Clasicalia
InicioCartas a LucilioLibro VIII
8 / 16

Libro VIII

Cartas a Lucilio · Séneca · 50 min de lectura

Carta70

Después de mucho tiempo visité tu Pompeya. Me vi devuelto a la época de mi juventud; me parecía que todavía podía hacer todo lo que había hecho allí de joven y que lo había hecho hace poco. Hemos navegado más allá de nuestra vida, Lucilio, y tal como en el mar, según dice nuestro Virgilio,

se alejan las tierras y las ciudades,

así en esta travesía de un tiempo rapidísimo primero ocultamos la niñez, después la adolescencia, después todo aquello que está en medio entre el joven y el anciano, situado en el límite de ambos, luego los mejores años de la misma vejez; por último empieza a aparecer el final común del género humano. Nosotros, en nuestra extrema locura, pensamos que es un escollo: es un puerto, que alguna vez hay que buscar, que nunca hay que rechazar, y si alguien es conducido a él en sus primeros años, no debe quejarse más que quien navegó rápido. Pues, como sabes, a uno lo entretienen y detienen vientos lentos y lo fatigan con el tedio de una calma muy lenta; a otro un viento constante lo lleva con gran rapidez. Piensa que nos ocurre lo mismo: a unos la vida los ha conducido muy rápidamente adonde había que llegar incluso retrasándose, a otros los ha consumido y cocido. Esta, como sabes, no siempre hay que conservarla; pues el bien no es vivir, sino vivir bien.

Así pues, el sabio vivirá cuanto debe, no cuanto puede. Verá dónde va a vivir, con quiénes, cómo, qué va a hacer. Piensa siempre cómo es su vida, no cuánto dura. Si se presentan muchas molestias que perturban su tranquilidad, se libera; y no hace esto solo en caso de extrema necesidad, sino que tan pronto como la fortuna empieza a resultarle sospechosa, observa con atención si debe acabar allí. No piensa que le importe hacerse el final o recibirlo, si ocurre más tarde o más pronto: no tiene miedo como si fuera una gran pérdida; nadie puede perder mucho por goteo. Morir antes o después no importa; morir bien o morir mal sí importa; y morir bien es escapar del peligro de vivir mal. Por eso considero muy afeminada la voz de aquel rodio que, cuando fue arrojado a una jaula por un tirano y alimentado como si fuera un animal salvaje, le dijo a uno que le aconsejaba que rechazara la comida: «Un hombre debe conservar la esperanza en todo mientras viva». Aunque esto sea verdad, no hay que comprar la vida a cualquier precio. Aunque sean grandes, aunque sean seguras, no iré hacia ciertas cosas con la vergonzosa confesión de mi debilidad: ¿voy yo a pensar que la fortuna puede hacerlo todo con quien vive, en lugar de pensar que la fortuna no puede hacer nada con quien sabe morir?

Sin embargo, a veces, incluso si se le echa encima una muerte segura y sabe que se le ha destinado un suplicio, no prestará su mano a su castigo: se la prestaría a sí mismo. Es estúpido morir por miedo a la muerte: viene quien te matará, espéralo. ¿Por qué te adelantas? ¿Por qué asumes el encargo de la crueldad ajena? ¿Tienes envidia de tu verdugo o le perdonas? Sócrates pudo terminar su vida con la abstinencia y morir de hambre en lugar de por el veneno; sin embargo pasó treinta días en la cárcel esperando la muerte, no con la idea de que todo pudiera ocurrir, de que un tiempo tan largo admitiera muchas esperanzas, sino para ofrecerse a las leyes, para ofrecer a sus amigos el último Sócrates del que disfrutar. ¿Qué habría sido más estúpido que despreciar la muerte y temer el veneno? Escribonia fue una mujer seria, tía de Druso Libón, un joven tan estúpido como noble, que esperaba cosas mayores de las que en aquella época cualquiera podía esperar o él mismo en ninguna. Cuando fue sacado enfermo del senado en litera sin demasiado cortejo fúnebre —pues todos sus parientes lo habían abandonado ya impíamente, siendo ya no un reo sino un cadáver—, empezó a considerar si debía quitarse la vida o esperarla. Escribonia le dijo: «¿Qué placer encuentras en ocuparte del asunto de otro?» No lo convenció: se dio muerte, y no sin razón. Pues el que va a morir dentro del tercer o cuarto día, si vive según el criterio de sus enemigos, se ocupa del asunto de otro.

No puedes, por tanto, pronunciarte sobre el asunto en términos generales, sobre si cuando una fuerza externa anuncia la muerte hay que adelantarse o esperarla; pues hay muchas cosas que pueden inclinarte hacia una u otra parte. Si una muerte es con tormento y la otra simple y fácil, ¿por qué no echar mano a esta? Del mismo modo que elegiré un barco para navegar y una casa para habitar, así elegiré una muerte para salir de la vida. Además, del mismo modo que una vida más larga no es necesariamente mejor, así una muerte más larga es necesariamente peor. En ningún asunto más que en la muerte debemos complacer a nuestro ánimo. Que salga por donde ha tomado impulso: ya apetezca el hierro, ya la cuerda, ya alguna bebida que ocupe las venas, que siga adelante y rompa las cadenas de la esclavitud. Cada uno debe hacer aprobar su vida también por otros, su muerte para sí mismo: la mejor es la que agrada. Es estúpido pensar esto: «alguien dirá que actué con poco valor, alguien con demasiada temeridad, alguien que hubo algún tipo de muerte más valeroso». ¿Quieres pensar que tienes entre manos una decisión a la que no le concierne la fama? Mira solo esto: escapar de la fortuna lo más rápido posible; de otro modo habrá quienes opinen mal de tu acción.

Encontrarás incluso entre los que profesan la sabiduría quienes niegan que haya que poner las manos sobre la propia vida y juzgan sacrilegio convertirse en el propio asesino: hay que esperar el final que la naturaleza ha decretado. Quien dice esto no ve que cierra el camino de la libertad: nada mejor hizo la ley eterna que darnos una sola entrada a la vida, pero muchas salidas. ¿Voy a esperar yo la crueldad de una enfermedad o de un hombre, cuando puedo salir en medio de los tormentos y rechazar las adversidades? Esto es lo único por lo que no podemos quejarnos de la vida: no retiene a nadie. Las cosas humanas están en buen lugar, porque nadie es miserable sino por su propia culpa. ¿Te agrada? Vive. ¿No te agrada? Puedes volver adonde viniste. Para aliviar un dolor de cabeza a menudo te han sacado sangre; se abre una vena para adelgazar el cuerpo. No hace falta abrir el pecho con una herida enorme: con un bisturí se abre el camino hacia aquella gran libertad y con un pinchazo se obtiene la seguridad. Entonces, ¿qué es lo que nos hace perezosos e inactivos? Ninguno de nosotros piensa que algún día hay que salir de esta morada; así la indulgencia del lugar y la costumbre retienen a los viejos inquilinos incluso entre las injurias. ¿Quieres ser libre respecto a este cuerpo? Habita como quien va a emigrar. Proponte que algún día habrá que abandonar esta convivencia: serás más fuerte ante la necesidad de partir. Pero ¿cómo va a venir a la mente su propio fin a quienes lo codician todo sin fin? Ninguna meditación es tan necesaria como esta; pues las demás quizá se practican en vano. El ánimo se preparó contra la pobreza: las riquezas permanecieron. Nos armamos para el desprecio del dolor: la felicidad de un cuerpo íntegro y sano nunca nos exigió la prueba de esta virtud. Nos enseñamos a soportar valientemente la añoranza de los perdidos: la fortuna conservó vivos a todos los que amábamos. Vendrá el día que exija la práctica de esta única cosa. No hay razón para que pienses que esta fortaleza para romper las barreras de la esclavitud humana solo la tuvieron los grandes hombres; no hay razón para que juzgues que esto solo puede hacerse por un Catón, quien extrajo con la mano el alma que no había enviado con el hierro: hombres de la condición más vil escaparon hacia la seguridad con gran ímpetu, y como no se les permitió morir cómodamente ni elegir a su arbitrio los instrumentos de muerte, arrebataron cualquier cosa que encontraron y con su violencia convirtieron en armas lo que por naturaleza no era dañino. Hace poco en una escuela de gladiadores uno de los germanos, mientras era preparado para los espectáculos matutinos, se retiró para evacuar el cuerpo —no se le daba ninguna otra intimidad sin custodia—; allí se metió entero en la garganta aquel palo que, con una esponja adherida, estaba colocado para limpiar las partes obscenas, y obstruyendo las fauces expulsó el aliento. Esto fue hacer un ultraje a la muerte. Así sin duda, poco limpiamente y poco decorosamente: ¿qué hay más estúpido que morir delicadamente? ¡Oh hombre valiente, oh digno de que se le diera la elección del destino! ¡Qué valientemente habría usado la espada, con qué ánimo se habría arrojado a la profunda altura del mar o de un precipicio cortado! Privado de todo encontró cómo deberse la muerte y el arma, para que sepas que para morir no hay otro obstáculo que querer. Que cada uno juzgue el acto de este hombre durísimo como le parezca, con tal de que conste esto: es preferible la muerte más sucia a la esclavitud más limpia.

Puesto que he comenzado a usar ejemplos sórdidos, voy a perseverar; pues cada uno exigirá más de sí mismo si ve que este asunto puede ser desdeñado incluso por los más despreciables. Consideramos que los Catones y Escipiones y otros a quienes acostumbramos oír con admiración están situados por encima de nuestra imitación: ahora voy a demostrar que esa virtud tiene tantos ejemplos en el anfiteatro de fieras como en los generales de la guerra civil. Cuando hace poco era conducido bajo custodia uno que había sido enviado al espectáculo matutino, como si cediera al sueño inclinó la cabeza, la bajó hasta insertarla en los radios, y se mantuvo en su asiento hasta que la vuelta de la rueda le rompió el cuello; escapó en el mismo vehículo en que era llevado al suplicio. Nada detiene al que desea irrumpir y salir: la naturaleza nos custodia en descubierto. Quien cuenta con la necesidad propia, que busque una salida suave; quien tiene a mano varios medios por los que afirmarse, que elija y considere de qué modo preferentemente liberarse; para quien la ocasión es difícil, que agarre cualquiera que se le presente como la mejor, aunque sea inaudita, aunque sea nueva. No faltará ingenio para la muerte a quien no le haya faltado ánimo. ¿Ves cómo incluso los esclavos más ínfimos, cuando el dolor les ha clavado los aguijones, se levantan y burlan las vigilancias más rigurosas? Grande es aquel hombre que no solo se ordenó la muerte sino que la inventó. Del mismo espectáculo te prometí más ejemplos. En el segundo combate naval, uno de los bárbaros hundió toda la lanza que había recibido para los adversarios en su propia garganta. «¿Por qué, por qué» dijo «no escapo ya de todo tormento, de todo ludibrio? ¿Por qué espero armado la muerte?» Tanto más hermoso fue este espectáculo cuanto que los hombres aprenden a morir más honrosamente de lo que aprenden a matar. ¿Qué pues? ¿Lo que tienen también los ánimos perdidos y criminales no lo tendrán aquellos a quienes instruyó contra estos azares una larga meditación y la razón maestra de todas las cosas? Ella nos enseña que los accesos del destino son variados, el final es el mismo, y que nada importa por dónde empiece lo que viene. Esa misma razón aconseja que si es posible mueras como te place, si no como puedas, y que te lances sobre cualquier cosa que se presente para infligirte violencia. Es injusto vivir robado, pero por el contrario es hermosísimo morir robado. Adiós.

Carta71

Continuamente me consultas sobre asuntos particulares, olvidando que nos separa un vasto mar. Como gran parte del consejo depende del momento, necesariamente sucede que sobre ciertos asuntos te llega mi opinión cuando ya es preferible la contraria. Pues los consejos se ajustan a las circunstancias; nuestras circunstancias son arrastradas, más aún, son arrolladas; por tanto el consejo debe nacer al día. Y esto también es demasiado tardío: que nazca a la mano, como dicen. Cómo encontrarlo te lo mostraré. Siempre que quieras saber qué se debe evitar o qué buscar, mira hacia el sumo bien, el propósito de toda tu vida. Pues debe concordar con él todo lo que hacemos: no dispondrá las cosas particulares aquel a quien no se le ha propuesto ya la suma de su vida. Nadie, aunque tenga preparados los colores, reproducirá un parecido si no tiene ya claro qué quiere pintar. Por eso pecamos porque todos deliberamos sobre las partes de la vida, nadie delibera sobre el todo. Debe saber qué busca aquel que quiere lanzar una flecha, y entonces dirigir y moderar con la mano el proyectil: nuestros consejos yerran porque no tienen hacia dónde dirigirse; para quien ignora qué puerto busca, ningún viento es el suyo. Necesariamente el azar puede mucho en nuestra vida, porque vivimos por azar. Pero a algunos les sucede que ignoran ciertas cosas que saben; así como a menudo buscamos a aquellos con quienes estamos, así la mayoría ignoramos el fin del sumo bien que está junto a nosotros. Y no con muchas palabras ni con largo rodeo captarás qué es el sumo bien: hay que señalarlo con el dedo, por así decir, y no dispersarlo en muchas cosas. Pues ¿qué tiene que ver dividirlo en partículas? cuando puedes decir «el sumo bien es lo honesto» y, lo que más te admirará, «el único bien es lo honesto, los demás bienes son falsos y adulterinos». Si te persuades de esto y amas la virtud —pues amarla es poco—, cualquier cosa que ella toque, aunque a otros les parezca de cualquier modo, será para ti fausta y feliz. Y ser torturado, con tal que yazcas más seguro que el mismo torturador, y enfermar, con tal que no maldigas a la fortuna, que no cedas a la enfermedad, en fin todo lo que a los demás les parece males también se amansarán y se convertirán en bien, si te elevas sobre ellas. Que esto quede claro: nada es bueno sino lo honesto; y todas las incomodidades serán llamadas bienes por su propio derecho con tal que la virtud las haya honrado. A muchos parecemos prometer más de lo que admite la condición humana, no sin motivo; pues miran al cuerpo. Que se vuelvan al alma: ya medirán al hombre con el dios.

Levántate, Lucilio el mejor de los hombres, y abandona ese juego escolar de filósofos que reducen a sílabas el asunto más magnífico, que rebajan y desgastan el ánimo enseñando minucias: te harás semejante a aquellos que descubrieron estas cosas, no a los que las enseñan y hacen que la filosofía parezca más bien difícil que grande. Sócrates, que redujo toda la filosofía a las costumbres y dijo que esta era la suma de la sabiduría, distinguir bienes y males, «sigue» dijo «a aquellos, si tengo alguna autoridad ante ti, para que seas feliz, y permite parecer necio a alguien. Que quien quiera te haga afrenta e injuria, pero tú nada padecerás, con tal que la virtud esté contigo. Si quieres» dice «ser feliz, si de buena fe eres hombre bueno, permite que alguien te desprecie». Esto nadie lo logrará a menos que antes él mismo haya despreciado todas las cosas, a menos que haya igualado todos los bienes, porque no hay bien sin lo honesto y lo honesto es igual en todo.

«¿Qué pues? ¿No hay ninguna diferencia entre la pretura de Catón y su derrota? ¿No hay ninguna diferencia entre que Catón venza o sea vencido en la batalla de Farsalia? ¿Este bien suyo, por el cual no puede ser vencido al ser vencido el partido, era igual a aquel bien por el cual regresaría victorioso a la patria y arreglaría la paz?» ¿Por qué no iba a ser igual? Pues con la misma virtud se vence la mala fortuna y se ordena la buena; pero la virtud no puede ser mayor o menor: es de una sola estatura. «Pero Cneo Pompeyo perderá el ejército, y aquel hermosísimo adorno de la república, los optimates, y la primera línea del partido pompeyano, el senado portando armas, serán destrozados en una sola batalla, y la ruina de tan gran imperio se dispersará por todo el orbe: una parte caerá en Egipto, otra en África, otra en España. Ni siquiera esto le tocará a la desdichada república, caer de una vez». Aunque todo esto suceda: aunque a Juba no le ayude en su reino el conocimiento de los lugares, ni la virtud más obstinada de los suyos en favor de su rey, y aunque también la lealtad de los uticenses quebrada por los males desfallezca y en África la fortuna de su nombre abandone a Escipión: hace tiempo que se previó que Catón no sufriera ningún daño. «Sin embargo fue vencido». Cuenta esto también entre las derrotas de Catón: soportará con tan gran ánimo que algo se opusiera a su victoria como a su pretura. El día que fue derrotado jugó, la noche en que iba a morir leyó; tuvo en el mismo lugar el perder la pretura y la vida; se había persuadido de que todo lo que sucediera debía ser soportado.

¿Por qué no iba él a soportar con ánimo fuerte y ecuánime el cambio de la república? Pues ¿qué está exceptuado del peligro de cambio? No la tierra, no el cielo, no toda esta estructura de todas las cosas, aunque sea conducida por la acción de un dios; no siempre mantendrá este orden, sino que algún día la arrojará de este curso. Todas las cosas van en tiempos fijos: deben nacer, crecer, extinguirse. Todo lo que ves correr sobre nosotros y esto en lo que nos apoyamos e imponemos como lo más sólido será desgastado y cesará; no hay nada que no tenga su vejez. Con intervalos desiguales la naturaleza envía esto al mismo lugar: todo lo que es no será, y no perecerá sino que será disuelto. Para nosotros disolverse es perecer; pues contemplamos lo más próximo, y no mira hacia lo más lejano la mente torpe y que se ha vinculado al cuerpo; de otro modo soportaría más fuertemente su fin y el de los suyos, si esperara que, así como todas aquellas cosas, también la vida y la muerte van por turnos, y que lo compuesto se disuelve, lo disuelto se compone, y que en esta obra se ejercita el arte eterno del dios que gobierna todas las cosas. Por lo tanto, como Marco Catón, cuando haya recorrido la época con el ánimo, dirá: «todo el género humano, el que existe y el que existirá, está condenado a muerte; todas las ciudades que en cualquier lugar ejercen el poder y que son grandes ornamentos de imperios ajenos, se buscará algún día dónde estuvieron y serán eliminadas con variado género de destrucción: a unas las destruirán las guerras, a otras las consumirá la desidia y la paz vuelta hacia la inercia y, cosa ruinosa para las grandes riquezas, el lujo. Todos estos campos fértiles una repentina inundación del mar los ocultará o el hundimiento de un suelo que se asienta en súbita caverna se los llevará. ¿Qué hay pues para que me indigne o duela, si con un exiguo momento me adelanto a los destinos públicos?» Un gran ánimo obedezca al dios y sin vacilación padezca lo que ordene la ley del universo: o es enviado a una vida mejor para permanecer más luminoso y tranquilo entre lo divino, o ciertamente sin ninguna incomodidad va a quedar, si se mezcla de nuevo con la naturaleza y regresa al todo. No es pues mayor bien de Marco Catón la vida honesta que la muerte honesta, ya que la virtud no se extiende. Sócrates decía que la verdad y la virtud son lo mismo. Así como aquella no crece, tampoco la virtud: tiene sus números, está completa.

No debes extrañarte, pues, de que los bienes sean iguales, tanto los que hay que elegir deliberadamente como los que hay que tomar si las circunstancias lo requieren. Porque si aceptas esta desigualdad de manera que cuentes entre los bienes menores el ser torturado con valentía, contarás también entre los males, y dirás que Sócrates fue infeliz en la cárcel, que Catón fue infeliz al reabrir sus heridas con más brío del que se las había causado, que Régulo fue el más desgraciado de todos al pagar el castigo por mantener su palabra incluso ante sus enemigos. Y sin embargo, nadie se ha atrevido a decir esto, ni siquiera los más blandos: niegan que fuera feliz, pero no niegan que fuera desdichado. Los antiguos académicos reconocen que es feliz incluso en medio de estos tormentos, pero no hasta el nivel perfecto ni completo, lo cual de ningún modo puede aceptarse: si no es feliz, no está en el bien supremo. Lo que es supremo no tiene un grado por encima de sí, siempre que en él resida la virtud, si las adversidades no la disminuyen, si permanece intacta incluso con el cuerpo destrozado: y permanece, en efecto. Pues entiendo por virtud algo animoso y elevado, que excita todo lo que la acosa. Este espíritu que con frecuencia adoptan los jóvenes de noble naturaleza, a quienes ha conmovido la belleza de alguna empresa honesta, para despreciar todo lo fortuito, ciertamente la sabiduría lo infundirá y lo proporcionará; convencerá de que el único bien es lo honesto, que esto no puede disminuir ni aumentar, no más de lo que doblarás la regla que suele emplearse para comprobar lo recto. Cualquier modificación que hagas de ella es una violación de lo recto. Lo mismo diremos, pues, de la virtud: también ella es recta, no admite curvatura; no puede intensificarse más. Ella juzga sobre todas las cosas, sobre ella ninguna. Si ella misma no puede hacerse más recta, tampoco las cosas que ella hace son unas más rectas que otras; pues es necesario que correspondan a ella; así pues, son iguales.

«¿Qué, entonces?», dices, «¿estar tumbado en un banquete y ser torturado son iguales?» ¿Te parece extraño esto? Puedes asombrarte más aún de esto: estar tumbado en un banquete es un mal, estar tumbado en el potro es un bien, si lo primero se hace vergonzosamente y lo segundo honestamente. No es la materia lo que hace buenos o malos esos actos, sino la virtud; dondequiera que ella aparezca, todo tiene la misma medida y el mismo valor. Ahora me amenaza con las manos en los ojos aquel que juzga el ánimo de todos por el suyo, porque digo que son bienes iguales los de quien juzga honestamente y quien corre peligro honestamente, porque digo que son bienes iguales los del que triunfa y los del que es conducido ante el carro con ánimo invicto. Pues no creen que pueda hacerse lo que ellos no pueden hacer; emiten su juicio sobre la virtud desde su debilidad. ¿Qué te extraña de que ser quemado, herido, matado, atado ayude y a veces incluso guste? Para el lujurioso la frugalidad es un castigo, para el perezoso el trabajo es un suplicio, el delicado compadece al laborioso, para el ocioso estudiar es una tortura: del mismo modo, estas cosas a las que todos somos débiles las creemos duras e intolerables, olvidando para cuántos es un tormento carecer de vino o levantarse al amanecer. Estas cosas no son difíciles por naturaleza, sino que nosotros somos blandos y débiles. Hay que juzgar con grandeza de ánimo sobre las grandes cosas; de otro modo, parecerá que el defecto es de ellas cuando es nuestro. Así, ciertas cosas totalmente rectas, cuando se sumergen en el agua, ofrecen a quienes las miran la apariencia de estar curvadas o rotas. No importa solo qué ves, sino cómo: nuestra mente se nubla para percibir las verdades. Dame un joven incorrupto y de ingenio vivaz: dirá que le parece más afortunado quien soporte con cerviz rígida todas las cargas de las adversidades, quien se eleve por encima de la fortuna. No es asombroso no estremecerse en la tranquilidad: asómbrate de esto, de que alguien se eleve allí donde todos son abatidos, de que se mantenga en pie allí donde todos yacen. ¿Qué hay de malo en los tormentos, qué hay en las demás cosas que llamamos adversas? Esto, según creo: que la mente ceda, se doble y sucumba. Nada de esto puede ocurrirle al sabio: se mantiene erguido bajo cualquier peso. Nada lo hace menor; nada de lo que hay que soportar le desagrada. Pues no se queja de que haya caído sobre él lo que puede caer sobre un hombre. Conoce sus fuerzas; sabe que puede soportar la carga. No saco al sabio del número de los hombres ni aparto de él los dolores como de algún peñasco que no admite sensación alguna. Recuerdo que está compuesto de dos partes: una es irracional, esta es mordida, quemada, siente dolor; la otra es racional, esta mantiene opiniones inquebrantables, es intrépida e indomable. En esta reside el bien supremo del hombre. Antes de que se cumpla, hay una vacilación incierta de la mente; pero cuando se completa, tiene una estabilidad inmutable. Así pues, el que está empezando y avanzando hacia las cimas, y es cultivador de la virtud, incluso si se aproxima al bien perfecto pero aún no le ha dado la última mano, irá entretanto retrocediendo y aflojará algo de la tensión de su mente; pues aún no ha superado lo incierto, todavía se encuentra en terreno resbaladizo. Pero el hombre feliz y de virtud consumada se ama a sí mismo especialmente cuando ha sido puesto a prueba con el mayor valor, y si las cosas temibles para los demás son el precio de algún deber honesto, no solo las soporta sino que las abraza y prefiere con mucho oír «tanto mejor» que «tanto más feliz».

Llego ahora a donde me llama tu expectativa. Para que nuestra virtud no parezca vagar fuera de la naturaleza de las cosas, también el sabio temblará, sentirá dolor y palidecerá; pues todos estos son sentidos del cuerpo. ¿Dónde está, pues, la calamidad, dónde está ese mal verdadero? Allí, evidentemente, si estas cosas arrastran el ánimo, si lo llevan a confesar su servidumbre, si le hacen arrepentirse de sí mismo. El sabio ciertamente vence a la fortuna con la virtud, pero muchos que profesan la sabiduría se han aterrorizado a veces ante las amenazas más insignificantes. En este punto está nuestro error, que exigimos lo mismo del sabio que del que progresa. Todavía me persuado a mí mismo de estas cosas que alabo, aún no me he convencido; incluso si me hubiera convencido, aún no las tendría tan preparadas ni tan ejercitadas que acudieran ante todas las circunstancias. Así como la lana absorbe ciertos colores de una vez, y otros no los retiene a menos que se haya macerado y cocido repetidamente, así ciertas disciplinas los ingenios las aplican tan pronto como las han recibido: esta, si no ha descendido profundamente y se ha asentado largo tiempo y no ha coloreado el ánimo sino que lo ha teñido, no cumple nada de lo que prometía. Esto puede transmitirse rápidamente y con poquísimas palabras: que el único bien es la virtud, que ciertamente ninguno existe sin virtud, y que la virtud misma está situada en nuestra parte mejor, es decir, la racional. ¿Qué será esta virtud? Un juicio verdadero e inmutable; pues de este vendrán los impulsos de la mente, por este toda apariencia que mueve el impulso será reducida a lo claro. Será coherente con este juicio considerar buenos todos los que han sido tocados por la virtud y que son iguales entre sí. Pero los bienes de los cuerpos son ciertamente bienes para los cuerpos, mas no lo son en absoluto; tendrán algún precio, sin embargo no tendrán dignidad; diferirán entre sí por grandes intervalos: unos serán menores, otros mayores. Y debemos reconocer que también entre los que siguen la sabiduría hay grandes diferencias: uno ha progresado ya tanto que se atreve a alzar los ojos contra la fortuna, pero no persistentemente –pues se le caen deslumbrados por un excesivo resplandor–, otro tanto que puede confrontar su rostro con ella, a menos que ya haya llegado a la cima y esté lleno de confianza. Los imperfectos necesariamente vacilan y ora avanzan, ora retroceden o caen. Pero retrocederán, a menos que hayan perseverado en seguir y esforzarse; si aflojaran en algo del estudio y de la atención fiel, habrá que retroceder. Nadie encuentra el progreso allí donde lo dejó.

Insistamos, pues, y perseveremos; queda más de lo que hemos avanzado, pero gran parte del progreso es querer progresar. Soy consciente de esto: quiero y con toda mi mente quiero. Veo también que tú estás impulsado y te apresuras con gran ímpetu hacia las cosas más hermosas. Apresurémonos: solo así la vida será un beneficio; de otro modo es una demora, y vergonzosa además para quienes se ocupan de cosas vergonzosas. Ocupémonos de que todo nuestro tiempo sea nuestro; pero no lo será, si antes no empezamos a pertenecernos a nosotros mismos. ¿Cuándo nos será dado despreciar una y otra fortuna, cuándo nos será dado emitir esta voz, habiendo sometido todos los afectos y reducidos a nuestro arbitrio: «He vencido»? Preguntas a quién he vencido. No a los persas ni a los pueblos más remotos de los medos ni a lo belicoso que yace más allá de los daos, sino a la avaricia, a la ambición, al miedo a la muerte, que ha vencido a los vencedores de pueblos. Adiós.

Carta72

Lo que me preguntas lo tenía claro –así había aprendido el asunto–, por sí mismo; pero hace tiempo que no repaso mi memoria, y por tanto no me sigue fácilmente. Lo que ocurre con los libros pegados por el polvo, siento que me ha ocurrido a mí: hay que desplegar el ánimo y lo que está depositado en él debe sacudirse de vez en cuando, para que esté preparado siempre que la necesidad lo exija. Así pues, esto lo diferimos por ahora; pues requiere mucho trabajo, mucha atención. Tan pronto como haya esperado una estancia más larga en el mismo lugar, entonces me ocuparé de eso. Pues hay ciertas cosas que puedes escribir incluso en un carruaje, otras requieren lecho, ocio y retiro. No obstante, también en estos días ocupados hay que hacer algo, y además durante todos ellos. Pues nunca dejarán de surgir nuevas ocupaciones: las sembramos, y así de una salen varias. Luego nos damos a nosotros mismos dilación: «cuando haya terminado esto, me dedicaré con toda mi alma» y «si arreglo este asunto molesto, me entregaré al estudio». No hay que filosofar cuando estés libre, sino que hay que buscar tiempo libre para filosofar; todo lo demás debe descuidarse para que nos dediquemos a esto, para lo cual ningún tiempo es suficientemente largo, incluso si la vida se prolonga desde la infancia hasta los límites más largos de la edad humana. No importa mucho si omites la filosofía o la interrumpes; pues donde se interrumpe no permanece, sino que, a la manera de las cosas que están tensas y se rompen, retrocede hasta sus inicios lo que se apartó de la continuidad. Hay que resistirse a las ocupaciones, y no hay que desenredarlas sino apartarlas. En verdad ningún tiempo es poco adecuado para el estudio saludable; y sin embargo muchos no estudian a causa de aquello por lo que hay que estudiar. «Ocurrirá algo que lo impida.» No, ciertamente, a aquel cuyo ánimo está alegre y vivaz en toda empresa: a los imperfectos todavía se les interrumpe la alegría, pero el gozo del sabio se teje continuo, no lo rompe causa alguna, ninguna fortuna; siempre y en todas partes es tranquilo. Pues no depende de lo ajeno ni espera el favor de la fortuna o del hombre. Su felicidad es doméstica; saldría de su ánimo si entrara: allí nace. A veces interviene desde fuera algo que le recuerda su mortalidad, pero es leve y apenas roza la piel. Digo que es afectado por algún contratiempo; pero ese bien supremo está fijo. Digo esto: desde fuera hay algunos inconvenientes, como en un cuerpo robusto y sólido a veces algunas erupciones de pústulas y pequeñas úlceras, ningún mal en lo profundo. Esto, digo, es la diferencia entre el hombre de sabiduría consumada y otro que progresa: la que hay entre uno sano y uno que emerge de una enfermedad grave y prolongada, para quien tiene por salud una recaída más leve: este, si no presta atención, se agrava de nuevo y vuelve a lo mismo; el sabio no puede recaer, ni siquiera caer más. Pues para el cuerpo la buena salud es temporal, y el médico, aunque la haya devuelto, no la garantiza –a menudo es llamado por el mismo que lo había convocado–: el ánimo se sana de una vez para siempre. Te diré cómo entenderás que está sano: si se contenta consigo mismo, si confía en sí, si sabe que todos los votos de los mortales, todos los beneficios que se dan y se piden, no tienen importancia alguna en la vida feliz. Pues aquello a lo que algo puede añadirse es imperfecto; aquello de lo que algo puede sustraerse es impermanente: aquel cuyo gozo va a ser perpetuo, que se alegre con lo suyo. Pero todas las cosas a las que aspira el vulgo fluyen de un lado a otro: nada da la fortuna en propiedad. Pero incluso estas cosas fortuitas entonces deleitan cuando la razón las ha templado y mezclado: es ella la que también recomienda las cosas externas, cuyo uso es ingrato para los ávidos. Solía Atalo usar esta imagen: «¿has visto alguna vez un perro que captura con la boca abierta trozos de pan o carne lanzados por su amo? Cualquier cosa que atrapa la devora entera inmediatamente y siempre está con la boca abierta por la esperanza de lo que vendrá. Lo mismo nos ocurre a nosotros: lo que la fortuna arroja a los que esperamos, lo tragamos sin placer alguno inmediatamente, excitados y atentos al rapiñaje de otra cosa.» Esto no le ocurre al sabio: está lleno; incluso si algo le sobreviene, lo recibe con seguridad y lo guarda; disfruta del gozo máximo, continuo, suyo. Alguien tiene buena voluntad, ha progresado, pero le falta mucho para lo supremo: este es deprimido y elevado alternativamente y ora es alzado al cielo, ora transportado a la tierra. A los inexpertos y rudos no hay fin a la precipitación; caen en aquel caos epicúreo, el vacío sin término. Hay todavía un tercer género de quienes juegan con la sabiduría, que ciertamente no la han alcanzado, pero la tienen a la vista y, por así decir, al alcance: estos no son sacudidos ni caen tampoco; aún no están en tierra seca, pero ya están en el puerto. Así pues, como son tan grandes las diferencias entre los supremos y los ínfimos, como también a los intermedios los sigue su propia fluctuación, los sigue un inmenso peligro de volver a lo peor, no debemos ceder a las ocupaciones. Hay que excluirlas: si una vez han entrado, sustituirán a otras en su lugar. Opongámonos a sus inicios: es mejor que no comiencen a que terminen. Adiós.

Carta73

Me parece que se equivocan quienes piensan que los entregados fielmente a la filosofía son rebeldes y obstinados, despreciadores de los magistrados o de los reyes o de quienes administran los asuntos públicos. Al contrario, ninguno está más agradecido hacia ellos, y con razón; pues a nadie benefician más que a aquellos a quienes se les permite disfrutar de un ocio tranquilo. Por eso quienes tanto deben a la seguridad pública para su propósito de vivir bien necesariamente veneran al autor de este bien como a un padre, mucho más desde luego que aquellos inquietos y metidos en medio de todo, que deben mucho a los príncipes pero también les reprochan mucho, cuya avidez nunca puede saciar ninguna generosidad lo suficientemente completa como para colmar sus deseos, que crecen mientras se satisfacen. Además, quien piensa en recibir se olvida de lo recibido, y la avidez no tiene mayor defecto que el de ser ingrata. Añade ahora que ninguno de los que participan en la vida pública se fija en a cuántos supera, sino en quiénes lo superan; y no les resulta tan agradable ver a muchos detrás de sí como molesto tener a alguien delante. Tiene este defecto toda ambición: no mira atrás. Y no solo la ambición es inestable, sino toda avidez, porque siempre empieza por el final. En cambio, aquel hombre sincero y puro que ha abandonado la curia y el foro y toda la administración pública para retirarse a cosas mayores, ama a aquellos gracias a los cuales puede hacer esto con seguridad, y solo él les rinde un testimonio desinteresado y les debe mucho sin que lo sepan. Así como venera y respeta a sus maestros por cuyo beneficio sale por aquellos caminos difíciles, así también a estos bajo cuya tutela ejerce las buenas artes.

«Pero también a otros los protege el rey con su poder.» ¿Quién lo niega? Pero del mismo modo que entre quienes han disfrutado de la misma tranquilidad juzga que debe más a Neptuno quien transportó en ese mar más cosas y más valiosas, y el mercader cumple su voto con más entusiasmo que el pasajero, y entre los propios mercaderes con mayor generosidad quien transportaba perfumes y púrpuras y mercancías que se pesan con oro que quien había amontonado productos baratos destinados a servir de lastre, así el beneficio de esta paz, aunque alcance a todos, llega más hondo a quienes hacen buen uso de ella. Pues hay muchos entre estos ciudadanos togados para quienes la paz es más laboriosa que la guerra: ¿acaso crees que deben lo mismo por la paz quienes la emplean en la embriaguez o la lujuria u otros vicios que habría que destruir con la guerra? A no ser que consideres tan injusto al sabio que juzgue que no debe nada individualmente por los bienes comunes. Debo muchísimo al sol y a la luna, y no salen solo para mí; estoy obligado de manera personal hacia el año y hacia el dios que regula el año, aunque no *** en mi honor. La estúpida avaricia de los mortales distingue entre posesión y propiedad y no cree que le pertenece nada de lo que es público; pero el sabio nada juzga más suyo que aquello en lo que tiene participación con el género humano. Pues esas cosas no serían comunes si no le correspondiera una parte de ellas a cada uno; incluso lo que es común en una parte mínima hace socio.

Añade ahora que los bienes grandes y verdaderos no se dividen de modo que a cada uno le toque una parte exigua: llegan enteros a cada uno. De un reparto la gente recibe solo lo que se ha prometido por cabeza; un banquete y un reparto de carne y cualquier otra cosa que se coge con la mano se divide en partes: pero estos bienes indivisibles, la paz y la libertad, son tan enteros de todos como de cada uno. Piensa, pues, gracias a quién le toca el uso y disfrute de estos, gracias a quién la necesidad pública no lo llama a las armas ni a montar guardias ni a defender murallas ni al múltiple tributo de la guerra, y da las gracias a su gobernante. Esto enseña la filosofía principalmente: deber bien los beneficios, pagarlos bien; pero a veces el pago es el reconocimiento mismo. Reconocerá, pues, que debe mucho a aquel por cuya administración y previsión le corresponde un ocio tranquilo y el dominio de su tiempo y un descanso no perturbado por ocupaciones públicas.

«Oh Melibeo, un dios nos ha concedido este ocio; pues será para mí siempre un dios.»

Si incluso aquel ocio debe mucho a su autor, cuyo mayor don es este:

«me permitió que mis vacas vaguen, como ves, y que yo mismo toque en la flauta rústica lo que quiera»,

¿en cuánto estimamos este ocio que se vive entre los dioses, que hace dioses?

Así lo digo, Lucilio, y te llamo al cielo por un atajo. Solía decir Sexto que Júpiter no puede más que un hombre bueno. Júpiter tiene más cosas que ofrecer a los hombres, pero entre dos hombres buenos no es mejor el más rico, del mismo modo que entre dos que tienen igual pericia para manejar el timón no dirías que es mejor quien tiene una nave más grande y hermosa. ¿En qué supera Júpiter al hombre bueno? En ser bueno durante más tiempo: el sabio no se estima en menos porque sus virtudes estén encerradas en un espacio más breve. Así como de dos sabios el que murió más viejo no es más feliz que aquel cuya virtud quedó limitada a menos años, así el dios no supera al sabio en felicidad, aunque lo supere en edad; la virtud no es mayor por ser más larga. Júpiter lo tiene todo, pero desde luego lo ha entregado a otros para que lo tengan: a él solo le corresponde este uso, que es la causa de usar todas las cosas: el sabio ve todas las cosas en manos de otros y las desprecia con el mismo ánimo ecuánime que Júpiter, y se respeta más a sí mismo porque Júpiter no puede usarlas, el sabio no quiere. Creamos, pues, a Sexto que nos muestra el camino más hermoso y grita «por aquí

se va a las estrellas»,

por aquí siguiendo la frugalidad, por aquí siguiendo la templanza, por aquí siguiendo la fortaleza. Los dioses no son desdeñosos ni envidiosos: admiten y tienden la mano a los que ascienden. ¿Te asombra que el hombre vaya hacia los dioses? El dios viene hacia los hombres, es más, lo que está más cerca, viene dentro de los hombres: ninguna mente buena existe sin dios. En los cuerpos humanos están dispersas semillas divinas que, si un buen cultivador las recoge, brotan semejantes a su origen y crecen iguales a aquellas de las que nacieron: si es malo, no de otro modo que la tierra estéril y pantanosa las mata y luego cría desechos en lugar de frutos. Cuídate.

Carta74

Tu carta me deleitó y me animó estando decaído; también despertó mi memoria, que ya se me vuelve lenta y perezosa. ¿Cómo no vas a considerar, mi querido Lucilio, el mayor instrumento de la vida feliz esta convicción de que solo es bien lo que es honesto? Pues quien juzga que hay otros bienes cae en poder de la fortuna, se hace dependiente del juicio ajeno: quien circunscribe todo bien a lo honesto es feliz dentro de sí. Este, perdidos los hijos, está triste; este, preocupado por los enfermos; este, afligido por los deshonrados y salpicados de alguna infamia; verás a aquel atormentado por el amor de una mujer ajena, a aquel por el de la propia; no faltará a quien un fracaso electoral trastorne; habrá a quienes el propio cargo atormente. Pero aquella muchedumbre verdaderamente máxima de toda la población de mortales, de miserables, a la que atormenta la expectativa de la muerte que se cierne por todas partes; pues no hay lugar desde donde no llegue. Y así, como los que están en territorio enemigo, hay que mirar aquí y allá y volver la cabeza ante cualquier ruido; si este miedo no ha sido expulsado del pecho, se vive con el corazón palpitante. Se encontrarán con los expulsados al exilio y despojados de sus bienes; se encontrarán, que es el tipo de pobreza más grave, con los pobres entre las riquezas; se encontrarán con náufragos o con quienes han sufrido algo parecido a un naufragio, a quienes la ira popular o la envidia, arma perniciosa para los mejores, dispersó desprevenidos y confiados como una tempestad que suele surgir en plena confianza de la calma, o de un rayo repentino ante cuyo golpe hasta los vecinos temblaron. Pues como allí quien estuvo más cerca del herido por el fuego se quedó aturdido de modo semejante, así en estas desgracias sobrevenidas por alguna fuerza la calamidad oprime a uno, a los demás el miedo, y la posibilidad de sufrir produce en los demás una tristeza igual a la de los que sufren. Los males ajenos y repentinos inquietan los ánimos de todos. Así como a las aves las aterra incluso el sonido de una honda vacía, así a nosotros nos agita no solo el golpe sino el ruido. No puede, pues, ser feliz quien se ha entregado a esta opinión. Pues no es feliz sino lo que es impávido; se vive mal entre sospechas. Quien se ha entregado mucho a las cosas de la fortuna se ha creado una materia inmensa de perturbación e inextricable: un solo camino hay para quien va hacia lo seguro, despreciar lo externo y contentarse con lo honesto. Pues quien piensa que hay algo mejor que la virtud o algún bien aparte de ella, abre su regazo a las cosas que la fortuna esparce y espera ansioso sus lanzamientos. Pues ten presente en tu ánimo esta imagen: la fortuna organiza juegos y lanza sobre este grupo de mortales honores, riquezas, favores, de los cuales unas cosas se desgarran entre las manos de los que se disputan, otras se dividen en sociedades desleales, otras se agarran con gran perjuicio de aquellos en quienes recayeron. De estas, unas cayeron sobre quienes estaban en otra cosa, otras se perdieron porque se buscaban demasiado y al ser agarradas con avidez fueron rechazadas: pero a nadie, ni siquiera a quien el botín le salió bien, le duró el gozo de lo robado para el futuro. Por eso el más prudente, en cuanto ve que empiezan a repartirse regalitos, huye del teatro y sabe que las cosas pequeñas cuestan caras. Nadie pelea con quien se retira, nadie golpea al que sale: la riña es por el premio. Lo mismo ocurre con las cosas que la fortuna arroja desde arriba: nos agitamos miserables, nos desmembramos, queremos tener muchas manos, miramos ya hacia una parte, ya hacia otra; nos parecen lanzadas demasiado tarde las cosas que irritan nuestras codicias, destinadas a llegar a pocos, esperadas por todos; queremos salir al encuentro de lo que cae; nos alegramos si hemos invadido algo y a algunos los engañó una vana esperanza de invadir; pagamos el vil botín con algún grave perjuicio o somos engañados. Apartémonos, pues, de esos juegos y dejemos lugar a los saqueadores; que ellos contemplen esos bienes colgantes y que ellos mismos queden más colgados.

Quien decida ser feliz debe pensar que lo único bueno es lo honesto; pues si considera que existe cualquier otro bien, en primer lugar juzga mal de la providencia, porque a los hombres justos les suceden muchas desgracias, y porque todo lo que nos ha dado es breve e insignificante si lo comparas con la duración del universo entero. De esta lamentación nace que seamos intérpretes ingratos de los dones divinos: nos quejamos de que no siempre nos toquen en suerte, de que sean pocas, inciertas y pasajeras las cosas que nos llegan. De ahí viene que no queramos ni vivir ni morir: nos domina el odio a la vida, el miedo a la muerte. Todo nuestro propósito se tambalea y ninguna felicidad puede llenarnos. La causa es que no llegamos a aquel bien inmenso e insuperable donde necesariamente tiene que detenerse nuestra voluntad, porque más allá de lo supremo no hay lugar. ¿Preguntas por qué la virtud no necesita nada? Se alegra con lo presente, no ambiciona lo ausente; nada hay que no le parezca grande si es suficiente. Apártate de este criterio: no subsistirán ni la piedad ni la lealtad, porque quien desea practicar una y otra debe soportar muchas de las cosas que se llaman males y sacrificar muchas de aquellas que consideramos bienes. Perece la fortaleza, que debe ponerse a prueba; perece la magnanimidad, que no puede destacar sino despreciando como insignificante todo aquello que el vulgo desea como máximo bien; perecen la gratitud y la reciprocidad si tememos el esfuerzo, si sabemos de algo más valioso que la lealtad, si no miramos hacia lo mejor.

Pero dejando eso a un lado, o bien no son bienes estas cosas que así llamamos, o bien el hombre es más feliz que Dios, puesto que Dios no usa las cosas que nos son queridas; pues ni el deseo ni el lujo de los banquetes ni las riquezas ni nada de lo que seduce al hombre y lo arrastra con placer vil tienen que ver con él. Luego, o es creíble que a Dios le faltan bienes, o esto mismo es prueba de que no son bienes aquello de lo que Dios carece. Añade que muchas de las cosas que quieren parecer bienes les tocan a los animales más plenamente que al hombre. Ellos usan el alimento con mayor avidez, no se fatigan igualmente con el sexo; su fuerza es mayor y su vigor más uniforme: se sigue que son mucho más felices que el hombre. Porque viven sin maldad, sin engaños; disfrutan de placeres que experimentan con mayor intensidad y fácilmente, sin ningún temor a la vergüenza o al arrepentimiento. Considera tú, por tanto, si debe llamarse bien aquello en lo que Dios es vencido por el hombre, y el hombre por los animales. Mantengamos el bien supremo en el alma: se degrada si pasa de nuestra parte mejor a la peor y se transfiere a los sentidos, que son más ágiles en los animales irracionales. No debe ponerse la cumbre de nuestra felicidad en la carne: son verdaderos bienes los que da la razón, sólidos y eternos, que no pueden caer ni siquiera decrecer o disminuir. Los demás son bienes de opinión y tienen, sí, un nombre común con los verdaderos, pero no poseen en sí la propiedad del bien; por tanto, llámenselos ventajas y, por usar nuestro lenguaje, cosas convenientes. Pero sepamos bien que son posesiones nuestras, no partes nuestras, y estén con nosotros pero de modo que recordemos que están fuera de nosotros; incluso si están con nosotros, cuéntense entre lo subordinado y lo humilde, aquello por lo que nadie debe enaltecerse. Pues ¿qué hay más necio que complacerse uno por algo que él mismo no hizo? Que todas esas cosas se nos acerquen, no se nos adhieran, para que si son retiradas se marchen sin desgarrarnos. Usémoslas, no nos gloriemos en ellas, y usémoslas con moderación como cosas depositadas en nosotros y que han de irse. Quien las poseyó sin razón no las retuvo mucho tiempo; pues la misma felicidad, si no se modera, se hunde por su propio peso. Si uno confió en bienes sumamente fugaces, pronto es abandonado y, mientras espera ser abandonado, sufre. A pocos les ha sido dado deponer la felicidad suavemente: los demás se desploman junto con aquello en que destacaban, y los hunden las mismas cosas que los elevaron. Por eso habrá que aplicar la prudencia, que imponga a esas cosas medida y moderación, puesto que el desenfreno precipita y empuja sus propias riquezas, y nunca las cosas inmoderadas duraron a menos que la razón moderadora las contuviera. El resultado de muchas ciudades te mostrará esto: en pleno florecimiento cayeron sus gobiernos lujosos, y todo lo que se había logrado con virtud se derrumbó por la intemperancia. Debemos fortificarnos contra estos azares. Pero ninguna muralla es inexpugnable contra la fortuna: fortifiquémonos por dentro; si esa parte está segura, el hombre puede ser golpeado, pero no capturado. ¿Deseas saber cuál es ese armamento? Que nada le parezca indignante que le suceda y sepa que esas mismas cosas por las que parece ser dañado pertenecen a la conservación del universo y están entre aquellas que completan el curso del mundo y su función; agrade al hombre lo que agradó a Dios; admírese de sí mismo y de lo suyo precisamente por esto: porque no puede ser vencido, porque tiene bajo su dominio los mismos males, porque somete con la razón, que nada hay más fuerte que ella, el azar, el dolor y la injuria. ¡Ama la razón! Este amor te armará contra las cosas más duras. El amor a sus cachorros lanza a las fieras contra las lanzas y su ferocidad e impulso irreflexivo las hace indomables; el deseo de gloria a veces empujó a espíritus juveniles al desprecio tanto del hierro como del fuego; la apariencia y sombra de virtud arrastra a algunos a la muerte voluntaria: ¡cuánto más fuerte que todas estas cosas es la razón, cuánto más constante!, tanto más vehementemente saldrá a través de los miedos mismos y los peligros.

«No conseguís nada —dice— negando que exista otro bien que lo honesto. Esta fortificación no os hará seguros frente a la fortuna e inmunes. Pues decís que entre los bienes están los hijos piadosos, la patria bien gobernada y los buenos padres. No podéis contemplar tranquilos los peligros de estos: os perturbará el asedio de la patria, la muerte de los hijos, la esclavitud de los padres.»

Expondré qué suele responderse en favor de nuestra posición contra esto; luego añadiré qué más creo que debe responderse. Una cosa es cuando las cosas quitadas sustituyen en su lugar algo inconveniente: como la buena salud viciada pasa a la mala; la vista de los ojos extinguida nos afecta con la ceguera; no solo se pierde la velocidad con las corvas cortadas, sino que la debilidad la reemplaza. Este no es el peligro en las cosas que mencionamos hace poco. ¿Por qué? Si perdí un buen amigo, no debo por ello soportar la perfidia en su lugar, ni si enterré buenos hijos sucede en su lugar la impiedad. Además, allí no es la muerte de los amigos o de los hijos sino de los cuerpos. Pero un bien perece de un solo modo: si se convierte en mal; lo cual la naturaleza no permite, porque toda virtud y toda obra de la virtud permanecen incorruptas. Además, incluso si perecieron los amigos, incluso si perecieron hijos probados y correspondientes al deseo del padre, hay algo que llena su lugar. ¿Preguntas qué es? Lo que también los había hecho buenos a ellos: la virtud. Esta no permite que ningún espacio quede vacío, ocupa toda el alma, elimina la añoranza de todos, ella sola basta; pues la fuerza y el origen de todos los bienes está en ella misma. ¿Qué importa que el agua corriente sea interceptada y se vaya, si la fuente de donde manó está a salvo? No dirás que la vida es más justa con los hijos sanos y salvos que con ellos perdidos, ni más ordenada ni más prudente ni más honesta; luego tampoco mejor. El añadido de amigos no hace más sabio al sabio, ni su pérdida más necio; luego tampoco más feliz o más desdichado. Mientras la virtud se mantenga a salvo, no sentirás lo que se haya ausentado.

«¿Qué entonces? ¿No es más feliz quien está rodeado de una multitud de amigos y de hijos?» ¿Por qué no ha de serlo? Pues el bien supremo ni se quebranta ni aumenta; permanece en su medida, como quiera que se haya comportado la fortuna. Ya le haya tocado larga vejez, ya haya terminado antes de la vejez, la medida del bien supremo es la misma, aunque la edad sea diferente. Traces un círculo mayor o menor atañe a su extensión, no a su forma: aunque uno permanezca mucho tiempo y al otro lo borres de inmediato y disuelvas en el polvo en que fue trazado, ambos tuvieron la misma forma. Lo que es recto no se estima por la magnitud ni por el número ni por el tiempo; no puede prolongarse más que contraerse. Recorta una vida honesta de cien años cuanto quieras y redúcela a un solo día: es igualmente honesta. Unas veces la virtud se extiende más ampliamente, gobierna reinos, ciudades, provincias, promulga leyes, cultiva amistades, reparte deberes entre parientes e hijos; otras veces queda cercada en un límite estrecho de pobreza, destierro, orfandad; sin embargo, no es menor si desciende de una cumbre más alta a lo humilde, si de lo regio se retira a lo privado, si de un derecho público y espacioso se reduce a las estrecheces de una casa o de un rincón. Es igualmente grande incluso si se ha replegado en sí misma, excluida de todas partes; pues no es menos de espíritu grande y erguido, de prudencia acabada, de justicia inquebrantable. Por tanto, es igualmente feliz; pues lo feliz está situado en un solo lugar, en la mente misma, estable, grande, tranquilo, lo cual no puede lograrse sin el conocimiento de lo divino y lo humano.

Sigue lo que decía que iba a responder. El sabio no se aflige por la pérdida de sus hijos, ni de sus amigos; soporta su muerte con el mismo ánimo con que espera la suya propia; no teme esta más de lo que se duele por aquella. La virtud se basa en la coherencia: todas sus obras concuerdan y armonizan con ella misma. Esta armonía se pierde si el ánimo, que debe mantenerse elevado, se abate por el luto o el dolor. Toda agitación y desasosiego son indignos, y también la pereza en cualquier acción; lo digno es seguro y está libre de estorbos, no se aterra, permanece dispuesto al combate. «¿Qué entonces? ¿No experimentará algo parecido a la turbación? ¿No se le alterará el color y se le agitará el rostro y se le enfriarán los miembros? ¿Y todo lo demás que no se produce por orden del ánimo, sino por cierto impulso irreflexivo de la naturaleza?» Lo admito; pero permanecerá en él la misma convicción: que nada de eso es un mal ni digno de que una mente sana desfallezca. Hará todo lo que deba hacerse con audacia y prontitud. Pues ¿quién dirá que es propio de la estupidez hacer cobarde y obstinadamente lo que hace, e impulsar el cuerpo hacia un lado y el ánimo hacia otro, y desgarrarse entre movimientos completamente opuestos? Pues por esas mismas cosas con las que se enorgullece y admira es despreciada, y ni siquiera hace de buen grado aquellas por las que se gloria. Si en verdad teme algún mal, se ve oprimida por él de igual modo mientras lo espera, como si ya hubiera llegado, y lo que teme padecer ya lo padece con el miedo. Del mismo modo que en los cuerpos débiles los signos preceden al decaimiento —pues hay cierta debilidad sin vigor y un cansancio sin esfuerzo alguno, y un bostezo y un escalofrío que recorren los miembros—, así el ánimo débil se agita mucho antes de que lo opriman los males; los anticipa y cae antes de tiempo. ¿Qué hay más demencial que angustiarse por el futuro y no reservarse para el tormento, sino buscar las desgracias y acercárselas? Lo mejor es aplazarlas, si no puedes descartarlas. ¿Quieres saber que nadie debe atormentarse por el futuro? Quien haya oído que debe sufrir suplicios pasados los cincuenta años no se turba, a no ser que haya saltado el intervalo y se haya sumergido en esa inquietud que solo será realidad un siglo después: del mismo modo sucede que los ánimos gustosamente enfermos y que buscan motivos de dolor se entristecen por cosas antiguas y ya olvidadas. Y lo pasado y lo futuro están ausentes: ninguno de los dos lo sentimos. No hay dolor sino por lo que sientes. Adiós.

Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →

https://clasicalia.com/cartas-a-lucilio/texto/libro-8-libro-viii/ · Clasicalia · texto íntegro y gratuito
Sobre «Cartas a Lucilio» →

Índice

Pulsa para ir a cualquier libro o capítulo.