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Capítulo 3La ceguera ante el tiempo

Sobre la brevedad de la vida · Séneca · 2 min de lectura

1 Aunque todos los genios que alguna vez brillaron coincidieran en esto, nunca se asombrarían lo suficiente de esta ceguera de las mentes humanas: no permiten que nadie ocupe sus propiedades, y si hay una pequeña disputa sobre los límites del terreno, corren a las piedras y a las armas; pero dejan que otros invadan su vida, más aún, ellos mismos introducen a quienes serán sus futuros dueños. No se encuentra a nadie que quiera repartir su dinero, ¡pero su vida, cada uno entre cuántos la distribuye! Son tacaños al conservar su patrimonio, pero cuando se trata de perder el tiempo, son derrochadores en eso que es lo único en que la avaricia es honesta. 2 Me gustaría entonces tomar a alguien del grupo de los ancianos: «Vemos que has llegado al límite de la edad humana, te oprimen cien años o más: vamos, revisa las cuentas de tu vida. Cuenta cuánto de ese tiempo te quitó el acreedor, cuánto la amante, cuánto el rey, cuánto el cliente, cuánto el pleito conyugal, cuánto el castigo de los esclavos, cuánto ir de aquí para allá por la ciudad cumpliendo obligaciones; añade las enfermedades que nos provocamos nosotros mismos, añade lo que quedó ocioso y sin provecho: verás que tienes menos años de los que cuentas. 3 Repasa en tu memoria cuándo tuviste un propósito firme, cuántos días transcurrieron como habías previsto, cuándo dispusiste de ti mismo, cuándo tu rostro mantuvo su expresión, cuándo tu ánimo estuvo intrépido, qué obra realizaste en una vida tan larga, cuántos saquearon tu vida sin que te dieras cuenta de lo que perdías, cuánto te quitaron el dolor vano, la alegría estúpida, el deseo ávido, la conversación aduladora, cuán poco te ha quedado de lo tuyo: comprenderás que mueres prematuramente». 4 ¿Cuál es entonces la razón? Vivís como si fuerais a vivir siempre, nunca caéis en la cuenta de vuestra fragilidad, no observáis cuánto tiempo ha pasado ya; lo malgastáis como si fuera pleno y abundante, cuando quizá ese mismo día que regalas a alguien o a algún asunto sea el último. Teméis todo como mortales, lo codiciáis todo como inmortales. 5 Oirás a la mayoría decir: «A los cincuenta años me retiraré al ocio, a los sesenta me libraré de las obligaciones». ¿Y qué garantía recibes de una vida más larga? ¿Quién permitirá que eso suceda como lo dispones? ¿No te avergüenza reservarte los restos de tu vida y destinar a la buena mentalidad solamente aquel tiempo que no puede dedicarse a ningún asunto? ¡Qué tarde es empezar a vivir cuando hay que terminar! ¡Qué estúpido olvido de la mortalidad es aplazar hasta los cincuenta y sesenta años los proyectos sensatos y querer comenzar la vida desde donde pocos han llegado!

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