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Capítulo 26Exhortación a liberar a Italia de los bárbaros

El Príncipe · Nicolás Maquiavelo · 6 min de lectura

Considerando, pues, todas las cosas discutidas anteriormente, y reflexionando conmigo mismo sobre si en la Italia de hoy corren tiempos propicios para honrar a un nuevo príncipe, y si hay materia que ofrezca a un hombre prudente y virtuoso la ocasión de introducir en ella una forma que le dé honor a él y bien a la comunidad de los hombres, me parece que concurren tantas circunstancias en favor de un príncipe nuevo, que no sé de época más propicia que esta para ello.

Y si, como dije, era necesario que el pueblo de Israel estuviera esclavo en Egipto para conocer la virtud de Moisés, y que los persas estuvieran oprimidos por los medos para reconocer la grandeza de ánimo de Ciro, y que los atenienses estuvieran dispersos para comprender la excelencia de Teseo, así en el momento presente, para conocer la virtud de un espíritu italiano, era necesario que Italia se viera reducida a la condición en que ahora está, y que estuviera más esclava que los hebreos, más sojuzgada que los persas, más dispersa que los atenienses; sin jefe, sin orden, golpeada, expoliada, desgarrada, invadida, y que hubiera soportado toda clase de ruina.

Y aunque hasta ahora haya habido algún destello en alguien que pudiera juzgarse designado por Dios para su redención, se vio después cómo en lo más alto de sus acciones fue rechazado por la fortuna. De manera que, quedando como sin vida, aguarda quién pueda ser el que sane sus heridas y ponga fin al saqueo de Lombardía, a las exacciones del reino de Nápoles y de Toscana, y la cure de esas llagas suyas ya enconadas desde hace tiempo.

Véase cómo ruega a Dios que le envíe a alguien que la redima de estas crueldades e insolencias bárbaras. Véase también toda dispuesta y preparada para seguir una bandera, con tal de que haya alguien que la tome.

Ni se ve en el momento presente en quién pueda tener más esperanza que en vuestra ilustre casa, que con su fortuna y virtud, favorecida por Dios y por la Iglesia, de la cual ahora es príncipe, pueda ponerse al frente de esta redención.

Lo cual no será muy difícil si tenéis presentes las acciones y vidas de los nombrados anteriormente. Y aunque aquellos hombres sean raros y maravillosos, sin embargo fueron hombres, y cada uno de ellos tuvo menor ocasión que la presente; porque sus empresas no fueron más justas que esta, ni más fáciles, ni fue Dios más amigo suyo que vuestro.

Aquí hay grandísima justicia: porque la guerra es justa para quienes es necesaria, y las armas son piadosas cuando no hay esperanza sino en ellas.

Aquí hay disposición grandísima, y donde hay gran disposición no puede haber gran dificultad, con tal de que se adopten los métodos de aquellos que he propuesto como modelo.

Además de esto, aquí se ven maravillas sin ejemplo, obradas por Dios: el mar se ha abierto, una nube os ha mostrado el camino, la roca ha manado agua, aquí ha llovido maná; todas las cosas han concurrido en vuestra grandeza. El resto debéis hacerlo vosotros. Dios no quiere hacerlo todo, para no quitarnos el libre albedrío y parte de la gloria que nos corresponde.

Y no es de extrañar si ninguno de los italianos mencionados ha podido hacer lo que se puede esperar haga vuestra ilustre casa, y si en tantas revoluciones de Italia y tantas operaciones de guerra parece que en ella se haya extinguido siempre el valor militar. Esto procede de que sus antiguas instituciones no eran buenas, y no ha habido nadie que haya sabido encontrar otras nuevas.

Y ninguna cosa honra tanto a un hombre que surge nuevo como las nuevas leyes y las nuevas instituciones encontradas por él. Estas cosas, cuando están bien fundadas y tienen en sí grandeza, lo hacen reverenciado y admirable. Y en Italia no falta materia a la cual dar forma.

Aquí hay virtud grande en los miembros, si no faltara en las cabezas. Mirad en los duelos y en los combates de pocos, cuán superiores son los italianos en la fuerza, en la destreza, en el ingenio. Pero cuando se llega a los ejércitos, no comparecen. Y todo procede de la debilidad de las cabezas, porque los que saben no son obedecidos, y a cada uno le parece saber, no habiendo habido hasta ahora ninguno que haya sabido elevarse, tanto por virtud como por fortuna, de modo que los demás cedieran.

De aquí resulta que en tanto tiempo, en tantas guerras sostenidas en los últimos veinte años, cuando ha habido un ejército totalmente italiano, siempre ha quedado mal. De ello da testimonio primero el Taro, luego Alejandría, Capua, Génova, Vailà, Bolonia, Mestri.

Queriendo, pues, vuestra ilustre casa seguir a aquellos excelentes hombres que redimieron sus provincias, es necesario ante todo, como verdadero fundamento de toda empresa, proveerse de armas propias, porque no se pueden tener soldados más fieles, ni más verdaderos, ni mejores. Y aunque cada uno de ellos sea bueno, todos juntos se harán mejores cuando se vean mandados, honrados y tratados por su príncipe.

Es necesario, por tanto, prepararse con estas armas para poder con el valor italiano defenderse de los extranjeros.

Y aunque la infantería suiza y española sea considerada terrible, sin embargo en ambas hay defecto, por lo cual una tercera formación podría no solo oponérseles, sino confiar en superarlas. Porque los españoles no pueden resistir a la caballería, y los suizos tienen que temer a la infantería cuando la encuentran tan obstinada como ellos en el combate.

Por lo cual se ha visto y se verá por experiencia que los españoles no pueden resistir a la caballería francesa, y los suizos son derrotados por la infantería española. Y aunque de esto último no se haya visto entera experiencia, sin embargo se ha tenido algún indicio en la batalla de Rávena, cuando las infanterías españolas se enfrentaron a los batallones alemanes, que siguen el mismo orden que los suizos; donde los españoles, con la agilidad de su cuerpo y ayudados por sus escudos, habían entrado por debajo de sus picas y estaban en condiciones de atacarlos con seguridad, sin que los alemanes tuvieran remedio; y si no hubiera sido por la caballería que los asaltó, los habrían aniquilado a todos.

Así pues, conocido el defecto de una y otra de estas infanterías, se puede organizar una nueva que resista a la caballería y no tema a la infantería: lo cual se logrará mediante la creación de nuevos tipos de armas y el cambio de las formaciones. Y estas son de las cosas que, ordenadas de nuevo, dan reputación y grandeza a un príncipe nuevo.

No se debe, pues, dejar pasar esta ocasión, para que Italia, después de tanto tiempo, vea a su redentor.

Ni puedo expresar con qué amor sería recibido en todas aquellas provincias que han sufrido por estas invasiones extranjeras, con qué sed de venganza, con qué obstinada fe, con qué piedad, con qué lágrimas. ¿Qué puertas se le cerrarían? ¿Qué pueblos le negarían obediencia? ¿Qué envidia se le opondría? ¿Qué italiano le negaría homenaje?

A todos apesta esta dominación bárbara. Tome, pues, vuestra ilustre casa esta empresa con aquel ánimo y con aquella esperanza con que se toman las empresas justas, para que bajo su enseña esta patria sea ennoblecida, y bajo sus auspicios se verifique aquel dicho de Petrarca: «La virtud contra el furor tomará las armas, y será el combate breve, que el antiguo valor en los corazones itálicos no ha muerto».

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