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Tratado 6VI. Solo en Dios está el bien

Corpus Hermeticum · Hermes Trismegisto · 5 min de lectura

1EL BIEN, oh Asclepio, no está en ningún otro salvo en Dios solo; más aún, el Bien es Dios mismo eternamente.

Si es así, [el Bien] debe ser esencia, libre de toda clase de movimiento y de devenir (aunque nada está libre de Él), dotado de energía estable en torno a sí mismo, nunca demasiado poco ni demasiado, un suministro siempre lleno. [Aunque] uno, es sin embargo fuente de todo; pues lo que suministra todo es el Bien. Cuando, además, digo que [suministra] totalmente [todo], es por siempre el Bien. Pero esto no pertenece a ningún otro salvo a Dios solo.

Pues Él no necesita nada, de modo que deseándolo pudiera ser malo; ni puede perderse para Él una sola cosa de las cosas que son, y perdida pudiera causarle dolor; pues el dolor es parte de lo malo.

Tampoco hay nada superior a Él, para que pueda ser sometido por ello; ni ningún igual a Él para hacerle daño, o [de modo que] Él se enamore por su causa; ni nada que no le preste oídos, ante lo cual debiera enfurecerse; ni nada más sabio, para que Él lo envidiara.

2Ahora bien, ya que todas estas cosas no existen en su ser, ¿qué queda sino solo el Bien?

Pues así como nada de lo malo se encuentra en semejante Ser trascendente, así tampoco en ninguno de los demás se encontrará el Bien.

Porque en todos ellos están todas las otras cosas —tanto en lo pequeño como en lo grande, tanto en cada uno por separado como en este viviente que es mayor que todos ellos y el más poderoso [de ellos].

Pues las cosas sujetas al nacimiento abundan en pasiones, siendo el nacimiento en sí mismo pasible. Pero donde hay pasión, el Bien no está en ninguna parte; y donde está el Bien, no hay ni una sola pasión. Pues donde es de día, la noche no está en ninguna parte; y donde es de noche, el día no está en ninguna parte.

Por eso en la génesis el Bien nunca puede estar, sino solo estar en lo ingénito.

Pero dado que el participar en todas las cosas ha sido otorgado a la materia, así también participa del Bien.

De este modo el Cosmos es bueno; en tanto que hace todas las cosas, en la medida en que hace es Bueno, pero en todas las demás cosas no es Bueno. Pues es tanto pasible como sujeto al movimiento, y hacedor de cosas pasibles.

3Mientras que en el hombre lo bueno está determinado por mayor o menor cantidad de lo malo. Pues lo que no es demasiado malo aquí abajo, es bueno; y lo bueno aquí abajo es la parte más pequeña de lo malo.

Por tanto, no puede ser que lo bueno aquí abajo esté totalmente limpio de lo malo, pues aquí abajo lo bueno está ensuciado con lo malo; y estando ensuciado, ya no permanece bueno, y al no permanecer se transforma en malo.

Por eso solo en Dios está el Bien, o más bien el Bien es Dios mismo.

Así pues, Asclepio, solo el nombre del Bien se encuentra en los hombres, la cosa misma en ninguna parte [en ellos], pues esto nunca puede ser.

Pues ningún cuerpo material lo contiene —una cosa rodeada por todas partes por lo malo, por trabajos, dolores, deseos y pasiones, por el error y por pensamientos insensatos.

Y el mal más grande de todos, Asclepio, es que cada una de estas cosas que se han dicho arriba, se piensa aquí abajo que es el bien más grande.

Y lo que es un mal aún mayor, es el apetito del vientre, el error que encabeza la banda de todos los otros males —la cosa que nos hace volvernos aquí abajo del Bien.

4Y yo, por mi parte, doy gracias a Dios, porque Él ha puesto en mi mente acerca de la Gnosis del Bien, que nunca puede ser que esté en el mundo. Pues el mundo es «plenitud» del mal, pero Dios del Bien, y el Bien de Dios.

Las excelencias de lo Bello rodean la esencia misma [del Bien]; más aún, parecen demasiado puras, demasiado sin mezcla; quizás son ellas mismas sus esencias.

Pues uno puede atreverse a decir, Asclepio, —si Él tiene, en verdad, esencia— que la esencia de Dios es lo Bello; lo Bello es además también el Bien.

No hay Bien que pueda obtenerse de los objetos en el mundo. Pues todas las cosas que caen bajo el ojo son cosas-imagen y como cuadros; mientras que aquellas que no se encuentran [con el ojo son las realidades], especialmente la [esencia] de lo Bello y el Bien.

Así como el ojo no puede ver a Dios, así tampoco puede contemplar lo Bello y el Bien. Pues son partes integrales de Dios, unidas solo a Él, familiares inseparables, muy amadas, con quienes Dios mismo está enamorado, o ellas con Dios.

5Si puedes concebir a Dios, concebirás lo Bello y el Bien, que trascienden la Luz, hechos más ligeros que la Luz por Dios. Esa Belleza es incomparable, inimitable ese Bien, así como Dios es Él mismo.

Así como, entonces, concibes a Dios, concibe lo Bello y el Bien. Pues no pueden unirse con ninguna otra de las cosas que viven, ya que nunca pueden ser separadas de Dios.

¿Buscas a Dios? Buscas lo Bello. Uno es el Camino que conduce a Ello —la Devoción unida a la Gnosis.

6Y así es que aquellos que no conocen y no recorren el Camino de la Devoción, se atreven a llamar al hombre bello y bueno, aunque nunca haya visto ni siquiera en sus visiones un ápice de lo que es Bueno, sino que está envuelto en toda clase de lo malo, y piensa que lo malo es bueno, y así hace uso incesante de ello, e incluso teme que le sea quitado, esforzándose al máximo no solo para preservarlo sino incluso para aumentarlo.

Tales son las cosas que los hombres llaman buenas y bellas, Asclepio —cosas que no podemos huir ni odiar; pues lo más duro de todo es que las necesitamos y no podemos vivir sin ellas.

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