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Capítulo 18Retírate de la vida pública

Sobre la brevedad de la vida · Séneca · 3 min de lectura

1 Apártate, pues, del vulgo, queridísimo Paulino, y retírate al fin a un puerto más tranquilo, zarandeado como has sido más allá de lo que tu edad justificaría. Piensa cuántas olas has soportado, cuántas tempestades has aguantado, unas privadas y otras públicas que has hecho recaer sobre ti; ya tu virtud se ha mostrado lo suficiente a través de pruebas laboriosas e inquietas; experimenta qué puede hacer en el ocio. La mayor parte de tu vida, sin duda la mejor, se la has dado al Estado: toma también algo de tu tiempo para ti.

2 No te llamo a un reposo perezoso o inactivo, no a que sumerjas en el sueño y en los placeres caros a la multitud todo lo que hay en ti de talento vivo; eso no es descansar: encontrarás tareas mayores que todas las que hasta ahora has llevado con energía, que realizarás retirado y seguro.

3 Tú, ciertamente, administras las cuentas del orbe con tanta integridad como si fueran ajenas, con tanta diligencia como si fueran tuyas, con tanta escrupulosidad como si fueran públicas. Te ganas el afecto en un cargo en el que es difícil evitar el odio; pero, créeme, es mejor conocer la cuenta de tu propia vida que la del trigo público.

4 Retira ese vigor de tu espíritu, capacísimo para las mayores empresas, de un servicio honorífico, sí, pero poco adecuado para una vida feliz, y piensa que no te has dedicado desde tu primera juventud a toda la formación en los estudios liberales para que te confiaran muchos miles de fanegas de trigo; habías prometido de ti algo más grande y elevado. No faltarán hombres de probada frugalidad y laboriosa actividad; los animales de carga lentos son mucho más aptos para transportar pesos que los caballos nobles, cuya generosa rapidez ¿quién la sometió jamás con una carga pesada?

5 Considera además cuánta preocupación supone exponerte a una mole tan grande: tratas con el vientre humano; un pueblo hambriento no admite razones ni se mitiga con equidad ni se deja convencer por súplica alguna. Hace poco, en aquellos pocos días en los que murió Cayo César (si hay alguna conciencia en los infiernos), lo más grave que le dolía al morir era que el pueblo romano le sobreviviera con reservas de alimento para solo siete u ocho días. Mientras él unía puentes con barcos y jugaba con las fuerzas del imperio, se acercaba el peor de los males incluso para los sitiados, la escasez de alimentos; por la imitación de un rey loco, extranjero e infelizmente soberbio, estuvo a punto de llegar a la destrucción, al hambre y, lo que sigue al hambre, la ruina de todo.

6 ¿Qué estado de ánimo tuvieron entonces aquellos a quienes se había encomendado el cuidado del trigo público, dispuestos a recibir piedras, hierro, fuego y a Gayo? Con suma disimulación ocultaban aquel mal tan grande que yacía oculto en las entrañas, y con razón, por supuesto: hay algunas cosas que deben curarse sin que los enfermos lo sepan, pues para muchos la causa de su muerte fue conocer su propia enfermedad.

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