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Capítulo 15De aquellas cosas por las que los hombres, y sobre todo los príncipes, son alabados o censurados

El Príncipe · Nicolás Maquiavelo · 2 min de lectura

Resta ahora por ver cuáles deben ser los modos y conductas de un príncipe con sus súbditos y con sus amigos. Y porque sé que muchos han escrito sobre esto, temo que al escribir yo también pueda ser tenido por presuntuoso, al apartarme, especialmente en el tratamiento de esta materia, de las opiniones de los demás. Pero siendo mi intención escribir algo útil para quien lo entienda, me ha parecido más conveniente ir tras la verdad efectiva de las cosas que tras la imaginación de las mismas. Y muchos se han imaginado repúblicas y principados que nunca se han visto ni se ha sabido que existieran en verdad; porque hay tanta distancia entre cómo se vive y cómo se debería vivir, que quien deja lo que se hace por lo que se debería hacer aprende más bien su ruina que su preservación: pues un hombre que quiera hacer en todo profesión de bueno es inevitable que se arruine entre tantos que no lo son. De ahí que sea necesario para un príncipe, si quiere mantenerse, aprender a poder no ser bueno, y a usarlo o no usarlo según la necesidad.

Dejando, pues, a un lado las cosas imaginadas sobre un príncipe, y hablando de las que son verdaderas, digo que todos los hombres, cuando se habla de ellos, y sobre todo los príncipes por estar situados más en alto, son señalados por algunas de estas cualidades que les acarrean censura o alabanza. Y es así: que uno es tenido por liberal, otro por miserable (usando un término toscano, porque avaro en nuestra lengua es todavía aquel que desea poseer por rapiña, miserable llamamos a aquel que se abstiene demasiado de usar lo suyo); uno es tenido por dadivoso, otro por rapaz; uno por cruel, otro por piadoso; uno por traidor, otro por leal; uno por afeminado y pusilánime, otro por feroz y animoso; uno por humano, otro por soberbio; uno por lascivo, otro por casto; uno por íntegro, otro por astuto; uno por duro, otro por fácil; uno por grave, otro por ligero; uno por religioso, otro por incrédulo, y así sucesivamente.

Y sé que todos admitirán que sería cosa muy laudable que un príncipe, de todas las cualidades mencionadas arriba, poseyera las que son tenidas por buenas. Pero como no se pueden tener ni observar enteramente, por no permitirlo las condiciones humanas, le es necesario ser tan prudente que sepa huir de la infamia de aquellos vicios que le quitarían el estado, y guardarse, si es posible, de aquellos que no se lo quitarían; pero no pudiendo, puede con menor miramiento dejarlos correr. Y además no debe preocuparse de incurrir en la infamia de aquellos vicios sin los cuales difícilmente podría salvar el estado; porque si se considera bien todo, se encontrará alguna cosa que parecerá virtud, y siguiéndola sería su ruina, y alguna otra que parecerá vicio, y siguiéndola resulta su seguridad y bienestar.

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