Capítulo 4Augusto y el anhelo de descanso
1 Verás que hasta a los hombres más poderosos y encumbrados se les escapan palabras en las que desean el ocio, lo alaban y lo anteponen a todos sus bienes. Desean entretanto descender de su cumbre, si pudieran hacerlo sin peligro; pues aunque nada de fuera los ataque o sacuda, la fortuna se derrumba sobre sí misma. 2 El divino Augusto, a quien los dioses concedieron más que a ningún otro, no dejó de rogar para sí el descanso y de reclamar un retiro de la vida pública; toda su conversación volvía siempre a esto: que esperaba el ocio. Con esto consolaba sus trabajos, incluso falsamente pero con dulce consuelo, diciéndose que algún día viviría para sí mismo. 3 En cierta carta enviada al Senado, tras prometer que su retiro no estaría vacío de dignidad ni reñiría con su gloria anterior, encontré estas palabras: «Pero esto puede hacerse con más esplendor que prometerse. Sin embargo, el deseo del tiempo más ansiado para mí me ha impulsado a anticipar algo del placer saboreando la dulzura de estas palabras». 4 Tan grande le pareció el ocio, que como no podía disfrutarlo en la práctica, lo anticipaba con el pensamiento. Aquel de quien veía que todo dependía de él solo, que daba la fortuna a los hombres y a los pueblos, pensaba con la mayor alegría en el día en que se despojara de su grandeza. 5 Había experimentado cuánto sudor arrancaban aquellos bienes que resplandecían por todas las tierras, cuántas preocupaciones ocultas encubrían: obligado a decidir con las armas primero con sus conciudadanos, luego con sus colegas, finalmente con sus parientes, derramó sangre por mar y tierra. Recorrido por la guerra Macedonia, Sicilia, Egipto, Siria y Asia y casi todas las costas, dirigió sus ejércitos cansados de la matanza romana hacia guerras externas. Mientras pacifica los Alpes y somete a los enemigos mezclados en medio de la paz y del imperio, mientras mueve las fronteras más allá del Rin, el Éufrates y el Danubio, en la propia ciudad se afilaban contra él las espadas de Murena, Cepión, Lépido, Egnacio y otros. 6 Aún no había escapado de sus emboscadas: su hija y tantos jóvenes nobles, unidos como por un juramento en el adulterio, aterrorizaban su edad ya debilitada, y Paulo y, una vez más, una mujer temible junto con Antonio. Había cortado estas llagas junto con los miembros mismos; otras renacían; como un cuerpo cargado de mucha sangre, se rompía siempre por alguna parte. Por eso anhelaba el ocio, en esta esperanza y pensamiento descansaban sus trabajos, este era el voto de quien podía hacer que otros cumplieran sus votos.
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