Libro II
Carta13
Sé que tienes mucho ánimo; porque incluso antes de que te fortalecieras con enseñanzas saludables y que vencen las dificultades, ya te gustabas bastante a ti mismo frente a la fortuna, y mucho más después de que has trabado combate con ella y has probado tus fuerzas, que nunca pueden dar una confianza segura de sí mismas si no han surgido muchas dificultades por todos lados, y a veces se han acercado muy de cerca. Así se prueba aquel ánimo verdadero que no va a caer bajo el dominio ajeno; esta es su piedra de toque. No puede el atleta llevar al combate gran espíritu si nunca ha sido amoratado: aquel que ha visto su sangre, a quien los dientes crujieron bajo el puño, aquel que derribado soportó al adversario con todo el cuerpo sin abatir su ánimo aunque fue abatido, que cuantas veces cayó resurgió más obstinado, ese baja a la pelea con gran esperanza. Por tanto, para seguir con esta comparación, la fortuna ya ha estado muchas veces por encima de ti, y sin embargo no te has rendido, sino que has saltado hacia arriba y te has mantenido más aguerrido; porque la virtud aumenta mucho en sí misma cuando es provocada.
Sin embargo, si te parece bien, recibe de mí los recursos con los que puedes fortificarte. Son más, Lucilio, las cosas que nos aterrorizan que las que nos oprimen, y más a menudo sufrimos por la opinión que por la realidad. No te hablo en lengua estoica, sino en esta más moderada; pues nosotros decimos que todas esas cosas que arrancan gemidos y lamentos son leves y despreciables. Dejemos estas palabras grandiosas, pero, dioses buenos, verdaderas: te aconsejo esto, que no seas desdichado antes de tiempo, cuando aquellas cosas que has temido como si estuvieran inminentes quizá nunca vayan a venir, y desde luego aún no han venido. Así pues, unas cosas nos torturan más de lo debido, otras nos torturan antes de lo debido, otras nos torturan cuando no deben en absoluto; o aumentamos el dolor, o lo anticipamos, o lo inventamos.
Lo primero, puesto que es asunto controvertido y tenemos planteado un litigio, dejémoslo para más adelante. Lo que yo diga que es leve tú sostendrás que es gravísimo; sé que unos ríen entre los azotes, otros gimen bajo una bofetada. Ya veremos después si esas cosas valen por sus propias fuerzas o por nuestra debilidad. Concédeme esto, que cada vez que te rodeen quienes te persuadan de que eres desdichado, no pienses en lo que oyes sino en lo que sientes, y reflexiones con tu propia paciencia, y te preguntes a ti mismo, que te conoces mejor que nadie: «¿qué hay para que estos me lloren? ¿qué hay para que tiemblen, para que también teman contagiarse de mí, como si la calamidad pudiera saltar? ¿hay ahí algo malo, o esta cosa es más infame que mala?» Pregúntate a ti mismo: «¿acaso me torturo y me aflijo sin causa y hago malo lo que no lo es?» «¿Cómo», dices, «voy a entender si son vanas o verdaderas las cosas por las que me angustio?» Toma esta regla para ello: o nos torturan cosas presentes o futuras o ambas. Sobre las presentes el juicio es fácil: si tu cuerpo está libre y sano, y no hay ningún dolor por lesión, ya veremos qué va a ser del futuro: hoy no tiene ningún problema. «Pero es que lo tendrá». Primero examina si hay pruebas ciertas de un mal futuro; porque las más de las veces sufrimos por sospechas, y nos engaña aquel rumor que suele descomponer la guerra, pero mucho más descompone a los individuos. Así es, mi querido Lucilio: rápidamente nos entregamos a la opinión; no refutamos aquello que nos lleva al miedo ni lo examinamos, sino que nos asustamos y así volvemos la espalda como aquellos a quienes el polvo levantado por la huida de los rebaños desalojó del campamento o a quienes aterró alguna fábula difundida sin autor. No sé cómo las cosas vanas perturban más; porque las verdaderas tienen su medida: todo lo que viene de lo incierto queda entregado a la conjetura y a la licencia de un ánimo asustado. Por eso ningún miedo es tan pernicioso, tan irrevocable como los miedos frenéticos; porque los otros están sin razón, estos sin juicio. Indaguemos pues el asunto con diligencia. Es verosímil que suceda algo malo: no por eso es verdadero. ¡Cuántas cosas vinieron sin esperarlas! ¡Cuántas esperadas nunca aparecieron! Incluso si va a suceder, ¿qué ayuda salir al encuentro del propio dolor? Dolerá bastante pronto cuando llegue: mientras tanto prométete cosas mejores. ¿Qué ganarás? Tiempo. Muchas cosas intervendrán por las cuales el peligro cercano o casi pegado a ti o se detenga o cese o pase a otra cabeza: el incendio dejó abierta la huida; a algunos la ruina los depositó suavemente; a veces la espada ha sido retirada del cuello mismo; alguno sobrevivió a su verdugo. También la mala fortuna tiene inconstancia. Quizá sea, quizá no sea: entretanto no es; proponte cosas mejores. A veces, sin aparecer ninguna señal que anuncie algo malo, el ánimo se inventa falsas imágenes: o tuerce hacia lo peor alguna palabra de significado dudoso, o se propone una ofensa de alguien mayor de lo que es, y piensa no cuán enfadado está aquel, sino cuánto le está permitido a un enfadado. Pero no hay ninguna razón para vivir, ningún límite a las miserias, si se teme todo lo que se puede. Aquí que ayude la prudencia, aquí rechaza con fortaleza de ánimo incluso el miedo evidente; si no puedes, repele un defecto con otro defecto, modera el miedo con la esperanza. Nada es tan cierto entre las cosas que se temen como que no es más cierto que lo temido se calme y lo esperado engañe. Por tanto, examina la esperanza y el miedo, y cuando todo sea incierto, favorécete a ti mismo: cree lo que prefieras. Si el miedo tiene más votos, inclínate de todos modos hacia esta parte mejor y deja de turbarte, y vuelve esto una y otra vez en tu ánimo: la mayor parte de los mortales, aunque no tiene ningún mal ni va a tenerlo con certeza, se agita y se revuelve. Porque nadie se resiste a sí mismo cuando ha empezado a ser impulsado, ni reduce su miedo a lo verdadero; nadie dice «el autor es vano, es vano: o lo inventó o lo creyó». Nos entregamos para ser llevados por el viento; nos espantamos ante lo dudoso como ante lo cierto; no guardamos la medida de las cosas, enseguida un escrúpulo se convierte en miedo.
Me avergüenzo de hablarte así y de animarte con remedios tan suaves. Que otro diga «quizá no vendrá»: tú di «¿y qué, si viene? Veremos quién vence; quizá viene a mi favor, y esa muerte hará honorable mi vida». La cicuta hizo grande a Sócrates. A Catón arrebátale la espada defensora de la libertad: le habrás quitado gran parte de su gloria. Te exhorto demasiado tiempo, cuando necesitas más una advertencia que una exhortación. No te conducimos en dirección contraria a tu naturaleza: has nacido para estas cosas que decimos; por eso aumenta y embellece tu bien tanto más.
Pero ya pondré fin a la carta, si le imprimo su sello, esto es, si te encomiendo alguna voz magnífica que transmitir. «Entre otros males también tiene este la necedad: siempre empieza a vivir». Considera qué significa esta voz, Lucilio, el mejor de los hombres, y entenderás cuán fea es la ligereza de los hombres que cada día ponen nuevos cimientos de vida, que inician nuevas esperanzas incluso al final. Observa a tu alrededor uno por uno: te encontrarás con viejos que se preparan ahora precisamente para la ambición, para viajes, para hacer negocios. ¿Pero qué hay más vergonzoso que un viejo que empieza a vivir? No añadiría el autor de esta voz, si no fuera más oculta y no estuviera entre los dichos divulgados de Epicuro, que a mí me he permitido tanto alabar como adoptar. Adiós.
Carta14
Confieso que nos es innato el cariño hacia nuestro cuerpo; confieso que ejercemos su tutela. No niego que haya que complacerlo, niego que haya que servirlo; porque servirá a muchos quien sirve al cuerpo, quien teme demasiado por él, quien refiere todo a él. Debemos conducirnos no como si debiéramos vivir para el cuerpo, sino como si no pudiéramos vivir sin el cuerpo; su amor excesivo nos inquieta con miedos, nos carga de preocupaciones, nos expone a las afrentas; lo honesto es vil para aquel a quien el cuerpo le es demasiado querido. Ejérzase su cuidado con la mayor diligencia, pero de tal modo que, cuando lo exija la razón, cuando la dignidad, cuando la lealtad, deba ser enviado a las llamas. Sin embargo, en cuanto podamos evitemos también las incomodidades, no solo los peligros, y retirémonos a lugar seguro, pensando continuamente con qué medios pueden rechazarse las cosas temibles. De ellas, si no me equivoco, hay tres clases: se teme la pobreza, se temen las enfermedades, se temen las cosas que suceden por la violencia de uno más poderoso. De todas estas, ninguna nos sacude más que la que se cierne desde el poder ajeno; porque viene con gran estruendo y tumulto. Los males naturales que mencioné, la pobreza y la enfermedad, se presentan en silencio y no infunden ningún terror a los ojos ni a los oídos: del otro mal hay enorme pompa; tiene alrededor hierro y fuegos y cadenas y una turba de fieras para lanzar contra las entrañas humanas. Piensa en este punto en la cárcel y las cruces y los potros y el garfio y la estaca clavada a través del hombre que emergía por la boca, y los miembros desgarrados al ser tirados en direcciones contrarias por carros, y aquella túnica alimento de los fuegos y untada y tejida con ellos, y lo demás que además de esto ha inventado la crueldad. No es extraño, pues, que sea máximo el miedo a esto cuya variedad es grande y cuyo aparato es terrible. Porque así como el torturador obra más cuantos más instrumentos de dolor ha expuesto —pues son vencidos por la apariencia quienes habrían resistido al sufrimiento—, así de aquellas cosas que doblegan y dominan nuestros ánimos consiguen más las que tienen algo que mostrar. Aquellas pestes no son menos graves —me refiero al hambre y la sed y las supuraciones de las entrañas y la fiebre que abrasa las vísceras mismas— pero están ocultas, no tienen nada que amenazar, que exhibir: estas han vencido como las grandes guerras por su aspecto y su aparato.
Esforcémonos, pues, en evitar las ofensas. A veces es el pueblo a quien debemos temer; a veces, si la organización del Estado es tal que la mayoría de los asuntos se tramitan por el Senado, son los hombres influyentes en él; a veces son individuos a quienes se ha dado poder sobre el pueblo y contra el pueblo. Tener a todos estos como amigos es trabajoso; basta con no tenerlos como enemigos. Así pues, el sabio nunca provocará la ira de los poderosos, más bien la esquivará, no de otro modo que como en la navegación se hace con la tempestad. Cuando te dirigías a Sicilia, atravesaste el estrecho. Un timonel temerario habría despreciado las amenazas del austro —pues es este viento el que enfurece el mar de Sicilia y lo levanta en torbellinos—; no busca la costa de la izquierda, sino aquella desde la que la más cercana Caribdis revuelve los mares. Pero aquel más prudente pregunta a los conocedores de los lugares cuál es el estado de la marea, qué señales dan las nubes; mantiene el rumbo lejos de aquella región famosa por sus remolinos. Lo mismo hace el sabio: evita el poder que puede hacerle daño, procurando ante todo que no parezca que lo evita; pues parte de la seguridad consiste también en esto, en no buscarla abiertamente, porque lo que uno rehúye, lo condena. Debemos considerar, pues, de qué modo podemos estar seguros frente a la multitud. Primero, no codiciemos lo mismo: hay riña entre competidores. Luego, no poseamos nada que pueda arrancársenos con gran provecho del que nos asecha; que haya el mínimo de botín en tu cuerpo. Nadie va tras la sangre humana por sí misma, o muy pocos; son más los que calculan que los que odian. El ladrón deja pasar al desnudo; incluso en el camino sitiado hay paz para el pobre. Después, según el antiguo precepto, hay que evitar tres cosas: el odio, la envidia y el desprecio. Cómo lograr esto solo la sabiduría lo mostrará; pues es difícil el equilibrio, y hay que temer que el miedo a la envidia nos traslade al desprecio, que mientras no queremos parecer que podemos ser pisoteados, parezcamos que podemos serlo. A muchos el poder ser temidos les ha traído motivos para ser temidos. Retirémonos por todas partes: no daña menos ser despreciado que ser sospechoso. Hay que refugiarse, pues, en la filosofía; estas letras, no digo ante los buenos sino ante los medianamente malos, son como ínfulas protectoras. Pues la elocuencia forense y cualquier otra que mueve al pueblo tiene adversarios: esta, tranquila y ocupada en sus asuntos, no puede ser despreciada, pues incluso entre los peores hay honor para ella por parte de todas las artes. Nunca la maldad prevalecerá tanto, nunca se conspirará así contra las virtudes, que el nombre de la filosofía no permanezca venerable y sagrado. Por lo demás, la filosofía misma debe ser tratada con tranquilidad y modestia.
«¿Qué, entonces?», dices, «¿te parece que Marco Catón filosofó con modestia, él que con su opinión reprime la guerra civil? ¿Él que interviene en medio de las armas de los caudillos enfurecidos? ¿Él que, mientras unos ofenden a Pompeyo y otros a César, provoca a ambos a la vez?» Se puede discutir si en aquel tiempo el sabio debía ocuparse de la república. ¿Qué pretendes, Marco Catón? Ya no se trata de la libertad: hace tiempo que fue echada a pique. Se discute si César o Pompeyo poseerá la república: ¿qué tienes tú que ver con esa disputa? No es asunto tuyo. Se elige un amo: ¿qué te importa a ti quién venza? Puede vencer el mejor, pero no puede dejar de ser peor el que haya vencido. He tocado la última etapa de Catón; pero ni siquiera sus primeros años fueron tales que permitieran al sabio lanzarse a aquel saqueo de la república. ¿Qué otra cosa hizo Catón sino vociferar y lanzar voces inútiles, cuando ora era arrastrado fuera del foro, levantado por las manos del pueblo y cubierto de salivazos, ora conducido del Senado a la cárcel?
Pero más adelante veremos si el sabio debe dedicarse a la república: mientras tanto te remito a aquellos estoicos que, excluidos de la república, se retiraron a cultivar la vida y a establecer leyes para el género humano sin ofensa de ningún poderoso. El sabio no perturbará las costumbres públicas ni atraerá sobre sí al pueblo por la novedad de su vida. «¿Qué, entonces? ¿Estará seguro quien siga este propósito?» No puedo prometerte esto más de lo que puedo prometer buena salud a un hombre templado, y sin embargo la templanza produce buena salud. A veces perece una nave en el puerto: pero ¿qué crees tú que ocurre en medio del mar? ¡Cuánto más preparado estaría el peligro para aquel que hace y emprende mucho, para quien ni siquiera el ocio es seguro! A veces perecen los inocentes —¿quién lo niega?—, pero los culpables perecen más a menudo. El arte se afirma para quien es golpeado a través de sus adornos. En fin, el sabio considera el plan de todos los asuntos, no su resultado; los comienzos están en nuestro poder, sobre el resultado juzga la fortuna, a quien no doy sentencia sobre mí. «Pero traerá alguna vejación, algo adverso.» El ladrón no condena cuando mata.
Ahora extiendes la mano hacia la limosna cotidiana. Te llenaré con una limosna de oro, y ya que se ha hecho mención del oro, escucha cómo su uso y disfrute puede serte más grato. «Disfruta más de las riquezas quien menos necesita de las riquezas.» «Cita al autor», dices. Para que sepas cuán generosos somos, nos hemos propuesto elogiar lo ajeno: es de Epicuro o de Metrodoro o de alguien de aquel taller. ¿Y qué importa quién lo haya dicho? Lo dijo para todos. Quien necesita las riquezas teme por ellas; pero nadie disfruta de un bien que le preocupa. Intenta añadirles algo; mientras piensa en el aumento, se olvida del uso. Recibe cuentas, desgasta el foro, hojea el calendario: de dueño se convierte en administrador. Adiós.
Carta15
Fue costumbre de los antiguos, conservada hasta mi época, añadir a las primeras palabras de una carta «si estás bien, me alegro; yo estoy bien». Nosotros decimos correctamente «si filosofas, está bien». Pues esto es, en verdad, estar bien. Sin esto el ánimo está enfermo; y el cuerpo también, aunque tenga grandes fuerzas, no está sano de otro modo que el de un furioso o un frenético. Cuida, pues, principalmente esta salud, luego también aquella secundaria; la cual no te costará mucho, si quieres estar bien. Pues es necia, Lucilio mío, y poco adecuada para un hombre de letras, la ocupación de ejercitar los brazos y ensanchar el cuello y fortalecer los costados; aunque el engorde te vaya bien y crezcan los músculos, nunca igualarás ni las fuerzas de un buey cebado ni su peso. Añade ahora que con mayor carga del cuerpo el ánimo se aplasta y es menos ágil. Así que, en cuanto puedas, reduce tu cuerpo y da espacio al ánimo. Muchos inconvenientes siguen a los dedicados a este cuidado: primero, los ejercicios, cuyo esfuerzo agota el aliento y lo hace inhábil para la concentración y los estudios más intensos; luego, la abundancia de alimentos impide la sutileza. Se añaden esclavos de la peor clase acogidos como maestros, hombres ocupados entre el aceite y el vino, para quienes el día se ha pasado según su deseo si han sudado bien, si en lugar de lo que ha fluido han devuelto mucha bebida que irá más profunda en el estómago vacío. Beber y sudar es vida de cardíaco. Hay ejercicios tanto fáciles como breves, que cansan el cuerpo sin demora y ahorran tiempo, del que hay que tener especial consideración: la carrera y el movimiento de manos con algún peso y el salto, ya sea aquel que levanta el cuerpo en alto o aquel que lo lanza a lo largo o aquel, por así decirlo, de los salios o, por decirlo más injuriosamente, de batanero: elige cualquiera de estos, el uso lo hará fácil. Hagas lo que hagas, vuelve pronto del cuerpo al ánimo; ejercita a este noches y días. Este se alimenta con esfuerzo moderado; a esta ejercitación no la impedirá ni el frío ni el calor, ni siquiera la vejez. Cuida ese bien que se hace mejor con el envejecimiento. No te ordeno que estés siempre inclinado sobre el libro o las tablillas: hay que dar algún intervalo al ánimo, pero de tal modo que no se disuelva, sino que se relaje. El paseo en litera sacude el cuerpo y no perjudica al estudio: puedes leer, puedes dictar, puedes hablar, puedes escuchar, nada de lo cual impide hacer ni siquiera el caminar. No desprecies tampoco la ejercitación de la voz, a la que te prohíbo elevar por grados y modos determinados, y luego bajar. ¿Qué si luego quieres aprender cómo caminar? Admite a esos a quienes el hambre enseñó nuevos oficios: habrá quien regule tus pasos y observe tus mejillas al comer y avanzará tanto cuanto tu paciencia y credulidad impulsen su audacia. ¿Qué, entonces? ¿Tu voz comenzará de inmediato con el grito y con el máximo esfuerzo? Es tan natural excitarse poco a poco que incluso los que litigan comienzan por la conversación, pasan a la vociferación; nadie implora de inmediato la fe de los ciudadanos. Así pues, como el impulso del ánimo te aconseje, ya lanza invectivas contra los vicios con más vehemencia, ya con más lentitud, según la voz también te exhorte a ese lado; cuando la recojas y la llames de vuelta, que descienda con mesura, no que caiga; tenga un término medio y que no se desfogue a la manera inculta y rústica. Pues no nos ocupamos de que la voz se ejercite, sino de que ejercite.
Te he ahorrado un trabajo no pequeño: una sola recompensita y una en griego se añadirá a estos beneficios. He aquí un precepto insigne: «La vida necia es ingrata, temerosa; toda ella se lanza al futuro». «¿Quién dice esto?», preguntas. El mismo que antes. ¿Qué vida crees que se llama necia? ¿La de Baba y de Isión? No es así: se habla de la nuestra, a quienes el deseo ciego precipita hacia lo que ha de dañarnos, que ciertamente nunca nos saciará, a quienes, si algo pudiera bastarnos, nos habría bastado ya, que no pensamos cuán agradable es no pedir nada, cuán magnífico es estar lleno y no depender de la fortuna. Recuerda, pues, constantemente, Lucilio, cuánto has conseguido; cuando hayas visto cuántos te preceden, piensa cuántos te siguen. Si quieres ser agradecido con los dioses y con tu vida, piensa a cuántos has sobrepasado. ¿Qué tienes que ver con los demás? Te has sobrepasado a ti mismo. Establece un límite que no puedas traspasar ni aunque quieras; que se alejen por fin esos bienes insidiosos, mejores para los que esperan que para los que los han alcanzado. Si hubiera algo sólido en ellos, alguna vez también llenarían: ahora excitan la sed de los que beben. Que se vayan los aparatos ostentosos; y lo que revuelve la suerte incierta del tiempo futuro, ¿por qué habría de conseguirlo yo de la fortuna para que me lo dé, en lugar de conseguirlo de mí para no pedirlo? ¿Y por qué habría de pedirlo? Olvidado de la fragilidad humana, ¿amontonaré? ¿Para qué trabajaré? He aquí que este es el último día; aunque no lo sea, está cerca del último. Adiós.
Carta16
Tengo claro, Lucilio, que tú sabes esto: que nadie puede vivir felizmente, ni siquiera tolerablemente, sin el estudio de la sabiduría, y que la vida feliz se logra con la sabiduría perfecta, pero que es tolerable incluso con la incipiente. Pero esto que está claro debe ser afirmado y fijado más profundamente con la meditación cotidiana: hay más trabajo en custodiar los propósitos que en proponerte cosas honestas. Hay que perseverar y añadir vigor con el estudio constante, hasta que la buena intención sea buena disposición.
Así que —no hace falta— no necesitas conmigo ni muchas palabras ni una declaración tan larga: entiendo que has progresado mucho. Sé de dónde viene lo que escribes; no es fingido ni artificial. Sin embargo, te diré lo que pienso: ya tengo esperanza en ti, pero aún no confianza. Quiero que tú también hagas lo mismo: no debes creerte a ti mismo rápida y fácilmente. Examínate y escudríñate de diversas maneras y obsérvate; antes que nada, comprueba si has progresado en filosofía o en la vida misma. La filosofía no es un arte popular ni preparada para la ostentación; no está en las palabras sino en los hechos. Y no se emplea para esto: para que el día transcurra con algún placer, para que se quite el hastío al ocio. Da forma y construye el alma, ordena la vida, rige las acciones, muestra lo que debe hacerse y omitirse, se sienta al timón y por en medio de los peligros dirige el rumbo de los que fluctúan. Sin ella nadie puede vivir sin temor, nadie con seguridad; innumerables cosas suceden cada hora que exigen un consejo, que debe pedirse a ella. Dirá alguien: «¿De qué me sirve la filosofía si existe el destino? ¿De qué sirve si un dios es el rector? ¿De qué sirve si gobierna el azar? Pues ni lo fijado puede cambiarse ni puede prepararse nada contra lo incierto, sino que o bien un dios se ha adelantado a mi plan y ha decidido qué haré, o bien la fortuna no permite nada a mi plan». Sea lo que sea de todo esto, Lucilio, o aunque sean todas estas cosas, hay que filosofar; ya sea que los destinos nos aten con una ley inexorable, ya sea que un dios árbitro del universo lo haya dispuesto todo, ya sea que el azar impulse y sacuda las cosas humanas sin orden, la filosofía debe protegernos. Esta nos exhortará a obedecer de buen grado a dios, a resistir con firmeza a la fortuna; esta te enseñará a seguir a dios, a soportar el azar. Pero no es momento de pasar ahora a esta discusión: cuál es nuestro derecho si la providencia está al mando, o si el encadenamiento de los destinos nos arrastra atados, o si dominan los acontecimientos repentinos y súbitos. Ahora vuelvo a esto: a advertirte y exhortarte a que no permitas que el impulso de tu espíritu decaiga y se enfríe. Consérvalo y afírmalo, para que lo que es impulso se convierta en hábito del espíritu.
Ya desde el principio, si te conozco bien, andarás buscando qué regalito ha traído esta carta: sacúdela y lo encontrarás. No hay motivo para que te asombres de mi espíritu: todavía soy generoso con lo ajeno. Pero ¿por qué dije ajeno? Todo lo que alguien ha dicho bien es mío. Esto también lo ha dicho Epicuro: «si vives conforme a la naturaleza, nunca serás pobre; si conforme a las opiniones, nunca serás rico». La naturaleza desea poco, la opinión desea inmensamente. Amóntense sobre ti todas las riquezas que poseyeron muchos ricos; que la fortuna te eleve más allá de la medida privada del dinero, te cubra de oro, te vista de púrpura, te lleve a tal punto de refinamientos y riquezas que ocultes la tierra con mármoles; que no solo te sea posible tener sino pisotear las riquezas; que se añadan estatuas y pinturas y cuanto arte alguno ha elaborado para el lujo: de estas cosas aprenderás a desear más. Los deseos naturales son limitados: los que nacen de una falsa opinión no tienen dónde terminar; pues lo falso no tiene límite. Para quien camina por una vía hay algún final: el error es inmenso. Retírate, pues, de las vanidades, y cuando quieras saber si lo que buscas tiene un deseo natural o ciego, considera si puede detenerse en algún sitio: si tras haber avanzado mucho siempre queda algo más lejano, has de saber que no es natural. Adiós.
Carta17
Desecha todas esas cosas, si eres sensato, o mejor, para ser sensato, y tiende hacia el buen juicio a gran velocidad y con todas tus fuerzas; si hay algo que te retiene, desátate o córtalo. «Me detiene» dices «mi patrimonio; quiero organizarlo de modo que pueda bastar para no hacer nada, para que ni la pobreza me sea una carga ni yo a alguien». Cuando dices esto, no pareces conocer la fuerza y el poder del bien sobre el que piensas; y ciertamente ves la suma del asunto, cuánto aprovecha la filosofía, pero aún no distingues con suficiente sutileza las partes, ni sabes todavía cuánto nos ayuda en todas partes, cómo, para usar la palabra de Cicerón, tanto «auxilia» en las cosas más grandes como desciende a las más pequeñas. Créeme, llámala a consejo: te aconsejará que no te sientes a hacer cuentas. Sin duda buscas esto y con esa demora quieres conseguir que no tengas que temer la pobreza: ¿y si debe desearse? A muchos las riquezas les han impedido filosofar: la pobreza es desembarazada, es segura. Cuando suena la trompeta de guerra, sabe que no la buscan a ella; cuando se da la alarma de incendio, busca cómo salir, no qué llevarse; si hay que navegar, los puertos no hacen ruido ni las costas se agitan con el séquito de uno solo; no la rodea una turba de esclavos, para alimentar a los cuales hay que desear la fertilidad de regiones de ultramar. Es fácil alimentar pocos vientres y bien educados y que no desean otra cosa que llenarse: el hambre se satisface con poco, el hastío con mucho. La pobreza se contenta con satisfacer los deseos inmediatos: ¿por qué razón, pues, rechazas esta compañera cuyas costumbres imita el rico sensato? Si quieres tener el espíritu libre, o conviene que seas pobre o semejante al pobre. El estudio no puede hacerse saludable sin el cuidado de la frugalidad; pero la frugalidad es pobreza voluntaria. Quita, pues, esas excusas: «aún no tengo cuanto basta; si llego a aquella suma, entonces me entregaré del todo a la filosofía». Pero nada debe prepararse antes que esto que tú postergas y preparas después de lo demás; por esto hay que empezar. «Quiero» dices «preparar de dónde vivir». A la vez aprende también a prepararte a ti mismo: si algo te impide vivir bien, no te impide morir bien. No hay motivo para que la pobreza nos aparte de la filosofía, ni siquiera la indigencia. Pues debe soportarse incluso el hambre para quienes se apresuran hacia esto; la han soportado algunos en los asedios, ¿y qué otro era el premio de aquella paciencia sino no caer en el arbitrio del vencedor? ¡Cuánto mayor es esto que se promete: libertad perpetua, no temer a ningún hombre ni a ningún dios! ¿Acaso no debe venirse a esto incluso con hambre? Los ejércitos han soportado la carencia de todas las cosas, han vivido de raíces de hierbas y han soportado el hambre con cosas vergonzosas de mencionar; han padecido todo esto por un reino, y lo que es más de admirar, ajeno: ¿dudará alguien en soportar la pobreza para liberar el espíritu de las locuras? No hay que adquirir, pues, primero: se puede llegar a la filosofía incluso sin provisiones de viaje. ¿Es así? ¿cuando lo tengas todo, entonces querrás tener también la sabiduría? ¿esta será el último instrumento de la vida y, por así decir, el complemento? Tú, en verdad, tanto si tienes algo, filosofa ya —¿pues cómo sabes si ya tienes demasiado?—, como si no tienes nada, búscala antes que cualquier otra cosa. «Pero faltarán las cosas necesarias». Primero, no podrán faltar, porque la naturaleza pide lo mínimo, y el sabio se acomoda a la naturaleza. Pero si sobrevienen las necesidades extremas, ya hace tiempo que saldrá de la vida y dejará de ser molesto para sí mismo. Si, en cambio, lo que tenga sea poco y escaso aquello con lo que pueda prolongarse la vida, lo tomará a bien y no estará preocupado ni ansioso más allá de lo necesario, sino que dará al vientre y a las espaldas lo suyo, y contemplará con seguridad y alegría las ocupaciones de los ricos y las idas y venidas de quienes van tras las riquezas, y dirá: «¿por qué te postergás tú mismo para largo? ¿esperarás el beneficio de un interés o una ganancia de un negocio o el testamento de un anciano rico, cuando puedes hacerte rico al instante? La sabiduría representa las riquezas, las ha dado superfluas a quienquiera que hizo rico». Estas cosas se refieren a otros: tú estás más cerca de los ricos. Cambia de época, tienes demasiado; pero es lo mismo en toda época lo que basta.
Podría cerrar aquí la carta, si no te hubiera malacostumbrado. No puede nadie saludar a los reyes partos sin un regalo; no te es lícito despedirte gratis. ¿Qué hacer? Tomaré prestado de Epicuro: «para muchos preparar riquezas no fue el fin de las miserias sino el cambio». Y no me asombra esto; pues el vicio no está en las cosas sino en el alma misma. Aquello que nos hizo pesada la pobreza, hizo pesadas las riquezas. Así como no importa si colocas a un enfermo en un lecho de madera o en uno de oro —adondequiera que lo traslades, trasladará consigo su enfermedad—, así no importa si pones un alma enferma en las riquezas o en la pobreza: su mal la sigue. Adiós.
Carta18
Es el mes de diciembre: la ciudad suda al máximo. Se ha dado licencia pública al lujo; todo resuena con enorme aparato, como si hubiera alguna diferencia entre las Saturnales y los días de ocupaciones; hasta tal punto no hay diferencia que no me parece que se equivocó quien dijo en otro tiempo que diciembre había sido un mes, ahora es un año. Si te tuviera aquí, consultaría gustosamente contigo qué piensas que debe hacerse, si no debe cambiarse nada de la costumbre cotidiana o, para no parecer que discrepamos de las costumbres públicas, también si hay que cenar más alegremente y quitarse la toga. Pues lo que no solía hacerse sino en una revuelta y en un tiempo triste de la ciudad, ahora hemos cambiado de ropa por causa del placer y de los días festivos. Si te conozco bien, haciendo de árbitro no habrías querido que fuéramos del todo semejantes a la turba con gorro de liberto ni del todo diferentes; a no ser que acaso en estos días sobre todo haya que imponer disciplina al espíritu, para que entonces se abstenga solo de los placeres cuando toda la turba se ha lanzado a ellos; pues capta la prueba más segura de su firmeza si no va hacia las cosas atractivas y que arrastran al lujo ni se deja arrastrar por ellas. Esto es mucho más fuerte, estando el pueblo borracho y vomitando, estar seco y sobrio; aquello más moderado, no apartarse ni señalarse ni mezclarse con todos y hacer lo mismo pero no del mismo modo; pues es posible celebrar el día festivo sin lujo.
Por lo demás, tanto me agrada poner a prueba la firmeza de tu ánimo que, siguiendo el precepto de los grandes hombres, también a ti te aconsejo esto: intercala algunos días en los que, contento con comida escasísima y baratísima, con ropa tosca y áspera, te digas «¿esto es lo que se temía?». En plena seguridad el ánimo debe prepararse para las dificultades, y debe fortalecerse contra las injurias de la fortuna estando entre sus beneficios. El soldado hace maniobras en plena paz, levanta trinchera sin enemigo alguno, y se agota en un trabajo superfluo para poder bastar cuando sea necesario; no querrás que se aturda en el momento mismo, ejercítalo antes del momento. Esto siguieron quienes, imitando la pobreza todos los meses, se acercaron casi a la indigencia para no asustarse jamás de lo que muchas veces habían aprendido. No es momento ahora de que pienses que hablo de cenas de Timón y celdas de pobres y de todo lo demás con lo que el lujo juega por hastío de las riquezas: que ese catre sea de verdad, y la manta, y el pan duro y sucio. Soporta esto tres o cuatro días, a veces más días, para que no sea un juego sino una prueba: entonces, créeme, Lucilio, saltarás de alegría saciado con dos centavos y comprenderás que para la seguridad no hace falta la fortuna; pues eso que basta a la necesidad lo dará incluso airada. Sin embargo, no hay razón para que te parezca que haces mucho —pues harás lo que hacen muchos miles de esclavos, muchos miles de pobres—: felicítate por esto, porque lo harás sin ser forzado, porque te será tan fácil soportarlo siempre como experimentarlo alguna vez. Ejercitémonos contra el poste, y para que la fortuna no nos sorprenda desprevenidos, que la pobreza nos sea familiar; más seguros seremos siendo ricos si supiéramos cuán poco grave es ser pobres. Aquel maestro del placer, Epicuro, tenía días fijos en los que apagaba el hambre con tacañería, para ver si faltaba algo del placer pleno y consumado, o cuánto faltaba, y si era digno de que alguien lo compensara con gran esfuerzo. Esto ciertamente dice en aquellas cartas que escribió a Polyeno cuando Carino era magistrado; y precisamente se jacta de que no se alimenta con un as entero, Metrodoro, que aún no ha progresado tanto, con un as entero. ¿Piensas tú que en esta comida hay saciedad? Y hay placer; pero no aquel placer ligero y fugaz que debe renovarse continuamente, sino estable y cierto. Pues no es cosa agradable el agua y la polenta o un pedazo de pan de cebada, pero el placer supremo es poder captar placer incluso de estas cosas y haberse reducido a aquello que ninguna injusticia de la fortuna pueda arrebatar. Más generosos son los alimentos de la cárcel, a los apartados para la pena capital no los alimenta tan escasamente quien va a matarlos: ¡qué grandeza de ánimo es descender voluntariamente a aquello que ni siquiera debe temerse cuando nos sentencian a lo último! Esto es anticiparse a los dardos de la fortuna. Comienza pues, mi querido Lucilio, a seguir la costumbre de estos y destina algunos días en los que te retires de tus asuntos y te hagas familiar de lo mínimo; comienza a tener trato con la pobreza;
atrévete, huésped, a despreciar las riquezas y hazte tú también digno de un dios.
Nadie más es digno de dios que quien ha despreciado las riquezas; no te prohíbo poseerlas, pero quiero lograr que las poseas sin miedo; lo cual conseguirás de un solo modo, si te persuades de que vivirás felizmente incluso sin ellas, si siempre las miras como si fueran a marcharse.
Pero ya comencemos a cerrar la carta. «Primero» dices «devuelve lo que debes». Te remitiré a Epicuro, por él se hará el pago: «la ira inmoderada engendra locura». Cuán verdadero es esto necesariamente debes saberlo, pues has tenido tanto esclavo como enemigo. Esta pasión se enciende contra todas las personas; nace tanto del amor como del odio, no menos en lo serio que en los juegos y bromas; no importa de qué causa tan grande nace sino a qué ánimo llega. Así al fuego no le importa cuán grande es sino dónde cae; pues ni siquiera lo máximo lo acogieron los objetos sólidos, en cambio las cosas secas y fáciles de atrapar fomentan incluso una chispa hasta el incendio. Así es, mi Lucilio: el resultado de la ira inmensa es el furor, y por eso debe evitarse la ira no por causa de la moderación sino de la salud. Adiós.
Carta19
Me lleno de alegría cada vez que recibo tus cartas; pues me colman de buena esperanza, y ya no prometen sobre ti sino que lo garantizan. Hazlo así, te ruego y suplico —pues ¿qué tengo mejor para pedir a un amigo que lo que voy a pedir por él mismo?—: si puedes, sustráete de esas ocupaciones; si no, arráncate. Hemos dispersado bastante tiempo: comencemos a recoger velas en la vejez. ¿Acaso es envidiable? Hemos vivido en el estrecho, muramos en el puerto. Y no te aconsejaría yo buscar reputación por el ocio, que no debes ni ostentar ni ocultar; pues jamás te apartaré tanto, condenada la locura del género humano, como para desear que se te prepare algún escondite y olvido: actúa para que tu ocio no sobresalga pero sí aparezca. Luego verán sobre eso aquellos cuyos planes están intactos y son primeros si quieren pasar la vida por la oscuridad: a ti no te es libre. Te sacó a la luz el vigor del ingenio, la elegancia de los escritos, las amistades ilustres y nobles; ya la fama te ha invadido; aunque te sumerjas en lo más profundo y te escondas totalmente, tus acciones anteriores te mostrarán. No puedes tener tinieblas; te seguirá dondequiera que huyas mucha de la luz antigua: puedes reivindicar la quietud sin el odio de nadie, sin deseo o remordimiento de tu ánimo. ¿Pues qué dejarás que puedas pensar haber sido abandonado por ti a disgusto? ¿Clientes? De los cuales ninguno te sigue a ti mismo, sino algo de ti; la amistad antes se buscaba, ahora el botín; cambiarán testamentos los viejos abandonados, el saludador migrará a otro umbral. No puede obtenerse una cosa grande por poco: calcula si es dejar a ti o algo de tus cosas. Ojalá te hubiera tocado envejecer dentro de los límites de tu nacimiento, y la fortuna no te hubiera enviado a lo alto. Te llevó lejos de la vista de la vida saludable la rápida felicidad, la provincia y la administración y lo que se promete por esas cosas; luego te recogerán deberes mayores y unos tras otros: ¿cuál será el final? ¿Qué esperas hasta que dejes de tener lo que deseas? Nunca será el momento. Como decimos que es la serie de causas de las que se teje el destino, así es *** de los deseos: uno nace del final del otro. Has sido arrojado a una vida que nunca va a ponerse a sí misma fin a las miserias y la esclavitud: sustrae la cerviz gastada por el yugo; es preferible cortarla de una vez que oprimirla siempre. Si te retiras a lo privado, todo será menor, pero te llenará con abundancia: pero ahora las cosas más numerosas y amontonadas de todas partes no te sacian. ¿Acaso prefieres la saciedad desde la escasez o el hambre en la abundancia? Y la felicidad es ávida y está expuesta a la avidez ajena; mientras para ti nada sea suficiente, tú no serás suficiente para otros. «¿Cómo» dices «saldré?» De cualquier modo. Piensa cuánto intentaste temerariamente por el dinero, cuánto trabajosamente por el honor: también por el ocio hay que atreverse a algo, o hay que envejecer en esa inquietud de administraciones y luego de deberes urbanos, en el tumulto y en olas siempre nuevas que no es posible escapar con moderación alguna, con quietud alguna de la vida. Pues ¿qué importa para el asunto si tú quieres descansar? Tu fortuna no quiere. ¿Qué si incluso ahora le permites crecer? Cuanto se habrá añadido a los éxitos se añadirá a los temores. Quiero recordarte en este lugar un dicho de Mecenas expresado en el potro mismo de la verdad: «pues la altura misma aturde las cumbres». Si preguntas en qué libro lo dijo, en el que se titula Prometeo. Con esto quiso decir que las cumbres tienen aturdidas. ¿Merece pues la pena algún poder para que tengas un habla tan borracha? Aquel fue un hombre ingenioso, que iba a dar un gran ejemplo de la elocuencia romana si no lo hubiera enervado, más bien castrado, la felicidad. Este final te espera a no ser que ya recojas las velas, a no ser que, lo que él quiso tarde, leas la tierra.
Podría hacer contigo con esta sentencia de Mecenas un balance equivalente, pero me moverás controversia, si te conozco bien, y no querrás recibir lo que debo <sino> en moneda sólida y auténtica. Como se presenta el asunto, hay que hacer un préstamo a Epicuro. «Antes» dice «hay que mirar con quiénes comes y bebes que qué comes y bebes; pues sin amigo la vida de vísceras es de león y lobo». Esto no te ocurrirá a no ser que te retires: de otro modo tendrás comensales que el nomenclátor habrá seleccionado de la turba de saludadores; pero se equivoca quien busca al amigo en el atrio, lo prueba en el banquete. No tiene mayor mal el hombre ocupado y asediado por sus bienes que creer que son amigos suyos aquellos para quienes él mismo no lo es, que juzga que sus beneficios son eficaces para conciliar ánimos, cuando algunos cuanto más deben más odian: la deuda ligera hace deudor, la pesada enemigo. «¿Qué pues? ¿Los beneficios no procuran amistades?» Las procuran, si fue posible elegir a quienes los recibirían, si fueron colocados, no dispersados. Así pues, mientras comienzas a ser dueño de tu mente, entretanto usa este consejo de los sabios, para que consideres que importa más para el asunto quién que qué haya recibido. Adiós.
Carta20
Si estás bien y te juzgas digno de llegar a ser alguna vez tuyo, me alegro; pues será gloria mía si te saco de allí donde fluctúas sin esperanza de salir. Pero esto te pido y exhorto, mi Lucilio, que sumerjas la filosofía en lo más profundo del pecho y tomes prueba de tu progreso no en la oratoria ni en el escrito, sino en la firmeza del ánimo, en la disminución de los deseos: prueba las palabras con los hechos. Una cosa es el propósito de los que declaman y buscan el asentimiento de la corona, otra el de aquellos que retienen los oídos de los jóvenes y ociosos con una discusión variada o fluida: la filosofía enseña a hacer, no a hablar, y esto exige, que cada uno viva según su ley, que la vida no disienta de la oración o la vida misma entre sí; <que> haya un solo color de todas las acciones. Este es el mayor deber y signo de la sabiduría, que las palabras concuerden con las obras, que él mismo sea igual a sí mismo en todas partes y el mismo. «¿Quién logrará esto?» Pocos, algunos sin embargo. Pues es difícil [esto]; pero no digo esto, que el sabio vaya a ir siempre con el mismo paso, sino por el mismo camino. Obsérvate pues, si acaso disienten tu ropa y tu casa, si acaso eres liberal contigo, sórdido con los tuyos, si acaso cenas frugalmente, construyes lujosamente; toma de una vez una sola regla por la que vivas y ajusta a ella toda tu vida. Algunos se contraen en casa, se dilatan fuera y se extienden: vicio es esta diversidad y señal de un ánimo vacilante y que aún no tiene su rumbo. Todavía diré de dónde viene esa inconstancia y desemejanza de cosas y planes: nadie se propone qué quiere, y si se lo propuso no persevera en ello, sino que salta; y no solo cambia sino que regresa y vuelve a aquello que abandonó y condenó. Así pues, para que abandone las definiciones antiguas de la sabiduría y abrace todo el modo de la vida humana, puedo contentarme con esto: ¿qué es la sabiduría? Querer siempre lo mismo y no querer siempre lo mismo. Puedes no añadir aquella pequeña excepción, que sea recto lo que quieras; pues no puede agradar siempre lo mismo a nadie sino lo recto. No saben pues los hombres qué quieren sino en aquel momento en que quieren; en total a nadie le está decidido querer o no querer; cambia cada día el juicio y se vuelve a lo contrario y la mayoría vive la vida por juego. Aprieta pues lo que comenzaste, y quizá seas llevado o a la cumbre o a aquello que comprendas solo tú que todavía no es la cumbre.
«¿Qué será», dices, «de esta multitud de dependientes sin patrimonio?» Cuando esa multitud deje de ser alimentada por ti, se alimentará por sí misma, o aprenderás lo que no puedes saber por tu generosidad: el valor de la pobreza. Ella retendrá a los amigos verdaderos y seguros, se marchará quien seguía no a ti, sino otra cosa. Pero la pobreza no debe amarse solo por esto, porque muestre quiénes te aman. ¡Oh, cuándo llegará aquel día en que nadie mienta para honrarte! Dirige, pues, hacia allí tus pensamientos, cuida esto, desea esto, dispuesto a dejar a Dios todos los demás votos: estar contento contigo mismo y con los bienes que nacen de ti. ¿Qué felicidad puede estar más cerca? Redúcete a lo pequeño, de donde no puedas caer, y para que lo hagas más gustosamente, contribuirá a ello el tributo de esta carta, que te pagaré enseguida.
Puedes envidiarme, pues también ahora Epicuro paga de buena gana por mí. «Tu discurso, créeme, parecerá más grandioso en un catre y sobre un trapo; pues aquellas palabras no solo se dirán sino que se demostrarán.» Yo, ciertamente, escucho de otro modo lo que dice nuestro Demetrio, después de haberlo visto desnudo, ¡cuánto más que acostado sobre un jergón!: no es maestro de la verdad, sino testigo. «¿Qué entonces? ¿no está permitido despreciar las riquezas cuando las tienes en tu regazo?» ¿Por qué no ha de estar permitido? También es de alma grande quien, rodeado de ellas, admirado largo tiempo porque llegaron hasta él, se ríe y oye que son suyas más de lo que lo siente. Es mucho no corromperse por la convivencia con las riquezas; grande es aquel que en medio de las riquezas es pobre. «No sé», dices, «cómo ese soportaría la pobreza si cayera en ella.» Tampoco yo sé, Epicuro, si ese pobre despreciará las riquezas si cayera en ellas; por tanto, en ambos debe evaluarse la disposición de ánimo y examinarse si aquel se complace en la pobreza y si este no se complace en las riquezas. De otro modo, el catre o el trapo son prueba ligera de buena voluntad, a no ser que quede claro que alguien no soporta aquello por necesidad sino que lo prefiere. Por lo demás, es propio de gran carácter no precipitarse hacia esas cosas como si fueran mejores, sino prepararse para ellas como si fueran fáciles. Y son fáciles, Lucilio; pero cuando te acerques tras haber meditado mucho de antemano, también serán placenteras; pues hay en ellas algo sin lo cual nada es placentero: la seguridad. Por tanto, considero necesario lo que te escribí, que grandes varones hicieron a menudo: intercalar algunos días en los que nos ejercitemos en una pobreza imaginaria para la verdadera; lo cual debe hacerse tanto más cuanto que estamos empapados de placeres y juzgamos todo duro y difícil. Más bien debe despertarse del sueño y espabilarse el ánimo y recordársele que la naturaleza nos ha fijado lo mínimo. Nadie nace rico; quien sale a la luz ha sido mandado a contentarse con leche y trapo: desde estos comienzos los reinos no nos contienen. Adiós.
Carta21
¿Crees que tienes que vértelas con aquellos sobre quienes me escribías? El mayor negocio lo tienes contigo mismo, tú mismo te eres molesto. No sabes qué quieres, apruebas lo honesto mejor de lo que lo sigues, ves dónde está situada la felicidad pero no te atreves a llegar hasta ella. Qué es, sin embargo, lo que te lo impide, puesto que tú mismo no lo ves con claridad, te lo diré: consideras grandes estas cosas que vas a dejar, y cuando te has propuesto aquella seguridad a la que vas a pasar, te retiene el esplendor de esta vida de la que vas a retirarte, como si fueras a caer en algo sórdido y oscuro. Te equivocas, Lucilio: desde esta vida se asciende a aquella. La diferencia que hay entre esplendor y luz, pues esta tiene origen cierto y propio, aquel brilla con lo ajeno, esa hay entre esta vida y aquella: esta ha sido golpeada por un fulgor que viene de fuera, cualquiera que se interponga le producirá enseguida una sombra espesa; aquella es ilustre por su propia luz. Tus estudios te harán ilustre y noble. Traeré el ejemplo de Epicuro. Cuando escribía a Idomeneo y lo llamaba de una vida espléndida a una gloria fiel y estable, siendo entonces ministro de un poder regio y manejando grandes asuntos, dice: «si te toca la gloria, mis cartas te harán más conocido que todas esas cosas que cultivas y por las que eres cultivado». ¿Acaso mintió? ¿quién conocería a Idomeneo si Epicuro no lo hubiera grabado en sus cartas? A todos aquellos magnates y sátrapas y al rey mismo de quien Idomeneo obtenía su título, un profundo olvido los ha sepultado. Las cartas de Cicerón no dejan perecer el nombre de Ático. Nada le habría servido tener como yerno a Agripa y como bisyerno a Tiberio y como tataranieto a Druso César; entre nombres tan grandes callaría si Cicerón no se lo hubiera aplicado. Una profunda altura de tiempo vendrá sobre nosotros, pocos ingenios sacarán la cabeza y, destinados a ir algún día al mismo silencio, resistirán al olvido y se reivindicarán largo tiempo. Lo que Epicuro pudo prometer a su amigo, te lo prometo a ti, Lucilio: tendré gratitud entre la posteridad, puedo sacar conmigo nombres que han de durar. Nuestro Virgilio prometió y otorga memoria eterna a dos:
«¡Afortunados ambos! Si algo pueden mis cantos, ningún día jamás os arrancará del tiempo recordado, mientras la casa de Eneas habite la roca inmóvil del Capitolio y el padre romano tenga el imperio.»
A cuantos la fortuna sacó a la palestra pública, a quienes habían sido miembros y partes de un poder ajeno, de estos estuvo en vigor el favor, su casa fue frecuentada, mientras ellos mismos estuvieron en pie: después de ellos pronto faltó el recuerdo. Crece la dignidad de los ingenios y no solo a ellos se les tributa honor, sino que se acoge con favor todo lo que se adhirió a su memoria.
Para que Idomeneo no haya venido en vano a mi carta, él mismo la rescatará de su bolsillo. A este escribió Epicuro aquella célebre sentencia con la que exhorta a hacer rico a Pitocles no por un camino público ni dudoso. «Si quieres», dice, «hacer rico a Pitocles, no hay que añadir al dinero sino restar al deseo.» Y esta sentencia es más clara de lo que requiere interpretación, y más elocuente de lo que necesita ayuda. Solo te advierto esto: no creas que fue dicha solo sobre las riquezas; a donde sea que la traslades, podrá valer lo mismo. Si quieres hacer honesto a Pitocles, no hay que añadir a los honores sino restar a los deseos; si quieres que Pitocles esté en perpetuo placer, no hay que añadir a los placeres sino restar a los deseos; si quieres hacer viejo a Pitocles y llenar su vida, no hay que añadir a los años sino restar a los deseos. No hay razón para que juzgues que estas palabras son de Epicuro: son públicas. Lo que suele hacerse en el senado, considero que debe hacerse también en la filosofía: cuando alguien ha propuesto algo que me place en parte, le pido que divida su moción y sigo lo que apruebo.
Tanto más gustosamente recuerdo los dichos egregios de Epicuro, para que aquellos que se refugian en él inducidos por una mala esperanza, quienes creen que van a tener un velo para sus vicios, comprueben que dondequiera que vayan hay que vivir honestamente. Cuando llegues a sus jardines y leas inscrito en los jardines «HUÉSPED, AQUÍ ESTARÁS BIEN, AQUÍ EL BIEN SUPREMO ES EL PLACER», el guardián de ese domicilio estará preparado, hospitalario, humano, y te recibirá con polenta y también te administrará agua abundantemente y dirá: «¿acaso no has sido bien recibido?» «Estos jardines», dice, «no irritan el hambre sino que la extinguen, y no producen mayor sed con las bebidas mismas, sino que la calman con un remedio natural y gratuito; en este placer he envejecido.» De estos deseos te hablo que no admiten consuelo, a los que hay que dar algo para que cesen. Pues de aquellos extraordinarios que es lícito diferir, es lícito castigar y reprimir, solo te advertiré esto: ese placer es natural, no necesario. A este nada le debes; si le gastas algo, es voluntario. El vientre no escucha preceptos: exige, reclama. No es, sin embargo, un acreedor molesto: se despide por poco, con tal de que le des lo que le debes, no lo que puedes. Adiós.
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