Capítulo 13Las ocupaciones inútiles del saber
1 Sería largo ir persiguiendo uno por uno a quienes han consumido su vida con los dados, con el juego de pelota o con el cuidado de tostar su cuerpo al sol. No están ociosos aquellos cuyos placeres implican mucho trabajo. Pues nadie dudará de que se afanan inútilmente quienes se dedican al estudio de letras inservibles, algo que ya entre los romanos constituye también un grupo numeroso. 2 Esta enfermedad fue propia de los griegos: investigar cuántos remeros tuvo Ulises, si se escribió antes la Ilíada o la Odisea, además si eran del mismo autor, y otras cuestiones de este tipo que, si las guardas para ti, en nada ayudan a tu conciencia callada, y si las divulgas no pareces más sabio sino más pesado. 3 He aquí que también a los romanos ha invadido el vano afán de aprender cosas superfluas; hace unos días escuché a alguien que exponía qué fue lo primero que hizo cada uno de los generales romanos: el primero en vencer en un combate naval fue Duilio, el primero en conducir elefantes en un triunfo fue Curio Dentato. Aún estas cosas, aunque no tienden a la verdadera gloria, giran al menos en torno a ejemplos de hazañas civiles; tal conocimiento no será provechoso, pero al menos es algo que nos retiene con la vistosa vanidad de los hechos. 4 Concedamos también esto a quienes investigan quién fue el primero en persuadir a los romanos de subir a un barco (fue Claudio, llamado Caudex precisamente por esto, porque el ensamblaje de muchas tablas se llamaba caudex entre los antiguos, de donde las tablas públicas se llaman códices y aún hoy las naves que transportan provisiones por el Tíber se llaman codicarias por antigua costumbre); 5 y ciertamente también atañe al asunto que Valerio Corvino fue el primero en conquistar Mesina y el primero de la familia de los Valerios, trasladado a sí el nombre de la ciudad capturada, fue llamado Mesana y poco a poco, con el vulgo cambiando las letras, fue llamado Mesala: 6 ¿acaso permitirás también que a alguien le preocupe que Lucio Sila fue el primero en dar leones sueltos en el circo, cuando normalmente se daban atados, enviando para matarlos tiradores de jabalina del rey Boco? Y esto sin duda puede pasarse por alto: ¿acaso también pertenece a algo bueno que Pompeyo fue el primero en ofrecer en el circo un combate de dieciocho elefantes, enfrentando a modo de batalla a hombres condenados? El primer ciudadano del Estado y entre los primeros de los antiguos (según transmite la fama) de singular bondad, consideró memorable un tipo de espectáculo consistente en matar hombres de una forma novedosa. ¿Luchan? No es suficiente. ¿Son despedazados? No es suficiente: ¡son aplastados por la enorme mole de animales! 7 Mejor habría sido que estas cosas cayeran en el olvido, para que ningún poderoso las aprendiera después y envidiara algo tan poco humano. ¡Oh, cuánta oscuridad arroja sobre nuestras mentes la gran prosperidad! Aquel creyó estar entonces por encima de la naturaleza cuando arrojaba tantas multitudes de hombres miserables a bestias nacidas bajo otro cielo, cuando provocaba una guerra entre animales tan dispares, cuando derramaba mucha sangre ante la vista del pueblo romano, él que poco después sería forzado a derramar aún más; pero él mismo, engañado después por la perfidia alejandrina, se ofreció a ser atravesado por el último de los esclavos, comprendiendo entonces al fin la vana jactancia de su sobrenombre. 8 Pero, para volver de donde me he apartado y mostrar en este mismo tema la superflua diligencia de algunos, el mismo contaba que Metelo, triunfando sobre los cartagineses vencidos en Sicilia, condujo ante su carro ciento veinte elefantes cautivos, el único de todos los romanos; que Sila fue el último de los romanos en extender el pomerio, que nunca fue costumbre entre los antiguos extender sino por tierra itálica adquirida, no provincial. ¿Acaso es más útil saber esto que saber que el monte Aventino está fuera del pomerio, como aquel afirmaba, por una de dos causas, o porque la plebe se retiró allí o porque los auspicios de Remo en aquel lugar no fueron favorables, y otras innumerables cosas que o están llenas de mentiras o son parecidas? 9 Pues aunque concedas que todo lo dicen de buena fe, que lo escriben bajo garantía, sin embargo ¿los errores de quién disminuirán esas cosas? ¿Los deseos de quién reprimirán? ¿A quién harán más valiente, más justo, más generoso? Nuestro Fabiano solía decir mientras tanto que dudaba si era mejor no acercarse a ningún estudio que verse enredado en estos.
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