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Capítulo 17De la crueldad y la clemencia, y si es mejor ser amado que temido

El Príncipe · Nicolás Maquiavelo · 5 min de lectura

Descendiendo ahora a las demás cualidades mencionadas anteriormente, digo que todo príncipe debería desear ser tenido por clemente y no por cruel; no obstante, debe cuidarse de no usar mal esta clemencia. César Borgia era considerado cruel; sin embargo, aquella crueldad suya había reorganizado la Romaña, la había unificado y reducido a la paz y la lealtad. Si se considera bien esto, se verá que fue mucho más clemente que el pueblo florentino, que para evitar el nombre de cruel permitió la destrucción de Pistoya. Por tanto, un príncipe no debe preocuparse por la infamia de cruel cuando se trata de mantener unidos y leales a sus súbditos, porque dando muy pocos ejemplos será más clemente que aquellos que por exceso de piedad dejan que se produzcan desórdenes de los que nacen asesinatos o rapiñas; pues estos suelen dañar a toda una colectividad, mientras que las ejecuciones que provienen del príncipe ofenden solamente a un particular.

Y entre todos los príncipes, al príncipe nuevo le es imposible evitar el nombre de cruel, por estar los estados nuevos llenos de peligros. Y Virgilio, por boca de Dido, dice: «Res dura, et regni novitas me talia cogunt / moliri, et late fines custode tueri». No obstante, debe ser cauto al creer y al actuar, no debe tener miedo de sí mismo y proceder de modo equilibrado con prudencia y humanidad, de manera que la excesiva confianza no lo vuelva incauto ni la excesiva desconfianza lo haga intolerable.

De aquí nace una disputa: si es mejor ser amado que temido, o al contrario. Se responde que se querría ser ambas cosas; pero como es difícil combinarlas, es mucho más seguro ser temido que amado, cuando se debe renunciar a una de las dos. Porque de los hombres se puede decir esto en general: que son ingratos, volubles, simuladores y disimuladores, que huyen del peligro y están ávidos de ganancia; y mientras les haces bien son todos tuyos, te ofrecen la sangre, los bienes, la vida, los hijos, como dije antes, cuando la necesidad está lejos; pero cuando esta se te acerca, se rebelan. Y el príncipe que se ha apoyado enteramente en sus palabras, encontrándose desnudo de otros preparativos, se arruina; porque las amistades que se adquieren con el precio y no con grandeza y nobleza de ánimo se compran, pero no se poseen, y llegado el momento no se pueden emplear. Y los hombres tienen menos reparo en ofender al que se hace amar que al que se hace temer, porque el amor se sostiene por un vínculo de obligación el cual, siendo los hombres malvados, se rompe en cualquier ocasión por su propia conveniencia; pero el temor se sostiene por un miedo al castigo que nunca te abandona.

No obstante, el príncipe debe hacerse temer de tal modo que, si no gana el amor, evite el odio, porque puede perfectamente ser temido y no odiado a la vez; lo cual logrará siempre que se abstenga de los bienes de sus ciudadanos y de sus súbditos, y de sus mujeres. Y cuando fuera necesario proceder contra la vida de alguien, debe hacerlo cuando exista justificación conveniente y causa manifiesta; pero sobre todo debe abstenerse de los bienes ajenos, porque los hombres olvidan más rápidamente la muerte del padre que la pérdida del patrimonio. Además, las razones para quitar los bienes nunca faltan, y el que comienza a vivir de rapiña siempre encuentra motivo para apropiarse de lo ajeno; en cambio, contra la vida las razones son más raras y desaparecen más pronto.

Pero cuando el príncipe está con los ejércitos y tiene bajo su mando una multitud de soldados, entonces es absolutamente necesario no preocuparse por el nombre de cruel, porque sin esta fama nunca se mantuvo un ejército unido ni dispuesto a ninguna acción. Entre las admirables acciones de Aníbal se cuenta esta: que teniendo un ejército grandísimo, mezclado con infinitas clases de hombres, conducido a combatir en tierras ajenas, nunca surgió ninguna disensión en su interior ni contra el príncipe, tanto en la mala como en la buena fortuna. Esto no pudo nacer de otra cosa que de aquella su crueldad inhumana, la cual, junto con sus infinitas virtudes, lo hizo siempre venerable y terrible ante los ojos de sus soldados; y sin ella, sus otras virtudes no habrían bastado para lograr ese efecto. Y los escritores poco considerados admiran por una parte esta acción suya y por otra condenan la causa principal de la misma.

Y que sea verdad que sus otras virtudes no habrían sido suficientes se puede considerar en Escipión, rarísimo no solo en sus tiempos sino en toda la memoria conocida, contra el cual sus ejércitos se rebelaron en España; lo cual no nació de otra cosa que de su excesiva clemencia, la cual había dado a sus soldados más libertad de la que convenía a la disciplina militar. Por esto fue reprendido en el Senado por Fabio Máximo, que lo llamó corruptor de la milicia romana. Los locrenses, habiendo sido destruidos por un legado de Escipión, no fueron vengados por él, ni fue castigada la insolencia de aquel legado, todo ello por causa de su naturaleza condescendiente; de modo que alguien, queriendo excusarlo en el Senado, dijo que había muchos hombres que sabían mejor no errar que corregir los errores. Aquella naturaleza suya habría con el tiempo dañado la fama y la gloria de Escipión si hubiera continuado con ella en el mando; pero viviendo bajo el gobierno del Senado, esta cualidad perjudicial no solo quedó oculta sino que le resultó gloriosa.

Concluyo, pues, volviendo a lo de ser temido y amado, que amando los hombres según su voluntad y temiendo según la voluntad del príncipe, un príncipe sabio debe fundarse en lo que es suyo y no en lo que es de otros; debe solamente ingeniarse para evitar el odio, como se ha dicho.

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