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Capítulo 17La inquietud de los placeres

Sobre la brevedad de la vida · Séneca · 3 min de lectura

Sus propios placeres están llenos de sobresaltos y perturbados por diversos terrores, y de pronto, en medio de la mayor exaltación, surge un pensamiento angustioso: «¿Cuánto tiempo durará esto?». Por este sentimiento, los reyes lloraron su propio poder, y no los deleitó la grandeza de su fortuna, sino que los aterrorizó el fin que algún día llegaría. Cuando el rey de los persas, el más arrogante de todos, extendió su ejército por las vastas llanuras y lo abarcó no por su número sino por su medida, derramó lágrimas porque dentro de cien años ninguno de aquella inmensa juventud sobreviviría; pero era él mismo quien lloraba quien iba a acarrearles el destino y a destruir a unos en el mar, a otros en tierra, a unos en combate, a otros en la huida, y a consumir en poco tiempo a aquellos por quienes temía el año centenario. ¿Y qué decir de que también sus alegrías están llenas de sobresaltos? Pues no se apoyan en fundamentos sólidos, sino que se ven perturbadas por la misma vanidad con que nacen. Pero ¿cómo crees que son los momentos que ellos mismos confiesan miserables, cuando incluso estas cosas con las que se elevan y se enaltecen por encima del hombre no son del todo puras? Los mayores bienes son motivo de inquietud, y en ninguna fortuna se confía menos que en la mejor; se necesita otra felicidad para proteger la felicidad, y por los mismos deseos que se cumplieron hay que formular nuevos deseos. Pues todo lo que llega por azar es inestable: cuanto más alto se elevó, más propicio es para caer. Y nadie se complace con lo que va a caer; por tanto, es necesario que la vida de quienes consiguen con gran esfuerzo lo que poseerán con mayor esfuerzo sea no solo brevísima, sino también muy miserable. Con esfuerzo alcanzan lo que desean, con ansiedad retienen lo que alcanzaron; mientras tanto no hay ninguna consideración para el tiempo que nunca volverá: nuevas ocupaciones sustituyen a las antiguas, una esperanza excita otra esperanza, una ambición a otra ambición. No se busca el fin de las miserias, sino que se cambia la materia. ¿Nos atormentaron nuestros cargos públicos? Los ajenos nos quitan más tiempo; ¿dejamos de afanarnos como candidatos? Empezamos como partidarios; ¿abandonamos la molestia de acusar? La encontramos al juzgar; ¿dejó de ser juez? Es investigador; ¿envejeció en la administración asalariada de bienes ajenos? Se ve absorbido por sus propias riquezas. ¿Mario se libró de las sandalias militares? Ejerce el consulado; ¿Quincio se apresura a salir de la dictadura? Será llamado desde el arado. Irá contra los cartagineses Escipión, todavía no maduro para tan gran empresa; vencedor de Aníbal, vencedor de Antíoco, honor de su propio consulado, garante del de su hermano, si no fuera por él mismo quien lo impidiera, sería colocado junto a Júpiter: pero lo agitarán sediciones civiles como salvador, y después de haber desdeñado en su juventud honores equiparables a los de los dioses, ya anciano lo deleitará la ambición de un exilio obstinado. Nunca faltarán motivos de preocupación, felices o desdichados; la vida será arrastrada por las ocupaciones; nunca se gozará del ocio, siempre se deseará.

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