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Libro V

Cartas a Lucilio · Séneca · 44 min de lectura

Carta42

¿Ya te ha convencido ese de que es un hombre bueno? Sin embargo, un hombre bueno no puede hacerse ni reconocerse tan rápido. ¿Sabes a quién llamo ahora hombre bueno? A este de segunda categoría; porque aquel otro quizá nace como el fénix una vez cada quinientos años. Y no es extraño que lo grandioso se produzca con intervalo: lo mediocre y lo que nace en masa lo engendra a menudo la fortuna, pero lo excepcional lo hace valer por su propia rareza. Pero ese todavía está muy lejos de lo que proclama; y si supiera qué es un hombre bueno, no creería serlo aún, quizá incluso desesperaría de poder llegar a serlo. «Pero opina mal de los malos». Esto también lo hacen los malos, y no hay castigo mayor para la maldad que el hecho de que se desagrada a sí misma y a los suyos. «Pero odia a quienes usan sin moderación un poder repentino y grande». Hará lo mismo cuando pueda lo mismo. Los vicios de muchos permanecen ocultos porque son débiles, pero se atreverán a no menos cuando sus fuerzas les agraden que aquellos que la felicidad ya ha puesto al descubierto. Les faltan los medios para desplegar su maldad. Así se maneja con seguridad incluso la serpiente venenosa mientras está rígida por el frío: no le faltan entonces los venenos, pero están aletargados. La crueldad, la ambición y el lujo de muchos, para que se atrevan a cosas iguales a las de los peores, se ven impedidos por el favor de la fortuna. Reconocerás que quieren lo mismo si les das poder cuanto quieren. Recuerdas que, cuando asegurabas que uno estaba en tu poder, te dije que era voluble e inconstante y que no le sostenías el pie sino el ala. Mentí: se le sostenía por una pluma, que soltó y huyó. Sabes qué espectáculos te ofreció después, cuántas cosas intentó que iban a caer sobre su propia cabeza. No veía que se precipitaba a su propio peligro a través de los peligros ajenos, no pensaba cuán pesadas eran las cosas que pedía, aunque no fueran superfluas.

Por tanto, en estas cosas que deseamos, hacia las que nos esforzamos con gran trabajo, debemos examinar esto: o que no hay en ellas ninguna ventaja o que hay más desventaja; unas son superfluas, otras no valen tanto. Pero no vemos esto con claridad y nos parecen gratuitas las que nos cuestan carísimo. Por esto puede quedar claro nuestro aturdimiento: que creemos que solo se compran aquellas por las que pagamos dinero, llamamos gratuitas aquellas por las que nos gastamos a nosotros mismos. Las que no querríamos comprar si tuviéramos que dar nuestra casa por ellas, si tuviéramos que dar alguna finca amena o fructífera, a esas estamos preparadísimos para llegar con preocupación, con peligro, con pérdida de pudor y de libertad y de tiempo; hasta tal punto nada es para cada uno más barato que sí mismo. Por tanto, hagamos lo mismo en todos nuestros planes y asuntos que solemos hacer siempre que nos acercamos a un vendedor de alguna mercancía: veamos a cuánto se ofrece esto que deseamos. A menudo el precio máximo es aquel por el que no se paga nada. Puedo mostrarte muchas cosas que, adquiridas y recibidas, nos arrancaron la libertad; seríamos nuestros si esas cosas no fueran nuestras. Por tanto, reflexiona esto contigo mismo, no solo cuando se trate de ganancia, sino también cuando se trate de pérdida. «Esto se va a perder». Sin duda fue algo que llegó de fuera; vivirás tan fácilmente sin eso como viviste. Si lo tuviste mucho tiempo, lo pierdes después de haberte saciado; si no mucho tiempo, lo pierdes antes de acostumbrarte. «Tendrás menos dinero». Sin duda también menos molestia. «Menos favor». Sin duda también menos envidia. Examina esas cosas que nos llevan a la locura, que perdemos con muchísimas lágrimas: sabrás que no es molesto el daño en ellas, sino la idea del daño. Nadie siente haberlas perdido, sino que lo piensa. Quien se tiene a sí mismo nada ha perdido: pero ¿a cuántos les ha tocado tenerse a sí mismos? Cuídate.

Carta43

Preguntas cómo me ha llegado esto, quién me narró que estabas pensando eso que tú no habías narrado a nadie. El que más sabe: el rumor. «¿Y qué?», dices, «¿soy tan importante que pueda despertar rumor?» No hay por qué te midas mirándote respecto a este lugar: mira respecto a aquel en el que resides. Lo que sobresale entre lo cercano es grande allí donde sobresale; porque la grandeza no tiene medida fija: la comparación la eleva o la rebaja. Una nave que en un río es grande, en el mar es pequeña; un timón que para una nave es grande, para otra es insignificante. Tú ahora en la provincia, aunque te desprecies a ti mismo, eres grande. Se pregunta y se sabe qué haces, cómo cenas, cómo duermes: por eso debes vivir con mayor cuidado. Pero juzga que eres feliz cuando puedas vivir en público, cuando tus paredes te cubran, no te oculten, que casi siempre juzgamos que se nos han puesto alrededor no para que vivamos más seguros, sino para que pequemos más ocultamente. Diré algo por lo que puedas estimar nuestras costumbres: apenas encontrarás a alguien que pueda vivir con la puerta abierta. Los porteros los puso nuestra conciencia, no la soberbia: vivimos de tal manera que ser sorprendidos es ser mirados de repente. Pero ¿de qué sirve esconderse y evitar los ojos y los oídos de los hombres? La buena conciencia convoca a la multitud, la mala incluso en la soledad está ansiosa e intranquila. Si son honradas las cosas que haces, que todos lo sepan; si son vergonzosas, ¿qué importa que nadie lo sepa cuando tú lo sabes? ¡Ay de ti si desprecias a este testigo! Cuídate.

Carta44

Otra vez te haces pequeño ante mí y dices que la naturaleza primero, luego la fortuna, actuaron con demasiada mezquindad contigo, cuando puedes apartarte del vulgo y emerger hacia la felicidad máxima de los hombres. Si hay algún otro bien en la filosofía, es esto: que no examina el árbol genealógico; todos, si se los remite al primer origen, son de los dioses. Eres caballero romano, y tu esfuerzo te condujo a este orden; pero, por Hércules, a muchos les están cerradas las catorce filas, la curia no admite a todos, también el ejército elige con desdén a quiénes recibe para el trabajo y el peligro: la mente buena está abierta a todos, para esto todos somos nobles. Y la filosofía no rechaza a nadie ni elige: brilla para todos. Sócrates no fue patricio; Cleantes trajo agua y alquiló sus manos para regar el jardín; la filosofía no recibió a Platón noble, sino que lo hizo: ¿qué hay para que desesperes de poder hacerte igual a estos? Todos estos son tus antepasados, si te comportas dignamente de ellos; te comportarás así si te convences desde ahora de esto mismo: que nadie te supera en nobleza. Para todos nosotros hay los mismos antepasados antes de nosotros; el origen de nadie se encuentra más allá de la memoria. Platón dice que ningún rey nace sin descender de esclavos, ningún esclavo sin descender de reyes. Todas estas cosas las ha mezclado la larga variedad y la fortuna las ha volteado arriba y abajo. ¿Quién es de noble linaje? El bien dispuesto por la naturaleza para la virtud. Esto es lo único que debe contemplarse: por lo demás, si vuelves a lo antiguo, nadie no es de allí de antes de lo cual no hay nada. Desde el primer origen del mundo hasta este tiempo nos ha conducido una serie alternante de nobles y humildes. No hace noble un atrio lleno de retratos ahumados; nadie vivió para nuestra gloria y lo que fue antes de nosotros no es nuestro: el ánimo hace noble, al cual le es lícito elevarse por encima de la fortuna desde cualquier condición. Supón, pues, que no eres caballero romano sino liberto: puedes conseguir esto, que tú solo seas libre entre los hombres libres de nacimiento. «¿Cómo?», dices. Si distingues los males y los bienes no por el criterio del pueblo. Debe contemplarse no de dónde vienen, sino adónde van. Si hay algo que puede hacer feliz la vida, eso es bueno por derecho propio; porque no puede ser pervertido en mal. ¿Qué es, pues, en lo que se yerra, cuando todos desean la vida feliz? Que tienen los instrumentos de ella por ella misma y, mientras la buscan, la eluden. Porque, siendo la suma de la vida feliz la seguridad sólida y la confianza inconcusa en ella, recogen causas de preocupación y por el camino insidioso de la vida no solo llevan cargas sino que las arrastran; así siempre se alejan más del logro de lo que buscan y, cuanto más esfuerzo han gastado, tanto más se obstaculizan y son arrastrados hacia atrás. Lo que ocurre en el laberinto a los que se apresuran: la propia velocidad los enreda. Cuídate.

Carta45

Te quejas de que allí hay escasez de libros. No importa cuántos tengas sino cuán buenos: la lectura fija aprovecha, la variada deleita. Quien quiere llegar adonde se ha propuesto siga un solo camino, no vague por muchos: eso no es ir allí sino andar errando. «Querría», dices, «que me dieras consejo más bien que libros». Yo, en verdad, estoy dispuesto a enviarte todos los que tengo y a vaciar todo el granero; a mí mismo también me trasladaría allí, si pudiera, y si no esperara que pronto vas a obtener el fin de tu cargo, me habría impuesto esta expedición de viejo, y no habrían podido disuadirme ni Caribdis ni Escila ni ese estrecho fabuloso. Habría nadado a través de eso, no solo cruzado, con tal de poder abrazarte y valorar en presencia cuánto has crecido en tu ánimo.

Por lo demás, el que desees que te envíe mis libros no me hace pensar que soy elocuente, como tampoco me creería hermoso si me pidieras mi retrato. Sé que esto se debe a tu indulgencia, no a tu juicio; y si es que interviene tu juicio, la indulgencia te ha engañado. Pero sean como sean, léelos tú como si yo todavía estuviera buscando la verdad, no como si la supiera, y la buscara con tesón. Pues no me he entregado a nadie, no llevo el nombre de ninguno; confío mucho en el juicio de los grandes hombres, pero también reivindico algo para el mío. Porque ellos tampoco nos dejaron verdades descubiertas sino verdades por descubrir, y quizá habrían encontrado lo necesario si no hubieran buscado también lo superfluo. Mucho tiempo les arrebató el juego de palabras, las discusiones capciosas que ejercitan la agudeza en vano. Hacemos nudos y atamos a las palabras un significado ambiguo y luego lo deshacemos: ¿tanto tiempo libre tenemos? ¿Ya sabemos vivir, ya sabemos morir? Hay que dirigirse con toda el alma hacia allí donde debemos prever que nos engañen las cosas, no las palabras. ¿Por qué me distingues semejanzas de voces con las que nadie jamás ha sido atrapado salvo mientras discute? Las cosas engañan: discíernelas. Abrazamos males en lugar de bienes; deseamos lo contrario de lo que deseamos; nuestros anhelos luchan con nuestros anhelos, nuestros propósitos con nuestros propósitos. La adulación, ¡cuán semejante es a la amistad! No solo la imita sino que la vence y la supera; es recibida por oídos abiertos y propicios y desciende hasta lo más hondo del corazón, tanto más grata cuanto más daña: enséñame cómo puedo distinguir esta semejanza. Viene a mí un enemigo halagador en lugar de un amigo; los vicios se nos cuelan bajo nombre de virtudes: la temeridad se oculta bajo el título de valentía, la cobardía es llamada moderación, el temeroso es tomado por prudente. En esto nos equivocamos con gran peligro: imprime en esto marcas seguras. Por lo demás, quien es interrogado sobre si tiene cuernos no es tan necio como para tocarse la frente, ni tan inútil o torpe como para ignorarlo a menos que tú le convenzas con un razonamiento sutilísimo. Así, estas cosas engañan sin daño como los cubiletes y los dados de los prestidigitadores, en los cuales me deleita el engaño mismo. Haz que comprenda cómo se hace: he perdido el juego. Lo mismo digo de esas falacias —pues ¿con qué otro nombre llamaré a los sofismas?—: no dañan al ignorante ni ayudan al que sabe.

Si tanto quieres desenredar las ambigüedades de las palabras, enséñanos esto: que no es feliz aquel a quien el vulgo llama así, a quien ha confluido mucho dinero, sino aquel que tiene todo bien en su espíritu, erguido y elevado y pisoteando lo maravilloso, que no ve a nadie con quien quisiera cambiarse, que valora al hombre solo en aquello por lo que es hombre, que usa la naturaleza como maestra, se ajusta a sus leyes, vive como ella prescribió; a quien ninguna fuerza le arranca sus bienes, que convierte los males en bien, certero en su juicio, imperturbable, intrépido; a quien alguna fuerza mueve pero ninguna perturba; a quien la fortuna, cuando lanzó con máxima fuerza el arma más dañina que tenía, pincha pero no hiere, y esto raramente; pues los demás dardos suyos con los que vence al género humano rebotan como el granizo, que golpeado contra los tejados crepita y se deshace sin ninguna molestia para el habitante. ¿Por qué me detienes en lo que tú mismo llamas «pseudomenon», sobre el cual se han compuesto tantos libros? Mira, toda mi vida me miente: refútala, redúcela a la verdad, si eres agudo. Juzga necesarias cosas cuya mayor parte es superflua; incluso lo que no es superfluo no tiene en sí valor alguno para poder garantizar la felicidad y la dicha. Pues no es inmediatamente un bien si algo es necesario: o rebajamos el bien si damos este nombre al pan y a la polenta y a las demás cosas sin las cuales no se vive. Lo que es un bien sin duda es necesario: lo que es necesario no es sin duda un bien, puesto que hay cosas necesarias que son las más viles. Nadie ignora hasta tal punto la dignidad del bien como para rebajarlo a estas utilidades cotidianas. Entonces, ¿qué? ¿No dirigirás más bien tu atención a mostrar que todos buscan con gran gasto de tiempo cosas superfluas y que muchos han pasado la vida adquiriendo instrumentos para la vida? Examina a cada uno, considera a todos: la vida de ninguno mira sino al mañana. ¿Preguntas qué mal hay en esto? Infinito. Pues no viven sino que van a vivir: todo lo posponen. Incluso si prestáramos atención, con todo la vida nos adelantaría; pero ahora, vacilando, transcurre como ajena y termina en el último día, todo se pierde.

Pero para no exceder el límite de la carta, que no debe llenar la mano izquierda del lector, aplazaré para otro día esta disputa con los dialécticos demasiado sutiles y solo preocupados por esto, no también por esto. Adiós.

Carta46

Recibí tu libro que me habías prometido y lo abrí como si fuera a leerlo con calma y solo quería probarlo; luego él mismo me sedujo para que avanzara más. Puedes entender cuán elocuente fue por esto: me pareció ligero, aunque no era ni de mi cuerpo ni del tuyo, sino que a primera vista podía parecer de Tito Livio o de Epicuro. Pero me retuvo y atrajo con tanta dulzura que lo leí entero sin dilación alguna. El sol me invitaba, el hambre me advertía, las nubes amenazaban; sin embargo agotéis todo. No solo me deleitó sino que me alegró. ¡Cuánto ingenio tuvo, cuánto ánimo! Diría «¡cuánto ímpetu!», si hubiera habido pausas, si se hubiera elevado a intervalos; pero ahora no fue ímpetu sino continuidad. Prosa viril y digna; no por ello dejaba de presentarse aquella dulzura y suavidad en su lugar. Eres grande, erguido: quiero que mantengas esto, que vayas así. También contribuyó algo la materia; por eso debe elegirse una fértil, que acoja el ingenio, que lo incite.

Sobre el libro escribiré más cuando lo haya revisado; ahora mi juicio no está asentado, como si hubiera oído aquello, no lo hubiera leído. Déjame también investigar. No hay motivo para que temas: oirás la verdad. ¡Oh, hombre feliz tú, que no tienes nada por lo que alguien te mienta tan descaradamente! salvo que ya incluso cuando se ha eliminado la causa mentimos por costumbre. Adiós.

Carta47

Me enteré con gusto por quienes vienen de tu parte de que vives familiarmente con tus esclavos: esto conviene a tu prudencia, esto a tu educación. «Son esclavos.» Antes bien, hombres. «Son esclavos.» Antes bien, compañeros de tienda. «Son esclavos.» Antes bien, humildes amigos. «Son esclavos.» Antes bien, consiervos, si consideras que la fortuna tiene el mismo poder sobre unos y otros. Por eso me río de quienes consideran vergonzoso cenar con su esclavo: ¿por qué, sino porque la costumbre más soberbia ha rodeado al amo que cena de una turba de esclavos de pie? Ese come más de lo que cabe, y con ingente avidez carga su vientre distendido y ya desacostumbrado de la función de vientre, de modo que vomita todo con mayor esfuerzo del que comió. Pero a los infelices esclavos no les está permitido mover los labios ni siquiera para hablar; con la vara se reprime todo murmullo, y ni siquiera los sonidos fortuitos quedan exceptuados de los golpes: la tos, el estornudo, el hipo; se paga con gran castigo cualquier voz que interrumpa el silencio; toda la noche permanecen ayunos y mudos. Así sucede que hablan del amo quienes no pueden hablar delante del amo. Pero aquellos a quienes no solo delante de los amos sino con ellos mismos les era permitida la conversación, cuya boca no se cosía, estaban dispuestos a tender el cuello por el amo, a desviar hacia su propia cabeza el peligro inminente; en los banquetes hablaban, pero en los tormentos callaban. Luego se lanza aquel proverbio de la misma arrogancia, que tenemos tantos enemigos como esclavos: no los tenemos enemigos sino que los hacemos. Omito entretanto otras cosas crueles, inhumanas, que ni siquiera los tratamos como a hombres sino como a bestias de carga. Cuando nos hemos reclinado para cenar, uno limpia los esputos, otro recoge las sobras de los borrachos puesto debajo. Otro trocea las aves valiosas; pasando con movimientos precisos por el pecho y las ancas la mano instruida, saca los pedazos, infeliz, que vive solo para esto, para descuartizar cebones decorosamente, salvo que más miserable es quien enseña esto por placer que quien lo aprende por necesidad. Otro, el encargado del vino, ataviado a manera de mujer, lucha con su edad: no puede escapar de la infancia, es retenido, y aunque ya tiene porte militar, afeitado con pelos rasurados o totalmente arrancados, permanece en vela toda la noche, que divide entre la embriaguez y la lujuria del amo y en el dormitorio es hombre, en el banquete muchacho. Otro, a quien se ha confiado la censura de los comensales, permanece infeliz y espera a quiénes la adulación y la intemperancia, o de garganta o de lengua, llamará de nuevo al día siguiente. Añade a los compradores de víveres, que tienen un conocimiento sutil del paladar del amo, que saben qué sabor le excita, qué le deleita en su aspecto, con qué novedad puede reanimarse cuando está nauseabundo, qué desprecia ya por la saciedad misma, qué tiene hambre ese día. Con estos no soporta cenar y considera que es rebaja de su majestad acercarse a la misma mesa con su esclavo. ¡Dioses, mejores cosas! ¡Cuántos de estos tiene por amos! Vi ante el umbral de Calisto a su amo y a quien le había puesto el cartel, quien lo había sacado entre las mercancías de desecho, ser excluido mientras otros entraban. Le devolvió el favor aquel esclavo arrojado en la primera tanda, en la que el pregonero prueba la voz: y él mismo a su vez lo rechazó, y él mismo no lo juzgó digno de su casa. El amo vendió a Calisto: ¡pero cuántas cosas Calisto al amo!

¿Quieres considerar que ese a quien llamas tu esclavo nació de las mismas semillas, disfruta del mismo cielo, respira igualmente, vive igualmente, muere igualmente? Tanto puedes tú verlo libre como él verte esclavo. En la derrota de Varo la fortuna abatió a muchos de nobilísimo nacimiento, que aspiraban mediante la milicia al rango senatorial: a uno de ellos lo hizo pastor, a otro guardián de una cabaña. Desprecia ahora al hombre de esa fortuna a la cual puedes pasar mientras la desprecias.

No quiero adentrarme en un asunto enorme y discutir sobre el trato a los esclavos, con quienes nos comportamos de la manera más arrogante, cruel y despectiva. Sin embargo, la esencia de mi consejo es esta: vive con tu inferior como querrías que tu superior viviera contigo. Cada vez que te venga a la mente cuánto poder tienes sobre tu esclavo, que te venga a la mente que tu amo tiene ese mismo poder sobre ti. «Pero yo», dices, «no tengo ningún amo». Eres joven: quizá lo tengas. ¿Acaso no sabes a qué edad empezó a ser esclava Hécuba, a cuál Creso, a cuál la madre de Darío, a cuál Platón, a cuál Diógenes? Vive con tu esclavo con clemencia, también con afabilidad, y acéptalo en tu conversación, en tus deliberaciones y en tu mesa.

En este punto me gritará toda la turba de los refinados: «Nada hay más bajo que esto, nada más vergonzoso». A estos mismos los sorprenderé besando la mano de esclavos ajenos. ¿Es que no veis cómo nuestros antepasados quitaron todo motivo de envidia a los amos y toda afrenta a los esclavos? Al amo lo llamaron padre de familia, a los esclavos —lo que todavía perdura en las comedias— familiares; instituyeron un día festivo, no el único en que los amos comían con los esclavos, sino en que ciertamente lo hacían; les permitieron desempeñar cargos en la casa, administrar justicia, y consideraron que la casa era una pequeña república. «¿Qué entonces? ¿Voy a sentar a todos los esclavos en mi mesa?» No más que a todos los hombres libres. Te equivocas si piensas que voy a rechazar a algunos por tener ocupaciones más humildes, como ese mulero o ese boyero. No los valoraré por sus servicios sino por su carácter: cada uno se forja su carácter, los servicios los asigna el azar. Que cenen contigo algunos porque son dignos, otros para que lo sean; pues si hay en ellos algo servil por su trato degradante, la compañía de personas honorables lo eliminará. No hay razón, mi querido Lucilio, para que busques un amigo solo en el foro y en la curia: si prestas atención, también lo encontrarás en casa. A menudo una buena materia se desaprovecha sin un artesano: prueba y experimenta. Tan necio como quien va a comprar un caballo y no examina al animal sino su manta y sus frenos, así de necio es quien valora a un hombre por su ropa o por su condición social, que no es más que una vestidura que nos rodea. «Es un esclavo». Pero quizá libre de espíritu. «Es un esclavo». ¿Le perjudicará eso? Muéstrame quién no lo es: uno es esclavo del deseo, otro de la avaricia, otro de la ambición, todos de la esperanza, todos del miedo. Te mostraré un excónsul esclavo de una viejecita, te mostraré un rico esclavo de una criada, te mostraré jóvenes nobilísimos esclavos de actores de mimo: ninguna esclavitud es más vergonzosa que la voluntaria. Por eso no hay razón para que esos melindrosos te disuadan de mostrarte afable con tus esclavos y no arrogantemente superior: que te respeten más bien que te teman.

Alguno dirá ahora que invito a los esclavos a ponerse el gorro de libertos y que derribo a los amos de su pedestal, porque dije «que respeten al amo más bien que lo teman». «¿Ah, sí?», dirá, «¿que lo respeten como clientes, como saludadores matutinos?» Quien diga esto olvida que lo que basta para un dios no es poco para los amos. Quien es respetado también es amado: el amor no puede mezclarse con el miedo. Así que juzgo muy acertado que no quieras ser temido por tus esclavos, que emplees la corrección verbal: con golpes se amonesta a los animales mudos. No todo lo que nos ofende nos daña realmente; pero los caprichos nos llevan a la furia, de modo que cualquier cosa que no responda a nuestra voluntad provoca nuestra ira. Adoptamos ánimos de reyes; pues también ellos, olvidados de su propia fuerza y de la debilidad ajena, se enfurecen y ensañan como si hubieran recibido una afrenta, cuando la magnitud de su fortuna los pone completamente a salvo del peligro de ello. Y no ignoran esto, pero buscan ocasión de dañar quejándose; recibieron la afrenta para cometerla.

No quiero entretenerte más; no necesitas exhortación. Los buenos hábitos tienen esto entre otras cosas: se complacen en sí mismos y permanecen. La maldad es inconstante, cambia a menudo, no hacia lo mejor sino hacia otra cosa. Adiós.

Carta48

A la carta que me enviaste desde el camino, tan larga como el viaje mismo, te responderé más adelante; debo retirarme y reflexionar qué aconsejarte. Pues también tú, que consultas, pensaste largo tiempo si debías consultar: cuánto más debo hacerlo yo, cuando se necesita mayor demora para resolver tu cuestión que para plantearla; sobre todo cuando te conviene una cosa y a mí otra. ¿Hablo otra vez como epicúreo? A mí me conviene lo mismo que a ti: no soy amigo si todo lo que te concierne no es mío. La amistad crea entre nosotros una comunidad de todas las cosas; ni hay nada próspero ni adverso para cada uno en particular; se vive en común. Ni puede alguien vivir felizmente si solo se mira a sí mismo, si convierte todo en provecho propio: debes vivir para otro si quieres vivir para ti. Esta asociación observada diligente y religiosamente, que une a los hombres con los hombres y juzga que existe algún derecho común del género humano, contribuye mucho también a cultivar aquella asociación más íntima de la amistad de la que hablaba; pues tendrá todo en común con el amigo quien tiene mucho en común con el ser humano.

Esto, mi excelente Lucilio, prefiero que me enseñen esos sutiles: qué debo ofrecer a un amigo, qué a un ser humano, más bien que de cuántos modos se dice «amigo» y cuántas cosas significa «ser humano». Mira cómo se separan en direcciones opuestas la sabiduría y la necedad. ¿A cuál me acerco? ¿A qué bando me mandas ir? Para uno el ser humano vale tanto como el amigo, para este el amigo no vale tanto como el ser humano; aquel se procura un amigo, este se procura para el amigo: tú me retuerces las palabras y ordenas las sílabas. Sin duda, a menos que construya interrogaciones muy capciosas y ate con una conclusión falsa la mentira que nace de lo verdadero, no podré distinguir lo que debo buscar de lo que debo evitar. Me avergüenza: en un asunto tan serio, nosotros los viejos jugamos.

«"Ratón" es una sílaba; pero el ratón roe el queso; luego la sílaba roe el queso». Supón ahora que no puedo resolver esto: ¿qué peligro me amenaza por esta ignorancia? ¿Qué inconveniente? Sin duda hay que temer que alguna vez capture sílabas en una ratonera, o que si soy descuidado un libro me coma el queso. A menos que este razonamiento sea más agudo: «"Ratón" es una sílaba; pero la sílaba no roe el queso; luego el ratón no roe el queso». ¡Oh pueriles necedades! ¿Para esto hemos fruncido las cejas? ¿Para esto nos hemos dejado crecer la barba? ¿Esto es lo que enseñamos serios y pálidos? ¿Quieres saber qué promete la filosofía al género humano? Consejo. A uno lo llama la muerte, a otro lo abrasa la pobreza, a otro lo atormentan las riquezas ajenas o las propias; este teme la mala fortuna, aquel quiere sustraerse de su felicidad; a este lo maltratan los hombres, a aquel los dioses. ¿Por qué me compones estos juegos? No es momento de bromas: has sido llamado como abogado de los desgraciados. Has prometido llevar ayuda a los náufragos, a los cautivos, a los enfermos, a los necesitados, a quienes tienen la cabeza bajo el hacha amenazante: ¿adónde te desvías? ¿Qué haces? Este con quien juegas tiene miedo: socórrelo, líbralo de todo lazo de sofismas capciosos. Todos desde todas partes tienden las manos hacia ti, vidas perdidas y a punto de perecer imploran alguna ayuda, en ti están su esperanza y sus recursos; te piden que los saques de tan gran confusión, que muestres a los dispersos y extraviados la luz clara de la verdad. Diles qué ha hecho necesario la naturaleza, qué superfluo, qué leyes tan sencillas ha establecido, qué agradable y expedita es la vida para quienes las siguen, qué amarga y enmarañada para quienes han confiado más en la opinión que en la naturaleza *** si primero enseñas qué parte de esas cosas van a aliviar. ¿Qué de esas cosas elimina los deseos? ¿Qué los modera? Ojalá simplemente no sirvieran. Dañan. Esto te lo haré muy evidente cuando quieras: que el carácter noble se destruye y debilita lanzado a estas sutilezas. Me avergüenza decir qué armas ofrecen a quienes van a combatir contra la fortuna, cómo los preparan. ¿Así se llega al sumo bien? ¿Por este «sive nive» de la filosofía y las excepciones vergonzosas e infames incluso para quienes se sientan ante la tablilla blanca? Pues ¿qué otra cosa hacéis cuando al interrogado lo inducís a sabiendas al engaño, sino hacer que parezca haber perdido el pleito por defecto de forma? Pero así como a aquellos los restituye el pretor, a estos la filosofía los restituye íntegramente. ¿Por qué os apartáis de las grandiosas promesas y, habiendo hablado de cosas grandes, de que haréis que el brillo del oro no deslumbre mis ojos más que el de la espada, de que con enorme constancia pisotearé lo que todos desean y lo que todos temen, descendéis a los elementos de los gramáticos? ¿Qué decís?

«así se va a los astros»

Pues esto es lo que me promete la filosofía, que me haga igual a un dios; a esto he sido invitado, a esto he venido: cumple tu palabra.

Por tanto, cuanto puedas, mi querido Lucilio, retírate de esas excepciones y prescripciones de los filósofos: a la bondad le conviene lo claro y simple. Aunque quedara mucho de vida, habría que administrarla con parsimonia para que alcanzara lo necesario: ahora, ¡qué locura es aprender cosas superfluas en tan gran escasez de tiempo! Adiós.

Carta49

Ciertamente, mi querido Lucilio, es indolente y negligente quien es devuelto al recuerdo de un amigo al ser advertido por algún lugar; sin embargo, los lugares familiares a veces evocan el deseo guardado en nuestra alma, y no devuelven la memoria extinguida sino que irritan la que estaba en reposo, como el dolor de los que lloran, aunque haya sido mitigado por el tiempo, lo renueva un esclavo familiar del difunto o su ropa o su casa. Mira cómo la Campania y sobre todo Nápoles y la vista de tus Pompeya han hecho renacer en mí un increíble deseo de ti: estás entero ante mis ojos. Te veo precisamente en el momento de la despedida; veo tus lágrimas contenidas y tus sentimientos que, incluso durante la misma contención, se desbordaban sin que pudieras resistirlos.

Hace un instante, me parece, te perdí. ¿Qué no es «un instante», si recuerdas? Hace un instante era niño sentado junto al filósofo Sotión; hace un instante empecé a defender causas, hace un instante dejé de querer hacerlo, hace un instante dejé de poder hacerlo. Infinita es la velocidad del tiempo, que se percibe más al mirar atrás. Pues engaña a quienes están atentos al presente; tan suave es el tránsito de su precipitada huida. ¿Buscas la causa de esto? Todo el tiempo que pasa está en el mismo lugar; se contempla por igual, yace junto; todo cae en el mismo abismo. Y por lo demás, no puede haber largos intervalos en una cosa que es enteramente breve. Un punto es lo que vivimos, y todavía menos que un punto; pero incluso este mínimo la naturaleza lo ha burlado con cierta apariencia de espacio más largo: de él hizo una cosa la infancia, otra la niñez, otra la adolescencia, otra cierta transición de la adolescencia a la vejez, otra la vejez misma. ¡En qué estrechez puso tantos escalones! Hace un instante te acompañé; y sin embargo, este «instante» es buena parte de nuestra vida, cuya brevedad debemos pensar que alguna vez llegará a su fin. No solía parecerme tan veloz el tiempo; ahora se manifiesta su carrera increíble, bien porque siento que se acercan las metas, bien porque empecé a prestar atención y a calcular mi pérdida.

Por eso me indigna aún más que algunos dediquen la mayor parte de este tiempo, que no puede bastar ni siquiera para lo necesario, aunque se custodie con el mayor cuidado, a cosas superfluas. Dice Cicerón que, si se le duplicara la vida, no tendría tiempo para leer a los poetas líricos; en el mismo lugar coloco yo a los dialécticos: son más tristemente necios. Aquellos juegan declaradamente, estos creen estar haciendo algo ellos mismos. Y yo no niego que haya que examinar esas cosas, pero solo examinarlas y saludarlas desde el umbral, para esto solamente: que no se nos engañe y juzguemos que hay en ellas algo grande y de un bien secreto. ¿Por qué te torturas y te consumes en una cuestión que es más sutil despreciarla que resolverla? Es propio de quien está tranquilo y emigra con comodidad reunir menudencias; cuando el enemigo apremia por la espalda y se ha ordenado al soldado moverse, la necesidad sacude todo lo que había recogido la paz ociosa. No tengo tiempo para andar persiguiendo palabras que caen ambiguamente y de probar en ellas mi astucia.

«Mira qué pueblos se reúnen, qué murallas afilan el hierro con las puertas cerradas».

Con gran ánimo debo escuchar este estruendo de la guerra que resuena en torno. Parecería loco con razón a todos si, cuando los ancianos y las mujeres amontonan piedras para la fortificación de los muros, cuando la juventud armada dentro de las puertas espera o reclama la señal de la salida, cuando las armas enemigas vibran en las puertas y el mismo suelo tiembla por las excavaciones y los túneles, yo me sentara ocioso planteando pequeñas cuestiones de este tipo: «Lo que no has perdido, lo tienes; pero no has perdido cuernos; luego tienes cuernos», y otras cosas arregladas al modo de este agudo delirio. Y sin embargo, puedes con igual razón considerarme loco si dedico mi esfuerzo a esas cosas; también ahora estoy sitiado. Sin embargo, entonces el peligro que me amenazaba sitiado era externo, un muro me separaba del enemigo: ahora están conmigo las cosas mortíferas. No tengo tiempo para estas necedades; tengo entre manos un asunto inmenso. ¿Qué he de hacer? La muerte me persigue, la vida huye. Enséñame algo contra esto; haz que yo no huya de la muerte, que la vida no huya de mí. Exhórtame contra las dificultades, contra lo inevitable; ensancha la estrechez de mi tiempo. Enséñame que el bien de la vida no está situado en su extensión sino en su uso, que puede suceder, es más, que sucede muy frecuentemente, que quien vivió mucho tiempo vivió poco. Dime cuando voy a dormir «puedes no despertar»; dime cuando he despertado «puedes no dormir más». Dime cuando salgo «puedes no regresar»; dime cuando regreso «puedes no salir». Te equivocas si piensas que solo en la navegación es mínimo aquello por lo que la vida se separa de la muerte: en todo lugar el intervalo es igualmente tenue. No en todas partes se muestra la muerte tan cerca: en todas partes está igualmente cerca. Disipa estas tinieblas, y con más facilidad enseñarás aquello para lo que estoy preparado. La naturaleza nos ha dado capaces de aprender, y nos dio razón imperfecta, pero que puede perfeccionarse. Discute conmigo sobre la justicia, sobre la piedad, sobre la frugalidad, sobre ambos pudores: tanto aquel que es abstinencia del cuerpo ajeno, como este que es cuidado del propio. Si no quieres llevarme por senderos desviados, llegaré más fácilmente a donde me dirijo; pues, como dice aquel trágico, «sencillo es el lenguaje de la verdad», y por eso no conviene enredarlo; pues nada conviene menos que esa taimada astucia a las almas que intentan grandes cosas. Adiós.

Carta50

Recibí tu carta muchos meses después de que la enviaras; así que consideré superfluo preguntar a quien la traía qué hacías. Es de muy buena memoria, sin duda, si se acuerda; y sin embargo, espero que vivas ya de tal modo que, dondequiera que estés, sepa yo qué haces. Pues ¿qué otra cosa haces sino hacerte mejor a ti mismo cada día, abandonar algo de tus errores, comprender que los vicios que crees de las circunstancias son tuyos? Pues algunas cosas las atribuimos a los lugares y los tiempos; pero ellas, adondequiera que vayamos, nos seguirán. Sabes que Harpaste, la bufona de mi esposa, quedó en mi casa como carga hereditaria. Yo mismo soy muy contrario a esos prodigios; si alguna vez quiero divertirme con un bufón, no tengo que buscarlo lejos: me río de mí mismo. Esta bufona de repente dejó de ver. Te narro algo increíble, pero verdadero: no sabe que es ciega; continuamente pide a su pedagogo que se mude, dice que la casa está oscura. Que esto que nos hace reír en ella nos sucede a todos nosotros, que te quede claro: nadie se da cuenta de que es avaro, nadie de que es codicioso. Los ciegos, sin embargo, buscan guía; nosotros erramos sin guía y decimos: «Yo no soy ambicioso, pero nadie puede vivir de otro modo en Roma; yo no soy derrochador, pero la ciudad misma exige grandes gastos; no es defecto mío que sea iracundo, que todavía no haya establecido un género de vida determinado: esto lo hace la juventud».

¿Por qué nos engañamos? No es externo nuestro mal: está dentro de nosotros, se asienta en nuestras mismas entrañas, y por eso llegamos difícilmente a la salud, porque no sabemos que estamos enfermos. Si empezáramos a curarnos, ¿cuándo sacudiremos las tan grandes fuerzas de tantas enfermedades? Ahora ni siquiera buscamos médico, que tendría menos trabajo si se le llamara para un vicio reciente; las almas tiernas e ignorantes seguirían a quien les muestra lo recto. Nadie regresa difícilmente a la naturaleza salvo quien se apartó de ella: nos avergonzamos de aprender la buena mentalidad. Pero por Hércules, si es vergonzoso buscar maestro de esto, hay que desesperar de que pueda llegarnos por azar un bien tan grande: hay que trabajar y, para decir la verdad, ni siquiera es grande el trabajo, con tal de que, como dije, empecemos a formar y corregir nuestro ánimo antes de que se endurezca su perversidad. Pero ni aun endurecida desespero: nada hay que no venza el trabajo pertinaz y el cuidado atento y diligente. Los robles, aunque estén torcidos, los enderezas; el calor despliega las vigas curvadas, y las que nacieron de otro modo se modelan para lo que exige nuestro uso: ¿cuánto más fácilmente acepta forma el ánimo, flexible y más dócil que cualquier líquido? Pues ¿qué otra cosa es el ánimo sino un espíritu que se tiene de cierto modo? Ves, además, que el espíritu es tanto más manejable que cualquier otra materia cuanto más tenue es. Esto, mi querido Lucilio, no es razón para que te impida tener buena esperanza de nosotros: que la maldad ya nos tiene, que hace mucho está en posesión de nosotros; a nadie llega la buena mentalidad antes que la mala; todos estamos preocupados; aprender las virtudes es desaprender los vicios. Pero debemos acudir con tanto mayor ánimo a nuestra enmienda cuanto que la posesión del bien, una vez entregado a nosotros, es perpetua; la virtud no se desaprende. Pues las cosas contrarias se adhieren mal en terreno ajeno, por eso pueden ser expulsadas y arrojadas; se asientan fielmente las que llegan a su lugar propio. La virtud es conforme a la naturaleza, los vicios son enemigos y hostiles. Pero así como las virtudes recibidas no pueden salir fácilmente y fácil es su custodia, así el comienzo del camino hacia ellas es arduo, porque esto es propio de la mente débil y enferma: temer lo no experimentado; así que hay que forzarla a que empiece. Después la medicina no es amarga; pues deleita de inmediato mientras cura. De otros remedios el placer viene después de la salud, la filosofía es a la vez saludable y dulce. Adiós.

Carta51

Como cada cual puede, mi querido Lucilio: tú ahí tienes el Etna, el monte más famoso de Sicilia —por qué lo llamó único Mesala, o Valgio, pues he leído en ambos, no lo encuentro, siendo así que muchísimos lugares vomitan fuego, no solo los elevados, lo que sucede más frecuentemente, evidentemente porque el fuego es llevado a lo más alto, sino también los que están bajos—; nosotros, como podemos, nos contentamos con Bayas; que abandoné al día siguiente de haberla alcanzado, lugar que hay que evitar por esto: aunque tiene ciertas cualidades naturales, porque el lujo lo eligió para frecuentarlo.

«¿Qué entonces? ¿Hay que declarar odio a algún lugar?» En absoluto; pero del mismo modo que cierta vestimenta le conviene más al hombre sabio y honrado que otra, y no odia ningún color pero considera que alguno resulta poco adecuado para quien profesa la austeridad, así también hay una región que el hombre sabio o que tiende a la sabiduría debe evitar por ser ajena a las buenas costumbres. Por eso, al pensar en el retiro, nunca elegirá Cánope, aunque Cánope no impida a nadie ser virtuoso, ni siquiera Bayas: se han convertido en posada de vicios. Allí el lujo se permite muchísimo, allí, como si se debiera cierta licencia al lugar, se desata más. Debemos elegir un lugar saludable no solo para el cuerpo sino también para las costumbres; del mismo modo que no querría vivir entre torturadores, tampoco entre tabernas. ¿Qué necesidad hay de ver borrachos vagando por las playas y banquetes de navegantes y lagos resonando con los cantos de orquestas y otras cosas que el lujo, como si estuviera libre de leyes, no solo comete sino que exhibe públicamente? Debemos procurar huir lo más lejos posible de los estímulos de los vicios; hay que endurecer el ánimo y mantenerlo alejado de los halagos de los placeres. Un solo invierno disolvió a Aníbal, y las delicias de Campania debilitaron a aquel hombre indomable para las nieves y los Alpes: venció con las armas, fue vencido por los vicios. También nosotros debemos hacer la guerra, y precisamente de un tipo de guerra en la que nunca se da descanso, nunca ocio: hay que vencer ante todo los placeres, que, como ves, han arrastrado incluso a ingenios feroces. Si alguien se planteara cuánto ha emprendido, sabrá que nada debe hacerse delicadamente, nada blandamente. ¿Qué tengo yo que ver con esos estanques calientes? ¿Qué con los baños de vapor, donde se encierra un vapor seco destinado a agotar los cuerpos? Que todo sudor salga mediante el esfuerzo. Si hiciéramos lo que hizo Aníbal, que interrumpiendo el curso de los acontecimientos y abandonando la guerra nos dedicáramos a cuidar los cuerpos, todo el mundo reprocharía con razón una pereza inoportuna, peligrosa incluso para el vencedor y más aún para el que está venciendo: a nosotros nos está permitido menos que a quienes seguían las banderas púnicas, nos queda más peligro si cedemos, más trabajo aún si perseveramos. La fortuna me hace la guerra: no voy a cumplir sus órdenes; no acepto el yugo, más aún, lo que debe hacerse con mayor virtud, lo sacudo. No hay que ablandar el ánimo: si cedo al placer, tendré que ceder al dolor, ceder al esfuerzo, ceder a la pobreza; la ambición y la ira querrán tener el mismo derecho sobre mí; seré arrastrado entre tantos afectos, más aún, seré descuartizado. Se ha propuesto la libertad; por este premio se trabaja. ¿Preguntas qué es la libertad? No servir a ninguna cosa, a ninguna necesidad, a ningún azar, reducir la fortuna a la igualdad. El día que entienda que ella puede más, no podrá nada: ¿acaso la soportaré yo, cuando la muerte esté en mi mano?

Conviene que quien está atento a estos pensamientos elija lugares serios y santos; la amenidad excesiva afemina los ánimos, y sin duda una región puede algo para corromper el vigor. Las bestias de carga soportan cualquier camino aquellas cuyo casco se ha endurecido en terreno áspero: las cebadas en pasto blando y pantanoso se desgarran pronto. Y más fuerte es el soldado que viene de terreno quebrado: débil es el urbano y el nacido en casa. No rehúsan ningún trabajo las manos que se transfieren del arado a las armas: en el primer polvo fracasa aquel perfumado y reluciente. Una disciplina más severa del lugar fortalece el ingenio y lo hace apto para grandes empresas. Escipión se exiliaba más honrosamente en Literno que en Bayas: una ruina de esa clase no debe colocarse tan blandamente. También aquellos a quienes primero la fortuna del pueblo romano transfirió las riquezas públicas, Cayo Mario y Cneo Pompeyo y César, construyeron ciertamente villas en la región de Bayas, pero las colocaron en las cumbres más altas de las montañas: parecía esto más militar, contemplar desde lo alto amplia y largamente lo que yace debajo. Mira qué posición eligieron, en qué lugares levantaron edificios y cómo eran: verás que no son villas sino campamentos. ¿Piensas tú que Marco Catón habría vivido allí alguna vez, para contar las adúlteras que navegaban junto a su casa y tantos tipos de barcas pintadas de varios colores y la rosa flotando por todo el lago, para oír los insultos nocturnos de los que cantan? ¿Acaso no habría preferido él permanecer dentro de una empalizada, que él mismo hubiera trazado con su mano en una sola noche? ¿Cómo no iba a preferir, cualquiera que sea varón, que su sueño fuera interrumpido por la corneta más que por la orquesta?

Pero hemos litigado bastante tiempo con Bayas, nunca bastante con los vicios, que te ruego, Lucilio, persigas sin medida, sin fin; pues tampoco ellos tienen fin ni medida. Desecha todo lo que desgarra tu corazón, y si no pudiera extraerse de otro modo, había que arrancar el corazón mismo con ellas. Expulsa sobre todo los placeres y tenlos por muy odiosos: a modo de ladrones, a los que los egipcios llaman «philêtas», nos abrazan para estrangularnos. Adiós.

Carta52

¿Qué es esto, Lucilio, que nos arrastra en una dirección mientras tendemos a otra y nos empuja hacia donde deseamos alejarnos? ¿Qué lucha con nuestro ánimo y no nos permite querer algo una sola vez? Fluctuamos entre varios proyectos; nada queremos libremente, nada absolutamente, nada siempre. «Es la necedad», dices, «para la que nada es constante, nada agrada por mucho tiempo». Pero ¿cómo o cuándo nos arrancaremos de ella? Nadie tiene suficiente fuerza por sí mismo para emerger; es preciso que alguien tienda la mano, que alguien nos saque. Dice Epicuro que algunos han llegado a la verdad sin ayuda de nadie, que se han hecho el camino por sí mismos; a estos los alaba sobre todo, en quienes estuvo en ellos mismos el impulso, que se impulsaron a sí mismos: que algunos necesitan la ayuda ajena, que no irán si nadie va delante, pero que seguirán bien. De estos dice que es Metrodoro; también este es un ingenio egregio, pero de segunda clase. Nosotros no somos de aquella primera categoría; se obra bien con nosotros si somos admitidos en la segunda. Ni siquiera desprecies a este hombre que puede salvarse por el beneficio ajeno; también esto es mucho, querer ser salvado. Además de estos encontrarás todavía otro género de hombres que tampoco debe ser desdeñado, de aquellos que pueden ser forzados y empujados hacia lo recto, que no solo necesitan un guía sino un ayudante y, por así decirlo, un coactor; esta es una tercera categoría. Si buscas también un ejemplo de este, dice Epicuro que tal fue Hermárco. Por eso felicita más al uno, admira más al otro; aunque ambos hayan llegado al mismo fin, sin embargo es mayor la alabanza haber logrado lo mismo en materia más difícil. Imagina pues que se han levantado dos edificios, ambos iguales, igualmente elevados y magníficos. Uno recibió un solar limpio, allí la obra creció enseguida; al otro lo agotaron los cimientos hundidos en tierra blanda y fluida y se consumió mucho trabajo hasta llegar a lo sólido: para quienes lo contemplan todo lo que hizo uno... gran parte del otro y la más difícil queda oculta. Algunos ingenios son fáciles, expeditos, algunos deben hacerse a mano, como dicen, y están ocupados en sus fundamentos. Por eso yo diría más feliz al que no tuvo ningún problema consigo mismo, pero que ha merecido mejor de sí aquel que venció la malignidad de su naturaleza y no se condujo a la sabiduría sino que se extrajo a ella.

Puedes saber que a nosotros nos ha sido dado un ingenio duro y trabajoso; vamos por entre obstáculos. Por eso luchemos, invoquemos la ayuda de algunos. «¿A quién invocaré», dices, «a este o a aquel?» Tú ciertamente retrocede también hasta los anteriores, que están libres; pueden ayudarnos no solo los que están, sino los que estuvieron. Pero de los que están elijamos no a aquellos que precipitan las palabras con gran rapidez y revuelven lugares comunes y hacen discursos en privado, sino a los que enseñan con la vida, que cuando han dicho lo que debe hacerse lo prueban haciéndolo, que enseñan lo que debe evitarse y nunca son sorprendidos en eso que dijeron que debía huirse; elige como ayudante a aquel a quien admires más cuando lo veas que cuando lo oigas. Ni por eso te prohíbo que escuches también a estos a los que es costumbre admitir al pueblo y disertar, si es que salen ante la multitud con este propósito, para hacerse mejores y hacer mejores a otros, si no ejercen esto por causa de ambición. Pues ¿qué hay más vergonzoso que la filosofía buscando clamores? ¿Acaso el enfermo alaba al médico que lo corta? Callad, guardad silencio y prestaos a la curación; aunque gritéis, no os oiré de otro modo que si gimierais al contacto de vuestros vicios. ¿Queréis atestiguar que prestáis atención y que os conmueve la magnitud de las cosas? Está bien que se permita: ¿cómo no voy a permitir que juzguéis y deis vuestro voto por lo mejor? Entre los pitagóricos había que callar cinco años: ¿acaso crees que enseguida les estaba permitido tanto hablar como alabar?

¡Qué locura la de aquel a quien los clamores de los ignorantes despiden alegre del auditorio! ¿Por qué te alegras de que te hayan alabado hombres a los que tú mismo no puedes alabar? Fabiáno disertaba ante el pueblo, pero se le escuchaba con moderación; estallaba a veces un gran clamor de los que alababan, pero que había provocado la magnitud de las cosas, no el sonido de un discurso deslizado sin tropiezos y blandamente. Debe haber alguna diferencia entre el clamor del teatro y el de la escuela: hay también cierta elegancia en el alabar. Todas las cosas de todos los asuntos, si se observan, son indicios, y se puede captar prueba de las costumbres incluso a partir de cosas mínimas: el impúdico lo muestran también el andar y el movimiento de la mano y a veces una sola respuesta y el dedo llevado a la cabeza y el giro de los ojos; la risa revela al malvado, el rostro y el aspecto al loco. Pues aquellas cosas salen a lo abierto mediante señales: sabrás cómo es cada cual si observas cómo alaba, cómo es alabado. De aquí y de allí el oyente tiende las manos al filósofo y la turba de admiradores se yergue sobre su cabeza misma: no es alabado ese entonces, si lo entiendes, sino aclamado. Déjense esas voces para aquellas artes que tienen como propósito agradar al pueblo: que la filosofía sea adorada. Habrá que permitir a veces a los jóvenes seguir el impulso del ánimo, pero entonces cuando hagan esto por impulso, cuando no puedan imponerse el silencio; tal alabanza aporta algo de exhortación a los oyentes mismos y estimula los ánimos de los adolescentes. Pero que sean conmovidos por el asunto, no por palabras compuestas; de otro modo les daña la elocuencia, si no produce deseo de las cosas sino de sí misma.

Aplazaré esto por ahora; pues requiere un desarrollo propio y largo, cómo debe disertarse ante el pueblo, qué debe permitirse ante el pueblo, qué el pueblo ante sí. No cabrá duda de que la filosofía sufrió daño después de que fue prostituida; pero puede ser mostrada en sus santuarios, con tal que no haya encontrado un mercader sino un sacerdote. Adiós.

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