Clasicalia
InicioEl PríncipeCapítulo 3
4 / 27

Capítulo 3De los principados mixtos

El Príncipe · Nicolás Maquiavelo · 13 min de lectura

Pero las dificultades residen en el principado nuevo. Y en primer lugar, si no es completamente nuevo, sino como un miembro añadido —de modo que en conjunto puede llamarse casi mixto—, sus problemas nacen en primer lugar de una dificultad natural propia de todos los principados nuevos: que los hombres cambian de buen grado de señor creyendo mejorar, y esta creencia los lleva a tomar las armas contra él; pero se engañan, porque luego la experiencia les muestra que han empeorado. Lo cual depende de otra necesidad natural y ordinaria, que obliga siempre a ofender a aquellos sobre quienes se adquiere el poder, tanto con guarniciones de soldados como con infinitas otras vejaciones que el nuevo gobierno trae consigo. De este modo te conviertes en enemigo de todos aquellos a quienes has ofendido al ocupar el principado, y no puedes mantener como amigos a los que te pusieron en él, porque no puedes satisfacerlos como ellos esperaban, ni tú puedes usar medicinas fuertes contra ellos, al estarles obligado; porque siempre, aunque se tengan ejércitos muy fuertes, se necesita el favor de los habitantes para entrar en una provincia. Por estas razones, Luis XII de Francia ocupó Milán rápidamente y rápidamente lo perdió; y bastaron para quitárselo la primera vez las fuerzas del propio Ludovico, porque los pueblos que le habían abierto las puertas, al verse engañados en su opinión y en aquel beneficio futuro que habían esperado, no podían soportar las molestias del nuevo príncipe.

Es bien cierto que, cuando se vuelven a conquistar los territorios rebelados, se pierden con más dificultad, porque el señor, aprovechando la ocasión de la rebelión, tiene menos escrúpulos en asegurar su posición castigando a los culpables, investigando a los sospechosos y fortaleciéndose en los puntos más débiles. De modo que, si para hacer perder Milán a Francia bastó la primera vez un duque Ludovico que hiciera ruido en las fronteras, para hacérselo perder la segunda vez fue necesario tener a todo el mundo en contra y que sus ejércitos fueran destruidos o expulsados de Italia; lo cual provino de las causas mencionadas anteriormente. No obstante, tanto la primera como la segunda vez le fue arrebatado.

Las razones generales de la primera pérdida se han discutido; ahora queda por señalar las de la segunda, y ver qué remedios tenía él y cuáles puede tener quien se encuentre en su situación para poder mantenerse mejor en lo adquirido de lo que hizo Francia. Digo, pues, que estos estados que al conquistarse se añaden a un estado antiguo del que conquista, o son de la misma provincia y de la misma lengua, o no lo son. Cuando lo son, es muy fácil mantenerlos, especialmente cuando no están acostumbrados a vivir libres; y para poseerlos con seguridad basta haber extinguido la línea del príncipe que los dominaba, porque en lo demás, manteniéndoles sus antiguas condiciones y no habiendo diferencia de costumbres, los hombres viven tranquilamente, como se ha visto en Borgoña, Bretaña, Gascuña y Normandía, que tanto tiempo han estado unidas a Francia; y aunque haya alguna diferencia de lengua, no obstante las costumbres son parecidas y pueden tolerarse fácilmente entre sí. Y quien las adquiere, si quiere mantenerlas, debe tener dos consideraciones: una, que se extinga la estirpe del antiguo príncipe; la otra, no alterar ni sus leyes ni sus impuestos; de manera que en brevísimo tiempo se conviertan con su antiguo principado en un solo cuerpo.

Pero cuando se adquieren estados en una provincia diferente en lengua, costumbres y ordenamientos, aquí están las dificultades, y aquí se necesita tener gran fortuna y gran habilidad para conservarlos; y uno de los mayores y más eficaces remedios sería que la persona que los adquiere fuese a vivir allí. Esto haría la posesión más segura y duradera, como ha hecho el Turco con Grecia; el cual, a pesar de todas las demás medidas que tomó para conservar aquel estado, si no hubiera ido a vivir allí, no habría sido posible mantenerlo. Porque, estando presente, se ven nacer los desórdenes y se pueden remediar pronto; estando ausente, se conocen cuando ya son grandes y no tienen remedio. Además, la provincia no es saqueada por tus funcionarios; los súbditos se sienten satisfechos por el recurso cercano al príncipe; de donde tienen más razón para amarlo, si quieren ser buenos, y queriendo ser de otro modo, para temerlo. Los extranjeros que quisieran atacar aquel estado tienen más respeto; de modo que, residiendo allí, difícilmente se puede perder.

El otro mejor remedio es enviar colonias a uno o dos lugares que sean como las llaves de aquel estado; porque es necesario hacer esto o mantener allí mucha caballería e infantería. En las colonias no se gasta mucho, y sin gasto o con poco se envían y se mantienen, y solo se ofende a aquellos a quienes se quitan los campos y las casas para dárselos a los nuevos habitantes, que son una mínima parte de aquel estado; y aquellos a quienes se ofende, quedando dispersos y pobres, nunca pueden perjudicarte, y todos los demás quedan, por una parte, sin ofender —y por eso deberían estar tranquilos—, y por otra parte, temerosos de equivocarse, por miedo a que les suceda como a los despojados. Concluyo que estas colonias no cuestan, son más fieles y perjudican menos; y los ofendidos no pueden causar daño, por estar pobres y dispersos, como he dicho. Por lo cual debe notarse que a los hombres hay que conquistarlos o eliminarlos, porque se vengan de las ofensas ligeras, de las graves no pueden; así que la ofensa que se hace al hombre debe ser tal que le quite la posibilidad de vengarse. Pero si, en lugar de colonias, se mantiene allí gente armada, se gasta mucho más, porque hay que consumir en la guarnición todas las rentas de aquel estado, de modo que la adquisición se convierte en pérdida, y se ofende mucho más, porque perjudica a todo aquel estado con los ejércitos que cambian de alojamiento; de cuya incomodidad todos participan, y todos se convierten en enemigos; y son enemigos que pueden perjudicarte, aunque queden derrotados en su propio territorio. Por lo tanto, en todos los aspectos, esta guardia es tan inútil como las colonias son útiles.

Además, quien se encuentra en una provincia diferente a la suya, como se ha dicho, debe hacerse líder y defensor de los vecinos menos poderosos, e ingeniarse para debilitar a los poderosos de ella, y cuidar que por ningún accidente entre allí un extranjero tan poderoso como él. Y siempre sucederá que será llamado por aquellos que en ella están descontentos, ya sea por excesiva ambición o por miedo; como se vio en otro tiempo cuando los etolios introdujeron a los romanos en Grecia; y en todas las demás provincias donde entraron, fueron llamados por los habitantes. Y el orden de las cosas es que, apenas un extranjero poderoso entra en una provincia, todos los que en ella son menos poderosos se le adhieren, movidos por la envidia que tienen contra el que ha sido poderoso sobre ellos; de modo que, respecto a estos menos poderosos, él no tiene que gastar ningún esfuerzo en ganárselos, porque todos juntos se unen de inmediato al estado que él ha adquirido allí. Solo tiene que procurar que no adquieran demasiada fuerza ni demasiada autoridad; y fácilmente puede, con sus fuerzas y con el favor de ellos, abatir a los que son poderosos, para quedar en todo árbitro de aquella provincia. Y quien no gobierne bien esta parte, perderá pronto lo que haya adquirido, y mientras lo tenga, tendrá en ello infinitas dificultades y molestias.

Los romanos, en las provincias que tomaron, observaron muy bien estas consideraciones; enviaron colonias, protegieron a los menos poderosos sin aumentar su poder, rebajaron a los poderosos y no permitieron que extranjeros poderosos adquirieran reputación allí. Y quiero que baste solo el ejemplo de la provincia de Grecia: los aqueos y los etolios fueron protegidos por ellos, el reino de Macedonia fue humillado, Antíoco fue expulsado; ni los méritos de los aqueos o de los etolios hicieron nunca que les permitieran acrecentar ningún estado, ni las persuasiones de Filipo les indujeron jamás a ser amigos suyos sin debilitarlo, ni el poder de Antíoco pudo conseguir que consintieran que mantuviera ningún estado en aquella provincia. Porque los romanos hicieron en estos casos lo que deben hacer todos los príncipes sabios: que no solo deben tener consideración de los desórdenes presentes, sino también de los futuros, y poner todos los remedios contra ellos; porque, previéndolos de lejos, se pueden remediar fácilmente, pero si esperas a que se te echen encima, la medicina no llega a tiempo, porque la enfermedad se ha vuelto incurable. Y sucede con esto lo que dicen los médicos de la tisis: que al principio es fácil de curar y difícil de conocer, pero, con el transcurso del tiempo, no habiéndola conocido ni curado al principio, se vuelve fácil de conocer y difícil de curar. Así sucede en las cosas de Estado, porque conociendo de lejos —lo cual solo es dado a un hombre prudente— los males que nacen en él, se curan rápidamente; pero cuando, por no haberlos conocido, se les deja crecer de modo que todos los conocen, ya no hay remedio.

Así pues, los romanos, viendo de lejos los inconvenientes, les pusieron siempre remedio, y nunca los dejaron seguir su curso para evitar una guerra, porque sabían que la guerra no se evita, sino que se aplaza en ventaja de otros; por tanto, quisieron hacer la guerra a Filipo y a Antíoco en Grecia para no tener que hacérsela en Italia; y pudieron entonces evitar una y otra cosa, pero no quisieron. Ni les agradó nunca aquello que está todo el día en boca de los sabios de nuestro tiempo, de gozar del beneficio del tiempo, sino que prefirieron gozar del beneficio de su virtud y prudencia; porque el tiempo lo arrastra todo consigo y puede traer tanto el bien como el mal, y tanto el mal como el bien.

Pero volvamos a Francia y examinemos si ha hecho alguna de las cosas mencionadas; y hablaré de Luis, y no de Carlos, porque, al haber mantenido el primero más tiempo su posesión en Italia, se han podido ver mejor sus modos de proceder; y veréis que ha hecho lo contrario de lo que se debe hacer para mantener un estado en una provincia diferente. El rey Luis fue introducido en Italia por la ambición de los venecianos, que quisieron ganar la mitad del estado de Lombardía con su venida. Yo no quiero censurar el partido que tomó el rey, porque, queriendo empezar a poner un pie en Italia, y no teniendo amigos en esta provincia —antes bien, estándole cerradas todas las puertas por el comportamiento del rey Carlos—, se vio forzado a aceptar las amistades que pudo encontrar; y le habría salido bien el partido tomado si no hubiera cometido errores en las demás gestiones. Conquistada, pues, Lombardía, el rey recuperó enseguida la reputación que Carlos le había quitado: Génova cedió, los florentinos se hicieron amigos suyos, el marqués de Mantua, el duque de Ferrara, los Bentivoglio, la señora de Forlì, los señores de Faenza, de Pésaro, de Rímini, de Camerino, de Piombino, los lucanos, pisanos, sieneses, todos se le acercaron para ser amigos. Y entonces pudieron comprender los venecianos la temeridad del partido tomado, que por ganar dos tierras en Lombardía habían hecho al rey señor de dos tercios de Italia.

Considere ahora alguien con qué poca dificultad podría el rey haber mantenido su reputación en Italia si hubiera observado las reglas mencionadas anteriormente y hubiera protegido y defendido a todos aquellos amigos suyos, que, por ser un gran número, y débiles, y temerosos unos de la Iglesia, otros de los venecianos, siempre tenían necesidad de estar con él; y por medio de ellos podía fácilmente asegurarse contra los que quedaban grandes. Pero apenas estuvo en Milán, hizo lo contrario, ayudando al papa Alejandro a ocupar la Romaña. Ni se dio cuenta de que, con esta decisión, se debilitaba a sí mismo, desprendiéndose de los amigos y de aquellos que se habían arrojado en su regazo, y engrandecía a la Iglesia, añadiendo al poder espiritual, que le da tanta autoridad, tanto poder temporal. Y habiendo cometido un primer error, se vio forzado a seguir, tanto que, para poner fin a la ambición de Alejandro e impedir que se hiciera señor de la Toscana, tuvo que venir a Italia. No le bastó haber engrandecido a la Iglesia y haberse desprendido de sus amigos, sino que, por querer el reino de Nápoles, lo repartió con el rey de España; y donde era antes el árbitro de Italia, metió a un compañero, para que los ambiciosos de aquella provincia y los descontentos con él tuvieran a dónde recurrir; y donde podía dejar en aquel reino a un rey que fuera pensionado suyo, lo echó para meter a uno que pudiera echarlo a él.

Es cosa verdaderamente muy natural y ordinaria desear adquirir; y siempre, cuando lo hacen hombres que pueden, serán alabados o no censurados; pero cuando no pueden y quieren hacerlo de todos modos, aquí está el error y la censura. Si Francia podía, pues, atacar Nápoles con sus fuerzas, debía hacerlo; si no podía, no debía repartirlo. Y si la división de Lombardía con los venecianos merece ser excusada, porque con ella metió el pie en Italia, esta otra merece ser censurada, porque no tiene la excusa de aquella necesidad. Había hecho, por tanto, Luis estos cinco errores: haber destruido a los menos poderosos, aumentado el poder en Italia de uno ya poderoso, introducido en ella a un extranjero potentísimo, no haber venido a vivir allí, no haber puesto colonias. Los cuales errores, viviendo él, aún podían no perjudicarlo, si no hubiera cometido el sexto: quitarles el estado a los venecianos; porque, si no hubiera engrandecido a la Iglesia ni introducido a España en Italia, era muy razonable y necesario humillarlos; pero habiendo tomado aquellas primeras decisiones, nunca debió consentir su ruina; porque, siendo ellos poderosos, habrían mantenido siempre alejados a los demás de la empresa de Lombardía, ya sea porque los venecianos no lo habrían consentido sin convertirse ellos en señores de ella, ya sea porque los otros no habrían querido quitársela a Francia para dársela a ellos, y no habrían tenido ánimo para ir contra ambos. Y si alguien dijera: el rey Luis cedió la Romaña a Alejandro y el reino a España para evitar una guerra, respondo con las razones dichas anteriormente: que nunca se debe dejar seguir un desorden para evitar una guerra, porque no se evita, sino que se aplaza con tu desventaja. Y si algunos otros alegaran la promesa que el rey había hecho al papa de emprender aquella empresa por él a cambio de la disolución de su matrimonio y del capelo de Ruán, respondo con lo que diré más adelante sobre la fe de los príncipes y cómo debe observarse. Ha perdido, pues, el rey Luis Lombardía por no haber observado ninguna de las condiciones observadas por otros que han tomado provincias y han querido conservarlas. Ni es esto ningún milagro, sino muy ordinario y razonable. Y sobre este asunto hablé en Nantes con Ruán, cuando el Valentino —que así llamaba popularmente a César Borgia, hijo del papa Alejandro— ocupaba la Romaña; porque, diciéndome el cardenal de Ruán que los italianos no entendían de guerra, yo le respondí que los franceses no entendían de Estado, porque si entendieran, no habrían dejado crecer tanto a la Iglesia. Y por experiencia se ha visto que la grandeza en Italia de la Iglesia y de España ha sido causada por Francia, y su ruina ha sido causada por ellas. De lo cual se saca una regla general que nunca o raramente falla: que quien es causa de que otro se haga poderoso, arruina a sí mismo; porque aquel poder es causado por él o con habilidad o con fuerza, y ambas cosas son sospechosas para quien se ha vuelto poderoso.

Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →

https://clasicalia.com/el-principe/texto/capitulo-3-de-los-principados-mixtos/ · Clasicalia · texto íntegro y gratuito
Sobre «El Príncipe» →

Índice

Pulsa para ir a cualquier capítulo.