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Capítulo 2La vida desperdiciada en ocupaciones vanas

Sobre la brevedad de la vida · Séneca · 3 min de lectura

1 ¿De qué nos quejamos a la naturaleza? Ella se ha portado generosamente: la vida, si sabes usarla, es larga. Pero a uno lo domina una avaricia insaciable; a otro, una penosa dedicación a trabajos inútiles; otro está empapado en vino, otro se entorpece en la pereza; a otro lo agota una ambición siempre pendiente de las opiniones ajenas, a otro la precipitada codicia del comercio lo lleva por todas las tierras, por todos los mares, con la esperanza de lucro; a algunos los atormenta el deseo de la carrera militar, siempre atentos a los peligros ajenos o angustiados por los propios; hay quienes se consumen en una servidumbre voluntaria cultivando ingratos a sus superiores; 2 a muchos los ha retenido o la admiración de la belleza ajena o la queja de la propia; a la mayoría, una ligereza errante e inconstante y descontenta consigo misma, que no sigue nada firme, los ha zarandeado por nuevos propósitos; a algunos no les place nada hacia donde dirigir su rumbo, sino que el destino los sorprende lánguidos y bostezando, hasta el punto de que no dudo que sea verdad lo que dijo el más grande de los poetas a manera de oráculo: «Pequeña es la parte de la vida que vivimos». Pues todo lo demás no es vida, sino tiempo. 3 Los vicios acosan y rodean por todas partes y no permiten levantarse ni alzar los ojos a la contemplación de la verdad. Y los mantienen hundidos y clavados en la codicia, nunca les está permitido volver a sí mismos. Si alguna vez les llega por azar algún descanso, como en el mar profundo, donde también después del viento hay oleaje, fluctúan y nunca tienen calma de sus codicias. 4 ¿Crees que hablo de esos cuyos males son evidentes? Mira a aquellos hacia cuya felicidad todos acuden: se ahogan con sus propios bienes. ¡A cuántos les pesan sus riquezas! ¡A cuántos la elocuencia y la continua preocupación por exhibir su talento les saca la sangre! ¡Cuántos están pálidos por los placeres continuos! ¡A cuántos no les deja nada libre el pueblo de clientes que los rodea! En fin, recórrelos a todos desde los más humildes hasta los más encumbrados: este llama a un abogado, este comparece, aquel está en peligro, aquel defiende, aquel juzga, nadie se reclama para sí mismo, uno se consume por el otro. Pregunta por esos cuyos nombres se aprenden, verás que se los distingue por estos rasgos: este es seguidor de aquel, este de aquel otro; nadie es de sí mismo. 5 Luego hay una indignación totalmente demencial en algunos: se quejan del desdén de sus superiores, porque cuando quisieron acercarse a ellos no tuvieron tiempo para recibirlos. ¿Se atreve alguien a quejarse de la soberbia de otro cuando él mismo nunca tiene tiempo para sí? Aquel, sin embargo, seas quien seas, aunque con gesto altanero te miró alguna vez, bajó sus oídos a tus palabras, te admitió a su lado: tú nunca te has dignado mirarte a ti mismo ni escucharte. No hay razón, pues, para que le atribuyas mérito a nadie por esas atenciones, puesto que cuando las hacías no querías estar con otro, sino que no podías estar contigo mismo.

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