Capítulo 5La semilibertad de Cicerón
Marco Cicerón, zarandeado entre los Catilinas, los Clodios, los Pompeyos y los Crasos, en parte enemigos declarados, en parte amigos dudosos, mientras fluctúa junto con la república y la sostiene cuando se hunde, finalmente arrastrado, incapaz de estar tranquilo en la prosperidad ni de soportar la adversidad, ¡cuántas veces maldice aquel famoso consulado suyo que alabó no sin razón, pero sin límite!
¡Qué lamentables palabras expresa en cierta carta a Ático, cuando ya había sido vencido el padre Pompeyo y todavía el hijo reagrupaba sus destrozadas fuerzas en Hispania! «¿Qué hago aquí?», dice, «¿me lo preguntas? Permanezco en mi finca de Túsculo, semilibre.» A continuación añade otras cosas con las que llora por su vida pasada, se queja del presente y se desespera del futuro.
Cicerón se llamó a sí mismo semilibre: pero, por Hércules, el sabio nunca caerá en un término tan humillante, nunca será semilibre, sino que gozará siempre de una libertad completa y sólida, libre, dueño de sí mismo y por encima de los demás. Pues ¿qué puede estar por encima de quien está por encima de la fortuna?
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