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Libros XI-XIII

Cartas a Lucilio · Séneca · 61 min de lectura

Carta84

Estos viajes me sacuden la pereza y considero que benefician a mi salud y a mis estudios. Por qué ayudan a mi salud lo ves claro: como el amor a las letras me vuelve perezoso y descuidado con mi cuerpo, me ejercito gracias al esfuerzo ajeno. Indicaré por qué benefician a mis estudios: no me he apartado de las lecturas. Estas son, según creo, necesarias, primero para no contentarme solo conmigo mismo, luego para que, cuando haya conocido lo investigado por otros, pueda entonces juzgar lo descubierto y reflexionar sobre lo que hay que descubrir. La lectura alimenta el ingenio y lo repone cuando está fatigado por el estudio, aunque no sin estudio. No debemos solo escribir ni solo leer: lo uno deprimirá las fuerzas y las agotará (hablo del estilo), lo otro las relajará y diluirá. Hay que ir y venir alternativamente entre ambas cosas y moderar una con la otra, para que el estilo reduzca a un cuerpo todo lo que se ha recogido mediante la lectura. Debemos imitar a las abejas, según dicen, que vagan y recogen las flores aptas para hacer miel, luego disponen todo lo que han traído y lo distribuyen por los panales y, como dice nuestro Virgilio,

«aprietan la líquida miel y hinchan las celdas con dulce néctar».

No hay acuerdo sobre si extraen de las flores un jugo que ya es miel de inmediato, o si transforman lo que han recogido en ese sabor mediante cierta mezcla y la propiedad de su aliento. Pues a algunos les parece que las abejas no poseen la ciencia de hacer la miel sino de recogerla. Dicen que se encuentra entre los indios miel en las hojas de las cañas, que produce o el rocío de aquel cielo o el propio jugo de la caña, dulce y más espeso; que también en nuestras hierbas se deposita la misma fuerza pero menos manifiesta y notable, que persigue y concentra el animal nacido para esta tarea. Algunos creen que lo que han arrancado de las flores más tiernas de las plantas verdes y en flor se transforma en esta cualidad mediante el tratamiento y la disposición, no sin cierto fermento, por así decirlo, con el que elementos diversos se fusionan en uno solo.

Pero para no desviarme hacia otro asunto distinto del que se trata, también nosotros debemos imitar a estas abejas y separar todo lo que hemos acumulado de lecturas diversas (pues se conservan mejor cuando están clasificadas), luego, aplicando el cuidado y la capacidad de nuestro ingenio, fundir en un solo sabor aquellos variados sorbos, de modo que, aunque se vea de dónde se ha tomado, resulte evidente que es algo distinto de aquello de donde se tomó. Lo que vemos que la naturaleza hace en nuestro cuerpo sin ningún esfuerzo nuestro (los alimentos que hemos recibido, mientras permanecen en su propia cualidad y flotan sólidos en el estómago, son una carga; pero cuando se han transformado de lo que eran, entonces por fin pasan a convertirse en fuerzas y en sangre), eso mismo proporcionémoslo en aquello que alimenta los ingenios, para que no permitamos que permanezca intacto lo que hemos absorbido, no sea que resulte ajeno. Digirámoslo; de otro modo irá a parar a la memoria, no al ingenio. Asintamos a ello fielmente y hagámoslo nuestro, para que de muchas cosas se forme una sola, como un solo número se forma de números individuales cuando un solo cálculo comprende las sumas menores y discordantes. Que nuestro ánimo haga esto: que oculte todo aquello con lo que fue ayudado, que muestre solo lo que él ha producido. Incluso si en ti aparece cierta semejanza con alguien que la admiración grabó más hondo en ti, quiero que seas semejante como un hijo, no como una imagen: la imagen es cosa muerta. «¿Qué entonces? ¿No se reconocerá de quién imitas el discurso, la argumentación, las sentencias?» Creo que a veces ni siquiera podrá reconocerse, si un hombre de gran ingenio ha impreso su forma propia a todo lo que extrajo del modelo que quiso, de modo que aquello armonice en una unidad. ¿No ves de cuántas voces consta un coro? Sin embargo de todas se obtiene una sola. Alguna allí es aguda, alguna grave, alguna media; se añaden las mujeres a los hombres, se interponen las flautas: allí se ocultan las voces individuales, aparecen las de todos. Hablo del coro que conocían los antiguos filósofos: en nuestros espectáculos hay más cantores que espectadores hubo antaño en los teatros. Cuando todas las vías se han llenado con la fila de cantores y la cavea está rodeada de trompeteros y desde el escenario ha resonado toda clase de flautas y órganos, surge un acorde de elementos discordantes. Quiero que nuestro ánimo sea así: que haya en él muchas artes, muchos preceptos, ejemplos de muchas épocas, pero conspirados en uno solo.

«¿Cómo», dices, «podrá lograrse esto?» Con atención constante: si no hacemos nada sino por consejo de la razón, si no evitamos nada sino por consejo de la razón. Si quieres escucharla, te dirá: abandona esas cosas hacia las que se corre desde hace tiempo; abandona las riquezas, que son peligro para quienes las poseen o una carga; abandona los placeres del cuerpo y del ánimo, ablandan y debilitan; abandona la ambición, es cosa hinchada, vana, ventosa, no tiene término, está tan preocupada de no ver a nadie delante de sí como de no verlo junto a sí, sufre la envidia y por partida doble. Ves además cuán miserable es si aquel a quien se envidia también envidia. Contemplas esas casas de los poderosos, esos umbrales tumultuosos por la riña de los saludadores: tienen muchos insultos para que entres, más cuando hayas entrado. Pasa de largo ante esas escalinatas de los ricos y los vestíbulos suspendidos sobre gran acumulación: no solo estarás allí en un precipicio sino en terreno resbaladizo. Dirígete más bien hacia la sabiduría y busca sus realidades, las más tranquilas y a la vez las más amplias. Todas las cosas que parecen sobresalir en los asuntos humanos, aunque sean insignificantes y solo destaquen en comparación con cosas humildes, se alcanzan sin embargo por caminos difíciles y escarpados. Escabroso es el camino hacia la cima de la dignidad; pero si te place ascender a esta cumbre ante la cual se sometió la fortuna, ciertamente contemplarás bajo ti todo lo que se considera altísimo, pero llegarás a la cima por terreno llano. Adiós.

Carta85

Te había perdonado y había pasado por alto todo lo que aún quedaba de enredado, contentándome con darte como una muestra de lo que dicen los nuestros para demostrar que la virtud por sí sola es suficientemente eficaz para completar la vida feliz. Me pides que recoja todas las cuestiones, tanto las nuestras como las inventadas para atacarnos: si quisiera hacerlo, no sería una carta sino un libro. Insisto una vez más en esto: no me deleita este género de argumentaciones; me avergüenza descender a la batalla emprendida por los dioses y los hombres armado con un punzón.

«Quien es prudente también es temperante; quien es temperante también es constante; quien es constante es imperturbable; quien es imperturbable está sin tristeza; quien está sin tristeza es feliz; por tanto el prudente es feliz, y la prudencia basta para la vida feliz».

A este silogismo responden algunos peripatéticos de este modo: interpretan «imperturbable», «constante» y «sin tristeza» de manera que se llame imperturbable al que rara vez y moderadamente se perturba, no al que nunca. Igualmente dicen que se llama sin tristeza al que no es propenso a la tristeza ni frecuente ni excesivo en este vicio; pues aquello —que el ánimo de alguien esté libre de tristeza— niega la naturaleza humana; el sabio no es vencido por el dolor, pero sí es tocado por él; y lo demás que responde de este modo a su escuela. No eliminan los afectos sino que los moderan. ¡Pero qué poco le concedemos al sabio si solo es más fuerte que los más débiles, más alegre que los más tristes, más moderado que los más desenfrenados y más grande que los más humildes! ¿Qué si Ladas admirara su velocidad mirando a los cojos y lisiados?

«Aquella por sobre las mieses intactas volaría por la cima de las hierbas y no lastimaría en su carrera las tiernas espigas, o por medio del mar, suspendida sobre la ola hinchada, llevaría su camino y no mojaría en el agua sus veloces plantas».

Esta es la rapidez valorada por sí misma, no la que se alaba por comparación con los más lentos. ¿Qué si llamaras sano al que tiene una ligera fiebre? No es buena salud la mediocridad de la enfermedad. «Así», dice, «se llama imperturbable al sabio como se llaman sin pepitas no a aquellas que no tienen ninguna dureza de granos sino a las que tienen menos». Es falso. Pues no entiendo disminución de males en el hombre bueno sino ausencia; no debe haber ninguno, no pequeños; pues si hay alguno, crecerán y entretanto impedirán. Así como una catarata mayor y completa ciega los ojos, así una moderada los perturba. Si concedes algunos afectos al sabio, la razón será desigual a ellos y será arrastrada como por un torrente, sobre todo cuando no le des un solo afecto con el que luchar sino todos. Más puede la multitud aunque sea de afectos mediocres que lo que podría la violencia de uno solo grande. Tiene codicia de dinero, pero moderada; tiene ambición, pero no excitada; tiene ira, pero aplacable; tiene inconstancia, pero menos vagabunda y móvil; tiene deseo, pero no insano. Estaría mejor con aquel que tuviera un solo vicio íntegro que con quien los tuviera todos, aunque más leves. Además, no importa cuán grande sea el afecto: por grande que sea, no sabe obedecer, no acepta consejo. Así como ningún animal obedece a la razón, ni el salvaje ni el doméstico y manso (pues su naturaleza es sorda a la persuasión), así los afectos, por pequeños que sean, no siguen, no escuchan. Los tigres y los leones nunca se despojan de su ferocidad, a veces se someten, y cuando menos lo esperas se exaspera la fiereza mitigada. Nunca los vicios se domestican de buena fe. Además, si la razón prevalece, los afectos ni siquiera comenzarán; si comenzaron contra la voluntad de la razón, persistirán contra su voluntad. Pues es más fácil prohibir sus inicios que gobernar su ímpetu.

Es falsa, por tanto, esa moderación e inútil, que debe considerarse igual que si alguien dijera que hay que estar moderadamente loco o moderadamente enfermo. Solo la virtud admite medida; los males del alma no admiten templanza: más fácil es suprimirlos que dominarlos. ¿Acaso hay alguna duda de que los vicios de la mente humana inveterados y endurecidos, a los que llamamos enfermedades, son desmesurados, como la avaricia, como la crueldad, como la falta de dominio de sí? Por tanto, también son desmesuradas las pasiones, pues de estas se pasa a aquellas. Además, si concedes algún derecho a la tristeza, al miedo, al deseo y a los demás impulsos perversos, no estarán en nuestro poder. ¿Por qué? Porque están fuera de nosotros las cosas que los irritan; así pues, crecerán según sean más grandes o más pequeñas las causas que los exciten. El miedo será mayor si aquello que lo aterroriza es más grande o lo ve más cerca; el deseo será más intenso cuanto mayor sea la esperanza de algo más importante que lo impulse. Si no está en nuestro poder que existan las pasiones, tampoco lo está cuán grandes sean: si les permitiste empezar, crecerán junto con sus causas y serán tan grandes como lleguen a ser. Añade ahora que estas pasiones, por pequeñas que sean, se exceden hacia lo mayor; lo pernicioso nunca guarda medida; aunque los inicios de las enfermedades sean leves, se extienden, y a veces una mínima recaída hunde los cuerpos enfermos. Pero es propio de demencia creer que de aquellas cosas cuyos principios están situados fuera de nuestra decisión, nosotros seamos árbitros de sus límites. ¿Cómo puedo tener suficiente fuerza para poner fin a aquello que no tuve suficiente fuerza para prohibir, cuando es más fácil excluir que reprimir lo que se ha admitido?

Algunos han hecho la distinción de decir que «el hombre moderado y prudente está tranquilo en cuanto a la disposición y el hábito de su mente, pero no lo está en cuanto al resultado. Pues, en lo que respecta al hábito de su mente, no se perturba ni se entristece ni teme, pero se presentan muchas causas externas que le traen perturbación». Lo que quieren decir es esto: que efectivamente no es iracundo, pero sin embargo a veces se enoja; y que efectivamente no es miedoso, pero sin embargo a veces teme; es decir, que carece del vicio del miedo, pero no carece de la pasión. Si esto se acepta, por el uso frecuente el miedo pasará a convertirse en vicio, y la ira, admitida en el alma, destruirá aquel hábito del alma que carece de ira. Además, si no desprecia las causas que vienen de fuera y teme algo, cuando haya que ir valientemente contra las armas, los incendios, por la patria, las leyes, la libertad, saldrá vacilante y con el ánimo retrocediendo. Pero no cabe en el sabio esta contradicción de la mente. Además, juzgo que debe observarse esto: que no mezclemos dos cosas que deben probarse por separado; pues por sí solo se deduce que el único bien es lo honesto, y por sí solo, a su vez, que para la vida feliz basta la virtud. Si el único bien es lo honesto, todos reconocen que la virtud basta para vivir felizmente; por el contrario, si solo la virtud hace feliz, no se negará que el único bien es lo honesto. Jenócrates y Espeusipo piensan que es posible ser feliz solo con la virtud, pero no que el único bien sea lo honesto. También Epicuro juzga que quien tiene la virtud es feliz, pero que la virtud misma no basta para la vida feliz, porque lo que hace feliz es el placer que procede de la virtud, no la virtud misma. Distinción absurda: pues el mismo niega que la virtud exista nunca sin placer. Así pues, si está siempre unido a ella e inseparable, también basta sola; pues tiene consigo el placer, sin el cual no existe incluso cuando está sola. Pero es absurdo lo que se dice, que efectivamente será feliz solo con la virtud, pero que no será perfectamente feliz; no encuentro cómo pueda suceder esto. Pues la vida feliz tiene en sí un bien perfecto, insuperable; si es así, es perfectamente feliz. Si la vida de los dioses no tiene nada mayor o mejor, y la vida feliz es divina, no tiene nada a lo que pueda elevarse más. Además, si la vida feliz no carece de nada, toda vida feliz es perfecta y es a la vez feliz y felicísima. ¿Acaso dudas de que la vida feliz sea el bien supremo? Por tanto, si tiene el bien supremo, es sumamente feliz. Así como el bien supremo no admite añadidura (pues ¿qué habrá por encima de lo supremo?), así tampoco la vida feliz, que no existe sin el bien supremo. Si introdujeras a alguien «más» feliz, introducirás también «mucho más»; harás innumerables grados del bien supremo, cuando entiendo que el bien supremo es el que no tiene ningún grado por encima de sí. Si hay alguien menos feliz que otro, se sigue que este desea más la vida del otro más feliz que la suya propia; pero el feliz no prefiere nada a lo suyo. Cualquiera de estas dos cosas es increíble: o que al feliz le falte algo que prefiera ser a lo que es, o que no prefiera eso que es mejor. Pues ciertamente, cuanto más prudente es, tanto más se esfuerza por lo que es óptimo y deseará conseguirlo de todas las maneras. Pero ¿cómo es feliz quien todavía puede desear, más aún, quien debe desear?

Te diré de dónde procede este error: no saben que la vida feliz es una sola. Su cualidad la sitúa en el mejor estado, no su magnitud; por eso está en igualdad la larga y la breve, la extendida y la más estrecha, la distribuida en muchos lugares y muchas partes y la concentrada en uno. Quien la mide por el número, la medida y las partes, le quita lo que tiene de excelente. ¿Qué hay de excelente en la vida feliz? Que está llena. El fin del comer y del beber, creo, es la saciedad. Uno come más, otro menos: ¿qué importa? Los dos están ya saciados. Uno bebe más, otro menos: ¿qué importa? Ninguno tiene sed. Uno vivió más años, otro menos: no importa nada si a aquel muchos años lo hicieron feliz tanto como a este pocos. A quien tú llamas menos feliz no es feliz: este nombre no puede disminuirse.

«Quien es valiente está sin miedo; quien está sin miedo está sin tristeza; quien está sin tristeza es feliz».

Esta es la argumentación de los nuestros. Contra ella intentan responder así: que reivindicamos como cierto algo falso y controvertido, que quien es valiente esté sin miedo. «¿Qué, entonces?», dicen, «¿el valiente no temerá los males inminentes? Eso es de loco y demente, no de valiente. Él sí que teme», dicen, «pero muy moderadamente, pero no está completamente fuera del miedo». Quienes dicen esto vuelven de nuevo a lo mismo, de modo que en lugar de virtudes tienen vicios menores; pues quien teme, aunque sea más raramente y menos, no carece de maldad, sino que es atormentado por una más leve. «Pero considero demente a quien no teme los males inminentes». Es verdad lo que dices, si son males; pero si sabe que esos no son males y juzga que el único mal es la infamia, deberá mirar con seguridad los peligros y despreciar lo que otros temen. O si es de necio y demente no temer los males, cuanto más prudente es uno, más temerá. «Según vosotros», dice, «el valiente se ofrecerá a los peligros». En absoluto: no los temerá, pero los evitará; le conviene la cautela, no le conviene el miedo. «¿Qué, entonces?», dice, «¿no temerá la muerte, las cadenas, los incendios, los demás dardos de la fortuna?». No; pues sabe que esos no son males sino que lo parecen; considera que todos esos son espantos de la vida humana. Describe el cautiverio, los azotes, las cadenas, la miseria y las laceraciones de los miembros, ya sea por enfermedad o por injuria, y cualquier otra cosa que añadas: los cuenta entre los miedos de los locos. ¿Consideras que eso es un mal hacia lo que a veces debemos ir por nuestra propia voluntad? Pregúntate qué es el mal: ceder ante lo que se llama males y entregarles nuestra libertad, por la cual todo debe soportarse: se pierde la libertad si no despreciamos lo que nos impone el yugo. No dudarían de qué conviene al hombre valiente si supieran qué es la valentía. Pues no es temeridad irreflexiva ni amor a los peligros ni búsqueda de lo formidable: es la ciencia de distinguir qué es malo y qué no lo es. La valentía es diligentísima en su propia protección y a la vez muy paciente con aquello que tiene falsa apariencia de males. «¿Qué, entonces? Si se amenaza con la espada el cuello del hombre valiente, si se le va traspasando una y otra parte, si vio sus propias vísceras en su propio regazo, si se repite el tormento en intervalos para que sienta más los tormentos y la sangre nueva se derrama por las heridas resecadas, ¿no teme? ¿Dirás que ese no siente dolor?». Sí que siente dolor (pues ninguna virtud le quita al hombre la sensibilidad), pero no teme; invicto contempla desde lo alto sus propios dolores. Preguntas qué ánimo tiene entonces: el de quien anima a un amigo enfermo.

«Lo que es malo daña; lo que daña hace peor; el dolor y la pobreza no hacen peor; por tanto, no son males».

«Es falso», dice, «lo que planteáis; pues no es cierto que si algo daña también haga peor. La tempestad y la tormenta dañan al timonel, pero sin embargo no lo hacen peor». Algunos de los estoicos responden así contra esto: que el timonel se hace peor por la tempestad y la tormenta, porque no puede conseguir lo que se propuso ni mantener su rumbo; que no se hace peor en su arte, sino en su obra. A estos el peripatético dice: «Por tanto, también al sabio lo harán peor la pobreza, el dolor y cualquier otra cosa semejante; pues aunque no le quitarán la virtud, impedirán sus obras». Esto se diría correctamente si no fuera distinta la condición del timonel y la del sabio. Pues a este su propósito en conducir su vida no es conseguir precisamente lo que intenta, sino hacer todo correctamente; al timonel su propósito es precisamente llevar la nave al puerto. Las artes son servidoras, deben cumplir lo que prometen; la sabiduría es señora y rectora; las artes sirven a la vida, la sabiduría la gobierna.

Yo opino que hay que responder de otra manera: ni el arte del timonel empeora con ninguna tormenta ni tampoco el ejercicio mismo del arte. El timonel no te prometió felicidad, sino una labor útil y conocimiento para gobernar la nave; esto se hace más evidente cuanto más se le opone alguna fuerza del azar. Quien pudo decir «Neptuno, nunca harás zozobrar esta nave», cumplió con su arte: la tempestad no impide la tarea del timonel, sino su éxito. «¿Entonces qué?», dice, «¿no le perjudica aquello que le impide alcanzar el puerto, que hace inútiles sus esfuerzos, que lo hace retroceder o lo detiene y desarma?» Le perjudica no como timonel, sino como navegante: de lo contrario no es timonel. El arte del timonel, lejos de impedirse, se manifiesta; pues con mar tranquilo, como dicen, cualquiera es timonel. Esas cosas perjudican a la nave, no a quien la gobierna en cuanto tal. El timonel tiene dos personas, una común con todos los que embarcaron en la misma nave: él mismo también es pasajero; otra propia: es timonel. La tempestad le perjudica como pasajero, no como timonel. Además, el arte del timonel es un bien ajeno: pertenece a aquellos a quienes transporta, igual que el del médico a aquellos a quienes cura. El bien del sabio es común: es tanto de aquellos con quienes vive como propio suyo. Así pues, quizá se perjudique al timonel cuyo servicio prometido a otros se ve impedido por la tempestad; el sabio no se ve perjudicado por la pobreza, ni por el dolor, ni por otras tempestades de la vida. Pues no se le prohíben todas sus obras, sino solo las que atañen a otros: él mismo está siempre en acción, y en efecto es máximo cuando la fortuna se le opone; entonces es cuando se ocupa de la sabiduría misma, que dijimos que es bien ajeno y propio.

Además, tampoco se le impide entonces ser útil a otros cuando algunas necesidades lo oprimen. A causa de la pobreza se le impide enseñar cómo se debe manejar el Estado, pero enseña cómo se debe manejar la pobreza. Su obra se extiende por toda la vida. Así, ninguna fortuna, ninguna circunstancia excluye la actuación del sabio; pues precisamente se ocupa de aquello por lo que se le impide hacer otra cosa. Está preparado para ambos casos: es rector de los bienes, vencedor de los males. Así, digo, se ejercitó para mostrar la virtud tanto en la prosperidad como en la adversidad, y no miraba la materia de esta sino ella misma; por eso ni la pobreza ni el dolor ni cualquier otra cosa que desvía y precipita a los inexpertos le impide. ¿Crees que los males lo oprimen? Los usa. Fidias no solo sabía hacer estatuas de marfil; las hacía de bronce. Si le hubieras ofrecido mármol, o un material aún más vil, habría hecho lo mejor que de él se pudiera hacer. Así el sabio desplegará la virtud, si es posible, en la riqueza; si no, en la pobreza; si puede, en la patria; si no, en el exilio; si puede, como general; si no, como soldado; si puede, entero; si no, mutilado. Cualquier fortuna que le toque, hará de ella algo memorable. Hay domadores de fieras que someten a los animales más salvajes y espantosos al encuentro a soportar al hombre, y no contentos con haberles quitado la fiereza, los amansan hasta convivir con ellos: el maestro introduce la mano en las fauces del león, el guardián besa a su tigre, un pequeño etíope ordena al elefante arrodillarse y caminar por la cuerda. Así el sabio es artífice en domar los males: dolor, indigencia, deshonra, cárcel, exilio, horribles en todas partes, cuando llegan a él se vuelven mansos. Adiós.

Carta86

Te escribo esto recostado en la mismísima villa de Escipión el Africano, después de venerar sus manes y el ara que sospecho es la tumba de tan gran varón. Me persuado de que su alma volvió al cielo de donde procedía, no porque dirigió grandes ejércitos (pues también los tuvo Cambises, loco y afortunado en su locura), sino por su egregia moderación y piedad, que juzgo más admirable en él cuando abandonó la patria que cuando la defendió. O Escipión debía estar en Roma o Roma en libertad. «No quiero», dijo, «restar nada a las leyes, nada a las instituciones; que haya entre todos los ciudadanos un derecho igual. Aprovecha sin mí mi beneficio, patria. Fui la causa de tu libertad, seré también su prueba: me marcho, si he crecido más de lo que te conviene». ¿Cómo no admirar yo esta grandeza de alma, con la que se retiró a un exilio voluntario y liberó de un peso a la ciudad? La situación había llegado al punto de que o la libertad debía hacer injusticia a Escipión o Escipión a la libertad. Ninguna de las dos cosas era lícita; por eso cedió el lugar a las leyes y se retiró a Literno dispuesto a imputar su exilio a la república tanto como el de Aníbal.

Vi la villa construida con piedra cuadrada, un muro rodeando el bosque, torres también levantadas a ambos lados como baluarte de la villa, una cisterna bajo los edificios y el verdor que podría abastecer incluso para uso de un ejército, un bañito estrecho, oscuro según la costumbre antigua: a nuestros antepasados no les parecía caliente el baño a menos que fuera oscuro. Así pues, me invadió un gran placer contemplando las costumbres de Escipión y las nuestras: en este rincón aquel «terror de Cartago», a quien Roma debe haber sido capturada solo una vez, lavaba su cuerpo fatigado por trabajos rústicos. Pues se ejercitaba con el trabajo y labraba él mismo la tierra (como fue costumbre de los antiguos). Bajo este techo tan sórdido estuvo él, este pavimento tan vil lo sostuvo: pero ahora ¿quién hay que soporte bañarse así? Se considera pobre y sórdido a menos que las paredes resplandezcan con grandes y costosos medallones, a menos que los mármoles alejandrinos estén combinados con incrustaciones numídicas, a menos que por todas partes se les superponga un revestimiento trabajado y variado al modo de una pintura, a menos que el techo esté oculto con vidrio, a menos que la piedra de Tasos, antes espectáculo raro en algún templo, rodee nuestras piscinas, en las que sumergimos cuerpos exhaustos por mucho sudar, a menos que el agua la viertan grifos de plata. Y todavía hablo de tuberías plebeyas: ¿qué cuando llegue a los baños de los libertos? ¡Cuántas estatuas, cuántas columnas hay que no sostienen nada sino colocadas como ornamento por el gasto! ¡Cuánta agua que cae por escalones con estruendo! Hemos llegado a tal refinamiento que no queremos pisar sino gemas.

En este baño de Escipión hay rendijas mínimas más que ventanas excavadas en el muro de piedra, para que admitieran luz sin perjuicio de la fortificación; pero ahora llaman agujeros de cucarachas a los baños si no están dispuestos de modo que reciban el sol de todo el día por ventanas amplísimas, si no se bañan y broncean a la vez, si no contemplan campos y mares desde la bañera. Por eso aquellos que tenían concurrencia y admiración cuando se inauguraban son relegados al número de los antiguos cuando el lujo ha inventado algo nuevo con lo que sepultarse a sí mismo. Pero antiguamente había pocos baños y no estaban adornados con ningún refinamiento: ¿por qué iba a adornarse algo que costaba un cuarto de as y fue inventado para el uso, no para el placer? No se vertía el agua desde arriba ni corría siempre fresca como de una fuente caliente, ni creían que importara en qué transparencia depositaban la suciedad. Pero, dioses buenos, ¡qué agradable es entrar en aquellos baños oscuros y cubiertos con estuco común, que supieras que Catón como edil o Fabio Máximo o alguno de los Cornelios templó con su propia mano! Pues también los ediles más nobles desempeñaban este oficio de entrar en aquellos lugares que acogían al pueblo y exigir limpieza y una temperatura útil y saludable, no esta que se inventó recientemente semejante a un incendio, tanto que convendría bañar vivo a un esclavo convicto de algún crimen. Ahora me parece que no hay diferencia entre que el baño arda o esté caliente. ¡A cuánta rusticidad condenan ahora algunos a Escipión porque no dejaba entrar el día en su caldario con amplios ventanales, porque no se cocía en mucha luz y esperaba a cocerse en el baño! ¡Oh hombre desdichado! No sabía vivir. No se lavaba con agua filtrada sino a menudo turbia y, cuando llovía con más fuerza, casi fangosa. Ni le importaba mucho lavarse así; pues venía a enjuagarse allí el sudor, no el perfume. ¿Qué voces de algunos crees que habrá ahora? «No envidio a Escipión: vivió verdaderamente en el exilio quien se bañaba así». Más aún, si lo supieras, no se bañaba a diario; pues, según dicen quienes transmitieron las costumbres antiguas de la ciudad, se lavaban a diario los brazos y las piernas, que recogían suciedad del trabajo, pero el cuerpo entero lo lavaban cada nueve días. Aquí dirá alguien: «me queda claro que eran inmundísimos». ¿Qué crees que olían? A milicia, a trabajo, a hombre. Después de que se inventaron los baños limpios, están más sucios. Al describir a alguien infame y notable por excesivos refinamientos, ¿qué dice Horacio Flaco?

«Bucilo huele a pastillas».

Si dieras ahora a Bucilo: sería como si oliera a macho cabrío, estaría en el lugar de Gargonio, a quien el mismo Horacio opuso a Bucilo. Es poco tomar perfume si no se renueva dos y tres veces al día, para que no se desvanezca en el cuerpo. ¿Qué decir de que se glorían de este olor como si fuera propio?

Si estas cosas te parecen demasiado severas, impútalas a la villa, en la que aprendí de Egíalo, diligentísimo padre de familia (pues él es ahora el dueño de este campo), que incluso un arbusto viejo puede trasplantarse. Esto es necesario aprenderlo para nosotros los viejos, de los cuales ninguno deja de plantar un olivar para otro. Vi aquel arbusto de tres y cuatro años fastidiando el fruto o deponiendo. También te protegerá aquella que

«tarde viene, destinada a dar sombra a los nietos tardíos»,

como dice nuestro Virgilio, quien no miró qué se dijera con máxima verdad sino con mayor elegancia, ni quiso enseñar a los agricultores sino deleitar a los lectores. Pues, para omitir todo lo demás, transcribiré esto que hoy me fue necesario comprobar:

«En primavera es la siembra de habas; entonces también a ti, alfalfa, te reciben los surcos blandos, y llega el cuidado anual del mijo».

Que si estas cosas deban plantarse en un solo tiempo y si de ambas la siembra es primaveral, puedes juzgarlo por esto: es el mes de junio en que te escribo, ya inclinado hacia julio: en el mismo día vi cosechar habas, sembrar mijo.

Volveré al olivar, que vi plantado de dos maneras: trasladó troncos de árboles grandes con las ramas cortadas y reducidas a un solo pie junto con su raíz, tras amputar las raíces y dejar solo la cabeza misma de la que habían colgado. Esto, impregnado de estiércol, lo bajó al hoyo; luego no solo amontonó la tierra, sino que la pisó y apretó. Dice que nada es más eficaz que esta pisadura, como él la llama. Evidentemente excluye el frío y el viento; además se mueve menos y por eso permite que las raíces nacientes salgan y se agarren al suelo, pues cualquier agitación leve arrancará necesariamente aquellas que todavía son blandas y se aferran precariamente. Ahora bien, raen la raíz del árbol antes de enterrarla; pues de toda la materia que queda desnuda, según dice, salen raíces nuevas. El tronco no debe sobresalir de la tierra más de tres o cuatro pies; pues enseguida se cubrirá desde abajo y no habrá en él una gran parte seca y reseca como en los olivares viejos. El otro modo de plantar fue este: depositó ramas fuertes y de corteza no dura, como suelen ser las de los árboles jóvenes, de la misma manera. Estas crecen un poco más lentamente, pero como han brotado como de un retoño, no tienen nada horrible ni triste en sí. Aún vi algo más: trasplantar una vid vieja de su arbusto; deben recogerse también sus raicillas, si es posible, luego debe extenderse la vid con más generosidad, para que eche raíces incluso del cuerpo. Y vi vides plantadas no solo en el mes de febrero, sino también terminado marzo; se agarran y abrazan olmos que no son suyos. Ahora bien, dice que todos estos árboles que son, por así decir, trasplantados de adultos, deben ayudarse con agua de cisterna; si esta sirve, tenemos la lluvia en nuestro poder.

No pienso enseñarte más cosas, no sea que, así como Egíalo se granjeó mi enemistad, yo me haga con tu hostilidad. Cuídate.

Carta87

Naufragué antes de subir al barco: no añado cómo ocurrió, no sea que pienses que esto también debe ponerse entre las paradojas estoicas; cuando quieras, demostraré que ninguna de ellas es falsa ni tan asombrosa como parece a primera vista; más aún, incluso si no quieres.

Mientras tanto, este viaje me ha enseñado cuántas cosas superfluas tenemos y con qué facilidad podemos abandonar mediante el juicio aquello que, cuando la necesidad lo arrebata, no echamos de menos. Con poquísimos esclavos, los que pudo llevar un solo vehículo, sin ningunas cosas excepto las que contenía nuestro cuerpo, mi querido Máximo y yo llevamos ya dos días felicísimos. El colchón está en el suelo, yo sobre el colchón; de dos capas una se ha convertido en sábana, la otra en manta. Del almuerzo nada pudo quitarse; se preparó en no más de una hora, en ningún sitio sin higos secos, nunca sin tablillas para escribir; aquellos, si tengo pan, son el condimento, si no lo tengo, son el pan. Cada día me hacen año nuevo, que yo hago próspero y feliz con buenos pensamientos y grandeza de ánimo, que nunca es mayor que cuando ha apartado lo ajeno y se ha procurado la paz no temiendo nada, se ha procurado riquezas no codiciando nada. El vehículo en que voy montado es rústico; las mulas dan testimonio de que viven al andar; el mulero va descalzo, no por el verano. A duras penas consigo de mí mismo querer que este vehículo parezca mío: persiste todavía la perversa vergüenza de lo correcto, y cada vez que coincidimos con algún séquito más lujoso me ruborizo a mi pesar, lo que es argumento de que aquellas cosas que apruebo, que alabo, no tienen todavía un asiento firme e inmóvil. Quien se ruboriza de un vehículo miserable se jactará de uno costoso. Aún he progresado poco: todavía no me atrevo a mostrar públicamente la frugalidad; aún cuido de las opiniones de los viajeros.

Contra las opiniones del género humano entero debía lanzarse esta voz: «Estáis locos, erráis, os asombráis ante lo superfluo, a nadie valoráis por lo suyo. Cuando se llega al patrimonio, calculadores diligentísimos, establecéis la cuenta de cada uno de aquellos a quienes prestaréis dinero o beneficios (pues también estos ya los anotáis como gastos): posee mucho, pero debe mucho; tiene una hermosa casa, pero comprada con dinero ajeno; nadie exhibirá más rápidamente una servidumbre más vistosa, pero no responde a las deudas; si paga a los acreedores, no le quedará nada. Lo mismo debéis hacer también con los demás y examinar cuánto de propio tiene cada uno». ¿Consideras rico a aquel porque un ajuar dorado le sigue incluso en el camino, porque ara en todas las provincias, porque se desenrolla un gran libro de cuentas, porque posee tanto campo suburbano cuanto poseería con envidia en los desiertos de Apulia? Cuando hayas dicho todo, es pobre. ¿Por qué? Porque tiene deudas. «¿Cuánto?», dices. Todo; a no ser que creas que importa si alguien tomó prestado de un hombre o de la fortuna. ¿Qué importan las mulas cebadas, todas de un solo color? ¿Qué importan esos vehículos cincelados?

«Caballos rápidos cubiertos de púrpura y tapices pintados: colgando del pecho llevan collares de oro, mascan bajo los dientes oro cubierto de oro».

Esas cosas no pueden hacer mejor ni al amo ni a la mula. Marco Catón el Censor, a quien tan útil para la república fue nacer como a Escipión (pues uno hizo guerra con nuestros enemigos, el otro con las costumbres), se desplazaba en un jaco y, además, con alforjas puestas, para llevar consigo lo útil. ¡Oh, cuánto desearía que se encontrase ahora con alguno de esos potentados del camino, con corredores y númidas y mucho polvo levantado ante ellos! Sin duda este parecería más refinado y elegante que Marco Catón, este que entre esos aparatos delicados duda precisamente en este momento si entregarse a la espada o al cuchillo. ¡Oh, cuánto era gloria de su época que un imperator, triunfador, censor y, lo que está por encima de todo esto, un Catón, se contentase con un solo caballo, y ni siquiera entero; pues parte de él lo ocupaban las alforjas colgadas a ambos lados! Así, ¿no preferirías aquel único caballo frotado por el propio Catón a todos los caballos gordos y asturcones y trotones?

Veo que no habrá ningún fin en esta materia si no es el que yo mismo me ponga. Así pues, callaré aquí, en cuanto a aquellas cosas que sin duda adivinó que serían tales como son ahora quien primero las llamó «impedimentos». Ahora quiero exponerte muy pocas preguntas todavía de los nuestros relativas a la virtud, que sostenemos que basta para la vida feliz.

«Lo que es bueno hace buenos (pues también en el arte de la música lo que es bueno hace músico); las cosas fortuitas no hacen bueno; por tanto, no son bienes».

Contra esto los peripatéticos responden así, diciendo que lo que proponemos primero es falso. «De lo que es bueno», dicen, «no necesariamente se hacen buenos. En la música hay algo bueno como una flauta o una cuerda o algún instrumento adaptado a los usos del canto; sin embargo, ninguna de estas cosas hace músico». A estos les responderemos: «No entendéis cómo hemos planteado lo que es bueno en la música. Pues no decimos lo que prepara al músico, sino lo que lo hace: tú vas al equipo del arte, no al arte. Ahora bien, si hay algo bueno en el arte misma de la música, eso sin duda hará músico». Aún quiero hacer esto más claro. El bien en el arte de la música se dice de dos modos: uno por el que se ayuda el resultado del músico, otro por el que se ayuda el arte; al resultado pertenecen los instrumentos, las flautas y los órganos y las cuerdas; al arte misma no pertenecen. Pues es artista incluso sin esos; quizá no puede usar el arte. Esto no es igualmente doble en el hombre; pues lo mismo es el bien del hombre y de la vida.

«Lo que puede corresponder a cualquier persona vilísima y torpe no es un bien; ahora bien, las riquezas corresponden también al alcahuete y al lanista; por tanto, no son bienes».

«Es falso», dicen, «lo que proponéis; pues también en la gramática y en el arte de la medicina o del gobierno vemos que los bienes corresponden a personas muy humildes». Pero esas artes no han profesado la grandeza del ánimo, no se elevan a lo alto ni desprecian lo fortuito: la virtud eleva al hombre y lo coloca por encima de lo que es caro a los mortales; ni desea excesivamente aquellas cosas que se llaman buenas ni teme aquellas que se llaman malas. Quelidón, uno de los afeminados de Cleopatra, poseyó un gran patrimonio. Recientemente Natalis, de lengua tan malvada como impura, en cuya boca se purgaban las mujeres, fue heredero de muchos y tuvo muchos herederos. ¿Qué pues? ¿Acaso el dinero lo hizo impuro o él manchó el dinero? Este cae sobre ciertos hombres como cae un denario en una cloaca. La virtud se sitúa por encima de estas cosas; se valora por su propio bronce; no juzga como bien nada de esas cosas que ocurren a cualquiera. La medicina y el gobierno no se prohíben a sí mismas ni a los suyos la admiración de tales cosas; quien no es hombre bueno puede ser, no obstante, médico, puede ser timonel, puede ser gramático, tan ciertamente como cocinero. A quien le toca tener una cosa cualquiera, no dirás que es cualquiera; cada uno es tal como son las cosas que tiene. Un saco vale tanto como contiene; o más bien, lo que contiene se suma a él. ¿Quién pone algún precio a un saco lleno excepto el que hizo el número del dinero guardado en él? Lo mismo sucede con los dueños de grandes patrimonios: son añadidos y apéndices de ellos. ¿Por qué, entonces, el sabio es grande? Porque tiene un ánimo grande. Es verdad, por tanto, que lo que corresponde a cualquier vilísimo no es un bien. Así pues, nunca llamaré bien a la ausencia de dolor: la tiene la cigarra, la tiene la pulga. Ni siquiera llamaré bien a la quietud y a carecer de molestia: ¿qué hay más ocioso que un gusano? ¿Preguntas qué cosa hace sabio? Lo que hace dios. Debes darle algo divino, celeste, magnífico: el bien no cae sobre todos ni tolera a cualquier poseedor. Mira

«qué produce cada región y qué rechaza: aquí los cereales, allí prosperan mejor las uvas, en otro lugar los frutos de los árboles y sin que se les ordene reverdecen las hierbas. ¿No ves cómo Tmolo envía perfumes azafranados, la India marfil, los blandos sabeos su incienso, pero los cálibos desnudos el hierro?»

Estas cosas han sido distribuidas en regiones para que fuera necesario a los mortales el comercio entre ellos, si cada uno pidiera recíprocamente algo de otro. Aquel bien supremo tiene también su propia sede; no nace donde el marfil, ni donde el hierro. ¿Preguntas cuál es el lugar del bien supremo? El ánimo. Este, si no es puro y santo, no contiene a dios.

«De lo malo no nace lo bueno; [ahora bien, las riquezas nacen], nacen de la avaricia; por tanto, las riquezas no son un bien». «No es verdad», dice, «que de lo malo no nazca lo bueno; pues del sacrilegio y del robo nace el dinero. Así que el sacrilegio y el robo son males, sí, pero porque producen más males que bienes; pues dan ganancia, pero acompañada de miedo, inquietud, tormentos del alma y del cuerpo». Quien dice esto necesariamente tiene que admitir que el sacrilegio, así como es un mal porque produce muchos males, también es en parte un bien porque produce algo bueno: ¿qué puede haber más monstruoso que esto? Aunque hemos llegado a convencer a la gente de que el sacrilegio, el robo y el adulterio deben contarse entre los bienes. ¡Cuántos no se avergüenzan del robo, cuántos se glorían del adulterio! Pues los sacrilegios pequeños se castigan, los grandes se llevan en triunfos. Añade ahora que si el sacrilegio es de algún modo un bien, será también honesto y se le llamará acción recta, ~pues es nuestra acción~ algo que ningún mortal admite en su pensamiento. Luego, de lo malo no pueden nacer bienes. Porque si, como decís, el sacrilegio es malo solo porque acarrea mucho mal, si le quitas los castigos, si le garantizas seguridad, será totalmente bueno. Y sin embargo el mayor castigo de los crímenes está en ellos mismos. Te equivocas, digo, si los remites al verdugo o a la cárcel: se castigan inmediatamente cuando se cometen, más aún, mientras se cometen. Así pues, de lo malo no nace lo bueno, igual que de un olivo no nace un higo: los frutos corresponden a su semilla, los bienes no pueden degenerar. Así como de lo vergonzoso no nace lo honesto, tampoco de lo malo nace lo bueno; pues lo honesto y lo bueno son lo mismo.

Algunos de los nuestros responden a esto así: «Supongamos que el dinero es un bien de dondequiera que se obtenga; sin embargo, el dinero no procede del sacrilegio, aunque se obtenga del sacrilegio. Entiéndelo así. En una misma urna hay oro y una víbora: si sacas el oro de la urna, no lo sacas porque allí haya también una víbora; no, digo, la urna me da el oro porque contenga la víbora, sino que me da el oro aunque contenga la víbora. Del mismo modo, del sacrilegio resulta ganancia, no porque el sacrilegio sea vergonzoso y criminal, sino porque también contiene ganancia. Así como en aquella urna la víbora es el mal, no el oro que yace junto a la víbora, así en el sacrilegio el mal es el crimen, no la ganancia». Yo <disiento> de ellos; pues la condición de ambas cosas es muy diferente. Allí puedo sacar el oro sin la víbora, aquí no puedo obtener la ganancia sin el sacrilegio; esa ganancia no está junto al crimen sino mezclada con él.

«Aquello para conseguir lo cual caemos en muchos males no es un bien; ahora bien, para conseguir riquezas caemos en muchos males; por tanto, las riquezas no son un bien».

«Vuestra proposición», dice, «tiene dos significados: uno, que al tratar de conseguir riquezas caemos en muchos males. Pero caemos en muchos males también cuando tratamos de conseguir la virtud: alguien naufragó mientras navegaba con propósito de estudio, otro fue capturado. El otro significado es este: aquello por lo cual caemos en males no es un bien. De esta proposición no se seguirá que por las riquezas o por los placeres caemos en males; o si por las riquezas caemos en muchos males, las riquezas no solo no son un bien sino que son un mal; vosotros, sin embargo, decís que solo no son un bien. Además», dice, «admitís que las riquezas tienen alguna utilidad: las contáis entre las ventajas. Pero con el mismo razonamiento <ni siquiera> serán una ventaja; pues por ellas nos sobrevienen muchos inconvenientes». A esto algunos responden así: «Os equivocáis al atribuir los inconvenientes a las riquezas. Ellas no dañan a nadie: a cada uno le daña su propia necedad o la maldad ajena, así como una espada no mata a nadie: es el arma del que mata. Las riquezas no te dañan si te hacen daño a causa de las riquezas». Posidonio, en mi opinión, lo expresa mejor cuando dice que las riquezas son causa de males, no porque ellas mismas hagan algo, sino porque incitan a los que van a hacerlo. Pues una cosa es la causa eficiente, que necesariamente debe dañar de inmediato, otra la causa precedente. Las riquezas tienen esta causa precedente: hinchan los ánimos, producen soberbia, atraen la envidia, y enajenan la mente hasta tal punto que la fama del dinero nos deleita aunque vaya a perjudicarnos. Pero conviene que todos los bienes carezcan de culpa; son puros, no corrompen los ánimos, no los inquietan; los elevan y ensanchan, sí, pero sin hinchazón. Los que son bienes producen confianza, las riquezas producen audacia; los que son bienes dan grandeza de alma, las riquezas dan insolencia. Y la insolencia no es otra cosa que una apariencia falsa de grandeza. «De ese modo», dice, «las riquezas también son un mal, no solo no son un bien». Serían un mal si ellas mismas dañaran, si, como dije, tuvieran una causa eficiente: ahora tienen una causa precedente, y además no solo incita los ánimos sino que los atrae; pues ofrecen una apariencia del bien verdadero semejante y creíble para la mayoría. También la virtud tiene una causa precedente para la envidia; pues muchos son envidiados por su sabiduría, muchos por su justicia. Pero no tiene esta causa por sí misma ni es verosímil; al contrario, la apariencia más verosímil que la virtud presenta a los ánimos de los hombres es la que los invita al amor y la admiración.

Posidonio dice que hay que plantear la cuestión así: «Lo que no da al alma ni grandeza ni confianza ni seguridad no es un bien; ahora bien, las riquezas y la buena salud y cosas semejantes no hacen nada de esto; por tanto, no son bienes». Intensifica aún más esta argumentación de este modo: «Lo que no da al alma ni grandeza ni confianza ni seguridad, sino que por el contrario produce insolencia, hinchazón y arrogancia, son males; ahora bien, los bienes fortuitos nos empujan a esto; por tanto, no son bienes».

«Con este razonamiento», dice, «ni siquiera serán ventajas». Una cosa es la condición de las ventajas, otra la de los bienes: ventaja es lo que tiene más utilidad que molestia; el bien debe ser puro y en todo aspecto inocuo. No es bien lo que más beneficia, sino lo que solo beneficia. Además, la ventaja se refiere también a los animales y a los hombres imperfectos y a los necios. Por tanto, puede tener mezclado un inconveniente, pero se llama ventaja por ser estimada en su mayor parte: el bien se refiere únicamente al sabio; debe ser inviolado.

Anímate: te queda solo un nudo, pero hercúleo: «De los males no nace un bien; de muchas pobrezas nacen las riquezas; por tanto, las riquezas no son un bien».

Nuestros filósofos no reconocen esta argumentación, los peripatéticos la inventan y la resuelven. Posidonio dice que este sofisma, difundido por todas las escuelas de los dialécticos, es refutado así por Antípatro: «La pobreza no se entiende por posesión, sino por sustracción» (o, como dijeron los antiguos, privación; los griegos dicen kata stéresin); «no habla de lo que tiene, sino de lo que no tiene. Así pues, de muchas cosas vacías no puede llenarse nada: muchas cosas hacen las riquezas, no muchas carencias. Entiendes», dice, «la pobreza de otro modo del debido. Pues la pobreza no es la que posee poco, sino la que no posee mucho; así no se define por lo que tiene, sino por lo que le falta».

Expresaría más fácilmente lo que quiero si hubiera una palabra latina para significar anuparsía. Antípatro asigna esto a la pobreza: yo no veo qué otra cosa es la pobreza sino la posesión de poco. Sobre esto veremos, cuando haya mucho tiempo libre, cuál es la sustancia de las riquezas, cuál la de la pobreza; pero entonces también consideraremos si no es mejor acariciar la pobreza, quitar la arrogancia a las riquezas, que litigar sobre palabras, como si ya se hubiera juzgado sobre las cosas. Supongamos que somos convocados a una asamblea: se presenta una ley para abolir las riquezas. ¿Vamos a aconsejar o desaconsejar con estas argumentaciones? ¿Con estas lograremos que el pueblo romano reclame y alabe la pobreza, fundamento y causa de su imperio, y en cambio tema sus propias riquezas, considerando que las encontró en los vencidos, que de ahí irrumpieron en la ciudad más santa y moderada la corrupción y las donaciones y los tumultos, que se ostentan demasiado lujosamente los despojos de las naciones, que lo que un solo pueblo arrebató a todos puede ser más fácilmente arrebatado por todos a uno solo? Es mejor aconsejar esto, y someter las pasiones, no eludirlas. Si podemos, hablemos más enérgicamente; si no, más claramente. Cuídate.

Carta88

Deseas saber qué opino sobre los estudios liberales: ninguno despierta mi admiración, ninguno cuento entre los bienes si tiene como fin el dinero. Son oficios mercenarios, útiles solo en la medida en que preparan el talento, pero no lo retienen. Pues hay que dedicarse a ellos solo mientras el alma no puede hacer nada mayor: son nuestros rudimentos, no nuestras obras. Ves por qué se llaman estudios liberales: porque son dignos de un hombre libre. Pero en realidad el único estudio verdaderamente liberal es el que hace libre, esto es, el de la sabiduría, sublime, fuerte, magnánimo: los demás son insignificantes y pueriles. ¿Acaso crees que hay algo de bueno en esas materias cuyos profesores ves que son los más viles y depravados de todos? No debemos aprender esas cosas, sino haberlas aprendido.

Algunos han considerado que debe plantearse sobre los estudios liberales si hacen bueno al hombre: ni siquiera lo prometen ni aspiran al conocimiento de esto. La gramática se ocupa del cuidado del lenguaje y, si quiere divagar más ampliamente, de las historias, ya que, para extender al máximo sus límites, de los poemas. ¿Qué de esto allana el camino a la virtud? El análisis de las sílabas y la precisión de las palabras y el recuerdo de las fábulas y la regla y medida de los versos, ¿qué de esto quita el miedo, elimina el deseo, frena la pasión? Pasemos a la geometría y a la música: no encontrarás en ellas nada que prohíba temer, que prohíba desear. Quien ignora estas cosas, en vano sabe las demás.

* * ¿acaso estos enseñan la virtud o no? Si no la enseñan, tampoco la transmiten; si la enseñan, son filósofos. ¿Quieres saber hasta qué punto no se han sentado a enseñar la virtud? Observa qué distintos son entre sí los estudios de todos: sin embargo, habría semejanza si enseñaran lo mismo. A no ser que acaso te convenzan de que Homero fue filósofo, cuando lo niegan con esos mismos argumentos con que lo demuestran; pues tan pronto lo hacen estoico, alabando solo la virtud y rehuyendo los placeres y sin apartarse de lo honesto ni siquiera a precio de la inmortalidad, tan pronto epicúreo, alabando el estado de una ciudad tranquila y pasando la vida entre banquetes y cantos, tan pronto peripatético, introduciendo tres clases de bienes, tan pronto académico, diciendo que todo es incierto. Es evidente que nada de esto hay en él, porque todo está; estas doctrinas, en efecto, discrepan entre sí. Concedámosles que Homero fue filósofo: ciertamente se hizo sabio antes de conocer poema alguno; por tanto, aprendamos aquello que hizo sabio a Homero. Desde luego, que yo investigue quién fue mayor en edad, Homero o Hesíodo, no tiene más relación con el asunto que saber, puesto que Hécuba fue más joven que Helena, por qué soportó tan mal la vejez. ¿Qué más? Digo: ¿piensas que investigar los años de Patroclo y de Aquiles tiene relación con el asunto? ¿Indagas dónde anduvo errante Ulises en lugar de conseguir que nosotros no erremos siempre? No hay tiempo para oír si anduvo a la deriva entre Italia y Sicilia o fuera del mundo que conocemos (pues no pudo haber un extravío tan largo en un espacio tan estrecho): las tempestades del alma nos zarandean a diario y la maldad nos empuja a todos los males de Ulises. No falta la hermosura que inquiete los ojos, no falta el enemigo; de un lado, monstruos feroces que se gozan con la sangre humana, de otro, halagos engañosos para los oídos, de otro, naufragios y tantas variedades de males. Enséñame esto: cómo amar a la patria, cómo a la esposa, cómo al padre, cómo navegar hacia estos objetivos tan honrosos incluso náufrago. ¿Para qué investigas si Penélope fue impúdica, si engañó a su época, si sospechó que aquel que veía era Ulises antes de saberlo? Enséñame qué es el pudor y cuánto bien hay en él, si reside en el cuerpo o en el alma. Paso al músico. Me enseñas cómo armonizan entre sí los sonidos agudos y graves, cómo surge la concordia de cuerdas que producen sonidos distintos: haz más bien que mi alma armonice consigo misma y que mis propósitos no discuerden. Me muestras cuáles son los modos plañideros: muéstrame más bien cómo no emitir una voz plañidera en medio de las adversidades.

El geómetra me enseña a medir latifundios en lugar de enseñarme cómo medir cuánto es suficiente para el hombre; me enseña a contar y pone mis dedos al servicio de la avaricia en lugar de enseñarme que esos cálculos no tienen ninguna importancia, que no es más feliz aquel cuyo patrimonio agota a los contables, es más, que posee cosas superfluas quien va a ser muy infeliz si se ve obligado a calcular por sí mismo cuánto tiene. ¿De qué me sirve saber dividir un campito en parcelas si no sé dividirlo con mi hermano? ¿De qué sirve recoger con precisión los pies de una yugada y abarcar incluso lo que escapa a la pértiga de diez pies, si me entristece un vecino prepotente que arranca algo de lo mío? Enseña cómo no perder nada de mis límites: pero yo quiero aprender cómo perderlos todos con alegría. «Me expulsan del campo paterno y del abuelo», dice. ¿Y qué? Antes de tu abuelo, ¿quién poseía ese campo? ¿Puedes explicar de quién fue, no digo de qué hombre, sino de qué pueblo? No entraste en él como dueño, sino como colono. ¿Colono de quién? Si te va bien, del heredero. Los jurisconsultos niegan que pueda prescribirse nada público: esto que posees, que llamas tuyo, es público y, ciertamente, del género humano. ¡Oh arte excelente! Sabes medir lo redondo, reduces a cuadrado cualquier forma que recibas, dices los intervalos de los astros, no hay nada que no caiga bajo tu medida: si eres un artista, mide el alma del hombre, di cuán grande es, di cuán pequeña es. Sabes cuál es la línea recta: ¿de qué te sirve si ignoras qué es lo recto en la vida?

Vengo ahora a aquel que se gloría del conocimiento de los cuerpos celestes:

«adónde se retira la fría estrella de Saturno, por qué órbitas del cielo erra el fuego de Cilene».

¿De qué servirá saber esto? ¿Para que yo esté inquieto cuando Saturno y Marte estén en oposición, o cuando Mercurio haga su ocaso vespertino a la vista de Saturno, en lugar de aprender esto: que dondequiera que estén esos astros, son propicios y no pueden cambiar? Un orden continuo de los hados y un curso inevitable los impulsa; regresan por turnos establecidos y mueven o señalan los efectos de todas las cosas. Pero si causan todo lo que sucede, ¿de qué aprovechará el conocimiento de una cosa inmutable? Si lo señalan, ¿qué importa prever lo que no puedes evitar? Conozcas o no esas cosas: sucederán.

«Pero si miras al sol veloz y a las estrellas que lo siguen en orden, nunca te engañará la hora del mañana, ni serás atrapado por las insidias de una noche serena».

Está suficiente y abundantemente previsto para que yo esté a salvo de las insidias. «¿Acaso no me engaña la hora del mañana? Pues engaña lo que sucede sin que uno lo sepa». Yo no sé qué va a suceder: sé qué puede suceder. De esto no rogaré nada, lo espero todo: si se me concede algo, lo tomo a bien. Me engaña la hora si me perdona, pero ni siquiera así me engaña. Pues así como sé que todo puede suceder, así sé también que no necesariamente va a suceder; por tanto, espero lo favorable, estoy preparado para lo malo.

En esto tienes que soportarme no yendo según lo prescrito; pues no me convenzo de admitir a los pintores en el número de las artes liberales, ni tampoco a los escultores, ni a los marmolistas, ni a los demás servidores del lujo. Igualmente expulso de estos estudios liberales a los luchadores y a toda esa ciencia que consiste en aceite y barro; o también admitiré a los perfumistas y a los cocineros y a los demás que acomodan sus ingenios a nuestros placeres. ¿Pues qué tienen, te lo ruego, de liberal esos vomitadores en ayunas, cuyos cuerpos están cebados, pero sus almas en la delgadez y el sopor? ¿Acaso creemos que ese es un estudio liberal para nuestra juventud, cuando nuestros antepasados ejercitaron a la suya erguida lanzando jabalinas, arrojando la estaca, montando caballos, manejando armas? A sus hijos no les enseñaban nada que hubiera que aprender tumbados. Pero ni estas ni aquellas enseñan o alimentan la virtud; pues ¿de qué sirve gobernar un caballo y moderar su carrera con el freno, si uno es arrastrado por pasiones completamente desenfrenadas? ¿De qué sirve vencer a muchos en la lucha o en el pugilato, si uno es vencido por la ira?

«¿Qué, pues? ¿Los estudios liberales no nos aportan nada?» Para otras cosas, mucho; para la virtud, nada; pues también estos oficios viles que consisten en el trabajo manual aportan muchísimo a los instrumentos de la vida, sin embargo, no pertenecen a la virtud. «¿Por qué, entonces, instruimos a los hijos en los estudios liberales?» No porque puedan dar la virtud, sino porque preparan el alma para recibirla. Así como aquella primera enseñanza, como la llamaban los antiguos, por la cual se transmiten a los niños los elementos, no enseña las artes liberales sino que prepara el terreno para percibirlas después, así las artes liberales no conducen el alma a la virtud, sino que la disponen.

Posidonio dice que hay cuatro géneros de artes: están las vulgares y sórdidas, están las lúdicas, están las pueriles, están las liberales. Vulgares son las de los artesanos, que consisten en el trabajo manual y están ocupadas en equipar la vida, en las cuales no hay ninguna apariencia de decoro ni de honestidad. Lúdicas son las que tienden al placer de los ojos y de los oídos; a estas puedes añadir a los tramoyistas que inventan plataformas que se levantan por sí mismas y pisos que crecen silenciosamente hacia lo alto y otras variedades inesperadas, ya sea separándose cosas que estaban juntas, ya sea uniéndose espontáneamente las que estaban distantes, ya sea bajando gradualmente sobre sí mismas las que sobresalían. Con estas cosas son heridos los ojos de los ignorantes, que se asombran de todo lo súbito porque desconocen las causas. Pueriles son, y tienen algo semejante a las liberales, estas artes que los griegos llaman «encíclicas» y nosotros, en cambio, liberales. Pero solo son liberales, o más bien, por decirlo con mayor verdad, libres, aquellas cuyo cuidado es la virtud.

«Así como», dice, «hay una parte de la filosofía que es natural, hay una moral, hay una racional, así también esta multitud de artes liberales reivindica un lugar para sí en la filosofía. Cuando se llega a las cuestiones naturales, se recurre al testimonio de la geometría; por tanto, es parte de aquello que ayuda». Muchas cosas nos ayudan y no por eso son partes nuestras; es más, si fueran partes, no ayudarían. El alimento es una ayuda del cuerpo y sin embargo no es parte de él. La geometría nos presta algún servicio: es necesaria para la filosofía como lo es para ella el herrero, pero este no es parte de la geometría ni aquella de la filosofía. Además, ambas tienen sus límites propios; pues el sabio investiga y conoce las causas de los fenómenos naturales, de los cuales el geómetra persigue y calcula los números y las medidas. El sabio sabe por qué razón se mantienen los cuerpos celestes, qué fuerza o qué naturaleza tienen: el matemático computa sus cursos y retrocesos y ciertas apariciones por las cuales descienden y se elevan y a veces presentan la apariencia de estar quietos, cuando a los cuerpos celestes no les es posible estar quietos. El sabio sabrá qué causa produce las imágenes en el espejo: el geómetra puede decirte cuánto debe estar separado un cuerpo de la imagen y qué forma de espejo produce qué imágenes. El filósofo probará que el sol es grande, el matemático cuán grande es, quien avanza por cierto uso y ejercicio. Pero para que avance, tiene que obtener ciertos principios; ahora bien, no es un arte autónoma aquella cuyo fundamento es precario. La filosofía no pide nada a otro, levanta toda la obra desde lo más hondo: la matemática, por así decirlo, es superficiaria, edifica en lo ajeno; recibe los primeros principios, con cuyo beneficio llega a los ulteriores. Si fuera por sí misma hacia la verdad, si pudiera comprender la naturaleza del mundo entero, diría que aporta mucho a nuestras mentes, que crecen con el estudio de las cosas celestes y extraen algo de lo alto.

Una sola cosa perfecciona el alma: el conocimiento inmutable del bien y del mal; pero ningún otro arte se preocupa del bien y del mal. Quisiera recorrer cada una de las virtudes. La fortaleza desprecia lo que es de temer; mira con desdén, desafía y quebranta todo lo terrible que pretende someter a yugo nuestra libertad: ¿acaso los estudios liberales fortalecen esta virtud? La lealtad es el bien más sagrado del corazón humano, ninguna necesidad la obliga a engañar, ninguna recompensa la corrompe: «Quema, destroza, mata —dice—: no delataré, y cuanto más profundamente busque el dolor los secretos, más hondo los esconderé». ¿Acaso los estudios liberales pueden formar almas así? La templanza domina los placeres, odia y expulsa a unos, administra otros y los reduce a una medida saludable, y nunca se acerca a ellos por ellos mismos; sabe que la medida óptima de los deseos no es tomar cuanto quieras, sino cuanto debas. La humanidad prohíbe ser soberbio con los compañeros, prohíbe ser amargo; se muestra afable y accesible con todos en palabras, obras y sentimientos; no considera ajeno ningún mal, y ama su propio bien sobre todo porque va a beneficiar a otro. ¿Acaso los estudios liberales enseñan estas costumbres? No más que la sencillez, que la modestia y la moderación, no más que la frugalidad y la parsimonia, no más que la clemencia, que perdona la sangre ajena como si fuera la propia y sabe que el hombre no debe ser usado pródiga­mente por el hombre.

«Cuando decís —argumentan— que sin estudios liberales no se llega a la virtud, ¿cómo negáis que no aportan nada a la virtud?» Porque tampoco se llega a la virtud sin alimento, y sin embargo el alimento no pertenece a la virtud; la madera no aporta nada al barco, aunque el barco no se fabrica sino con madera: no hay razón, digo, para que creas que algo se hace con ayuda de aquello sin lo cual no puede hacerse. Puede decirse también esto: que se puede llegar a la sabiduría sin estudios liberales; pues aunque la virtud debe aprenderse, no se aprende por estos medios. ¿Por qué habría de pensar que no llegará a ser sabio quien no conoce las letras, si la sabiduría no reside en las letras? Transmite realidades, no palabras, y no sé si es más segura la memoria que no tiene ningún apoyo fuera de sí. La sabiduría es algo grande y espacioso; necesita un lugar vacío; debe aprenderse sobre lo divino y lo humano, sobre lo pasado y lo futuro, sobre lo caduco y lo eterno, sobre el tiempo. Mira acerca de esto último cuántas cuestiones se plantean: primero, si es algo por sí mismo; luego, si hay algo antes del tiempo, algo sin tiempo; si comenzó con el universo o si también antes del universo, porque existió algo, existió también el tiempo. Son innumerables las cuestiones solo sobre el alma: de dónde procede, qué naturaleza tiene, cuándo comienza a existir, cuánto dura, si pasa de un sitio a otro y cambia de morada lanzada a otras formas de seres vivos, o si sirve una sola vez y una vez liberada vaga por el todo; si es cuerpo o no; qué hará cuando deje de actuar a través de nosotros, cómo usará su libertad cuando huya de esta jaula; si olvida lo anterior y comienza a conocerse desde el momento en que, separada del cuerpo, se retira a las alturas. Cualquier parte de las cosas humanas y divinas que examines, te agotarás con la inmensa cantidad de cosas que investigar y aprender. Para que estas cosas tan numerosas y tan grandes puedan tener libre hospedaje, deben eliminarse del alma las superfluidades. La virtud no se entregará a estas estrecheces; la grandeza requiere un espacio amplio. Expúlsalo todo, deja todo el pecho libre para ella.

«Pero es agradable el conocimiento de muchas artes». Retengamos de ellas, pues, solo lo necesario. ¿Acaso consideras reprensible al que compra cosas superfluas para su uso y despliega en casa un lujo de objetos preciosos, y no crees que merece reproche quien está ocupado en un mobiliario superfluo de letras? Querer saber más de lo suficiente es un tipo de intemperancia. ¿Y qué decir de que esta persecución de las artes liberales hace a los hombres molestos, verbosos, inoportunos, pagados de sí mismos, y por eso no aprenden lo necesario porque han aprendido lo superfluo? El gramático Dídimo escribió cuatro mil libros: me daría lástima si hubiera leído tantas cosas superfluas. En esos libros se investiga la patria de Homero, en ellos la verdadera madre de Eneas, en ellos si Anacreonte vivió más lujurioso o más borracho, en ellos si Safo fue una prostituta, y otras cosas que habría que desaprender si las supieras. ¡Anda ahora y niega que la vida es larga!

Pero cuando llegues también a los nuestros, te mostraré muchas cosas que deben cortarse a hachazos. Con gran gasto de tiempo, con gran molestia de oídos ajenos, se paga este elogio: «¡Oh, hombre erudito!». Contentémonos con este título más rústico: «¡Oh, hombre bueno!». ¿Así ha de ser? ¿Desenrollaré los anales de todos los pueblos e investigaré quién escribió primero poemas? ¿Calcularé cuánto tiempo medió entre Orfeo y Homero, cuando no tengo el calendario? ¿Revisaré las marcas de Aristarco con las que puntuó versos ajenos, y consumiré mi vida en sílabas? ¿Así me quedaré pegado al polvo de la geometría? ¿Hasta tal punto se me ha olvidado aquel precepto saludable: «ahorra tiempo»? ¿Sabré estas cosas? ¿Y qué ignoraré? Apión el gramático, que bajo el reinado de Cayo César recorrió toda Grecia y fue adoptado en nombre de Homero por todas las ciudades, decía que Homero, una vez terminadas ambas obras, la Odisea y la Ilíada, había añadido un proemio a su obra con el que abarcaba la guerra de Troya. Como prueba de esto aducía que había puesto dos letras en el primer verso conteniendo intencionadamente el número de sus libros. Tales cosas debe saber quien quiere saber mucho. ¿No quieres reflexionar cuánto tiempo te quita la mala salud, cuánto la ocupación pública, cuánto la ocupación privada, cuánto la ocupación cotidiana, cuánto el sueño? Mide tu vida: no cabe tanto. Hablo de los estudios liberales: ¡cuánto tienen los filósofos de superfluo, cuánto alejado del uso! También ellos han descendido a las distinciones de sílabas y a las propiedades de las conjunciones y las preposiciones, y han envidiado a los gramáticos, han envidiado a los geómetras; todo lo superfluo que había en sus artes lo trasladaron a la suya. Así se ha conseguido que supieran hablar con más esmero que vivir. Escucha cuánto daño hace la excesiva sutileza y cuán enemiga de la verdad es. Protágoras dice que sobre todo asunto puede discutirse en ambos sentidos por igual, y sobre esto mismo, si todo asunto es discutible en ambos sentidos. Nausífanes dice que de las cosas que parecen ser, nada es más que no es. Parménides dice que de las cosas que parecen, nada es. Zenón de Elea apartó todos los asuntos del asunto: dice que nada es. En torno a lo mismo más o menos giran los pirrónicos, los megáricos, los eretríacos y los académicos, que introdujeron una nueva ciencia, no saber nada. Arroja todo esto al rebaño superfluo de los estudios liberales; unos me transmiten un conocimiento que no me aprovechará, otros me arrebatan la esperanza de todo conocimiento. Es mejor saber cosas superfluas que nada. Unos no ofrecen luz con la que dirigir la mirada hacia la verdad, otros me arrancan los ojos. Si creo a Protágoras, nada hay en la naturaleza sino lo dudoso; si a Nausífanes, solo esto es cierto, que nada es cierto; si a Parménides, nada existe excepto lo uno; si a Zenón, ni siquiera lo uno. ¿Qué somos entonces nosotros? ¿Qué son estas cosas que nos rodean, nos alimentan, nos sostienen? Toda la naturaleza es una sombra, o es vacía o engañosa. No sabría decir fácilmente con cuáles me irrito más, si con los que quisieron que no supiéramos nada, o con los que ni siquiera nos dejaron esto, no saber nada. Adiós.

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