Clasicalia
InicioEl PríncipeCapítulo 25
26 / 27

Capítulo 25De cuánto puede la fortuna en las cosas humanas y cómo se le puede resistir

El Príncipe · Nicolás Maquiavelo · 5 min de lectura

No ignoro que muchos han tenido y tienen la opinión de que las cosas del mundo están gobernadas por la fortuna y por Dios de tal modo que los hombres, con su prudencia, no pueden corregirlas, y más aún, que no tienen remedio alguno; y por ello podrían juzgar que no vale la pena esforzarse mucho en las cosas, sino dejarse gobernar por la suerte. Esta opinión ha cobrado mayor crédito en nuestros tiempos debido a la gran variación de acontecimientos que se ha visto y se ve cada día, fuera de toda conjetura humana. Pensando yo en esto algunas veces, me he inclinado en parte hacia esa opinión. No obstante, para que nuestro libre albedrío no quede anulado, juzgo que puede ser verdad que la fortuna sea árbitro de la mitad de nuestras acciones, pero que aun así nos deja gobernar la otra mitad, o poco menos, a nosotros.

La comparo con uno de esos ríos torrenciales que, cuando se enfurecen, inundan las llanuras, derriban árboles y edificios, arrastran tierra de un lugar para depositarla en otro; todos huyen ante ellos, todos ceden a su ímpetu sin poder oponerles resistencia alguna. Y aunque sean así, no por ello deja de ser cierto que los hombres, cuando vienen tiempos tranquilos, pueden tomar precauciones mediante diques y barreras, de modo que cuando vuelvan a crecer, o discurran por un canal, o su ímpetu no sea tan desbocado ni tan dañino. Lo mismo sucede con la fortuna, la cual muestra su poder donde no hay una virtud ordenada preparada para resistirle, y por ello dirige sus ímpetus hacia donde sabe que no se han hecho barreras ni diques para contenerla.

Y si consideráis Italia, que es la sede de estas variaciones y la que las ha puesto en movimiento, veréis que es una campiña sin diques y sin barrera alguna; porque si hubiera estado protegida por la virtud conveniente, como lo están Alemania, España y Francia, esta riada no habría causado las grandes variaciones que ha causado, o no habría ocurrido. Y esto quiero que baste en cuanto a oponerse a la fortuna en general.

Pero ciñéndome más a los casos particulares, digo que se ve hoy a un príncipe prosperar y mañana arruinarse sin haberle visto cambiar de naturaleza ni de cualidad alguna. Esto creo que procede, en primer lugar, de las causas que hemos analizado extensamente antes, es decir, que el príncipe que se apoya enteramente en la fortuna se arruina según esta varía. Creo además que prospera quien ajusta su modo de proceder a la cualidad de los tiempos, y de igual modo fracasa aquel cuyo proceder se encuentra en desacuerdo con los tiempos. Porque se ve que los hombres, en las cosas que los llevan al fin que cada uno pretende, es decir, glorias y riquezas, proceden de manera diferente: uno con cautela, otro con ímpetu; uno con violencia, otro con astucia; uno con paciencia, otro con su contrario; y cada uno, con estos diversos modos, puede alcanzarlo. Vemos también que, de dos cautelosos, uno logra su propósito y el otro no; y de igual modo prosperan dos con diversos temperamentos, siendo uno cauteloso y el otro impetuoso: lo cual no procede de otra cosa sino de la cualidad de los tiempos, que se conforman o no con su proceder.

De aquí resulta lo que he dicho: que dos que obran diversamente obtienen el mismo efecto, y de dos que obran igualmente, uno alcanza su objetivo y el otro no. De esto depende también la variación del bien, porque si uno se gobierna con cautela y paciencia, y los tiempos y las cosas giran de modo que su gobierno sea bueno, prospera; pero si los tiempos y las cosas cambian, se arruina, porque no cambia su modo de proceder. Ni se encuentra hombre tan prudente que sepa adaptarse a esto, tanto porque no puede desviarse de aquello a lo que la naturaleza lo inclina, como porque, habiendo prosperado siempre caminando por un camino, no se le puede convencer de que es bueno apartarse de él. Y por eso el hombre cauteloso, cuando es tiempo de actuar con ímpetu, no sabe hacerlo, de donde resulta su ruina; pero si cambiara de naturaleza con los tiempos y las cosas, no cambiaría su fortuna.

El papa Julio II procedió en todas sus acciones con ímpetu, y encontró los tiempos y las cosas tan conformes a su modo de proceder que siempre obtuvo feliz resultado. Considerad la primera empresa que hizo, la de Bolonia, viviendo aún messer Giovanni Bentivoglio. Los venecianos no estaban contentos con ella; el rey de España, tampoco; con Francia tenía conversaciones sobre tal empresa; y no obstante, con su ferocidad e ímpetu se puso personalmente en marcha con aquella expedición. Este movimiento hizo que España y los venecianos se quedaran suspensos e inmóviles: estos por miedo, y aquel por el deseo de recuperar todo el reino de Nápoles; y por otro lado arrastró tras de sí al rey de Francia, porque viéndolo ya en movimiento, y deseando hacerlo su amigo para abatir a los venecianos, juzgó que no podía negarle sus tropas sin ofenderlo manifiestamente. Logró, pues, Julio con su movimiento impetuoso lo que ningún otro pontífice, con toda la prudencia humana, habría logrado; porque si hubiera esperado para partir de Roma con acuerdos establecidos y todas las cosas ordenadas, como habría hecho cualquier otro pontífice, nunca lo habría conseguido, porque el rey de Francia habría encontrado mil excusas y los otros le habrían infundido mil temores. Quiero dejar de lado sus otras acciones, que todas fueron semejantes y todas le salieron bien. Y la brevedad de su vida no le permitió experimentar lo contrario; porque si hubieran llegado tiempos en que fuese necesario proceder con cautela, habría sobrevenido su ruina, pues nunca se habría apartado de aquellos modos a los que la naturaleza lo inclinaba.

Concluyo, pues, que variando la fortuna y obstinándose los hombres en sus modos, estos son felices mientras concuerdan, y en cuanto discordan, infelices. Yo juzgo ciertamente esto: que es mejor ser impetuoso que cauteloso, porque la fortuna es mujer, y es necesario, si se quiere tenerla sumisa, golpearla y zaherirla. Y se ve que se deja vencer más por estos que por quienes proceden fríamente. Y por eso siempre, como mujer, es amiga de los jóvenes, porque son menos cautelosos, más feroces, y la dominan con más audacia.

Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →

https://clasicalia.com/el-principe/texto/capitulo-25-de-cuanto-puede-la-fortuna-en-las-cosas-humanas-y-como-se-le/ · Clasicalia · texto íntegro y gratuito
Sobre «El Príncipe» →

Índice

Pulsa para ir a cualquier capítulo.