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Capítulo 13De los soldados auxiliares, mixtos y propios

El Príncipe · Nicolás Maquiavelo · 6 min de lectura

Las armas auxiliares, que son las otras armas inútiles, se dan cuando se llama a un príncipe poderoso para que venga con sus armas a ayudarte y defenderte, como hizo en los tiempos recientes el papa Julio, quien habiendo visto en la empresa de Ferrara la triste prueba de sus armas mercenarias, recurrió a las auxiliares y acordó con Fernando, rey de España, que con su gente y sus ejércitos debía ayudarlo. Estas armas pueden ser útiles y buenas en sí mismas, pero para quien las llama son casi siempre dañinas, porque si pierdes quedas deshecho, y si vences quedas prisionero suyo.

Y aunque de estos ejemplos estén llenas las historias antiguas, no quiero apartarme sin embargo de este ejemplo reciente del papa Julio II, cuya decisión no pudo ser menos considerada, por querer tomar Ferrara, al ponerse enteramente en manos de un extranjero. Pero su buena fortuna hizo nacer una tercera cosa, para que no recogiera el fruto de su mala elección: porque, habiendo sido derrotados sus auxiliares en Rávena, y surgiendo los suizos que expulsaron a los vencedores fuera de toda opinión, tanto suya como de otros, sucedió que no quedó prisionero de los enemigos, habiendo huido, ni de sus auxiliares, habiendo vencido con otras armas distintas de las suyas. Y los florentinos, estando enteramente desarmados, condujeron diez mil franceses a Pisa para tomarla; por lo cual corrieron más peligro que en cualquier otro tiempo de sus tribulaciones. El emperador de Constantinopla, para oponerse a sus vecinos, llevó a Grecia diez mil turcos, los cuales, terminada la guerra, no quisieron irse; lo cual fue el principio de la servidumbre de Grecia bajo los infieles.

Quien quiera, pues, no poder vencer, sírvase de estas armas, porque son mucho más peligrosas que las mercenarias. Porque en estas la ruina está preparada: están todas unidas, todas orientadas a la obediencia de otros; pero las mercenarias, para que te dañen después de haber vencido, necesitan más tiempo y mayor ocasión, no siendo todas un solo cuerpo y habiendo sido encontradas y pagadas por ti; en las cuales un tercero que tú hagas jefe no puede tomar de inmediato tanta autoridad que te perjudique. En suma, en las mercenarias es más peligrosa la cobardía, en las auxiliares el valor.

Un príncipe sabio, por tanto, ha evitado siempre estas armas y ha recurrido a las propias; y ha preferido perder con las suyas antes que vencer con las ajenas, juzgando que no es verdadera victoria aquella que se adquiere con las armas ajenas. No dudaré nunca en citar a César Borgia y sus acciones. Este duque entró en la Romaña con armas auxiliares, conduciendo allí tropas enteramente francesas, y con ellas tomó Imola y Forlì. Pero no pareciéndole después tales armas seguras, recurrió a las mercenarias, juzgando que en ellas había menos peligro, y contrató a los Orsini y a los Vitelli. Habiendo encontrado después en su manejo que eran dudosas, infieles y peligrosas, las eliminó y recurrió a las propias. Y se puede ver fácilmente qué diferencia hay entre estas dos clases de armas, considerando cuál fue la diferencia entre la reputación del duque cuando tenía solamente a los franceses, y cuando tenía a los Orsini y Vitelli, y cuando quedó con sus soldados y dependiendo de sí mismo: y se encontrará que siempre fue creciendo; y nunca fue estimado sino cuando cada uno vio que él era el completo dueño de sus armas.

No quería apartarme de los ejemplos italianos recientes; sin embargo, no quiero omitir a Hierón de Siracusa, siendo uno de los que he nombrado arriba. Este, como dije anteriormente, habiendo sido hecho por los siracusanos jefe de sus ejércitos, reconoció de inmediato que aquella milicia mercenaria no era útil, por estar formada de condotieros semejantes a nuestros italianos; y pareciéndole no poderlos mantener ni dejarlos ir, los hizo cortar a todos en pedazos: y después hizo la guerra con sus armas y no con las ajenas. Quiero también recordar una figura del Antiguo Testamento apropiada para este caso. Ofreciéndose David a Saúl para ir a combatir contra Goliat, provocador filisteo, Saúl, para darle ánimo, lo armó con sus propias armas; las cuales, tan pronto como David se las puso encima, las rechazó, diciendo que con ellas no podría demostrarse a sí mismo, y por eso quería enfrentar al enemigo con su honda y su cuchillo. En fin, las armas ajenas o se te caen de la espalda, o te pesan, o te oprimen.

Carlos VII, padre del rey Luis XI, habiendo con su fortuna y con su virtud liberado a Francia de los ingleses, reconoció esta necesidad de armarse con armas propias, y estableció en su reino la ordenanza de la gente de armas y de la infantería. Después el rey Luis, su hijo, suprimió la de los infantes y comenzó a contratar suizos; el cual error, seguido por los otros, es, como se ve ahora en los hechos, causa de los peligros de aquel reino. Porque habiendo dado reputación a los suizos, ha desacreditado todas sus armas; porque ha suprimido enteramente los infantes, y sus hombres de armas los ha obligado a las armas ajenas, porque estando acostumbrados a militar con los suizos, les parece no poder vencer sin ellos. De aquí nace que los franceses no bastan contra los suizos, y sin los suizos contra otros no lo intentan. Han sido, pues, los ejércitos de Francia mixtos, en parte mercenarios y en parte propios: armas que todas juntas son mucho mejores que las simples auxiliares o las simples mercenarias, y mucho inferiores a las propias. Y baste el ejemplo dicho, porque el reino de Francia sería invencible si la ordenanza de Carlos se hubiera mantenido o aumentado. Pero la poca prudencia de los hombres comienza una cosa que, por saber entonces bien, no se da cuenta del veneno que está oculto debajo, como dije arriba de las fiebres héticas.

Por tanto, quien no reconoce en un principado los males cuando nacen, no es verdaderamente sabio; y esto se concede a pocos. Y si se considerara la primera causa de la ruina del Imperio romano, se encontrará que fue solo el haber comenzado a contratar a los godos como soldados; porque desde aquel principio comenzaron a debilitarse las fuerzas del Imperio romano, y toda aquella virtud que se le quitaba a él se la daban a ellos. Concluyo, pues, que sin tener armas propias ningún principado está seguro; más bien está completamente obligado a la fortuna, no teniendo virtud que lo defienda con fidelidad en las adversidades. Y siempre fue opinión y sentencia de los hombres sabios «que nada hay tan débil e inestable como la fama de poder que no está fundada en las fuerzas propias». Y las armas propias son aquellas que están compuestas de tus súbditos o de tus ciudadanos o de tus creados: todas las demás son o mercenarias o auxiliares. Y el modo de ordenar las armas propias será fácil de encontrar si se consideran las órdenes de los cuatro que he citado arriba, y si se ve cómo Felipe, padre de Alejandro Magno, y cómo muchas repúblicas y príncipes se han armado y ordenado: a dichas órdenes yo me remito enteramente.

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