero no pudiendo, puede con menor miramiento dejarlos correr. Y además no debe preocuparse de incurrir en la infamia de aquellos vicios sin los cuales difícilmente podría salvar el estado; porque si se considera bien todo, se encontrará alguna cosa que parecerá virtud, y siguiéndola sería su ruina, y alguna otra que parecerá vicio, y siguiéndola resulta su seguridad y bienestar.
Comenzando, pues, por las primeras de las cualidades mencionadas, digo que sería bueno ser tenido por liberal; sin embargo, la liberalidad usada de modo que seas tenido por tal te perjudica, porque si se ejerce virtuosamente y como debe ejercerse, no será conocida y no te librará de la infamia de su contrario. Y así, para mantener entre los hombres el nombre de liberal, es necesario no omitir ninguna clase de suntuosidad, de manera que siempre un príncipe así consumirá en tales obras todas sus riquezas, y al final se verá obligado, si quiere mantener el nombre de liberal, a gravar al pueblo de modo extraordinario, a ser riguroso y hacer todas aquellas cosas que se pueden hacer para conseguir dinero. Lo cual comenzará a hacerlo odioso ante sus súbditos y a ser poco estimado por todos, empobreciéndose; de modo que, habiendo ofendido con esta liberalidad suya a muchos y recompensado a pocos, siente cualquier primer inconveniente y peligra ante cualquier primer peligro. Lo cual reconociendo él, y queriendo retirarse de ello, incurre enseguida en la infamia de miserable.
Un príncipe, por tanto, no pudiendo ejercer esta virtud de la liberalidad de modo que sea reconocida sin perjuicio suyo, debe, si es prudente, no preocuparse de ser llamado miserable, porque con el tiempo será tenido cada vez más por liberal, viendo que con su parsimonia le bastan sus rentas, puede defenderse de quien le hace guerra, puede realizar empresas sin gravar a los pueblos; de modo que viene a usar liberalidad con todos aquellos a quienes no quita, que son infinitos, y miseria con todos aquellos a quienes no da, que son pocos.
En nuestros tiempos no hemos visto hacer grandes cosas sino a quienes han sido tenidos por miserables; los demás han sido eliminados. El papa Julio II, aunque se sirvió del nombre de liberal para alcanzar el papado, no pensó luego en mantenerlo para poder hacer la guerra; el presente rey de Francia ha hecho tantas guerras sin imponer a sus súbditos ningún tributo extraordinario, solo porque a los gastos adicionales ha provisto la larga parsimonia suya; el presente rey de España, si hubiera sido tenido por liberal, no habría acometido ni vencido tantas empresas.
Por tanto, un príncipe debe estimarse poco en ser llamado miserable, con tal de no tener que robar a sus súbditos, poder defenderse, no volverse pobre y despreciable, no verse forzado a ser rapaz, porque este es uno de aquellos vicios que le permiten reinar. Y si alguien dijera: César con la liberalidad alcanzó el imperio, y muchos otros por haber sido y ser tenidos por liberales han llegado a grandísimos grados; respondo: o eres príncipe ya, o estás en camino de adquirirlo; en el primer caso esta liberalidad es dañosa, en el segundo es muy necesario ser tenido por liberal. Y César era uno de aquellos que querían llegar al principado de Roma; pero si, habiendo llegado, hubiera sobrevivido y no se hubiera moderado en aquellos gastos, habría destruido aquel imperio.
Y si alguien replicara: muchos han sido príncipes y con los ejércitos han hecho grandes cosas, que han sido tenidos por muy liberales; te respondo: o el príncipe gasta de lo suyo y de sus súbditos, o de lo ajeno. En el primer caso debe ser parco; en el otro no debe omitir ninguna parte de liberalidad. Y para el príncipe que va con los ejércitos, que se alimenta de botines, saqueos y rescates, y maneja lo ajeno, le es necesaria esta liberalidad, porque de otro modo no sería seguido por los soldados. Y de lo que no es tuyo ni de tus súbditos se puede ser más generoso donador, como fueron Ciro, César y Alejandro, porque gastar lo ajeno no te quita reputación, sino que te la añade; solo gastar lo tuyo es lo que te perjudica.
Y no hay cosa que se consuma a sí misma como la liberalidad, pues mientras la usas pierdes la facultad de usarla, y te vuelves o pobre y despreciable, o, por huir de la pobreza, rapaz y odioso. Y entre todas las cosas de que un príncipe debe guardarse está el ser despreciable y odioso, y la liberalidad te conduce a ambas. Por lo cual hay más sabiduría en tener nombre de miserable, que produce una infamia sin odio, que por querer nombre de liberal verse obligado a incurrir en nombre de rapaz, que engendra infamia con odio.
Descendiendo ahora a las demás cualidades mencionadas anteriormente, digo que todo príncipe debería desear ser tenido por clemente y no por cruel; no obstante, debe cuidarse de no usar mal esta clemencia. César Borgia era considerado cruel; sin embargo, aquella crueldad suya había reorganizado la Romaña, la había unificado y reducido a la paz y la lealtad. Si se considera bien esto, se verá que fue mucho más clemente que el pueblo florentino, que para evitar el nombre de cruel permitió la destrucción de Pistoya. Por tanto, un príncipe no debe preocuparse por la infamia de cruel cuando se trata de mantener unidos y leales a sus súbditos, porque dando muy pocos ejemplos será más clemente que aquellos que por exceso de piedad dejan que se produzcan desórdenes de los que nacen asesinatos o rapiñas; pues estos suelen dañar a toda una colectividad, mientras que las ejecuciones que provienen del príncipe ofenden solamente a un particular.
Y entre todos los príncipes, al príncipe nuevo le es imposible evitar el nombre de cruel, por estar los estados nuevos llenos de peligros. Y Virgilio, por boca de Dido, dice: «Res dura, et regni novitas me talia cogunt / moliri, et late fines custode tueri». No obstante, debe ser cauto al creer y al actuar, no debe tener miedo de sí mismo y proceder de modo equilibrado con prudencia y humanidad, de manera que la excesiva confianza no lo vuelva incauto ni la excesiva desconfianza lo haga intolerable.
De aquí nace una disputa: si es mejor ser amado que temido, o al contrario. Se responde que se querría ser ambas cosas; pero como es difícil combinarlas, es mucho más seguro ser temido que amado, cuando se debe renunciar a una de las dos. Porque de los hombres se puede decir esto en general: que son ingratos, volubles, simuladores y disimuladores, que huyen del peligro y están ávidos de ganancia; y mientras les haces bien son todos tuyos, te ofrecen la sangre, los bienes, la vida, los hijos, como dije antes, cuando la necesidad está lejos; pero cuando esta se te acerca, se rebelan. Y el príncipe que se ha apoyado enteramente en sus palabras, encontrándose desnudo de otros preparativos, se arruina; porque las amistades que se adquieren con el precio y no con grandeza y nobleza de ánimo se compran, pero no se poseen, y llegado el momento no se pueden emplear. Y los hombres tienen menos reparo en ofender al que se hace amar que al que se hace temer, porque el amor se sostiene por un vínculo de obligación el cual, siendo los hombres malvados, se rompe en cualquier ocasión por su propia conveniencia; pero el temor se sostiene por un miedo al castigo que nunca te abandona.
No obstante, el príncipe debe hacerse temer de tal modo que, si no gana el amor, evite el odio, porque puede perfectamente ser temido y no odiado a la vez; lo cual logrará siempre que se abstenga de los bienes de sus ciudadanos y de sus súbditos, y de sus mujeres. Y cuando fuera necesario proceder contra la vida de alguien, debe hacerlo cuando exista justificación conveniente y causa manifiesta; pero sobre todo debe abstenerse de los bienes ajenos, porque los hombres olvidan más rápidamente la muerte del padre que la pérdida del patrimonio. Además, las razones para quitar los bienes nunca faltan, y el que comienza a vivir de rapiña siempre encuentra motivo para apropiarse de lo ajeno; en cambio, contra la vida las razones son más raras y desaparecen más pronto.
Pero cuando el príncipe está con los ejércitos y tiene bajo su mando una multitud de soldados, entonces es absolutamente necesario no preocuparse por el nombre de cruel, porque sin esta fama nunca se mantuvo un ejército unido ni dispuesto a ninguna acción. Entre las admirables acciones de Aníbal se cuenta esta: que teniendo un ejército grandísimo, mezclado con infinitas clases de hombres, conducido a combatir en tierras ajenas, nunca surgió ninguna disensión en su interior ni contra el príncipe, tanto en la mala como en la buena fortuna. Esto no pudo nacer de otra cosa que de aquella su crueldad inhumana, la cual, junto con sus infinitas virtudes, lo hizo siempre venerable y terrible ante los ojos de sus soldados; y sin ella, sus otras virtudes no habrían bastado para lograr ese efecto. Y los escritores poco considerados admiran por una parte esta acción suya y por otra condenan la causa principal de la misma.
Y que sea verdad que sus otras virtudes no habrían sido suficientes se puede considerar en Escipión, rarísimo no solo en sus tiempos sino en toda la memoria conocida, contra el cual sus ejércitos se rebelaron en España; lo cual no nació de otra cosa que de su excesiva clemencia, la cual había dado a sus soldados más libertad de la que convenía a la disciplina militar. Por esto fue reprendido en el Senado por Fabio Máximo, que lo llamó corruptor de la milicia romana. Los locrenses, habiendo sido destruidos por un legado de Escipión, no fueron vengados por él, ni fue castigada la insolencia de aquel legado, todo ello por causa de su naturaleza condescendiente; de modo que alguien, queriendo excusarlo en el Senado, dijo que había muchos hombres que sabían mejor no errar que corregir los errores. Aquella naturaleza suya habría con el tiempo dañado la fama y la gloria de Escipión si hubiera continuado con ella en el mando; pero viviendo bajo el gobierno del Senado, esta cualidad perjudicial no solo quedó oculta sino que le resultó gloriosa.
Concluyo, pues, volviendo a lo de ser temido y amado, que amando los hombres según su voluntad y temiendo según la voluntad del príncipe, un príncipe sabio debe fundarse en lo que es suyo y no en lo que es de otros; debe solamente ingeniarse para evitar el odio, como se ha dicho.
Todos comprenden cuán digno de alabanza es que un príncipe mantenga la palabra dada y viva con integridad, sin astucias. Sin embargo, la experiencia de nuestro tiempo muestra que han hecho grandes cosas aquellos príncipes que han tenido en poca consideración la palabra dada y han sabido burlar con astucia el entendimiento de los hombres, superando al final a quienes se han fundado en la lealtad.
Debéis saber, por tanto, que hay dos formas de combatir: una con las leyes, otra con la fuerza. La primera es propia del hombre; la segunda, de las bestias. Pero como muchas veces la primera no basta, conviene recurrir a la segunda. Por ello, es necesario que un príncipe sepa usar bien tanto la bestia como el hombre. Este aspecto fue enseñado a los príncipes de manera velada por los autores antiguos, quienes escribieron que Aquiles y muchos otros de aquellos príncipes de la antigüedad fueron entregados al centauro Quirón para que los criase bajo su disciplina. Esto de tener por preceptor a un ser mitad bestia y mitad hombre no significa otra cosa sino que es necesario que un príncipe sepa usar una y otra naturaleza, y que la una no dura sin la otra.
Estando, pues, un príncipe obligado a saber utilizar bien la bestia, debe entre ellas imitar a la zorra y al león, porque el león no se defiende de las trampas ni la zorra de los lobos. Es necesario, por tanto, ser zorra para conocer las trampas y león para amedrentar a los lobos. Quienes solamente se basan en el león no entienden las cosas. Por tanto, un señor prudente no puede ni debe guardar la palabra dada cuando tal observancia se vuelva en contra suya y han desaparecido los motivos que determinaron su promesa. Si los hombres fueran todos buenos, este precepto no sería correcto, pero, puesto que son malvados y no te guardarían a ti su palabra, tú tampoco tienes por qué guardarles la tuya. Jamás faltarán a un príncipe razones legítimas para disfrazar el incumplimiento. De esto se podrían dar infinitos ejemplos modernos y mostrar cuántas paces, cuántas promesas han quedado rotas e invalidadas por la infidelidad de los príncipes; y quien mejor ha sabido usar de la zorra, ese ha salido mejor parado. Pero es necesario saber disfrazar bien esta naturaleza y ser gran simulador y disimulador; y los hombres son tan simples y se someten hasta tal punto a las necesidades presentes, que quien engaña encontrará siempre quien se deje engañar.
No quiero callar uno de los ejemplos recientes. Alejandro VI nunca hizo otra cosa, nunca pensó en otra cosa que en engañar a los hombres, y siempre encontró ocasión para poder hacerlo. Jamás hubo hombre que afirmase algo con mayor eficacia, que aseverase algo con mayores juramentos y que los observase menos; sin embargo, siempre le salieron bien los engaños, porque conocía bien este aspecto del mundo.
A un príncipe, por consiguiente, no le es necesario poseer todas las cualidades antes mencionadas, pero sí es muy necesario aparentar tenerlas. Más aún, me atreveré a decir esto: que teniéndolas y observándolas siempre, son perjudiciales, pero aparentando tenerlas son útiles; como parecer piadoso, fiel, humano, íntegro, religioso, y serlo; pero tener el ánimo dispuesto de tal manera que, si es necesario no serlo, puedas y sepas adoptar la cualidad contraria. Y ha de entenderse esto: que un príncipe, y especialmente un príncipe nuevo, no puede observar todas aquellas cosas por las cuales los hombres son considerados buenos, pues a menudo se ve obligado, para mantener el Estado, a actuar contra la fe, contra la caridad, contra la humanidad, contra la religión. Y por ello necesita tener un ánimo dispuesto a moverse según le exijan los vientos y las variaciones de la fortuna, y, como dije antes, no apartarse del bien, si puede, pero saber entrar en el mal, si es necesario.
Debe, pues, poner gran cuidado un príncipe en que no le salga de la boca cosa alguna que no esté llena de las cinco cualidades antes dichas, y que parezca, al verlo y oírlo, todo piedad, todo fe, todo integridad, todo humanidad, todo religión. Y no hay cosa más necesaria de aparentar que esta última cualidad. Los hombres, en general, juzgan más por los ojos que por las manos, porque a todos les es dado ver, pero palpar a pocos. Todos ven lo que pareces, pocos palpan lo que eres; y esos pocos no se atreven a oponerse a la opinión de los muchos, que tienen además la majestad del Estado que los defiende. En las acciones de todos los hombres, y especialmente de los príncipes, donde no hay tribunal al que recurrir, se atiende al fin. Haga, pues, un príncipe lo necesario para vencer y mantener el Estado: los medios siempre serán juzgados honorables y alabados por todos, porque el vulgo se deja llevar por las apariencias y por el resultado de las cosas, y en el mundo no hay sino vulgo; los pocos no tienen lugar cuando los muchos tienen en qué apoyarse. Cierto príncipe de los tiempos presentes, al cual no conviene nombrar, no predica nunca otra cosa sino paz y fe, y es enemicísimo de una y otra; y una y otra, si las hubiese observado, le habrían quitado en más de una ocasión la reputación o el Estado.
Pero dado que he hablado de las más importantes cualidades mencionadas anteriormente, quisiera discutir brevemente las demás bajo esta generalización: que el príncipe procure evitar, como ya en parte se ha dicho, aquellas cosas que lo hagan odioso o despreciable; y siempre que consiga evitarlo, habrá cumplido con lo suyo y no encontrará peligro alguno en las demás infamias. Lo que sobre todo lo hace odioso, como ya dije, es ser rapaz y usurpador de los bienes y las mujeres de sus súbditos; de lo cual debe abstenerse. Siempre que no se les quite a la generalidad de los hombres ni sus bienes ni su honor, viven contentos, y solo hay que combatir la ambición de unos pocos, la cual se refrena de muchas maneras y con facilidad. Lo hace despreciable el ser considerado voluble, frívolo, afeminado, pusilánime, irresoluto; de todo lo cual el príncipe debe guardarse como de un escollo, e ingeniarse para que en sus acciones se reconozcan grandeza, valor, gravedad y fortaleza. Y en cuanto a los asuntos privados de sus súbditos, debe procurar que su sentencia sea irrevocable; y mantenerse en tal reputación que a nadie se le ocurra engañarlo o enredarlo.
El príncipe que da esta imagen de sí mismo goza de gran reputación; y contra quien tiene reputación difícilmente se conspira, difícilmente es atacado, siempre que se entienda que es excelente y respetado por los suyos. Porque el príncipe debe tener dos temores: uno interno, por parte de sus súbditos; otro externo, por parte de las potencias extranjeras. De este último se defiende con buenas armas y buenos amigos; y siempre que tenga buenas armas tendrá buenos amigos. Y siempre estarán seguros los asuntos internos cuando estén seguros los externos, salvo que ya estén perturbados por alguna conjura. E incluso si las cosas externas se alteran, como esté ordenado y haya vivido según lo establecido, siempre que no se abandone a sí mismo, resistirá todo asalto, tal como dije que hizo Nabis el espartano. Pero en lo que respecta a los súbditos, cuando las cosas externas no se alteran, hay que temer que no conspiren secretamente; de lo cual se asegura suficientemente el príncipe evitando ser odiado o despreciado, y manteniéndose en buena relación con el pueblo, lo cual es necesario conseguir, como más arriba largamente se dijo. Y uno de los más poderosos remedios que tiene el príncipe contra las conjuras es no ser odiado por la generalidad del pueblo; porque siempre quien conspira cree que con la muerte del príncipe satisfará al pueblo, pero cuando cree que lo ofenderá, no se atreve a tomar semejante decisión, porque las dificultades que tienen los conjurados son infinitas. Y por experiencia se ve que han sido muchas las conjuras, pero pocas las que han tenido buen fin; porque quien conspira no puede estar solo, ni puede tomar compañía sino entre aquellos que cree descontentos; y tan pronto como a un descontento le revelas tu ánimo, le das motivo para contentarse, porque evidentemente puede esperar de ello toda clase de ventajas: de modo que viendo la ganancia segura de este lado, y del otro viéndola dudosa y llena de peligro, es necesario que sea un amigo muy raro, o verdaderamente obstinado enemigo del príncipe, para guardarte lealtad. Y para reducir la cosa a breves términos, digo que de parte del conjurado no hay sino miedo, celos, sospecha de castigo que lo aterroriza; pero de parte del príncipe está la majestad del principado, las leyes, la protección de los amigos y del Estado que lo defienden; de modo que, añadido a todas estas cosas el favor popular, es imposible que alguien sea tan temerario como para conspirar. Porque si normalmente el conjurado debe temer antes de la ejecución del mal, en este caso debe temerlo también después, teniendo por enemigo al pueblo, una vez cometido el delito, y no pudiendo por ello esperar refugio alguno.
De este asunto podrían darse infinitos ejemplos, pero quiero contentarme solo con uno, sucedido en la memoria de nuestros padres. Messer Annibale Bentivoglio, abuelo del actual messer Annibale, que era príncipe de Bolonia, siendo asesinado por los Canneschi, que conspiraron contra él, y no quedando de él más descendiente que messer Giovanni, que estaba aún en pañales, inmediatamente después del homicidio se levantó el pueblo y mató a todos los Canneschi. Esto procedió del favor popular que la casa de los Bentivoglio tenía en aquellos tiempos; el cual fue tan grande que, no quedando de ella quien pudiera, muerto Annibale, gobernar el Estado, y teniendo los boloñeses noticia de que había en Florencia uno de la sangre de los Bentivoglio que hasta entonces había sido tenido por hijo de un herrero, vinieron a Florencia por él, y le dieron el gobierno de aquella ciudad; la cual fue gobernada por él hasta que messer Giovanni llegó a edad conveniente para el gobierno.
Concluyo, pues, que un príncipe debe hacer poco caso de las conjuras cuando el pueblo le es favorable; pero cuando le es enemigo y lo tiene en odio, debe temer de todo y de todos. Y los Estados bien ordenados y los príncipes sabios con toda diligencia han procurado no desesperar a los grandes y satisfacer al pueblo y tenerlo contento; porque esta es una de las más importantes materias que tiene el príncipe.
Entre los reinos bien ordenados y bien gobernados en nuestros tiempos está el de Francia, y en él se encuentran infinitas buenas instituciones de las que dependen la libertad y la seguridad del rey. De las cuales la primera es el Parlamento y su autoridad. Porque aquel que ordenó ese reino, conociendo la ambición de los poderosos y su insolencia, y juzgando necesario que tuvieran un freno en la boca que los corrigiera, y por otro lado conociendo el odio del pueblo contra los grandes, fundado en el miedo, y queriendo asegurarlos, no quiso que esto fuera cuidado particular del rey, para quitarle la carga que podría tener con los grandes favoreciendo al pueblo, y con el pueblo favoreciendo a los grandes; y por eso constituyó un juez tercero, que fuese aquel que, sin cargo del rey, golpease a los grandes y favoreciese a los menores. No pudo ser esta disposición mejor ni más prudente, ni mayor causa de seguridad del rey y del reino. De lo cual se puede sacar otra consideración notable: que los príncipes deben hacer administrar por otros las cosas que acarrean disgusto, y por sí mismos las que traen favor. Concluyo de nuevo que un príncipe debe estimar a los grandes, pero no hacerse odiar por el pueblo.
A muchos quizá les parecería, considerando la vida y la muerte de algunos emperadores romanos, que son ejemplos contrarios a esta opinión mía, hallando que alguno ha vivido siempre excelentemente y mostrado gran virtud de ánimo, sin embargo ha perdido el imperio, o bien ha sido muerto por los suyos que conspiraron contra él. Queriendo, pues, responder a estas objeciones, discutiré las cualidades de algunos emperadores, mostrando las causas de su ruina, no diferentes de las que he aducido; y en parte pondré en consideración las cosas que son notables para quien lee las acciones de aquellos tiempos. Y quiero que me basten todos aquellos emperadores que sucedieron al imperio desde Marco el filósofo hasta Maximino: que fueron Marco, Cómodo su hijo, Pertinax, Juliano, Severo, Antonino Caracalla su hijo, Macrino, Heliogábalo, Alejandro y Maximino. Y primero hay que notar que, donde en los otros principados solo se tenía que contender con la ambición de los grandes y la insolencia de los pueblos, los emperadores romanos tenían una tercera dificultad: tener que soportar la crueldad y la avaricia de los soldados. Lo cual fue cosa tan difícil que fue causa de la ruina de muchos, siendo difícil satisfacer a los soldados y a los pueblos; porque los pueblos amaban la tranquilidad, y por esto amaban a los príncipes modestos, y los soldados amaban al príncipe de ánimo militar y que fuese insolente, cruel y rapaz; las cuales cosas querían que ejercitase sobre los pueblos, para poder tener doble salario y desahogar su avaricia y crueldad. De donde resultó que aquellos emperadores que por naturaleza o por arte no tenían una gran reputación, tal que con ella mantuvieran a unos y a otros a raya, siempre fueron arruinados. Y la mayor parte de ellos, especialmente los que llegaban nuevos al principado, conociendo la dificultad de estos dos humores diversos, se inclinaban a satisfacer a los soldados, importándoles poco el injuriar al pueblo. Esta decisión era necesaria; porque no pudiendo los príncipes evitar ser odiados por alguien, deben procurar primero no ser odiados por la generalidad; y cuando no pueden conseguir esto, deben ingeniarse con toda industria para evitar el odio de aquellas colectividades que son más poderosas. Y por eso aquellos emperadores que por ser nuevos tenían necesidad de favores extraordinarios, se adherían a los soldados antes que a los pueblos; lo cual sin embargo les resultaba útil o no, según que aquel príncipe supiera mantenerse reputado con ellos.
Por estas razones mencionadas, Marco, Pertinax y Alejandro, siendo todos de vida modesta, amantes de la justicia, enemigos de la crueldad, humanos y benignos, tuvieron todos, excepto Marco, triste fin. Solo Marco vivió y murió honorabilísimo, porque él sucedió al imperio por derecho hereditario, y no tenía que dar las gracias ni a los soldados ni a los pueblos; después, siendo acompañado de muchas virtudes que lo hacían venerable, mantuvo siempre, mientras vivió, a uno y otro orden dentro de sus límites, y nunca fue odiado ni despreciado. Pero Pertinax fue creado emperador contra la voluntad de los soldados, los cuales, estando acostumbrados a vivir licenciosamente bajo Cómodo, no pudieron soportar aquella vida honesta a la que Pertinax los quería reducir; por lo que, habiéndose hecho odioso, y añadiéndose a este odio el desprecio por ser viejo, fue arruinado en los primeros inicios de su administración.
Y aquí se debe notar que el odio se adquiere tanto mediante las buenas obras como mediante las malas; y por eso, como dije más arriba, queriendo un príncipe mantener el Estado, a menudo está obligado a no ser bueno. Porque cuando aquella colectividad, sean los pueblos o los soldados o los grandes, que tú juzgas que te es necesaria para mantenerte, está corrompida, te conviene seguir su humor para satisfacerla, y entonces las buenas obras te son enemigas. Pero vengamos a Alejandro. Este fue de tan buena índole que entre las demás alabanzas que se le atribuyen está que en los catorce años que tuvo el imperio, nunca nadie fue muerto por él sin juicio; no obstante, siendo tenido por afeminado y hombre que se dejaba gobernar por la madre, y por eso llegado a ser despreciable, el ejército conspiró contra él y lo mató.
Discutiendo ahora, por el contrario, las cualidades de Cómodo, Severo, Antonino Caracalla y Maximino, los encontraréis crudelísimos y rapacísimos; los cuales, por satisfacer a los soldados, no perdonaron ningún género de injuria que se pudiera cometer contra los pueblos; y todos, excepto Severo, tuvieron triste fin. Porque en Severo hubo tanta virtud que, manteniendo a los soldados amigos suyos, aunque los pueblos fueran oprimidos por él, pudo siempre reinar felizmente; porque aquellas virtudes suyas lo hacían tan admirable a los ojos de los soldados y de los pueblos, que estos quedaban en cierto modo atónitos y estupefactos, y aquellos respetuosos y satisfechos. Y porque las acciones de este fueron grandes en un príncipe nuevo, quiero mostrar brevemente cuán bien supo usar la máscara de la zorra y del león, cuyas naturalezas digo que son necesarias imitar a un príncipe. Conociendo Severo la indolencia del emperador Juliano, persuadió a su ejército, del cual era capitán en Eslavonia, de que era bueno ir a Roma a vengar la muerte de Pertinax, que había sido muerto por la guardia pretoriana; y bajo este color, sin mostrar que aspiraba al imperio, movió el ejército contra Roma, y estuvo en Italia antes de que se supiera su partida. Llegado a Roma, el Senado, por miedo, lo eligió emperador y mató a Juliano. Quedaban a Severo, después de este principio, dos dificultades si quería hacerse señor de todo el Estado: una en Asia, donde Níger, jefe de los ejércitos asiáticos, se había hecho llamar emperador; y otra en occidente, donde estaba Albino, que también aspiraba al imperio. Y como juzgaba peligroso descubrirse enemigo de ambos, decidió atacar a Níger y engañar a Albino. Al cual escribió que, siendo elegido emperador por el Senado, quería compartir aquella dignidad con él; y le envió el título de César y, por deliberación del Senado, se lo agregó como colega: cosas que fueron aceptadas por Albino como verdaderas. Pero después de que Severo hubo vencido y muerto a Níger, y pacificado las cosas orientales, vuelto a Roma, se quejó en el Senado de que Albino, poco agradecido de los beneficios recibidos de él, había procurado insidiosamente matarlo, y por eso él estaba obligado a ir a castigar su ingratitud. Después fue a encontrarlo en Francia y le quitó el Estado y la vida. Quien examine, pues, minuciosamente las acciones de este, lo hallará ferocísimo león y astutísima zorra; y lo verá temido y reverenciado por todos y no odiado por los ejércitos; y no se maravillará si él, hombre nuevo, habrá podido mantener tanto imperio: porque su grandísima reputación lo defendió siempre de aquel odio que los pueblos habrían podido concebir por sus rapiñas. Pero Antonino su hijo fue también hombre que tuvo cualidades excelentísimas y que lo hacían maravilloso a los ojos de los pueblos y grato a los soldados; porque era hombre militar, tolerantísimo de toda fatiga, despreciador de toda comida delicada y de toda otra molicie: lo cual lo hacía amar por todos los ejércitos. No obstante, su ferocidad y crueldad fueron tan grandes e inauditas, por haber, después de infinitas muertes particulares, muerto a gran parte del pueblo de Roma y a todo el de Alejandría, que se hizo odiosísimo a todo el mundo, y comenzó a ser temido también por aquellos que tenía alrededor; de modo que fue muerto por un centurión en medio de su ejército. Donde se nota que semejantes muertes, que proceden de la deliberación de un ánimo obstinado, son inevitables para los príncipes, porque cualquiera que no se preocupe de morir puede herirlo; pero el príncipe debe temerlas menos, porque son rarísimas. Solo debe guardarse de no hacer grave injuria a alguno de aquellos de los que se sirve y que tiene cerca de sí en el servicio de su principado; como había hecho Antonino, que había muerto ignominiosamente a un hermano de aquel centurión, y cada día lo amenazaba a él, y sin embargo lo tenía en su guardia del cuerpo: lo cual fue decisión temeraria y apta para arruinarlo, como le sucedió.
Pero vengamos a Cómodo, al cual le era facilísimo mantener el imperio, por tenerlo por derecho hereditario, siendo hijo de Marco; y solo le bastaba seguir las huellas del padre, y habría satisfecho a los soldados y a los pueblos. Pero siendo de ánimo cruel y bestial, para poder ejercitar su rapacidad sobre los pueblos, se dio a entretener a los ejércites y hacerlos licenciosos; por otra parte, no manteniendo su dignidad, descendiendo muchas veces a los teatros a combatir con los gladiadores, y haciendo otras cosas vilísimas y poco dignas de la majestad imperial, se hizo despreciable a los ojos de los soldados. Y siendo odiado por una parte y despreciado por la otra, se conspiró contra él y fue muerto.
Nos resta narrar las cualidades de Maximino. Este fue hombre belicosísimo; y estando los ejércitos fastidiados de la molicie de Alejandro, del cual he hablado arriba, muerto este, lo eligieron al imperio. El cual no lo poseyó mucho tiempo, porque dos cosas lo hicieron odioso y despreciable: la una, ser vilísimo por haber guardado las ovejas en Tracia (cosa que era en todas partes notísima y le causaba gran desdoro ante todos); la otra, porque habiendo, al inicio de su principado, diferido el ir a Roma y entrar en posesión de la sede imperial, se había dado reputación de crudelísimo, habiendo por medio de sus prefectos ejercitado en Roma y en cualquier lugar del imperio muchas crueldades. De modo que, conmovido todo el mundo por el desdén de la vileza de su sangre, y por el odio debido al miedo de su ferocidad, se rebeló primero África, después el Senado con todo el pueblo de Roma, y finalmente toda Italia conspiró contra él. A lo cual se añadió también su propio ejército; que, asediando Aquileya y hallando dificultad en la conquista, fastidiado de su crueldad, y temiéndolo menos al verle tantos enemigos, lo mató.
No quiero razonar ni de Heliogábalo, ni de Macrino, ni de Juliano, los cuales, por ser totalmente despreciables, se extinguieron enseguida; sino que vendré a la conclusión de este discurso. Y digo que los príncipes de nuestros tiempos tienen menos esta dificultad de satisfacer extraordinariamente a los soldados en sus gobiernos; porque, aunque se deba tener alguna consideración con ellos, sin embargo se resuelve pronto, porque ninguno de estos príncipes tiene ejércitos consolidados que estén envejecidos con los gobiernos y administración de las provincias, como estaban los ejércitos del imperio romano. Y por eso, si entonces era necesario satisfacer más a los soldados que a los pueblos, era porque los soldados podían más que los pueblos; ahora es más necesario para todos los príncipes, excepto para el Turco y el Soldán, satisfacer a los pueblos más que a los soldados, porque los pueblos pueden más que ellos. De lo cual excluyo al Turco, teniendo siempre aquel alrededor de sí doce mil infantes y quince mil caballos, de los cuales dependen la seguridad y la fortaleza de su reino: y es necesario que, pospuesta cualquier otra consideración, aquel señor los mantenga amigos. Similarmente, el reino del Soldán estando todo en manos de los soldados, conviene que también él, sin consideración de los pueblos, se los mantenga amigos. Y tenéis que notar que este Estado del Soldán es diferente de todos los otros principados, porque es similar al pontificado cristiano, el cual no se puede llamar ni principado hereditario ni principado nuevo; porque no son los hijos del príncipe viejo los herederos y los que quedan señores, sino el que es elegido para aquel grado por aquellos que tienen autoridad para ello. Y siendo este orden antiguo, no se puede llamar principado nuevo, porque en él no hay ninguna de aquellas dificultades que hay en los nuevos; porque aunque el príncipe sea nuevo, los órdenes de aquel Estado son viejos y ordenados para recibirlo como si fuese su señor hereditario.
Pero volvamos a nuestra materia. Digo que quien considere el discurso de arriba verá que el odio o el desprecio han sido causa de la ruina de aquellos emperadores mencionados, y conocerá también de dónde nace que, procediendo parte de ellos de un modo y parte del modo contrario, en cada una de estas maneras uno de ellos tuvo feliz fin y los otros infeliz. Porque a Pertinax y Alejandro, por ser príncipes nuevos, les fue inútil y dañoso querer imitar a Marco, que estaba en el principado por derecho hereditario; y similarmente a Caracalla, Cómodo y Maximino les fue cosa perniciosa imitar a Severo, por no tener tanta virtud que bastase para seguir sus huellas. Por tanto, un príncipe nuevo, en un principado nuevo, no puede imitar las acciones de Marco, ni tampoco es necesario seguir las de Severo; sino que debe tomar de Severo aquellas partes que son necesarias para fundar su Estado, y de Marco aquellas que son convenientes y gloriosas para conservar un Estado que ya esté estabilizado y firme.
Algunos príncipes, para mantener seguro el Estado, han desarmado a sus súbditos; otros han mantenido divididas las tierras sometidas; algunos han fomentado enemistades contra sí mismos; otros se han dedicado a ganarse a quienes les resultaban sospechosos al comienzo de su gobierno; algunos han edificado fortalezas; otros las han arrasado y destruido. Y aunque sobre todas estas cosas no se pueda dar una sentencia definitiva sin entrar en los detalles de aquellos Estados donde hubiera que tomar alguna decisión semejante, hablaré no obstante en los términos generales que la materia por sí misma admite.
Nunca ha sucedido, pues, que un príncipe nuevo haya desarmado a sus súbditos; al contrario, cuando los ha encontrado desarmados, siempre los ha armado, porque al armarlos aquellas armas se vuelven tuyas, se vuelven fieles quienes te eran sospechosos, y quienes eran fieles se mantienen así, y de súbditos se convierten en partidarios tuyos. Y como no se puede armar a todos los súbditos, cuando se favorece a aquellos que armas, con los demás se puede proceder con mayor seguridad; y esa diferencia de trato que experimentan hacia ellos los hace deudores tuyos; los otros te disculpan, juzgando necesario que tengan más mérito quienes tienen más peligro y más obligación. Pero cuando los desarmas, comienzas a ofenderlos, muestras que desconfías de ellos, sea por cobardía o por poca lealtad, y una y otra de estas opiniones engendran odio contra ti. Y como no puedes permanecer desarmado, te verás obligado a recurrir a la milicia mercenaria, que es de la calidad que arriba se ha dicho; y aunque fuera buena, no puede ser tan buena que te defienda de enemigos poderosos y de súbditos desleales. Por tanto, como he dicho, un príncipe nuevo en un principado nuevo siempre ha organizado allí las armas; y de ejemplos de esto están llenas las historias.
Pero cuando un príncipe adquiere un Estado nuevo que se añade como miembro al suyo antiguo, entonces es necesario desarmar aquel Estado, excepto a aquellos que en su conquista hayan sido partidarios tuyos; y a estos también, con el tiempo y las ocasiones, es necesario hacerlos blandos y afeminados, y ordenarse de modo que todas las armas de tu Estado estén en manos de tus soldados propios, que en tu Estado antiguo vivían junto a ti.
Nuestros antepasados, y quienes eran considerados sabios, solían decir que era necesario mantener a Pistoya con las facciones y a Pisa con las fortalezas; y por ello fomentaban las diferencias en algunas de sus tierras sometidas para poseerlas más fácilmente. Esto, en aquellos tiempos en que Italia estaba en cierto modo equilibrada, debía ser buen consejo; pero no creo que se pueda dar hoy como regla, porque no creo que las divisiones hagan jamás bien alguno; al contrario, es necesario, cuando el enemigo se acerca, que las ciudades divididas se pierdan inmediatamente, porque siempre la parte más débil se adherirá a las fuerzas externas, y la otra no podrá resistir.
Los venecianos, movidos según creo por las razones arriba dichas, fomentaban las facciones güelfa y gibelina en las ciudades sometidas a ellos; y aunque nunca los dejaran llegar a la sangre, sin embargo alimentaban entre ellos estas disputas, para que aquellos ciudadanos, ocupados en sus discordias, no se unieran contra ellos. Lo cual, como se vio, no les sirvió después como esperaban; porque, siendo derrotados en Vailà, enseguida una parte de aquellas tomó ánimo y les quitó todo el Estado. Tales modos, por tanto, suponen debilidad en el príncipe; porque en un principado fuerte jamás se permitirán semejantes divisiones, ya que solo en tiempos de paz resultan de algún provecho, pudiendo mediante ellas manejar más fácilmente a los súbditos; pero cuando llega la guerra, tal sistema muestra su falacia.
Sin duda los príncipes se hacen grandes cuando superan las dificultades y las oposiciones que se les presentan; y por eso la fortuna, especialmente cuando quiere engrandecer a un príncipe nuevo, que tiene mayor necesidad de adquirir reputación que un príncipe hereditario, le crea enemigos y le hace emprender empresas contra él, para que tenga ocasión de superarlas y de subir más alto por aquella escalera que le han acercado sus enemigos. Por lo cual muchos juzgan que un príncipe sabio debe, cuando tenga ocasión, alimentar astutamente alguna enemistad, para que, aplastada esta, se siga de ello su mayor grandeza.
Los príncipes, y especialmente los que son nuevos, han encontrado más fidelidad y más utilidad en aquellos hombres que al principio de su gobierno fueron tenidos por sospechosos, que en aquellos que al comienzo eran de confianza. Pandolfo Petrucci, príncipe de Siena, regía su Estado más con quienes le fueron sospechosos que con los demás. Pero de esta cosa no se puede hablar en términos generales, porque varía según el caso. Solo diré esto: que a aquellos hombres que al comienzo de un principado habían sido enemigos, que son de tal condición que para mantenerse tienen necesidad de apoyo, el príncipe siempre podrá ganárselos con grandísima facilidad; y ellos están tanto más obligados a servirle fielmente cuanto conocen que les es más necesario cancelar con las obras aquella opinión siniestra que se tenía de ellos; y así el príncipe saca siempre de ellos más utilidad que de aquellos que, sirviéndole con demasiada seguridad, descuidan sus asuntos.
Y ya que la materia lo requiere, no quiero dejar de recordar a los príncipes que han tomado un Estado recientemente mediante favores internos, que consideren bien qué causa movió a quienes lo favorecieron a favorecerlo; y si no es afecto natural hacia él, sino solo porque no estaban contentos con aquel Estado, con esfuerzo y grandísima dificultad podrá mantenerlos amigos, porque será imposible que él pueda contentarlos. Y examinando bien la causa de esto, con ejemplos extraídos de las cosas antiguas y modernas, verá que le es mucho más fácil ganarse por amigos a aquellos hombres que del Estado precedente estaban contentos, y por tanto eran enemigos suyos, que a aquellos que, por no estar contentos con él, se hicieron amigos suyos y lo favorecieron para ocuparlo.
Ha sido costumbre de los príncipes, para poder mantener con mayor seguridad su Estado, edificar fortalezas que sean brida y freno de quienes proyectaran actuar contra ellos, y tener un refugio seguro contra un asalto repentino. Alabo este modo porque se ha usado desde la antigüedad; no obstante, en nuestros tiempos se ha visto a Nicolás Vitelli derribar dos fortalezas en Città di Castello para mantener aquel Estado; Guido Ubaldo, duque de Urbino, vuelto a su dominio del que había sido expulsado por César Borgia, arrasó hasta los cimientos todas las fortalezas de aquella provincia, y juzgó que sin ellas le sería más difícil volver a perder el Estado; los Bentivoglio, vueltos a Bolonia, usaron medidas semejantes. Las fortalezas, por tanto, son útiles o no según los tiempos; y si te hacen bien en una parte, te perjudican en otra. Y puede discurrirse sobre esta cuestión así: aquel príncipe que tiene más miedo a los pueblos que a los extranjeros debe hacer fortalezas; pero quien tiene más miedo a los extranjeros que a los pueblos debe prescindir de ellas.
A la casa de Sforza le ha hecho y le hará más guerra el castillo de Milán, que edificó allí Francesco Sforza, que cualquier otro desorden de aquel Estado. Por eso la mejor fortaleza que existe es no ser odiado por el pueblo; porque aunque tengas fortalezas, si el pueblo te odia no te salvan, ya que nunca faltan a los pueblos, cuando toman las armas, extranjeros que los socorran. En nuestros tiempos no se ve que hayan aprovechado a príncipe alguno, excepto a la condesa de Forlì, cuando fue muerto el conde Girolamo su marido; pues gracias a ella pudo escapar del ímpetu popular y esperar el socorro de Milán y recuperar el Estado; y las circunstancias eran entonces tales que el extranjero no podía socorrer al pueblo. Pero después también a ella le sirvieron de poco las fortalezas, cuando César Borgia la atacó y el pueblo, enemigo suyo, se unió al extranjero. Por tanto, entonces y antes, le habría sido más seguro no ser odiada por el pueblo que tener las fortalezas.
Consideradas, pues, todas estas cosas, alabaré tanto a quien haga fortalezas como a quien no las haga; y censuraré a cualquiera que, confiando en las fortalezas, tenga en poco el ser odiado por el pueblo.
Nada hace a un príncipe tan estimado como las grandes empresas y el dar de sí ejemplos notables. Tenemos en nuestro tiempo a Fernando de Aragón, actual rey de España. A este hombre se le puede llamar casi príncipe nuevo, porque de rey débil se ha convertido, por la fama y por la gloria, en el primer rey de los cristianos; y si consideráis sus acciones, las hallaréis todas grandísimas y algunas extraordinarias. Al principio de su reinado atacó Granada, y aquella empresa fue el fundamento de su estado. Primero, la hizo estando desocupado y sin temor de ser obstaculizado: mantuvo ocupados en ella los ánimos de los barones de Castilla, quienes, pensando en aquella guerra, no pensaban en innovar; y él adquiría entre tanto reputación e imperio sobre ellos sin que se dieran cuenta. Pudo mantener ejércitos con dinero de la Iglesia y del pueblo, y con aquella guerra larga sentó las bases de su milicia, que después lo ha honrado. Además de esto, para poder emprender mayores empresas, sirviéndose siempre de la religión, se dedicó a una piadosa crueldad, despojando y echando de su reino a los marranos: ejemplo no puede ser más miserable ni más raro. Atacó, bajo el mismo manto, África; llevó a cabo la empresa de Italia; últimamente ha atacado a Francia; y así ha ido haciendo siempre cosas grandes, que han mantenido suspensos y admirados los ánimos de sus súbditos y ocupados en el resultado de ellas. Y estas acciones suyas han nacido una de otra de tal manera que entre una y otra nunca ha dado tiempo a los hombres para poder actuar tranquilamente contra él.
Ayuda también mucho a un príncipe dar de sí ejemplos raros en el gobierno interior, semejantes a los que se cuentan de messer Bernabò de Milán, cuando se da ocasión de alguien que haga alguna cosa extraordinaria, en bien o en mal, en la vida civil, y tomar un modo de premiarlo o castigarlo del que se hable mucho. Y sobre todo, un príncipe debe ingeniarse para que en cada una de sus acciones se le reconozca como hombre grande y de ingenio excelente.
Un príncipe es también estimado cuando es verdadero amigo o verdadero enemigo, esto es, cuando sin ninguna consideración se declara a favor de uno contra otro. Esta decisión será siempre más útil que permanecer neutral; porque si dos potencias vecinas tuyas vienen a las manos, son de tal condición que, venciendo una de ellas, tengas que temer al vencedor o no. En cualquiera de estos dos casos, te será siempre más útil descubrirte y hacer buena guerra; porque, en el primer caso, si no te descubres, serás siempre presa del que vence, con placer y satisfacción del vencido, y no tienes razón ni cosa alguna que te defienda ni que te reciba. Porque quien vence no quiere amigos sospechosos y que no lo ayuden en la adversidad; y quien pierde no te acoge porque no quisiste, con las armas en la mano, correr su fortuna.
Antíoco pasó a Grecia llamado por los etolios para expulsar a los romanos. Antíoco envió oradores a los aqueos, que eran amigos de los romanos, para exhortarlos a que permanecieran neutrales; y por otra parte los romanos los persuadían de que tomaran las armas por ellos. Llegó el asunto a deliberarse en el consejo de los aqueos, donde el legado de Antíoco los persuadía de que permanecieran neutrales; a lo cual el legado romano respondió: «En cuanto a lo que se dice de que lo mejor para vuestro estado es no intervenir en nuestra guerra, nada hay más ajeno a vuestros intereses; porque, no interviniendo, sin gracia y sin reputación quedaréis como premio del vencedor».
Y siempre sucederá que el que no es amigo tuyo te pedirá que permanezcas neutral, y el que es amigo tuyo te requerirá que te descubras con las armas. Y los príncipes mal resueltos, por huir del peligro presente, siguen las más de las veces el camino de la neutralidad, y las más de las veces se arruinan. Pero cuando el príncipe se descubre valerosamente en favor de una parte, si aquel con quien te unes vence, aunque sea poderoso y quedes a su discreción, tiene contigo una obligación y existe entre vosotros un vínculo de amor; y los hombres nunca son tan deshonestos que, con tan grande ejemplo de ingratitud, te oprimieran. Además, las victorias nunca son tan decididas que el vencedor no tenga que guardar alguna consideración, y sobre todo a la justicia. Pero si aquel con quien te unes pierde, eres recibido por él; y mientras pueda te ayuda, y te conviertes en compañero de una fortuna que puede resurgir.
En el segundo caso, cuando los que combaten entre sí son de tal condición que no debas temer al que venza, tanto mayor prudencia es tomar partido, porque vas a la ruina de uno con la ayuda de quien debería salvarlo si fuera sabio; y venciendo, queda a tu discreción, y es imposible que con tu ayuda no venza.
Y aquí es de notar que un príncipe debe evitar no aliarse jamás con uno más poderoso que él para atacar a otros, excepto cuando la necesidad lo obliga, como se dijo arriba; porque venciendo quedas su prisionero, y los príncipes deben evitar, en cuanto puedan, quedar a discreción de otros. Los venecianos se aliaron con Francia contra el duque de Milán, y podían evitar hacer aquella alianza, lo cual resultó en su ruina. Pero cuando no puede evitarse, como les sucedió a los florentinos cuando el Papa y España fueron con sus ejércitos a atacar Lombardía, entonces el príncipe debe tomar partido por las razones dichas arriba. Ni crea ningún estado poder tomar siempre decisiones seguras; antes bien, piense que ha de tomarlas todas dudosas, porque se encuentra en el orden de las cosas que nunca se intenta huir de un inconveniente sin caer en otro; pero la prudencia consiste en saber conocer la naturaleza de los inconvenientes y tomar el menos malo por bueno.
Debe también un príncipe mostrarse amante de las virtudes, dando acogida a los hombres virtuosos y honrando a los que sobresalen en un arte. Además, debe animar a sus ciudadanos a ejercer tranquilamente sus oficios, tanto en el comercio como en la agricultura y en cualquier otra actividad de los hombres, y que aquel no tema adornar sus posesiones por temor a que le sean quitadas, ni aquel otro abrir un comercio por miedo a los impuestos; antes bien, debe preparar premios para quien quiera hacer estas cosas y para cualquiera que piense, de cualquier modo, engrandecer su ciudad o su estado. Debe, además de esto, en los tiempos convenientes del año, mantener ocupado al pueblo con fiestas y espectáculos. Y porque cada ciudad está dividida en gremios o en barrios, debe tener en cuenta aquellos grupos, reunirse con ellos alguna vez, dar de sí ejemplo de humanidad y de munificencia, manteniendo siempre, no obstante, firme la majestad de su dignidad, porque esto no debe faltar jamás en cosa alguna.
No es de poca importancia para un príncipe la elección de los ministros, que serán buenos o malos según la prudencia del príncipe. La primera opinión que se forma sobre la inteligencia de un señor es viendo a los hombres que tiene a su alrededor: cuando son competentes y fieles, siempre se le podrá considerar sabio, porque ha sabido reconocer su capacidad y mantenerlos leales. Pero cuando son de otra manera, siempre se podrá hacer un juicio negativo de él, porque el primer error que comete es en esta elección.
No había nadie que conociera a Antonio da Venafro, ministro de Pandolfo Petrucci, príncipe de Siena, que no juzgara a Pandolfo como un hombre muy capaz por tener a aquel como ministro. Hay tres tipos de inteligencia: una que entiende por sí misma, otra que comprende lo que otros entienden, y una tercera que no entiende ni por sí misma ni por medio de otros; la primera es excelentísima, la segunda excelente, la tercera inútil. Por tanto, era necesario que, si Pandolfo no estaba en el primer grado, estuviera en el segundo; porque siempre que alguien tiene juicio para reconocer lo bueno o lo malo que otro hace y dice, aunque por sí mismo no tenga inventiva, conoce las obras malas y las buenas del ministro, y las unas las ensalza y las otras las corrige; y el ministro no puede esperar engañarlo y se mantiene bueno.
Pero sobre cómo puede un príncipe conocer al ministro, hay un modo que nunca falla. Cuando ves que el ministro piensa más en sí mismo que en ti, y que en todas sus acciones busca su provecho, este tal nunca será buen ministro, nunca podrás confiar en él; porque quien tiene en las manos el Estado de otro nunca debe pensar en sí mismo, sino siempre en el príncipe, y nunca recordarle cosa alguna que no pertenezca a sus intereses. Y por otra parte, el príncipe, para mantenerlo bueno, debe pensar en el ministro, honrándolo, enriqueciéndolo, obligándolo, compartiéndole honores y cargos, de manera que vea que no puede estar sin él, y que los muchos honores no le hagan desear más honores, las muchas riquezas no le hagan desear más riquezas, los muchos cargos le hagan temer los cambios. Cuando, pues, los ministros y los príncipes en relación con los ministros son así, pueden confiar el uno en el otro; cuando sea de otra manera, el final siempre será perjudicial para uno o para otro.
No quiero dejar de lado un asunto importante y un error del que los príncipes se defienden con dificultad, si no son extremadamente prudentes o no tienen buen criterio para elegir. Me refiero a los aduladores, de los que están llenas las cortes; porque los hombres se complacen tanto en sus propias cosas y de tal modo se engañan a sí mismos, que se defienden con dificultad de esta peste, y al querer defenderse corren el riesgo de volverse despreciables. Porque no hay otra manera de protegerse de la adulación sino haciendo entender a los hombres que no te ofenden al decirte la verdad; pero cuando cualquiera puede decirte la verdad, te falta el respeto. Por eso un príncipe prudente debe elegir un tercer camino, escogiendo en su Estado hombres sabios y dándoles solo a ellos libre facultad de decirle la verdad, y solo sobre aquellas cosas que él les pregunte, y no sobre otras. Pero debe preguntarles sobre todo, y escuchar sus opiniones; después, deliberar por sí mismo y a su modo; y con estos consejos y con cada uno de ellos comportarse de manera que todos comprendan que cuanto más libremente hablen, más aceptados serán; fuera de estos, no escuchar a nadie, ejecutar lo decidido y ser obstinado en sus decisiones. Quien hace de otro modo, o se precipita por causa de los aduladores, o cambia a menudo por la variedad de las opiniones, de lo cual surge que se le tenga en poca estima.
Quiero a este propósito aducir un ejemplo moderno. El presbítero Luca, hombre de Maximiliano, actual emperador, hablando de Su Majestad, dijo que nunca se aconsejaba con nadie y que nunca hacía nada a su modo: lo cual procedía de observar una conducta contraria a la antedicha. Porque el emperador es hombre reservado, no comunica sus designios a nadie, no acepta opiniones sobre ellos; pero cuando, al ponerlos en práctica, comienzan a conocerse y descubrirse, empiezan a ser contradichos por quienes tiene a su alrededor, y él, siendo fácil de persuadir, se aparta de ellos. De ahí resulta que lo que hace un día lo destruye al otro, y que nunca se entiende lo que quiere o piensa hacer, y que no se puede confiar en sus decisiones.
Un príncipe, por tanto, debe aconsejarse siempre, pero cuando él quiera, y no cuando quieran otros; más aún, debe quitarle a cualquiera las ganas de aconsejarle sobre cosa alguna si no se lo pregunta. Pero él debe preguntar mucho, y luego, acerca de las cosas preguntadas, escuchar pacientemente la verdad; es más, si se entera de que alguien por cualquier motivo no se la dice, debe enojarse. Y como muchos estiman que cualquier príncipe que da opinión de prudente es tenido por tal no por su naturaleza sino por los buenos consejos que tiene a su alrededor, sin duda se engañan. Porque esta es una regla general que nunca falla: que un príncipe que no es sabio por sí mismo no puede ser bien aconsejado, a no ser que por ventura se entregara enteramente a uno solo que lo gobernara en todo y que fuera un hombre muy prudente. En este caso podría ser, pero le duraría poco, porque aquel gobernante en breve tiempo le quitaría el Estado. Pero si se aconseja con más de uno, un príncipe que no sea sabio nunca tendrá consejos uniformes, ni sabrá por sí mismo unificarlos. Cada uno de los consejeros pensará en sus propios intereses; él no sabrá corregirlos ni conocerlos. Y no pueden encontrarse de otro modo, porque los hombres siempre te saldrán malos si una necesidad no los hace buenos. Por eso se concluye que los buenos consejos, vengan de quien vengan, conviene que nazcan de la prudencia del príncipe, y no la prudencia del príncipe de los buenos consejos.
Las cosas anteriormente escritas, observadas prudentemente, hacen parecer antiguo a un príncipe nuevo y lo vuelven enseguida más seguro y más firme en el estado que si hubiese envejecido en él. Porque un príncipe nuevo es mucho más observado en sus acciones que uno hereditario; y cuando estas se reconocen virtuosas, conquistan a los hombres mucho más y los obligan mucho más que la sangre antigua. Porque los hombres están mucho más interesados en las cosas presentes que en las pasadas, y cuando en las presentes encuentran el bien, lo disfrutan y no buscan otra cosa; antes bien, tomarán toda defensa por él, con tal de que el príncipe no falte a sí mismo en las demás cosas. Y así tendrá doble gloria: la de haber dado principio a un principado nuevo y la de haberlo adornado y fortalecido con buenas leyes, buenas armas, buenos amigos y buenos ejemplos; como aquel tendrá doble vergüenza que, nacido príncipe, lo haya perdido por su poca prudencia.
Y si se consideran aquellos señores que en Italia han perdido el estado en nuestros tiempos, como el rey de Nápoles, el duque de Milán y otros, se encontrará en ellos, primero, un defecto común en cuanto a las armas, por las razones que extensamente se han discutido atrás; después se verá que algunos de ellos, o bien tuvieron al pueblo como enemigo, o bien, si tuvieron al pueblo como amigo, no supieron asegurarse de los grandes. Porque sin estos defectos no se pierden los estados que tengan nervio suficiente para mantener un ejército en campaña.
Filipo de Macedonia, no el padre de Alejandro, sino aquel que fue vencido por Tito Quinto, no tenía mucho estado respecto a la grandeza de los romanos y de Grecia que lo atacaron; sin embargo, por ser hombre militar y que sabía mantener al pueblo y asegurarse de los grandes, sostuvo durante muchos años la guerra contra ellos; y si al final perdió el dominio de alguna ciudad, no obstante le quedó el reino.
Por tanto, estos príncipes nuestros, que habían estado muchos años en sus principados, por haberlos después perdido, no acusen a la fortuna, sino a su propia indolencia; porque no habiendo pensado nunca en tiempos tranquilos que las cosas pudieran cambiar (lo cual es un defecto común de los hombres, no hacer caso en la bonanza de la tempestad), cuando después vinieron los tiempos adversos, pensaron en huir y no en defenderse, y esperaron que los pueblos, hastiados de la insolencia de los vencedores, los llamasen de vuelta. Este recurso, cuando faltan los otros, es bueno; pero es muy malo haber dejado los demás remedios por ese, porque nunca querrías caer por creer que encuentras quien te recoja; lo cual, o no sucede, o si te sucede, no es para tu seguridad, por haber sido aquella defensa vil y no depender de ti. Y solamente son buenas, son seguras, son durables aquellas defensas que dependen de ti mismo y de tu virtud.
No ignoro que muchos han tenido y tienen la opinión de que las cosas del mundo están gobernadas por la fortuna y por Dios de tal modo que los hombres, con su prudencia, no pueden corregirlas, y más aún, que no tienen remedio alguno; y por ello podrían juzgar que no vale la pena esforzarse mucho en las cosas, sino dejarse gobernar por la suerte. Esta opinión ha cobrado mayor crédito en nuestros tiempos debido a la gran variación de acontecimientos que se ha visto y se ve cada día, fuera de toda conjetura humana. Pensando yo en esto algunas veces, me he inclinado en parte hacia esa opinión. No obstante, para que nuestro libre albedrío no quede anulado, juzgo que puede ser verdad que la fortuna sea árbitro de la mitad de nuestras acciones, pero que aun así nos deja gobernar la otra mitad, o poco menos, a nosotros.
La comparo con uno de esos ríos torrenciales que, cuando se enfurecen, inundan las llanuras, derriban árboles y edificios, arrastran tierra de un lugar para depositarla en otro; todos huyen ante ellos, todos ceden a su ímpetu sin poder oponerles resistencia alguna. Y aunque sean así, no por ello deja de ser cierto que los hombres, cuando vienen tiempos tranquilos, pueden tomar precauciones mediante diques y barreras, de modo que cuando vuelvan a crecer, o discurran por un canal, o su ímpetu no sea tan desbocado ni tan dañino. Lo mismo sucede con la fortuna, la cual muestra su poder donde no hay una virtud ordenada preparada para resistirle, y por ello dirige sus ímpetus hacia donde sabe que no se han hecho barreras ni diques para contenerla.
Y si consideráis Italia, que es la sede de estas variaciones y la que las ha puesto en movimiento, veréis que es una campiña sin diques y sin barrera alguna; porque si hubiera estado protegida por la virtud conveniente, como lo están Alemania, España y Francia, esta riada no habría causado las grandes variaciones que ha causado, o no habría ocurrido. Y esto quiero que baste en cuanto a oponerse a la fortuna en general.
Pero ciñéndome más a los casos particulares, digo que se ve hoy a un príncipe prosperar y mañana arruinarse sin haberle visto cambiar de naturaleza ni de cualidad alguna. Esto creo que procede, en primer lugar, de las causas que hemos analizado extensamente antes, es decir, que el príncipe que se apoya enteramente en la fortuna se arruina según esta varía. Creo además que prospera quien ajusta su modo de proceder a la cualidad de los tiempos, y de igual modo fracasa aquel cuyo proceder se encuentra en desacuerdo con los tiempos. Porque se ve que los hombres, en las cosas que los llevan al fin que cada uno pretende, es decir, glorias y riquezas, proceden de manera diferente: uno con cautela, otro con ímpetu; uno con violencia, otro con astucia; uno con paciencia, otro con su contrario; y cada uno, con estos diversos modos, puede alcanzarlo. Vemos también que, de dos cautelosos, uno logra su propósito y el otro no; y de igual modo prosperan dos con diversos temperamentos, siendo uno cauteloso y el otro impetuoso: lo cual no procede de otra cosa sino de la cualidad de los tiempos, que se conforman o no con su proceder.
De aquí resulta lo que he dicho: que dos que obran diversamente obtienen el mismo efecto, y de dos que obran igualmente, uno alcanza su objetivo y el otro no. De esto depende también la variación del bien, porque si uno se gobierna con cautela y paciencia, y los tiempos y las cosas giran de modo que su gobierno sea bueno, prospera; pero si los tiempos y las cosas cambian, se arruina, porque no cambia su modo de proceder. Ni se encuentra hombre tan prudente que sepa adaptarse a esto, tanto porque no puede desviarse de aquello a lo que la naturaleza lo inclina, como porque, habiendo prosperado siempre caminando por un camino, no se le puede convencer de que es bueno apartarse de él. Y por eso el hombre cauteloso, cuando es tiempo de actuar con ímpetu, no sabe hacerlo, de donde resulta su ruina; pero si cambiara de naturaleza con los tiempos y las cosas, no cambiaría su fortuna.
El papa Julio II procedió en todas sus acciones con ímpetu, y encontró los tiempos y las cosas tan conformes a su modo de proceder que siempre obtuvo feliz resultado. Considerad la primera empresa que hizo, la de Bolonia, viviendo aún messer Giovanni Bentivoglio. Los venecianos no estaban contentos con ella; el rey de España, tampoco; con Francia tenía conversaciones sobre tal empresa; y no obstante, con su ferocidad e ímpetu se puso personalmente en marcha con aquella expedición. Este movimiento hizo que España y los venecianos se quedaran suspensos e inmóviles: estos por miedo, y aquel por el deseo de recuperar todo el reino de Nápoles; y por otro lado arrastró tras de sí al rey de Francia, porque viéndolo ya en movimiento, y deseando hacerlo su amigo para abatir a los venecianos, juzgó que no podía negarle sus tropas sin ofenderlo manifiestamente. Logró, pues, Julio con su movimiento impetuoso lo que ningún otro pontífice, con toda la prudencia humana, habría logrado; porque si hubiera esperado para partir de Roma con acuerdos establecidos y todas las cosas ordenadas, como habría hecho cualquier otro pontífice, nunca lo habría conseguido, porque el rey de Francia habría encontrado mil excusas y los otros le habrían infundido mil temores. Quiero dejar de lado sus otras acciones, que todas fueron semejantes y todas le salieron bien. Y la brevedad de su vida no le permitió experimentar lo contrario; porque si hubieran llegado tiempos en que fuese necesario proceder con cautela, habría sobrevenido su ruina, pues nunca se habría apartado de aquellos modos a los que la naturaleza lo inclinaba.
Concluyo, pues, que variando la fortuna y obstinándose los hombres en sus modos, estos son felices mientras concuerdan, y en cuanto discordan, infelices. Yo juzgo ciertamente esto: que es mejor ser impetuoso que cauteloso, porque la fortuna es mujer, y es necesario, si se quiere tenerla sumisa, golpearla y zaherirla. Y se ve que se deja vencer más por estos que por quienes proceden fríamente. Y por eso siempre, como mujer, es amiga de los jóvenes, porque son menos cautelosos, más feroces, y la dominan con más audacia.
Considerando, pues, todas las cosas discutidas anteriormente, y reflexionando conmigo mismo sobre si en la Italia de hoy corren tiempos propicios para honrar a un nuevo príncipe, y si hay materia que ofrezca a un hombre prudente y virtuoso la ocasión de introducir en ella una forma que le dé honor a él y bien a la comunidad de los hombres, me parece que concurren tantas circunstancias en favor de un príncipe nuevo, que no sé de época más propicia que esta para ello.
Y si, como dije, era necesario que el pueblo de Israel estuviera esclavo en Egipto para conocer la virtud de Moisés, y que los persas estuvieran oprimidos por los medos para reconocer la grandeza de ánimo de Ciro, y que los atenienses estuvieran dispersos para comprender la excelencia de Teseo, así en el momento presente, para conocer la virtud de un espíritu italiano, era necesario que Italia se viera reducida a la condición en que ahora está, y que estuviera más esclava que los hebreos, más sojuzgada que los persas, más dispersa que los atenienses; sin jefe, sin orden, golpeada, expoliada, desgarrada, invadida, y que hubiera soportado toda clase de ruina.
Y aunque hasta ahora haya habido algún destello en alguien que pudiera juzgarse designado por Dios para su redención, se vio después cómo en lo más alto de sus acciones fue rechazado por la fortuna. De manera que, quedando como sin vida, aguarda quién pueda ser el que sane sus heridas y ponga fin al saqueo de Lombardía, a las exacciones del reino de Nápoles y de Toscana, y la cure de esas llagas suyas ya enconadas desde hace tiempo.
Véase cómo ruega a Dios que le envíe a alguien que la redima de estas crueldades e insolencias bárbaras. Véase también toda dispuesta y preparada para seguir una bandera, con tal de que haya alguien que la tome.
Ni se ve en el momento presente en quién pueda tener más esperanza que en vuestra ilustre casa, que con su fortuna y virtud, favorecida por Dios y por la Iglesia, de la cual ahora es príncipe, pueda ponerse al frente de esta redención.
Lo cual no será muy difícil si tenéis presentes las acciones y vidas de los nombrados anteriormente. Y aunque aquellos hombres sean raros y maravillosos, sin embargo fueron hombres, y cada uno de ellos tuvo menor ocasión que la presente; porque sus empresas no fueron más justas que esta, ni más fáciles, ni fue Dios más amigo suyo que vuestro.
Aquí hay grandísima justicia: porque la guerra es justa para quienes es necesaria, y las armas son piadosas cuando no hay esperanza sino en ellas.
Aquí hay disposición grandísima, y donde hay gran disposición no puede haber gran dificultad, con tal de que se adopten los métodos de aquellos que he propuesto como modelo.
Además de esto, aquí se ven maravillas sin ejemplo, obradas por Dios: el mar se ha abierto, una nube os ha mostrado el camino, la roca ha manado agua, aquí ha llovido maná; todas las cosas han concurrido en vuestra grandeza. El resto debéis hacerlo vosotros. Dios no quiere hacerlo todo, para no quitarnos el libre albedrío y parte de la gloria que nos corresponde.
Y no es de extrañar si ninguno de los italianos mencionados ha podido hacer lo que se puede esperar haga vuestra ilustre casa, y si en tantas revoluciones de Italia y tantas operaciones de guerra parece que en ella se haya extinguido siempre el valor militar. Esto procede de que sus antiguas instituciones no eran buenas, y no ha habido nadie que haya sabido encontrar otras nuevas.
Y ninguna cosa honra tanto a un hombre que surge nuevo como las nuevas leyes y las nuevas instituciones encontradas por él. Estas cosas, cuando están bien fundadas y tienen en sí grandeza, lo hacen reverenciado y admirable. Y en Italia no falta materia a la cual dar forma.
Aquí hay virtud grande en los miembros, si no faltara en las cabezas. Mirad en los duelos y en los combates de pocos, cuán superiores son los italianos en la fuerza, en la destreza, en el ingenio. Pero cuando se llega a los ejércitos, no comparecen. Y todo procede de la debilidad de las cabezas, porque los que saben no son obedecidos, y a cada uno le parece saber, no habiendo habido hasta ahora ninguno que haya sabido elevarse, tanto por virtud como por fortuna, de modo que los demás cedieran.
De aquí resulta que en tanto tiempo, en tantas guerras sostenidas en los últimos veinte años, cuando ha habido un ejército totalmente italiano, siempre ha quedado mal. De ello da testimonio primero el Taro, luego Alejandría, Capua, Génova, Vailà, Bolonia, Mestri.
Queriendo, pues, vuestra ilustre casa seguir a aquellos excelentes hombres que redimieron sus provincias, es necesario ante todo, como verdadero fundamento de toda empresa, proveerse de armas propias, porque no se pueden tener soldados más fieles, ni más verdaderos, ni mejores. Y aunque cada uno de ellos sea bueno, todos juntos se harán mejores cuando se vean mandados, honrados y tratados por su príncipe.
Es necesario, por tanto, prepararse con estas armas para poder con el valor italiano defenderse de los extranjeros.
Y aunque la infantería suiza y española sea considerada terrible, sin embargo en ambas hay defecto, por lo cual una tercera formación podría no solo oponérseles, sino confiar en superarlas. Porque los españoles no pueden resistir a la caballería, y los suizos tienen que temer a la infantería cuando la encuentran tan obstinada como ellos en el combate.
Por lo cual se ha visto y se verá por experiencia que los españoles no pueden resistir a la caballería francesa, y los suizos son derrotados por la infantería española. Y aunque de esto último no se haya visto entera experiencia, sin embargo se ha tenido algún indicio en la batalla de Rávena, cuando las infanterías españolas se enfrentaron a los batallones alemanes, que siguen el mismo orden que los suizos; donde los españoles, con la agilidad de su cuerpo y ayudados por sus escudos, habían entrado por debajo de sus picas y estaban en condiciones de atacarlos con seguridad, sin que los alemanes tuvieran remedio; y si no hubiera sido por la caballería que los asaltó, los habrían aniquilado a todos.
Así pues, conocido el defecto de una y otra de estas infanterías, se puede organizar una nueva que resista a la caballería y no tema a la infantería: lo cual se logrará mediante la creación de nuevos tipos de armas y el cambio de las formaciones. Y estas son de las cosas que, ordenadas de nuevo, dan reputación y grandeza a un príncipe nuevo.
No se debe, pues, dejar pasar esta ocasión, para que Italia, después de tanto tiempo, vea a su redentor.
Ni puedo expresar con qué amor sería recibido en todas aquellas provincias que han sufrido por estas invasiones extranjeras, con qué sed de venganza, con qué obstinada fe, con qué piedad, con qué lágrimas. ¿Qué puertas se le cerrarían? ¿Qué pueblos le negarían obediencia? ¿Qué envidia se le opondría? ¿Qué italiano le negaría homenaje?
A todos apesta esta dominación bárbara. Tome, pues, vuestra ilustre casa esta empresa con aquel ánimo y con aquella esperanza con que se toman las empresas justas, para que bajo su enseña esta patria sea ennoblecida, y bajo sus auspicios se verifique aquel dicho de Petrarca: «La virtud contra el furor tomará las armas, y será el combate breve, que el antiguo valor en los corazones itálicos no ha muerto».
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