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Capítulo 9La dilación destruye la vida

Sobre la brevedad de la vida · Séneca · 2 min de lectura

1 ¿Puede haber algo más estúpido que la forma de pensar de ciertas personas, me refiero a esas que presumen de sensatez? Están ocupadas con gran esfuerzo. Para poder vivir mejor, preparan su vida a costa de la vida misma. Planifican sus proyectos a largo plazo; pero la mayor pérdida de la vida es, precisamente, la dilación: ella nos roba cada día, ella nos arrebata el presente mientras nos promete el futuro. El mayor obstáculo para vivir es la espera, que depende del mañana y desperdicia el hoy. Organizas lo que está en manos de la fortuna, y dejas escapar lo que está en las tuyas. ¿Hacia dónde miras? ¿Hacia dónde te proyectas? Todo lo que está por venir yace en la incertidumbre: vive ahora mismo. 2 He aquí que clama el mayor de los poetas y, como movido por un arrebato divino, canta un verso saludable: «Los mejores días de la vida huyen primero para los míseros mortales». «¿Por qué te demoras?», dice, «¿por qué pierdes el tiempo? Si no te apoderas de él, huye». Y aunque te apoderes de él, seguirá huyendo: por eso hay que competir con la rapidez del tiempo mediante la velocidad de su uso, y hay que beber rápidamente como de un torrente impetuoso que no fluirá siempre. 3 Y esto también es hermosísimo para reprochar la reflexión sin límites: que no habla de la mejor edad, sino del mejor día. ¿Por qué, despreocupado y perezoso en medio de una fuga tan grande del tiempo, te alargas meses y años en una larga serie, según le ha parecido a tu avidez? Te habla de un día, y de este mismo que está huyendo. 4 ¿Hay acaso alguna duda de que los mejores días son los primeros en huir para los mortales míseros, es decir, los ocupados? A estos, la vejez los aplasta cuando su ánimo es todavía pueril, y llegan a ella desprevenidos e indefensos; pues nada han previsto: cayeron en ella de repente, sin darse cuenta, y no notaban que se acercaba día a día. 5 Del mismo modo que una conversación o una lectura o algún pensamiento más concentrado engaña al que viaja, y sabe que ha llegado antes de darse cuenta de que se acercaba, así este camino de la vida, continuo y rapidísimo, que recorremos tanto despiertos como dormidos al mismo paso, no se hace evidente para los ocupados más que al final.

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