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Capítulo 19De cómo evitar el desprecio y el odio

El Príncipe · Nicolás Maquiavelo · 16 min de lectura

Pero dado que he hablado de las más importantes cualidades mencionadas anteriormente, quisiera discutir brevemente las demás bajo esta generalización: que el príncipe procure evitar, como ya en parte se ha dicho, aquellas cosas que lo hagan odioso o despreciable; y siempre que consiga evitarlo, habrá cumplido con lo suyo y no encontrará peligro alguno en las demás infamias. Lo que sobre todo lo hace odioso, como ya dije, es ser rapaz y usurpador de los bienes y las mujeres de sus súbditos; de lo cual debe abstenerse. Siempre que no se les quite a la generalidad de los hombres ni sus bienes ni su honor, viven contentos, y solo hay que combatir la ambición de unos pocos, la cual se refrena de muchas maneras y con facilidad. Lo hace despreciable el ser considerado voluble, frívolo, afeminado, pusilánime, irresoluto; de todo lo cual el príncipe debe guardarse como de un escollo, e ingeniarse para que en sus acciones se reconozcan grandeza, valor, gravedad y fortaleza. Y en cuanto a los asuntos privados de sus súbditos, debe procurar que su sentencia sea irrevocable; y mantenerse en tal reputación que a nadie se le ocurra engañarlo o enredarlo.

El príncipe que da esta imagen de sí mismo goza de gran reputación; y contra quien tiene reputación difícilmente se conspira, difícilmente es atacado, siempre que se entienda que es excelente y respetado por los suyos. Porque el príncipe debe tener dos temores: uno interno, por parte de sus súbditos; otro externo, por parte de las potencias extranjeras. De este último se defiende con buenas armas y buenos amigos; y siempre que tenga buenas armas tendrá buenos amigos. Y siempre estarán seguros los asuntos internos cuando estén seguros los externos, salvo que ya estén perturbados por alguna conjura. E incluso si las cosas externas se alteran, como esté ordenado y haya vivido según lo establecido, siempre que no se abandone a sí mismo, resistirá todo asalto, tal como dije que hizo Nabis el espartano. Pero en lo que respecta a los súbditos, cuando las cosas externas no se alteran, hay que temer que no conspiren secretamente; de lo cual se asegura suficientemente el príncipe evitando ser odiado o despreciado, y manteniéndose en buena relación con el pueblo, lo cual es necesario conseguir, como más arriba largamente se dijo. Y uno de los más poderosos remedios que tiene el príncipe contra las conjuras es no ser odiado por la generalidad del pueblo; porque siempre quien conspira cree que con la muerte del príncipe satisfará al pueblo, pero cuando cree que lo ofenderá, no se atreve a tomar semejante decisión, porque las dificultades que tienen los conjurados son infinitas. Y por experiencia se ve que han sido muchas las conjuras, pero pocas las que han tenido buen fin; porque quien conspira no puede estar solo, ni puede tomar compañía sino entre aquellos que cree descontentos; y tan pronto como a un descontento le revelas tu ánimo, le das motivo para contentarse, porque evidentemente puede esperar de ello toda clase de ventajas: de modo que viendo la ganancia segura de este lado, y del otro viéndola dudosa y llena de peligro, es necesario que sea un amigo muy raro, o verdaderamente obstinado enemigo del príncipe, para guardarte lealtad. Y para reducir la cosa a breves términos, digo que de parte del conjurado no hay sino miedo, celos, sospecha de castigo que lo aterroriza; pero de parte del príncipe está la majestad del principado, las leyes, la protección de los amigos y del Estado que lo defienden; de modo que, añadido a todas estas cosas el favor popular, es imposible que alguien sea tan temerario como para conspirar. Porque si normalmente el conjurado debe temer antes de la ejecución del mal, en este caso debe temerlo también después, teniendo por enemigo al pueblo, una vez cometido el delito, y no pudiendo por ello esperar refugio alguno.

De este asunto podrían darse infinitos ejemplos, pero quiero contentarme solo con uno, sucedido en la memoria de nuestros padres. Messer Annibale Bentivoglio, abuelo del actual messer Annibale, que era príncipe de Bolonia, siendo asesinado por los Canneschi, que conspiraron contra él, y no quedando de él más descendiente que messer Giovanni, que estaba aún en pañales, inmediatamente después del homicidio se levantó el pueblo y mató a todos los Canneschi. Esto procedió del favor popular que la casa de los Bentivoglio tenía en aquellos tiempos; el cual fue tan grande que, no quedando de ella quien pudiera, muerto Annibale, gobernar el Estado, y teniendo los boloñeses noticia de que había en Florencia uno de la sangre de los Bentivoglio que hasta entonces había sido tenido por hijo de un herrero, vinieron a Florencia por él, y le dieron el gobierno de aquella ciudad; la cual fue gobernada por él hasta que messer Giovanni llegó a edad conveniente para el gobierno.

Concluyo, pues, que un príncipe debe hacer poco caso de las conjuras cuando el pueblo le es favorable; pero cuando le es enemigo y lo tiene en odio, debe temer de todo y de todos. Y los Estados bien ordenados y los príncipes sabios con toda diligencia han procurado no desesperar a los grandes y satisfacer al pueblo y tenerlo contento; porque esta es una de las más importantes materias que tiene el príncipe.

Entre los reinos bien ordenados y bien gobernados en nuestros tiempos está el de Francia, y en él se encuentran infinitas buenas instituciones de las que dependen la libertad y la seguridad del rey. De las cuales la primera es el Parlamento y su autoridad. Porque aquel que ordenó ese reino, conociendo la ambición de los poderosos y su insolencia, y juzgando necesario que tuvieran un freno en la boca que los corrigiera, y por otro lado conociendo el odio del pueblo contra los grandes, fundado en el miedo, y queriendo asegurarlos, no quiso que esto fuera cuidado particular del rey, para quitarle la carga que podría tener con los grandes favoreciendo al pueblo, y con el pueblo favoreciendo a los grandes; y por eso constituyó un juez tercero, que fuese aquel que, sin cargo del rey, golpease a los grandes y favoreciese a los menores. No pudo ser esta disposición mejor ni más prudente, ni mayor causa de seguridad del rey y del reino. De lo cual se puede sacar otra consideración notable: que los príncipes deben hacer administrar por otros las cosas que acarrean disgusto, y por sí mismos las que traen favor. Concluyo de nuevo que un príncipe debe estimar a los grandes, pero no hacerse odiar por el pueblo.

A muchos quizá les parecería, considerando la vida y la muerte de algunos emperadores romanos, que son ejemplos contrarios a esta opinión mía, hallando que alguno ha vivido siempre excelentemente y mostrado gran virtud de ánimo, sin embargo ha perdido el imperio, o bien ha sido muerto por los suyos que conspiraron contra él. Queriendo, pues, responder a estas objeciones, discutiré las cualidades de algunos emperadores, mostrando las causas de su ruina, no diferentes de las que he aducido; y en parte pondré en consideración las cosas que son notables para quien lee las acciones de aquellos tiempos. Y quiero que me basten todos aquellos emperadores que sucedieron al imperio desde Marco el filósofo hasta Maximino: que fueron Marco, Cómodo su hijo, Pertinax, Juliano, Severo, Antonino Caracalla su hijo, Macrino, Heliogábalo, Alejandro y Maximino. Y primero hay que notar que, donde en los otros principados solo se tenía que contender con la ambición de los grandes y la insolencia de los pueblos, los emperadores romanos tenían una tercera dificultad: tener que soportar la crueldad y la avaricia de los soldados. Lo cual fue cosa tan difícil que fue causa de la ruina de muchos, siendo difícil satisfacer a los soldados y a los pueblos; porque los pueblos amaban la tranquilidad, y por esto amaban a los príncipes modestos, y los soldados amaban al príncipe de ánimo militar y que fuese insolente, cruel y rapaz; las cuales cosas querían que ejercitase sobre los pueblos, para poder tener doble salario y desahogar su avaricia y crueldad. De donde resultó que aquellos emperadores que por naturaleza o por arte no tenían una gran reputación, tal que con ella mantuvieran a unos y a otros a raya, siempre fueron arruinados. Y la mayor parte de ellos, especialmente los que llegaban nuevos al principado, conociendo la dificultad de estos dos humores diversos, se inclinaban a satisfacer a los soldados, importándoles poco el injuriar al pueblo. Esta decisión era necesaria; porque no pudiendo los príncipes evitar ser odiados por alguien, deben procurar primero no ser odiados por la generalidad; y cuando no pueden conseguir esto, deben ingeniarse con toda industria para evitar el odio de aquellas colectividades que son más poderosas. Y por eso aquellos emperadores que por ser nuevos tenían necesidad de favores extraordinarios, se adherían a los soldados antes que a los pueblos; lo cual sin embargo les resultaba útil o no, según que aquel príncipe supiera mantenerse reputado con ellos.

Por estas razones mencionadas, Marco, Pertinax y Alejandro, siendo todos de vida modesta, amantes de la justicia, enemigos de la crueldad, humanos y benignos, tuvieron todos, excepto Marco, triste fin. Solo Marco vivió y murió honorabilísimo, porque él sucedió al imperio por derecho hereditario, y no tenía que dar las gracias ni a los soldados ni a los pueblos; después, siendo acompañado de muchas virtudes que lo hacían venerable, mantuvo siempre, mientras vivió, a uno y otro orden dentro de sus límites, y nunca fue odiado ni despreciado. Pero Pertinax fue creado emperador contra la voluntad de los soldados, los cuales, estando acostumbrados a vivir licenciosamente bajo Cómodo, no pudieron soportar aquella vida honesta a la que Pertinax los quería reducir; por lo que, habiéndose hecho odioso, y añadiéndose a este odio el desprecio por ser viejo, fue arruinado en los primeros inicios de su administración.

Y aquí se debe notar que el odio se adquiere tanto mediante las buenas obras como mediante las malas; y por eso, como dije más arriba, queriendo un príncipe mantener el Estado, a menudo está obligado a no ser bueno. Porque cuando aquella colectividad, sean los pueblos o los soldados o los grandes, que tú juzgas que te es necesaria para mantenerte, está corrompida, te conviene seguir su humor para satisfacerla, y entonces las buenas obras te son enemigas. Pero vengamos a Alejandro. Este fue de tan buena índole que entre las demás alabanzas que se le atribuyen está que en los catorce años que tuvo el imperio, nunca nadie fue muerto por él sin juicio; no obstante, siendo tenido por afeminado y hombre que se dejaba gobernar por la madre, y por eso llegado a ser despreciable, el ejército conspiró contra él y lo mató.

Discutiendo ahora, por el contrario, las cualidades de Cómodo, Severo, Antonino Caracalla y Maximino, los encontraréis crudelísimos y rapacísimos; los cuales, por satisfacer a los soldados, no perdonaron ningún género de injuria que se pudiera cometer contra los pueblos; y todos, excepto Severo, tuvieron triste fin. Porque en Severo hubo tanta virtud que, manteniendo a los soldados amigos suyos, aunque los pueblos fueran oprimidos por él, pudo siempre reinar felizmente; porque aquellas virtudes suyas lo hacían tan admirable a los ojos de los soldados y de los pueblos, que estos quedaban en cierto modo atónitos y estupefactos, y aquellos respetuosos y satisfechos. Y porque las acciones de este fueron grandes en un príncipe nuevo, quiero mostrar brevemente cuán bien supo usar la máscara de la zorra y del león, cuyas naturalezas digo que son necesarias imitar a un príncipe. Conociendo Severo la indolencia del emperador Juliano, persuadió a su ejército, del cual era capitán en Eslavonia, de que era bueno ir a Roma a vengar la muerte de Pertinax, que había sido muerto por la guardia pretoriana; y bajo este color, sin mostrar que aspiraba al imperio, movió el ejército contra Roma, y estuvo en Italia antes de que se supiera su partida. Llegado a Roma, el Senado, por miedo, lo eligió emperador y mató a Juliano. Quedaban a Severo, después de este principio, dos dificultades si quería hacerse señor de todo el Estado: una en Asia, donde Níger, jefe de los ejércitos asiáticos, se había hecho llamar emperador; y otra en occidente, donde estaba Albino, que también aspiraba al imperio. Y como juzgaba peligroso descubrirse enemigo de ambos, decidió atacar a Níger y engañar a Albino. Al cual escribió que, siendo elegido emperador por el Senado, quería compartir aquella dignidad con él; y le envió el título de César y, por deliberación del Senado, se lo agregó como colega: cosas que fueron aceptadas por Albino como verdaderas. Pero después de que Severo hubo vencido y muerto a Níger, y pacificado las cosas orientales, vuelto a Roma, se quejó en el Senado de que Albino, poco agradecido de los beneficios recibidos de él, había procurado insidiosamente matarlo, y por eso él estaba obligado a ir a castigar su ingratitud. Después fue a encontrarlo en Francia y le quitó el Estado y la vida. Quien examine, pues, minuciosamente las acciones de este, lo hallará ferocísimo león y astutísima zorra; y lo verá temido y reverenciado por todos y no odiado por los ejércitos; y no se maravillará si él, hombre nuevo, habrá podido mantener tanto imperio: porque su grandísima reputación lo defendió siempre de aquel odio que los pueblos habrían podido concebir por sus rapiñas. Pero Antonino su hijo fue también hombre que tuvo cualidades excelentísimas y que lo hacían maravilloso a los ojos de los pueblos y grato a los soldados; porque era hombre militar, tolerantísimo de toda fatiga, despreciador de toda comida delicada y de toda otra molicie: lo cual lo hacía amar por todos los ejércitos. No obstante, su ferocidad y crueldad fueron tan grandes e inauditas, por haber, después de infinitas muertes particulares, muerto a gran parte del pueblo de Roma y a todo el de Alejandría, que se hizo odiosísimo a todo el mundo, y comenzó a ser temido también por aquellos que tenía alrededor; de modo que fue muerto por un centurión en medio de su ejército. Donde se nota que semejantes muertes, que proceden de la deliberación de un ánimo obstinado, son inevitables para los príncipes, porque cualquiera que no se preocupe de morir puede herirlo; pero el príncipe debe temerlas menos, porque son rarísimas. Solo debe guardarse de no hacer grave injuria a alguno de aquellos de los que se sirve y que tiene cerca de sí en el servicio de su principado; como había hecho Antonino, que había muerto ignominiosamente a un hermano de aquel centurión, y cada día lo amenazaba a él, y sin embargo lo tenía en su guardia del cuerpo: lo cual fue decisión temeraria y apta para arruinarlo, como le sucedió.

Pero vengamos a Cómodo, al cual le era facilísimo mantener el imperio, por tenerlo por derecho hereditario, siendo hijo de Marco; y solo le bastaba seguir las huellas del padre, y habría satisfecho a los soldados y a los pueblos. Pero siendo de ánimo cruel y bestial, para poder ejercitar su rapacidad sobre los pueblos, se dio a entretener a los ejércites y hacerlos licenciosos; por otra parte, no manteniendo su dignidad, descendiendo muchas veces a los teatros a combatir con los gladiadores, y haciendo otras cosas vilísimas y poco dignas de la majestad imperial, se hizo despreciable a los ojos de los soldados. Y siendo odiado por una parte y despreciado por la otra, se conspiró contra él y fue muerto.

Nos resta narrar las cualidades de Maximino. Este fue hombre belicosísimo; y estando los ejércitos fastidiados de la molicie de Alejandro, del cual he hablado arriba, muerto este, lo eligieron al imperio. El cual no lo poseyó mucho tiempo, porque dos cosas lo hicieron odioso y despreciable: la una, ser vilísimo por haber guardado las ovejas en Tracia (cosa que era en todas partes notísima y le causaba gran desdoro ante todos); la otra, porque habiendo, al inicio de su principado, diferido el ir a Roma y entrar en posesión de la sede imperial, se había dado reputación de crudelísimo, habiendo por medio de sus prefectos ejercitado en Roma y en cualquier lugar del imperio muchas crueldades. De modo que, conmovido todo el mundo por el desdén de la vileza de su sangre, y por el odio debido al miedo de su ferocidad, se rebeló primero África, después el Senado con todo el pueblo de Roma, y finalmente toda Italia conspiró contra él. A lo cual se añadió también su propio ejército; que, asediando Aquileya y hallando dificultad en la conquista, fastidiado de su crueldad, y temiéndolo menos al verle tantos enemigos, lo mató.

No quiero razonar ni de Heliogábalo, ni de Macrino, ni de Juliano, los cuales, por ser totalmente despreciables, se extinguieron enseguida; sino que vendré a la conclusión de este discurso. Y digo que los príncipes de nuestros tiempos tienen menos esta dificultad de satisfacer extraordinariamente a los soldados en sus gobiernos; porque, aunque se deba tener alguna consideración con ellos, sin embargo se resuelve pronto, porque ninguno de estos príncipes tiene ejércitos consolidados que estén envejecidos con los gobiernos y administración de las provincias, como estaban los ejércitos del imperio romano. Y por eso, si entonces era necesario satisfacer más a los soldados que a los pueblos, era porque los soldados podían más que los pueblos; ahora es más necesario para todos los príncipes, excepto para el Turco y el Soldán, satisfacer a los pueblos más que a los soldados, porque los pueblos pueden más que ellos. De lo cual excluyo al Turco, teniendo siempre aquel alrededor de sí doce mil infantes y quince mil caballos, de los cuales dependen la seguridad y la fortaleza de su reino: y es necesario que, pospuesta cualquier otra consideración, aquel señor los mantenga amigos. Similarmente, el reino del Soldán estando todo en manos de los soldados, conviene que también él, sin consideración de los pueblos, se los mantenga amigos. Y tenéis que notar que este Estado del Soldán es diferente de todos los otros principados, porque es similar al pontificado cristiano, el cual no se puede llamar ni principado hereditario ni principado nuevo; porque no son los hijos del príncipe viejo los herederos y los que quedan señores, sino el que es elegido para aquel grado por aquellos que tienen autoridad para ello. Y siendo este orden antiguo, no se puede llamar principado nuevo, porque en él no hay ninguna de aquellas dificultades que hay en los nuevos; porque aunque el príncipe sea nuevo, los órdenes de aquel Estado son viejos y ordenados para recibirlo como si fuese su señor hereditario.

Pero volvamos a nuestra materia. Digo que quien considere el discurso de arriba verá que el odio o el desprecio han sido causa de la ruina de aquellos emperadores mencionados, y conocerá también de dónde nace que, procediendo parte de ellos de un modo y parte del modo contrario, en cada una de estas maneras uno de ellos tuvo feliz fin y los otros infeliz. Porque a Pertinax y Alejandro, por ser príncipes nuevos, les fue inútil y dañoso querer imitar a Marco, que estaba en el principado por derecho hereditario; y similarmente a Caracalla, Cómodo y Maximino les fue cosa perniciosa imitar a Severo, por no tener tanta virtud que bastase para seguir sus huellas. Por tanto, un príncipe nuevo, en un principado nuevo, no puede imitar las acciones de Marco, ni tampoco es necesario seguir las de Severo; sino que debe tomar de Severo aquellas partes que son necesarias para fundar su Estado, y de Marco aquellas que son convenientes y gloriosas para conservar un Estado que ya esté estabilizado y firme.

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