Capítulo 12Los falsos ociosos
1 Quizá preguntes a quiénes llamo ocupados. No creas que me refiero solo a aquellos a quienes los perros soltados desde la basílica finalmente echan, a quienes ves aplastados más vistosamente en su propia multitud o más despreciativamente en la ajena, a quienes sus deberes llaman desde sus casas para estrellarse contra las puertas ajenas, o a quienes la subasta del pretor ejercita con infame lucro que algún día reventará como un absceso. 2 El ocio de algunos es una ocupación: en su villa o en su cama, en plena soledad, aunque se hayan apartado de todos, son molestos para sí mismos; su vida no debe llamarse ociosa, sino ocupación perezosa. ¿Llamas ocioso a quien arregla con ansiosa minuciosidad los bronces corintios, que la locura de unos pocos ha hecho preciosos, y consume la mayor parte de sus días en laminillas oxidadas? ¿A quien se sienta como espectador de muchachos que pelean en el gimnasio (pues, ¡qué crimen!, ni siquiera nos esforzamos con vicios romanos)? ¿A quien separa las manadas de sus bestias de carga en parejas por edades y colores? ¿A quien alimenta a los atletas más recientes? 3 ¿Qué? ¿Llamas ociosos a aquellos a quienes se les van muchas horas en la barbería, mientras se arranca lo que creció la noche anterior, mientras se delibera sobre cada cabello, mientras se recompone el peinado descompuesto o se empuja hacia la frente el que falta aquí y allá? ¡Cómo se enfurecen si el barbero fue un poco descuidado, como si estuviera afeitando a un hombre! ¡Cómo se encienden si algo de su melena fue cortado, si algo quedó fuera de lugar, si no todo cayó en sus rizos! ¿Quién de estos no preferiría que se alterara el estado que su peinado? ¿Quién no está más preocupado por el adorno de su cabeza que por su salud? ¿Quién no prefiere estar más acicalado que más honorable? ¿A estos llamas ociosos, ocupados entre el peine y el espejo? 4 ¿Qué decir de aquellos que se ocupan en componer, escuchar y aprender canciones, mientras retuercen la voz, cuyo curso recto la naturaleza hizo óptimo y simplicísimo, en los giros de una modulación muy débil, cuyos dedos, midiendo siempre alguna canción entre sí, suenan constantemente, cuya silenciosa modulación se oye cuando son llamados a asuntos serios, incluso a menudo tristes? Estos no tienen ocio, sino una ocupación inútil. 5 Por Hércules, yo no pondría los banquetes de estos entre los tiempos libres, cuando veo con cuánta ansiedad ordenan la plata, con cuánta diligencia ciñen las túnicas de sus jovencitos depilados, cuán pendientes están de cómo saldrá el jabalí del cocinero, con qué rapidez, dada la señal, correrán los lampiños al servicio, con qué arte se cortarán las aves en trozos no desiguales, con qué esmero los desdichados esclavitos limpian los esputos de los borrachos: con estas cosas se busca fama de elegancia y lujo, y hasta tal punto sus males los persiguen en todos los rincones de la vida, que ni beben ni comen sin ostentación. 6 Tampoco contarás entre los ociosos a aquellos que se hacen llevar en silla o litera de acá para allá y acuden a las horas de sus paseos como si no les estuviera permitido abandonarlos, a quienes otro les advierte cuándo deben bañarse, cuándo nadar, cuándo cenar: hasta tal punto se disuelven en la languidez de un ánimo excesivamente débil, que no pueden saber por sí mismos si tienen hambre. 7 Oigo de uno de estos delicados (si es que debe llamarse delicadeza desaprender la vida y la costumbre humana) que, cuando fue levantado del baño entre las manos y colocado en su silla, dijo preguntando: «¿Ya estoy sentado?» ¿Crees tú que quien ignora si está sentado sabe si vive, si ve, si está ocioso? No diría fácilmente si compadezco más si ignoró esto o si fingió ignorarlo. 8 En verdad experimentan el olvido de muchas cosas, pero también imitan el de muchas; algunos vicios les deleitan como pruebas de su felicidad; parece propio de un hombre demasiado humilde y despreciable saber lo que haces: anda ahora y piensa que los mimos mienten mucho para reprochar el lujo. Por Hércules, omiten más de lo que inventan, y tan grande copia de vicios increíbles ha progresado ingeniosa en este único siglo, que ya podemos acusar a los mimos de negligencia. ¡Que exista alguien que haya perecido hasta tal punto por las delicias que crea a otro si está sentado! 9 Este, pues, no es ocioso, debes ponerle otro nombre: está enfermo, más aún, está muerto; aquel es ocioso quien tiene conciencia de su ocio. Este en verdad está medio muerto, quien necesita un indicador para comprender el estado de su cuerpo; ¿cómo puede este ser dueño de algún tiempo?
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
