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Capítulo 11La ilusión de vivir

Sobre la brevedad de la vida · Séneca · 1 min de lectura

En definitiva, ¿quieres saber cuán poco viven? Mira cuánto desean vivir largo tiempo. Los viejos decrépitos mendigan con sus ruegos que se les añadan unos pocos años más: fingen ser menores de lo que son; se halagan a sí mismos con la mentira y se engañan tan a gusto como si engañaran al mismo tiempo a los hados. Y cuando alguna enfermedad les recuerda su condición mortal, de qué manera mueren aterrados, no como si salieran de la vida sino como si fueran arrancados de ella. Proclaman a gritos que han sido unos necios por no haber vivido y que, con tal de que escapen de aquella enfermedad, vivirán en el ocio; entonces reflexionan sobre cuán inútilmente prepararon cosas de las que no disfrutarían, cuán en vano cayó todo su esfuerzo.

En cambio, aquellos cuya vida transcurre lejos de toda ocupación, ¿cómo no va a ser espaciosa? Nada de ella se delega, nada se dispersa aquí y allá, nada de ella se entrega a la fortuna, nada se pierde por negligencia, nada se sustrae por prodigalidad, nada es superfluo: toda ella, por así decirlo, rinde fruto. Así pues, por pequeña que sea, basta con creces, y por eso, cuando llegue el último día, el sabio no dudará en ir a la muerte con paso firme.

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