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Tratado 8VIII. Que nada de lo que existe perece

Corpus Hermeticum · Hermes Trismegisto · 3 min de lectura

[DE HERMES A TAT]

1Hermes. Acerca del Alma y el Cuerpo, hijo, debemos hablar ahora: de qué manera el Alma es inmortal, y de dónde viene la actividad en componer y disolver el Cuerpo.

Pues no hay muerte para nada de las cosas [que son]; el pensamiento [que] esta palabra transmite, o bien carece de realidad, o [simplemente] al quitarle una sílaba lo que se llama «muerte» resulta ser «inmortal».

Porque la muerte es destrucción, y nada en el Cosmos es destruido. Pues si el Cosmos es el segundo Dios, una vida que no puede morir, no es posible que ninguna parte de esta vida inmortal muera. Todas las cosas en el Cosmos son partes del Cosmos, y la más importante de todas es el hombre, el animal racional.

2Porque verdaderamente primero de todo, eterno y por encima del nacimiento, está Dios el Hacedor de los universales. Segundo está él «a Su imagen», el Cosmos, traído a la existencia por Él, sostenido y alimentado por Él, hecho inmortal, como por su propio Padre, viviendo para siempre, como siempre libre de la muerte.

Ahora bien, lo que vive eternamente difiere de lo Eterno; pues Él no ha sido traído a la existencia por otro, e incluso si Él ha sido traído a la existencia, Él no ha sido traído a la existencia por Sí mismo, sino que es traído a la existencia eternamente.

Porque lo Eterno, en tanto que es eterno, es el todo. El Padre es Él mismo eterno de Sí mismo, pero el Cosmos se ha vuelto eterno e inmortal por el Padre.

3Y de la materia almacenada debajo de él, el Padre hizo de ella un cuerpo universal, y reuniéndola la hizo esférica —envolviéndola alrededor de la vida— [una esfera] que es inmortal en sí misma, y que hace eterna la materialidad.

Pero Él, el Padre, lleno de Sus ideas, sembró las vidas en la esfera, y las encerró como en una cueva, queriendo ordenar la vida con toda clase de viviente.

Así pues encerró con inmortalidad el cuerpo universal, para que la materia no quisiera separarse de la composición del cuerpo, y disolverse en su propio desorden [original].

Porque la materia, hijo, cuando aún estaba incorporada, estaba en desorden. Y todavía retiene aquí abajo esta [naturaleza de desorden] envolviendo al resto de las vidas pequeñas —ese aumento-y-disminución que los hombres llaman muerte.

4Es alrededor de las vidas terrestres que este desorden existe. Pues los cuerpos de los [seres] celestes conservan un orden asignado a ellos desde el Padre como su regla; y es por la restauración de cada uno [de ellos] que este orden se preserva indisoluble.

La «restauración» entonces de los cuerpos en la tierra es [así] su composición, mientras que su disolución los restaura a aquellos cuerpos que nunca pueden ser disueltos, es decir, que no conocen muerte. La privación, pues, del sentido se produce, no la pérdida de los cuerpos.

5Ahora bien, la tercera vida —el Hombre, hecho a imagen del Cosmos, [y] teniendo mente, según la voluntad del Padre, más allá de todas las vidas terrestres— no solo tiene sentimiento del segundo Dios, sino que también tiene concepción del primero; pues de uno es sensible como de un cuerpo, mientras que del otro concibe como incorpóreo y la Mente Buena.

Tat. ¿Acaso esta vida no perece entonces?

Hermes. Silencio, hijo, y entiende qué es Dios, qué es el Cosmos, qué es una vida que no puede morir, y qué es una vida sujeta a disolución.

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