Tratado 15XVI. Las definiciones de Asclepio al rey Amón
1Grande es el sermón (logos) que te envío, oh rey, la suma y compendio, por así decirlo, de todo lo demás.
Pues no está compuesto para adaptarse al prejuicio de la mayoría, ya que contiene mucho que los refuta.
Es más, te parecerá que a veces contradice también mis propios sermones.
Hermes, mi maestro, en muchas conversaciones, tanto a solas como a veces también cuando Tat estaba presente, ha dicho que para quienes se topen con mis libros, su composición parecerá muy simple y [muy] clara; pero, por el contrario, como no es clara y tiene el sentido [interior] de sus palabras oculto, será aún menos clara cuando, más adelante, los griegos quieran trasladar nuestra lengua a la suya —pues esto será una grandísima distorsión y oscurecimiento de [incluso] lo que ya ha sido escrito.
2Traducido a nuestra propia lengua nativa, el sermón (logos) mantiene claro el significado de las palabras (logoi) [al menos].
Pues su misma cualidad de sonido, el [mismo] poder de los nombres egipcios, tienen en sí mismos la puesta en acto de lo que se dice.
Así pues, en cuanto puedas, oh rey —(y tú [lo] puedes todo)— preserva [este] nuestro sermón de la traducción; para que tan grandes misterios no lleguen a los griegos, y el desdeñoso discurso de Grecia, con [toda] su lasitud y su belleza superficial, por así decirlo, no quite toda la fuerza al solemne y fuerte —el enérgico hablar de los Nombres.
Los griegos, oh rey, tienen palabras novedosas, enérgicas solo en cuanto a la «argumentación»; y así es el filosofar de los griegos: el ruido de palabras.
Pero nosotros no usamos palabras; usamos sonidos llenos de obras.
3Así pues, comenzaré el sermón con la invocación a Dios, Señor y Hacedor de los universales, [su] Padre y [su] Abarcador; quien siendo Todo es Uno, y siendo Uno es Todo; porque la Plenitud de todas las cosas es Una, y [está] en Uno, este último Uno no viniendo como un segundo [Uno], sino siendo ambos Uno.
Y esta es la idea que quiero que conserves a lo largo de todo el estudio de nuestro sermón, Señor.
Pues si alguien intenta separar lo que parece ser tanto Todo como Uno y el Mismo de Uno, se encontrará con que toma su epíteto de «Todo» de [la idea de] multitud, y no de [la de] plenitud —lo cual es imposible; pues si separa el Todo del Uno, destruirá el Todo.
Pues todas las cosas deben ser Uno —si en verdad son Uno. Sí, son Uno; y nunca dejarán de ser Uno— a fin de que la Plenitud no sea destruida.
4Mira entonces en la Tierra una multitud de fuentes de Agua y de Fuego brotando en sus partes centrales; en uno y el mismo [espacio todas] las tres naturalezas visibles —de Fuego, y Agua, y de Tierra, dependiendo de una sola Raíz.
5De ahí que también se la crea el Tesoro de toda materia. Envía de su abundancia, y en el lugar [de lo que envía] recibe la subsistencia desde arriba.
Pues así el Demiurgo —me refiero al Sol— ordena eternamente Cielo y Tierra, derramando Esencia hacia abajo, y elevando Materia, atrayendo ambas alrededor de Sí mismo y hacia Sí mismo todas las cosas, y desde Sí mismo dando todas las cosas a todas.
Pues Él es aquel cuyas bondadosas energías se extienden no solo por el Cielo y el Aire, sino también hasta la Tierra, hasta la Profundidad más baja y el Abismo.
6Y si hay una Esencia que solo la mente puede captar, esta es su Sustancia, cuyo reservorio sería Su Luz.
Pero de dónde surge esta [Sustancia], o fluye, Él, [y solo Él], lo sabe.
O más bien, en espacio y naturaleza, Él está cerca de Sí mismo... aunque como no es visto por nosotros,... entiéndelo [a Él] por conjetura.
7Sin embargo, el espectáculo de Él no queda librado a la conjetura; no [pues] Sus mismos rayos, en el mayor esplendor, resplandecen alrededor de todo el Cosmos que yace arriba y yace abajo.
Pues Él está establecido en el medio, coronado con el Cosmos, y así como un buen auriga, conduce con seguridad el tiro cósmico, y los contiene hacia Sí mismo, no sea que se desboquen en terrible desorden.
Las riendas son Vida, y Alma, y Espíritu, Inmortalidad y Génesis.
Él lo deja entonces conducir [alrededor] no lejos de Sí mismo —es más, si se dice la verdad, junto con Él mismo.
8Y de esta manera Él opera todas las cosas. A los inmortales les distribuye permanencia perpetua; y con el hemisferio superior de Su propia Luz —todo lo que envía arriba desde Su otro lado, [el lado de él] que mira al Cielo— nutre las partes inmortales del Cosmos.
Pero con aquel lado que envía abajo [su Luz], y resplandece alrededor de todo el hemisferio de Agua, y de Tierra, y Aire, Él vivifica, y por nacimientos y cambios mantiene en movimiento de un lado a otro los animales en estas [las inferiores] partes del Cosmos...
9Él los cambia en forma espiral, y los transforma unos en otros, género en género, especie en especie, siendo sus mutuos cambios unos en otros equilibrados —tal como hace cuando trata con los Grandes Cuerpos.
Pues en el caso de todo cuerpo, [su] permanencia [consiste en] transformación.
En el caso de uno inmortal, no hay disolución; pero cuando es mortal, está acompañada de disolución.
Y así es como el cuerpo inmortal difiere del mortal, y cómo el mortal difiere del inmortal.
10Además, como Su Luz es continua, así es Su Poder de dar Vida a las vidas continuo, y no puede ser llevado a su fin en espacio o en abundancia.
Pues hay muchos coros de daimones alrededor de Él, como huestes de clases muy variadas; quienes aunque moran con los mortales, no están lejos de los inmortales; sino que teniendo como su lote desde aquí hasta los espacios de los Dioses, vigilan los asuntos de los hombres, y realizan las cosas designadas por los Dioses —por medio de tormentas, torbellinos y huracanes, por transmutaciones operadas por fuego y sacudidas de la tierra, con hambrunas también y con guerras requiriendo [la] impiedad [del hombre]— pues esta es en el caso del hombre la mayor maldad contra los Dioses.
11Pues el deber de los Dioses es dar beneficios; el deber de la humanidad es dar adoración; el deber de los daimones es dar retribución.
Pues en cuanto a todas las otras cosas que los hombres hacen, por error, o temeridad, o por necesidad, que llaman Destino, o ignorancia —estas no se consideran retribuibles entre los Dioses; solo la impiedad es culpable ante su tribunal.
12El Sol es el preservador y el nutridor de toda clase.
Y así como el Mundo Inteligible, sosteniendo al Sensible en su abrazo, lo llena [todo] completamente, extendiéndolo con formas de toda clase y toda figura —así también el Sol extiende todo en el Cosmos, proporcionando nacimientos a todo, y fortaleciéndolos.
Cuando están cansados o desfallecen, Él los toma en Sus brazos de nuevo.
13Y bajo Él está dispuesto el coro de daimones —o, más bien, coros; pues estos son multitudinarios y muy variados, clasificados debajo de los grupos de Estrellas, en igual número con cada una de ellas.
Así, ordenados en sus rangos, son los ministros de cada una de las Estrellas, siendo en sus naturalezas buenos, y malos, es decir, en sus actividades (pues la esencia de un daimon es actividad); mientras que algunos de ellos son [de] naturalezas [mezcladas], buenas y malas.
14A todos estos se les ha asignado la autoridad sobre las cosas en la Tierra; y son ellos quienes producen la múltiple confusión de los tumultos en la Tierra —para estados y naciones en general, y para cada individuo por separado.
Pues modelan nuestras almas a su semejanza, y las ponen en movimiento con ellos, —obsesionando nervios, y médula, venas y arterias, el cerebro mismo, hasta el corazón mismo.
15Pues al nacer cada uno de nosotros y ser vivificado, los daimones se apoderan de nosotros —aquellos [daimones] que están en servicio en ese momento [de la rueda] de la Génesis, que están clasificados bajo cada una de las Estrellas.
Pues estos cambian a cada momento; no permanecen iguales, sino que vuelven a circular.
Estos, entonces, descendiendo a través del cuerpo hasta las dos partes del alma, la ponen girando, cada uno hacia su propia actividad.
Pero la parte racional del alma está por encima del señorío de los daimones —diseñada para ser receptáculo de Dios.
16Quien entonces tiene un Rayo resplandeciendo sobre él a través del Sol dentro de su parte racional —y estos son pocos en todos— sobre ellos los daimones no actúan; pues ninguno de los daimones o de los Dioses tiene poder alguno contra un Rayo de Dios.
En cuanto al resto, todos son conducidos y arrastrados, alma y cuerpo, por los daimones —amando y odiando las actividades de estos.
La razón (logos), [entonces,] no es el amor que es engañado y que engaña.
Los daimones, por tanto, ejercen toda esta economía terrena, usando nuestros cuerpos como [sus] instrumentos.
Y a esta economía Hermes la ha llamado Heimarmene.
17El Mundo Inteligible, entonces, depende de Dios; el Sensible del [Mundo] Inteligible.
El Sol, a través del Cosmos Inteligible y el Sensible, derrama abundantemente la corriente de Dios del Bien, —es decir, la operación demiúrgica.
Y alrededor del Sol están las Ocho Esferas, dependientes de Él —la [Esfera] de los No-errantes, las Seis [Esferas] de los Errantes, y una Circunterrestre.
Y de las Esferas dependen los daimones; y de estos, los hombres.
Y así todas las cosas y todos [ellos] dependen de Dios.
18Por lo cual Dios es el Padre de todos; el Sol [su] Demiurgo; el Cosmos es el instrumento de la operación demiúrgica.
La Esencia Inteligible regula el Cielo; y el Cielo, los Dioses; los daimones, clasificados debajo de los Dioses, regulan a los hombres.
Esta es la hueste de Dioses y daimones.
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