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Libro VI

Cartas a Lucilio · Séneca · 47 min de lectura

Carta53

Séneca saluda a su Lucilio.

¿Qué no podrán convencerme de hacer, si me han convencido de embarcarme? Zarpé con la mar en calma; el cielo estaba sin duda cargado de nubes sucias, de esas que suelen convertirse en lluvia o en viento, pero pensé que podía cubrir rápidamente esos pocos miles de pasos desde tu Parténope hasta Pozzuoli, aunque el cielo fuera dudoso y amenazante. Así que, para salir cuanto antes, me dirigí directamente mar adentro hacia Nésida, para cortar todas las bahías. Cuando ya había avanzado hasta un punto en que me daba lo mismo seguir que volver, primero desapareció aquella calma que me había engañado; todavía no había tormenta, pero ya se inclinaba el mar y cada vez más frecuentes las olas. Empecé a rogar al timonel que me desembarcara en alguna costa: él me decía que eran abruptas e inhóspitas y que nada temía tanto en una tormenta como la tierra. Pero yo me encontraba demasiado mal como para que me preocupara el peligro; pues me atormentaba aquella náusea lenta y sin salida, que mueve la bilis pero no la expulsa. Insistí pues al timonel y lo obligué, quisiera o no, a buscar la costa. Cuando nos acercamos a ella, no espero a que se haga nada de lo que preceptúa Virgilio,

vuelven las proas al mar o

se arroja el ancla desde la proa: acordándome de mi oficio, antiguo aficionado del agua fría, me lanzo al mar, como corresponde a un amante de los baños fríos, envuelto en mi manto. ¿Qué crees que pasé mientras trepaba por los peñascos, mientras buscaba el camino, mientras lo abría? Comprendí que los marineros no temen a la tierra sin motivo. Son increíbles los sufrimientos que soporté cuando no podía soportarme a mí mismo: has de saber esto, que Ulises no nació con el mar tan enfurecido que naufragara por todas partes: era propenso al mareo. Y yo también, dondequiera que tenga que navegar, llegaré a los veinte años.

En cuanto recobré el estómago, que sabes que no escapa de la náusea con el mar, en cuanto reanimé el cuerpo con una unción, empecé a reflexionar conmigo mismo sobre cuánto olvido de nuestros vicios nos domina, incluso de los corporales, que continuamente nos lo recuerdan, y mucho más de aquellos que están tanto más ocultos cuanto mayores son. Un ligero movimiento engaña a alguien; pero cuando ha crecido y se ha encendido una verdadera fiebre, arranca la confesión incluso al más duro y sufrido. Duelen los pies, las articulaciones sienten pinchacitos: todavía lo disimulamos y decimos que nos hemos torcido el tobillo o que nos hemos fatigado en algún ejercicio. Cuando la enfermedad es dudosa e incipiente se busca un nombre, pero cuando empieza a hinchar como sandalias y ha deformado ambos pies, es necesario confesar la gota.

Lo contrario sucede con las enfermedades que afectan al alma: cuanto peor está uno, menos lo siente. No debes extrañarte, queridísimo Lucilio; pues quien duerme ligeramente también capta imágenes durante el sueño y a veces piensa, mientras duerme, que está durmiendo: un sueño profundo extingue incluso los sueños y sumerge el espíritu más hondo que para que pueda tener conciencia de sí mismo. ¿Por qué nadie confiesa sus vicios? Porque todavía está en ellos: narrar un sueño es propio del que está despierto, y confesar los vicios propios es señal de salud. Despertemos pues, para poder reconocer nuestros errores. Pero solo la filosofía nos despertará, solo ella sacudirá el sueño profundo: entrégate a ella por completo. Eres digno de ella, ella es digna de ti: id al abrazo el uno del otro. Niégate a todas las demás cosas, con firmeza, abiertamente; no hay motivo para que filosofes de forma precaria. Si estuvieras enfermo, habrías interrumpido el cuidado de tu patrimonio y habrían quedado olvidados tus negocios forenses, y no considerarías a nadie tan importante como para bajar a ser su abogado en tu convalecencia; te dedicarías con toda el alma a liberarte cuanto antes de la enfermedad. ¿Qué entonces? ¿No harás ahora lo mismo? Aparta todos los impedimentos y dedícate a la buena mente: nadie llega a ella si está ocupado. La filosofía ejerce su reino; da tiempo, no lo recibe; no es cosa secundaria; es principal, es señora, está presente y manda. A una ciudad que le prometía parte de sus tierras y la mitad de todas sus cosas, Alejandro le dijo: «Con este propósito vine a Asia, no para aceptar lo que me dieseis, sino para que tuvierais lo que yo dejara». Lo mismo dice la filosofía a todas las cosas: «No voy a aceptar este tiempo que os sobre, sino que vosotros tendréis el que yo rechace». Vuelve hacia ella toda tu mente, siéntate junto a ella, cultívala: se creará un inmenso intervalo entre tú y los demás; precederás a todos los mortales por mucho, los dioses no te precederán por mucho. Preguntas qué habrá de diferencia entre tú y ellos: durarán más tiempo. Pero, por Hércules, es propio de un gran artista encerrar el todo en lo exiguo; al sabio se le extiende su tiempo tanto como a un dios toda la eternidad. Hay algo en lo que el sabio aventaja al dios: este no teme por beneficio de la naturaleza, el sabio por el suyo propio. He aquí algo grande, tener la debilidad del hombre, la seguridad del dios. Increíble es la fuerza de la filosofía para rechazar todo asalto fortuito. Ningún dardo se clava en su cuerpo; está fortificada, es sólida; unos los desgasta y como si fueran proyectiles ligeros los elude con suelta túnica, otros los rechaza y los devuelve hasta el que los lanzó. Adiós.

Carta54

Séneca saluda a su Lucilio.

Mi mala salud me había dado un largo descanso; de repente me ha atacado. «¿De qué tipo?», preguntas. Con razón lo preguntas: de tal modo que no hay ninguna que me sea desconocida. Pero a una sola enfermedad estoy como asignado, y no sé por qué he de llamarla con nombre griego; pues puede decirse con bastante propiedad «sofocación». Su ataque es muy breve y semejante a una tormenta; termina casi en una hora: pues ¿quién puede estar mucho tiempo exhalando? Todas las molestias o peligros del cuerpo han pasado por mí: ninguno me parece más molesto. ¿Y cómo no? Pues cualquier otra cosa es estar enfermo, pero esto es exhalar el alma. Por eso los médicos llaman a esto «meditación de la muerte»; pues ese aliento hace alguna vez lo que ha intentado a menudo. ¿Crees que te escribo esto alegre porque me he escapado? Sería tan ridículo que me deleitara con este desenlace como si fuera buena salud, como aquel que cree haber vencido cuando ha aplazado la citación.

Yo en verdad, incluso en la misma sofocación, no dejé de descansar en pensamientos alegres y fuertes. «¿Qué es esto?», me dije, «¿tantas veces me pone a prueba la muerte? Que lo haga: yo la he puesto a prueba mucho tiempo». «¿Cuándo?», preguntas. Antes de nacer. La muerte es no ser. Ya sé cómo es: será después de mí lo que fue antes de mí. Si hay algún tormento en esto, necesariamente tuvo que haberlo también antes de que saliéramos a la luz; y sin embargo no sentimos entonces ninguna aflicción. Te ruego, ¿no dirías que es de lo más estúpido que alguien piense que una lámpara está peor cuando se ha apagado que antes de encenderse? Nosotros también nos apagamos y nos encendemos: en ese tiempo intermedio sufrimos algo, pero en ambos extremos hay profunda seguridad. Pues en esto, mi Lucilio, si no me equivoco, erramos, en que juzgamos que la muerte sigue, cuando ella tanto ha precedido como seguirá. Todo lo que hubo antes de nosotros es muerte; ¿qué importa que no empieces o que ceses, cuando el efecto de ambas cosas es este, no ser?

Con estas y semejantes exhortaciones —silenciosas, por supuesto, pues no había lugar para las palabras— no dejé de hablarme; luego poco a poco aquella sofocación, que ya había empezado a ser jadeo, hizo intervalos mayores y se retardó. Pero ha permanecido, y todavía ahora, aunque ha cesado, no fluye la respiración según su naturaleza; siento cierta vacilación y demora en ella. Que lo haga como quiera, con tal de que no suspire desde el alma. Acepta esto de mí: no temblaré ante lo extremo, ya estoy preparado, no pienso en el día entero. Alaba a aquel e imítalo a quien no le pesa morir, aunque le agrade vivir: pues ¿qué virtud hay en salir cuando te echan? Sin embargo también hay aquí virtud: me echan ciertamente, pero como si saliera. Y por eso nunca es echado el sabio, porque ser echado es ser expulsado de donde te vas a disgusto: nada hace a disgusto el sabio; escapa de la necesidad, porque quiere lo que lo va a obligar. Adiós.

Carta55

Séneca saluda a su Lucilio.

Acabo de volver del paseo en litera, no menos fatigado que si hubiera caminado tanto como he estado sentado; pues también es trabajo el ser llevado mucho tiempo, y quizá tanto mayor porque es contra naturaleza, que nos dio pies para caminar por nosotros mismos, ojos para ver por nosotros mismos. Las comodidades nos han impuesto debilidad, y lo que mucho tiempo no quisimos poder, dejamos de poder. Sin embargo, era necesario para mí agitar el cuerpo, ya fuera para que se disolviera la bilis, si se había asentado en las fauces, o para que se aligerara el aliento mismo, si por alguna causa estaba más denso, con la sacudida, que sentí que me había sido provechosa. Por eso perseveré en viajar más tiempo, invitado por la misma costa, que se curva entre Cumas y la villa de Servilio Vatia y que queda encerrada como un camino estrecho por el mar a un lado y por el lago al otro. Estaba sin embargo compacta por una tormenta reciente; pues la ola, como sabes, cuando es frecuente y agitada la allana, una tranquilidad más larga la deshace, cuando el jugo se ha retirado de las arenas que se mantenían unidas por la humedad.

Siguiendo mi costumbre, sin embargo, empecé a mirar a mi alrededor para ver si encontraba allí algo que pudiera serme útil, y dirigí la vista hacia una casa de campo que en otro tiempo perteneció a Vatia. En ella envejeció aquel rico de rango pretoriano, conocido únicamente por su ocio, y tenido por feliz solo por esto. Pues cada vez que la amistad de Asinio Galo hundía a algunos, o cada vez que lo hacía el odio de Seyano, y después su amor —pues haberlo ofendido fue tan peligroso como haberlo amado—, la gente exclamaba: «¡Oh, Vatia, solo tú sabes vivir!». Pero él sabía esconderse, no vivir; y hay mucha diferencia entre que tu vida sea ociosa o que sea inactiva. Nunca pasé por delante de esta casa de campo en vida de Vatia sin decir: «Aquí yace Vatia». Pero de tal modo, mi querido Lucilio, es la filosofía algo sagrado y venerable que incluso lo que se le parece por engaño resulta agradable. Pues el vulgo cree que el hombre ocioso retirado es también seguro, contento consigo mismo y viviendo para sí, cosas de las cuales ninguna puede alcanzar a nadie salvo al sabio. Solo él sabe vivir para sí; pues él, que es lo primero, sabe vivir. Porque quien huye de las cosas y de los hombres, a quien la desgracia de sus deseos ha relegado, quien no pudo ver a otros más felices, quien como un animal cobarde e inerte se escondió por miedo, ese no vive para sí, sino, lo que es más vergonzoso, para el vientre, el sueño, el placer; no vive para sí quien no vive para nadie. Sin embargo, es algo tan grande la constancia y la perseverancia en el propio propósito que hasta la inercia tenaz tiene autoridad.

Sobre la casa de campo misma no puedo escribirte nada seguro; pues solo conozco su fachada y lo que está a la vista, lo que muestra incluso a los transeúntes. Hay dos grutas de gran trabajo, comparables a cualquier amplio atrio, hechas a mano, de las cuales una no recibe el sol, la otra lo conserva hasta el ocaso. Un arroyo divide en medio un platanar y, alimentado por el mar y por el lago Aquerusia, lo divide a modo de canal, suficiente para alimentar peces, aunque se vacíe continuamente. Pero de este se prescinde cuando el mar está abierto: cuando la tempestad da vacaciones a los pescadores, se echa mano a lo que está listo. Sin embargo, lo más cómodo de esta casa de campo es que tiene Bayas al otro lado del muro: carece de las incomodidades de aquella y disfruta de sus placeres. Yo mismo conozco estos méritos suyos: creo que es apropiada para todo el año, pues se enfrenta al Favonio y lo recibe de tal modo que lo niega a Bayas. No parece haber elegido tontamente este lugar Vatia para trasladar allí su ocio perezoso y ya senil.

Pero el lugar no contribuye mucho a la tranquilidad: es el ánimo el que hace que todo le resulte recomendable. He visto personas tristes en una casa de campo alegre y amena, he visto en medio de la soledad a gente parecida a los ocupados. Por tanto, no debes pensar que estás mal dispuesto porque no estás en Campania. Pero ¿por qué no estás? Envía tus pensamientos hasta aquí. Es posible conversar con amigos ausentes, y además cuantas veces quieras, tanto tiempo como quieras. Disfrutamos más de este placer, que es el mayor, cuando estamos ausentes; pues la presencia nos hace delicados, y porque a veces hablamos juntos, caminamos, nos sentamos, cuando nos separamos no pensamos en absoluto en aquellos a quienes acabamos de ver. Y por eso debemos soportar con ecuanimidad la ausencia, porque todo el mundo está muy ausente incluso de los presentes. Pon aquí primero las noches separadas, luego las ocupaciones diversas de cada uno, luego los estudios privados, las salidas a las afueras: verás que no es mucho lo que el viaje nos arrebata. Al amigo hay que poseerlo con el ánimo; y este nunca está ausente; ve a diario a quien quiere. Así que estudia conmigo, cena conmigo, camina conmigo: viviríamos en un espacio estrecho si algo estuviera cerrado a los pensamientos. Te veo, mi Lucilio; en este mismo momento te oigo; tanto estoy contigo que dudo si empezar a escribirte no cartas sino notas. Adiós.

Carta56

Séneca saluda a su Lucilio.

Que me muera si es tan necesario como parece el silencio para quien se retira a estudiar. Mira, por todas partes me rodea un ruido variado: vivo justo encima de los baños. Imagínate ahora toda clase de voces que pueden llevar los oídos al hastío: cuando los más fuertes se ejercitan y agitan sus manos cargadas de plomo, cuando se esfuerzan o imitan al que se esfuerza, oigo gemidos, cada vez que sueltan el aliento contenido, silbidos y respiraciones muy ásperas; cuando me encuentro con algún indolente que se contenta con una unción vulgar, oigo el golpeteo de la mano aplicada a los hombros, que según llega plana o hueca, así cambia de sonido. Pero si además llega el jugador de pelota y empieza a contar los tantos, se acabó. Añade ahora al pendenciero y al ladrón atrapado y a aquel a quien le gusta su propia voz en el baño, añade ahora a los que saltan a la piscina con enorme estrépito del agua impulsada. Además de estos cuyas voces, si nada más, son normales, piensa en el depilador que expresa continuamente una voz aguda y chillona para ser más notable y nunca calla salvo cuando arranca los pelos y hace gritar a otro en su lugar; añade también las variadas exclamaciones del vendedor de bebidas y del vendedor de salchichas y del vendedor de pasteles y de todos los vendedores de las tabernas que venden su mercancía con cierta modulación característica.

«¡Oh, tú!», dices, «eres de hierro o sordo, tú a quien la mente se mantiene firme entre tantos gritos tan variados, tan discordantes, cuando a nuestro Crisipo la continua salutación lo llevó a la muerte». Pues por Hércules yo no me preocupo por ese estruendo más que por el oleaje o la caída del agua, aunque oigo que a cierto pueblo esta fue la única razón para trasladar su ciudad, porque no podía soportar el fragor del Nilo al caer. Me parece que la voz distrae más que el ruido; pues aquella atrae la mente, este solo llena los oídos y los golpea. Entre las cosas que me rodean haciendo ruido sin distracción coloco los carros que pasan corriendo y el herrero vecino y el aserrador del barrio, o ese que junto a la Meta Sudante prueba trompetas y flautas, y no canta sino que grita: incluso ahora me resulta más molesto un sonido que se interrumpe de vez en cuando que uno que continúa. Pero ya me he endurecido tanto ante todas estas cosas que puedo oír incluso al director de la boga dando el ritmo a los remeros con voz muy áspera. Pues obligo a mi ánimo a concentrarse en sí mismo y a no ser distraído por cosas externas; que todas las cosas resuenen fuera, con tal de que no haya tumulto dentro, con tal de que no riñan entre sí el deseo y el temor, con tal de que la avaricia y el lujo no discordan ni uno atormente al otro. Pues ¿de qué sirve el silencio de toda la región si braman las pasiones?

«Todo estaba en calma, dispuesto por el reposo de la noche».

Falso: ningún reposo es plácido salvo el que ha dispuesto la razón; la noche presenta molestia, no la quita, y cambia las preocupaciones. Pues también el insomnio de los durmientes es tan turbulento como el día: aquella tranquilidad verdadera es aquella en la que se despliega una mente buena. Mira a aquel para quien el sueño se busca con el silencio de una casa amplia, cuyos oídos, para que ningún sonido los agite, toda la turba de esclavos calla y se pone el pie en suspenso de quienes se acercan más: este sin duda se vuelve de un lado a otro, capturando un sueño ligero entre sus inquietudes; se queja de haber oído lo que no oye. ¿Qué crees que es la causa? Su ánimo le hace ruido. Este debe ser apaciguado, debe ser reprimida su sedición, y no debes pensar que es plácido si el cuerpo yace: a veces el reposo es inquieto; y por eso debemos ser despertados a la actividad y ocupados en el manejo de las buenas artes, siempre que nos perjudique la inercia impaciente consigo misma. Los grandes generales, cuando ven que el soldado obedece mal, lo controlan con algún trabajo y lo retienen con expediciones: los ocupados nunca tienen tiempo para el desenfreno, y nada hay tan cierto como que los vicios del ocio se disipan con la actividad. A menudo parecemos habernos retirado por el hastío de los asuntos públicos y el arrepentimiento de una condición desgraciada e ingrata; sin embargo, en ese escondite al que nos arrojaron el miedo y el cansancio, a veces se reaviva la ambición. Pues no desiste por haber sido cortada, sino por estar fatigada o incluso irritada por cosas que le ceden poco. Digo lo mismo del lujo, que a veces parece haber cesado, luego solicita a quienes profesan la frugalidad y en medio de la parsimonia busca placeres no condenados sino abandonados, y además tanto más vehementemente cuanto más ocultamente. Pues todos los vicios son más leves cuando están a la vista; también las enfermedades tienden entonces a la salud cuando brotan de lo oculto y muestran su fuerza. Así también debes saber que la avaricia y la ambición y los demás males de la mente humana son entonces más perniciosos cuando se asientan simulando salud. Parecemos ociosos, y no lo somos. Pues si lo somos de buena fe, si hemos tocado retirada, si hemos despreciado lo aparentemente hermoso, como decía poco antes, ninguna cosa nos distraerá, ningún concierto de hombres y pájaros interrumpirá pensamientos buenos y ya sólidos y firmes. Ligero es aquel ingenio que aún no se ha recogido en sí mismo y que se yergue ante la voz y las cosas accidentales; tiene dentro algo de inquietud y tiene algo de miedo concebido que lo hace curioso, como dice nuestro Virgilio:

«y a mí, a quien hasta hace poco no me movían

ningún dardo arrojado ni los griegos agrupados en la línea contraria,

ahora me aterran todas las brisas, todo sonido excita

mi suspensión temiendo por igual al compañero y a la carga».

Aquel primero es el sabio, a quien no aterrorizan los dardos vibrantes, ni las armas chocadas entre sí de una formación densa, ni el estruendo de una ciudad asaltada: este otro es un inexperto, teme por sus cosas asustándose ante cualquier ruido, a quien una sola voz cualquiera, tomada como estruendo, lo derriba, a quien los movimientos más leves lo desaniman; el equipaje lo vuelve cobarde. A cualquiera de esos felices que elijas, que llevan muchas cosas, que cargan muchas cosas, verás que «teme por igual al compañero y a la carga». Sabrás entonces que estás sereno cuando ningún clamor llegue hasta ti, cuando ninguna voz te haga saltar de ti mismo, ni si te halagará, ni si te amenazará, ni si resuena alrededor con sonido vacío y vano. «¿Qué entonces? ¿No es a veces más cómodo también carecer del bullicio?» Lo reconozco; y por eso me iré de este lugar. Quise probarme y ejercitarme: ¿qué necesidad hay de atormentarme más tiempo, cuando Ulises encontró un remedio tan fácil para sus compañeros incluso frente a las Sirenas? Adiós.

Carta57

Séneca saluda a su Lucilio.

Cuando debía regresar de Bayas a Nápoles, me convencí fácilmente de que había tormenta para no embarcarme de nuevo; y hubo tanto barro por todo el camino que puedo considerar que navegué de todos modos. Aquel día tuve que soportar todo el destino de los atletas: del aceite de masaje pasamos al polvo en la gruta napolitana. Nada más largo que aquella cárcel, nada más oscuro que aquellas antorchas, que no nos permiten ver a través de las tinieblas, sino solo las tinieblas mismas. Por lo demás, incluso si el lugar tuviera luz, el polvo la eliminaría, algo ya molesto y desagradable al aire libre: ¿qué decir allí dentro, donde se revuelve sobre sí mismo y, al estar encerrado sin ninguna ventilación, recae sobre los mismos que lo han levantado? Soportamos al mismo tiempo dos incomodidades contrarias entre sí: el mismo camino, el mismo día, sufrimos con el barro y con el polvo.

Sin embargo, aquella oscuridad me dio algo en qué pensar: sentí cierto golpe en el ánimo y un cambio sin miedo que la novedad de la situación insólita y su repugnancia me produjeron. No te hablo ahora de mí, que estoy muy lejos de ser un hombre medianamente soportable, y no digamos perfecto, sino de aquel sobre quien la fortuna ha perdido su poder: también su ánimo será golpeado, su color cambiará. Pues hay ciertas cosas, mi querido Lucilio, que ninguna virtud puede evitar; la naturaleza le recuerda su condición mortal. Así pues, fruncirá el ceño ante las tristezas, se estremecerá ante lo repentino y se nublará si, colocado al borde de un precipicio, mira hacia abajo a una vasta profundidad: esto no es miedo, sino una afección natural inexpugnable para la razón. Así, algunos hombres valientes y muy dispuestos a derramar su propia sangre no pueden ver la ajena; algunos se desvanecen y pierden el conocimiento ante la manipulación y visión de una herida reciente, otros ante una vieja y purulenta; algunos reciben la espada más fácilmente de lo que la ven. Sentí, pues, como decía, cierta no ya perturbación, sino cambio: al volver a ver la luz devuelta, regresó sin que yo lo pensara ni lo ordenara la alegría. Después comencé a decirme que era absurdo temer unas cosas más o menos que otras, cuando el fin de todas era el mismo. Pues ¿qué más da que sobre uno se desplome una garita de vigilancia o una montaña? No encontrarás ninguna diferencia. Sin embargo, habrá quienes teman más este derrumbe, aunque ambos sean igualmente mortales; hasta tal punto el miedo no mira al efecto, sino a las causas.

¿Ahora crees que hablo de los estoicos, que piensan que el alma de un hombre aplastado por un gran peso no puede permanecer y que al instante se dispersa, porque no ha tenido una salida libre? Pues no lo hago: me parece que quienes dicen esto se equivocan. Así como la llama no puede ser sofocada —pues se dispersa alrededor de aquello que la oprime—, así como el aire no es dañado por el golpe y el choque, ni siquiera se rompe, sino que refluye alrededor de aquello ante lo cual cedió, así el alma, que está constituida de lo más sutil, no puede ser atrapada ni aplastada dentro del cuerpo, sino que gracias a su sutileza irrumpe a través de las mismas cosas que la comprimen. Del mismo modo que el rayo, incluso cuando ha golpeado y brillado muy extensamente, tiene el regreso por un orificio diminuto, así el alma, que es aún más sutil que el fuego, tiene escapatoria a través de todo el cuerpo. Por lo tanto, hay que preguntarse si puede ser inmortal. Ten esto por seguro: si sobrevive al cuerpo, no puede ser aplastada de ningún modo, puesto que ninguna inmortalidad admite excepciones, ni nada puede dañar a lo eterno. Adiós.

Carta58

Séneca saluda a su querido Lucilio.

Qué pobreza, más aún, qué indigencia de palabras tenemos, nunca lo entendí más que el día de hoy. Se nos presentaron mil cosas, cuando casualmente hablábamos de Platón, que requerían nombres y no los tenían, y algunas que, habiéndolos tenido, habíamos perdido por nuestro desdén. Pero ¿quién toleraría el desdén en la indigencia? A ese que los griegos llaman «oîstron», que enloquece a los rebaños y los dispersa por todos los pastos, los nuestros lo llamaban «asilo». Puedes creerle a Virgilio:

«Hay un bosque junto al Silaro y verde de encinas,

el Alborno muy poblado que revolotea, cuyo nombre es asilo

en romano, «oestrum» tradujeron los griegos llamándolo,

áspero, de sonido cruel, por el cual aterrados por todas las selvas

huyen los rebaños».

Creo que se entiende que esa palabra ha desaparecido. Para no entretenerte más, había en uso ciertas palabras simples, como decían «luchar con la espada entre sí». El mismo Virgilio te lo demostrará:

«inmensos, nacidos en distintas partes del mundo,

que hombres se enfrentaran entre sí y lucharan con la espada».

Lo que ahora llamamos «decidir»: el uso de aquella palabra simple se ha perdido. Los antiguos decían «si iusso», es decir, «si ordenare». No quiero que me lo creas a mí, sino al mismo Virgilio:

«Lo demás, como ordené, que conmigo la tropa traiga las armas». No busco ahora con esta diligencia mostrar cuánto tiempo he perdido con el gramático, sino que entiendas por esto cuánto polvo ha cubierto las palabras de Ennio y Accio, cuando también en este autor, que se estudia todos los días, algunas cosas se nos han escapado. «¿Qué quiere decir», preguntas, «esta preparación? ¿adónde apunta?» No te lo ocultaré: deseo, si es posible, decir con tus oídos favorables «essentia»; si no, lo diré incluso con ellos irritados. Tengo como garante de esta palabra a Cicerón, creo que solvente; si buscas uno más reciente, a Fabiano, elocuente y elegante, de estilo pulido incluso para nuestro desdén. Pues ¿qué haremos, mi querido Lucilio? ¿cómo se dirá «ousía», cosa necesaria, naturaleza que contiene el fundamento de todas las cosas? Te ruego, pues, que me permitas usar esta palabra. No obstante, me esforzaré por ejercer con la mayor moderación el derecho que me concedes; quizá me contentaré con que me esté permitido. ¿De qué servirá tu condescendencia, cuando resulta que no puedo expresar de ningún modo en latín aquello por lo que he insultado a nuestra lengua? Condenarás más las estrecheces romanas si sabes que hay una sílaba que no puedo cambiar. ¿Preguntas cuál es? «Tò ón». Te parezco de ingenio torpe: está ahí en medio, se puede traducir así diciendo «lo que es». Pero veo que hay mucha diferencia: me veo obligado a poner un verbo en lugar de un sustantivo; pero si es así de necesario, pondré «lo que es».

Nuestro amigo, hombre muy erudito, decía hoy que esto se dice de seis modos según Platón. Te los expondré todos, pero antes indicaré que hay algo que es género, hay también especie. Ahora bien, buscamos primero aquel género del que penden las demás especies, del que nace toda división, en el que están comprendidas todas las cosas. Se encontrará si empezamos a repasar las cosas individuales hacia atrás; así pues, seremos conducidos a lo primero. El hombre es una especie, como dice Aristóteles; el caballo es una especie; el perro es una especie. Por lo tanto, hay que buscar algo común a todas estas, un vínculo que las comprenda y las tenga bajo sí. ¿Qué es esto? El animal. Empezó, pues, a ser el género de todas estas que acabo de mencionar —hombre, caballo, perro— el animal. Pero algunas cosas tienen alma y no son animales; pues se admite que también los árboles tienen alma; por ello decimos que viven y mueren. Por lo tanto, los seres animados ocuparán un lugar superior, porque en esta forma están también los animales y las plantas. Pero algunas cosas carecen de alma, como las piedras; por lo tanto, habrá algo más antiguo que los seres animados, evidentemente el cuerpo. Lo dividiré así de modo que diga que todos los cuerpos son o animados o inanimados. También ahora hay algo superior al cuerpo; pues decimos que algunas cosas son corpóreas, algunas incorpóreas. ¿Qué será, entonces, aquello de lo que se derivan estas? Aquello a lo que hace poco impusimos un nombre poco apropiado, «lo que es». Pues se dividirá en especies de modo que digamos: «lo que es» o es corpóreo o es incorpóreo. Este es, pues, el género primero y antiquísimo y, por así decirlo, general; los demás son géneros, ciertamente, pero especiales. Como el hombre es un género; pues tiene en sí especies de naciones, griegos, romanos, partos; de colores, blancos, negros, rubios; tiene individuos, Catón, Cicerón, Lucrecio. Así, por cuanto contiene muchas cosas, cae en el género; por cuanto está bajo otro, en la especie. Aquel género «lo que es», general, no tiene nada sobre sí; es el principio de las cosas; todo está bajo él. Los estoicos quieren superponer a este incluso ahora otro género más principal; de él hablaré enseguida, pero antes demostraré que aquel género del que he hablado merece ponerse en primer lugar, puesto que abarca todas las cosas. «Lo que es» lo divido en estas especies: que sean corpóreas o incorpóreas; no hay una tercera. ¿Cómo divido el cuerpo? De modo que diga: o son seres animados o inanimados. Nuevamente, ¿cómo divido los seres animados? De modo que diga: algunos tienen espíritu, otros solo alma, o así: algunos tienen impulso, avanzan, se mueven, otros arraigados en el suelo se alimentan y crecen. Nuevamente, ¿en qué especies corto los animales? O son mortales o inmortales. A algunos estoicos les parece que el primer género es el «qué»; añadiré por qué les parece. «En la naturaleza de las cosas», dicen, «algunas son, algunas no son, y también estas que no son las abarca la naturaleza de las cosas, las que vienen a la mente, como los Centauros, Gigantes y cualquier otra cosa que, formada por un pensamiento falso, ha comenzado a tener alguna imagen, aunque no tenga sustancia».

Ahora vuelvo a lo que te prometí: cómo Platón divide en seis categorías todas las cosas que existen. La primera es «lo que es», que no se capta ni por la vista ni por el tacto ni por ningún sentido: es pensable. Lo que existe de manera general, como el hombre general, no se presenta ante nuestros ojos; pero sí se presenta lo particular, como Cicerón o Catón. El animal no se ve: se piensa. Pero se ve su especie: el caballo o el perro. Como segundo entre lo que existe, Platón sitúa aquello que sobresale y supera a todo; dice que esto existe por excelencia. «Poeta» se dice de manera común —pues este nombre corresponde a todos los que hacen versos—, pero ya entre los griegos ha pasado a designar a uno solo: cuando oyes «el poeta», entiendes Homero. ¿Qué es entonces esto? Evidentemente, dios, mayor y más poderoso que todo. El tercer tipo es el de aquellas cosas que existen propiamente; estas son innumerables, pero están situadas fuera de nuestra vista. ¿Preguntas cuáles son? Es el equipo propio de Platón: las llama «ideas», a partir de las cuales se hacen todas las cosas que vemos y según las cuales se forman todas. Estas son inmortales, inmutables, inviolables. Escucha qué es una idea, es decir, qué le parece a Platón que es: «La idea es el modelo eterno de las cosas que nacen por naturaleza». Añadiré a la definición una interpretación, para que la cosa te resulte más clara. Quiero hacer tu retrato. Te tengo a ti como modelo de la pintura; de ti mi mente capta cierto aspecto que impone a su obra; así pues, aquel rostro que me enseña e instruye, del cual se toma la imitación, es la idea. De este modo la naturaleza tiene modelos infinitos de las cosas: de los hombres, los peces, los árboles, según los cuales se moldea todo lo que ella debe crear. El cuarto lugar lo ocupará el εἶδος. Conviene que atiendas qué es este εἶδος, y achaca a Platón, no a mí, la dificultad de estas cosas; sin embargo, no hay sutileza sin dificultad. Hace poco usaba la imagen del pintor. Cuando quiso representar a Virgilio con colores, lo contempló a él mismo. La idea era el rostro de Virgilio, modelo de la futura obra; lo que el artista extrae de esta y impone a su obra es el εἶδος. ¿Preguntas cuál es la diferencia? Una cosa es el modelo, otra la forma tomada del modelo e impuesta a la obra; el artista imita una, crea la otra. La estatua tiene cierto rostro: este es el εἶδος. El modelo mismo que el artífice contempla al configurar la estatua tiene cierto rostro: esta es la idea. Si todavía deseas otra distinción: el εἶδος está en la obra, la idea fuera de la obra, y no solo fuera de la obra, sino antes de la obra. El quinto tipo es el de las cosas que existen comúnmente; estas empiezan a concernirnos; aquí están todas las cosas: hombres, ganados, objetos. El sexto tipo es el de aquellas que existen como si existieran, como el vacío, como el tiempo.

Platón no cuenta entre lo que él considera que existe propiamente todo lo que vemos o tocamos; pues estas cosas fluyen y están en constante disminución y aumento. Ninguno de nosotros es el mismo en la vejez que fue siendo joven; ninguno de nosotros es el mismo por la mañana que fue el día anterior. Nuestros cuerpos son arrastrados al modo de los ríos. Todo lo que ves corre con el tiempo; nada de lo que vemos permanece; yo mismo, mientras hablo de que estas cosas cambian, he cambiado. Esto es lo que dice Heráclito: «Bajamos y no bajamos dos veces al mismo río». Pues el nombre del río permanece el mismo, pero el agua ha pasado. Esto es más evidente en el río que en el hombre; pero a nosotros también nos arrastra una corriente no menos veloz, y por eso admiro nuestra demencia: que amemos tanto una cosa fugacísima, el cuerpo, y temamos que alguna vez muramos, cuando cada momento es la muerte del estado anterior. ¿Quieres no temer que suceda una sola vez lo que sucede cada día? He hablado del hombre, materia fluida y caduca, expuesta a todas las causas; pero el mundo mismo, cosa eterna e invicta, cambia y no permanece igual. Aunque tenga en sí todo lo que ha tenido, lo tiene de otra manera que antes: cambia su orden.

«¿De qué me servirá a mí esta sutileza?», dirás. Si me preguntas, de nada; pero del mismo modo que aquel grabador relaja y aparta sus ojos largo tiempo fijos y fatigados y, como se suele decir, los alimenta, así debemos nosotros relajar a veces el ánimo y renovarlo con ciertos placeres. Pero que los placeres mismos sean trabajo; también de estos, si observas, sacarás algo que pueda resultar saludable. Esto yo, Lucilio, suelo hacer: de toda noción, incluso si está muy alejada de la filosofía, intento arrancar algo y hacerlo útil. ¿Qué hay más alejado de la reforma de las costumbres que lo que acabamos de tratar? ¿Cómo pueden hacerme mejor las ideas platónicas? ¿Qué sacaré de ellas que reprima mis deseos? Precisamente esto: que Platón niega que todas esas cosas que sirven a los sentidos, que nos encienden y nos excitan, estén entre las que verdaderamente existen. Así pues, son imaginarias y presentan por un tiempo cierta apariencia; nada de ellas es estable ni sólido; y sin embargo las deseamos como si fueran a durar siempre o como si fuéramos a tenerlas siempre. Débiles y fluidos, estamos situados entre cosas vanas: enviemos el ánimo hacia aquello que es eterno. Admiremos las formas de todas las cosas que vuelan en lo alto y a dios que se mueve entre ellas y provee a esto: cómo defiende de la muerte lo que no pudo hacer inmortal porque la materia se lo impedía, y vence con la razón el defecto del cuerpo. Pues todas las cosas permanecen, no porque sean eternas, sino porque son defendidas por el cuidado del que las gobierna; lo inmortal no necesitaría protector. El artífice conserva esto venciendo con su fuerza la fragilidad de la materia. Despreciemos todo lo que no es tan valioso que sea dudoso si existe siquiera. Pensemos al mismo tiempo en esto: si la providencia preserva de los peligros al mundo mismo, no menos mortal que nosotros, puede también nuestra providencia prolongar en cierta medida la duración de este cuerpecillo, si logramos regular y refrenar los placeres, por los cuales perece la mayor parte. El propio Platón se mantuvo hasta la vejez con su cuidado. Había obtenido un cuerpo vigoroso y fuerte, y su nombre le venía de la anchura de su pecho, pero las navegaciones y los peligros habían restado mucho a sus fuerzas; sin embargo, la sobriedad y la moderación en las cosas que despiertan el apetito y el cuidadoso cuidado de sí mismo lo llevaron hasta la vejez a pesar de muchas causas que lo impedían. Pues sabes esto, creo: a Platón le sucedió gracias a su cuidado que murió el día de su nacimiento y cumplió el año ochenta y uno sin ninguna resta. Por eso los magos que casualmente estaban en Atenas hicieron sacrificios por el difunto, considerando que había tenido una suerte mayor que la humana, porque había completado el número más perfecto, que componen nueve multiplicado nueve veces. No dudo que estarías dispuesto a ceder algunos días de esa suma y a renunciar al sacrificio. La frugalidad puede prolongar la vejez, que, aunque no creo que sea deseable, tampoco hay que rechazarla; es agradable estar consigo mismo el mayor tiempo posible, cuando uno se ha hecho digno de disfrutarse a sí mismo.

Así pues, emitiremos nuestra opinión sobre esto: si conviene despreciar los últimos momentos de la vejez y no esperar el final sino provocarlo con la mano. Está cerca del que tiene miedo quien espera perezosamente el destino, del mismo modo que está excesivamente entregado al vino aquel que seca la ánfora y sorbe también el poso. Sin embargo, sobre esto preguntaremos: si la última parte de la vida es el poso o algo límpido y purísimo, siempre que la mente esté sin daño y los sentidos íntegros ayuden al ánimo y el cuerpo no esté defectuoso y medio muerto; pues importa mucho si uno prolonga la vida o la muerte. Pero si el cuerpo es inútil para sus funciones, ¿por qué no conviene sacar el ánimo que sufre? Y quizás hay que hacerlo un poco antes de que sea necesario, no sea que cuando deba hacerse no puedas hacerlo; y como el peligro de vivir mal es mayor que el de morir pronto, es estúpido quien no redime con un pequeño precio de tiempo el riesgo de una cosa grande. Pocos ha llevado una vejez larguísima hasta la muerte sin daño, a muchos la vida inerte ha permanecido sin uso de sí: ¿cuánto más cruel juzgas entonces haber perdido algo de la vida que el derecho de ponerle fin? No me escuches de mala gana, como si ya te concerniera esta opinión, y valora lo que digo: no abandonaré la vejez si me conserva entero para mí, entero en mi mejor parte; pero si empieza a sacudir mi mente, si destruye sus partes, si me deja no la vida sino solo el aliento, saltaré del edificio podrido y que se derrumba. No huiré de la enfermedad mediante la muerte, con tal de que sea curable y no dañe mi ánimo. No me pondré las manos encima por el dolor: morir así es ser vencido. Sin embargo, si sé que debo sufrirlo perpetuamente, saldré, no por él mismo, sino porque va a ser un impedimento para todo aquello por lo que se vive; es débil y cobarde quien muere a causa del dolor, estúpido quien vive por causa del dolor.

Pero me alargo; además, hay materia que puede llevar todo el día: y ¿cómo podrá poner fin a su vida quien no puede ponerlo a una carta? Adiós, pues: lo cual leerás con más gusto que puras muertes. Adiós.

Carta59

Séneca saluda a su querido Lucilio.

He recibido gran placer con tu carta; permíteme usar palabras comunes y no las remitas a la significación estoica. Creemos que el placer es un vicio. Que lo sea; sin embargo, solemos usarlo para designar una disposición alegre del ánimo. Sé, digo, que el placer, si dirigimos las palabras a nuestro vocabulario, es cosa infame, y que el gozo solo corresponde al sabio; pues es la exaltación del ánimo que confía en sus bienes verdaderos. Sin embargo, hablamos vulgarmente de tal modo que decimos haber recibido gran gozo por el consulado de fulano o por sus nupcias o por el parto de su esposa, cosas que no solo no son gozos sino que a menudo son el comienzo de futura tristeza; el gozo, en cambio, está unido al no cesar ni convertirse en lo contrario. Así pues, cuando nuestro Virgilio dice

«y los malos gozos

del alma»,

lo dice con acierto, pero con poca propiedad; pues ningún gozo es malo. A los placeres puso este nombre y expresó lo que quería; significó que los hombres están contentos de su propio mal. Sin embargo, yo no dije sin razón que había recibido gran placer con tu carta; pues aunque el hombre ignorante se alegre por causa honesta, sin embargo, su afecto descontrolado y que pronto se inclinará a lo opuesto lo llamo placer, movido por la opinión de un bien falso, inmoderado y excesivo.

Pero para volver a mi propósito, escucha qué me ha gustado de tu carta: tienes las palabras bajo control, el discurso no te arrastra ni te lleva más lejos de lo que te habías propuesto. Hay muchos a quienes la belleza de alguna palabra atractiva los invita a escribir sobre algo que no se habían planteado, cosa que no te ocurre a ti: todo es contenido y ajustado al tema; dices lo que quieres y significas más de lo que dices. Esto es indicio de algo mayor: se ve que tu espíritu tampoco tiene nada superfluo, nada hinchado. Sin embargo, encuentro metáforas de palabras que, si bien no son temerarias, sí han corrido su riesgo; encuentro imágenes cuyo uso, si alguien nos lo prohibiera a nosotros y las considerara concedidas solo a los poetas, me parece que no habría leído a ninguno de los antiguos, en quienes aún no se buscaba un discurso destinado al aplauso: aquellos que hablaban con sencillez y para exponer los hechos estaban llenos de parábolas, que yo considero necesarias, no por la misma razón que para los poetas, sino para que sean apoyos de nuestra debilidad, para que lleven tanto al que habla como al que escucha hacia el asunto presente.

Precisamente en este momento estoy leyendo a Sexcio, hombre enérgico que filosofa con palabras griegas pero con costumbres romanas. Me impresionó una imagen que él planteó: que un ejército avanza en formación cuadrada cuando el enemigo es sospechoso desde todas partes, preparado para el combate. «Lo mismo» dice «debe hacer el sabio: desplegar todas sus virtudes por todas partes, de modo que dondequiera que surja algo hostil, allí estén preparadas las defensas y respondan sin confusión a la señal del que manda». Lo que vemos que ocurre en aquellos ejércitos que organizan los grandes generales, que todas las tropas sienten al mismo tiempo la orden del jefe, dispuestas de tal manera que la señal dada por uno recorre simultáneamente a la infantería y a la caballería, esto —dice— es tanto más necesario para nosotros. Pues ellos muchas veces temieron al enemigo sin motivo, y el camino más seguro para ellos fue el que había sido más sospechoso: la necedad no tiene nada pacífico; tanto teme lo de arriba como lo de abajo; se estremece por ambos flancos; los peligros la siguen y le salen al encuentro; teme ante todo, está desprevenida y se aterroriza hasta de sus propias ayudas. Pero el sabio, protegido contra todo ataque, alerta, no retrocederá un paso si lo asaltan la pobreza, el duelo, la ignominia o el dolor: sin miedo irá contra ellos y entre ellos. A nosotros nos atan muchas cosas, muchas nos debilitan. Hemos yacido largo tiempo en estos vicios, es difícil limpiarnos; pues no estamos manchados sino teñidos.

Para no pasar de una imagen a otra, preguntaré esto que a menudo examino conmigo mismo: ¿por qué la necedad nos tiene tan tenazmente agarrados? Primero porque no la rechazamos con fuerza ni nos esforzamos con todo impulso hacia la salvación; segundo porque no confiamos suficientemente en lo que han descubierto los sabios ni lo absorbemos con el pecho abierto, y nos aplicamos ligeramente a un asunto tan grande. Pero ¿cómo puede aprender alguien lo suficiente contra los vicios quien aprende lo que le sobra del tiempo libre de los vicios? Ninguno de nosotros desciende a lo profundo; solo hemos recogido lo superficial y haber dedicado un poco de tiempo a la filosofía resultó suficiente y abundante para los ocupados. Esto nos estorba especialmente: que nos complacemos rápidamente a nosotros mismos; si encontramos a quien nos llame buenos, prudentes, santos, lo aceptamos. No nos contentamos con un elogio moderado: cuanto nos ha amontonado la adulación sin pudor lo tomamos como algo debido. Asentimos cuando nos confirman que somos óptimos, sapientísimos, aunque sabemos que ellos suelen mentir mucho; y nos condescendemos tanto que queremos ser elogiados en aquello contrario a lo que precisamente estamos haciendo. Aquel se oye llamar muy bondadoso en medio de los suplicios, muy generoso en medio de los robos y muy moderado en medio de las borracheras y las lujurias; por tanto resulta que no queremos cambiar porque hemos creído que somos óptimos. Alejandro, cuando ya andaba errante por la India y asolaba con la guerra a pueblos no suficientemente conocidos ni siquiera para sus vecinos, en el asedio de cierta ciudad, mientras rodeaba las murallas y buscaba los puntos más débiles de las defensas, herido por una flecha permaneció largo tiempo sentado y perseveró en lo empezado. Luego, cuando con la sangre contenida creció el dolor de la herida reseca y la pierna colgando del caballo se le entorpeció poco a poco, obligado a retirarse dijo: «Todos juran que soy hijo de Júpiter, pero esta herida grita que soy hombre». Hagamos nosotros lo mismo. A cada uno según su medida la adulación lo envanece: digamos: «Vosotros decís que soy prudente, pero yo veo cuántas cosas inútiles deseo, cuántas nocivas ansío. Ni siquiera entiendo esto que la saciedad muestra a los animales: cuál debe ser la medida de la comida, cuál de la bebida; aún no sé cuánto puedo abarcar».

Ya te enseñaré cómo entiendas que no eres sabio. El sabio está lleno de alegría, risueño y sereno, imperturbable; vive de igual a igual con los dioses. Ahora consúltate a ti mismo: si nunca estás triste, si ninguna esperanza inquieta tu ánimo con la expectativa del futuro, si por los días y las noches el tenor de tu ánimo es parejo y uniforme, erguido y satisfecho consigo mismo, has llegado a la cima del bien humano; pero si buscas placeres de todas partes y todos, sabe que te falta tanta sabiduría como alegría. A esto deseas llegar, pero te equivocas si esperas que llegarás allí entre riquezas, entre honores, es decir, buscas la alegría entre las preocupaciones: aquellas cosas que así buscas como si fueran a darte contento y placer son causas de dolores. Todos, digo, tienden hacia aquella alegría, pero ignoran de dónde obtener una estable y grande: uno de los banquetes y el lujo, otro de la ambición y la muchedumbre de clientes que lo rodea, otro de la amante, otro de la vana ostentación de estudios liberales y de letras que no curan nada —a todos estos los engañan deleites falaces y breves, como la embriaguez, que paga la alegre locura de una hora con el tedio de largo tiempo, como los aplausos y el favor de la aclamación favorable, que tanto se obtiene como se paga con gran inquietud. Por tanto piensa esto: que este es el efecto de la sabiduría, la uniformidad de la alegría. El ánimo del sabio es tal como el mundo por encima de la luna: allí siempre hay serenidad. Tienes, pues, también un motivo para querer ser sabio, si nunca está sin alegría. Esta alegría no nace sino de la conciencia de las virtudes: no puede alegrarse sino el fuerte, sino el justo, sino el moderado. «¿Qué pasa entonces?» dices, «¿los necios y los malos no se alegran?» No más que cuando los leones han conseguido una presa: cuando se han fatigado con el vino y las lujurias, cuando la noche los ha abandonado entre los vicios, cuando los placeres amontonados en un cuerpo estrecho más allá de lo que podía abarcar han comenzado a pudrirse, entonces exclaman los miserables aquel verso virgiliano:

«Pues sabes que pasamos la última noche entre falsos goces».

Todo lujurioso pasa toda la noche entre falsos goces y precisamente como si fuera la última: aquella alegría que sigue a los dioses y a los émulos de los dioses no se interrumpe, no cesa; cesaría si hubiera sido tomada de otra parte. Porque no es don ajeno, tampoco está bajo decisión ajena: lo que no dio la fortuna no lo quita. Adiós.

Carta60

Séneca saluda a su Lucilio.

Me quejo, protesto, me enfado. ¿Aún ahora deseas lo que te deseó tu nodriza o tu pedagogo o tu madre? ¿Todavía no entiendes cuánto mal te desearon? ¡Oh, qué enemigos nos son los deseos de los nuestros! Y tanto más enemigos cuanto más felizmente resultaron. Ya no me asombro de que todos los males nos persigan desde la primera infancia: crecimos entre las maldiciones de nuestros padres. Que los dioses escuchen alguna vez nuestra voz desinteresada en favor de nosotros. ¿Hasta cuándo pediremos algo a los dioses? ¿Acaso aún no podemos alimentarnos nosotros mismos? ¿Cuánto tiempo llenaremos con siembras los campos de las grandes ciudades? ¿Cuánto tiempo segará para nosotros el pueblo? ¿Cuánto tiempo el ajuar de una sola mesa lo transportarán muchos barcos y además no de un solo mar? El toro se sacia con el pasto de muy pocos yugos de tierra; una sola selva basta para muchos elefantes; el hombre se alimenta de la tierra y del mar. ¿Qué pasa entonces? ¿La naturaleza nos dio un vientre tan insaciable, cuando nos había dado cuerpos tan modestos, que venciéramos la voracidad de los animales más vastos y más glotones? En absoluto; pues ¡qué poco es lo que se da a la naturaleza! Con poco se la despide: no nos cuesta mucho el hambre de nuestro vientre sino la ambición. Por tanto, a estos que, como dice Salustio, «obedecen al vientre», contémoslos en el lugar de los animales, no de los hombres, y a algunos en verdad ni siquiera de los animales sino de los muertos. Vive el que es útil a muchos, vive el que se aprovecha de sí mismo; pero los que se esconden y se aletargan están en casa como en un sepulcro. De estos puedes inscribir el nombre en mármol en el mismo umbral: se adelantaron a su muerte. Adiós.

Carta61

Séneca saluda a su Lucilio.

Dejemos de querer lo que quisimos. Yo desde luego hago esto: que siendo viejo no quiera las mismas cosas que quise de niño. En esto se van los días, en esto las noches, esta es mi tarea, esta mi preocupación: poner fin a los viejos males. Hago esto: que un día equivalga para mí a toda la vida; y por Hércules que no lo arrebato como si fuera el último, pero lo miro así, como si pudiera ser incluso el último. Con este ánimo te escribo esta carta, como si la muerte fuera a llamarme precisamente cuando estoy escribiendo; estoy preparado para salir, y por eso disfruto de la vida porque no me preocupa demasiado cuánto durará esto. Antes de la vejez me ocupé de vivir bien, en la vejez de morir bien; y morir bien es morir de buen grado. Procura no hacer nunca nada contra tu voluntad: lo que va a ser necesario para el que se resiste, para el que quiere no es necesidad. Así lo digo: quien recibe de buen grado las órdenes escapa a la parte más amarga de la servidumbre, hacer lo que no quiere; no es miserable quien hace algo ordenado, sino quien lo hace contra su voluntad. Por tanto dispongamos así nuestro ánimo para que queramos lo que la situación exija, y ante todo para que pensemos en nuestro fin sin tristeza. Debemos prepararnos para la muerte antes que para la vida. La vida está suficientemente equipada, pero nosotros somos ávidos de sus instrumentos; nos parece que nos falta algo y siempre nos parecerá: para que hayamos vivido lo suficiente, no lo hacen los años ni los días sino el ánimo. He vivido, Lucilio queridísimo, lo suficiente; espero la muerte lleno. Adiós.

Carta62

Séneca saluda a su Lucilio.

Mienten quienes pretenden que el tumulto de los negocios les impide dedicarse a los estudios liberales: fingen estar ocupados, aumentan sus ocupaciones y ellos mismos se mantienen ocupados. Yo estoy libre, Lucilio, estoy libre, y dondequiera que esté, allí soy dueño de mí mismo. Porque no me entrego a los asuntos sino que los acomodo, y no ando a la caza de motivos para perder el tiempo; y en cualquier lugar donde me haya detenido, allí desarrollo mis pensamientos y elaboro algo saludable en mi ánimo. Cuando me entrego a mis amigos, sin embargo no me alejo de mí mismo, ni me demoro con aquellos a quienes me ha reunido alguna circunstancia o un deber surgido de la vida civil, sino que estoy con los mejores; hacia ellos, en cualquier lugar, en cualquier época en que hayan vivido, envío mi espíritu. A Demetrio, el mejor de los hombres, lo llevo conmigo y, dejando a los vestidos de púrpura, converso con él que va casi desnudo, y lo admiro. ¿Por qué no habría de admirarlo? He visto que no le falta nada. Uno puede despreciar todas las cosas, pero nadie puede poseerlas todas: el camino más corto hacia la riqueza es a través del desprecio de las riquezas. Nuestro Demetrio, en cambio, vive de tal modo que no como si hubiera despreciado todas las cosas, sino como si hubiera permitido que otros las poseyeran. Cuídate.

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