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Libro VII

Cartas a Lucilio · Séneca · 51 min de lectura

Carta63

Séneca saluda a su querido Lucilio.

Lamento que haya fallecido Flaco, tu amigo, pero no quiero que te duela más de lo debido. Apenas me atreveré a exigirte que no te duela en absoluto, aunque sé que sería mejor. Pero ¿a quién le cabrá esa firmeza de ánimo sino al que ya se ha elevado mucho por encima de la fortuna? Incluso a él este asunto le punzará, aunque solo le punzará. A nosotros, en cambio, se nos puede perdonar que caigamos en las lágrimas, si no han corrido en exceso y si nosotros mismos las hemos reprimido. Que los ojos no estén secos al perder a un amigo, pero tampoco que fluyan; hay que llorar, no lamentarse. ¿Te parezco imponerte una ley dura, cuando el más grande de los poetas griegos concedió derecho a llorar durante un solo día, cuando dijo que incluso Níobe pensó en la comida? ¿Preguntas de dónde vienen las lamentaciones, de dónde el llanto desmedido? Mediante las lágrimas buscamos argumentos de nuestro afecto y no seguimos el dolor sino que lo exhibimos; nadie está triste para sí mismo. ¡Oh desdichada insensatez! Existe también cierta ambición del dolor. «¿Qué, entonces?», dices, «¿me olvidaré de mi amigo?» Le prometes un breve recuerdo contigo si ha de permanecer junto con el dolor: ya cualquier circunstancia fortuita trasladará ese semblante tuyo a la risa. No lo aplazo a un tiempo más largo en el que se alivie todo deseo, en el que incluso los lutos más intensos se asientan: tan pronto como dejes de observarte, esa imagen de la tristeza se marchará. Ahora tú mismo custodias tu dolor, pero incluso custodiándolo se te escapa, y cesa tanto más rápido cuanto más intenso es. Procuremos que el recuerdo de los que perdimos nos resulte agradable. Nadie vuelve con gusto a aquello que no puede pensar sin tormento, y es inevitable que nos ocurra con cierta punzada el nombre de los que amamos y hemos perdido; pero también esta punzada tiene su propio placer. Pues, como solía decir nuestro Átalo, «el recuerdo de los amigos difuntos es agradable del mismo modo que ciertos frutos son dulcemente ácidos, del mismo modo que en un vino demasiado añejo nos deleita la propia amargura; pero cuando ha transcurrido un tiempo, se extingue todo lo que angustiaba y nos llega el placer puro. Si le creemos, "pensar en los amigos que están bien es disfrutar de miel y pastel: la evocación de los que ya no están ayuda no sin cierta amargura. Pero ¿quién podría negar que incluso estas cosas acres y que tienen algo de aspereza excitan el estómago?"» Yo no opino lo mismo: para mí el pensamiento de los amigos difuntos es dulce y grato; pues los tuve como si fuera a perderlos, los perdí como si los tuviera.

Haz, pues, mi querido Lucilio, lo que corresponde a tu ecuanimidad, deja de interpretar mal el beneficio de la fortuna: te lo quitó, pero te lo dio. Por eso disfrutemos ávidamente de los amigos, porque es incierto cuánto tiempo podremos tenerlo. Pensemos cuántas veces los dejamos al salir hacia algún viaje lejano, cuántas veces no los vimos aun permaneciendo en el mismo lugar: comprenderemos que perdimos más tiempo en vida. ¿Soportarás que quienes más negligentemente tratan a los amigos los lloren más miserablemente, y que no amen a nadie sino después de haberlo perdido? ¿Y que por eso entonces se entristezcan más profusamente, porque temen que sea dudoso si los amaron? Buscan tardíamente indicios de su afecto. Si tenemos otros amigos, los tratamos y juzgamos mal, ya que valen poco como consuelo ante uno solo que ha sido enterrado; si no los tenemos, nos hemos hecho a nosotros mismos un daño mayor que el que recibimos de la fortuna: ella nos quitó uno, nosotros no hicimos ninguno más. Además, no amó demasiado a uno solo quien no pudo amar a más de uno. Si alguien, despojado al perder su única túnica, prefiriera lamentarse antes que buscar cómo escapar del frío y encontrar algo con qué cubrir sus espaldas, ¿no te parecería el más necio? Has enterrado a quien amabas: busca a quien amar. Más vale reemplazar al amigo que llorarlo.

Sé que lo que voy a añadir ya está muy trillado, pero no lo omitiré por ello, porque todos lo han dicho: incluso quien no puso fin al dolor por decisión propia lo encuentra con el tiempo. Lo más vergonzoso, sin embargo, es en un hombre prudente que el remedio de la tristeza sea el cansancio de entristecerse: prefiero que abandones el dolor a que seas abandonado por él; y deja de hacer cuanto antes aquello que, aunque quieras, no podrás hacer durante mucho tiempo. Los antepasados fijaron un año para el luto de las mujeres, no para que lloraran tanto tiempo, sino para que no lo hicieran más: para los hombres no hay tiempo legítimo, porque ninguno es honroso. Sin embargo, ¿cuál de aquellas mujercitas me darás, apenas apartadas de la pira, apenas arrancadas del cadáver, a quien las lágrimas le hayan durado un mes entero? Nada llega al hastío más rápido que el dolor, que siendo reciente encuentra consuelo y atrae a algunos hacia sí, pero envejecido es objeto de burla, y no sin razón; pues o es fingido o es necio.

Te escribo esto yo, que lloré tan desmedidamente a Anneo Sereno, tan querido para mí, que, aunque no lo querría, estoy entre los ejemplos de aquellos a quienes venció el dolor. Hoy, sin embargo, condeno mi acción y comprendo que la mayor razón para llorar así fue que nunca pensé que él pudiera morir antes que yo. Lo único que se me ocurría era que era más joven, y mucho más joven, ¡como si los hados respetaran el orden! Por tanto, pensemos asiduamente en nuestra mortalidad y la de todos los que queremos. Entonces yo debí haber dicho: «Mi Sereno es más joven: ¿qué importa? Debe morir después de mí, pero puede hacerlo antes». Como no lo hice, la fortuna me golpeó de repente estando desprevenido. Ahora pienso que todas las cosas son mortales y mortales con ley incierta; hoy puede suceder lo que puede suceder en cualquier momento. Pensemos, pues, queridísimo Lucilio, que pronto llegaremos nosotros adonde lamentamos que haya llegado él; y quizá, si al menos es verdadera la fama de los sabios y nos recibe algún lugar, aquel que creemos perdido ha sido enviado por delante. Adiós.

Carta64

Séneca saluda a su querido Lucilio.

Ayer estuviste con nosotros. Puedes quejarte, si solo ayer; por eso añadí «con nosotros»; pues conmigo siempre estás. Habían venido unos amigos por los que se haría más humo, no ese que suele escaparse de las cocinas de los ricos y asustar a los vigilantes, sino ese moderado que indica que han llegado invitados. Nuestra conversación fue variada, como en un banquete, sin llevar ningún asunto hasta el final sino saltando de uno a otro. Luego se leyó un libro de Quinto Sextio padre, un gran hombre, créeme, y aunque lo niegue, estoico. ¡Dioses buenos, qué vigor hay en él, cuánto ánimo! Esto no lo encontrarás en todos los filósofos: los escritos de algunos que tienen nombre ilustre están exangües. Instruyen, discuten, critican, no dan ánimo porque no lo tienen: cuando hayas leído a Sextio, dirás: «vive, está vigoroso, es libre, está por encima del hombre, me despide lleno de inmensa confianza». Te confesaré en qué disposición mental me encuentro cuando lo leo: me place desafiar toda suerte, me place exclamar: «¿por qué tardas, fortuna? Enfréntate: ves que estoy preparado». Me pongo en el ánimo de aquel que busca dónde ponerse a prueba, dónde mostrar su virtud,

«y desea que se le dé entre el rebaño inerte un jabalí espumante o que un león leonado baje del monte».

Me place tener algo que vencer, con cuya resistencia me ejercite. Pues Sextio tiene también esto excelente, que te mostrará la grandeza de la vida feliz y no te causará desesperación de ella: sabrás que está en lo alto, pero penetrable para quien quiere. Esto mismo te proporcionará también la virtud, que la admires y sin embargo la esperes. Al menos a mí suele quitarme mucho tiempo la contemplación misma de la sabiduría; la contemplo pasmado no de otro modo que al propio universo, que a menudo veo como espectador nuevo. Venero, pues, los descubrimientos de la sabiduría y a sus descubridores; me agrada acercarme como a la herencia de muchos. Para mí fueron adquiridas estas cosas, para mí fueron trabajadas. Pero actuemos como buen padre de familia, hagamos más grandes las cosas que recibimos; que esta herencia pase de mí a los descendientes más grande. Queda todavía mucho trabajo y quedará mucho, y no se le negará a ninguno nacido después de mil siglos la ocasión de añadir todavía algo. Pero incluso si todo fue descubierto por los antiguos, esto siempre será nuevo: el uso y el conocimiento y ordenación de lo descubierto por otros. Supón que se nos dejaron medicamentos con los que se curaban los ojos: no es necesario que yo busque otros, pero estos sin embargo deben adaptarse a las enfermedades y momentos. Con esto se alivia la aspereza de los ojos; con esto se reduce la hinchazón de los párpados; con esto se desvía la violencia súbita y el humor; con esto se agudizará la vista: es preciso que los muelas y elijas el momento, apliques la medida a cada caso. Los remedios del alma fueron descubiertos por los antiguos; cómo deben aplicarse o cuándo, eso es tarea nuestra investigarlo. Mucho hicieron los que nos precedieron, pero no lo terminaron. Sin embargo, deben ser respetados y venerados al modo de los dioses. ¿Por qué no voy a tener las imágenes de los grandes hombres como estímulos del alma y a celebrar sus cumpleaños? ¿Por qué no voy a nombrarlos siempre en señal de respeto? La veneración que debo a mis maestros, esa misma la debo a aquellos maestros del género humano, de quienes fluyeron los inicios de tan gran bien. Si veo a un cónsul o a un pretor, haré todo lo que suele hacerse para honrar al cargo: bajaré del caballo, me descubriré la cabeza, me apartaré del camino. ¿Qué, entonces? ¿A Marco Catón el uno y el otro, y a Lelio el Sabio, y a Sócrates con Platón, y a Zenón y Cleantes los recibiré en mi alma sin la mayor dignidad? Yo realmente los venero y siempre me levanto ante nombres tan grandes. Adiós.

Carta65

Séneca saluda a su querido Lucilio.

El día de ayer lo repartí con mi mala salud: ella se apropiò de la mañana, la tarde me la cedió a mí. Así pues, primero probé mi ánimo con la lectura; después, como la había aceptado, me atreví a exigirle más, o mejor dicho, a permitirle: escribí algo y además con más intensidad de lo habitual, mientras lucho con una materia difícil y no quiero ser vencido, hasta que intervinieron unos amigos que me hicieron violencia y me contuvieron como a un enfermo indisciplinado. En lugar del estilete sucedió la conversación, de la cual te haré llegar la parte que está en disputa. Te hemos nombrado árbitro. Tienes más trabajo del que estimas: la causa es triple.

Nuestros estoicos, como sabes, dicen que en la naturaleza hay dos cosas de las que todo proviene: la causa y la materia. La materia yace inerte, dispuesta para todo, destinada a permanecer ociosa si nadie la mueve; la causa, en cambio, es decir, la razón, da forma a la materia y la dirige adonde quiere, produciendo a partir de ella obras diversas. Debe existir, pues, aquello de lo que algo se hace, y luego aquello por lo que se hace: esto es la causa, aquello la materia. Todo arte es imitación de la naturaleza; así que lo que decía sobre el universo trasládalo a aquellas cosas que debe hacer el hombre. Una estatua tuvo materia que soportara al artífice, y un artífice que diera forma a la materia; por tanto, en la estatua la materia fue el bronce, la causa el artesano. La misma condición tienen todas las cosas: constan de aquello que es hecho y de aquello que hace.

Los estoicos consideran que la causa es una sola, aquello que hace. Aristóteles opina que la causa se dice de tres modos: «La primera causa», dice, «es la materia misma, sin la cual nada puede realizarse; la segunda el artífice; la tercera es la forma, que se impone a cada obra como a una estatua». Pues a esta Aristóteles la llama εἶδος. «Una cuarta además», dice, «se añade a estas, el objetivo de toda la obra». Aclararé qué es esto. El bronce es la primera causa de la estatua; pues nunca se habría hecho si no hubiera existido aquello de lo que se fundiera o modelara. La segunda causa es el artífice; pues aquel bronce no habría podido configurarse en forma de estatua si no hubieran intervenido manos expertas. La tercera causa es la forma; pues aquella estatua no se llamaría «doríforo» o «diadúmeno» si no le hubiera sido impresa esta fisonomía. La cuarta causa es el propósito de hacerla; pues si este no hubiera existido, no se habría hecho. ¿Qué es el propósito? Aquello que invitó al artífice, aquello que él siguió al hacerla: o bien es dinero, si la fabricó para venderla, o bien gloria, si trabajó por su nombre, o bien religión, si preparó un regalo para un templo. Luego también esta es causa por la cual se hace: ¿acaso no crees que entre las causas de una obra hecha debe contarse aquello que, si se suprime, la obra no habría existido?

A estas Platón añade una quinta, el modelo, que él mismo llama ἰδέα; pues esto es aquello mirando a lo cual el artífice realizó lo que se proponía. Pero nada importa si tiene el modelo fuera, al que dirigir los ojos, o dentro, donde él mismo lo concibió y colocó. Estos modelos de todas las cosas los tiene Dios dentro de sí y ha abarcado con su mente los números y medidas de todas las cosas que deben hacerse; está lleno de estas figuras que Platón llama ἰδέας, inmortales, inmutables, infatigables. Por tanto, los hombres perecen, pero la humanidad misma, según la cual el hombre es modelado, permanece, y mientras los hombres sufren y mueren, ella no padece nada. Cinco son, pues, las causas, según dice Platón: aquello de lo que, aquello por lo que, aquello en lo que, aquello hacia lo que, aquello por lo que; por último, aquello que surge de estas. Como en la estatua —ya que de esta empezamos a hablar— aquello de lo que es el bronce, aquello por lo que es el artífice, aquello en lo que es la forma que se le adapta, aquello hacia lo que es el modelo que imita quien la hace, aquello por lo que es el propósito del que la hace, aquello que surge de todo esto es la estatua misma. Todo esto tiene también el mundo, según dice Platón: el que hace, este es Dios; aquello de lo que se hace, esta es la materia; la forma, esta es el aspecto y orden del mundo que vemos; el modelo, sin duda aquel mirando al cual Dios hizo esta inmensidad de obra hermosísima; el propósito, por el cual la hizo. Preguntas cuál fue el propósito de Dios: la bondad. Así lo dice ciertamente Platón: «¿Cuál fue para Dios la causa de hacer el mundo? Es bueno; un bueno no siente envidia de ningún bien; hizo, pues, el mejor que pudo».

Pronuncia, entonces, como juez tu sentencia y declara quién te parece que dice lo más verosímil, no quién dice lo más verdadero; pues eso está tan por encima de nosotros como la verdad misma.

Esta multitud de causas que presentan Aristóteles y Platón comprende o demasiadas o demasiado pocas. Pues si consideran causa de hacer algo todo aquello sin lo cual algo no puede realizarse, dijeron pocas. Que pongan entre las causas el tiempo: nada puede hacerse sin tiempo. Que pongan el lugar: si no existiera dónde hacer algo, tampoco se hará. Que pongan el movimiento: sin este nada se hace ni perece; sin movimiento no hay arte, no hay cambio. Pero nosotros ahora buscamos la causa primera y general. Esta debe ser simple; pues también la materia es simple. ¿Qué buscamos que sea la causa? La razón que hace, es decir, Dios; pues todas esas que has enumerado no son muchas causas singulares, sino que dependen de una, de la que hace. ¿Dices que la forma es causa? Esta la impone el artífice a la obra: es parte de la causa, no la causa. Tampoco el modelo es causa, sino instrumento necesario de la causa. Así como es necesario el modelo para el artífice como el cincel, como la lima: sin estos el arte no puede avanzar, pero estos no son partes del arte o causas. «El propósito del artífice», dice, «por el cual se dispone a hacer algo, es causa». Aunque sea causa, no es causa eficiente, sino sobreviniente. Pero estas son innumerables: nosotros buscamos la causa general. Verdaderamente aquello no lo dijeron con su habitual sutileza, que el mundo entero y la obra consumada sea causa; pues hay mucha diferencia entre la obra y la causa de la obra.

O pronuncia tu sentencia o, lo que es más fácil en asuntos de este tipo, declara que no te queda claro y ordénanos volver. «¿Qué placer te da», dices, «perder el tiempo en estas cosas, que no te arrancan ninguna pasión, no te apartan ningún deseo?» Yo ciertamente me ocupo de aquellas cosas con las que se pacifica el ánimo, y primero me escudriño a mí mismo, luego este mundo. Ni ahora tampoco pierdo el tiempo, como tú crees; pues todas estas cosas, si no se fragmentan ni se dispersan en esta sutil inutilidad, elevan y aligeran el ánimo, que oprimido por una pesada carga desea desplegarse y volver a aquellas cosas de las que fue. Pues este cuerpo es peso y castigo del alma; al oprimirla la agobia, está encadenada, a no ser que se acerque la filosofía y le ordene respirar con el espectáculo de la naturaleza y la envíe de lo terrenal a lo divino. Esta es su libertad, esta su vagabundeo; entretanto se sustrae a la custodia en que se la tiene y se renueva con el cielo. Así como los artífices de algún trabajo más delicado que por la tensión fatiga los ojos, si tienen una luz mezquina y precaria, salen a lo público y en algún lugar dedicado al ocio del pueblo deleitan sus ojos con la luz libre, así el alma encerrada en esta morada triste y oscura, cada vez que puede, busca lo abierto y descansa en la contemplación de la naturaleza. El sabio y aspirante a la sabiduría permanece unido a su cuerpo, pero con su mejor parte está ausente y dirige sus pensamientos a lo sublime. Como comprometido por juramento, considera que lo que vive es servicio militar; y está formado de tal modo que no siente ni amor ni odio por la vida, y soporta lo mortal aunque sabe que existen cosas mayores. ¿Me prohíbes la observación de la naturaleza, me apartas del todo y me reduces a la parte? ¿No he de averiguar cuáles son los principios del universo? ¿Quién es el creador de las cosas? ¿Quién separó todo lo que yacía sumergido en uno y envuelto en materia inerte? ¿No he de averiguar quién es el artífice de este mundo? ¿Por qué razón tan gran magnitud vino a ley y orden? ¿Quién reunió lo disperso, separó lo confuso, dividió en formas lo que yacía en una sola deformidad? ¿De dónde se derrama tanta luz? ¿Es fuego, o algo más luminoso que el fuego? ¿No he de averiguar estas cosas? ¿He de ignorar de dónde he descendido? ¿Debo ver estas cosas una sola vez, o nacer muchas veces? ¿Adónde he de ir desde aquí? ¿Qué morada espera al alma liberada de las leyes de la servidumbre humana? ¿Me prohíbes participar del cielo, es decir, me ordenas vivir con la cabeza baja? Soy mayor y he nacido para cosas mayores que ser esclavo de mi cuerpo, al que ciertamente no considero de otro modo que como un grillete puesto alrededor de mi libertad; así pues, lo opongo a la fortuna, para que en él se detenga, y no permito que ninguna herida pase a través de él hasta mí. Cuanto en mí puede sufrir injuria es esto: en esta morada frágil habita el alma libre. Nunca esta carne me obligará al miedo, nunca a una simulación indigna de un hombre bueno; nunca mentiré en honor de este cuerpecillo. Cuando me parezca bien, romperé la sociedad con él; y ahora sin embargo, mientras estamos unidos, no seremos socios en partes iguales: el alma atraerá hacia sí todo el derecho. El desprecio de su propio cuerpo es libertad segura.

Para volver al tema, a esta libertad contribuirá mucho también aquella observación de la que hablábamos hace poco; ciertamente todas las cosas constan de materia y de Dios. Dios gobierna estas cosas que, rodeándolo, siguen al rector y guía. Pero es más poderoso y valioso lo que hace, que es Dios, que la materia que soporta a Dios. El lugar que Dios ocupa en este mundo, este ocupa en el hombre el alma; lo que es allí la materia, eso es en nosotros el cuerpo. Sirvan, pues, las cosas peores a las mejores; seamos fuertes ante las adversidades; no temblemos ante las injurias, ni las heridas, ni las cadenas, ni la pobreza. ¿Qué es la muerte? O un final o un tránsito. No temo dejar de existir —pues es lo mismo que no haber comenzado—, ni trasladarme, porque en ninguna parte estaré tan estrechamente. Adiós.

Carta66

Séneca saluda a su querido Lucilio.

Vi a Clarano, mi condiscípulo, después de muchos años: no esperas, creo, que añada que es viejo, pero por Hércules que está verde de ánimo y vigoroso y lucha con su cuerpecillo. Pues la naturaleza se comportó injustamente y colocó mal tan gran alma; o quizá quiso mostrarnos precisamente esto, que un ingenio fortísimo y felicísimo puede ocultarse bajo cualquier piel. Sin embargo venció todos los impedimentos y del desprecio de sí mismo llegó al desprecio de todo lo demás. Me pareció que se equivocaba quien dijo:

La virtud es más grata cuando proviene de un cuerpo hermoso. Pero no necesita adorno alguno: ella misma constituye su gran decoro y consagra su propio cuerpo. Ciertamente empecé a mirar de otro modo a nuestro Clarano: me parece hermoso y tan recto de cuerpo como lo es de espíritu. De una choza puede salir un gran hombre, y también de un cuerpecillo deforme y humilde puede salir un espíritu hermoso y grande. Por eso me parece que la naturaleza engendra algunos así, para demostrar que la virtud nace en cualquier lugar. Si pudiera producir espíritus desnudos por sí solos, lo habría hecho; ahora hace algo aún mayor: engendra algunos entorpecidos por sus cuerpos, pero que sin embargo atraviesan los obstáculos. Me parece que Clarano fue creado como ejemplo, para que supiéramos que el espíritu no se desluce con la deformidad del cuerpo, sino que el cuerpo se embellece con la hermosura del espíritu. Aunque pasamos juntos poquísimos días, tuvimos muchas conversaciones que iré redactando y te enviaré. El primer día se planteó esta cuestión: cómo pueden ser iguales los bienes si su condición es triple. Algunos, según nuestra escuela, son bienes primarios, como el gozo, la paz, la salvación de la patria; otros son secundarios, expresados en materia infeliz, como la resistencia a los tormentos y la moderación en una grave enfermedad. Aquellos los desearemos directamente para nosotros, estos solo si es necesario. Hay todavía unos terceros, como el andar modesto y el semblante compuesto y probo, y el gesto conveniente al hombre prudente. ¿Cómo pueden ser iguales entre sí estos bienes, cuando unos son deseables y otros rechazables?

Si queremos distinguirlos, volvamos al primer bien y consideremos cómo es. El espíritu que contempla lo verdadero, experto en lo que debe huirse y buscarse, que asigna valor a las cosas no según la opinión sino según la naturaleza, que se inserta en el mundo entero y dirige su contemplación a todos sus actos, igualmente atento a pensamientos y acciones, grande y vehemente, invicto por igual ante lo adverso y lo halagüeño, sin someterse a ninguna de las dos fortunas, superior a todo lo que sucede y acontece, hermosísimo, ordenadísimo tanto en gracia como en fuerzas, sano y firme, imperturbable, intrépido, al que ninguna violencia quiebra, al que ni los sucesos fortuitos elevan ni abaten: tal espíritu es la virtud. Este es su rostro, si llega a ser contemplada de una sola vez y se muestra entera. Por lo demás, son muchas sus manifestaciones, que se despliegan según la variedad de la vida y las acciones: pero ella misma no se hace ni menor ni mayor. Pues el sumo bien no puede decrecer ni le está permitido a la virtud retroceder; pero se convierte en unas y otras cualidades, moldeada según el carácter de las cosas que va a realizar. Todo lo que toca lo conduce a su semejanza y lo tiñe; embellece las acciones, las amistades, a veces casas enteras en las que entró y que dispuso; todo lo que maneja, lo hace amable, notable, admirable. Por eso su fuerza y grandeza no pueden elevarse más allá, puesto que lo máximo no admite aumento: no encontrarás nada más recto que lo recto, igual que nada más verdadero que lo verdadero, ni más moderado que lo moderado. Toda virtud consiste en la medida; la medida tiene una dimensión fija; la constancia no tiene adónde avanzar, como tampoco la confianza, la verdad o la lealtad. ¿Qué puede añadirse a lo perfecto? Nada, o no era perfecto aquello a lo que se añadió; por tanto tampoco a la virtud, a la que si algo puede añadirse, le faltaba algo. Lo honesto tampoco admite adición alguna; pues es honesto precisamente por lo que mencioné. ¿Qué más? ¿No crees que lo decoroso, lo justo y lo legítimo tienen la misma forma, comprendidos en límites precisos? Poder crecer es señal de algo imperfecto. Todo bien cae bajo las mismas leyes: la utilidad privada y pública están unidas, tan inseparables como lo laudable y lo deseable. Por tanto las virtudes son iguales entre sí, y las obras de la virtud, y todos los hombres a quienes les tocaron. Pero las virtudes de las plantas y animales, como son mortales, también son frágiles y caducas e inciertas; saltan y retroceden, y por eso no se valoran al mismo precio. A las virtudes humanas se les aplica una sola regla; pues una sola es la razón, recta y simple. Nada es más divino que lo divino, más celeste que lo celeste. Las cosas mortales disminuyen, caen, se desgastan, crecen, se agotan, se llenan; por eso en tan incierta suerte hay desigualdad: de las cosas divinas una sola es la naturaleza. Pero la razón no es otra cosa que una parte del espíritu divino sumergida en el cuerpo humano; si la razón es divina, y ningún bien existe sin razón, todo bien es divino. Además no hay diferencia alguna entre las cosas divinas; por tanto tampoco entre los bienes. Son iguales por tanto el gozo y la soportación fuerte y obstinada de los tormentos; pues en ambos hay la misma grandeza de espíritu, en uno relajada y suelta, en el otro combativa y tensa. ¿Qué? ¿No crees que es igual la virtud de quien expugna valientemente las murallas enemigas y la de quien soporta con grandísima paciencia el asedio? Grande es Escipión, que cerca y aprieta Numancia y obliga a las manos invictas a volverse contra su propia destrucción, grande el espíritu de los sitiados, que saben que no está encerrado quien tiene abierta la muerte, y expiran en el abrazo de la libertad. Igualmente iguales entre sí son las demás: la tranquilidad, la sencillez, la generosidad, la constancia, la ecuanimidad, la tolerancia; pues todas ellas tienen debajo una sola virtud, que garantiza un espíritu recto e inflexible.

«¿Qué entonces? ¿No hay ninguna diferencia entre el gozo y la soportación inflexible de los dolores?» Ninguna, en cuanto a las virtudes mismas: muchísima entre aquellas cosas en las que se muestra una y otra virtud; pues en uno hay una relajación y soltura natural del espíritu, en el otro un dolor contra natura. Así pues son intermedias estas cosas que admiten mucha distancia: la virtud en ambos casos es igual. La virtud no cambia con la materia: ni la hace peor una materia dura y difícil ni mejor una alegre y placentera; es necesario por tanto que sea igual. Pues en ambos casos lo que se hace se hace igualmente bien, igualmente con prudencia, igualmente con honestidad; por tanto son bienes iguales, más allá de los cuales ni este puede comportarse mejor en este gozo ni aquel mejor en aquellos tormentos; pero dos cosas que no pueden hacerse mejor son iguales. Porque si las cosas situadas fuera de la virtud pueden disminuirla o aumentarla, deja de ser uno el bien que es lo honesto. Si concedes esto, perece toda honestidad. ¿Por qué? Te lo diré: porque nada es honesto lo que se hace de mala gana, lo que se hace forzado; todo lo honesto es voluntario. Mézclale pereza, queja, evasión, miedo: pierde lo mejor que tiene en sí, agradarse a sí mismo. No puede ser honesto lo que no es libre; pues lo que teme es esclavo. Todo lo honesto es seguro, es tranquilo: si rechaza algo, si se lamenta de algo, si juzga algo como un mal, ha recibido perturbación y se revuelca en una gran discordia; pues de un lado lo llama la imagen de lo recto, del otro lo retrae la sospecha del mal. Así pues quien va a hacer algo honestamente, cualquier cosa que se le oponga, aunque la considere incómoda, no la considere un mal, la quiera, la haga de buena gana. Todo lo honesto se hace sin orden ni coacción, es sincero y sin mezcla de mal alguno.

Sé qué puede respondérseme en este punto: «¿Intentas convencernos de que no hay diferencia entre que alguien esté lleno de alegría o que yazca en el potro de tortura y fatigue a su verdugo?». Podría responder: Epicuro también dice que el sabio, si lo queman en el toro de Falaris, exclamará: «Es dulce y no me afecta». ¿Por qué te asombras si yo digo que son iguales los bienes del que está reclinado en un banquete y del que permanece con valentía entre tormentos, cuando Epicuro dice algo más increíble, que es dulce ser quemado? Pero respondo esto: hay muchísima diferencia entre el placer y el dolor; si se plantea una elección, buscaré el uno y evitaré el otro: aquel es conforme a la naturaleza, este va contra ella. Mientras se evalúen así, distan entre sí por un espacio enorme: cuando se llega a la virtud, ambas son iguales, tanto la que procede por lo agradable como la que procede por lo penoso. No tiene ningún peso la vejación, el dolor ni ninguna otra clase de incomodidad, porque la virtud los sepulta. De la misma manera que la claridad del sol oscurece las luces pequeñas, así la virtud con su grandeza aniquila y suprime dolores, molestias e injurias; y dondequiera que resplandece, allí se extingue todo lo que sin ella aparece, y las incomodidades no tienen más porción cuando chocan con la virtud de la que tiene en el mar una nube. Para que sepas que es así, el hombre bueno se lanzará sin vacilación alguna hacia toda acción noble: aunque esté allí el verdugo, el torturador y el fuego, perseverará y no mirará lo que va a sufrir sino lo que va a hacer, y se confiará a una acción honesta como a un hombre bueno; la juzgará provechosa, segura, próspera. La acción honesta pero triste y áspera ocupará ante él el mismo lugar que el hombre bueno pobre o desterrado o flaco y pálido. Vamos, pon de un lado al hombre bueno que abunda en riquezas, del otro al que nada tiene pero lo tiene todo en sí mismo: ambos serán igualmente hombres buenos, aunque gocen de fortuna desigual. El mismo juicio se aplica, como dije, a las cosas que a los hombres: la virtud es igualmente laudable cuando está situada en un cuerpo sano y libre que en uno enfermo y encadenado. Por tanto, no alabarás más tu propia virtud si la fortuna te proporciona un cuerpo íntegro que si te lo proporciona mutilado en alguna parte: de otro modo, esto será juzgar al amo por la condición de los esclavos. Pues todas esas cosas sobre las que el azar ejerce dominio son esclavas: el dinero, el cuerpo, los honores, débiles, fugaces, mortales, de posesión incierta: en cambio son libres e invictas las obras de la virtud, que no son más apetecibles por ello si la fortuna las trata con más benignidad, ni menos si las oprime alguna iniquidad de las circunstancias. Lo que es la amistad entre los hombres, eso es entre las cosas el deseo. No amarías más, creo, al hombre bueno rico que al pobre, ni al robusto y musculoso que al delgado y de cuerpo lánguido; por tanto, tampoco desearás o amarás más la cosa alegre y apacible que la atormentada y trabajosa. O si esto es así, de dos hombres igualmente buenos amarás más al aseado y perfumado que al polvoriento y desgreñado; después llegarás hasta amar más al íntegro en todos sus miembros e ileso que al tullido o tuerto; poco a poco tu disgusto avanzará hasta el punto de que de dos igualmente justos y prudentes prefieras al peinado y rizado. Donde la virtud es igual en ambos, no pesa la desigualdad de las demás cosas; pues todo lo demás no son partes sino accesorios. ¿Acaso alguien ejerce entre los suyos un criterio tan injusto como para amar más al hijo sano que al enfermo, o al alto y elevado que al bajo o moderado? Las fieras no distinguen a sus crías y se tienden por igual para alimentar a todas; las aves reparten la comida equitativamente. Ulises se apresura hacia las rocas de su Ítaca igual que Agamenón hacia los nobles muros de Micenas; nadie ama a su patria porque sea grande, sino porque es suya. ¿Adónde apunta esto? A que sepas que la virtud contempla con los mismos ojos todas sus obras como a sus hijos, se entrega igualmente a todas, y de hecho más intensamente a las que sufren, puesto que también el amor de los padres se inclina más hacia aquellos de quienes se compadece. La virtud tampoco ama más las obras suyas que ve afligidas y oprimidas, pero al modo de los buenos padres las abraza y favorece más.

¿Por qué no hay ningún bien mayor que otro? Porque nada es más ajustado que lo ajustado, porque nada es más llano que lo llano. No puedes decir que esto corresponde más a alguien que aquello; por tanto, tampoco hay nada más honesto que lo honesto. Y si la naturaleza de todas las virtudes es igual, los tres géneros de bienes están en igualdad. Digo así: está en igualdad alegrarse moderadamente y sufrir moderadamente. Aquella alegría no vence a esta firmeza de ánimo que traga los gemidos bajo el torturador: aquellos bienes son deseables, estos admirables, pero unos y otros igualmente iguales, porque toda incomodidad queda cubierta por la fuerza de un bien tan grande. Quien juzga estos desiguales aparta los ojos de las virtudes mismas y mira alrededor las exterioridades. Los bienes verdaderos pesan y valen lo mismo: aquellos falsos tienen mucho de vacío; por eso son vistosos y grandes para quienes los miran, pero cuando se los somete al peso, engañan. Así es, mi Lucilio: lo que la recta razón recomienda es sólido y eterno, fortalece el ánimo y lo eleva para estar siempre en lo alto. Aquellas cosas que se alaban a la ligera y son bienes según la opinión del vulgo inflan con vanidades a los alegres; a su vez, las que se temen como males infunden pavor en las mentes y las agitan igual que a los animales con la apariencia del peligro. Ambas cosas, pues, sin motivo expanden y atormentan el ánimo: ni aquellas son dignas de alegría ni estas de miedo. Solo la razón es inmutable y dueña de su juicio; pues no sirve sino que manda a los sentidos. La razón es igual a la razón, como la recta a la recta; por tanto, también la virtud a la virtud; pues la virtud no es otra cosa que la recta razón. Todas las virtudes son razones; son razones si son rectas; si son rectas, también son iguales. Tal como es la razón, así son las acciones; por tanto, todas son iguales; pues como son semejantes a la razón, son semejantes entre sí. Digo que las acciones son iguales entre sí en cuanto honestas y rectas; por lo demás tendrán grandes diferencias al variar la materia, que unas veces es más amplia, otras más estrecha, unas veces ilustre, otras insignificante, unas veces concierne a muchos, otras a pocos. Sin embargo, en todas ellas lo que es óptimo es igual: son honestas. Como todos los hombres buenos son iguales en cuanto buenos, pero tienen diferencias de edad: uno es mayor, otro más joven; tienen diferencias de cuerpo: uno es hermoso, otro feo; tienen diferencias de fortuna: este es rico, aquel pobre, este goza de favor, es poderoso, conocido por ciudades y pueblos, aquel es desconocido para la mayoría y oscuro. Pero por aquello por lo que son buenos, son iguales.

Los sentidos no juzgan sobre bienes y males; ignoran qué es útil, qué inútil. No pueden emitir sentencia si no se los lleva ante la cosa presente; no prevén el futuro ni recuerdan el pasado; desconocen qué es lo consecuente. Pero de esto se teje el orden y la serie de las cosas y la unidad de una vida que ha de ir por lo recto. La razón es, pues, árbitro de bienes y males; tiene por viles lo ajeno y externo, y juzga como añadiduras mínimas y levísimas esas cosas que ni son buenas ni malas; pues para ella todo bien está en el ánimo. Por lo demás considera que algunos bienes son primeros, a los que viene por propósito, como la victoria, los buenos hijos, la salud de la patria; algunos segundos, que no aparecen sino en circunstancias adversas, como soportar con ánimo sereno la enfermedad, el fuego, el destierro; algunos medios, que no están más conforme a la naturaleza que contra la naturaleza, como caminar prudentemente, sentarse con compostura. Pues no es menos conforme a la naturaleza estar sentado que estar de pie o caminar. Aquellos dos bienes superiores son diversos: los primeros están conforme a la naturaleza, gozarse en la devoción de los hijos, en la seguridad de la patria; los segundos están contra la naturaleza, resistir valientemente los tormentos y soportar la sed cuando una enfermedad abrasa las entrañas. «¿Qué, pues? ¿Algo contra la naturaleza es bueno?» En absoluto; pero aquello en lo que ese bien surge está a veces contra la naturaleza. Pues ser herido y consumirse bajo el fuego aplicado y estar afligido por mala salud está contra la naturaleza, pero mantener entre esas cosas el ánimo infatigable está conforme a la naturaleza. Y para expresar brevemente lo que quiero: la materia del bien está a veces contra la naturaleza, el bien nunca, puesto que no hay bien sin razón, y la razón sigue a la naturaleza. «¿Qué es, pues, la razón?» La imitación de la naturaleza. «¿Cuál es el bien supremo del hombre?» Conducirse según la voluntad de la naturaleza.

«No hay duda», dice, «de que es más feliz una paz jamás amenazada que una restablecida con mucha sangre. No hay duda», dice, «de que es más feliz una salud inquebrantable que una que, saliendo de enfermedades graves y que amenazaban con la muerte, ha sido rescatada hacia la seguridad mediante cierta fuerza y resistencia. Del mismo modo no habrá duda de que el gozo es un bien mayor que un ánimo empeñado en soportar las torturas de heridas o del fuego». De ninguna manera; pues aquellas cosas que son fortuitas admiten muchísima diferencia; se valoran, en efecto, por la utilidad de quienes las reciben. Los bienes tienen un único propósito: concordar con la naturaleza; esto es igual en todos. Cuando seguimos la opinión de alguien en el senado, no puede decirse: este asiente más que aquel. Todos van hacia la misma opinión. Lo mismo digo de las virtudes: todas asientan a la naturaleza. Lo mismo digo de los bienes: todos asientan a la naturaleza. Uno murió joven, otro viejo, alguno siendo un niño pequeño, al que no le tocó más que vislumbrar la vida: todos ellos fueron igualmente mortales, aunque la muerte permitió a unos avanzar más largo en la vida, a otros los cortó en plena flor, a otros interrumpió en sus mismos comienzos. Uno falleció mientras cenaba; a otro la muerte se le unió al sueño; a alguno lo extinguió el acto sexual. A estos opón los traspasados por el hierro o los que expiraron por mordedura de serpientes o los destrozados por un derrumbe o los retorcidos poco a poco por prolongada contracción de nervios. De algunos puede decirse que tuvieron mejor salida, de otros peor: pero la muerte de todos es igual. Son diversos los medios por los que llegan; es uno aquello en lo que terminan. La muerte no es mayor ni menor; pues tiene en todos la misma medida: haber acabado la vida. Lo mismo te digo de los bienes: este bien está entre meros placeres, este otro está entre cosas tristes y amargas; aquel rigió la indulgencia de la fortuna, este otro dominó la violencia: ambos son igualmente buenos, aunque aquel fue por camino llano y suave, este por uno áspero. Pues el fin de todos es el mismo: son bienes, son dignos de alabanza, acompañan a la virtud y a la razón; la virtud iguala entre sí todo lo que reconoce.

Y no hay razón para que te sorprendas de esto entre nuestros principios: en Epicuro hay dos bienes de los cuales se compone aquel sumo y dichoso: que el cuerpo esté sin dolor, el ánimo sin perturbación. Estos bienes no crecen si están llenos: pues ¿hacia dónde crecerá lo que está lleno? El cuerpo carece de dolor: ¿qué puede añadirse a esta ausencia de dolor? El ánimo está seguro de sí y tranquilo: ¿qué puede añadirse a esta tranquilidad? Tal como la serenidad del cielo, purificada hasta el más sincero esplendor, no admite mayor claridad aún, así el estado del hombre que cuida cuerpo y ánimo y teje su bien de ambos es perfecto, y encuentra la cumbre de su deseo si no hay agitación en el ánimo ni dolor en el cuerpo. Si ocurren fuera algunos halagos, no aumentan el sumo bien, sino que, por así decirlo, lo sazonan y deleitan; pues aquel bien absoluto de la naturaleza humana se contenta con la paz del cuerpo y del ánimo.

Te daré incluso ahora en Epicuro una división de los bienes muy semejante a esta nuestra. Pues hay en él unos que preferiría que le ocurrieran, como el reposo del cuerpo libre de toda molestia y la relajación del ánimo que se goza en la contemplación de sus bienes; hay otros que, aunque no quisiera que sucedieran, sin embargo alaba y aprueba, como aquella que hace poco mencionaba: el sobrellevar mala salud y gravísimos dolores, en lo cual estuvo Epicuro en aquel día suyo supremo y felicísimo. Dice, en efecto, que toleraba los tormentos de la vejiga y del vientre ulcerado, que no admitían mayor aumento de dolor, pero que no obstante aquel día era dichoso para él. Pero solo quien está en el sumo bien puede pasar un día dichoso. Luego también en Epicuro están estos bienes que preferirías no experimentar, pero que, porque así lo trajeron las circunstancias, deben ser abrazados y alabados e igualados a los supremos. No puede decirse que no es igual a los máximos bienes aquel que puso la clausura a la vida dichosa, a la cual Epicuro dio las gracias con su última voz.

Permíteme, Lucilio, el mejor de los hombres, decir algo con cierta audacia: si algunos bienes pudieran ser mayores que otros, yo habría preferido estos que parecen tristes a los blandos y delicados, estos habría llamado mayores. Pues es mayor quebrantar lo difícil que moderar lo alegre. Por la misma razón ocurre, lo sé, que alguien soporte bien la felicidad y valientemente la calamidad. Puede ser igualmente fuerte quien hizo guardia seguro ante el parapeto sin que enemigos atacaran el campamento y quien, cortados los tendones, se sostuvo sobre las rodillas y no soltó las armas: «felicitaciones por tu valor» se dice a los ensangrentados que regresan del combate. Por eso yo alabaría más estos bienes ejercitados y fuertes y que lucharon con la fortuna. ¿Dudaría yo de alabar más aquella mano mutilada y quemada de Mucio que la intacta de cualquier hombre fortísimo? Estuvo de pie despreciando enemigos y llamas y contempló su mano que goteaba en el brasero enemigo, hasta que Porsena, favoreciendo el castigo, envidiando la gloria, ordenó arrancarle el fuego contra su voluntad. ¿Por qué no contaré este bien entre los primeros y lo consideraré tanto mayor que aquellos seguros e intactos por la fortuna cuanto más raro es vencer al enemigo con la mano perdida que con ella armada? «¿Qué entonces?», dices, «¿te desearás este bien?» ¿Por qué no? Pues quien no puede desearlo tampoco puede hacerlo. ¿O preferiría desear que extienda mis articulaciones para que me las amasen mis sirvientes depilados? ¿Que una mujerzuela o alguno transformado de hombre en mujerzuela lleve de paseo mis deditos? ¿Por qué no consideraría más feliz a Mucio, porque trató así el fuego como si hubiera prestado aquella mano al que la trató? Restituyó en su integridad todo lo que había errado: concluyó la guerra desarmado y manco y con aquella mano mutilada venció a dos reyes. Cuídate.

Carta67

Séneca saluda a su Lucilio.

Para empezar por lo general, la primavera ha comenzado a manifestarse, pero ya inclinada hacia el verano, época en que debería hacer calor, se ha vuelto tibia y todavía no es de fiar; pues a menudo vuelve al invierno. ¿Quieres saber cuán dudosa es aún? Todavía no me confío al agua fría verdadera, todavía atempero su rigor. «Esto es», dices, «no soportar ni el calor ni el frío». Así es, mi Lucilio: ya mi edad se contenta con su propio frío; apenas se deshiela a mediados del verano. Así que la mayor parte del tiempo la paso entre las ropas. Doy gracias a la vejez porque me ha atado a la cama: ¿por qué no le daría gracias por esto? Todo lo que debía no querer, no puedo. Mi conversación más abundante es con los libros. Si de vez en cuando llegan tus cartas, me parece estar contigo y me siento en el ánimo de tal manera que no te escribo sino que te respondo. Así pues, también sobre esto que preguntas, como si conversara contigo, investigaremos juntos de qué naturaleza es.

Preguntas si todo bien es deseable. «Si es un bien», dices, «ser torturado valientemente y ser quemado con grandeza de ánimo y enfermar con paciencia, se sigue que estas cosas son deseables; pero no veo nada de esto digno de deseo. Desde luego, no conozco a nadie que hasta ahora haya cumplido un voto porque fue azotado con látigos o deformado por la gota o estirado en el potro». Distingue estas cosas, mi Lucilio, y entenderás que hay en ellas algo deseable. Querría que los tormentos estuvieran lejos de mí; pero si hubiera que soportarlos, desearé comportarme en ellos valientemente, con honor, con ánimo. ¿Por qué no preferiría no caer en guerra? Pero si cayera, desearé soportar generosamente las heridas, el hambre y todo lo que la necesidad de las guerras trae. No soy tan demente como para desear enfermar; pero si hubiera que enfermar, desearé no hacer nada intemperadamente, nada afeminadamente. Así no son deseables las desgracias, sino la virtud con la que se sobrellevan las desgracias.

Algunos de los nuestros piensan que la valiente tolerancia de todas estas cosas no es deseable, pero tampoco aborrecible, porque con un voto debe pedirse el bien puro y tranquilo y puesto fuera de toda molestia. Yo disiento. ¿Por qué? Primero porque no puede ocurrir que alguna cosa sea buena pero no deseable; luego, si la virtud es deseable, y ningún bien existe sin virtud, también todo bien es deseable; además, si *** la paciente soportación valiente de los tormentos es deseable. Incluso ahora pregunto: sin duda la fortaleza es deseable, ¿verdad? Pues bien, ella desprecia los peligros y los provoca; su parte más hermosa y admirable es esta: no ceder ante los fuegos, ir al encuentro de las heridas, a veces ni siquiera evitar los dardos sino recibirlos con el pecho. Si la fortaleza es deseable, también es deseable soportar pacientemente los tormentos; pues esto es parte de la fortaleza. Pero separa estas cosas, como dije: no habrá nada que te haga errar. Pues no es deseable sufrir tormentos, sino sufrirlos valientemente: deseo lo «valientemente», que es la virtud. «¿Pero quién se deseó jamás esto?» Algunos votos son abiertos y manifiestos, cuando se hacen particularmente; algunos se ocultan, cuando muchos están comprendidos en uno solo. Así como me deseo una vida honesta; pero la vida honesta consta de acciones variadas: en ella está el arca de Régulo, la herida abierta por su propia mano de Catón, el exilio de Rutilio, la copa de veneno que trasladó a Sócrates de la cárcel al cielo. Así cuando me he deseado una vida honesta, también he deseado estas cosas sin las cuales a veces no puede existir la honesta.

Oh tres y cuatro veces dichosos

a quienes ante los ojos de sus padres bajo las altas murallas de Troya

tocó perecer.

¿Qué importa que desees esto para alguien o que reconozcas que fue deseable? Decio se consagró por la república y, espoleando su caballo, se precipitó hacia la muerte lanzándose en medio de los enemigos. Otro después de él, émulo de la virtud paterna, pronunciadas las palabras rituales y ya familiares, se arrojó contra la formación más compacta del enemigo, preocupado únicamente de que el sacrificio fuera favorable, considerando deseable una buena muerte. ¿Dudas, pues, de que lo mejor es morir de forma memorable y en alguna obra virtuosa? Cuando alguien soporta valientemente los tormentos, emplea todas las virtudes. Quizá una sola esté a la vista y resulte más evidente, la paciencia; pero allí está la fortaleza, de la cual la paciencia, el sufrimiento y la resistencia son ramificaciones; allí está la prudencia, sin la cual no se toma ninguna decisión, que aconseja soportar con el mayor valor posible lo que no puedes evitar; allí está la constancia, que no puede ser desplazada de su lugar y no abandona su propósito aunque ninguna fuerza lo arranque; allí está ese indivisible cortejo de virtudes. Todo lo que se hace honestamente lo hace una sola virtud, pero según el parecer del consejo; pero lo que es aprobado por todas las virtudes, aunque parezca realizarse por una sola, es deseable.

¿Qué? ¿Piensas que solo son deseables aquellas cosas que llegan a través del placer y el ocio, que son recibidas con las puertas adornadas? Hay bienes de aspecto triste; hay ciertos votos que se celebran no con una asamblea de felicitantes, sino de adoradores y veneradores. Así, ¿no crees que Régulo deseó llegar hasta los cartagineses? Revístete del alma de un gran hombre y aléjate un poco de las opiniones del vulgo; comprende, como debes, la imagen hermosísima y muy magnífica de la virtud, que debe ser honrada por nosotros no con incienso ni con guirnaldas, sino con sudor y sangre. Contempla a Marco Catón aplicando sus purísimas manos a aquel pecho sagrado y ensanchando las heridas poco profundas. ¿Acaso le dirás «ojalá que te suceda lo que deseas» y «lamento lo que te pasa», o más bien «enhorabuena por lo que haces»? A este propósito se me ocurre nuestro Demetrio, que llama mar muerto a una vida segura y sin ningún embate de la fortuna. No tener nada que te estimule, que te excite, cuyo anuncio y acometida pruebe la firmeza de tu ánimo, sino yacer en un ocio imperturbable, no es tranquilidad: es calma chicha. Átalo el estoico solía decir: «Prefiero que la fortuna me tenga en sus campamentos que en sus delicias. Soy torturado, pero valientemente: está bien. Soy asesinado, pero valientemente: está bien». Escucha a Epicuro, dirá también «es dulce». Yo jamás impondré un nombre blando a algo tan honesto y severo. Soy quemado, pero invicto: ¿cómo no va a ser esto deseable? No porque me queme el fuego, sino porque no me vence. Nada es más excelente que la virtud, nada más hermoso; y es bueno y deseable todo lo que se realiza bajo su mando. Cuídate.

Carta68

Séneca saluda a su querido Lucilio.

Me adhiero a tu decisión: escóndete en el ocio, pero esconde también el ocio mismo. Puedes saber que harás esto según el ejemplo de los estoicos, aunque no por su precepto; pero lo harás también por su precepto, y te aprobarás a ti mismo y a quien tú quieras. No enviamos al sabio a cualquier república ni siempre ni sin límite alguno; además, cuando hemos dado al sabio una república digna de él, es decir, el mundo, no está fuera de la república aunque se haya retirado; más bien, abandonado quizá un solo rincón, pasa a cosas mayores y más amplias, y colocado en el cielo comprende, cuando ascendía a la silla o al tribunal, en qué bajo lugar se sentaba. Graba esto en tu mente: el sabio nunca actúa más que cuando las cosas divinas y humanas han llegado ante su mirada.

Ahora vuelvo a aquello que empecé a aconsejarte, que tu ocio sea desconocido. No es necesario que te atribuyas la filosofía y la quietud: da otro nombre a tu propósito, llámalo salud y debilidad e indolencia. Gloriarse del ocio es una ambición inerte. Ciertos animales, para no poder ser encontrados, confunden sus huellas alrededor de su propia guarida: debes hacer tú lo mismo, de otro modo no faltarán quienes te persigan. Muchos pasan de largo lo que está abierto, pero escarban en lo oculto y escondido; lo sellado incita al ladrón. Parece vil todo lo que está patente; el ladrón pasa de largo lo abierto. Estas son las costumbres del pueblo, estas las de cualquier ignorante: desea irrumpir en los secretos. Por tanto, lo mejor es no ostentar tu ocio; y es una forma de ostentación ocultarse demasiado y retirarse de la vista de los hombres. Aquel se exilió en Tarento, este se encerró en Nápoles, aquel no traspasó durante muchos años el umbral de su casa: convoca a la multitud quienquiera que haya impuesto algún relato a su ocio.

Cuando te hayas retirado, no se trata de que los hombres hablen de ti, sino de que tú hables contigo mismo. ¿Y qué hablas? Lo que los hombres hacen muy gustosamente sobre otros, juzga mal de ti ante ti mismo: te acostumbrarás tanto a decir la verdad como a oírla. Y trata sobre todo aquello que sientas más débil en ti. Cada uno conoce los defectos de su cuerpo. Por eso uno alivia su estómago con el vómito, otro lo sostiene con comida frecuente, otro agota y purga su cuerpo con ayuno interpuesto; aquellos a quienes el dolor ataca repetidamente los pies se abstienen del vino o del baño: descuidados en lo demás, hacen frente a aquello por lo que son acosados frecuentemente. Así en nuestro ánimo hay ciertas partes, por así decir, enfermas, a las cuales debe aplicarse el cuidado. ¿Qué hago en el ocio? Curo mi úlcera. Si te mostrara un pie hinchado, una mano amoratada, o los nervios secos de una pierna contraída, me permitirías yacer en un solo lugar y cuidar mi enfermedad: mayor es este mal que no puedo mostrarte: en el propio pecho está la infección y la llaga. No quiero, no quiero alabanzas, no quiero que digas: «¡Oh, gran hombre! Despreció todo y, condenados los furores de la vida humana, huyó». No he condenado nada excepto a mí mismo. No hay razón para que vengas a mí con el propósito de progresar. Te equivocas si esperas alguna ayuda de aquí: aquí no habita un médico sino un enfermo. Prefiero que, cuando te marches, digas: «Yo creía que este hombre era feliz y erudito, había aguzado los oídos: he quedado defraudado, no vi nada, no oí nada que deseara, a lo que quisiera volver». Si sientes esto, si dices esto, se ha progresado algo: prefiero que perdones mi ocio a que lo envidies.

«Séneca», dices, «¿me recomiendas el ocio? ¿Caes en las expresiones epicúreas?» Te recomiendo un ocio en el que hagas cosas mayores y más hermosas que las que dejaste: golpear las soberbias puertas de los más poderosos, registrar en una lista a ancianos sin hijos, tener mucho poder en el foro es un poder envidioso y breve y, si lo valoras según la verdad, sórdido. Aquel me superará con mucho en favor forense, aquel en campañas militares y en la dignidad conseguida por ello, aquel en la turba de clientes. No puedo ser igual, tienen más favor: vale la pena ser vencido por todos, con tal de que la fortuna sea vencida por mí. Ojalá este propósito hubiera seguido tu ánimo hace tiempo. Ojalá no estuviéramos tratando de la vida feliz ante la vista de la muerte. Pero aun ahora no nos demoremos; pues muchas cosas que íbamos a creer superfluas y contrarias a la razón, ahora las creemos por experiencia. Como suelen hacer quienes han salido más tarde y quieren recuperar el tiempo con rapidez, añadamos el acicate. Esta edad actúa óptimamente para estos estudios: ya ha dejado de hervir, ya ha fatigado los vicios indómitos del primer hervor de la juventud; no queda mucho para que se extingan. «¿Y cuándo», dices, «te aprovechará eso que aprendes al final, o para qué cosa?» Para esto, para que salga mejor. Sin embargo, no hay razón para que pienses que ninguna edad es más apta para la buena disposición que aquella que se ha domado con muchas experiencias, con un largo y frecuente arrepentimiento de las cosas, que llega a lo saludable con los afectos mitigados. Este es el tiempo de este bien: cualquier anciano que haya llegado a la sabiduría, ha llegado por los años. Cuídate.

Carta69

Séneca saluda a su querido Lucilio.

No quiero que cambies de lugares y que saltes de aquí para allá, primero porque esa mudanza tan frecuente es propia de un ánimo inestable: no puede consolidarse en el ocio si no deja de mirar alrededor y de vagar. Para que puedas contener tu ánimo, detén primero la huida de tu cuerpo. Luego, los remedios continuados aprovechan muchísimo: no debe interrumpirse el reposo y el olvido de la vida anterior; deja desaprender a tus ojos, deja que tus oídos se acostumbren a palabras más sanas. Cada vez que salgas, en el mismo tránsito te saldrán al encuentro algunas cosas que renueven tus deseos. Así como quien intenta despojarse del amor debe evitar todo recuerdo del cuerpo amado —pues nada más fácil que el amor para recrudecerse—, así quien quiere abandonar los deseos de todas las cosas por cuya codicia ardió, debe apartar sus ojos y oídos de lo que dejó. Rápidamente se rebela el afecto. Dondequiera que se vuelva, verá algún incentivo presente de su ocupación. Ningún mal existe sin cebo: la avaricia promete dinero, el lujo muchos y variados placeres, la ambición la púrpura y los aplausos y, por esto, el poder y todo lo que puede el poder. Los vicios te solicitan con recompensa: aquí debes vivir gratis. Apenas puede lograrse en todo un siglo que los vicios, hinchados por tan larga licencia, sean dominados y acepten el yugo, cuánto menos si dividimos un tiempo tan breve con intervalos; apenas una sola cosa, cualquiera que sea, la lleva a la perfección la vigilia y la atención asiduas. Si quieres escucharme, medita y ejercita esto: acoger la muerte y, si así lo aconsejara la situación, llamarla: no importa nada que ella venga a nosotros o que nosotros vayamos a ella. Convéncete de que es falsa aquella palabra de cualquier ignorante: «Hermosa cosa es morir de muerte natural». Nadie muere sino de su propia muerte. Además puedes considerar contigo esto: nadie muere sino en su propio día. No pierdes nada de tu tiempo; pues lo que dejas es ajeno. Cuídate.

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