Libros XIV-XV
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Pides algo útil y necesario para quien se apresura hacia la sabiduría: que se divida la filosofía y que su inmenso cuerpo se distribuya en partes; pues más fácilmente llegamos al conocimiento del todo a través de las partes. Ojalá, del mismo modo que el aspecto entero del mundo se presenta a nuestra vista, también la filosofía entera pudiera aparecer ante nosotros, ¡un espectáculo muy semejante al mundo! Sin duda, capturaría la admiración de todos los mortales, abandonando esas cosas que ahora creemos grandes por ignorancia de lo grande. Pero como esto no puede suceder, debemos contemplarla del mismo modo que se observan los secretos del mundo. La mente del sabio abarca toda su masa y no la recorre con menos velocidad que nuestra mirada el cielo; pero nosotros, que debemos atravesar la niebla y cuya vista falla en lo cercano, podemos ver cada cosa más fácilmente por separado, pues aún no somos capaces de abarcar el conjunto. Haré, pues, lo que exiges y dividiré la filosofía en partes, no en fragmentos. Porque es útil dividirla, no despedazarla; pues comprender tanto las cosas más grandes como las más pequeñas es difícil. El pueblo se divide en tribus, el ejército en centurias; cualquier cosa que ha crecido en tamaño se reconoce más fácilmente si se separa en partes, las cuales, como dije, no conviene que sean innumerables ni minúsculas. Pues la división excesiva tiene el mismo defecto que ninguna: es semejante al caos todo lo que ha sido cortado hasta convertirse en polvo.
Primero, pues, si te parece, diré qué diferencia hay entre sabiduría y filosofía. La sabiduría es el bien perfecto de la mente humana; la filosofía es el amor y búsqueda de la sabiduría: esta tiende hacia donde aquella ha llegado. De dónde viene el nombre «filosofía» resulta evidente; pues el propio nombre confiesa lo que ama. Algunos definieron la sabiduría diciendo que era el conocimiento de lo divino y lo humano; otros así: la sabiduría es conocer lo divino y lo humano y sus causas. Esta adición me parece superflua, porque las causas de lo divino y lo humano forman parte de lo divino. También hubo quienes definieron la filosofía de diversos modos: unos dijeron que era el estudio de la virtud, otros el estudio para corregir la mente; algunos la llamaron búsqueda de la razón recta. Quedó más o menos establecido que hay alguna diferencia entre filosofía y sabiduría; pues no puede ser lo mismo lo que se busca y lo que busca. Del mismo modo que hay gran diferencia entre la avaricia y el dinero, pues aquella lo desea y este es deseado, así entre filosofía y sabiduría. Esta es, en efecto, resultado y premio de aquella; esta llega, hacia aquella se va. La sabiduría es lo que los griegos llaman sophía. Esta palabra también la usaron los romanos, del mismo modo que aún ahora usan philosophía; te lo demostrarán las antiguas comedias togadas y el título inscrito en el monumento de Dosenno:
«Caminante, detente y lee la sophía de Dosenno».
Algunos de los nuestros, aunque la filosofía fuera el estudio de la virtud y esta fuera buscada y aquella buscara, sin embargo no creyeron que pudieran separarse; pues ni la filosofía existe sin virtud ni la virtud sin filosofía. La filosofía es el estudio de la virtud, pero mediante la virtud misma; y la virtud tampoco puede existir sin el estudio de sí misma ni el estudio de la virtud sin ella misma. Pues no es como con quienes intentan alcanzar algo desde un lugar distante, donde está en un sitio quien apunta y en otro lo que se busca; ni como los caminos que conducen a las ciudades están fuera de las ciudades, así los caminos hacia la virtud fuera de ella misma: a la virtud se llega a través de ella misma, están unidas entre sí filosofía y virtud.
Dijeron que la filosofía tenía tres partes tanto los más grandes como los más numerosos autores: moral, natural, racional. La primera ordena el espíritu; la segunda examina la naturaleza de las cosas; la tercera analiza las propiedades de las palabras, su estructura y las argumentaciones, para que lo falso no se cuele en lugar de lo verdadero. Por lo demás, hubo quienes dividieron la filosofía en menos partes y quienes en más. Algunos peripatéticos añadieron una cuarta parte, la civil, porque requiere cierto ejercicio propio y se ocupa de otra materia; algunos añadieron a estas partes la que llaman oikonomikē, ciencia de administrar el patrimonio familiar; algunos también separaron el apartado sobre los géneros de vida. Pero nada de esto no se encontrará en aquella parte moral. Los epicúreos pensaron que había dos partes de la filosofía, natural y moral: eliminaron la racional. Luego, cuando las propias cosas los obligaban a discernir lo ambiguo y refutar lo falso oculto bajo apariencia de verdadero, ellos mismos también introdujeron el apartado que llaman «del juicio y la regla» —con otro nombre, el racional—, pero consideran que es un añadido de la parte natural. Los cirenaicos suprimieron lo natural junto con lo racional y se contentaron con lo moral, pero también estos introducen de otro modo lo que eliminan; pues dividen lo moral en cinco partes, de modo que una trate de lo que hay que evitar y buscar, otra de los afectos, la tercera de las acciones, la cuarta de las causas, la quinta de los argumentos. Las causas de las cosas pertenecen a la parte natural, los argumentos a la racional. Aristón de Quíos dijo que no solo eran superfluas la parte natural y la racional sino incluso contrarias; también recortó la moral, que era la única que había dejado. Pues suprimió aquel apartado que contiene las amonestaciones y dijo que era de pedagogo, no de filósofo, como si el sabio fuera algo distinto del pedagogo del género humano.
Por tanto, puesto que la filosofía se divide en tres partes, comencemos primero ordenando su parte moral. Se acordó dividirla a su vez en tres, de modo que la primera fuera la inspección que asigna a cada uno lo suyo y valora cuánto vale cada cosa, muy útil —¿pues qué hay tan necesario como poner precio a las cosas?—; la segunda sobre el impulso, la tercera sobre las acciones. Pues lo primero es que juzgues cuánto vale cada cosa, lo segundo que tomes impulso hacia ellas ordenado y moderado, lo tercero que haya acuerdo entre tu impulso y tu acción, de modo que en todo ello estés de acuerdo contigo mismo. Todo lo que de los tres falta perturba también lo demás. ¿Pues de qué sirve tener valoradas todas las cosas entre sí, si eres excesivo en el impulso? ¿De qué sirve haber reprimido los impulsos y tener los deseos bajo tu control, si en la acción misma de las cosas ignoras los momentos y no sabes cuándo y dónde y cómo debe hacerse cada cosa? Una cosa es conocer las dignidades y precios de las cosas, otra los momentos oportunos, otra refrenar los impulsos e ir hacia lo que hay que hacer, no precipitarse. Por tanto, la vida está en armonía consigo misma cuando la acción no abandona el impulso, el impulso se concibe según la dignidad de cada cosa, por tanto más relajado o más intenso según aquella merece ser buscada.
La parte natural de la filosofía se divide en dos, corpóreo e incorpóreo; ambas se dividen en sus, por así decir, grados. El apartado de los cuerpos primero en estos: en los que hacen y en los que de estos nacen —nacen, sin embargo, los elementos. El apartado mismo de los elementos, según piensan algunos, es simple; según otros, se divide en materia, causa que todo lo mueve, y elementos.
Resta que divida la parte racional de la filosofía. Todo discurso o es continuo o está cortado entre quien responde y quien pregunta; se acordó llamar a este dialektikē, a aquel rhētorikē. La retórica se ocupa de las palabras, los sentidos y el orden; la dialéctica se divide en dos partes, en palabras y significaciones, es decir, en las cosas que se dicen y los vocablos con que se dicen. Luego sigue una inmensa división de ambas. Por eso aquí pondré fin y
«seguiré las cumbres supremas de las cosas»;
de otro modo, si quisiera hacer las partes de las partes, se convertirá en un libro de cuestiones.
Estas cosas, óptimo Lucilio, no te disuado de leer, con tal de que todo lo que leas lo refiereas inmediatamente a las costumbres. Refrena estas, despierta lo que en ti languidece, restringe lo suelto, doma lo rebelde, hostiga cuanto puedas tus deseos y los públicos; y a quienes dicen «¿hasta cuándo lo mismo?» responde:
«Yo debería decir "¿hasta cuándo pecaréis lo mismo?" ¿Queréis remedios antes de dejar los vicios? Yo, en efecto, lo diré más, y porque os negáis perseveraré; entonces empieza a aprovechar la medicina cuando al tocar expresó dolor en el cuerpo enfermo. Diré también cosas provechosas aunque os moleste. Que alguna vez llegue a vosotros alguna voz no halagadora, y porque no queréis oír la verdad uno por uno, oídla en público.
«¿Hasta cuándo extenderéis los límites de las posesiones? ¿Un campo que abarcó un pueblo es estrecho para un solo dueño? ¿Hasta cuándo alargaréis vuestras tierras de labranza, no contentos ni siquiera con el espacio de provincias para delimitar la medida de las fincas? El curso de ríos ilustres transcurre en propiedad privada y grandes ríos, fronteras de grandes pueblos, son vuestros desde la fuente hasta la desembocadura. Tampoco esto es suficiente si no habéis rodeado vuestros latifundios con mares, si vuestro capataz no reina al otro lado del Adriático, del Jónico y del Egeo, si las islas, moradas de grandes caudillos, no se cuentan entre las cosas más insignificantes. Poseed cuanto queráis en vasta extensión, que sea finca lo que en otro tiempo se llamaba imperio, haced vuestro cuanto podáis, con tal de que sea más lo ajeno.
«Ahora os hablo a vosotros cuyo lujo se extiende tan espaciosamente como la avaricia de aquellos. A vosotros os digo: ¿hasta cuándo no habrá lago al que no se asomen los techos de vuestras villas? ¿ningún río cuyas orillas no orlen vuestros edificios? Dondequiera que broten venas de aguas calientes, allí se levantarán nuevos albergues de lujo. Dondequiera que la costa se curve en alguna ensenada, vosotros en seguida echaréis cimientos, y no contentos con el suelo a menos que lo hayáis hecho con vuestra mano, empujaréis el mar hacia adentro. Aunque en todos los lugares resplandezcan vuestros techos, aquí asentados en montes con vasta vista sobre tierras y mares, allí elevados desde el llano hasta la altura de montes, aunque hayáis edificado muchas cosas, aunque inmensas, sin embargo sois cuerpos individuales y pequeños. ¿De qué sirven muchos dormitorios? Yacéis en uno. No es vuestro dondequiera que no estáis.
«A vosotros luego me dirijo cuya profunda e insaciable gula por un lado escudriña los mares, por otro las tierras, persigue unas cosas con anzuelos, otras con lazos, otras con diversos tipos de redes con gran esfuerzo: a ningún animal hay paz salvo por hastío. ¡Cuán poco de esos banquetes, preparados por tantas manos, probáis con boca cansada de placeres! ¡Cuán poco de esa fiera peligrosamente capturada prueba el señor, lleno de comida y con náuseas! ¡Cuán poco de tantos mariscos traídos de tan lejos se desliza por ese estómago imposible de llenar! Infelices, ¿entendéis que tenéis más hambre que vientre?»
Di esto a otros para que mientras lo dices tú mismo lo oigas, escribe para que mientras escribes leas, refiriéndolo todo a las costumbres y a calmar la rabia de los afectos. Estudia, no para saber algo más, sino para saber mejor. Adiós.
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¿Quién puede dudar, mi Lucilio, de que es don de los dioses inmortales que vivamos, de la filosofía que vivamos bien? Por tanto, le debemos tanto más a esta que a los dioses cuanto mayor beneficio es la vida buena que la vida, se tendría por cierto, si los propios dioses no hubieran concedido la filosofía misma; su conocimiento no lo dieron a nadie, su facultad a todos. Pues si también hubieran hecho este bien vulgar y naciéramos prudentes, la sabiduría habría perdido lo que tiene de óptimo en sí, no estar entre lo fortuito. Pues ahora esto es en ella precioso y magnífico, que no viene por casualidad, que cada uno se la debe a sí mismo, que no se pide a otro. ¿Qué tendrías que admirar en la filosofía si fuera cosa regalada? Su única obra es encontrar la verdad sobre lo divino y lo humano; de ella nunca se aparta la religión, la piedad, la justicia y todo el resto del cortejo de virtudes enlazadas y coherentes entre sí. Esta enseñó a venerar lo divino, amar lo humano, y que el poder está en manos de los dioses, entre los hombres el consorcio. Este permaneció inviolado durante algún tiempo, antes de que la avaricia destrozara la sociedad y fue causa de pobreza incluso para aquellos a quienes hizo riquísimos; pues dejaron de poseerlo todo cuando lo quisieron como propiedad. Pero los primeros mortales y quienes de estos nacieron seguían la naturaleza incorrupta, tenían al mismo como guía y como ley, confiados al arbitrio del mejor; pues la naturaleza consiste en que lo inferior se someta a lo superior. Entre las manadas mudas mandan o los cuerpos más grandes o los más violentos: no precede al ganado un toro degenerado, sino el que venció a los demás machos en tamaño y músculos; el más alto dirige la manada de elefantes: entre los hombres lo más grande es lo óptimo. Por tanto, el rector era elegido por su espíritu, y por eso era suma felicidad de los pueblos cuando no podía ser más poderoso sino el mejor; pues con seguridad puede cuanto quiere quien cree que solo puede lo que debe.
Posidonio juzga, pues, que en aquella época que llaman edad de oro el poder estuvo en manos de los sabios. Estos contenían las manos y protegían al más débil de los más fuertes, aconsejaban y disuadían, y mostraban lo útil y lo inútil; su prudencia proveía para que nada faltara a los suyos, su valor alejaba los peligros, su generosidad enriquecía y honraba a sus súbditos. Mandar era un deber, no un reinado. Nadie ponía a prueba cuánto poder tenía contra aquellos gracias a quienes había empezado a tenerlo, ni había en nadie ánimo ni motivo para la injusticia, pues al que mandaba bien se le obedecía bien, y nada más grave podía amenazar el rey a los que obedecían mal que marcharse del reino. Pero después, al introducirse los vicios, los reinados se convirtieron en tiranías y empezaron a ser necesarias las leyes, que también promulgaron los sabios en sus inicios. Solón, que fundó Atenas sobre la base del derecho equitativo, estuvo entre los siete famosos por su sabiduría; si la misma época hubiera dado a luz a Licurgo, este se habría añadido como octavo a aquel grupo sagrado. Se alaban las leyes de Zaleuco y Carondas; estos no aprendieron en el foro ni en el despacho de los juristas, sino en aquel apartamiento silencioso y sagrado de Pitágoras, el derecho que habrían de imponer a la entonces floreciente Sicilia y a la Grecia de Italia.
Hasta aquí estoy de acuerdo con Posidonio: no concederé que las artes de las que nos servimos en la vida cotidiana hayan sido inventadas por la filosofía, ni le atribuiré la gloria de la construcción. «Ella», dice, «enseñó a los hombres, dispersos y refugiados en chozas o en alguna roca excavada o en el tronco de un árbol ahuecado, a construir casas.» Yo, en verdad, juzgo que la filosofía no ideó más estas construcciones de casas que se elevan unas sobre otras y de ciudades que oprimen a otras ciudades, que los viveros de peces encerrados para que la gula no corriera el peligro de las tempestades y para que el lujo, por muy salvajemente que se enfureciera el mar, tuviera sus puertos propios en los que engordara rebaños separados de peces. ¿Qué dices? ¿La filosofía enseñó a los hombres a tener llave y cerrojo? ¿Qué otra cosa era sino dar una señal a la avaricia? ¿La filosofía levantó estas casas que amenazan con tanto peligro a sus habitantes? ¿Acaso no era suficiente protegerse con medios fortuitos y hallar sin técnica ni dificultad algún refugio natural? Créeme, feliz fue aquella época anterior a los arquitectos, anterior a los techadores. Estas cosas nacieron ya cuando nacía el lujo, cuando se cortaban las vigas en escuadra y se hendía la viga con la sierra que corría por las marcas con mano certera;
pues los primeros hendían con cuñas la madera hendible.
No se preparaban, en efecto, casas para recibir banquetes en el comedor, ni se traía para este uso el pino o el abeto en largas filas de carros haciendo temblar las calles, para que de ellos colgaran artesonados pesados por el oro. Horcones sostenidos por ambos lados apuntalaban la choza; con ramas apretadas y hojas amontonadas y dispuestas en declive había desagüe para las lluvias, por muy fuertes que fueran. Bajo estos techos vivieron seguros: el pasto cubrió a hombres libres; bajo el mármol y el oro habita la esclavitud.
También disiento de Posidonio en esto: en que juzga que las herramientas de los artesanos fueron ideadas por hombres sabios; pues con ese razonamiento podría decir que fueron sabios aquellos por quienes
entonces se inventó cazar fieras con lazos y engañarlas con liga y rodear grandes bosques con perros.
Todas estas cosas, en efecto, las halló la astucia de los hombres, no la sabiduría. También disiento en esto: en que fueran sabios quienes descubrieron las minas de hierro y de cobre, cuando la tierra, abrasada por un incendio de bosques, derritió las venas que yacían en la superficie y las hizo manar: esas cosas las descubren personas como las que las explotan. Tampoco me parece tan sutil la cuestión que plantea Posidonio: si el martillo o las tenazas empezaron a usarse primero. Ambas cosas las inventó alguien de ingenio despierto, agudo, pero no grande ni elevado, y lo mismo cualquier otra cosa que haya que buscar con el cuerpo encorvado y la mente mirando al suelo. El sabio fue de vida sencilla. ¿Por qué no? cuando aun en este siglo desea vivir con la mayor agilidad posible. ¿Cómo, te lo ruego, concuerdas admirar a la vez a Diógenes y a Dédalo? ¿Cuál de estos te parece sabio? ¿El que inventó la sierra, o aquel que, al ver a un niño beber agua con la mano hueca, rompió de inmediato el vaso que había sacado de su alforja con esta reprensión a sí mismo: «¡cuánto tiempo he llevado, necio de mí, cargas superfluas!», que se recogió en una tinaja y en ella durmió? ¿A cuál consideras hoy más sabio: al que inventó cómo hacer brotar azafrán a inmensa altura por tuberías ocultas, al que llena o seca de repente canales con súbito ímpetu de agua y articula artesonados giratorios de comedores de modo que una apariencia suceda a otra sin cesar y cambien los techos tantas veces como los platos, o a aquel que muestra a los demás y a sí mismo cuán poco nos ha impuesto la naturaleza que sea duro y difícil, que podemos habitar sin marmolista ni carpintero, que podemos vestirnos sin comercio de sedas, que podemos tener lo necesario para nuestros usos si nos contentamos con lo que la tierra ha puesto en su superficie? Si el género humano quisiera escucharlo, sabría que le es tan superfluo un cocinero como un soldado.
Aquellos fueron sabios, o al menos semejantes a los sabios, para quienes la protección del cuerpo era sencilla: con cuidado simple se obtienen las cosas necesarias; en las delicias está el trabajo. No necesitarás artesanos: sigue a la naturaleza. Ella no quiso que estuviéramos agobiados; nos proveyó para todo aquello a lo que nos forzaba. «El frío es intolerable para el cuerpo desnudo.» ¿Y qué? ¿No pueden acaso las pieles de fieras y de otros animales defender del frío suficiente y abundantemente? ¿No cubren sus cuerpos muchísimos pueblos con cortezas de árboles? ¿No se cosen las plumas de las aves para uso de vestido? ¿No se viste todavía hoy gran parte de los escitas con pieles de zorros y ratones, que son suaves al tacto e impenetrables a los vientos? ¿Y qué? ¿No tejió cualquiera con la mano un entramado de varas y lo untó con barro barato, luego cubrió el remate con paja y otros materiales silvestres, y pasó el invierno seguro mientras las lluvias se deslizaban por las pendientes? «Sin embargo, es necesario repeler con sombra más espesa el calor del sol estival.» ¿Y qué? ¿No ha ocultado la antigüedad muchos lugares que, ya por deterioro del tiempo o por cualquier otro azar, excavados se convirtieron en cueva? ¿Y qué? ¿No se ocultan en cavidades excavadas los pueblos sirtes y aquellos para quienes, a causa de los excesivos ardores del sol, ninguna cubierta es suficientemente sólida para repeler los calores sino la propia tierra árida? No fue la naturaleza tan injusta que, cuando daba a todos los demás animales fácil transcurso de la vida, solo el hombre no pudiera vivir sin tantas artes; nada duro nos ha impuesto, nada que haya que buscar con dificultad para que pueda prolongarse la vida. Nacimos para lo preparado: nosotros nos hemos hecho difícil todo por nuestro fastidio de lo fácil. Casas y coberturas y abrigos para el cuerpo y alimentos, y lo que ahora se ha convertido en un inmenso negocio, estaba al alcance y era gratuito y obtenible con leve esfuerzo; pues la medida de todo era según lo exigía la necesidad: nosotros hemos hecho que estas cosas sean preciosas, que sean admirables, que haya que conseguirlas con grandes y muchas artes. Para lo que exige la naturaleza basta la naturaleza. Del natural se apartó el lujo, que cada día se incita a sí mismo y en tantos siglos crece y ayuda con su ingenio a los vicios. Primero empezó a ambicionar lo superfluo, luego lo contrario, finalmente entregó el alma al cuerpo y le ordenó servir a su placer. Todas esas artes por las que bulle o resuena la ciudad prestan servicio al cuerpo, al que antes todo se le proporcionaba como a un esclavo, ahora se le prepara como a un señor. Así que de aquí proceden los talleres de tejedores, de aquí los de artesanos, de aquí los que cocinan perfumes, de aquí los que enseñan movimientos blandos del cuerpo y cantos blandos y quebrados. Pues se ha retirado aquella medida natural que limitaba los deseos con la ayuda de lo necesario; ya es rusticidad y miseria querer solo lo que es suficiente.
Es increíble, mi querido Lucilio, qué fácilmente incluso a grandes hombres la dulzura de la elocuencia los aparta de la verdad. Mira a Posidonio, según mi opinión uno de los que más aportaron a la filosofía: mientras quiere describir primero cómo unos hilos se retuercen, otros se sacan de la fibra blanda y suelta, luego cómo el telar con pesos colgantes extiende la urdimbre recta, cómo la trama insertada, que ablanda la dureza de la urdimbre que la comprime por ambos lados, se hace unir y juntar con la espátula, dijo que también el arte de la tejeduría fue inventada por los sabios, olvidando que después se halló este género más sutil en el que
el telar se ata al yugo, la caña separa la urdimbre, la trama se inserta en medio con radios agudos, que hacen resonar los dientes del ancho peine.
¿Qué si le hubiera tocado ver estos telares de nuestro tiempo, en los que se confecciona ropa que no va a ocultar nada, en la que, no digo que no hay auxilio alguno para el cuerpo, sino que no lo hay para el pudor? Pasa luego a los agricultores y no con menor elocuencia describe la tierra roturada con el arado y trabajada por segunda vez para que la tierra más suelta se abra más fácilmente a las raíces, luego las semillas esparcidas y las hierbas recogidas a mano para que nada fortuito y silvestre crezca que mate la cosecha. Dice que también esta obra es de los sabios, como si no inventaran también ahora muchísimas cosas nuevas los cultivadores de la tierra mediante las cuales aumentar la fertilidad. Luego no se contenta con estas artes, sino que hace descender al sabio al molino; pues narra cómo, imitando a la naturaleza, empezó a hacer pan. «Los granos», dice, «llevados a la boca, los rompe la dureza de los dientes al chocar entre sí, y lo que cae es devuelto a los mismos dientes por la lengua; luego se mezcla con humedad para que pase más fácilmente por las resbaladizas fauces; cuando llega al vientre, se cuece con el calor del fogón; solo entonces se asimila al cuerpo. Alguien, siguiendo este ejemplo, colocó una piedra áspera sobre otra áspera a semejanza de los dientes, de los cuales una parte inmóvil espera el movimiento de la otra; luego, por el roce de ambas, se rompen los granos y se devuelven repetidas veces hasta que, triturados frecuentemente, quedan reducidos a finura; luego roció con agua la harina y con continuo amasado la dominó y formó el pan, que primero coció la ceniza caliente y la teja ardiente, después poco a poco se hallaron los hornos y otros géneros cuyo calor se sometiera al arbitrio.» Poco faltó para que dijera que también la zapatería había sido inventada por los sabios.
Todo eso lo ha inventado, sí, la razón, pero no la recta razón. Son invenciones del hombre, no del sabio, igual, por Hércules, que las naves con las que atravesamos ríos y mares, provistas de velas ajustadas para recibir el empuje de los vientos y con timones añadidos en la popa que tuercen en una u otra dirección el rumbo de la embarcación. El ejemplo se tomó de los peces, que se gobiernan con la cola y con un ligero movimiento de esta a uno u otro lado doblan su velocidad. «Todo eso», dice, «lo inventó el sabio, pero como eran cosas menores que no merecían ocuparse él mismo de ellas, las entregó a auxiliares más humildes». No, más bien esas cosas no las inventaron otros que los que hoy siguen ocupándose de ellas. Sabemos que algunas han surgido en nuestra propia época, como el uso de cristales de ventana que con su lámina transparente dejan pasar la luz, como las suspensiones de los baños y los tubos empotrados en las paredes por los que se difunde el calor que calienta por igual las zonas bajas y las altas. ¿Qué diré de los mármoles con que resplandecen templos y casas? ¿Qué de las masas de piedra talladas en formas redondas y lisas con las que sostenemos pórticos y techos que acogen a multitudes? ¿Qué de los signos abreviados de las palabras con los que se recoge cualquier discurso por rápido que sea y la mano sigue la velocidad de la lengua? Esos son inventos de los esclavos más despreciables: la sabiduría tiene un asiento más alto y no adiestra las manos; es maestra de las almas. ¿Quieres saber qué ha sacado a la luz, qué ha realizado? No movimientos elegantes del cuerpo ni cantos variados con trompeta y flauta, en los que el aire recogido se conforma en voz en su salida o en su paso. No forja armas ni murallas ni instrumentos útiles para la guerra: favorece la paz y convoca al género humano a la concordia. No es, repito, artesana de herramientas para usos necesarios. ¿Por qué le asignas tareas tan insignificantes? Ves ante ti a la artífice de la vida. Tiene bajo su dominio las demás artes; pues a quien pertenece la vida, le sirven también los ornamentos de la vida: pero ella tiende al estado de felicidad, hacia él conduce, hacia él abre los caminos. Muestra qué cosas son males y cuáles lo parecen; despoja de vanidad a las mentes, da grandeza sólida, pero reprime la inflada y aparentemente hermosa que nace del vacío, y no permite que se ignore qué diferencia hay entre lo grande y lo hinchado; transmite el conocimiento de toda la naturaleza y de uno mismo. Declara qué son los dioses y cómo son, qué son los dioses infernales, qué los lares y genios, qué son las almas convertidas en una segunda forma de divinidades, dónde residen, qué hacen, qué pueden, qué quieren. Esas son sus iniciaciones, por las que se abre no un santuario local sino el inmenso templo de todos los dioses, el mundo mismo, del cual ha presentado a la contemplación de las mentes las verdaderas imágenes y los verdaderos rostros; pues la vista es demasiado obtusa para espectáculos tan grandes. Luego vuelve a los principios de las cosas y a la razón eterna infundida en el todo y a la fuerza de todas las semillas que configura cada una de ellas de modo propio. Después empezó a investigar sobre el alma: de dónde procede, dónde reside, cuánto dura, en cuántas partes está dividida. Luego se trasladó de los cuerpos a lo incorpóreo y examinó la verdad y sus argumentos; después de esto, cómo se disciernen las ambigüedades de la vida o de la palabra; pues en ambas lo falso está mezclado con lo verdadero.
El sabio no se apartó, repito (según le parece a Posidonio), de esas artes, sino que simplemente no llegó nunca a ellas. Pues no habría considerado digno de inventar nada que no fuera a considerar digno de uso perpetuo; no tomaría lo que habría de abandonar. «Anacarsis», dice, «inventó la rueda del alfarero, con cuyo giro se modelan las vasijas». Después, como en Homero se encuentra la rueda del alfarero, prefirió considerar que los versos eran falsos antes que la leyenda. Yo no afirmo que Anacarsis fuera el autor de ese invento y, si lo fue, un sabio lo inventó, pero no en cuanto sabio, del mismo modo que los sabios hacen muchas cosas en cuanto hombres, no en cuanto sabios. Supón que un sabio es velocísimo: en la carrera superará a todos en cuanto veloz, no en cuanto sabio. Desearía mostrar a Posidonio algún vidriero que con su soplo moldea el vidrio en formas múltiples que apenas podrían ser trabajadas con una mano diligente. Estos inventos surgieron después de que dejamos de inventar al sabio. «Se dice», afirma, «que Demócrito inventó el arco, para que la curvatura de piedras inclinadas gradualmente se sujetara con una piedra central». Diré que esto es falso; pues necesariamente antes de Demócrito hubo puentes y puertas, cuyas partes superiores por lo general se curvan. Además, a vosotros se os ha olvidado que ese mismo Demócrito inventó cómo ablandar el marfil, cómo un guijarro cocido se convertía en esmeralda, cocción por la cual aún hoy se tiñen las piedras halladas útiles para este fin. Un sabio puede haber inventado esas cosas, pero no las inventó en cuanto sabio; pues hace muchas cosas que vemos hacer igualmente, o con mayor pericia y práctica, por personas muy poco inteligentes.
¿Preguntas qué ha investigado el sabio, qué ha sacado a la luz? Primero, la verdad y la naturaleza, que no siguió con los ojos como los demás animales, lentos para lo divino; después, la ley de la vida, que dirigió hacia el universo, y enseñó no solo a conocer a los dioses sino a seguirlos y a aceptar los acontecimientos no de otro modo que como mandatos. Prohibió obedecer a opiniones falsas y ponderó con verdadera estimación el valor de cada cosa; condenó los placeres mezclados con arrepentimiento y alabó los bienes que siempre han de agradar e hizo público que es felicísimo aquel que no necesita felicidad, poderosísimo el que se tiene a sí mismo en su poder. No hablo de aquella filosofía que colocó al ciudadano fuera de la patria, a los dioses fuera del mundo, que entregó la virtud al placer, sino de aquella que no considera ningún bien sino el que es honesto, que no puede ser seducida por los dones del hombre ni de la fortuna, cuyo precio consiste en no poder ser comprada con precio alguno.
No creo que esta filosofía existiera en aquella época ruda en la que aún faltaban las artes y las cosas útiles se aprendían por el uso mismo. Aquellos tiempos afortunados, cuando los beneficios de la naturaleza yacían en medio para uso común de todos, antes de que la avaricia y el lujo separaran a los mortales y enseñaran a dispersarse para el saqueo abandonando la comunidad: aquellos hombres no eran sabios, aunque hacían lo que deben hacer los sabios. Nadie contemplaría un estado del género humano más admirable, y si un dios permitiera a alguien configurar las cosas terrenales y dar costumbres a las naciones, no aprobaría otro diferente del que se recuerda que hubo entre ellos, en cuyos tiempos
«ningún campesino trabajaba los campos; ni siquiera era lícito señalar o dividir el campo con lindes: lo buscaban en común, y la tierra misma producía todo con más liberalidad sin que nadie lo pidiera».
¿Qué generación de hombres más feliz que aquella? La naturaleza entera era disfrutada en común; ella bastaba como madre tuteladora de todos; esta era la posesión segura de las riquezas públicas. ¿Por qué no he de llamar a aquella generación la más rica de los mortales, en la que no podías encontrar un pobre? La avaricia irrumpió en una situación óptima y, mientras desea apartar algo y convertirlo en suyo, hizo ajenas todas las cosas y se redujo a sí misma de lo inmenso a lo estrecho. La avaricia introdujo la pobreza y por codiciar muchas cosas lo perdió todo. Así que aunque ahora intente recuperar lo que perdió, aunque añada campos a campos expulsando al vecino con dinero o con violencia, aunque extienda sus fincas al tamaño de provincias y llame posesión a un largo viaje por lo suyo: ninguna ampliación de límites nos llevará de vuelta al punto del que partimos. Cuando hayamos conseguido todo, tendremos mucho: antes teníamos el universo. La tierra misma era más fértil sin ser trabajada y generosa para el uso de pueblos que no la saqueaban. Cualquier cosa que la naturaleza producía, no era menos placentero haberla encontrado que mostrar a otro lo encontrado; ni a nadie podía sobrar ni faltar: se repartía entre los que vivían en concordia. Todavía el más fuerte no había impuesto su mano sobre el más débil, todavía el avaro al ocultar lo que le sobraba no había excluido a otro incluso de lo necesario: el cuidado del otro era igual al de sí mismo. Las armas estaban ociosas y las manos, libres de sangre humana, volvían todo su odio contra las fieras. Aquellos a quienes algún bosque denso protegía del sol, que bajo el follaje vivían seguros en humilde refugio contra la severidad del invierno o la lluvia, pasaban noches plácidas sin un suspiro. La inquietud nos retuerce en nuestra púrpura y nos despierta con aguijones muy agudos: ¡pero qué sueño tan dulce les daba la dura tierra! No pendían sobre ellos artesonados labrados, sino que yaciendo al raso se deslizaban sobre ellos las estrellas y, espectáculo insigne de las noches, el mundo era llevado en su caída realizando tan gran obra en silencio. Tanto de día como de noche se abrían para ellos las vistas de esta hermosísima morada; les agradaba contemplar las constelaciones descendiendo desde la mitad del cielo, y luego otras surgiendo desde lo oculto. ¿Cómo no había de ser grato vagar entre maravillas tan extensamente dispersas? Pero vosotros os aterrorizáis ante cualquier ruido en vuestros techos y entre vuestras pinturas, si algo ha crujido, huís atónitos. No tenían casas del tamaño de ciudades: el aire y la brisa libre entre espacios abiertos y la ligera sombra de una roca o árbol y las fuentes transparentes y los arroyos no descoloridos por una canalización ni tuberías ni ningún curso forzado sino corriendo espontáneamente, y prados hermosos sin artificio, entre estas cosas un hogar campestre embellecido con mano rústica: esta era una casa según la naturaleza, en la que daba gusto habitar sin temerla a ella ni por ella: ahora gran parte de nuestro miedo son los techos.
Pero aunque su vida fuera excelente y libre de engaño, no fueron sabios, cuando ese ya es el nombre para la obra más grande. Sin embargo, no negaré que fueron varones de espíritu elevado y, por así decirlo, recién salidos de los dioses; pues no hay duda de que el mundo, aún no agotado, produjo seres mejores. Pero así como en todos la naturaleza fue más fuerte y más preparada para los trabajos, así no tenían todos los ingenios consumados. Pues la naturaleza no da la virtud: hacerse bueno es un arte. Ellos ciertamente no buscaban oro ni plata ni piedras transparentes en las profundidades de la tierra y todavía respetaban incluso a los animales mudos: tan lejos estaba que el hombre matara al hombre sin estar airado, sin temer, solo para contemplarlo. Todavía no tenían vestidos recamados, todavía no se tejía el oro, aún ni siquiera se extraía. ¿Qué hay entonces? Eran inocentes por ignorancia de las cosas; pero hay mucha diferencia entre que alguien no quiera pecar o no sepa hacerlo. Les faltaba la justicia, les faltaba la prudencia, les faltaba la templanza y la fortaleza. La vida ruda tenía algunos rasgos semejantes a todas estas virtudes: la virtud no llega al alma sino cuando ha sido educada e instruida y llevada a la cumbre con ejercicio continuo. Para esto ciertamente nacemos, pero sin esto, y en los mejores también, antes de que los eduques, hay materia de virtud, no virtud. Adiós.
Carta91
Nuestro Libéralis está ahora triste al conocer la noticia del incendio por el que fue consumida la colonia Lugdunense; este desastre podría conmover a cualquiera, no digamos a un hombre tan amante de su patria. Este hecho ha conseguido que busque la firmeza de su ánimo, que evidentemente ejercitó frente a lo que pensaba que podía temerse. Pero no me extraña que no temiera este mal tan inesperado y casi inaudito, pues fue algo sin precedente; pues el fuego ha azotado a muchas ciudades, pero a ninguna la ha arrasado. Porque incluso cuando el fuego es lanzado contra los techos por mano enemiga, se extingue en muchos lugares, y aunque se reavive de nuevo, rara vez devora todo de tal modo que no deje nada al hierro. Tampoco un terremoto jamás fue tan grave y destructivo que derribara ciudades enteras. Nunca, en fin, ardió para ninguna un incendio tan devastador que no quedara nada para otro incendio. Tantas obras hermosísimas, que cada una de ellas podía ilustrar ciudades singulares, una sola noche las derribó, y en tanta paz ocurrió lo que ni siquiera en guerra podría temerse. ¿Quién lo creería? Estando en todas partes las armas en reposo, estando difundida la seguridad por todo el orbe de la tierra, Lugdunum, que se mostraba en la Galia, ya se busca. A todos aquellos a quienes la fortuna afligió públicamente les permitió temer lo que iban a sufrir; ninguna cosa grande dejó de tener algún espacio para su ruina: en esta entre una ciudad máxima y ninguna medió una sola noche. En fin, tardo más en contarte que pereció de lo que tardó en perecer.
Todo esto debilita el ánimo de nuestro Liberalis, firme y erguido frente a sus propias desgracias. Y no sin razón se ha conmovido: lo inesperado golpea más fuerte; la novedad añade peso a las calamidades, y no hay mortal que no haya sufrido más por aquello que también le causó asombro. Por eso nada debe pillarnos de improviso; debemos adelantar la mente a todo y pensar no solo en lo que suele ocurrir sino en lo que puede ocurrir. ¿Qué hay, en efecto, que la fortuna no arrebate del más floreciente cuando quiere? ¿Qué hay que no ataque y sacuda con mayor violencia cuanto más espléndidamente brilla? ¿Qué le resulta arduo o difícil? No siempre se abalanza por un solo camino, ni siquiera por uno trillado: a veces llama a nuestras propias manos contra nosotros, a veces, contenta con sus propias fuerzas, encuentra peligros sin autor. Ningún tiempo está exceptuado: en medio de los mismos placeres surgen causas de dolor. La guerra estalla en plena paz y las garantías de seguridad se transforman en miedo: del amigo nace el enemigo, del aliado el adversario. La tranquilidad estival se convierte en tempestades súbitas, mayores que las del invierno. Sin enemigo padecemos hostilidades, y la felicidad excesiva, si faltan otras causas, encuentra por sí misma motivos de desgracia. La enfermedad ataca a los más moderados, la tisis a los más robustos, el castigo a los más inocentes, la revuelta a los más apartados; el azar elige alguna novedad mediante la cual, como si hubiéramos olvidado, nos impone su poder. Todo lo que una larga sucesión ha construido con muchos esfuerzos, con mucha indulgencia de los dioses, un solo día lo dispersa y disipa. Ha concedido una larga demora a los males que se apresuran quien les fijó un plazo: una hora y un instante de tiempo bastan para derribar imperios. Sería algún consuelo para nuestra debilidad y la de nuestras cosas si todo pereciera tan lentamente como se hace: ahora los crecimientos se desarrollan despacio, el camino a la ruina es veloz. Nada es estable en lo privado, nada en lo público; ruedan los destinos tanto de los hombres como de las ciudades. En medio de la mayor placidez surge el terror y, sin causas que alboroten desde fuera, los males irrumpen de donde menos se esperaban. Reinos que resistieron guerras internas y externas se derrumban sin que nadie los empuje: ¡cuán escasa ciudad ha soportado su felicidad! Hay que pensar, pues, en todo y fortalecer el ánimo contra lo que puede suceder. Medita sobre destierros, tormentos, guerras, naufragios. Puede el azar arrebatarte la patria, puede arrebatar la patria de ti, puede expulsarte a soledades, puede convertir en soledad esto mismo en que la multitud ahoga. Póngase ante los ojos toda la condición de la suerte humana, y no presupongamos en el ánimo cuánto sucede frecuentemente sino cuánto puede suceder en el máximo grado, si no queremos ser aplastados ni quedar atónitos ante aquello que, por inusitado, parece nuevo; hay que pensar en la fortuna en su plenitud. ¡Cuántas veces cayeron ciudades de Asia, cuántas veces de Acaya por un solo terremoto! ¡Cuántas poblaciones en Siria, cuántas en Macedonia fueron tragadas! ¡Cuántas veces asoló Chipre esta calamidad! ¡Cuántas veces se derrumbó Pafos sobre sí misma! Con frecuencia se nos han anunciado destrucciones de ciudades enteras, ¡y nosotros, entre quienes se anuncian estas cosas frecuentemente, qué pequeña parte somos del total! Alcémonos, pues, contra los golpes de la fortuna y sepamos que lo que suceda no es tan grande como se pregona por el rumor. Ardió una ciudad opulenta y ornamento de las provincias en que estaba insertada y destacada, aunque asentada sobre un solo monte y este no muy extenso: de todas esas ciudades que ahora oyes magníficas y nobles, el tiempo borrará hasta los vestigios. ¿No ves cómo en Acaya ya se han consumido hasta los cimientos de ciudades ilustrísimas y no queda nada de donde aparezca que al menos existieron? No solo se derrumban las obras hechas a mano, ni solo derriba el día lo erigido por arte e industria humanas: los lomos de las montañas se desgajan, regiones enteras se hunden, quedaron cubiertos por las olas lugares que estaban lejos de la vista del mar; la violenta fuerza de los fuegos devoró colinas por las que resplandecía y redujo a lo llano cumbres antes altísimas, consuelo de navegantes y atalayas. Las obras de la misma naturaleza se dañan y por eso debemos soportar con ánimo ecuánime la destrucción de las ciudades. Se alzan para caer; este fin aguarda a todas, ya sea que la fuerza interior de los vientos y los soplos violentos a través de lo cerrado sacudan el peso bajo el que están sujetos, ya sea que el ímpetu de los torrentes, más vasto en lo oculto, rompa los obstáculos, ya sea que la violencia de las llamas quebrante la trabazón del suelo, ya sea que la vejez, de la que nada está a salvo, las expugne poco a poco, ya sea que la insalubridad del clima expulse a los pueblos y la podredumbre corrompa lo abandonado. Enumerar todos los caminos del destino es largo. Esto solo sé: todas las obras de los mortales están condenadas a la mortalidad, vivimos entre cosas perecederas.
Estos, pues, y otros consuelos semejantes ofrezco a nuestro Liberalis, que arde en un amor increíble hacia su patria, que quizá fue consumida para ser reconstruida mejor. A menudo el daño dio lugar a una mayor fortuna: muchas cosas cayeron para levantarse más altas. Timágenes, enemigo de la felicidad de la ciudad, solía decir que los incendios en Roma solo le dolían por esto: porque sabía que se levantarían cosas mejores que las que ardieron. También en esta ciudad es verosímil que todos competirán para que se restituyan cosas mayores y más elevadas que las perdidas. Ojalá sean duraderas y fundadas con mejores auspicios para una edad más larga. Pues desde su origen esta colonia tiene cien años, edad que ni siquiera es extrema para un hombre. Fundada por Planco, creció hasta esta pujanza por la oportunidad del lugar: ¡cuántos gravísimos azares ha soportado, sin embargo, en el espacio de una vejez humana! Así pues, que el ánimo se forme para comprender y soportar su suerte y sepa que nada es osado para la fortuna, que tiene el mismo derecho contra los imperios que contra los que imperan, que puede lo mismo contra las ciudades que contra los hombres. Nada de esto debe indignarnos: entramos en un mundo en que se vive bajo estas leyes. ¿Te place? Obedece. ¿No te place? Sal por donde quieras. Indigna si algo inicuo se ha establecido especialmente contra ti; pero si esta necesidad ata a los de arriba y a los de abajo, reconcíliate con el destino, por el que todo se disuelve. No debes medirte por las tumbas y estos monumentos que bordean de forma desigual el camino: todo lo iguala la ceniza. Nacemos desiguales, morimos iguales. Lo mismo digo de las ciudades que de sus habitantes: tanto fue capturada Ardea como Roma. El creador de aquel derecho humano no nos distinguió por nacimientos ni por claridad de nombres, salvo mientras vivimos: mas cuando se llega al fin de los mortales, dice: «Retírate, ambición: para todos los que oprimen la tierra sea una misma la ley». Para soportarlo todo somos iguales; nadie es más frágil que otro, nadie más seguro de su mañana.
Alejandro, rey de los macedonios, había empezado a aprender geometría, desdichado, a punto de saber cuán pequeña era la tierra de la que había ocupado una mínima parte. Por esto digo «desdichado»: porque debía comprender que llevaba un sobrenombre falso: ¿quién puede ser grande en lo pequeño? Aquellas cosas que se le enseñaban eran sutiles y debían aprenderse con atención diligente, no algo que pudiera captar un hombre enloquecido que lanzaba sus pensamientos más allá del océano. «Enséñame cosas fáciles», dijo. A lo que el maestro respondió: «Estas son las mismas para todos, igualmente difíciles». Piensa que esto dice la naturaleza de las cosas: «Aquello de lo que te quejas es lo mismo para todos; a nadie puedo dar cosas más fáciles, pero quien quiera se las hará más fáciles a sí mismo». ¿Cómo? Con ecuanimidad. Tienes que dolerte y tener sed y hambre y envejecer (si te toca una demora más larga entre los hombres) y enfermar y perder algo y perecer. Pero no debes creer a quienes te rodean con sus clamores: nada de esto es malo, nada intolerable o duro. De común acuerdo hay miedo a estas cosas. Temes la muerte como a la fama: pero ¿qué hay más necio que un hombre que teme palabras? Nuestro Demetrio suele decir elegantemente que tiene en el mismo lugar las voces de los ignorantes que los ruidos expelidos por el vientre. «Pues ¿qué me importa», dice, «si suenan arriba o abajo?». ¡Qué demencia es temer ser infamado por infames! Así como temiste la fama sin causa, así también temes aquellas cosas que nunca temerías si la fama no lo hubiera ordenado. ¿Acaso haría algún daño a un hombre bueno ser difamado por rumores inicuos? Que ni siquiera esto perjudique a la muerte entre nosotros: también esta tiene mala reputación. Ninguno de quienes la acusan la ha experimentado: entretanto, es temeridad condenar lo que no conoces. Pero sabes esto: cuán útil es para muchos, a cuántos libera de tormentos, pobreza, quejas, suplicios, tedio. No estamos en poder de nadie, cuando la muerte está en nuestro poder. Adiós.
Carta92
Creo que entre tú y yo convendremos en que se adquieren cosas externas para el cuerpo, el cuerpo se cuida en honor del alma, en el alma hay partes servidoras, mediante las cuales nos movemos y alimentamos, dadas a nosotros por causa del elemento rector mismo. En este elemento rector hay algo irracional, hay también algo racional; aquello sirve a esto, esto es lo único que no se refiere a otra cosa sino que refiere todo a sí. Pues también aquella razón divina está antepuesta a todas las cosas, ella misma no está bajo ninguna; y esta nuestra es la misma, porque procede de aquella.
Si convenimos en esto entre nosotros, se sigue que también convengamos en aquello: que la vida feliz se funda en esto solo, en que en nosotros la razón sea perfecta. Pues solo esta no abate el ánimo, se yergue contra la fortuna; en cualquier condición de las cosas mantiene la independencia. Aquello solo es bueno lo que nunca se quiebra. Ese es, digo, feliz a quien ninguna cosa hace menor; sostiene las cumbres, y apoyado solo en sí mismo, no en ningún otro; pues quien se sostiene con algún auxilio puede caer. Si es de otro modo, empezarán a valer mucho en nosotros cosas que no son nuestras. Pero ¿quién quiere depender de la fortuna o quién, siendo prudente, se admira de cosas ajenas? ¿Qué es la vida feliz? Seguridad y tranquilidad perpetua. Esto lo dará la grandeza de ánimo, lo dará la constancia tenaz de lo bien juzgado. ¿Cómo se llega a esto? Si se ha contemplado la verdad entera; si se ha conservado en las acciones el orden, la medida, el decoro, la voluntad inocente y benigna, atenta a la razón y nunca apartándose de ella, amable y a la vez admirable. En fin, para escribirte brevemente una fórmula, tal debe ser el ánimo del hombre sabio cual conviene que sea el de un dios. ¿Qué puede desear aquel a quien le toca todo lo honesto? Pues si las cosas no honestas pueden aportar algo al estado óptimo, en ellas estará la vida feliz sin las cuales no existe. ¿Y qué hay más torpe y necio que componer el bien del alma racional a partir de cosas irracionales?
Algunos, sin embargo, juzgan que el bien supremo puede aumentar, porque no es lo bastante completo cuando se oponen circunstancias fortuitas. También Antípatro, entre los grandes autores de esta escuela, dice que concede algo a las cosas externas, pero muy poco. Pero ves qué absurdo es no contentarse con el día a menos que alguna chispita lo ilumine más: ¿qué importancia puede tener una chispa en la claridad del sol? Si no te contentas con la sola honestidad, es inevitable que quieras que se añada o bien la tranquilidad, que los griegos llaman aochlesia, o bien el placer. De estos dos, el primero puede admitirse de algún modo; pues el ánimo libre de molestias tiene tiempo para observar el universo, y nada lo aparta de la contemplación de la naturaleza. Pero aquello otro, el placer, es un bien de animales: añadimos a lo racional lo irracional, a lo honesto lo deshonesto, a lo grande * * * ¿hace la vida el cosquilleo del cuerpo? Entonces ¿por qué dudas en decir que un hombre está bien si su paladar está bien? ¿Y a este tú lo cuentas, no digo entre los hombres de valía, sino entre los hombres, a aquel cuyo bien supremo consiste en sabores, colores y sonidos? Que salga de esta clase de seres vivientes, la más bella y segunda después de los dioses; que se agrupe con los mudos, animal feliz con su forraje. La parte irracional del ánimo tiene dos secciones, una animosa, ambiciosa, desenfrenada, situada en las pasiones, otra baja, lánguida, entregada a los placeres: aquella desenfrenada, aunque mejor, ciertamente más fuerte y más digna del hombre, la abandonaron, a esta la consideraron necesaria para la vida feliz, débil y abyecta. A esta ordenaron que la razón sirviera, e hicieron del animal más noble el bien supremo bajo e innoble, además mezclado y monstruoso, de miembros diversos y mal combinados. Pues como dice nuestro Virgilio sobre Escila,
«por arriba rostro humano y pecho hermoso de doncella hasta el pubis, por abajo cola de monstruo marino con colas de delfín unidas a vientres de lobos».
Pero a esta Escila se le han unido animales fieros, horribles, veloces: ¿con qué monstruos compusieron estos la sabiduría? La primera parte es el hombre mismo, la virtud; a esta se une la carne inútil y fluida, hábil solo para recibir alimentos, como dice Posidonio. Aquella virtud divina termina en algo resbaladizo y a sus partes superiores, venerables y celestiales, se añade un animal inerte y débil. Aquella otra, la tranquilidad, no aportaba nada por sí misma al ánimo, pero eliminaba los impedimentos: el placer, por el contrario, lo disuelve y reblandece todo vigor. ¿Qué unión de cuerpos tan discordante entre sí se encontrará? A lo más fuerte se añade lo más inerte, a lo más severo algo poco serio, a lo más santo lo intemperante hasta lo incestuoso.
«¿Qué pasa entonces?», dice, «si la buena salud, la tranquilidad y la ausencia de dolores no van a impedir la virtud, ¿no las buscarás?» ¿Cómo no las buscaré? No porque sean bienes, sino porque son conformes a la naturaleza, y porque serán tomadas por mí con buen juicio. ¿Qué habrá entonces de bueno en ellas? Solo esto, que se las elige bien. Pues cuando tomo el vestido que conviene, cuando camino como es debido, cuando ceno como debo, no son buenas la cena, el paseo o el vestido, sino mi propósito en ellos de mantener en cada cosa una medida conforme a la razón. Todavía añadiré esto: la elección de un vestido limpio es deseable para el hombre; pues por naturaleza el hombre es un animal limpio y elegante. Por tanto, no es un bien por sí mismo el vestido limpio, sino la elección del vestido limpio, porque el bien no está en la cosa sino en la elección apropiada; nuestras acciones son honestas, no las cosas mismas que se hacen. Lo que he dicho del vestido, entiende que lo digo también del cuerpo. Pues también este la naturaleza lo puso alrededor del alma como cierto vestido; es su envoltura. Pero ¿quién ha valorado alguna vez los vestidos por el cofre? Ni lo bueno ni lo malo hace la vaina al gladio. Por tanto, acerca del cuerpo también te respondo lo mismo: tomaré, si se me da elección, tanto la salud como las fuerzas, pero el bien será mi juicio sobre ellas, no ellas mismas.
«Es verdad», dice, «que el sabio es feliz; sin embargo, no alcanza aquel bien supremo a menos que también le acompañen los instrumentos naturales. Así, el que tiene virtud no puede ser desgraciado, pero no es completamente feliz el que carece de bienes naturales, como la salud o la integridad de los miembros». Lo que parece más increíble lo concedes, que alguien en los dolores máximos y continuos no sea desgraciado, e incluso sea feliz: lo que es más ligero lo niegas, que sea completamente feliz. Sin embargo, si la virtud puede lograr que alguien no sea desgraciado, más fácilmente logrará que sea completamente feliz; pues queda menos distancia entre feliz y completamente feliz que entre desgraciado y feliz. ¿Acaso lo que vale tanto como para, arrancado de las calamidades, colocarlo entre los felices, no puede añadir lo que falta para hacerlo completamente feliz? ¿Falla en la cima de la cuesta? Hay en la vida comodidades e incomodidades, ambas fuera de nosotros. Si no es desgraciado el hombre bueno aunque lo opriman todas las incomodidades, ¿cómo no es completamente feliz si le faltan algunas comodidades? Pues así como no es hundido hasta la desgracia por el peso de las incomodidades, así no es apartado de la completa felicidad por la falta de comodidades, sino que es completamente feliz sin comodidades del mismo modo que no es desgraciado bajo las incomodidades; o puede serle arrebatado su bien, si puede ser disminuido. Poco antes decía que una chispita no aporta nada a la luz del sol; pues con su claridad queda oculto todo lo que brillaría sin él. «Pero algunas cosas», dice, «se oponen también al sol». Sin embargo el sol está íntegro incluso entre los obstáculos, y aunque se interponga algo que nos impida verlo, está actuando, se mueve en su curso; cuantas veces brilla entre las nubes, no es menor que cuando está despejado, ni más lento, puesto que hay mucha diferencia entre que algo solo obstaculice o que impida. Del mismo modo lo que se opone a la virtud no le quita nada: no es menor, pero brilla menos. Para nosotros quizá no se muestra ni resplandece igual, pero es la misma para sí y, como el sol oculto, en lo escondido ejerce su fuerza. Esto, pues, pueden hacer contra la virtud las calamidades, las pérdidas y las injurias: lo que puede hacer la niebla contra el sol.
Se encuentra quien diga que el sabio que usa de un cuerpo poco próspero no es ni desgraciado ni feliz. También este se equivoca; pues iguala las cosas fortuitas con las virtudes y concede tanto a las cosas honestas como a las carentes de honestidad. Pero ¿qué más vergonzoso, qué más indigno que comparar lo venerable con lo despreciable? Pues son venerables la justicia, la piedad, la lealtad, la fortaleza, la prudencia: por el contrario, son viles las cosas que a menudo corresponden más llenas a los más viles, una pierna sólida y un brazo y dientes, y su salud y firmeza. Además, si el sabio a quien molesta el cuerpo no será considerado ni desgraciado ni feliz, sino que será dejado en medio, tampoco su vida será ni deseable ni rechazable. Pero ¿qué tan absurdo como que la vida del sabio no sea deseable? ¿O qué tan increíble como que haya alguna vida ni deseable ni rechazable? Además, si los daños del cuerpo no hacen desgraciado, permiten ser feliz; pues las cosas que no tienen poder de trasladar al estado peor, ni siquiera de interrumpir el óptimo.
«Conocemos», dice, «algo frío y algo caliente, entre ambos está lo tibio; así alguien es feliz, alguien desgraciado, alguien ni feliz ni desgraciado». Quiero examinar esta comparación puesta contra nosotros. Si a aquel tibio le echo más frío, se hará frío; si le añado más calor, finalmente se hará caliente. Pero a este ni desgraciado ni feliz, aunque le añada cuanto sea de desgracias, no será desgraciado, según decís vosotros; luego esa comparación es diferente. Además, te presento un hombre ni desgraciado ni feliz. A este le añado ceguera: no se hace desgraciado; añado debilidad: no se hace desgraciado; añado dolores continuos y graves: no se hace desgraciado. Al que tantos males no trasladan a una vida desgraciada, ni siquiera lo sacan de una feliz. Si no puede, como decís, el sabio caer de feliz a desgraciado, no puede caer a no feliz. Pues ¿por qué el que ha empezado a resbalar se detendría en algún sitio? Lo que no lo deja rodar hasta el fondo lo retiene en la cumbre. ¿Cómo no podría quebrarse la vida feliz? Ni siquiera puede aflojarse, y por eso la virtud por sí misma basta para ella.
«¿Qué pasa entonces?», dice, «¿no es más feliz el sabio que vivió más tiempo, al que ningún dolor apartó, que aquel que siempre luchó con la mala fortuna?». Respóndeme: ¿acaso es también mejor y más honesto? Si no lo es, tampoco es más feliz. Para vivir más felizmente debe vivir más rectamente: si no puede vivir más rectamente, tampoco más felizmente. La virtud no se intensifica, luego tampoco la vida feliz, que proviene de la virtud. Pues la virtud es un bien tan grande que no siente esas añadiduras minúsculas, la brevedad del tiempo, el dolor y las diversas ofensas de los cuerpos; pues el placer no es digno de que lo mire. ¿Qué hay de principal en la virtud? No necesitar del futuro ni contar sus días. En el menor tiempo posible consuma los bienes eternos. Esto nos parece increíble y que excede la naturaleza humana; pues medimos su grandeza por nuestra debilidad y ponemos a nuestros vicios el nombre de virtud. ¿Qué más? ¿No parece igualmente increíble que alguien colocado en los mayores tormentos diga «soy feliz»? Y sin embargo esta voz se oyó en el taller mismo del placer. Epicuro dice: «Paso este día felicísimo y último», cuando lo torturaba por un lado la dificultad para orinar, por otro el dolor insanable de un vientre ulcerado. Entonces ¿por qué serían increíbles estas cosas entre los que cultivan la virtud, cuando se encuentran incluso entre aquellos a quienes mandó el placer? También estos degenerados y de mentalidad bajísima dicen que en los mayores dolores, en las mayores calamidades el sabio no será ni desgraciado ni feliz. Pero también esto es increíble, más bien más increíble; pues no veo cómo no será llevada hasta el fondo la virtud derribada de su altura. O bien debe garantizar la felicidad o, si es expulsada de esta, no impedirá que se haga desgraciado. Lo que está en pie no puede ser derribado: o debe ser vencida o vencer.
«A los dioses inmortales solos», dice, «les tocaron en suerte la virtud y la vida feliz; a nosotros, cierta sombra de esos bienes y su semejanza: nos acercamos a ellos, pero no llegamos.» Pero la razón es común a dioses y hombres: en ellos está consumada, en nosotros es consumable. Sin embargo, nuestros vicios nos llevan a la desesperación. Pues aquel otro tipo es secundario, como alguien poco constante para custodiar lo óptimo, cuyo juicio aún vacila y es incierto. Desea el sentido de los ojos y los oídos, buena salud y un aspecto del cuerpo no feo, y además un plazo de vida más largo sin que cambie su estado. A través de estas cosas puede llevarse una vida no lamentable, pero en este varón imperfecto hay cierta fuerza de malicia, porque tiene un ánimo inclinado a lo perverso; aquella malicia agitada y turbulenta está ausente del bien. Todavía no es bueno, pero se está moldeando hacia el bien; pero a quien le falta algo para el bien, es malo. Pero
si en alguien están presentes la virtud y el ánimo en el cuerpo,
este iguala a los dioses, tiende hacia allí recordando su origen. Nadie intenta ascender de modo impropio hacia donde había descendido. ¿Por qué razón no ibas a creer que existe en él algo divino quien es parte de dios? Todo esto que nos contiene es uno y es dios; y somos sus socios y miembros. Nuestro ánimo es capaz, se dirige allí si los vicios no lo oprimen. Así como la postura de nuestros cuerpos se yergue y mira al cielo, del mismo modo el ánimo, al que le está permitido extenderse cuanto quiere, ha sido formado por la naturaleza de las cosas para querer cosas iguales a los dioses; y si usa sus fuerzas y se extiende a su propio espacio, no se esfuerza hacia las alturas por un camino ajeno. Grande era el trabajo de ir al cielo: regresa. Cuando ha encontrado este camino, avanza audazmente despreciándolo todo y no mira hacia el dinero ni el oro y la plata, dignísimos de aquellas tinieblas en las que yacieron, no los valora por este esplendor con el que golpean los ojos de los ignorantes, sino por el antiguo lodo del que nuestra codicia los separó y extrajo. Sabe, digo, que las riquezas están colocadas en otro lugar distinto de donde se amontonan; que el ánimo debe llenarse, no el arca. A este es lícito imponerlo al dominio de todas las cosas, introducirlo en posesión de la naturaleza, de modo que limite lo suyo con los confines del oriente y el occidente, y a la manera de los dioses posea todo, mientras desprecia desde arriba a los ricos con sus riquezas, ninguno de los cuales está tan contento con lo suyo como triste por lo ajeno. Cuando se ha elevado a esta sublimidad, es también administrador del cuerpo como de una carga necesaria, no amante, y no se somete a aquel sobre el que ha sido puesto. Nadie es libre si es esclavo del cuerpo; pues, para pasar por alto a otros amos que la excesiva preocupación por él ha inventado, su mando es caprichoso y delicado. De este sale ora con ánimo sereno, ora salta con grande, y no pregunta cuál vaya a ser la salida de aquel que dejó; sino que, del mismo modo que desatendemos el pelo de la barba y de la cabeza una vez cortado, así aquel ánimo divino, a punto de salir del hombre, no juzga que le concierna más adónde se deposite su receptáculo, si el fuego lo excluye o la tierra lo cubre o las fieras lo despedazan, de lo que le concierne al recién nacido la placenta. Si las aves dispersan lo arrojado o si se consume
como presa entregada a los perros marinos,
¿qué le importa a aquel que ya no existe? Pero también entonces, cuando está entre los hombres, no teme ninguna de las amenazas de muerte de aquellos para quienes es poco ser temidos hasta la muerte. «No me aterra», dice, «ni el garfio ni el desgarramiento feo a la vista del cadáver arrojado para ultraje. A nadie pido el último deber, a nadie encomiendo mis restos. La naturaleza se ha ocupado de que nadie quede insepulto: el tiempo enterrará a quien la crueldad haya arrojado.» Elocuentemente dice Mecenas:
ni tumba reclamo: la naturaleza sepulta a los abandonados.
Parecerías que lo dijo muy ceñido; pues tuvo un ingenio grande y viril, si la prosperidad no lo hubiera desceñido. Adiós.
Carta93
En la carta en la que te quejabas de la muerte del filósofo Metronactes, como si hubiera podido y debido vivir más tiempo, eché de menos tu equidad, que te sobra en toda persona, en todo asunto, pero te falta en una sola cosa, en la que falta a todos: encontré a muchos ecuánimes frente a los hombres, frente a los dioses a ninguno. Recriminamos al destino cotidianamente: «¿por qué este fue arrebatado en mitad del curso? ¿por qué aquel no es arrebatado? ¿por qué prolonga una vejez pesada para sí y para los demás?» ¿Juzgas más justo, te ruego, que la naturaleza te obedezca a ti o que tú obedezcas a la naturaleza? ¿Qué importa, además, cuán pronto salgas de donde de todos modos hay que salir? No hay que preocuparse por vivir mucho tiempo, sino por vivir suficientemente; pues para vivir mucho tiempo hace falta el destino, para vivir suficientemente, el ánimo. La vida es larga si es plena; se llena cuando el ánimo se ha devuelto su propio bien y ha trasladado a sí el poder sobre sí. ¿De qué le sirven a aquel ochenta años pasados en la inercia? Este no vivió, sino que permaneció en la vida, y no murió tarde, sino durante mucho tiempo. «Vivió ochenta años.» Importa desde qué día cuentes su muerte. «Pero aquel murió joven.» Sin embargo cumplió los deberes de buen ciudadano, de buen amigo, de buen hijo; no faltó en ninguna parte; aunque su edad esté incompleta, su vida está completa. «Vivió ochenta años.» Más bien existió ochenta años, a no ser que digas que vivió del modo en que se dice que viven los árboles. Te ruego, Lucilio, que hagamos esto: que nuestra vida, como las cosas preciosas, no se extienda mucho sino que pese mucho; midámosla por la acción, no por el tiempo. ¿Quieres saber qué diferencia hay entre este hombre vigoroso y despreciador de la fortuna que cumplió todas las obligaciones de la vida humana y se elevó a su bien supremo, y aquel a quien pasaron muchos años? El uno existe también después de la muerte, el otro perece antes de la muerte. Alabemos, pues, y coloquemos en el número de los felices a aquel a quien le tocó en suerte cualquier tiempo que sea, bien empleado. Pues vio la luz verdadera; no fue uno entre muchos; vivió y estuvo despierto. A veces gozó del sereno, a veces, como suele ocurrir, el resplandor del astro poderoso brilló a través de las nubes. ¿Preguntas cuánto tiempo vivió? Vive: ha saltado hasta la posteridad y se ha entregado a la memoria. Y no por eso rechazaría yo que se me añadieran más años; sin embargo no diré que me falta nada para la vida feliz si su duración se acorta; pues no me preparé para ese día que la esperanza ávida me había prometido como último, sino que miré cada uno como si fuera el último. ¿Me preguntas cuándo nací, si todavía me cuentan entre los más jóvenes? Tengo lo mío. Así como en un menor tamaño del cuerpo puede haber un hombre perfecto, así también en un menor espacio de tiempo puede haber una vida perfecta. La edad está entre las cosas externas. Cuánto tiempo sea es ajeno: que mientras sea, sea verdaderamente, eso es mío. Exígeme esto, que no mida una vida innoble como a través de tinieblas, que actúe la vida, no que la atraviese. ¿Preguntas cuál es el mayor espacio de vida? Vivir hasta la sabiduría; quien ha llegado a ella alcanzó no el fin más largo, sino el máximo. Ese verdaderamente gloríese audazmente y dé gracias a los dioses y entre ellos a sí mismo, y atribuya a la naturaleza de las cosas el haber existido. Pues con razón se lo atribuirá: le devolvió la vida mejor de lo que la recibió. Puso el modelo del hombre bueno, mostró cómo y cuán grande era; si hubiera añadido algo, habría sido semejante a lo pasado. ¿Y hasta cuándo vivimos? Hemos disfrutado del conocimiento de todas las cosas: sabemos desde qué principios se eleva la naturaleza, cómo ordena el mundo, por qué cambios retorna el año, cómo encerró todas las cosas que existirán en cualquier parte y se hizo a sí misma fin de sí; sabemos que los astros avanzan por su propio impulso, que nada permanece excepto la tierra, que lo demás discurre en continua velocidad; sabemos cómo la luna sobrepasa al sol, por qué el más lento deja atrás al más veloz, cómo recibe o pierde la luz, qué causa induce la noche, qué trae de vuelta el día: hay que ir allí donde veas estas cosas más de cerca. «Y no salgo más fuerte con esta esperanza», dice aquel sabio, «de que juzgo que el camino hacia mis dioses me está abierto. En verdad merecí ser admitido y ya estuve entre ellos y envié allí mi ánimo y ellos enviaron el suyo hacia mí. Pero supón que se me quita de en medio y que después de la muerte nada del hombre subsiste: igualmente tengo un ánimo grande, aunque salga sin ir a transitar a ninguna parte.» No vivió tantos años como pudo. También es un libro de pocos versos y sin embargo digno de alabanza y útil: sabes cuán pesados son los anales de Tanusio y cómo se los llama. Esto es la vida larga de algunos, y lo que sigue a los anales de Tanusio. ¿Acaso juzgas más feliz al que muere en el último día del espectáculo que al que muere en medio? ¿Acaso crees que hay alguien tan estúpidamente deseoso de vivir que prefiera ser degollado en el vestuario antes que en la arena? No precedemos unos a otros por un espacio mayor. La muerte va por todos; quien mata sigue al matado. Es mínimo aquello de lo que se discute con la mayor preocupación. ¿Y qué importa cuánto tiempo evites lo que no puedes evitar? Adiós.
Carta94
Aquella parte de la filosofía que da preceptos propios a cada persona y no compone al hombre en general sino que aconseja al marido cómo comportarse con la esposa, al padre cómo educar a los hijos, al amo cómo gobernar a los esclavos, algunos la admitieron como única, dejando las demás como si vagaran fuera de nuestra utilidad, como si alguien pudiera aconsejar sobre una parte sin haber abarcado antes la suma de la vida entera. Aristón el estoico, por el contrario, estima que esta parte es liviana y que no desciende hasta el pecho, que tiene preceptos de viejas; dice que aprovechan muchísimo los propios decretos de la filosofía y la constitución del bien supremo; «quien la ha comprendido y aprendido bien qué debe hacerse en cada cosa se da preceptos a sí mismo.» Así como quien aprende a lanzar la jabalina toma el lugar señalado y forma la mano para dirigir lo que lanza, cuando ha adquirido esta habilidad por la disciplina y el ejercicio, la usa dondequiera que quiera (pues aprendió no a herir esto o aquello sino lo que quiera), así quien se ha instruido para la vida entera no necesita ser advertido por partes, instruido en el todo, pues no aprendió cómo vivir con la esposa o con el hijo sino cómo vivir bien: en esto está también cómo viva con la esposa y los hijos. Cleantes juzga útil también esta parte, pero débil a menos que fluya del conjunto, a menos que haya conocido los decretos mismos de la filosofía y sus fundamentos.
Esta cuestión se divide, pues, en dos partes: si es útil o inútil, y si por sí solo puede hacer bueno al hombre, es decir, si es superfluo o hace superfluos a todos los demás. Quienes quieren que esta parte parezca superflua dicen lo siguiente: si algo puesto delante de los ojos detiene la mirada, hay que quitarlo; mientras ese obstáculo esté presente, pierde el tiempo quien aconseja «caminarás así, extenderás la mano de este modo». Del mismo modo, cuando algo ciega el espíritu e impide distinguir el orden de los deberes, no hace nada quien aconseja «vivirás así con tu padre, así con tu esposa». Pues los preceptos no aprovecharán nada mientras el error esté derramado sobre la mente: si se disipa, quedará claro lo que se debe a cada obligación. De otro modo enseñas a uno lo que debe hacer estando sano, no lo haces sano. Muestras al pobre que actúe como rico: ¿cómo puede hacerse esto mientras permanezca la pobreza? Enseñas al hambriento qué debe hacer como si estuviera saciado: mejor arráncale el hambre fijada en la médula. Lo mismo te digo de todos los vicios: hay que quitarlos ellos mismos, no dar preceptos sobre lo que no puede hacerse mientras permanezcan. Si no expulsas las opiniones falsas de las que padecemos, ni el avaro escuchará cómo debe usarse el dinero ni el cobarde cómo despreciar los peligros. Conviene que logres que sepa que el dinero no es ni bueno ni malo; muéstrale a los riquísimos más desdichados; logra que sepa que todo lo que públicamente tememos no es tan temible como propaga la fama, y que nadie sufre mucho tiempo ni muere a menudo: que en la muerte, que es ley que debemos padecer, hay gran consuelo en que no vuelve a nadie; que en el dolor será remedio futuro la firmeza del espíritu, que se hace más leve cualquier cosa que ha soportado con obstinación; que la mejor naturaleza del dolor es que no puede ser grande si se extiende ni extenderse si es grande; que hay que aceptar con valor todas las cosas que nos impone la necesidad del mundo. Cuando con estas enseñanzas lo hayas llevado a la contemplación de su condición y reconozca que la vida feliz no es la que sigue el placer sino la que sigue la naturaleza, cuando haya amado la virtud como único bien del hombre, huido de la torpeza como único mal, y sepa que todo lo demás —riquezas, honores, buena salud, fuerzas, mandos— es parte intermedia y no debe contarse ni entre los bienes ni entre los males, no necesitará un consejero para cada cosa concreta que le diga «camina así, cena así; esto conviene al hombre, esto a la mujer, esto al casado, esto al soltero». Pues quienes aconsejan esto con mayor diligencia no pueden hacerlo ellos mismos; esto aconseja el pedagogo al niño, esto la abuela al nieto, y el maestro iracundísimo discute que no hay que enfadarse. Si entras en una escuela primaria, sabrás que esas cosas que los filósofos proclaman con enorme arrogancia están en la enseñanza infantil.
En seguida, ¿darás preceptos sobre cosas manifiestas o dudosas? Las manifiestas no necesitan consejero, en las dudosas no se cree al que da preceptos; por tanto, es superfluo dar preceptos. Aprende esto: si aconsejas lo que es oscuro y ambiguo, habrá que apoyarlo con demostraciones; si vas a demostrarlo, aquello con lo que lo demuestras vale más y basta por sí mismo. «Tratas así al amigo, así al ciudadano, así al socio.» «¿Por qué?» «Porque es justo.» Todas esas cosas me las enseña la sección sobre la justicia: allí encuentro que la equidad debe buscarse por sí misma, y que no somos obligados a ella por miedo ni contratados por recompensa, que no es justo aquel a quien agrada algo en esta virtud fuera de ella misma. Cuando me he persuadido de esto y lo he bebido hasta el fondo, ¿qué aprovechan esos preceptos que enseñan al erudito? Dar preceptos al que sabe es superfluo, al que no sabe es poco; pues debe oír no solo qué se le aconseja sino también por qué. Digo, ¿son necesarios los preceptos para quien tiene opiniones verdaderas sobre los bienes y males o para quien no las tiene? Quien no las tiene no será ayudado en nada por ti, la fama ha ocupado sus oídos con cosas contrarias a tus consejos; quien tiene juicio exacto sobre lo que debe huirse y buscarse sabe qué debe hacer incluso si tú callas. Puede, pues, eliminarse toda esa parte de la filosofía.
Hay dos razones por las que erramos: o está arraigada en el espíritu la malicia contraída de opiniones perversas o, aunque no esté ocupado por ideas falsas, es propenso a lo falso y se corrompe rápidamente arrastrado por una apariencia hacia donde no debe. Por tanto, debemos o curar completamente la mente enferma y liberarla de los vicios o, si está vacía pero propensa a lo peor, ocuparla primero. Ambas cosas las hacen las enseñanzas de la filosofía; por tanto, ese género de dar preceptos no hace nada. Además, si damos preceptos a cada uno en particular, la tarea es incomprensible; pues deberemos dar unos al prestamista, otros al que cultiva el campo, otros al comerciante, otros al que busca la amistad de los reyes, otros al que amará a iguales, otros al que amará a inferiores. En el matrimonio aconsejarás cómo debe vivir uno con la esposa que tomó virgen, cómo con la que experimentó el matrimonio de otro antes, cómo con la rica, cómo con la sin dote. ¿O no crees que hay alguna diferencia entre una estéril y una fecunda, entre una de mayor edad y una muchacha, entre una madre y una madrastra? No podemos abarcar todos los casos: y sin embargo cada uno exige lo suyo, pero las leyes de la filosofía son breves y abarcan todo. Añade ahora que los preceptos de la sabiduría deben ser finitos y ciertos; si algunos no pueden ser finitos, están fuera de la sabiduría; la sabiduría conoce los límites de las cosas. Por tanto, debe eliminarse esa parte preceptiva, porque no puede cumplir a todos lo que promete cumplir a unos pocos; pero la sabiduría lo abarca todo. No hay diferencia entre la locura pública y esta que se entrega a los médicos, salvo que esta padece por enfermedad, aquella por opiniones falsas; una sacó las causas de la furia de la salud, la otra es mala salud del espíritu. Si alguien da preceptos a un loco sobre cómo debe hablar, cómo avanzar, cómo comportarse en público, cómo en privado, será más insensato que aquel a quien aconseja: debe curarse la bilis negra y quitarse la causa misma de la furia. Lo mismo debe hacerse en este otro furor del espíritu: debe ser disipado él mismo; de otro modo las palabras de los consejeros se irán en vano.
Esto dice Aristón; le responderemos punto por punto. Primero, contra lo que dice, que si algo obstruye el ojo e impide la visión debe quitarse, reconozco que este no necesita preceptos para ver, sino un remedio con el que se limpie la agudeza visual y escape al obstáculo que se le opone; pues vemos por naturaleza, a quien se devuelve su uso cuando se quita lo que obstruye; pero la naturaleza no enseña lo que se debe a cada deber. Además, aquel a quien se ha curado la catarata, cuando ha recuperado la vista, no puede por eso devolverla también a otros: quien se libera de la malicia también libera. No hace falta exhortación, ni siquiera consejo, para que el ojo entienda las propiedades de los colores; distinguirá el blanco del negro incluso sin que nadie lo aconseje. Por el contrario, el espíritu necesita muchos preceptos para ver qué debe hacerse en la vida. Aunque también a los ojos enfermos el médico no solo los cura sino también los aconseja. «No debes» dice «exponer inmediatamente la vista débil a la luz excesiva; desde la oscuridad pasa primero a los lugares sombreados, luego atrévete más y poco a poco acostúmbrate a soportar la luz clara. No debes estudiar después de comer, no debes exigir cuando los ojos están llenos e hinchados; evita el soplo y la fuerza del frío que viene al rostro» —otras cosas semejantes, que aprovechan no menos que los medicamentos. La medicina añade el consejo a los remedios.
«El error» dice «es causa del pecado: los preceptos no nos quitan esto ni expugnan las opiniones falsas sobre los bienes y males.» Concedo que los preceptos no son por sí solos eficaces para derribar la perversa persuasión del espíritu; pero no por eso no aprovechan cuando se añaden a otras cosas. Primero renuevan la memoria; además, lo que parecía más confuso en conjunto, dividido en partes se considera con mayor diligencia. De ese mismo modo puedes decir que las consolaciones son superfluas y las exhortaciones: sin embargo no son superfluas; luego tampoco las amonestaciones. «Es necio» dice «dar preceptos al enfermo sobre lo que debe hacer como si estuviera sano, cuando hay que restituir la salud, sin la cual los preceptos son inútiles.» ¿Qué pasa con que los enfermos y los sanos tienen ciertas cosas comunes sobre las que deben ser amonestados? Como que no busquen los alimentos con avidez, que eviten el cansancio. Hay ciertos preceptos comunes al pobre y al rico. «Sana» dice «la avaricia, y no tendrás nada que aconsejar ni al pobre ni al rico, si la codicia de ambos ha desaparecido.» ¿Qué pasa con que una cosa es no codiciar el dinero y otra saber usar el dinero? Los avaros ignoran la medida de esto, pero también los no avaros el uso. «Quita» dice «los errores: los preceptos son superfluos.» Es falso. Pues supón que la avaricia se ha relajado, supón que el lujo está restringido, que se han puesto frenos a la temeridad, que se ha dado un aguijón a la pereza: incluso quitados los vicios, hay que aprender qué y cómo debemos hacer. «Nada» dice «lograrán las amonestaciones aplicadas a vicios graves.» Ni la medicina vence las enfermedades incurables, sin embargo se aplica a unas como remedio, a otras como alivio. Ni siquiera la fuerza misma de toda la filosofía, aunque convoque en esto todas sus fuerzas, arrancará de los espíritus la peste ya dura y antigua; pero no por eso no sana nada porque no sana todo.
«¿Qué aprovecha» dice «mostrar lo evidente?» Muchísimo; pues a veces sabemos y no prestamos atención. La amonestación no enseña sino que hace prestar atención, despierta, mantiene la memoria y no permite que se escape. Pasamos de largo por la mayoría de las cosas puestas ante los ojos: amonestar es un género de exhortar. A menudo el espíritu disimula incluso lo evidente; hay que inculcarle, pues, el conocimiento de las cosas más conocidas. Hay que repetir aquí aquella sentencia de Calvo contra Vatinio: «Sabéis que se cometió soborno, y todos saben que vosotros lo sabéis». Sabes que las amistades deben cultivarse santamente, pero no lo haces. Sabes que es deshonesto quien exige castidad a la esposa, él mismo corruptor de esposas ajenas; sabes que como ella no debe tener nada con un adúltero, así tú no debes tener nada con una concubina, y no lo haces. Por tanto, hay que traerte continuamente a la memoria; pues esas cosas no deben estar guardadas sino a mano. Todo lo que es saludable debe agitarse a menudo, voltearse a menudo, de modo que no solo nos sea conocido sino también preparado. Añade ahora que incluso lo evidente suele hacerse más evidente.
«Si son dudosas las cosas que preceptúas», dice, «deberás añadir pruebas; luego esas pruebas, y no los preceptos, serán lo que aproveche». ¿Y qué pasa con el hecho de que incluso sin pruebas la autoridad misma del que aconseja es útil? Igual que valen los dictámenes de los jurisconsultos, aunque no se dé la razón. Además, las cosas que se preceptúan tienen por sí mismas mucho peso, sobre todo si están entretejidas en verso o condensadas en prosa en forma de sentencia, como aquellas de Catón: «compra no lo que necesitas, sino lo que es necesario; lo que no es necesario es caro aunque cueste un as»; o como aquellas que fueron emitidas por un oráculo o se les parecen: «ahorra tiempo», «conócete a ti mismo». ¿Acaso exigirás una razón cuando alguien te diga estos versos?
*El remedio de las injurias es el olvido. La fortuna ayuda a los audaces, el perezoso se interpone a sí mismo.*
Estos no buscan un abogado: tocan los afectos mismos y aprovechan cuando la naturaleza ejerce su fuerza. Las semillas de todas las cosas honestas las lleva el alma, y se despiertan con la amonestación no de otro modo que una chispa, ayudada por un leve soplo, despliega su fuego: la virtud se yergue cuando es tocada e impulsada. Además, hay ciertas cosas en el alma, pero poco a mano, que empiezan a estar accesibles cuando se dicen; otras yacen dispersas en diversos lugares, que una mente sin ejercitar no puede reunir. Por tanto, hay que concentrarlas en un solo punto y juntarlas, para que valgan más y eleven más el ánimo. O si los preceptos no ayudan en nada, hay que suprimir toda enseñanza; debemos contentarnos con la naturaleza misma. Quienes dicen esto no ven que uno es el ingenio móvil y erguido, otro el tardo y torpe, y que uno es más ingenioso que otro. La fuerza del ingenio se alimenta y crece con los preceptos, y añade nuevas persuasiones a las innatas y corrige las depravadas.
«Si alguien», dice, «no tiene decretos rectos, ¿de qué le servirán las amonestaciones si está atado a los vicios?». Evidentemente, de esto: de que se libere de ellos; pues la índole natural no está extinta en él, sino oscurecida y oprimida. Aun así intenta resurgir y lucha contra lo depravado, y habiendo encontrado auxilio y ayudada por los preceptos, se robustece, si al menos la larga pestilencia no la ha infectado y matado; pues a esta ni siquiera la filosofía, lanzándose con todo su ímpetu, la restaurará. Pues ¿qué diferencia hay entre los decretos de la filosofía y los preceptos, sino que aquellos son preceptos generales, estos específicos? Ambas cosas preceptúan, pero una en general, la otra en particular.
«Si alguien», dice, «tiene decretos rectos y honestos, este es amonestado de manera superflua». En absoluto; pues este también, aunque está instruido para hacer lo que debe, no lo ve con suficiente claridad. Pues no solo los afectos nos impiden hacer lo que se debe aprobar, sino también la impericia de encontrar qué exige cada cosa. Tenemos a veces el ánimo compuesto, pero perezoso e inexperto para encontrar el camino de los deberes, camino que la amonestación muestra.
«Expulsa», dice, «las falsas opiniones sobre los bienes y los males, y pon en su lugar las verdaderas, y la amonestación no tendrá nada que hacer». Sin duda el ánimo se ordena con esta razón, pero no solo con esta; pues aunque se haya establecido por argumentos cuáles son los bienes y los males, no por ello los preceptos tienen menos su papel. Y la prudencia y la justicia consisten en deberes: los deberes se disponen mediante preceptos. Además, el juicio mismo sobre los males y los bienes se confirma con la ejecución de los deberes, a la cual conducen los preceptos. Pues ambos concuerdan entre sí: y aquellos no pueden preceder sin que estos sigan, y estos siguen su orden; de donde es evidente que aquellos preceden.
«Los preceptos», dice, «son infinitos». Es falso; pues sobre las cosas máximas y necesarias no son infinitos; tienen, sí, tenues diferencias que exigen los tiempos, los lugares, las personas, pero también para estos se dan preceptos generales.
«Nadie», dice, «cura la locura con preceptos; luego tampoco la maldad». Es diferente; pues si quitas la locura, queda devuelta la cordura; si excluimos las falsas opiniones, no se sigue inmediatamente el discernimiento de las cosas que hay que hacer; para que se siga, sin embargo, la amonestación robustecerá la opinión recta sobre los bienes y los males. También es falso aquello de que los preceptos no aprovechan nada ante los locos. Pues así como solos no sirven, sí ayudan a la curación; y la denuncia y el castigo contienen a los locos —hablo ahora de aquellos locos cuya mente está perturbada, no arrebatada—.
«Las leyes», dice, «no logran que hagamos lo que conviene, ¿y qué otra cosa son sino preceptos mezclados con amenazas?». Primero, aquellas no persuaden precisamente porque amenazan, mientras que estos no obligan sino que ruegan; después, las leyes disuaden del crimen, los preceptos exhortan al deber. Añade a esto que las leyes también aprovechan para las buenas costumbres, sobre todo si no solo mandan sino que enseñan. En esto disiento de Posidonio, quien dice: «desapruebo que se hayan añadido principios a las leyes de Platón. Pues conviene que la ley sea breve, para que los imperitos la retengan más fácilmente. Sea como una voz emitida desde lo divino: que ordene, no que dispute. Nada me parece más frío, nada más inepto que una ley con prólogo. Advierte, dime qué quieres que yo haga: no aprendo sino que obedezco». Pero sí aprovechan; por tanto, verás que las ciudades con malas costumbres han usado malas leyes. «Pero no aprovechan ante todos». Tampoco la filosofía; y por eso no es inútil e ineficaz para formar las almas. ¿Qué más? ¿No es la filosofía una ley de la vida? Pero supongamos que las leyes no aprovechan: no por eso se sigue que tampoco las moniciones aprovechen. O si no, niega también que aprovechen las consolaciones, las disuasiones, las exhortaciones, las reconvenciones y las alabanzas. Todos estos son géneros de moniciones; mediante ellos se llega al perfecto estado del ánimo. Nada reviste las almas de honestidad más que la conversación con hombres buenos, ni atrae hacia lo recto a los dudosos e inclinados a lo depravado; pues poco a poco desciende a los pechos y obtiene la fuerza de los preceptos ser contemplada frecuentemente, ser escuchada frecuentemente. El encuentro mismo con los sabios, por Hércules, ayuda, y hay algo que puedas aprovechar de un gran hombre incluso callado. No podría decirte fácilmente cómo aprovecha, aunque entiendo que ha aprovechado. «Ciertos animales diminutos», como dice Fedón, «cuando muerden no se sienten, tan sutil y engañosa es su fuerza para el peligro: la hinchazón indica la mordedura y en la hinchazón misma no aparece ninguna herida». Lo mismo te sucederá en la conversación con los hombres sabios: no percibirás cómo o cuándo te aprovecha, percibirás que te ha aprovechado.
«¿A qué viene», dices, «esto?». A que igualmente los buenos preceptos, si están frecuentemente contigo, aprovecharán tanto como los buenos ejemplos. Pitágoras dice que el ánimo se vuelve otro al entrar en el templo y contemplar de cerca los simulacros de los dioses y esperar la voz de algún oráculo. ¿Quién, pues, negará que incluso los más imperitos son heridos eficazmente por ciertos preceptos? Como por estas brevísimas palabras, pero que tienen mucho peso:
*Nada en exceso. El ánimo avaro no se sacia con ninguna ganancia. Espera de otro lo que hayas hecho a otro.*
Estas las oímos con cierto impacto, y a nadie le es lícito dudar o preguntar «¿por qué?»; tanto resplandece la verdad misma incluso sin razón. Si la reverencia frena los ánimos y reprime los vicios, ¿por qué no puede la amonestación hacer lo mismo? Si impone pudor el castigo, ¿por qué no lo hará la amonestación, incluso si usa preceptos desnudos? Pero aquella es más eficaz y penetra más profundamente cuando ayuda con la razón a lo que preceptúa, cuando añade por qué hay que hacer cada cosa y qué fruto espera al que hace y obedece los preceptos. Si se aprovecha con el mandato, también con la amonestación; pero se aprovecha con el mandato; luego también con la amonestación. La virtud se divide en dos partes, en contemplación de lo verdadero y acción: la contemplación la transmite la instrucción, la acción la amonestación. La virtud la ejercita y la muestra la acción recta. Pero al que va a actuar, si le aprovecha quien lo persuade, también le aprovechará quien lo amonesta. Luego si la acción recta es necesaria para la virtud, y las acciones rectas las muestra la amonestación, también la amonestación es necesaria. Dos cosas dan muchísimo vigor al ánimo, la fe en lo verdadero y la confianza: ambas las hace la amonestación. Pues se le cree y, cuando se le ha creído, el ánimo concibe grandes espíritus y se llena de confianza; luego la amonestación no es superflua. Marco Agripa, varón de ánimo ingente, que solo de entre aquellos que las guerras civiles hicieron ilustres y poderosos fue feliz para el pueblo, solía decir que debía mucho a esta sentencia: «pues con la concordia las cosas pequeñas crecen, con la discordia las máximas se desmoronan». Decía que gracias a ella se había convertido en hermano óptimo y en amigo óptimo. Si sentencias de esta índole, recibidas familiarmente en el ánimo, lo forman, ¿por qué no puede hacer lo mismo esta parte de la filosofía que consiste en tales sentencias? Parte de la virtud consiste en disciplina, parte en ejercitación; y conviene que aprendas y confirmes con la acción lo que has aprendido. Si esto es así, no solo las enseñanzas de la sabiduría aprovechan sino también los preceptos, que contienen y apartan nuestros afectos como con un edicto.
«La filosofía», dice, «se divide en estas cosas, la ciencia y el hábito del ánimo; pues quien ha aprendido y percibido lo que hay que hacer y evitar aún no es sabio si su ánimo no se ha transfigurado en lo que aprendió. Esta tercera parte de preceptuar procede de ambos, tanto de los decretos como del hábito; por tanto es superflua para completar la virtud, para la cual bastan aquellas dos». Así pues, de ese modo también la consolación es superflua (pues esta también procede de ambos) y la exhortación y la persuasión y la argumentación misma; pues esta también procede del hábito del ánimo compuesto y vigoroso. Pero aunque estas cosas vengan del óptimo hábito del ánimo, el óptimo hábito del ánimo procede de estas; y hace aquellas y él mismo se hace de aquellas. Luego, eso que dices es ya de un varón perfecto y que ha alcanzado la suma felicidad humana. Pero a estas cosas se llega tardíamente; mientras tanto, también al imperfecto pero progresante hay que mostrarle el camino en las cosas que hay que hacer. Este camino quizá se lo dará a sí misma la sabiduría incluso sin amonestación, ella que ya ha conducido el ánimo a tal punto que no pueda moverse sino hacia lo recto. En los ingenios más débiles es necesario que alguien vaya por delante: «esto evitarás, esto harás». Además, si espera el tiempo en que por sí sepa qué es lo óptimo por hacer, mientras tanto errará y errando se impedirá llegar a aquel punto en que pueda estar contento consigo mismo; por tanto debe ser regido mientras empieza a poder regirse a sí mismo. Los niños aprenden según la prescripción; sus dedos son sostenidos y conducidos por mano ajena a través de los simulacros de las letras, luego se les ordena imitar lo propuesto y reformar según aquello su escritura: así nuestro ánimo, mientras se instruye según prescripción, es ayudado.
Estas son las razones por las que se demuestra que esta parte de la filosofía no es superflua. Luego se pregunta si ella sola basta para hacer al sabio. A esta cuestión le dedicaremos su día: entretanto, dejando de lado los argumentos, ¿acaso no resulta evidente que necesitamos algún defensor que nos dé preceptos contra los preceptos del pueblo? Ninguna palabra llega impunemente a nuestros oídos: nos perjudican quienes nos desean el bien, nos perjudican quienes nos maldicen. Pues las imprecaciones de estos últimos nos infunden falsos temores, y el amor de aquellos nos enseña mal deseándonos bien; en efecto, nos envía hacia bienes lejanos, inciertos y vagos, cuando podríamos extraer la felicidad de nuestra propia casa. No está permitido, digo, ir por el camino recto; nos arrastran hacia lo torcido los padres, nos arrastran los esclavos. Nadie yerra solo para sí, sino que esparce su locura sobre los próximos y la recibe a su vez. Y por eso en cada individuo están los vicios de las masas, porque la masa se los dio. Mientras cada uno hace peor a otro, se ha vuelto peor; aprendió cosas peores, después las enseñó, y se ha formado esa enorme maldad por la acumulación en un solo lugar de lo peor que cada uno supo. Que haya, pues, algún guardián que de vez en cuando nos tire de la oreja, aleje los rumores y proteste contra la gente que nos alaba. Te equivocas, en efecto, si piensas que los vicios nacen con nosotros: sobrevinieron, nos fueron inculcados. Por eso, con frecuentes advertencias hay que rechazar las opiniones que nos rodean por todas partes. La naturaleza no nos predispone a ningún vicio: ella nos engendró íntegros y libres. Nada puso a la vista que pudiera excitar nuestra avaricia: puso bajo nuestros pies el oro y la plata, y nos dio para pisarlo y aplastarlo todo aquello por lo cual somos pisados y aplastados. Ella elevó nuestros rostros hacia el cielo y quiso que cuanto había hecho magnífico y admirable fuese visto por quienes miran hacia arriba: las salidas y puestas del sol, el curso giratorio del mundo veloz, que de día descubre las cosas terrestres y de noche las celestes, el lento andar de las estrellas si lo comparas con el todo, pero rapidísimo si piensas qué extensiones recorren con velocidad nunca interrumpida, los eclipses del sol y la luna que se interponen mutuamente, y luego otras cosas dignas de admiración, ya sea que se sucedan en orden o que salten provocadas por causas súbitas, como las estelas nocturnas de fuego y los resplandores del cielo que se abre sin golpe ni estruendo, y las columnas y las vigas y las diversas imágenes de llamas. Esto dispuso la naturaleza sobre nosotros; en cambio el oro y la plata, y por ellos el hierro que nunca da paz, los escondió, como si nos fueran confiados para nuestro mal. Nosotros sacamos a la luz aquello por lo que combatiríamos, nosotros extrajimos las causas e instrumentos de nuestros peligros removiendo el peso de las tierras, nosotros entregamos nuestras desgracias a la fortuna y no nos avergonzamos de que se considere supremo entre nosotros lo que había sido lo más bajo de la tierra. ¿Quieres saber cuán falso brillo ha engañado tus ojos? Nada hay más repugnante que esas cosas mientras yacen sumergidas y envueltas en su lodo, nada más oscuro, ¿cómo no?, puesto que se extraen a través de las tinieblas de larguísimas galerías; nada hay más deforme que ellas mientras se procesan y se separan de su escoria. Además, observa a los mismos artesanos por cuyas manos se purifica ese género estéril e infernal de la tierra: verás cuánto hollín los cubre. Y sin embargo, esas cosas contaminan más los ánimos que los cuerpos, y hay más suciedad en su poseedor que en el artesano. Es necesario, por tanto, ser advertidos, tener algún defensor de la buena conciencia y entre tanto estruendo y tumulto de falsedades escuchar finalmente una sola voz. ¿Cuál será esa voz? Aquella, sin duda, que te susurre palabras saludables a ti, ensordecido por tantos clamores de ambición; que te diga: no debes envidiar a esos a quienes el pueblo llama grandes y felices, no debes dejar que los aplausos te hagan perder el estado de espíritu sosegado y la cordura, no debe causarte hastío de tu tranquilidad aquel que marcha vestido de púrpura bajo aquellos fasces, no debes juzgar más feliz a aquel para quien se aparta la gente que a ti, a quien el lictor echa del camino. Si quieres ejercer un mando útil para ti pero gravoso para ninguno, aparta los vicios. Se encontrarán muchos que prendan fuego a las ciudades, que derriben lo que fue inexpugnable durante siglos y estuvo seguro por varias generaciones, que levanten un terraplén igual a las fortalezas y sacudan con arietes y máquinas murallas elevadas a asombrosa altura. Muchos son los que empujan ante sí columnas de tropas, acosan con dureza las espaldas de los enemigos y llegan al mar océano cubiertos de la sangre de los pueblos, pero también estos, aunque vencieron al enemigo, fueron vencidos por la ambición. Nadie se opuso a su avance, pero ellos tampoco se opusieron a la ambición y la crueldad; en el momento en que parecían empujar a otros, eran empujados. Empujaba al infeliz Alejandro la furia de devastar lo ajeno y lo enviaba a lo desconocido. ¿Acaso tú crees que estaba cuerdo quien empieza por las desgracias de Grecia, en la que se educó? Quien arrebata a cada pueblo lo mejor que tiene, ordena que Esparta sirva, que Atenas calle. No contento con la destrucción de tantas ciudades que Filipo había vencido o comprado, derriba otras en otros lugares y lleva sus armas por todo el orbe; y su crueldad, cansada, no se detiene en ninguna parte, al modo de las fieras monstruosas que muerden más de lo que exige el hambre. Ya ha reunido en un solo reino muchos reinos, ya griegos y persas temen al mismo hombre, ya incluso pueblos libres del dominio de Darío aceptan el yugo; y sin embargo va más allá del océano y del sol, se indigna de apartar su victoria de las huellas de Hércules y de Baco, prepara violencia contra la misma naturaleza. No es que quiera ir, es que no puede detenerse, no de otro modo que los pesos arrojados cuesta abajo, cuyo fin de avanzar es haber caído. Tampoco a Cneo Pompeyo lo impulsaban a guerras externas y domésticas la virtud o la razón, sino el amor insano por una grandeza falsa. Ya iba a Hispania y contra las armas de Sertorio, ya a juntar a los piratas y pacificar los mares: estos pretextos se usaban para continuar el poder. ¿Qué lo arrastró a África, qué al norte, qué a Mitrídates y Armenia y todos los rincones de Asia? Sin duda la infinita ambición de crecer, cuando le parecía poco grande solo para sí. ¿Qué lanzó a Cayo César a su destino y al público por igual? La gloria y la ambición y ninguna medida de sobresalir por encima de los demás. No pudo soportar que uno solo estuviera por delante de él, cuando la república tenía por encima de sí a dos. ¿Acaso tú crees que Cayo Mario, cónsul una sola vez (pues recibió un solo consulado, los demás los arrebató), cuando masacraba a teutones y cimbrios, cuando perseguía a Yugurta por los desiertos de África, afrontó tantos peligros por impulso de la virtud? A Mario lo conducían los ejércitos, a Mario la ambición. Estos, cuando trastornaban todo, eran trastornados al modo de los torbellinos, que envuelven lo que arrebatan pero ellos mismos giran antes y por eso se lanzan con mayor ímpetu porque no tienen control sobre sí mismos y por eso, cuando fueron un mal para muchos, ellos mismos también sintieron esa fuerza pestilente con la que perjudicaron a la mayoría. No hay razón para creer que alguien se hace feliz con la infelicidad ajena.
Todos estos ejemplos que se inculcan en nuestros ojos y oídos deben ser desenmarañados, y hay que vaciar el pecho lleno de conversaciones dañinas; hay que introducir en el lugar ocupado la virtud, que extirpe las mentiras y lo que agrada en contra de la verdad, que nos separe del pueblo en el que confiamos demasiado y nos devuelva a opiniones sinceras. Pues esto es la sabiduría: volver a la naturaleza y ser restituidos al lugar de donde nos expulsó el error público. Gran parte de la cordura consiste en haber dejado a los instigadores de la locura y haberse alejado de ese contacto mutuamente nocivo. Para que sepas que esto es verdad, observa cuán distinto vive cada uno ante el pueblo que consigo mismo. No es maestra de la inocencia la soledad por sí misma ni los campos enseñan la frugalidad, pero donde el testigo y el espectador se retiraron, los vicios se calman, pues su fruto es ser mostrados y contemplados. ¿Quién se pondría la púrpura que nadie vería? ¿Quién colocaría un banquete secreto en vajilla de oro? ¿Quién, tendido bajo la sombra de algún árbol rústico, desplegó en soledad la pompa de su lujo? Nadie es refinado para sus propios ojos, ni siquiera de unos pocos o familiares, sino que despliega el aparato de sus vicios en proporción a la multitud de espectadores. Así es: el que admira y es cómplice es un estímulo de todas las locuras en las que caemos. Lograrás que no codiciemos si logras que no exhibamos. La ambición, el lujo y la falta de moderación necesitan un escenario: sanarás estas cosas si las ocultas. Por tanto, si estamos situados en medio del estruendo de las ciudades, que haya a nuestro lado un consejero que, frente a los que alaban los enormes patrimonios, alabe al rico con poco y que mide las riquezas por el uso. Frente a los que ensalzan el favor y el poder, que él mismo estime el ocio entregado a las letras y el espíritu vuelto de lo externo a lo propio. Que muestre que los considerados felices por la opinión del vulgo tiemblan y se aterran en su envidiable cumbre, y tienen de sí mismos una opinión muy distinta de la que tienen los demás; pues lo que a otros parece elevado, para ellos es precipicio. Por eso se quedan sin aliento y tiemblan cada vez que miran hacia aquel abismo de su grandeza; reflexionan sobre los diversos accidentes, máximamente resbaladizos en las alturas. Entonces temen lo que codiciaron, y la felicidad que los hace pesados para otros pesa más sobre ellos mismos. Entonces alaban el ocio tranquilo y dueño de sí, el brillo les resulta odioso y se busca la huida de las cosas aún en pie. Entonces finalmente verías a quienes filosofan por miedo y los sanos consejos de una fortuna enferma. Pues como si estas cosas fueran contrarias entre sí, la buena fortuna y la buena conciencia, así somos más sabios en las adversidades: las circunstancias favorables arrebatan la rectitud. Adiós.
Carta95
Me pides que anticipe lo que había dicho que debía diferirse para su día y que te escriba si esta parte de la filosofía que los griegos llaman «paraenética» y nosotros llamamos «preceptiva», basta por sí sola para consumar la sabiduría. Sé que lo tomarás bien si me niego. Por eso prometo más y no permito que perezca la frase popular: «luego no pidas lo que no habrías querido conseguir». En efecto, a veces pedimos con insistencia lo que rechazaríamos si alguien nos lo ofreciera. Esta ligereza o servilismo debe castigarse con la facilidad de prometer. Queremos parecer que deseamos muchas cosas, pero no las deseamos. Un recitador trajo una historia inmensa, escrita con letra menudísima, plegada muy apretadamente, y tras leer gran parte dice: «pararé si queréis»; le gritan «recita, recita» los que desean que se calle allí mismo. A menudo queremos una cosa y deseamos otra, y ni siquiera a los dioses les decimos la verdad, pero los dioses o no nos escuchan o se compadecen. Yo, sin compasión, me vengaré y te lanzaré una carta inmensa, que si la lees de mala gana, di «yo me busqué esto», y cuéntate entre aquellos a quienes atormenta una esposa conseguida con gran esfuerzo, entre aquellos a quienes maltratan las riquezas adquiridas con el mayor sudor, entre aquellos a quienes atormentan los honores buscados con todo tipo de artes y esfuerzos, y los demás que han conseguido sus males.
Pero dejando de lado la introducción, voy a abordar directamente el asunto. Dicen: «La vida feliz consiste en acciones correctas; los preceptos conducen a las acciones correctas; luego los preceptos bastan para alcanzar la vida feliz». Los preceptos no siempre conducen a las acciones correctas, sino solo cuando el carácter es dócil; a veces se aplican en vano, si la mente está ocupada por opiniones equivocadas. Además, incluso si actúan correctamente, desconocen que lo hacen correctamente. En efecto, nadie puede ejecutar todos los pasos sabiendo cuándo conviene y en qué medida y con quién y de qué manera y por qué, a menos que haya sido formado desde el principio y educado con arreglo a una teoría completa. No puede lanzarse de todo corazón a las acciones nobles, ni siquiera con constancia o de buen grado, sino que mirará atrás, vacilará.
«Si la acción noble» —dicen— «proviene de los preceptos, para alcanzar la vida feliz bastan los preceptos; pero es así lo primero, luego también lo segundo». A esto responderemos que las acciones nobles se producen también con los preceptos, pero no solo con los preceptos.
«Si las demás artes» —dicen— «se contentan con preceptos, también se contentará con ellos la sabiduría, pues ella también es un arte de vivir. Y bien, convierte en piloto quien enseña "mueve así el timón, arría así las velas, usa así el viento favorable, resiste así el contrario, aprovecha en tu favor el dudoso e indiferente". También los preceptos forman a los demás artesanos; luego podrán lo mismo en este artesano del vivir». Todas esas artes se ocupan de los instrumentos de la vida, no de la vida entera; por eso muchas cosas las detienen e impiden desde fuera, esperanzas, deseos, temores. En cambio, esta que ha profesado el arte de vivir, nada puede impedirle ejercerse; pues disipa los obstáculos y derriba lo que se opone. ¿Quieres saber cuán diferente es la condición de las demás artes y de esta? En aquellas es más disculpable pecar voluntariamente que por azar; en esta, la mayor culpa es delinquir a propósito. Lo que digo es así: el gramático no se avergonzará de un solecismo si lo cometió a sabiendas, pero se avergonzará si lo hizo por ignorancia; el médico, si no advierte que el enfermo desfallece, peca más en lo que toca a su arte que si disimula que lo advierte; pero en este arte de vivir, es más vergonzosa la culpa de quienes pecan queriendo. Añade ahora que también la mayoría de las artes —mejor dicho, las más liberales de todas— tienen sus principios teóricos, no solo preceptos, como la medicina; por eso existe la escuela de Hipócrates, otra la de Asclepíades, otra la de Temisón. Además, ningún arte contemplativa carece de sus principios teóricos, que los griegos llaman «dogmata» y nosotros podemos denominar «decreta», «scita» o «placita»; los encontrarás tanto en la geometría como en la astronomía. Ahora bien, la filosofía es tanto contemplativa como activa: observa y actúa al mismo tiempo. Pues te equivocas si crees que ella te promete solo tareas terrenales: aspira más alto. «Escudriño» —dice— «el universo entero y no me encierro dentro del ámbito mortal, contentándome con aconsejaros o desaconsejaros: me llaman cosas grandes y situadas por encima de vosotros.
Pues voy a explicarte la estructura suprema del cielo y de los dioses, y voy a desvelar los orígenes de las cosas, de dónde la naturaleza crea, aumenta y alimenta todas las cosas, y a dónde esa misma naturaleza las devuelve cuando perecen,
como dice Lucrecio». Se sigue, pues, que, siendo contemplativa, tiene sus principios teóricos. Y además, nadie cumplirá adecuadamente los deberes a menos que se le haya transmitido una teoría con la que pueda ejecutar en cada asunto todos los pasos de las obligaciones; no los cumplirá quien haya recibido preceptos solo para el caso concreto, no para todo. Son débiles por sí mismos y, por así decirlo, sin raíz los que se dan para casos particulares. Los principios teóricos son los que protegen, los que defienden nuestra seguridad y tranquilidad, los que abarcan a la vez la vida entera y toda la naturaleza de las cosas. Existe entre los principios teóricos de la filosofía y los preceptos la misma diferencia que entre los elementos y los miembros: estos dependen de aquellos, aquellos son la causa de estos y de todas las cosas.
«La sabiduría antigua» —dicen— «no enseñaba otra cosa que lo que se debe hacer o evitar, y entonces los hombres eran mucho mejores; después de que aparecieron los eruditos, faltan los buenos; pues aquella virtud simple y manifiesta se ha convertido en un saber oscuro y artificioso, y se nos enseña a discutir, no a vivir». Es cierto que, como decís, aquella antigua sabiduría, sobre todo cuando estaba apenas naciendo, era tosca, no menos que las demás artes en las que la sutileza creció con el progreso. Pero tampoco había necesidad aún de remedios elaborados. La maldad no se había elevado todavía a tal punto ni se había extendido tan ampliamente: podían oponerse a los vicios simples remedios simples. Ahora es necesario que las defensas sean tanto más elaboradas cuanto más violentos son los ataques que sufrimos.
La medicina fue en otro tiempo el conocimiento de unas pocas hierbas con las que se detenía la sangre que fluía y cicatrizaban las heridas; poco a poco llegó luego a esta variedad tan múltiple. Y no es extraño que entonces tuviera menos trabajo, con cuerpos todavía firmes y sólidos y con un alimento simple y no corrompido por el arte ni por el placer; cuando este empezó a buscarse no para quitar sino para estimular el hambre, y se inventaron mil condimentos con los que se excitara la avidez, lo que era alimento para los hambrientos se convirtió en carga para los saciados. De ahí la palidez y el temblor de los nervios empapados de vino, y una delgadez más lamentable por la indigestión que por el hambre; de ahí los pasos inciertos y vacilantes y la continua titubación como en plena embriaguez; de ahí el líquido introducido en toda la piel y el vientre hinchado porque se acostumbra mal a contener más de lo que podía; de ahí la efusión de bilis amarillenta y el rostro descolorido, y el pudrirse consumiéndose, y los dedos retorcidos endureciéndose en las articulaciones, y el entumecimiento de los nervios yaciendo sin sensibilidad o la palpitación de los que vibran sin interrupción. ¿Qué diré del vértigo de la cabeza? ¿Y los tormentos de los ojos y los oídos, y las inflamaciones del cerebro hirviente, y todos aquellos órganos por los que evacuamos afectados de úlceras internas? Además, innumerables tipos de fiebres, unas enfurecidas por su violencia, otras que se arrastra con una plaga lenta, otras que llegan con escalofríos y una gran agitación de los miembros. ¿Por qué mencionar las demás incontables enfermedades, castigos del lujo? Estaban libres de estos males quienes no se habían debilitado aún con las delicias, quienes se mandaban a sí mismos y se servían a sí mismos. Endurecían sus cuerpos con el trabajo y el esfuerzo verdadero, fatigados por la carrera o la caza o trabajando la tierra; los recibía un alimento que solo podía agradar a los hambrientos. Por eso no hacía falta un aprovisionamiento tan grande de médicos ni tantos instrumentos y cajitas. La salud era simple por una causa simple: muchos platos produjeron muchas enfermedades. Mira cuántas cosas que han de pasar por una sola garganta mezcla el lujo, devastador de tierras y mares. Es necesario, pues, que cosas tan diversas choquen entre sí, y que lo ingerido se digiera mal, pugnando unas cosas en un sentido y otras en otro. Y no es extraño que la enfermedad sea inconstante y variada a partir de alimento discordante, y que lo que se ha concentrado de partes de naturaleza contraria en el mismo vientre refluya. Por eso enfermamos de una manera tan nueva como vivimos.
El más grande de los médicos y fundador de esta ciencia dijo que las mujeres no pierden el cabello ni padecen de los pies; sin embargo, están desprovistas de cabellos y tienen los pies enfermos. No es que la naturaleza de las mujeres haya cambiado, sino que ha sido vencida; pues como han igualado la licencia de los hombres, han igualado también las dolencias de los cuerpos masculinos. No velan menos, no beben menos, y en aceite y vino puro desafían a los hombres; del mismo modo devuelven por la boca lo introducido en las vísceras contra su voluntad, y vomitando expulsan todo el vino; del mismo modo mastican nieve, consuelo del estómago ardiente. Pero en cuanto a la lujuria, ni siquiera ceden ante los hombres: nacidas para soportar (¡que los dioses y diosas las destruyan!), han inventado un género tan perverso de impudicia que penetran a los hombres. ¿Qué extraño es, pues, que se sorprenda en falsedad al más grande de los médicos y mejor conocedor de la naturaleza, cuando tantas mujeres son gotosas y calvas? Han perdido por sus vicios el beneficio de su sexo y, porque se han despojado de ser mujeres, han sido condenadas a las enfermedades masculinas.
Los médicos antiguos no sabían dar de comer con frecuencia ni sostener con vino las venas de los que desfallecían, no sabían practicar sangrías ni aliviar una enfermedad prolongada con baños y sudores, no sabían con una ligadura en piernas y brazos hacer volver hacia las extremidades la fuerza que yacía oculta y se quedaba en el centro del cuerpo. No era necesario buscar muchas clases de remedios cuando los peligros eran muy pocos. Pero ahora, ¡hasta dónde han progresado los males de la salud! Esto es el precio que pagamos por los placeres codiciados más allá de toda medida y de lo lícito. No te sorprenderás de que haya innumerables enfermedades: cuenta a los cocineros. Todo estudio ha cesado, y los profesores de artes liberales presiden sin ningún público, abandonados en sus rincones; en las escuelas de los retóricos y de los filósofos hay soledad: pero ¡qué concurridas están las cocinas, qué multitud de jóvenes se apretuja alrededor de los fogones de los disolutos! Paso por alto las tropas de infelices niños a quienes, después de terminados los banquetes, aguardan otras afrentas en el dormitorio; paso por alto las filas de efebos clasificados por nacionalidades y colores para que todos tengan la misma piel tersa, la misma medida de primera pelusa, el mismo aspecto del cabello, para que ninguno cuyo pelo sea más liso se mezcle con los de rizado; paso por alto la turba de panaderos, paso por alto a los servidores que a una señal corren de aquí para allá para servir la cena. ¡Dioses buenos, cuántos hombres pone en actividad un solo estómago! ¿Qué? ¿Crees tú que esas setas, veneno placentero, no producen ningún efecto oculto, aunque no hayan sido de resultado inmediato? ¿Qué? ¿No crees que esa nieve veraniega forma callosidades en el hígado? ¿Qué? ¿Crees que esas ostras, carne inerte engordada con barro, no aportan ninguna pesadez fangosa? ¿Qué? ¿No crees que ese garum de los aliados, pus preciosa de peces podridos, quema las entrañas con su podredumbre salada? ¿Qué? ¿Piensas que esas carnes supurantes que se trasladan a la boca casi directamente del fuego se apagan sin daño en las propias vísceras? ¡Qué fétidos y pestilentes son por eso los eructos, qué asco de sí mismos exhalan los que respiran su borrachera pasada! Sepas que lo ingerido se pudre, no se digiere. Recuerdo que en cierta ocasión se hizo famosa en las conversaciones una fuente en la cual una cocina que se apresuraba hacia su propia ruina había amontonado todo lo que suele durar un día en casa de los refinados: veneras y mejillones, y ostras recortadas hasta donde se comen, estaban separadas con erizos intercalados, y unos salmonetes descuartizados sin ninguna espina habían cubierto todo. ¡Da fastidio ya comer las cosas una por una: se juntan los sabores en uno solo! En la cena se hace lo que debería hacerse en el estómago: ya espero que se sirvan masticados. ¿Y cuánto menos que esto es extraer las conchas y los huesos y desempeñar la función del cocinero con los dientes? «Es pesado darse el lujo con cada cosa por separado: que se sirvan todas a la vez y convertidas en un mismo sabor. ¿Por qué voy a alargar la mano hacia una sola cosa? Que vengan varias al mismo tiempo, que se reúnan y se peguen los adornos de muchos platos». Que sepan ahora los que decían que con estas cosas se buscaba ostentación y gloria que no se exhiben sino que se dan a la conciencia. «Que estén juntas las cosas que suelen servirse separadas, bañadas en una sola salsa; que no haya diferencia; que se sirvan ostras, erizos, mejillones, salmonetes mezclados y cocidos juntos». No estaría más revuelta la comida de los que vomitan. Así como estas cosas están confundidas, así de ellas no nacen enfermedades simples sino inexplicables, diversas, multiformes, y contra ellas también la medicina ha empezado a armarse con muchos métodos, muchas observaciones.
Lo mismo te digo acerca de la filosofía. En otro tiempo fue más sencilla, entre los que pecaban en cosas menores y eran curables también con un cuidado ligero: contra tan gran trastorno de las costumbres hay que intentarlo todo. ¡Y ojalá que así finalmente se venza esta plaga! No solo en privado sino también públicamente estamos locos. Reprimimos los homicidios y las muertes individuales: ¿qué son las guerras y el glorioso crimen de pueblos asesinados? Ni la avaricia ni la crueldad conocen límite. Y mientras estas cosas se hagan a escondidas y por individuos son menos nocivas y menos monstruosas: se ejercen de manera salvaje por decretos del senado y plebiscitos y se ordenan públicamente las cosas prohibidas en privado. Lo que cometido en secreto se pagaría con la vida, entonces lo alabamos porque lo hicieron vestidos de generales. No se avergüenzan los hombres, el género más apacible, de gozar con la sangre ajena y hacer guerras y transmitirlas a sus hijos para que las hagan, cuando hasta entre los animales mudos y salvajes hay paz. Frente a una locura tan poderosa y extendida por todas partes la filosofía se ha vuelto más laboriosa y ha asumido para sí tanta fuerza cuanta se había añadido a aquello contra lo que se preparaba. Era fácil reprender al que se entregaba al vino puro y buscaba manjares delicados, no había que conducir el ánimo de vuelta a la frugalidad con gran fuerza de la que se había apartado poco:
ahora se necesitan manos rápidas, ahora arte experta.
Se busca el placer por todos lados. Ningún vicio permanece dentro de sí: el lujo se precipita hacia la avaricia. El olvido del honor se ha apoderado de nosotros; nada es vergonzoso cuyo precio agrada. El hombre, cosa sagrada para el hombre, ya es asesinado por diversión y juego, y aquel a quien era nefasto entrenar para dar y recibir heridas, ahora se exhibe desnudo e inerme y es suficiente espectáculo la muerte de un hombre. En esta perversión de las costumbres se desea con más vehemencia que de costumbre algo que disipe los males inveterados: hay que actuar con principios para arrancar de raíz la persuasión de las falsedades que se ha aceptado. Si a estos les añadimos preceptos, consuelos, exhortaciones, podrán tener valor: por sí solos son ineficaces. Si queremos tener obligados y arrancar de los males que ya los retienen, que aprendan qué es el mal, qué es el bien, que sepan que todas las cosas excepto la virtud cambian de nombre, convirtiéndose unas veces en males, otras en bienes. Así como el primer vínculo del servicio militar es la religión y el amor a las enseñas y la impiedad de desertar, y entonces después se exigen y se ordenan fácilmente las demás cosas a quienes han prestado juramento, así en aquellos a quienes quieras conducir a la vida feliz hay que poner los primeros cimientos e inculcar la virtud. Que sean retenidos por cierta veneración de ella, que la amen; que quieran vivir con ella, que no quieran vivir sin ella.
«¿Qué entonces? ¿No llegaron a ser algunos probos sin una formación sutil y lograron grandes progresos mientras obedecían solo a preceptos simples?» Lo reconozco, pero tuvieron un talento feliz y captaron lo saludable al paso. Pues así como los dioses inmortales no aprendieron ninguna virtud, habiendo nacido con todas ellas y siendo parte de su naturaleza ser buenos, así algunos hombres que obtuvieron en suerte una índole extraordinaria llegan a aquello que suele enseñarse sin un largo magisterio y abrazaron lo honesto apenas lo oyeron; de ahí vienen estos talentos tan ávidos de la virtud o fértiles por sí mismos. Pero a aquellos o torpes y obtusos o poseídos por una mala costumbre hay que refregar largo tiempo el óxido de sus ánimos. Por lo demás, así como a aquellos inclinados al bien los conduce más rápidamente a las cimas, así ayudará a estos más débiles y los extraerá de las malas opiniones quien les haya transmitido los principios de la filosofía; lo necesarios que son puedes verlo así. Ciertas cosas se asientan en nosotros que nos hacen perezosos para unas cosas, temerarios para otras; ni esta audacia puede reprimirse ni aquella inercia despertarse si no se eliminan sus causas, la falsa admiración y el falso temor. Mientras estas cosas nos posean, aunque digas «esto debes proporcionárselo a tu padre, esto a tus hijos, esto a tus amigos, esto a tus huéspedes», la avaricia retendrá al que lo intenta. Sabrá que hay que luchar por la patria, pero el miedo lo disuadirá; sabrá que hay que esforzarse por los amigos hasta el último sudor, pero las delicias se lo impedirán; sabrá que en la esposa una amante es el género más grave de injuria, pero la pasión lo empujará en dirección contraria. Por tanto, de nada servirá dar preceptos si antes no apartas lo que va a obstaculizar los preceptos, no más de lo que servirá haber puesto las armas a la vista y haberlas acercado si no se liberan las manos que van a usarlas. Para que el ánimo pueda ir hacia los preceptos que damos, debe ser liberado. Supongamos que alguien hace lo que debe: no lo hará de manera constante, no lo hará de manera uniforme; pues no sabrá por qué lo hace. Algunas cosas resultarán correctas, ya por casualidad o por ejercicio, pero no tendrá en la mano la regla con la que se comprueben, a la cual crea que son correctos los actos que hizo. No prometerá ser tal perpetuamente quien es bueno por casualidad.
Además, los preceptos quizá te procurarán que haga lo que debe, no procurarán que lo haga como debe; si esto no procuran, no conducen a la virtud. Hará lo que debe si se le advierte, lo concedo; pero esto es poco, puesto que la alabanza no está en el hecho sino en cómo se hace. ¿Qué hay más vergonzoso que una cena suntuosa y que consume el censo de un caballero? ¿Qué tan digno de la nota del censor, si alguien, como dicen esos glotones, se proporciona esto a sí mismo y a su genio? Y sin embargo, a hombres muy frugales les costaron cien mil sestercios las cenas de inauguración de cargos. El mismo acto, si se da a la gula, es vergonzoso; si al honor, escapa a la reprobación; pues no es lujo sino un gasto solemne. Un salmonete de enorme forma —¿pero por qué no añado el peso y provoco la gula de algunos? decían que pesaba cuatro libras y media— que fue enviado a Tiberio César, cuando ordenó que se llevara al mercado y se vendiera, dijo: «Amigos, me equivoco en todo si ese salmonete no lo compra o Apicio o P. Octavio». Su conjetura progresó más allá de su esperanza: pujaron, venció Octavio y consiguió una gloria inmensa entre los suyos, al haber comprado por cinco mil sestercios un pez que César había vendido y que ni siquiera Apicio había comprado. Pagar tanto fue vergonzoso para Octavio, no para aquel que lo compró para enviárselo a Tiberio, aunque también a este lo reprobaría yo: admiró algo con lo que pensó que César era digno. Alguien asiste a un amigo enfermo: lo aprobamos. Pero hace esto por causa de una herencia: es un buitre, espera un cadáver. Los mismos actos son vergonzosos u honestos: importa por qué o cómo se hagan. Pero todas las cosas se harán honestamente si nos hemos dedicado a lo honesto y hemos juzgado que eso es lo único bueno en las cosas humanas y lo que procede de ello; las demás cosas son bienes de un día. Por tanto, debe fijarse la persuasión que se refiere a toda la vida: esto es lo que llamo principio. Cual sea esta persuasión, tales serán las cosas que se hagan, que se piensen; pero cuales sean estas, tal será la vida. Dar consejos en partes es poco para quien ordena el todo. M. Bruto en aquel libro que tituló «Sobre los deberes» da muchos preceptos a los padres y a los hijos y a los hermanos: nadie hará estas cosas como debe si no tiene adonde referirlas. Debemos proponer el fin del sumo bien al que tendamos, al que mire todo nuestro hecho y palabra; como para los que navegan debe dirigirse el rumbo hacia algún astro. La vida sin propósito es errante; y si de todos modos debe proponerse, empiezan a ser necesarios los principios. Aquello, creo yo, lo concederás, que nada hay más vergonzoso que la duda y la incertidumbre y el retirar el pie con timidez. Esto nos sucederá en todas las cosas si no se eliminan las cosas que reprenden los ánimos y los retienen y les impiden intentar y esforzarse por completo.
Suele darse preceptos sobre cómo deben honrarse los dioses. Prohibamos que alguien encienda lámparas en sábado, pues los dioses no necesitan luz y ni siquiera los hombres disfrutan del hollín. Prohibamos hacer visitas de cortesía matutinas y estar sentados a las puertas de los templos: la ambición humana es la que se deja atrapar por esos servicios; honra a dios quien lo conoce. Prohibamos llevar telas y estrígiles a Júpiter y tender un espejo a Juno: dios no busca sirvientes. ¿Y cómo no? Él mismo sirve al género humano, está presente en todas partes y para todos. Puede escuchar qué medida debe guardar en los sacrificios, cuán lejos apartarse de las supersticiones molestas, pero nunca habrá progresado suficientemente si no ha concebido en su mente al dios como debe ser: teniendo todo, otorgando todo, haciendo el bien gratuitamente. ¿Cuál es la razón de que los dioses hagan el bien? La naturaleza. Se equivoca quien piensa que no quieren dañar: no pueden. Ni pueden recibir injuria ni cometerla; pues dañar y ser dañado están unidos. La naturaleza suprema y la más bella de todas, que eximió a los dioses del peligro, tampoco los hizo peligrosos. El primer culto a los dioses es creer en los dioses; luego devolverles su majestad, devolverles la bondad sin la cual no hay majestad alguna; saber que son ellos quienes presiden el mundo, quienes gobiernan el universo con su poder, quienes ejercen la tutela del género humano, a veces despreocupados de los individuos. Ellos ni dan ni tienen el mal; pero castigan a algunos y los contienen e imponen penas, y a veces castigan bajo apariencia de bien. ¿Quieres hacer propicios a los dioses? Sé bueno. Los ha honrado suficientemente quien los ha imitado.
He aquí otra cuestión: cómo debe tratarse a los hombres. ¿Qué hacemos? ¿Qué preceptos damos? ¿Que evitemos derramar sangre humana? ¡Qué pequeñez es no dañar a aquel a quien debes beneficiar! ¡Desde luego gran alabanza es que el hombre sea manso con el hombre! ¿Preceptuaremos que tienda la mano al náufrago, muestre el camino al extraviado, comparta su pan con el hambriento? ¿Por qué he de decir todas las cosas que deben hacerse y evitarse? Puedo entregarle brevemente esta fórmula del deber humano: todo esto que ves, donde están encerradas las cosas divinas y humanas, es uno; somos miembros de un gran cuerpo. La naturaleza nos engendró emparentados, cuando nos creó de lo mismo y para lo mismo; ella nos infundió amor mutuo y nos hizo sociables. Ella estableció lo equitativo y lo justo; por su disposición es más miserable dañar que ser dañado; por su mandato estén preparadas las manos para ayudar. Aquel verso esté tanto en el pecho como en la boca:
«Hombre soy, nada humano considero ajeno a mí».
Tengamos en común: hemos nacido en común. Nuestra sociedad es muy semejante a una bóveda de piedras que, si no se sostuvieran mutuamente, se derrumbaría, y que precisamente por esto se sostiene.
Después de los dioses y los hombres, examinemos cómo debe usarse de las cosas. Lanzaremos preceptos en vano si antes no se ha establecido qué opinión debemos tener sobre cualquier cosa: sobre la pobreza, sobre las riquezas, sobre la gloria, sobre la ignominia, sobre la patria, sobre el exilio. Estimemos cada cosa apartada la fama y preguntemos qué son, no cómo se llaman.
Pasemos a las virtudes. Alguien preceptuará que estimemos mucho la prudencia, que abracemos la fortaleza, que la justicia, si es posible, la apliquemos incluso más cerca de nosotros que las demás; pero nada conseguirá si se ignora qué es la virtud, si es una o si son varias, si están separadas o entrelazadas, si quien tiene una tiene también las demás, en qué se diferencian entre sí. No es necesario que el carpintero se pregunte sobre la carpintería cuál es su origen, cuál es su utilidad, no más que el pantomimo sobre el arte de danzar: todas esas artes se conocen a sí mismas, nada les falta; pues no se refieren a la vida entera. La virtud es conocimiento de las demás cosas y de sí misma; debe aprenderse sobre ella para que ella misma sea aprendida. La acción no será recta si no ha sido recta la voluntad; pues de ella procede la acción. A su vez, la voluntad no será recta si no ha sido recto el hábito del alma; pues de este procede la voluntad. Además, el hábito del alma no estará en estado óptimo si no ha comprendido las leyes de la vida entera y ha examinado qué debe juzgarse sobre cada cosa, si no ha reducido las cosas a lo verdadero. No alcanza la tranquilidad sino quienes han logrado un juicio inmutable y cierto: los demás caen y se levantan una y otra vez y fluctúan alternadamente entre lo dejado y lo deseado. ¿Cuál es la causa de esta agitación? Que nada está claro, pues usan un gobierno muy incierto. Si quieres querer siempre lo mismo, debes querer lo verdadero. No se llega a lo verdadero sin principios: estos contienen la vida. Los bienes y los males, lo honesto y lo vergonzoso, lo justo y lo injusto, lo piadoso y lo impío, las virtudes y el uso de las virtudes, la posesión de las cosas útiles, la reputación y la dignidad, la salud, las fuerzas, la belleza, la agudeza de los sentidos: todo esto requiere un estimador. Que se sepa en cuánto debe declararse cada cosa en el censo. Te engañas, pues consideras algunas cosas de más valor del que tienen, y te engañas hasta el punto de que las que se tienen por máximas entre nosotros —las riquezas, el favor, el poder— deben estimarse en un sestercio. No sabrás esto si no has examinado el principio mismo por el que estas cosas se estiman entre sí. Así como las hojas no pueden verdear por sí mismas sino que necesitan una rama a la que adherirse y de la que extraer jugo, así estos preceptos, si están solos, se marchitan; quieren ser injertados en una escuela.
Además, no entienden quienes suprimen los principios que estos mismos quedan confirmados por aquello por lo que se suprimen. Pues ¿qué dicen? Que la vida se explica suficientemente con preceptos, que son superfluos los principios de la sabiduría [esto es, los dogmas]. Pero esto mismo que dicen es un principio, tanto, por Hércules, como si yo dijera ahora que hay que apartarse de los preceptos como superfluos, que hay que usar los principios, que solo en estos debe centrarse el estudio; con esto mismo con lo que negara que deben atenderse los preceptos estaría preceptuando. Algunas cosas en la filosofía requieren advertencia, otras requieren demostración, y además mucha, porque están enmarañadas y apenas se abren con la máxima diligencia y la máxima sutileza. Si las demostraciones son necesarias, también son necesarios los principios que reúnen la verdad mediante argumentos. Algunas cosas son evidentes, otras oscuras: son evidentes las que se comprenden por los sentidos, las que comprende la memoria; son oscuras las que están fuera de estas. Pero la razón no se llena con las cosas manifiestas: su parte mayor y más bella está en las ocultas. Las cosas ocultas exigen demostración, la demostración no existe sin principios; por tanto, los principios son necesarios. Lo que produce el sentido común, eso mismo produce el perfeccionamiento: la persuasión firme de las cosas; sin ella, si todo flota en el alma, son necesarios los principios que otorgan a las almas un juicio inflexible. Por último, cuando aconsejamos a alguien que considere al amigo en el mismo lugar que a sí mismo, que piense que del enemigo puede hacerse amigo, que incite en aquel el amor, que en este modere el odio, añadimos «es justo, es honesto». Pero la razón de lo justo y lo honesto la contienen nuestros principios; luego estos son necesarios, sin los cuales no existen aquellos. Pero unamos ambas cosas; pues sin raíz son inútiles las ramas, y las propias raíces son ayudadas por lo que engendraron. Cuánta utilidad tienen las manos no puede ignorarlo nadie, ayudan evidentemente: el corazón, ese por el que las manos viven, del que toman impulso, por el que se mueven, está oculto. Puedo decir lo mismo de los preceptos: son evidentes, pero los principios de la sabiduría están en lo oculto. Así como solo los iniciados conocen las cosas más sagradas de los misterios, así también en la filosofía aquellos arcanos se muestran a quienes han sido admitidos y recibidos en los ritos sagrados; pero los preceptos y otras cosas semejantes son conocidos también por los profanos.
Posidonio juzga necesaria no solo la prescripción (pues nada nos prohíbe usar esta palabra) sino también la persuasión y el consuelo y la exhortación; a estas añade la investigación de las causas, etiología, término que no veo por qué no nos atrevamos a usar, cuando los gramáticos, custodios de la lengua latina, la llaman así por su propio derecho. Dice que será útil también la descripción de cada virtud; a esta Posidonio la llama «etología», algunos la llaman «caracterismo», que expone los signos de cada virtud y vicio y sus rasgos distintivos, mediante los cuales se discriminan entre sí las cosas similares. Esto tiene la misma fuerza que preceptuar; pues quien preceptúa dice «harás esto si quieres ser temperante», quien describe dice «el temperante es el que hace esto, el que se abstiene de aquello». ¿Preguntas qué diferencia hay? Uno da preceptos de la virtud, el otro su modelo. Confieso que estas descripciones, y para usar la palabra de los publicanos, iconismos, son útiles: propongamos lo que debe alabarse, se encontrará imitador. ¿Crees útil que se te den argumentos por los que entiendas cuál es un caballo noble, para que no te engañen al comprarlo, para que no pierdas esfuerzo en uno inservible? ¡Cuánto más útil es conocer los rasgos de un alma excelente, que se permite transferir de otro a uno mismo!
«Inmediatamente el potro de estirpe generosa en los campos camina más altivo y apoya sus delicadas patas; es el primero y se atreve a ir por el camino y a probar los ríos amenazantes y a confiarse a un puente desconocido, y no se asusta de ruidos vanos. Tiene alto el cuello y cabeza afilada, vientre breve y lomos gruesos, y el pecho animoso se hincha de músculos... Luego, si unas armas resuenan a lo lejos, no sabe estarse quieto, agita las orejas y tiembla en sus miembros, y acumulado, comprime y hace rodar bajo sus narices el fuego».
Mientras trata otra cosa, nuestro Virgilio describió al varón fuerte: yo desde luego no daría otra imagen a un gran hombre. Si he de representar a Marco Catón impávido entre los estruendos de las guerras civiles y avanzando el primero y saliendo al encuentro de ejércitos ya acercados a los Alpes y yendo al encuentro de la guerra civil, no le asignaría otro rostro, otra presencia. Ciertamente nadie pudo caminar más altivo que quien se alzó al mismo tiempo contra César y contra Pompeyo, y mientras otros favorecían las fuerzas de César, otros las de Pompeyo, provocó a ambos y mostró que también había un partido de la república. Pues es poco decir de Catón «y no se asusta de ruidos vanos». ¿Cómo no? Cuando no se asusta de los verdaderos y cercanos, cuando contra diez legiones y auxiliares galos y armas bárbaras mezcladas con las civiles envía su voz libre y exhorta a la república a no desistir de la libertad, sino a intentarlo todo, habiendo de caer en la esclavitud más honestamente que habiendo de ir a ella. ¡Cuánto vigor y espíritu hay en él, cuánta confianza en medio de la agitación pública! Sabe que él es el único sobre cuya condición no se debate; pues no se pregunta si Catón es libre, sino si está entre libres: de ahí su desprecio de los peligros y las espadas. Da gusto admirar la constancia invicta de un varón que no se tambalea entre las ruinas públicas y decir «y el pecho animoso se hincha de músculos».
Será útil no solo decir cómo suelen ser los hombres buenos y trazar su figura y contornos, sino también relatar y exponer cómo fueron: aquella última y valentísima herida de Catón por la que la libertad exhaló su alma; la sabiduría de Lelio y su concordia con su Escipión; las acciones egregias del otro Catón en casa y fuera de ella; los lechos de madera de Tuberón cuando los extendía en público, y las pieles de cabrito en lugar de tapices, y la vajilla de barro puesta en los banquetes ante la misma celda de Júpiter. ¿Qué otra cosa fue aquello sino consagrar la pobreza en el Capitolio? Aunque no tuviera ningún otro hecho por el cual incluirlo entre los Catones, ¿acaso creemos que esto es poco? Aquello fue una censura, no una cena. ¡Oh, cuánto ignoran qué es la gloria o cómo debe buscarse los hombres ávidos de ella! Aquel día el pueblo romano contempló el ajuar de muchos, pero solo admiró el de uno. El oro y la plata de todos aquellos fue destrozado y fundido mil veces, pero la vajilla de barro de Tuberón durará por todos los siglos. Adiós.
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