Clasicalia
InicioCartas a LucilioLibro XVI
13 / 16

Libro XVI

Cartas a Lucilio · Séneca · 33 min de lectura

Carta96

Sin embargo, te indignas por algo o te quejas, y no entiendes que en esas cosas no hay más mal que este: que te indignas y te quejas. Si me preguntas, creo que nada hace miserable a un hombre salvo que considere miserable algo que hay en la naturaleza de las cosas. No me soportaré a mí mismo el día en que no pueda soportar algo. Estoy enfermo: es parte del destino. La servidumbre ha caído enferma, el dinero ha sufrido un quebranto, la casa se ha agrietado, han sobrevenido pérdidas, heridas, trabajos, miedos: suele ocurrir. Esto es poco: debió ocurrir. Estas cosas están decretadas, no suceden por accidente. Si me crees, te estoy revelando mis sentimientos más íntimos: ante todas las cosas que parecen adversas y duras estoy dispuesto de este modo: no obedezco a dios sino que asiento; lo sigo de corazón, no porque sea necesario. Nada me sucederá jamás que reciba con tristeza, que reciba con mal gesto; no pagaré ningún tributo de mala gana. Ahora bien, todas esas cosas por las que gemimos, que nos aterran, son tributos de la vida: de ellos, mi querido Lucilio, ni esperes la exención ni la pidas. Te inquietó el dolor de vejiga, llegaron cartas poco agradables, pérdidas continuas —me acercaré más—, temiste por tu vida. ¿Qué, acaso no sabías que pedías esto cuando deseabas la vejez? Todas estas cosas están en una vida larga, como en un camino largo están el polvo y el barro y la lluvia. «Pero yo quería vivir, aunque sin todos los inconvenientes». Una voz tan afeminada deshonra a un hombre. Mira cómo acojo yo este deseo tuyo; yo lo hago con grandeza de ánimo, no solo con bondad: que ni los dioses ni las diosas permitan que la fortuna te tenga entre sus mimados. Pregúntate a ti mismo, si algún dios te diera la posibilidad, si preferirías vivir en el mercado o en el campamento. Y sin embargo, vivir, Lucilio, es militar. Por eso, quienes se agitan y suben y bajan por lugares trabajosos y escarpados y emprenden expediciones peligrosísimas son hombres valientes y los primeros del campamento; aquellos a quienes una paz corrompida mantiene regaladamente mientras otros trabajan son tortolitas, a salvo para su propia vergüenza. Cuídate.

Carta97

Te equivocas, mi Lucilio, si crees que es un vicio propio de nuestra época el lujo y el descuido de las buenas costumbres y las demás cosas que cada cual ha reprochado a su tiempo: esas cosas son de los hombres, no de los tiempos. Ninguna época estuvo libre de culpa; y si empiezas a evaluar la licencia de cada siglo, da vergüenza decirlo, nunca se pecó más abiertamente que delante de Catón. Alguien creerá que hubo dinero de por medio en aquel juicio en que era reo Publio Clodio por el adulterio que cometió en secreto con la esposa de César, tras violar las ceremonias de aquel sacrificio que se dice que se hace «en nombre del pueblo», apartando fuera del recinto a todos los varones de tal modo que hasta las pinturas de animales machos se cubren. Pues bien, se entregaron monedas a los jueces y, lo que es aún más vergonzoso que este pacto, además se exigieron como precio violaciones de matronas y de jóvenes nobles. Se pecó menos con el crimen que con la absolución: el acusado de adulterio distribuyó adulterios y no se sintió seguro de su salvación hasta que hizo a sus jueces semejantes a él. Estas cosas se hicieron en aquel juicio en el que, si nada más, Catón había dado testimonio. Pondré las mismas palabras de Cicerón, porque el asunto supera lo creíble. [Del libro primero de las cartas de Cicerón a Ático] «Convocó para sí, prometió, medió, dio. Ya más aún (¡oh dioses buenos, qué perdición!), también las presentaciones nocturnas de ciertas mujeres y jóvenes nobles fueron para algunos jueces el colmo de la recompensa». No hay tiempo para quejarse del precio, hubo más en los añadidos. «¿Quieres a la esposa de aquel hombre severo? Te la daré. ¿Quieres a la de este rico? Te conseguiré el encuentro. A menos que cometas adulterio, condenarás. Aquella hermosa que deseas vendrá. Te prometo aquella noche y no lo pospongo; dentro del plazo del aplazamiento se cumplirá mi promesa». Distribuir adulterios es más que cometerlos; esto es verdaderamente citarlas a las madres de familia. Estos jueces de Clodio habían pedido al senado protección, que solo era necesaria si iban a condenar, y la habían conseguido; así que Cátulo les dijo elegantemente, absuelto el reo: «¿Por qué nos pedíais protección? ¿Acaso para que no os arrebataran el dinero?» Sin embargo, entre estas bromas, quedó impune el que antes del juicio fue adúltero, en el juicio alcahuete, que evitó la condena peor de lo que la mereció. ¿Crees que hubo algo más corrupto que aquellas costumbres en las que la lujuria no podía ser contenida ni por lo sagrado ni por los jueces, en las que en la investigación misma que se llevaba a cabo extraordinariamente por decreto del senado se cometió más de lo que se investigaba? Se investigaba si alguien podía estar seguro después del adulterio: resultó que no se podía estar seguro sin adulterio.

Esto sucedió entre Pompeyo y César, entre Cicerón y Catón, digo aquel Catón ante cuya presencia se dice que el pueblo no se atrevió a reclamar los juegos florales del desnudamiento de las prostitutas, si crees que entonces los hombres contemplaban más severamente de lo que juzgaban. Y estas cosas se harán y se han hecho, y la licencia de las ciudades a veces se calma por la disciplina y el temor, nunca espontáneamente. No hay razón, pues, para que creas que nosotros hemos permitido muchísimo a la pasión, muy poco a las leyes; pues esta juventud es mucho más frugal que aquella, cuando el acusado negaba el adulterio ante los jueces, los jueces lo confesaban ante el acusado, cuando se cometía violación para juzgar el caso, cuando Clodio, querido por los mismos vicios por los que era culpable, ejercía de celestina en el momento mismo de la exposición de la causa. ¿Quién creería esto? El que era condenado por un adulterio fue absuelto por muchos.

Toda época tendrá Clodios, no toda tendrá Catones. Somos fáciles para lo peor, porque no puede faltar ni guía ni compañero, y la cosa misma avanza incluso sin guía, sin compañero. No solo es cuesta abajo hacia los vicios sino precipicio, y, lo que hace incorregibles a la mayoría, los errores de todas las demás artes avergüenzan a sus practicantes y ofenden al que se equivoca, los errores de la vida deleitan. El piloto no se alegra por el naufragio del barco, el médico no se alegra por el entierro del enfermo, el orador no se alegra si por culpa del defensor cayó el acusado, pero por el contrario a todos les da placer su propia culpa: aquel se alegra del adulterio al que fue incitado por la dificultad misma; aquel se alegra del engaño y del robo, y a aquel no le disgusta la culpa sino la mala fortuna de la culpa. Esto ocurre por una costumbre perversa. De otro modo, para que sepas que subyace en las almas incluso desviadas hacia lo peor el sentido del bien y que no se ignora lo vergonzoso sino que se descuida, todos disimulan sus pecados y, aunque hayan salido bien, gozan del fruto de ellos, pero los ocultan. Pero la buena conciencia quiere salir y ser vista: la maldad teme a las tinieblas mismas. Por eso creo que fue dicho elegantemente por Epicuro: «puede ocurrirle al culpable que se oculte, no puede tener la certeza de ocultarse», o si juzgas que este sentido puede explicarse mejor de este modo: «por eso no les sirve a los pecadores ocultarse porque aunque tengan la suerte de ocultarse, no tienen la confianza». Así es, los crímenes pueden estar seguros, <no pueden estar tranquilos>. No juzgo que esto, si se explica así, contradiga a nuestra escuela. ¿Por qué? Porque la primera y mayor pena de los que pecan es haber pecado, y ningún crimen, aunque la fortuna lo adorne con sus dones, aunque lo proteja y defienda, queda impune, puesto que el castigo del crimen está en el crimen. Pero no obstante también estas penas secundarias lo oprimen y lo persiguen, temer siempre y estar aterrado y desconfiar de la tranquilidad. ¿Por qué voy a librar a la maldad de este castigo? ¿Por qué no dejarla siempre en vilo? Separémonos de Epicuro allí donde dice que nada es justo por naturaleza y que los crímenes deben evitarse porque no puede evitarse el miedo: concordemos aquí en que las malas acciones son flageladas por la conciencia y que su mayor tormento es que una preocupación perpetua la acosa y golpea, y que no puede confiar en los garantes de su tranquilidad. Pues esto mismo es una prueba, Epicuro, de que la naturaleza nos aparta del crimen, que a todos, incluso entre lo seguro, hay temor. Muchos libera la fortuna del castigo, a ninguno del miedo. ¿Por qué sino porque tenemos infundida la aversión a aquello que la naturaleza condenó? Por eso nunca hay certeza de ocultarse ni siquiera para los que se ocultan, porque los acusa la conciencia y se los muestra a ellos mismos. Pero es propio de los culpables temblar. Habríamos salido mal parados si muchos crímenes escapan a la ley y al vengador y a los castigos escritos, si no los pagaran aquellos castigos naturales y graves sobre lo presente y en lugar del sufrimiento se instalara el temor. Cuídate.

Carta98

Nunca creas feliz a quien depende de la felicidad. Se apoya en cosas frágiles el que se alegra por lo adventicio: saldrá el gozo que entró. Pero aquel que nace de uno mismo es fiel y firme, y crece y acompaña hasta el final: las demás cosas de las que hay admiración en el vulgo son bienes para el día. «¿Qué entonces? ¿No pueden ser útiles y placenteras?». ¿Quién lo niega? Pero con tal de que ellas dependan de nosotros, no nosotros de ellas. Todas las cosas que mira la fortuna se vuelven fructíferas y agradables si quien las tiene se tiene también a sí mismo y no está en poder de sus posesiones. Pues se equivocan, Lucilio, quienes juzgan que la fortuna nos atribuye algo bueno o malo: da la materia de los bienes y de los males y los principios de las cosas que entre nosotros van a terminar en mal o en bien. Pues más poderoso que toda fortuna es el ánimo y conduce él mismo sus cosas hacia una y otra parte y es para sí causa de la vida feliz y miserable. El malo convierte todo en mal, incluso lo que había venido con apariencia de óptimo; el recto e íntegro corrige lo torcido de la fortuna y con el conocimiento de soportar ablanda lo duro y áspero, y al mismo tiempo recibe lo favorable con gratitud y moderación y lo adverso con constancia y valentía. Aunque sea prudente, aunque haga todo con juicio acabado, aunque no intente nada por encima de sus fuerzas, no alcanzará aquel bien íntegro y puesto fuera de las amenazas a menos que sea seguro frente a lo incierto. Ya sea que quieras observar a otros (pues más libremente se juzga entre lo ajeno) ya sea a ti mismo apartando el favor, sentirás esto y lo confesarás: nada de estas cosas deseables y queridas es útil a menos que te hayas preparado contra la ligereza del azar y de las cosas que siguen al azar, a menos que hayas dicho frecuentemente y sin queja ante cada pérdida:

los dioses han visto otra cosa.

Es más, te juro que, para que busques un precepto más fuerte y justo con el que fortalecer tu espíritu, repite esto cada vez que algo suceda de manera distinta a como pensabas: «Los dioses lo hacen mejor». Así dispuesto, nada te ocurrirá. Y se dispondrá así si ha reflexionado sobre lo que puede hacer la variabilidad de las cosas humanas antes de experimentarlo, si ha tenido hijos, esposa y patrimonio de tal modo que sepa que no necesariamente los tendrá siempre y que no será más desdichado si deja de tenerlos. Es desgraciado el espíritu que está ansioso por el futuro y se vuelve miserable antes de las desgracias, el que se preocupa de que aquellas cosas en las que se deleita permanezcan hasta el final; pues no encontrará sosiego en ningún momento y, por la espera del futuro, perderá el presente del que podía disfrutar. Están en el mismo plano el dolor de perder algo y el miedo a perderlo. Pero no te aconsejo por ello la negligencia. Tú evita lo que debe temerse; prevé todo lo que puede preverse con la reflexión; observa y aparta mucho antes de que ocurra aquello que va a dañarte. Para esto mismo te servirá enormemente la confianza y un espíritu fortalecido para soportarlo todo. Puede precaverse de la fortuna quien puede sobrellevarla; desde luego, en la calma no hay tumulto. Nada hay más miserable ni más necio que temer por anticipado: ¡qué locura es esa de adelantarse a la propia desgracia! En fin, para encerrar brevemente lo que pienso y describirte a esos agitados y molestos para sí mismos: son tan intemperantes en las propias desgracias como antes de ellas. Sufre más de lo necesario quien sufre antes de lo necesario; pues con la misma debilidad con la que no espera el dolor tampoco lo valora; con la misma intemperancia se imagina que su felicidad es perpetua, se imagina que debe crecer todo lo que le ha tocado, no solo durar, y olvidándose de este columpio en el que se agitan las cosas humanas, se promete a sí solo la estabilidad de lo fortuito. Por eso me parece que Metrodoro dijo de manera excelente en aquella carta en la que se dirige a su hermana, que había perdido un hijo de excelente carácter: «Todo bien de los mortales es mortal». Habla de esos bienes por los que se corre; pues el verdadero bien no muere, es cierto y sempiterno: la sabiduría y la virtud; esto es lo único inmortal que les toca a los mortales. Por lo demás, son tan necios y están tan olvidados de adónde van, de adónde los empuja cada día, que se sorprenden de perder algo ellos mismos, que van a perderlo todo en un solo día. Todo aquello de lo que te inscribes como dueño está en tu poder, no es tuyo; nada firme hay para lo débil, nada eterno e invicto para lo frágil. Tan necesario es perecer como perder, y esto mismo, si lo entendemos, es un consuelo. Pierde con ánimo sereno: hay que perecer.

¿Qué auxilio encontramos, pues, contra estas pérdidas? Este: que conservemos en la memoria lo perdido y no permitamos que desaparezca junto con las cosas mismas el fruto que obtuvimos de ellas. Se nos arrebata el tener, nunca el haber tenido. Es muy ingrato quien, cuando ha perdido, no debe nada por lo recibido. El azar nos arrebata la cosa, pero deja en nosotros el uso y el fruto, que nosotros hemos perdido por la injusticia del deseo. Dite a ti mismo: de esas cosas que parecen terribles ninguna es invencible. Muchos han vencido ya cada una de ellas: Mucio el fuego, Régulo la cruz, Sócrates el veneno, Rutilio el exilio, Catón la muerte infligida por la espada: venzamos también nosotros algo. A la inversa, esas cosas que arrastran a la multitud por parecer espléndidas y afortunadas han sido despreciadas por muchos y a menudo. Fabricio rechazó las riquezas como general y las censuró como censor; Tuberón juzgó que la pobreza era digna tanto de él como del Capitolio, cuando al usar vajilla de barro en un banquete público mostró que el hombre debe contentarse con aquello de lo que incluso ahora se sirven los dioses. El padre de Sexto rechazó los honores; él, que había nacido de tal modo que debía ocuparse de la república, no aceptó el laticlavio que le ofrecía el divino Julio, pues entendía que lo que podía darse también podía quitarse. Hagamos también nosotros mismos algo con valor; estemos entre los ejemplos. ¿Por qué desfallecemos? ¿Por qué nos desesperamos? Lo que pudo hacerse puede hacerse: purifiquemos solo el espíritu y sigamos a la naturaleza, pues quien se desvía de ella tiene que desear y temer y servir a lo fortuito. Es posible volver al camino, es posible ser restituidos a la integridad: seamos restituidos, para que podamos soportar los dolores de cualquier modo que invadan el cuerpo y decir a la fortuna: «Tienes que vértelas con un hombre: busca a quién vencer».

Con estas conversaciones y otras similares se alivia la violencia de esa úlcera, que deseo, te lo juro, que se mitigue y que o se cure o se detenga y envejezca con él mismo. Pero estoy tranquilo respecto a él: se trata de nuestra pérdida, a quienes se nos arrebata un anciano extraordinario. Pues él está lleno de vida, a la que no desea que se añada nada por su propia causa sino por la de aquellos a quienes es útil. Hace un acto generoso al vivir. Otro ya habría terminado con estos tormentos: este considera tan vergonzoso huir de la muerte como refugiarse en la muerte. «¿Qué entonces? ¿No saldrá si la situación lo aconseja?» ¿Por qué no habría de salir, si nadie ya podrá utilizarlo, si no hará otra cosa que dedicarse al dolor? Esto es, mi querido Lucilio, aprender la filosofía en la práctica y ejercitarse en lo verdadero, ver qué ánimo tiene un hombre prudente frente a la muerte y frente al dolor, cuando aquella se acerca y este oprime; lo que debe hacerse debe aprenderse de quien lo hace. Hasta ahora se ha debatido con argumentos si alguien puede resistir al dolor, si la muerte, al acercarse, abate incluso a los espíritus grandes. ¿Qué necesidad hay de palabras? Vayamos a lo que está presente: ni la muerte lo hace más fuerte contra el dolor ni el dolor contra la muerte. Confía en sí mismo contra ambos y no soporta el dolor pacientemente por la esperanza de la muerte ni muere con gusto por el hastío del dolor: soporta este, espera aquella. Adiós.

Carta99

Te envié la carta que escribí a Marulo cuando perdió a su hijo pequeño y se decía que lo sobrellevaba con debilidad, en la que no he seguido mi costumbre habitual ni he creído que debía tratarlo con suavidad, siendo más digno de reproche que de consuelo. Pues hay que ceder un poco al que está abatido y lleva mal una gran herida; que se sacie o al menos descargue el primer impulso: los que se han impuesto llorar deben ser corregidos de inmediato y aprender que también hay necedades incluso en las lágrimas.

«¿Esperas consuelos? Recibe reproches. ¿Tú soportas tan débilmente la muerte de tu hijo? ¿Qué harías si hubieras perdido un amigo? Murió un hijo de esperanza incierta, pequeño; se pierde un poquito de tiempo. Buscamos motivos de dolor y queremos quejarnos incluso injustamente de la fortuna, como si no fuera a proporcionar justas causas de queja: pero, te lo juro, ya me parecía que tenías suficiente ánimo incluso contra males sólidos, no digamos contra estas sombras de males por las que gimen los hombres por costumbre. Si hubieras perdido un amigo, que es la mayor de todas las pérdidas, había que esforzarse en que te alegraras más de haberlo tenido que en entristecerte de haberlo perdido. Pero la mayoría no cuenta cuánto han recibido, cuánto se han alegrado. Este dolor tiene, entre otros males, este: no solo es superfluo sino ingrato. ¿Entonces se pierde el esfuerzo de haber tenido un amigo así? ¿Tantos años, tanta unión de vida, tan familiar comunidad de estudios no han servido de nada? ¿Entierras con el amigo la amistad? ¿Y por qué te duele haber perdido, si no aprovecha haber tenido? Créeme, una gran parte de aquellos a quienes hemos amado, aunque el azar los haya arrebatado, permanece con nosotros; nuestro es el tiempo pasado y nada hay en lugar más seguro que lo que fue. Somos ingratos con lo recibido por la esperanza del futuro, como si lo que va a ser, si es que nos sale bien, no fuera a pasar pronto a lo pretérito. Delimita estrechamente el fruto de las cosas quien se alegra solo de lo presente: también deleitan lo futuro y lo pasado, esto por la expectativa, aquello por la memoria, pero lo uno pende y puede no realizarse, lo otro no puede no haber sido. ¿Quién es, pues, tan loco como para prescindir de lo más cierto? Descansemos en aquello que ya hemos bebido, si es que no lo bebíamos con un espíritu perforado y que transmitía todo lo que había recibido.

«Hay innumerables ejemplos de quienes enterraron a hijos jóvenes sin lágrimas, quienes volvieron de la pira al senado o a algún cargo público e inmediatamente se ocuparon de otra cosa. Y no sin razón; pues primero es superfluo dolerse si no se consigue nada con el dolor; luego es injusto quejarse de lo que le sucede a uno cuando espera a todos; luego es necia la queja del deseo cuando hay mínima diferencia entre el perdido y el que desea. Por eso debemos estar con ánimo más sereno porque seguimos a aquellos que hemos perdido. Considera la velocidad del tiempo rapidísimo, piensa en la brevedad de este espacio por el que corremos velocísimos, observa este cortejo del género humano que tiende al mismo lugar, separado por mínimos intervalos incluso cuando parecen máximos: el que crees que pereció fue enviado delante. ¿Qué hay más demente que llorar, teniendo que recorrer el mismo camino, al que se adelantó? ¿Alguien llora lo que sucedió cuando no ignoraba que iba a suceder? O si no pensó en la muerte en el hombre, se engañó a sí mismo. ¿Alguien llora lo que sucedió cuando decía que no podía no suceder? Quien se queja de que alguien haya muerto, se queja de que haya sido hombre. La misma condición ata a todos: a quien le tocó nacer le queda morir. Nos distinguen los intervalos, nos iguala el final. Esto que yace entre el primer día y el último es variable e incierto: si valoras las molestias, largo incluso para un niño; si la velocidad, estrecho incluso para un anciano. Nada hay que no sea resbaladizo y falaz y más móvil que cualquier tempestad; todo se agita y pasa a lo contrario cuando la fortuna lo ordena, y en tanta agitación de las cosas humanas nada es cierto para nadie sino la muerte; sin embargo, todos se quejan de aquello en lo único en que nadie es engañado.

«Pero era solo un niño.» No voy a decir todavía que está mejor quien se libra pronto de la vida: pasemos al que ha envejecido: ¡qué poco aventaja al niño! Imagina la inmensidad del tiempo profundo y abarca el universo, luego compara con lo inmenso esto que llamamos edad humana: verás cuán pequeño es lo que deseamos, lo que prolongamos. De esto, ¿cuánto ocupan las lágrimas, cuánto las preocupaciones? ¿Cuánto la muerte deseada antes de que llegue, cuánto la enfermedad, cuánto el miedo? ¿Cuánto nos retienen los años de ignorancia o de inutilidad? La mitad de esto se nos va durmiendo. Añade los trabajos, los duelos, los peligros, y comprenderás que incluso en la vida más larga es mínimo lo que se vive. Pero ¿quién te concede que no está mejor quien puede regresar pronto, quien ha completado el viaje antes del cansancio? La vida no es ni un bien ni un mal: es el lugar del bien y del mal. Así pues, él no perdió nada salvo un azar más cierto hacia el daño. Pudo resultar modesto y prudente, pudo formarse para mejor bajo tu cuidado, pero, lo que es más justo temer, pudo volverse semejante a la mayoría. Mira a esos jóvenes que el lujo arrojó a la arena desde las casas más nobles; mira a quienes ejercen mutuamente su propia lujuria y la ajena, impúdicos, ninguno de cuyos días pasa sin embriaguez, ninguno sin alguna infamia notable: será evidente que había más que temer que esperar. No debes, pues, buscar motivos de dolor ni acumular ligeros inconvenientes indignándote. No te exhorto a que te esfuerces y te levantes; no pienso tan mal de ti como para creer que deba invocar contra esto toda tu virtud. No es esto un dolor sino una punzada: tú lo conviertes en dolor. Sin duda la filosofía ha avanzado mucho si echas de menos con ánimo fuerte a un niño más conocido aún por su nodriza que por su padre.

«¿Qué? ¿Acaso estoy ahora aconsejándote dureza y quiero que tu rostro permanezca rígido en el funeral mismo y no permito que tu ánimo se contraiga siquiera? De ningún modo. Eso es inhumanidad, no virtud: contemplar los funerales de los tuyos con los mismos ojos con que a ellos mismos, y no conmoverse ante la primera separación de los familiares. Supongamos, sin embargo, que te lo prohíbo: ciertas cosas tienen su propio derecho; las lágrimas caen incluso a quienes las retienen, y derramadas alivian el ánimo. ¿Qué haremos entonces? Permitámosles caer, no se lo ordenemos; fluyan cuanto el afecto las haya expulsado, no cuanto exija la imitación. Pero no añadamos nada al dolor ni lo aumentemos siguiendo el ejemplo ajeno. La ostentación del dolor exige más que el dolor mismo: ¿quién es realmente triste para sí mismo? Gimen más fuerte cuando son oídos, y callados y tranquilos mientras están solos, cuando ven a alguien se despiertan a nuevos llantos; entonces se golpean la cabeza (lo que podían haber hecho más libremente sin que nadie lo prohibiera), entonces se desean la muerte, entonces se arrojan del lecho: sin espectador cesa el dolor. Nos sigue en esto, como en otras cosas, este defecto: componernos según el ejemplo de la mayoría y no mirar lo que conviene sino lo que suele hacerse. Nos apartamos de la naturaleza, nos entregamos al pueblo, autor de ninguna cosa buena y en esto como en todo lo más inconstante. Ve a alguien fuerte en su duelo, lo llama impío y salvaje; ve a alguien desplomarse y tenderse sobre el cuerpo, dice que es afeminado y débil. Todo debe, pues, remitirse a la razón. Pero nada hay más necio que buscar fama de tristeza y aprobar las lágrimas, que juzgo permitido al sabio unas veces que caigan, otras veces que fluyan por su propia fuerza. Diré qué diferencia hay. Cuando la primera noticia de un funeral doloroso nos golpea, cuando sostenemos el cuerpo que desde nuestro abrazo pasará al fuego, las lágrimas las arranca la necesidad natural y el espíritu, impulsado por el golpe del dolor, sacude todo el cuerpo y así también los ojos, sobre los que presiona y de los que expulsa la humedad allí contenida. Estas lágrimas caen por expulsión sin que nosotros queramos: otras son aquellas a las que damos salida cuando se revive el recuerdo de quienes perdimos, y hay algo dulce en la tristeza cuando ocurren sus conversaciones placenteras, su trato alegre, su cariñoso afecto; entonces los ojos se relajan como en el gozo. A estas nos entregamos, por aquellas somos vencidos. No hay razón, pues, para que por los que están alrededor o sentados a tu lado contengas o expreses las lágrimas: nunca cesan ni fluyen tan vergonzosamente como cuando son fingidas: vayan espontáneamente. Pero pueden ir en alguien sereno y sosegado; muchas veces fluyeron lágrimas salvando la autoridad del sabio, con tal moderación que no faltara en ellas ni humanidad ni dignidad. Es lícito, digo, obedecer a la naturaleza conservando la gravedad. Yo vi a hombres venerables en el funeral de los suyos, en cuyo rostro destacaba el amor suprimida toda escena de dolientes; no había nada salvo lo que se debía a afectos verdaderos. Hay también un decoro en el dolor; este debe conservar el sabio y, como en las demás cosas, también en las lágrimas hay un límite suficiente: los dolores de los imprudentes, como sus alegrías, se desbordan.

«Acepta con ánimo sereno lo necesario. ¿Qué hay de increíble, qué de nuevo? ¿A cuántos en este mismo momento se les prepara un funeral, cuántos compran lo necesario para vivir, cuántos lloran después de tu duelo? Cuantas veces pienses que fue un niño, piensa también que fue un hombre, a quien nada cierto se le promete, a quien la fortuna no necesariamente conduce a la vejez: lo suelta cuando le parece. Por lo demás, habla frecuentemente de él y celebra su memoria cuanto puedas; ella volverá a ti más a menudo si ha de venir sin amargura; pues nadie conversa a gusto con un triste, y menos aún con la tristeza misma. Si algunas conversaciones suyas, si algunos juegos aunque fuera pequeño oías con placer, repítelos más a menudo; afirma audazmente que pudo cumplir las esperanzas que habías concebido con mente paterna. Olvidarse de los suyos y llevar el recuerdo junto con los cuerpos, y llorar muy efusivamente, recordar muy parcamente, es propio de un ánimo inhumano. Así las aves, así las fieras aman a los suyos, cuyo amor es agitado y casi rabioso, pero con la pérdida se extingue por completo. Esto no conviene al hombre prudente: persevere en recordar, deje de llorar.

«De ningún modo apruebo aquello que dice Metrodoro, que existe un cierto placer emparentado con la tristeza, que este debe buscarse en momentos semejantes. He transcrito las palabras mismas de Metrodoro: La carta de Metrodoro a su hermana. Pues existe cierto placer emparentado con el dolor, que conviene procurar en tal momento. No dudo qué opinarás de esto; pues ¿qué hay más vergonzoso que buscar placer en el duelo mismo, o más bien a través del duelo, y buscar incluso entre las lágrimas lo que deleite? Estos son los que nos acusan de excesivo rigor y difaman nuestras enseñanzas de dureza, porque decimos que el dolor no debe admitirse en el ánimo o debe expulsarse rápidamente. ¿Qué es, pues, más increíble o inhumano, no sentir dolor por haber perdido a un amigo o acechar el placer en el dolor mismo? Lo que nosotros enseñamos es honesto: cuando el afecto ha derramado algunas lágrimas y, por así decir, ha espumeado, no debe entregarse el ánimo al dolor. ¿Tú dices que debe mezclarse el placer mismo con el dolor? Así consolamos a los niños con un dulce, así calmamos el llanto de los bebés con la leche. ¿Ni siquiera en ese momento en que arde tu hijo o expira tu amigo permites que cese el placer, sino que quieres estimular el mismo dolor? ¿Qué es más honesto, que el dolor sea apartado del ánimo o que el placer sea admitido incluso en el dolor? ¿Digo «admitido»? Se lo busca, y precisamente en él mismo. «Existe» dice «cierto placer emparentado con la tristeza.» Nosotros podemos decir eso, a vosotros ciertamente no os está permitido. Conocéis un solo bien, el placer, un solo mal, el dolor: ¿qué parentesco puede haber entre el bien y el mal? Pero supongamos que existe: ¿debe sacarse a relucir precisamente ahora? ¿Y escrutamos el dolor mismo, a ver si tiene algo placentero y voluptuoso a su alrededor? Ciertos remedios saludables para otras partes del cuerpo no pueden aplicarse a otras por repugnantes e indecorosos, y lo que en otra parte aprovecharía sin daño al pudor, resulta deshonesto por el lugar de la herida: ¿no te avergüenza curar el duelo con el placer? Esta herida debe curarse más severamente. Advierte más bien esto: ninguna sensación de mal llega al que perece; pues si llega, no perece. Ninguna cosa, digo, daña al que no es nada: vive si es dañado. ¿Piensas que le va mal porque no es nada o porque aún es algo? Pues bien, ni de lo primero puede venirle tormento (pues ¿qué sentido tiene el que no es nada?) ni de lo segundo; ha escapado al mayor inconveniente de la muerte: no ser. Digamos también esto a quien llora y echa de menos al arrebatado en su primera edad: todos, en cuanto a la brevedad de la vida, si la comparas con el universo, tanto jóvenes como viejos, estamos en igualdad. Pues de toda la edad llega a nosotros menos de lo que alguien diría que es mínimo, puesto que lo mínimo es alguna parte: esto que vivimos está próximo a la nada; y sin embargo, ¡oh nuestra demencia!, se distribuye ampliamente.

«Te he escrito esto, no como si esperaras un remedio tan tardío de mi parte (pues me consta que te has dicho a ti mismo todo lo que vas a leer), sino para censurar esa pequeña demora en que te apartaste de ti mismo, y para exhortarte en lo sucesivo a que levantes el ánimo contra la fortuna y mires todos sus dardos no como si pudieran venir sino como si fueran a venir sin duda. Adiós.»

Carta100

Me escribes que has leído con gran avidez los libros de Papirio Fabiano que se titulan Cuestiones civiles, y que no respondieron a tu expectativa; luego, olvidando que se trata de un filósofo, acusas su composición. Supón que es lo que dices y que las palabras se derraman, no se fijan. En primer lugar, esto tiene su propia gracia y hay un decoro propio del discurso que fluye suavemente; pues considero que hay mucha diferencia entre que se haya caído o que haya fluido. Añade ahora que también en esto que voy a decir hay una diferencia enorme: Fabiano no me parece derramar el discurso sino verterlo; tan abundante es y viene sin perturbación, aunque no sin curso. Aquello claramente lo confiesa y lo muestra: que no ha sido elaborado ni retorcido largo tiempo. Pero sea, creamos que es como dices: él compuso costumbres, no palabras, y escribió esto para las almas, no para los oídos. Además, de haberlo oído decir en persona, no te hubiera quedado tiempo para observar las partes, de tal modo te habría arrebatado el conjunto; y generalmente lo que agrada por ímpetu ofrece menos cuando se lo vuelve a tomar en la mano; pero también esto es mucho, haber ocupado los ojos al primer aspecto, aunque una contemplación cuidadosa vaya a encontrar qué criticar. Si me preguntas, más grande es el que arrebató el juicio que el que lo mereció; y sé que este es más seguro, sé que promete con mayor audacia para el futuro. Un discurso rebuscado no conviene al filósofo: ¿dónde estará finalmente el que es fuerte y constante, dónde el que hará prueba de sí mismo si tiene miedo a las palabras? Fabiano no era descuidado en el discurso sino seguro. Por eso no encontrarás nada sórdido: las palabras están escogidas, no cazadas, ni puestas e invertidas contra su naturaleza a la manera de este siglo, aunque son espléndidas aunque se tomen de lo común. Tienes pensamientos nobles y magníficos, no forzados en sentencias sino expresados más ampliamente. Veremos qué no está bastante recortado, qué no está bastante construido, qué carece de este pulimento reciente: cuando hayas examinado todo, no verás estrechez alguna vacía. Falte en buena hora la variedad de mármoles y la división de aguas que fluyen entre habitaciones y la celda del pobre y cuanto más mezcla el lujo no contento con el decoro simple: como suele decirse, la casa está derecha.

Añade ahora que no hay acuerdo sobre la composición: unos quieren que sea elegante con cierta aspereza, otros se complacen tanto en lo áspero que incluso lo que el azar dispuso de forma más suave lo deshacen adrede y rompen las cláusulas para que no respondan a lo esperado. Lee a Cicerón: su composición es uniforme, curva el ritmo con lentitud y es suave sin resultar vergonzosa. En cambio, la de Asinio Polión es abrupta y saltarina, y te abandona donde menos lo esperas. En definitiva, en Cicerón todo termina, en Polión todo cae, salvo poquísimos pasajes que están sujetos a un metro fijo y a un modelo único.

Dices además que todo te parece vulgar y poco elevado: defecto del que yo considero que él carece. Pues no es vulgar sino sereno, y está adaptado al temple tranquilo y equilibrado de su espíritu, y no es bajo sino llano. Le falta el vigor oratorio y los aguijones que buscas y los golpes repentinos de las sentencias; pero el conjunto, verás cuán cuidado, es noble. Su discurso no tiene, pero te dará dignidad. Trae a alguien que puedas anteponer a Fabiano. Di Cicerón, cuyos libros dedicados a la filosofía son casi tantos como los de Fabiano: cederé, pero no es insignificante inmediatamente lo que es inferior a lo máximo. Di Asinio Polión: cederé, y respondamos: en cosa tan grande, destacar es ser el segundo después de dos. Nombra todavía a Tito Livio; pues escribió también diálogos, que no puedes adscribir más a la filosofía que a la historia, y libros que contienen filosofía declaradamente: a este también le concederé el puesto. Mira sin embargo a cuántos aventaja quien es vencido por tres, y tres los más elocuentes.

Pero no sobresale en todo: su discurso no es vigoroso, aunque sea elevado; no es violento ni torrencial, aunque sea abundante; no es brillante pero es puro. «Desearías», dices, «que se dijera algo duramente contra los vicios, animosamente contra los peligros, soberbamente contra la fortuna, injuriosamente contra la ambición. Quiero que se reprenda la lujuria, que se denuncie la sensualidad, que se quebrante la arrogancia. Que haya algo oratoriamente agudo, trágicamente grandioso, cómicamente sutil». Quieres que él se dedique a una cosa insignificante, las palabras: él se ha entregado a la grandeza de los asuntos, y arrastra la elocuencia como una sombra sin buscarla. Sin duda no estarán las palabras individualmente pulidas ni recogidas en sí mismas ni cada palabra incitará ni punzará, lo reconozco; muchas saldrán y no herirán y a veces el discurso se deslizará ocioso, pero habrá mucha luz en todo, pero un espacio inmenso sin tedio. Por último, logrará esto: que te quede claro que él sintió lo que escribió. Comprenderás que esto se hizo para que tú supieras qué le parecía bien a él, no para que él te agradara a ti. Todo tiende al progreso, a la buena disposición del espíritu: no se busca el aplauso.

No dudo de que sus escritos son así, incluso si los recuerdo más que los poseo y me queda el carácter de ellos no por trato reciente y familiar sino en líneas generales, como suele ocurrir por un conocimiento antiguo; cuando lo escuchaba ciertamente, me parecían así, no sólidos sino llenos, que elevaban al joven de buena índole y lo llamaban a imitarlo sin desesperanza de vencerlo, lo que me parece la exhortación más eficaz. Pues disuade quien, habiendo provocado el deseo de imitar, ha quitado la esperanza. Por lo demás abundaba en palabras, sin ostentación de las partes individuales, magnífico en su conjunto. Adiós.

Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →

https://clasicalia.com/cartas-a-lucilio/texto/libro-13-libro-xvi/ · Clasicalia · texto íntegro y gratuito
Sobre «Cartas a Lucilio» →

Índice

Pulsa para ir a cualquier libro o capítulo.