Libro IX
Carta75
Te quejas de que las cartas que te envío son poco cuidadas. ¿Pero quién habla con cuidado salvo el que quiere hablar con afectación? Como sería mi conversación si estuviéramos juntos sentados o paseando, despreocupada y natural, así quiero que sean mis cartas, que no tengan nada rebuscado ni fingido. Si fuera posible, preferiría mostrarte lo que pienso más que decirlo. Incluso si estuviera argumentando, no golpearía el suelo con el pie ni agitaría la mano ni alzaría la voz, sino que dejaría esas cosas para los oradores, contento con haberte transmitido mis pensamientos sin adornarlos ni rebajarlos. Solo querría demostrarte claramente esto: que siento de verdad todo lo que digo, y no solo lo siento sino que lo amo. Una cosa es cómo los hombres besan a su amante y otra cómo besan a sus hijos; sin embargo, incluso en este abrazo tan santo y moderado se nota suficientemente el afecto. No quiero, por Hércules, que sea seco y vacío lo que se diga sobre asuntos tan importantes (pues la filosofía no renuncia al talento), pero no hay que dedicar mucho esfuerzo a las palabras. Que esta sea la regla de nuestro propósito: digamos lo que sentimos, sintamos lo que decimos; que el discurso concuerde con la vida. Ha cumplido su promesa quien es el mismo cuando lo ves que cuando lo escuchas. Veremos cómo es, cuán grande es: es uno solo. Que las palabras no nos deleiten sino que nos aprovechen. Si, no obstante, la elocuencia puede lograrse sin esfuerzo, si ya está disponible o cuesta poco, que esté presente y acompañe los asuntos más nobles: que sea tal que muestre los asuntos más que a sí misma. Las demás artes pertenecen por completo al talento, aquí se trata de un asunto del alma. El enfermo no busca un médico elocuente, pero si resulta que aquel que puede sanarlo expone con elegancia lo que hay que hacer, lo considerará positivo. Sin embargo, no tendrá por qué felicitarse de haber dado con un médico además diserto; pues esto es como si un piloto experto fuera también hermoso. ¿Por qué me halagos el oído? ¿Por qué me deleitas? Se trata de otra cosa: debo ser cauterizado, cortado, mantenerme en abstinencia. Para esto has sido llamado; debes curar una enfermedad antigua, grave, pública; tienes tanto trabajo como un médico en una peste. ¿Andas ocupado con las palabras? Alégrate ya de que puedas responder a los asuntos. ¿Cuándo aprenderás tantas cosas? ¿Cuándo fijarás en ti lo que has aprendido de modo que no pueda olvidarse? ¿Cuándo lo pondrás a prueba? Pues no basta, como con otras cosas, haberlo confiado a la memoria: hay que probarlo en la práctica; no es feliz quien sabe esas cosas, sino quien las hace.
«¿Qué pasa entonces? ¿No hay grados por debajo de aquel? ¿Después de la sabiduría ya se cae en picado?» No, según creo; pues quien progresa está en el número de los necios, pero se encuentra separado de ellos por un gran intervalo. Entre los mismos que progresan también hay grandes diferencias: se dividen en tres clases, según opinan algunos.
Los primeros son quienes aún no tienen la sabiduría pero ya se han situado en su vecindad; sin embargo, incluso lo que está cerca está fuera. ¿Preguntas quiénes son? Los que ya han dejado todos los afectos y vicios, han aprendido lo que había que abrazar, pero todavía les falta confianza probada. Aún no tienen en uso su bien, pero ya no pueden recaer en aquello de lo que huyeron; ya están donde no hay retroceso posible, pero esto todavía no les resulta claro respecto a sí mismos: lo que recuerdo haber escrito en cierta carta, «no saben que saben». Ya les ha tocado disfrutar de su bien, no todavía confiar. Algunos abarcan de tal modo este tipo de progresantes del que he hablado que dicen que ya han escapado de las enfermedades del alma, pero no de los afectos, y que todavía están en terreno resbaladizo, porque nadie está fuera del peligro de la maldad salvo quien la ha sacudido por completo; y nadie la ha sacudido salvo quien ha asumido la sabiduría en su lugar. He dicho muchas veces ya qué diferencia hay entre las enfermedades del alma y los afectos. También ahora te lo recordaré: las enfermedades son vicios inveterados y duros, como la avaricia, como la ambición; estos han atrapado el alma de manera excesivamente estrecha y han empezado a ser males permanentes suyos. Para definirlo brevemente, la enfermedad es un juicio obstinado en lo erróneo, como si fueran muy apetecibles cosas que deben apetecerse levemente; o, si prefieres, definámoslo así: insistir demasiado en buscar lo que debe buscarse levemente o no buscarse en absoluto, o tener en gran estima lo que debe tenerse en alguna o en ninguna. Los afectos son movimientos del alma reprobables, súbitos y agitados, que cuando son frecuentes y descuidados producen enfermedad, como un resfriado único y aún no convertido en costumbre produce tos, pero si es continuo y antiguo produce tisis. Por eso quienes más han progresado están fuera de las enfermedades, pero todavía sienten afectos, muy próximos a la perfección.
El segundo tipo es el de aquellos que han dejado tanto los mayores males del alma como los afectos, pero de modo que no tienen posesión segura de su tranquilidad; pues pueden recaer en lo mismo.
El tercer tipo está fuera de muchos y grandes vicios, pero no de todos. Ha escapado de la avaricia pero todavía siente la ira; ya no le perturba el deseo, pero todavía la ambición; ya no desea, pero todavía teme, y en el miedo mismo es bastante firme ante ciertas cosas, pero cede ante otras: desprecia la muerte, se asusta del dolor.
Reflexionemos algo sobre este punto: nos irá bien si somos admitidos en este número. El segundo grado se ocupa con gran felicidad de la naturaleza y gran y constante aplicación del estudio; pero ni siquiera el tercer puesto es despreciable. Piensa cuántos males ves a tu alrededor; mira cómo no hay crimen sin ejemplo, cuánto progresa cada día la maldad, cuánto se peca pública y privadamente: entenderás que conseguimos bastante si no estamos entre los peores. «Yo, sin embargo», dices, «espero poder llegar a un rango superior». Esto lo desearía para nosotros más que prometérmelo: estamos ocupados de antemano, nos esforzamos por la virtud retenidos entre los vicios. Me avergüenza decirlo: cultivamos lo honesto cuando hay tiempo. Pero ¡qué gran premio nos espera si rompemos nuestras ocupaciones y los males más tenaces! Ni el deseo ni el temor nos empujarán; no agitados por terrores, no corrompidos por placeres, ni temeremos la muerte ni a los dioses; sabremos que la muerte no es un mal, que los dioses no son un mal. Es tan débil lo que daña como aquello a lo que se daña: las cosas óptimas carecen de poder dañino. Nos esperan, si de esta escoria alguna vez escapamos a lo sublime y elevado, la tranquilidad del alma y, expulsados los errores, la libertad absoluta. ¿Preguntas qué es eso? No temer ni a los hombres ni a los dioses; no querer cosas vergonzosas ni excesivas; tener el máximo poder sobre uno mismo: es un bien inestimable ser dueño de uno mismo. Adiós.
Carta76
Me declaras la enemistad si ignoras algo de lo que hago cada día. Mira con qué franqueza vivo contigo: también te confiaré esto. Escucho a un filósofo y ya hace cinco días que voy a la escuela y lo escucho argumentar desde la hora octava. «A buena edad», dices. ¿Cómo no buena? Pero ¿qué hay más necio que no aprender porque hace tiempo que no aprendes? «¿Qué pasa entonces? ¿Haré lo mismo que los jovenzuelos?» Me va bien si esto es lo único que deshonra mi vejez: esta escuela admite hombres de toda edad. «¿Envejeceremos para seguir a los jóvenes?» ¿De viejo iré al teatro y me harán llevar al circo y ningún par de gladiadores luchará sin mí, pero me avergonzará ir al filósofo? Hay que aprender mientras no se sabe; si creemos al proverbio, mientras se viva. Y a nada conviene esto más que a esto: hay que aprender cómo vivir mientras se viva. Sin embargo, también enseño algo allí. ¿Preguntas qué enseño? Que también un viejo debe aprender. Pero me avergüenzo del género humano cada vez que entro en la escuela. Como sabes, hay que pasar junto al teatro mismo de los napolitanos al buscar la casa de Metronactes. Aquel está lleno a rebosar, y con gran entusiasmo se juzga quién es buen flautista; también el trompetista griego y el pregonero tienen concurrencia: pero en aquel lugar donde se busca al hombre bueno, donde se aprende el hombre bueno, muy pocos están sentados, y estos parecen a la mayoría no tener nada bueno que hacer; se les llama ineptos y ociosos. Que me toque a mí esa burla: hay que escuchar con ánimo tranquilo los insultos de los ignorantes, y al ir hacia lo honesto hay que despreciar el desprecio mismo.
Sigue adelante, Lucilio, y apresúrate, no sea que te ocurra lo que a mí, que aprendas de viejo; o mejor, apresúrate aún más porque ahora has emprendido algo que apenas podrás aprender del todo siendo viejo. «¿Cuánto», dices, «progresaré?» Cuanto intentes. ¿Qué esperas? A nadie le toca ser sabio por casualidad. El dinero vendrá por sí solo, el honor se ofrecerá, el favor y la dignidad quizá se te impondrán: la virtud no caerá sobre ti. Ni siquiera con un esfuerzo ligero o un pequeño trabajo se la conoce; pero vale la pena trabajar para quien va a ocupar todos los bienes de una vez. Pues hay un solo bien, lo honesto: en aquellas cosas no encontrarás nada verdadero, nada seguro, cualesquiera que agraden a la fama. Te diré por qué el único bien es lo honesto, ya que juzgas que lo desarrollé poco en la carta anterior y piensas que este asunto te fue más elogiado que demostrado, y voy a resumir en apretada síntesis lo que se ha dicho.
Todas las cosas valen por su propio bien. A la vid la recomienda su fertilidad y el sabor del vino; al ciervo, su velocidad; preguntas qué tan fuertes de lomo sean las bestias de carga, cuyo único uso es transportar peso; en el perro lo primero es el olfato, si debe rastrear fieras, la carrera, si perseguirlas, la audacia, si morder y atacar: aquello para lo que nace debe ser lo mejor en cada uno, aquello por lo que se valora. En el hombre, ¿qué es lo mejor? La razón: con ella supera a los animales, sigue a los dioses. Por tanto, la razón perfecta es su bien propio, lo demás lo tiene en común con los animales y las plantas. Tiene fuerza: también los leones. Es hermoso: también los pavos reales. Es veloz: también los caballos. No digo que en todas estas cosas sea superado; no pregunto qué tiene de mayor en sí, sino qué tiene de suyo. Tiene cuerpo: también los árboles. Tiene impulso y movimiento voluntario: también las bestias y los gusanos. Tiene voz: pero ¡cuánto más clara la de los perros, más aguda la de las águilas, más grave la de los toros, más dulce y cambiante la de los ruiseñores! ¿Qué hay propio del hombre? La razón: esta, recta y consumada, ha colmado la felicidad del hombre. Por tanto, si toda cosa es laudable cuando ha perfeccionado su bien y ha llegado al fin de su naturaleza, y el bien del hombre es la razón, si la perfecciona es laudable y ha alcanzado el fin de su naturaleza. Esta razón perfecta se llama virtud y es también lo honesto. Por tanto, lo único bueno en el hombre es lo que es únicamente del hombre; pues ahora no preguntamos qué sea el bien, sino qué sea el bien del hombre. Si nada hay del hombre salvo la razón, esta será su único bien, pero que haya de valorarse junto con todo lo demás. Si alguien es malo, creo que será reprobado; si bueno, creo que será aprobado. Por tanto, eso es lo primero y único en el hombre por lo que se le aprueba o reprueba.
No dudas de si esto es un bien; dudas de si es el único bien. Si alguien tiene todo lo demás, salud, riquezas, muchos antepasados ilustres, un atrio concurrido, pero es manifiestamente malo, lo reprobarás; igualmente, si alguien no tiene nada de lo que mencioné, le falta dinero, multitud de clientes, nobleza y serie de abuelos y bisabuelos, pero es manifiestamente bueno, lo aprobarás. Por tanto, esto es el único bien del hombre, que quien lo tiene, aunque carezca de lo demás, es digno de alabanza, y quien no lo tiene es condenado y rechazado en medio de la abundancia de todo lo demás. La condición de las cosas es la misma que la de los hombres: se dice que un barco es bueno no porque esté pintado con colores preciosos ni porque tenga un espolón de plata u oro ni porque su mascarón esté tallado en marfil ni porque vaya cargado de tesoros y riquezas reales, sino porque es estable y firme y tupido en las junturas que excluyen el agua, sólido para resistir el embate del mar, obediente al timón, veloz y que no sufre con el viento; dirás que una espada es buena no porque tenga un tahalí dorado ni porque su vaina esté adornada con gemas, sino porque tiene filo sutil para cortar y punta capaz de romper cualquier defensa; de una regla no se pregunta cuán hermosa es, sino cuán recta; cada cosa se alaba por aquello para lo que se hizo, lo que le es propio. Por tanto, también en el hombre nada importa cuánto are, cuánto preste con interés, cuántos le saluden, en qué lecho precioso se recueste, en qué copa transparente beba, sino cuán bueno sea. Es bueno si su razón está desarrollada y recta y acomodada a la voluntad de su naturaleza. Esto se llama virtud, esto es lo honesto y el único bien del hombre. Pues como solo la razón perfecciona al hombre, solo la razón lo hace perfectamente feliz; y esto es el único bien por el cual únicamente se hace feliz. Decimos que también son bienes aquellos que han sido producidos y reunidos por la virtud, es decir, todas sus obras; pero por eso ella sola es el bien, porque ninguno existe sin ella. Si todo bien está en el ánimo, es bueno lo que lo fortalece, eleva y engrandece; ahora bien, la virtud hace el ánimo más fuerte, más elevado y más grande. Pues las demás cosas que excitan nuestras codicias también deprimen el ánimo y lo debilitan, y cuando parecen elevarlo lo hinchan y lo engañan con mucha vanidad. Por tanto, el único bien es aquel por el que el ánimo se hace mejor. Todas las acciones de la vida entera se regulan con consideración de lo honesto y lo vergonzoso; a esto se dirige la razón de hacer y no hacer. Diré qué es esto: un hombre bueno hará lo que piense que va a hacer honestamente, aunque sea laborioso, lo hará aunque sea perjudicial, lo hará aunque sea peligroso; a su vez, no hará lo que sea vergonzoso, aunque le traiga dinero, aunque le traiga placer, aunque le traiga poder; nada lo apartará de lo honesto, nada lo invitará a lo vergonzoso. Por tanto, si ha de seguir siempre lo honesto, ha de evitar siempre lo vergonzoso, y en toda acción de la vida ha de considerar estas dos cosas, y no hay otro bien que lo honesto ni otro mal que lo vergonzoso, si solo existe la virtud incorrupta y solo ella permanece en su tenor, la virtud es el único bien, a la cual ya no puede ocurrirle que no sea un bien. Escapa al peligro del cambio: la necedad se arrastra hacia la sabiduría, la sabiduría no retrocede hacia la necedad.
Dije, si acaso lo recuerdas, que muchos han pisoteado con irreflexivo impulso incluso las cosas codiciadas y temidas por el vulgo: se ha encontrado quien arrojara las riquezas, se ha encontrado quien pusiera la mano en las llamas, a quien el torturador no interrumpiera la risa, quien en el funeral de sus hijos no derramara lágrima, quien saliera sin temor al encuentro de la muerte; pues el amor, la ira, la codicia han reclamado los peligros. Lo que puede una breve obstinación del ánimo, excitada por algún estímulo, ¡cuánto más la virtud, que no vale por impulso ni súbitamente sino de manera constante, cuyo vigor es perpetuo! Se sigue que las cosas que a menudo desprecian los irreflexivos, y siempre los sabios, no son ni bienes ni males. Por tanto, solo la virtud es el bien, que camina orgullosa entre esta fortuna y aquella con gran desprecio de ambas.
Si aceptas esta opinión, que hay algún bien además de lo honesto, todas las virtudes sin excepción se verán en dificultades; pues ninguna podrá mantenerse si mira hacia algo fuera de sí. Y si esto ocurre, se opone a la razón, de la cual proceden las virtudes, y a la verdad, que no existe sin razón; ahora bien, toda opinión que se opone a la verdad es falsa. Tendrás que conceder que el hombre bueno tiene la suma piedad hacia los dioses. Por tanto, sobrellevará con ánimo ecuánime lo que le suceda; pues sabrá que ha sucedido por ley divina por la que todas las cosas avanzan. Si esto es así, su único bien será lo honesto; pues en esto se basa obedecer a los dioses y no encolerizarse ante lo repentino ni deplorar su suerte, sino soportar pacientemente el destino y cumplir sus órdenes. Si hay algún otro bien que lo honesto, nos seguirá el ansia de vida, el ansia de las cosas que adornan la vida, lo cual es intolerable, infinito, vago. Por tanto, solo lo honesto es el bien, que tiene medida.
Dijimos que la vida de los hombres sería más feliz que la de los dioses, si son bienes aquellos de los cuales los dioses no tienen uso, como el dinero, los honores. Añade ahora que, si las almas permanecen una vez liberadas de los cuerpos, les queda un estado más feliz que el que tienen mientras se hallan en el cuerpo. Pero si son bienes aquellos que usamos mediante el cuerpo, estarán peor una vez liberadas, lo cual va contra la fe: que sean más felices las encerradas y sitiadas que las libres y entregadas al universo. También dije aquello: si son bienes los que corresponden tanto al hombre como a los animales mudos, también los animales mudos van a vivir una vida feliz; lo cual de ningún modo puede ocurrir. Hay que soportar todo por lo honesto; lo cual no habría que hacer si hubiera algún otro bien que lo honesto.
Aunque hubiera desarrollado estas cosas más extensamente en la carta anterior, las he condensado y repasado brevemente. Nunca te parecerá verdadera tal opinión, a menos que eleves tu ánimo y te interrogues a ti mismo: si las circunstancias exigieran que mueras por la patria y redimas con la tuya la salvación de todos los ciudadanos, ¿vas a tender el cuello no solo con paciencia sino también con alegría? Si vas a hacer esto, no hay otro bien; pues abandonas todo para tener esto. Mira cuánta es la fuerza de lo honesto: morirás por la república, incluso si vas a hacer esto inmediatamente cuando sepas que tienes que hacerlo. A veces de una acción hermosísima se recibe un gran gozo incluso en poco tiempo y brevemente, y aunque ningún fruto de la obra realizada llegue al difunto y apartado de las cosas humanas, sin embargo, ayuda la misma contemplación de la obra futura, y el hombre fuerte y justo, cuando ha puesto ante sí los premios de su muerte, la libertad de la patria, la salvación de todos por los que entrega su vida, está en la suma voluptuosidad y disfruta de su peligro. Pero también aquel a quien se le arranca incluso este gozo que proporciona el manejo de la obra máxima y última, saltará a la muerte sin vacilación, contento con hacer lo recto y piadoso. Oponle incluso ahora muchas cosas que lo disuadan, di: «De tu acción seguirá pronto el olvido y la poco agradecida estima de los ciudadanos». Te responderá: «Todo eso está fuera de mi obra, yo contemplo la obra misma; sé que esto es honesto; por tanto, voy adonde me guía y llama».
Así pues, este es el único bien, el que percibe no solo el espíritu perfecto sino también el noble y de buena índole: lo demás es ligero, mudable. Por eso se posee con inquietud; incluso si por favor de la fortuna se acumula todo en un mismo lugar, pesa sobre sus dueños y los oprime siempre, a veces incluso se burla de ellos. Ninguno de esos que ves vestidos de púrpura es feliz, como tampoco lo son aquellos a quienes las obras de teatro asignan cetro y manto en escena: cuando han desfilado majestuosos y con coturnos ante el público, en cuanto salen, se descalzan y vuelven a su estatura real. Ninguno de aquellos a quienes las riquezas y los honores colocan en una cima más alta es grande. ¿Por qué entonces parece grande? Porque lo mides junto con su pedestal. Un enano no es grande aunque se haya subido a una montaña; un coloso conservará su grandeza incluso si está de pie en un pozo. Sufrimos este error, así nos engañan, porque no valoramos a nadie por lo que es, sino que le añadimos también aquello con lo que está adornado. Pero cuando quieras hacer una valoración verdadera del hombre y saber cómo es, obsérvalo desnudo; que abandone su patrimonio, que abandone los honores y las demás mentiras de la fortuna, que se despoje del propio cuerpo: contempla su espíritu, cómo es y cuán grande es, si es grande por lo ajeno o por lo propio. Si mira con ojos firmes las espadas relucientes y si sabe que nada importa que el alma salga por la boca o por la garganta, llámalo dichoso; si cuando le anuncian los tormentos del cuerpo y los que vienen por azar y por la injuria del más poderoso, si escucha sin miedo los grilletes y los destierros y los vanos temores de las mentes humanas, y dice:
«Oh doncella, ningún aspecto de los trabajos se me presenta nuevo o inesperado; todo lo previne y lo realicé en mi interior conmigo mismo.
Tú hoy me anuncias eso: yo siempre me lo anuncié a mí mismo y preparé al hombre para lo humano». El golpe del mal previsto llega amortiguado. Pero a los necios y a quienes confían en la fortuna todo aspecto de las cosas les parece nuevo e inesperado; sin embargo, gran parte del mal para los inexpertos es la novedad. Para que lo sepas, soportan con más fortaleza aquello que les pareció duro cuando se han acostumbrado. Por eso el sabio se acostumbra a los males futuros, y lo que otros hacen leve al soportarlo largo tiempo, este lo hace leve al pensarlo largo tiempo. Oímos a veces las voces de los inexpertos que dicen «sabía que esto me aguardaba»: el sabio sabe que todo le aguarda; cualquier cosa que sucede, dice «lo sabía». Adiós.
Carta77
De repente se nos aparecieron hoy las naves alejandrinas, que suelen enviarse por delante y anunciar la llegada de la flota que las sigue: las llaman correos. Grata es su vista para Campania: toda la multitud se detiene en los muelles de Puzol y reconoce las alejandrinas incluso en medio de una gran multitud de naves por el tipo mismo de sus velas; pues solo a ellas les está permitido desplegar la vela de gavia, que todas las naves tienen en alta mar. Pues nada ayuda igualmente a la marcha como la parte más alta de la vela; desde allí se impulsa principalmente la nave. Por eso, cada vez que el viento se refuerza y es mayor de lo que conviene, se baja la verga: el viento tiene menos fuerza desde abajo. Cuando han entrado en Capri y en el promontorio desde el cual
«Palas observa desde su alta cima sobre el mar tempestuoso»,
las demás naves deben contentarse con la vela: la gavia es la insignia de las alejandrinas.
En esta carrera de todos apresurándose hacia la costa sentí gran placer en mi pereza, porque no me apresuré a recibir las cartas de los míos ni a saber cuál era el estado de mis asuntos allí, qué traían: ya hace tiempo que ni pierdo nada ni adquiero. Esto, incluso si no fuera viejo, habría que sentirlo, pero ahora mucho más: por poco que tuviera, sin embargo ya me quedaría más viatico que camino, sobre todo porque hemos emprendido un camino que no es necesario recorrer. Un viaje quedará incompleto si te detienes en medio o antes del lugar buscado: la vida no está incompleta si es honesta; dondequiera que termines, si terminas bien, es completa. A menudo hay que terminar incluso valientemente y no por las causas más grandes; pues tampoco son las más grandes las que nos retienen.
Tulio Marcelino, a quien conocías muy bien, joven tranquilo y viejo prematuramente, atacado por una enfermedad no incurable pero larga y molesta y que exigía mucho, comenzó a deliberar sobre la muerte. Convocó a varios amigos. Cada uno le aconsejaba, porque era tímido, lo que se habría aconsejado a sí mismo, o porque era adulador y halagador, daba el consejo que suponía sería más grato al que deliberaba. Nuestro amigo estoico, hombre egregio y, para alabarlo con las palabras con que merece ser alabado, varón fuerte y enérgico, me parece que lo exhortó de la mejor manera. Pues empezó así: «No te atormentes, mi querido Marcelino, como si deliberaras sobre algo grande. No es cosa grande vivir: todos tus esclavos viven, todos los animales: grande es morir honestamente, prudentemente, valientemente. Piensa cuánto tiempo ya haces lo mismo: comida, sueño, deseo sexual; por este círculo se recorre; querer morir puede no solo el prudente o el valiente o el desdichado, también el hastiado». No necesitaba un consejero sino un ayudante: los esclavos no querían obedecer. Primero les quitó el miedo y les indicó que la servidumbre corría peligro entonces cuando era incierto si la muerte del amo había sido voluntaria; de otra manera, era tan mal ejemplo matar al amo como impedírselo. Luego advirtió al propio Marcelino que no era inhumano que, así como al terminar la cena se reparten las sobras entre los presentes, así al terminar la vida se ofreciera algo a quienes habían sido servidores de toda su vida. Era Marcelino de espíritu fácil y liberal incluso cuando se trataba de lo suyo; así pues, distribuyó pequeñas sumas entre los esclavos que lloraban y él mismo los consoló. No tuvo necesidad de hierro ni de sangre: se abstuvo durante tres días y ordenó que se colocara una tienda en su propia habitación. Luego se llevó una bañera, en la que yació largo tiempo y regada continuamente con agua caliente poco a poco se fue debilitando, como decía, no sin cierto placer, que suele producir la suave disolución, no desconocida para nosotros a quienes alguna vez nos abandonó el ánimo.
Me he extendido en un relato que no te será ingrato; pues conocerás la salida de tu amigo, ni difícil ni miserable. Pues aunque se procuró la muerte, sin embargo salió muy suavemente y se deslizó de la vida. Pero ni siquiera este relato será inútil; pues a menudo la necesidad exige tales ejemplos. A menudo debemos morir y no queremos, morimos y no queremos. Nadie es tan inexperto que no sepa que algún día habrá de morir; sin embargo, cuando se acerca, se escabulle, tiembla, llora. ¿No te parece el más necio de todos quien lloró porque no vivió mil años antes? Igualmente necio es quien llora porque no vivirá mil años después. Estas cosas son iguales: no serás ni fuiste; ambos tiempos son ajenos. Has sido arrojado a este punto, que si lo extiendes, ¿hasta dónde lo extenderás? ¿Por qué lloras? ¿Qué deseas? Pierdes el esfuerzo.
«Deja de esperar doblegar los destinos de los dioses con tu ruego».
Son fijos e inmutables y se conducen por una necesidad grande y eterna: irás adonde van todas las cosas. ¿Qué hay de nuevo para ti? Naciste bajo esta ley; esto le sucedió a tu padre, esto a tu madre, esto a tus antepasados, esto a todos antes de ti, esto a todos después de ti. Una serie invencible e inmutable por ningún poder ha atado y arrastra todas las cosas. ¡Qué gran multitud de los que han de morir te seguirá, cuánta te acompañará! Serías más valiente, creo, si muchos miles murieran contigo; pero muchos miles de hombres y de animales emiten el alma de diversas maneras en este mismo momento en que tú dudas en morir. Pero tú no pensabas que alguna vez llegarías a aquello hacia lo que siempre ibas. Ningún camino está sin salida.
¿Piensas que voy a contarte ahora ejemplos de grandes hombres? Te contaré ejemplos de niños. Se recuerda a aquel espartano, todavía impúber, que capturado gritaba «no seré esclavo» en su dialecto dórico, y cumplió su palabra: en cuanto le ordenaron realizar un servicio servil y humillante (pues le mandaban traer un orinal), se estrelló la cabeza contra la pared. Tan cerca está la libertad: ¿y alguien es esclavo? ¿Acaso no preferirías que tu hijo muriera así antes que llegar a viejo por cobardía? Entonces, ¿por qué te turbas si morir con valentía es cosa incluso de niños? Imagina que no quieres seguir: te llevarán a rastras. Haz por tu cuenta lo que de todos modos será contra tu voluntad. ¿No vas a adoptar el espíritu de aquel niño para decir «no seré esclavo»? Desdichado, eres esclavo de los hombres, eres esclavo de las cosas, eres esclavo de la vida; porque la vida, si falta el valor de morir, es esclavitud. ¿Tienes acaso algún motivo para seguir esperando? Los placeres mismos que te retienen y detienen ya los has agotado: ninguno te resulta nuevo, ninguno deja de producirte hastío por la propia saciedad. Sabes qué sabor tiene el vino, qué sabor tiene el vino con miel: no importa si pasan por tu vejiga cien ánforas o mil: eres un odre. Sabes perfectamente a qué saben la ostra y el salmonete: tu lujuria no ha dejado nada intacto para los años venideros. Y sin embargo es de estas cosas de las que te arrancan contra tu voluntad. ¿Qué otra cosa hay cuya pérdida puedas lamentar? ¿Los amigos? ¿Acaso sabes ser amigo? ¿La patria? ¿Tan importante te parece como para cenar más tarde? ¿El sol? Al que apagarías si pudieras: ¿pues qué has hecho nunca digno de la luz? Confiesa que no es el anhelo del senado, ni del foro, ni de la propia naturaleza lo que te hace más lento para morir: abandonas de mala gana el mercado, en el que no has dejado nada. Temes la muerte: ¡pero cómo la desprecias en medio de un banquete de setas! Quieres vivir: ¿acaso sabes cómo? Temes morir: pero entonces, ¿esta vida tuya no es la muerte? Cayo César, cuando uno de la fila de prisioneros, con la barba crecida hasta el pecho, le pidió la muerte mientras él pasaba por la vía Latina, le dijo: «¿es que ahora vives?». Esto hay que responder a aquellos a quienes la muerte ayudaría: «temes morir: ¿es que ahora vives?». «Pero yo», dice, «quiero vivir, porque hago muchas cosas honradamente; abandono de mala gana los deberes de la vida, que cumplo fiel y diligentemente». ¿Qué? ¿No sabes que morir es uno de los deberes de la vida? No dejas ningún deber incumplido; porque no hay un número fijo que debas completar. Ninguna vida deja de ser breve; pues si miras a la naturaleza de las cosas, breve es incluso la de Néstor y la de Satia, que mandó inscribir en su monumento que había vivido noventa y nueve años. Ves a alguien jactarse de su larga vejez: ¿quién habría podido soportarla si le hubiera tocado llegar a los cien? Como una obra de teatro, así es la vida: no importa cuánto dure, sino lo bien representada que esté. No tiene importancia en qué lugar termines. Termina donde quieras: solo pon un buen final. Adiós.
Carta78
Que sufras frecuentes catarros y fiebres ligeras, que siguen a los catarros prolongados y ya habituales, me resulta tanto más penoso cuanto que yo mismo he experimentado este tipo de enfermedad, que al principio desprecié —la juventud todavía podía soportar los maltratos y comportarse contumaz frente a las enfermedades—, pero luego sucumbí y llegué a tal extremo que yo mismo chorreaba moco, reducido a extrema delgadez. A menudo sentí el impulso de quitarme la vida: la vejez de mi indulgentísimo padre me retuvo. Pensé, en efecto, no en cuán valientemente podía yo morir, sino en que él no podría soportar valientemente la pérdida. Así que me ordené a mí mismo vivir; porque a veces vivir también es actuar con valentía.
Te diré qué cosas me sirvieron entonces de consuelo, si antes digo esto: que estas mismas cosas con las que me consolaba tuvieron efecto medicinal; los consuelos honorables se convierten en remedio, y todo lo que levanta el ánimo también aprovecha al cuerpo. Mis estudios me salvaron; agradezco a la filosofía haberme levantado, haberme recuperado; a ella debo la vida y no le debo nada menos que eso. Pero me ayudaron mucho también a recuperar la salud mis amigos, con cuyas exhortaciones, desvelos y conversaciones me aliviaba. Nada, queridísimo Lucilio, reconforta y ayuda tanto a un enfermo como el afecto de los amigos, nada le arrebata igualmente la expectativa y el miedo de la muerte: no juzgaba que moría cuando los dejaba con vida. Pensaba, digo, que iba a vivir no con ellos, sino a través de ellos; no me parecía que exhalaba mi espíritu, sino que lo confiaba. Estas cosas me dieron voluntad de ayudarme a mí mismo y de soportar todo tormento; de otro modo es muy miserable, cuando has renunciado al ánimo de morir, no tener ganas de vivir.
Recurre, pues, a estos remedios. El médico te indicará cuánto debes caminar, cuánto ejercitarte; que no te entregues al ocio, al que tiende una salud débil; que leas en voz alta y ejercites el aliento, cuyo tránsito y receptáculo está enfermo; que navegues y sacudas las vísceras con un suave balanceo; qué alimentos uses, cuándo recurras al vino para fortalecer, cuándo lo omitas para que no irrite y exaspere la tos. Yo te recomiendo esto, que no es remedio solo para esta enfermedad sino para toda la vida: desprecia la muerte. Nada es triste cuando nos libramos de este miedo.
Tres cosas son graves en toda enfermedad: el miedo a la muerte, el dolor del cuerpo, la interrupción de los placeres. Sobre la muerte ya se ha dicho bastante: solo diré esto, que este miedo no es de la enfermedad sino de la naturaleza. La enfermedad ha aplazado la muerte de muchos y el parecer que morían les sirvió de salvación. Morirás, no porque estés enfermo, sino porque vives. Esto te espera también cuando te cures; cuando te hayas recuperado, no habrás escapado de la muerte sino de la enfermedad.
Volvamos ahora a aquel inconveniente particular: la enfermedad produce grandes sufrimientos, pero los intervalos los hacen tolerables. Pues la tensión del dolor más intenso encuentra su fin; nadie puede sufrir muchísimo y durante mucho tiempo; la naturaleza, tan amante de nosotros, nos ha dispuesto así para que hiciera el dolor tolerable o breve. Los dolores más intensos se producen en las partes más delgadas del cuerpo: los nervios, las articulaciones y cualquier otra parte delgada sufre con máxima intensidad cuando el mal se concentra en un espacio reducido. Pero pronto estas partes se entumecen y por el dolor mismo pierden la sensación del dolor, ya sea porque el aliento, impedido en su curso natural y alterado para mal, pierde su fuerza por la que está activo y nos avisa, ya sea porque el humor corrompido, al no tener adónde fluir, se aniquila a sí mismo y arrebata la sensibilidad a las partes que llenó en exceso. Así la gota en pies y manos y todo dolor de vértebras y nervios cesa cuando ha embotado las partes que torturaba; la primera inflamación de todos estos males es penosa, el ataque se apaga con la demora y el fin del dolor es haberse entumecido. El dolor de dientes, ojos y oídos es agudísimo por esto mismo, porque nace entre los estrechos límites del cuerpo, no menos, por Hércules, que el de la propia cabeza; pero si es demasiado violento se convierte en delirio y sopor. Este es, por tanto, el consuelo del dolor intenso: que necesariamente dejas de sentirlo si lo sientes demasiado. Lo que molesta a los inexpertos en el sufrimiento del cuerpo es esto: no se han acostumbrado a contentarse con el ánimo; han tenido demasiado trato con el cuerpo. Por eso el hombre grande y prudente separa el ánimo del cuerpo y convive mucho con la parte mejor y divina, con esta parte quejumbrosa y frágil solo lo necesario. «Pero es molesto», dice, «carecer de los placeres habituales, abstenerse de comida, tener sed, tener hambre». Estas cosas son penosas al principio de la abstinencia, luego el deseo se debilita cuando se cansan y decaen las mismas cosas que deseamos; después el estómago se vuelve caprichoso, después hay aversión a aquellas cosas que causaban avidez. Los deseos mismos mueren; y no es penoso carecer de lo que has dejado de desear. Añade que ningún dolor deja de cesar o al menos de disminuir. Añade que es posible prevenir el que viene y resistir al inminente con remedios; ninguno deja de enviar señales previas, sobre todo el que vuelve por costumbre. Es tolerable la paciencia de la enfermedad si desprecias lo peor que amenaza.
No hagas tus males más graves tú mismo ni te abrumes con lamentos: el dolor es leve si la opinión no le ha añadido nada. Por el contrario, si empiezas a exhortarte y a decir «no es nada o ciertamente es pequeño; resistamos; pronto cesará», lo harás leve mientras lo creas así. Todo depende de la opinión; no solo la ambición mira hacia ella, también la lujuria y la avaricia: sufrimos según la opinión. Cada uno es tan desgraciado como ha creído serlo. Creo que hay que eliminar las quejas sobre dolores pasados y estas palabras: «a nadie le fue nunca peor. Qué tormentos, qué males he soportado. Nadie creyó que me levantaría. Cuántas veces me lloraron los míos, cuántas veces me abandonaron los médicos. Los puestos en el potro no se descoyuntan así». Aunque sean verdad estas cosas, pasaron: ¿de qué sirve revolver dolores pasados y ser desgraciado porque lo fuiste? ¿Qué decir de que nadie deja de añadir mucho a sus males y mentirse a sí mismo? Además, lo que fue amargo soportar, es agradable haberlo soportado: es natural alegrarse del fin de un mal propio. Hay que eliminar, pues, dos cosas: el temor del futuro y el recuerdo de la antigua molestia: esto ya no me concierne, aquello todavía no. Situado en las propias dificultades, que diga:
«quizá algún día nos agrade recordar incluso esto».
Que luche contra eso con todo su ánimo; será vencido si cede, vencerá si se mantiene firme contra su propio dolor. Ahora la mayoría hace esto: atraen sobre sí la ruina a la que deberían oponerse. Eso que te oprime, que pende sobre ti, que te acosa, si empiezas a retroceder, te seguirá y caerá con más peso; si te plantas enfrente y quieres resistir, será rechazado. Los atletas, ¡cuántos golpes reciben en el rostro, cuántos en todo el cuerpo! Sin embargo soportan todo tormento por afán de gloria, y no solo padecen esos sufrimientos porque luchan, sino para luchar: el entrenamiento mismo es un tormento. Venzamos también nosotros todas las dificultades, cuyo premio no es la corona ni la palma ni el trompetero haciendo silencio para el anuncio de nuestro nombre, sino la virtud y la firmeza del ánimo y la paz conseguida para lo que resta, si en algún combate la fortuna ha sido vencida de una vez. «Siento un dolor intenso.» ¿Y qué? ¿Acaso no lo sentirás si lo soportas como una mujer? Igual que el enemigo es más peligroso para los que huyen, así toda desgracia fortuita presiona más al que cede y se vuelve de espaldas. «Pero es grave.» ¿Y qué? ¿Acaso somos fuertes para llevar cosas ligeras? ¿Prefieres que la enfermedad sea larga o violenta y breve? Si es larga, tiene interrupciones, da lugar a la recuperación, concede mucho tiempo; necesariamente tiene que remitir y cesar. Una enfermedad breve y precipitada hará una de dos cosas: se extinguirá o te extinguirá. Pero ¿qué importa que ella no exista o que yo no exista? En ambos casos hay fin del dolor.
También ayudará esto: apartar la mente hacia otros pensamientos y alejarse del dolor. Piensa qué has hecho con honradez, qué con valentía; repasa contigo mismo tus mejores momentos; extiende tu memoria por aquellas cosas que más has admirado; entonces se te presentará cada uno de los más valientes y vencedores del dolor: aquel que mientras le extirpaban las varices perseveró en leer un libro; aquel que no dejó de reír mientras los torturadores enfurecidos probaban todos los instrumentos de su crueldad. ¿No vencerá el dolor la razón, cuando fue vencido por la risa? Ahora puedes decir todo lo que quieras: las secreciones y la violencia de la tos continua expulsando partes de las vísceras, y la fiebre abrasando las entrañas mismas, y la sed, y las articulaciones retorcidas con los miembros saliendo en direcciones opuestas: más son la llama y el potro y la lámina candente, y lo que renovara las heridas ya hinchadas y hundiera más profundamente lo impreso en ellas. Sin embargo, entre todo eso alguien no gimió. Poco es: no suplicó. Poco es: no respondió. Poco es: se rió y además de corazón. ¿Quieres tú después de esto burlarte del dolor?
«Pero», dice, «la enfermedad no me deja hacer nada, me ha apartado de todas mis ocupaciones.» La dolencia retiene tu cuerpo, no también tu ánimo. Por tanto, detiene los pies del corredor, impide las manos del zapatero o del artesano: si tú sueles usar tu mente, aconsejarás, enseñarás, escucharás, aprenderás, preguntarás, recordarás. ¿Qué más? ¿Crees que no haces nada si estás enfermo con templanza? Mostrarás que la enfermedad puede superarse o al menos soportarse. Hay, créeme, lugar para la virtud incluso en el lecho. No solo las armas y las batallas dan prueba de un ánimo vigoroso e indómito ante los temores: también bajo las sábanas se ve al hombre valiente. Tienes qué hacer: lucha bien contra la enfermedad. Si no te obliga a nada, si no te arranca nada, produces un ejemplo destacado. ¡Oh, qué gran materia de gloria habría si fuéramos observados enfermos! Obsérvate tú mismo, alábate tú mismo.
Además, hay dos géneros de placeres. La enfermedad impide los corporales, pero no los elimina; más aún, si lo valoras correctamente, los estimula. Beber agrada más al sediento, la comida es más grata al hambriento; lo que llega tras la abstinencia se recibe con más avidez. Pero aquellos placeres del ánimo, que son mayores y más seguros, ningún médico se los niega al enfermo. Quien persigue estos y los comprende bien desprecia todas las seducciones de los sentidos. «¡Oh desgraciado enfermo!» ¿Por qué? ¿Porque no diluye nieve en su vino? ¿Porque no refresca el frío de su bebida, que mezcló en una copa amplia, rompiendo hielo encima? ¿Porque no se le abren ostras del Lucrino en su propia mesa? ¿Porque no hay alrededor de su comedor tumulto de cocineros que trasladan los mismos fogones con las viandas? Pues esto es lo que ya ha inventado el lujo: para que ningún alimento se enfríe, para que nada esté poco caliente para el paladar ya endurecido, la cocina acompaña a la cena. «¡Oh desgraciado enfermo!» Comerá lo que pueda digerir; no yacerá ante su vista el jabalí como carne despreciable relegada de la mesa, ni se pondrán en su bandeja pechugas de aves amontonadas (pues verlas enteras produce hastío). ¿Qué mal se te ha hecho? Cenarás como un enfermo, o más bien alguna vez como un sano.
Pero todas esas cosas las soportaremos fácilmente —el caldo, el agua caliente y cualquier otra cosa que parezca intolerable a los delicados y que fluyen en el lujo, más enfermos de ánimo que de cuerpo—, con tal de que dejemos de temer a la muerte. Y dejaremos de temerla si conocemos los límites de los bienes y los males; así por fin ni la vida será tedio ni la muerte será temor. Pues la saciedad de sí misma no puede apoderarse de la vida cuando recorre tantas cosas variadas, grandes, divinas: el ocio inactivo suele llevarla al odio de sí misma. Al que recorre la naturaleza de las cosas nunca le causará hastío la verdad: las falsedades sí le causarán saciedad. A su vez, si llega la muerte y llama, aunque sea prematura, aunque corte la edad por la mitad, se ha recogido el fruto de una vida larguísima. Se ha conocido en gran parte la naturaleza; se sabe que las cosas honestas no crecen con el tiempo: necesariamente les parecerá breve toda vida a quienes la miden con placeres vanos y por eso infinitos.
Recréate con estos pensamientos y mientras tanto dedícate a mis cartas. Llegará algún día que nos una y mezcle de nuevo; por pequeño que sea ese tiempo, lo hará largo el saber utilizarlo. Pues, como dice Posidonio, «un solo día de los hombres instruidos se extiende más que la edad más larga de los ignorantes». Mientras tanto sostén esto, muérdelo: no sucumbir ante las adversidades, no creer en las alegrías, tener ante los ojos toda la licencia de la fortuna, como si fuera a hacer todo lo que puede hacer. Lo que ha sido esperado durante mucho tiempo llega más leve. Adiós.
Carta79
Espero tus cartas en las que me indiques qué novedad te mostró el recorrido de toda Sicilia, y todo lo más cierto sobre la propia Caribdis. Pues sé muy bien que Escila es un escollo y además no terrible para los navegantes; Caribdis, si responde a las fábulas, deseo que me lo describas, y si por casualidad has observado (pues es digno de observarse) haznos más ciertos de si solo es agitada en torbellinos por un viento o si toda tempestad retuerce igualmente aquel mar, y si es verdad que todo lo arrebatado por aquel torbellino del estrecho es arrastrado sumergido por muchas millas y emerge cerca de la costa de Taormina. Si me describes esto, entonces me atreveré a encargarte que también subas al Etna en mi honor, que algunos deducen que se consume y se hunde poco a poco porque solía mostrarse a quienes navegaban desde bastante más lejos. Esto puede suceder no porque la altura del monte desciende, sino porque el fuego se desvaneció y es expulsado menos violento y abundante, por la misma causa también el humo es más tenue durante el día. Pero ninguna de las dos cosas es increíble: ni que el monte que es devorado cada día disminuye, ni que permanece igual, porque no lo consume el fuego mismo, sino que fermenta en algún valle subterráneo y se alimenta de otras cosas, no tiene alimento en el monte mismo sino un camino. En Licia hay una región muy conocida (los habitantes la llaman Hefestión), con el suelo agujereado en muchos lugares, por donde el fuego circula inofensivo sin daño de lo que nace. Por tanto, la región es alegre y herbosa, pues las llamas no queman nada sino que solo brillan con fuerza suave y lánguida.
Pero reservemos esto, para preguntarlo cuando tú me hayas escrito cuánto distan del borde mismo del monte las nieves, que ni siquiera el verano disuelve; tan a salvo están del fuego vecino. Pero no tienes por qué atribuirme ese interés; pues ibas a dedicarlo a tu afición, aunque nadie te lo encargara. ¿Qué te impido, que no describas el Etna en tu poema, que no toques este tema habitual de todos los poetas? A Ovidio nada le impidió tratarlo porque ya Virgilio lo había completado; ninguno de los dos disuadió tampoco a Severo Cornelio. Además, a todos este tema se les ha ofrecido felizmente, y los que fueron antes no me parece que hayan arrebatado lo que podía decirse, sino que lo hayan abierto. Importa mucho si te acercas a una materia agotada o a una elaborada: crece cada día, y lo inventado no impide a los que van a inventar. Además, la mejor condición es la del último: encuentra palabras preparadas que, dispuestas de otro modo, tienen aspecto nuevo. Y no pone las manos sobre ellas como ajenas; pues son públicas. Ya te conozco yo, o el Etna te hace salivar; ya deseas escribir algo grandioso e igual a los anteriores. Pues tu modestia no te permite esperar más, que es tanta en ti que me parece que vas a contener las fuerzas de tu talento si hay peligro de vencer: tan grande es tu reverencia por los anteriores.
Entre otras ventajas tiene la sabiduría esta: nadie puede ser vencido por otro sino mientras se está ascendiendo. Cuando llegas a la cumbre, todos son iguales; no hay lugar para el incremento, se está de pie. ¿Acaso el sol añade algo a su tamaño? ¿Acaso la luna avanza más allá de lo que acostumbra? Los mares no crecen; el mundo conserva la misma forma y medida. Lo que ha completado su justa magnitud no puede aumentar: todos los que sean sabios serán iguales y semejantes. Cada uno de ellos tendrá sus cualidades propias: uno será más afable, otro más expeditivo, otro más rápido para hablar, otro más elocuente: pero aquello de lo que se trata, lo que hace feliz, es igual en todos. No sé si tu Etna puede desmoronarse y caer sobre sí mismo, o si la fuerza continua de sus fuegos rebajará esa cumbre elevada y visible a través de los espacios del vasto mar: pero ni las llamas ni la ruina llevarán más abajo a la virtud; esta única majestad no sabe ser rebajada. No puede avanzar más ni retroceder; su magnitud es fija, como la de los cuerpos celestes. Esforcémonos por elevarnos hacia ella. Ya se ha realizado mucho trabajo; o más bien, si quiero decir la verdad, no mucho. Pues no es bondad ser mejor que los peores: ¿quién presumiría de sus ojos si solo puede vislumbrar el día? Aquel a quien el sol resplandece a través de la niebla, aunque esté contento de momento por haber escapado de las tinieblas, todavía no disfruta del bien de la luz. Entonces nuestro espíritu tendrá motivo para felicitarse cuando, liberado de estas tinieblas en las que se revuelca, no solo vea con visión débil lo claro, sino que admita todo el día y devuelto a su cielo haya recuperado el lugar que ocupó por suerte al nacer. Sus orígenes lo llaman hacia arriba; pero estará allí incluso antes de ser liberado de esta custodia, cuando haya dispersado los vicios y puro y ligero se eleve hacia pensamientos divinos.
Hacer esto, queridísimo Lucilio, avanzar en esto con todo ímpetu, aunque pocos lo sepan, aunque nadie, es gratificante. La gloria es la sombra de la virtud: la acompañará incluso contra su voluntad. Pero así como a veces la sombra precede, a veces sigue o está detrás, así la gloria a veces está ante nosotros y se deja ver, a veces está a nuestras espaldas y es mayor cuanto más tardía, cuando la envidia se ha retirado. ¡Cuánto tiempo pareció estar loco Demócrito! Apenas acogió la fama a Sócrates. ¡Cuánto tiempo ignoró a Catón la ciudad! Lo rechazó y no lo comprendió sino cuando lo perdió. La inocencia y la virtud de Rutilio permanecerían ocultas si no hubiera sufrido una injusticia: mientras era violentado, brilló. ¿Acaso no dio gracias a su suerte y abrazó su exilio? Hablo de estos a quienes la fortuna ilustró mientras los atormentaba: ¡cuántos progresos llegaron al conocimiento después de ellos mismos! ¡A cuántos la fama no solo los recibió sino que los desenterró! Ves cuánto admiran a Epicuro no solo los más eruditos sino también esta turba de ignorantes: este fue desconocido en las mismas Atenas, alrededor de las cuales se había ocultado. Por tanto, muchos años después que sobrevivió a su Metrodoro, en cierta carta, cuando había celebrado con grata conmemoración su amistad con Metrodoro, añadió finalmente esto: que entre tantos bienes nada les había perjudicado a él y a Metrodoro el que la ilustre Grecia no solo los hubiera tenido por desconocidos sino casi por inauditos. ¿Acaso no fue descubierto después de que dejó de existir? ¿Acaso no resplandeció su opinión? Esto también lo confiesa Metrodoro en cierta carta: que él y Epicuro no habían llegado a ser suficientemente conocidos; pero que después de ellos tendrían un nombre grande y preparado aquellos que hubieran querido ir por las mismas huellas. Ninguna virtud permanece oculta, y no es pérdida suya haber estado oculta: vendrá el día que dé a conocer a la que está enterrada y reprimida por la malignidad de su siglo. Nace para pocos quien piensa en el pueblo de su época. Miles de años, miles de pueblos sobrevendrán: mira hacia ellos. Aunque la envidia haya impuesto silencio a todos los que viven contigo, vendrán quienes juzguen sin ofensa, sin favoritismo. Si hay algún precio de la virtud procedente de la fama, tampoco esto se pierde. A nosotros, ciertamente, no nos afectará la conversación de la posteridad; sin embargo, incluso sin que nos demos cuenta, nos honrará y nos visitará. A todos la virtud ha devuelto el agradecimiento, tanto en vida como después de muertos, con tal de que la haya seguido con buena fe, de que no se haya adornado ni pintado, sino que haya sido el mismo tanto si se le veía de forma anunciada como si estaba desprevenido y de repente. La simulación no sirve de nada; la apariencia aplicada superficialmente solo engaña a pocos: la verdad es la misma en todas sus partes. Lo que engaña no tiene nada sólido. La mentira es delgada: se transparenta si la examinas con cuidado. Cuídate.
Carta80
En el día de hoy no solo por mi decisión estoy libre para mí sino gracias al espectáculo, que ha atraído a todos los molestos al juego de pelota. Nadie irrumpirá, nadie impedirá mi pensamiento, que por esta misma confianza avanza con más audacia. No sonará la puerta cada momento, no se levantará la cortina: podré avanzar seguro, lo cual es más necesario para quien va por sí mismo y sigue su propio camino. ¿Acaso no sigo a los anteriores? Lo hago, pero me permito también descubrir algo, cambiar y dejar de lado; no soy esclavo de ellos, sino que les doy mi asentimiento.
Sin embargo, he dicho una gran palabra al prometerme silencio y retiro sin interruptor: he aquí que un inmenso clamor me llega del estadio y no me arranca de mí, sino que me traslada a la contemplación de este mismo asunto. Pienso para mí cuántos ejercitan el cuerpo, cuán pocos el ingenio; qué gran concurrencia se produce para un espectáculo engañoso y lúdico, qué soledad hay en torno a las buenas artes; cuán débiles de espíritu son aquellos cuyos bíceps y hombros admiramos. Sobre todo reflexiono esto: si el cuerpo puede ser llevado por el ejercicio a tal resistencia que soporte los puñetazos y patadas de más de un hombre, que alguien aguantando el sol ardentísimo en el polvo hirviente y empapado en su propia sangre pase el día, cuánto más fácilmente puede el espíritu fortalecerse para recibir invicto los golpes de la fortuna, para levantarse cuando es derribado, cuando es pisoteado. Pues el cuerpo necesita muchas cosas para estar fuerte: el espíritu crece por sí mismo, se alimenta a sí mismo, se ejercita a sí mismo. Aquellos necesitan mucha comida, mucha bebida, mucho aceite, finalmente un largo trabajo: a ti la virtud te llegará sin preparación, sin gasto. Todo lo que puede hacerte bueno está contigo. ¿Qué necesitas para ser bueno? Quererlo. Pero ¿qué mejor puedes querer que arrancarte de esta esclavitud que oprime a todos, que incluso los esclavos de la condición más baja y nacidos en esta miseria intentan sacudirse de todas las formas? Su peculio, que han reunido privándose de comida, lo cuentan a cambio de su libertad: tú, que crees haber nacido en ella, ¿no desearás ardientemente llegar a la libertad a cualquier precio? ¿Por qué miras hacia tu caja? No se puede comprar. Por tanto, se escribe en vano en las tablillas el nombre de libertad, que no tienen ni los que la compraron ni los que la vendieron: debes darte tú mismo ese bien, pedírtelo a ti. Líbrate primero del miedo a la muerte (ella nos impone el yugo), luego del miedo a la pobreza. Si quieres saber cuán poco mal hay en ella, compara entre sí los rostros de los pobres y de los ricos: más a menudo y más sinceramente ríe el pobre; ninguna preocupación está en lo profundo; incluso si sobreviene alguna inquietud, pasa como nube ligera: la alegría de estos que son llamados felices es fingida o es una tristeza grave y purulenta, tanto más grave porque a veces no les está permitido ser abiertamente miserables, sino que es necesario actuar como felices mientras roe el corazón mismo entre las penurias. Debo usar más frecuentemente este ejemplo, pues por ningún otro se expresa más eficazmente esta pantomima de la vida humana, que nos asigna papeles que representamos mal. Aquel que en el escenario camina altivo y dice esto levantando la cabeza:
«He aquí, reino en Argos; Pélope me dejó el reino, donde el istmo es estrecho entre el mar de Heles y el mar Jónico»,
es un esclavo, recibe cinco modios y cinco denarios. Aquel que soberbio, insolente e hinchado por la confianza en sus fuerzas dice:
«A menos que te calmes, Menelao, por esta diestra morirás»,
recibe un sueldo diario, duerme en un trapo. Lo mismo puedes decir de todos estos que una litera suspende delicados por encima de las cabezas de los hombres y por encima de la multitud: la felicidad de todos estos es enmascarada. Los despreciarás si los despojas. Cuando vas a comprar un caballo, mandas quitar la manta, quitas las ropas a los esclavos en venta para que no se oculten defectos del cuerpo: ¿estimas al hombre envuelto? Los tratantes de esclavos ocultan con algún artificio todo lo que desagrada, por eso para los compradores los mismos adornos son sospechosos: si vieras una pierna o un brazo vendados, mandarías desnudarlo y que se te mostrara el cuerpo mismo. ¿Ves a ese rey de Escitia o Sarmacia adornado con una insignia en la cabeza? Si quieres estimarlo y saber por completo cómo es, quítale la banda: se oculta mucho mal bajo ella. ¿Por qué hablo de otros? Si quieres sopesarte a ti mismo, aparta el dinero, la casa, la dignidad, examínate por dentro: ahora crees ser lo que otros dicen. Cuídate.
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