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Tratado 17XVIII. El encomio de los reyes

Corpus Hermeticum · Hermes Trismegisto · 9 min de lectura

(SOBRE EL ALMA SIENDO OBSTACULIZADA POR EL [CUERPO])

1[Ahora bien,] en el caso de quienes profesan el arte armónico de la melodía semejante a la musa: si, cuando se ejecuta la pieza, la discordancia de los instrumentos obstaculiza su intención, su interpretación se vuelve ridícula.

Pues cuando sus instrumentos son demasiado débiles para lo que se les exige, el músico artista debe ser objeto de burla por parte del público.

Porque Él, con toda buena voluntad, ofrece de su arte incansablemente; ellos culpan la debilidad [del artista].

Entonces, aquel que es el Músico-Dios Natural, no solo en su creación de la armonía de sus cantos [celestiales], sino también en su emisión del ritmo de la melodía de su propia canción [o canciones] hasta llegar a los instrumentos individuales, es, como Dios, jamás fatigado.

Porque en Dios no existe el cansancio.

2Así pues, si alguna vez un músico desea entrar en el concurso más alto de su arte que puede —cuando ya los trompetistas han interpretado la misma frase de la habilidad [del compositor], y después los flautistas tocaron las dulces notas de la melodía en sus instrumentos, y completan la música de la pieza con flauta y plectro— [si algo sale mal,] uno no culpa a la inspiración del creador de música.

No, [de ninguna manera]; a él uno le rinde el respeto que le es debido; uno culpa a la falsedad del instrumento, en cuanto que se ha convertido en un obstáculo para quienes son los más excelentes —avergonzando al creador de la música en [la ejecución de] su melodía, y robando a quienes escuchan la dulzura de la canción.

3De manera similar también, en nuestro caso, que ninguno de nuestro público, por la debilidad que reside inherente en el cuerpo, culpe impíamente a nuestra Raza.

No, que sepa que Dios es Espíritu Incansable —por siempre de la misma manera poseído de su propia ciencia, incesante en sus dones gozosos, otorgando los mismos beneficios en todas partes.

4Y si al Fidias —el Demiurgo— no se le responde, por falta de materia para perfeccionar su habilidad, aunque por su propia parte el Artista ha hecho todo lo que puede, no echemos la culpa sobre Él.

Sino que, [más bien,] culpemos la debilidad de la cuerda, en cuanto que, por estar demasiado floja o demasiado tensa, estropea el ritmo de la armonía.

5Así que cuando ocurre el infortunio por razón del instrumento, nadie culpa al Artista.

No, [más aún]; cuanto peor resulta ser el instrumento, más gana el Artista en reputación por la frecuencia con la que su mano toca la nota adecuada, y más el amor que los oyentes vierten sobre ese Creador-de-Música, sin el más mínimo pensamiento de culparlo.

Así nosotros también, nobilísimos [Señores], pondremos nuestra propia lira en orden otra vez, por dentro, con el Músico.

6Más aún, he visto a uno del gremio de artistas —aunque no tenía poder de tocar la lira— cuando una vez fue entrenado para el tema verdaderamente noble, hacer uso frecuente de sí mismo como instrumento, y afinar el servicio de su cuerda por medio de misterios, de modo que los oyentes quedaban asombrados de cómo él convertía la necesidad en magnificencia.

Por supuesto conoces la historia del arpista que ganó el favor del Dios que es el presidente del trabajo musical.

[Un día,] cuando estaba tocando por un premio, y cuando la rotura de una cuerda se convirtió en un obstáculo para él en el concurso, el favor del Mejor le suministró otra cuerda, y puso a su alcance el don de la fama.

Una cigarra fue hecha para posarse en su lira, mediante el conocimiento previo del Mejor, y [así] llenar la melodía en sustitución de la cuerda [rota].

Y así, al reparar su cuerda, se detuvo el dolor del arpista, y se ganó fama de victoria.

7Y esto siento que es mi propio caso, nobilísimos [Señores].

Pues hace apenas un momento parecía hacer confesión de mi falta de fuerza, y hacerme el débil por un rato; pero ahora, en virtud de la fuerza de [aquel] Superior, como si mi canción sobre el Rey hubiera sido perfeccionada [por Él, parezco] despertar mi musa.

Porque, debes saber, el final de [este] nuestro deber será la gloriosa fama de los Reyes, y la buena voluntad de nuestro discurso (logos) [se ocupará] de los triunfos que ellos ganan.

Ven entonces, ¡apresurémonos! Porque el cantor lo quiere, y ha afinado su lira para esto; más aún, más dulcemente tocará, más adecuadamente cantará, pues tiene para su canción los temas mayores de su asunto.

8Puesto que, entonces, él tiene el [encordado] de su lira afinado especialmente para los Reyes, y tiene la clave de las canciones laudatorias, y como su meta las alabanzas Reales, que primero se eleve a sí mismo hasta el Rey más alto —el Dios de totalidades.

Comenzando, [pues,] su canción desde lo alto, él, [así,] en segundo lugar, desciende a aquellos a su semejanza que poseen el poder del cetro; ya que los Reyes mismos, en efecto, prefieren que los [temas] de la canción desciendan paso a paso desde lo alto, y donde tienen sus [dones de] victoria presidida sobre ellos, de allí deberían sus esperanzas ser conducidas en sucesión ordenada.

9Que, entonces, el cantor comience con Dios, el Rey más grande de totalidades, que es por siempre libre de muerte, tanto sempiterno como poseído de [todo] el poder de la sempiternidad, el Vencedor Glorioso, el primerísimo, de quien todas las victorias descienden a aquellos que en sucesión llegan a triunfar a su vez.

10Nuestro sermón (logos), entonces, se apresura a descender a las alabanzas [Regias] y a los Presidentes del bien común y la paz, los Reyes —cuyo señorío en los tiempos más antiguos fue colocado sobre el pináculo más alto por Dios Supremo; para quienes los premios ya han sido preparados incluso antes de su proeza en la guerra; de quienes los trofeos han sido levantados incluso antes del choque del conflicto.

Para quienes está designado no solo ser Reyes sino también ser los mejores.

Ante quienes, antes de que siquiera se muevan, la tierra extranjera tiembla.

(SOBRE LA BENDICIÓN DEL MEJOR [UNO])

11Pero ahora nuestro tema (logos) se apresura a mezclar su final con sus comienzos —con la bendición del Mejor [Uno]; y luego a hacer un final definitivo de su discurso (logos) sobre esos Reyes divinísimos que nos dan el [gran] premio de la paz.

Pues así como comenzamos [tratando] del Mejor [Uno] y del Poder de lo Alto, así hagamos que el final se doble de nuevo hacia lo mismo —el Mejor [Uno].

Así como el Sol, la nodriza de todas las cosas que crecen, en su primer surgir, reúne hacia sí mismo las primicias de su rendimiento con sus poderosísimas manos, usando sus rayos como si fuera para arrancar sus frutos —sí, [pues] sus rayos son [verdaderamente] manos para él que recoge primero las [esencias] más ambrosiales de las plantas— así también nosotros, comenzando desde el Mejor [Uno], y [así] receptores de la corriente de su sabiduría, y volviéndola sobre el jardín de nuestras almas por encima de los cielos, —deberíamos [dirigir y] entrenar estas [corrientes] de bendición de nuevo hacia su fuente, [bendición] cuyo poder entero de germinación [en nosotros] Él mismo ha vertido en nosotros.

12Es apropiado que diez mil lenguas y voces sean usadas para enviar sus bendiciones de nuevo hacia el Dios totalmente puro, que es el Padre de nuestras almas; y aunque no podemos pronunciar lo que es apropiado —pues somos [muy] desiguales a la tarea— [sin embargo diremos lo mejor que podamos].

Pues los Bebés recién nacidos no tienen la fuerza para cantar la gloria de su Padre como debe ser cantada; pero dan las gracias apropiadas por ellos, según su fuerza, y se encuentran con perdón por su debilidad.

No, es más bien que la gloria de Dios consiste en esta [una] misma cosa —que Él es más grande que sus hijos; y que el preludio y la fuente, el medio y el fin, de las bendiciones, es confesar que el Padre es infinitamente poderoso y jamás conoce lo que significa un límite.

13Así es, también, en el caso del Rey.

Porque nosotros los hombres, como si fuéramos los hijos del Rey, sentimos como nuestro deber natural dar alabanza a él. Aun así debemos pedir perdón [por nuestra insuficiencia], aunque es otorgado por nuestro Padre antes de que [incluso] lo pidamos.

Y así como no puede ser que el Padre se aparte de los Bebés recién nacidos porque sean tan débiles, sino que más bien se regocijará cuando comiencen a reconocer [su amor] —así también se regocijará la Gnosis del todo, que distribuye vida a todos, y poder de devolver bendición a Dios, que Él nos ha dado.

14Pues Dios, siendo Bueno, y teniendo en Sí mismo eternamente el límite de su propia aptitud eterna, y siendo inmortal, y conteniendo en Sí mismo aquella suerte de aquella herencia que no puede llegar a un fin, y [así] por siempre siempre-fluyendo desde aquella energía Suya, Él envía noticias a este mundo de aquí abajo [para urgirrnos] a la presentación de alabanza que nos trae de regreso a casa.

Con Él, por lo tanto, no hay diferencia entre uno y otro; no hay parcialidad con Él.

Sino que son uno en Pensamiento. Uno es el Presciencia de todos. Tienen una Mente —su Padre.

Uno es el Sentido que está activo a través de ellos —su pasión mutua. Es el Amor Mismo quien obra la única armonía de todos.

15Así, por lo tanto, cantemos la alabanza de Dios.

Más aún, [primero] descendamos a aquellos que han recibido sus cetros de Él.

Porque debemos hacer comienzo con nuestros Reyes, y así practicando sobre ellos, acostumbrarnos a las canciones de alabanza, y entrenarnos en el servicio piadoso al Mejor [Uno].

[Debemos] hacer que los primerísimos comienzos de nuestro ejercicio de alabanza empiecen desde él, y a través de él ejercitar la práctica [de nuestra alabanza], para que así haya en nosotros tanto el ejercicio de nuestra piedad hacia Dios, como de nuestra alabanza a los Reyes.

16Porque debemos hacer retorno a ellos, en cuanto que nos han extendido la prosperidad de tan gran paz.

Es la virtud del Rey, más aún, es su nombre solo, lo que establece la paz.

Tiene su nombre de Rey porque nivela las cumbres de la disensión con su paso suave, y es el señor de la razón (logos) que [hace] la paz.

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