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Capítulo 16De la liberalidad y la parsimonia

El Príncipe · Nicolás Maquiavelo · 4 min de lectura

Comenzando, pues, por las primeras de las cualidades mencionadas, digo que sería bueno ser tenido por liberal; sin embargo, la liberalidad usada de modo que seas tenido por tal te perjudica, porque si se ejerce virtuosamente y como debe ejercerse, no será conocida y no te librará de la infamia de su contrario. Y así, para mantener entre los hombres el nombre de liberal, es necesario no omitir ninguna clase de suntuosidad, de manera que siempre un príncipe así consumirá en tales obras todas sus riquezas, y al final se verá obligado, si quiere mantener el nombre de liberal, a gravar al pueblo de modo extraordinario, a ser riguroso y hacer todas aquellas cosas que se pueden hacer para conseguir dinero. Lo cual comenzará a hacerlo odioso ante sus súbditos y a ser poco estimado por todos, empobreciéndose; de modo que, habiendo ofendido con esta liberalidad suya a muchos y recompensado a pocos, siente cualquier primer inconveniente y peligra ante cualquier primer peligro. Lo cual reconociendo él, y queriendo retirarse de ello, incurre enseguida en la infamia de miserable.

Un príncipe, por tanto, no pudiendo ejercer esta virtud de la liberalidad de modo que sea reconocida sin perjuicio suyo, debe, si es prudente, no preocuparse de ser llamado miserable, porque con el tiempo será tenido cada vez más por liberal, viendo que con su parsimonia le bastan sus rentas, puede defenderse de quien le hace guerra, puede realizar empresas sin gravar a los pueblos; de modo que viene a usar liberalidad con todos aquellos a quienes no quita, que son infinitos, y miseria con todos aquellos a quienes no da, que son pocos.

En nuestros tiempos no hemos visto hacer grandes cosas sino a quienes han sido tenidos por miserables; los demás han sido eliminados. El papa Julio II, aunque se sirvió del nombre de liberal para alcanzar el papado, no pensó luego en mantenerlo para poder hacer la guerra; el presente rey de Francia ha hecho tantas guerras sin imponer a sus súbditos ningún tributo extraordinario, solo porque a los gastos adicionales ha provisto la larga parsimonia suya; el presente rey de España, si hubiera sido tenido por liberal, no habría acometido ni vencido tantas empresas.

Por tanto, un príncipe debe estimarse poco en ser llamado miserable, con tal de no tener que robar a sus súbditos, poder defenderse, no volverse pobre y despreciable, no verse forzado a ser rapaz, porque este es uno de aquellos vicios que le permiten reinar. Y si alguien dijera: César con la liberalidad alcanzó el imperio, y muchos otros por haber sido y ser tenidos por liberales han llegado a grandísimos grados; respondo: o eres príncipe ya, o estás en camino de adquirirlo; en el primer caso esta liberalidad es dañosa, en el segundo es muy necesario ser tenido por liberal. Y César era uno de aquellos que querían llegar al principado de Roma; pero si, habiendo llegado, hubiera sobrevivido y no se hubiera moderado en aquellos gastos, habría destruido aquel imperio.

Y si alguien replicara: muchos han sido príncipes y con los ejércitos han hecho grandes cosas, que han sido tenidos por muy liberales; te respondo: o el príncipe gasta de lo suyo y de sus súbditos, o de lo ajeno. En el primer caso debe ser parco; en el otro no debe omitir ninguna parte de liberalidad. Y para el príncipe que va con los ejércitos, que se alimenta de botines, saqueos y rescates, y maneja lo ajeno, le es necesaria esta liberalidad, porque de otro modo no sería seguido por los soldados. Y de lo que no es tuyo ni de tus súbditos se puede ser más generoso donador, como fueron Ciro, César y Alejandro, porque gastar lo ajeno no te quita reputación, sino que te la añade; solo gastar lo tuyo es lo que te perjudica.

Y no hay cosa que se consuma a sí misma como la liberalidad, pues mientras la usas pierdes la facultad de usarla, y te vuelves o pobre y despreciable, o, por huir de la pobreza, rapaz y odioso. Y entre todas las cosas de que un príncipe debe guardarse está el ser despreciable y odioso, y la liberalidad te conduce a ambas. Por lo cual hay más sabiduría en tener nombre de miserable, que produce una infamia sin odio, que por querer nombre de liberal verse obligado a incurrir en nombre de rapaz, que engendra infamia con odio.

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