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Libro III

Cartas a Lucilio · Séneca · 38 min de lectura

Carta22

Ya comprendes que debes salir de esas ocupaciones que parecen dignas pero son malas, pero preguntas cómo puedes lograrlo. Hay ciertas cosas que solo se pueden mostrar estando presente; el médico no puede elegir por carta el momento de la comida o del baño: hay que tocar la vena. Hay un viejo proverbio que dice que el gladiador toma su decisión en la arena: algo le advierte al que observa el rostro del adversario, algo el movimiento de su mano, algo la propia inclinación de su cuerpo. Lo que suele hacerse, lo que conviene hacer, se puede encargar y escribir en términos generales; un consejo así se da no solo a los ausentes, sino también a los que vendrán después: aquello otro, cuándo debe hacerse o cómo, nadie te lo aconsejará desde lejos, hay que deliberarlo con las circunstancias mismas. No basta con estar presente sino vigilante para observar la ocasión que corre fugaz; así que búscala, y si la ves, agárrala, y con todo tu impulso, con todas tus fuerzas, procura librarte de esos deberes. Y presta atención a qué opinión voy a dar: considero que debes salir de esa vida o de la vida. Pero también creo esto, que debes ir por el camino suave, para que desates más que rompas lo que has enredado mal, con tal de que, si no hay otra manera de desatarlo, lo rompas. Nadie es tan cobarde que prefiera estar siempre pendiendo a caer de una vez. Entretanto, lo primero es que no te pongas trabas a ti mismo; conténtate con los negocios en los que has descendido, o, como prefieres que parezca, en los que has caído. No hay por qué esforzarte hacia otros más, o perderás la excusa y quedará claro que no caíste en ellos. Pues son falsas esas cosas que suelen decirse: «No pude hacer otra cosa. ¿Qué si no hubiera querido? Era necesario». Para nadie es necesario perseguir la felicidad a la carrera: es ya algo, aunque no sea resistirse, detenerse y no precipitarse tras la fortuna que nos arrastra.

¿Te va a molestar que no solo pida consejo sino que convoque también a otros más prudentes que yo, a los que suelo acudir cuando delibero sobre algo? Lee la carta de Epicuro pertinente a este asunto, la que está dirigida a Idomeneo, en la que le ruega que huya cuanto pueda y se apresure, antes de que intervenga alguna fuerza mayor y le quite la libertad de retirarse. Sin embargo, el mismo añade que no hay que intentar nada salvo cuando pueda intentarse de manera apropiada y oportuna; pero cuando llegue ese momento tanto tiempo esperado, dice que hay que saltar. Prohíbe dormitar al que piensa en la fuga y espera una salida salvadora incluso de las situaciones más difíciles, si ni nos apresuramos antes de tiempo ni nos retrasamos en el momento oportuno. Creo que ahora buscas también la opinión de los estoicos. No hay por qué nadie los acuse ante ti de temeridad: son más prudentes que valientes. Quizá esperas que te digan esto: «Es vergonzoso ceder ante la carga; lucha con el deber que una vez asumiste. No es un hombre fuerte y enérgico el que huye del esfuerzo, a no ser que su ánimo crezca con la dificultad misma de las cosas». Te dirán eso, si la perseverancia tiene sentido, si no habrá que hacer o soportar nada indigno de un hombre bueno; de lo contrario no se desgastará en un trabajo sórdido y humillante ni estará ocupado por causa de las ocupaciones. Ni siquiera hará lo que tú crees que hará, que envuelto en asuntos ambiciosos soporte siempre su agitación; sino que cuando vea que son graves, inciertos, dudosos aquellos en los que se revuelca, echará el pie atrás, no volverá la espalda, sino que se retirará poco a poco hacia la seguridad. Es fácil, mi querido Lucilio, escapar de las ocupaciones, si desprecias los premios de las ocupaciones; son estos los que nos retrasan y detienen. «¿Qué pues? ¿Abandonaré esperanzas tan grandes? ¿Me iré en plena cosecha? ¿Quedará desprotegido mi costado, mi litera sin acompañamiento, mi atrio vacío?» Por esto se van de mala gana los hombres y aman la paga de las miserias, mientras detestan las miserias mismas. Así se quejan de la ambición como de una amante, es decir, si examinas su verdadero sentimiento, no la odian sino que riñen con ella. Sacude a esos que deploran lo que desearon y hablan de huir de cosas de las que no pueden carecer, verás que es voluntaria para ellos la demora en eso que dicen soportar con dificultad y miserablemente. Así es, Lucilio: a pocos los retiene la esclavitud, a más retiene la esclavitud. Pero si estás decidido a dejarla y la libertad te ha gustado de buena fe, pero solo pides ayuda en esto, que te suceda hacerlo sin perpetua inquietud, ¿por qué no te va a aprobar toda la cohorte de los estoicos? todos los Zenones y Crisippos te aconsejarán cosas moderadas, honestas, tuyas. Pero si te andas con rodeos para mirar en torno cuánto llevas contigo y con cuánto dinero equipas el ocio, nunca encontrarás la salida: nadie nada con su equipaje. Emerge hacia una vida mejor con los dioses propicios, pero no del modo en que son propicios a aquellos a quienes con rostro bueno y benigno les han concedido males magníficos, excusados solo por esto, que esas cosas que los queman, que los torturan, les fueron dadas cuando las deseaban.

Ya iba a imprimir el sello en la carta: hay que abrirla de nuevo, para que vaya a ti con el acostumbrado regalito y lleve consigo alguna frase magnífica; y se me ocurre ahora una, no sé si más verdadera o más elocuente. «¿De quién?», preguntas. De Epicuro; pues aún transporto cargas ajenas: «Nadie sale de la vida de otro modo que como si acabara de entrar en ella». Elige al que quieras, joven, anciano, de mediana edad: encontrarás que tiene igual miedo a la muerte, igual ignorancia de la vida. Nadie tiene nada hecho; pues lo nuestro lo hemos aplazado para el futuro. Nada me deleita más en esa frase que reprochar a los viejos su infancia. «Nadie», dice, «sale de la vida de otro modo que como nació». Es falso: morimos peores de lo que nacimos. Ese es nuestro vicio, no de la naturaleza. Ella debería quejarse con nosotros y decir: «¿Qué es esto? Os engendré sin codicias, sin temores, sin superstición, sin perfidia y demás pestes: salid tal como entrasteis». Ha alcanzado la sabiduría quien muere tan seguro como nace; pero ahora nos asustamos cuando se acerca el peligro, no conservamos ni el ánimo ni el color, caen las lágrimas que no servirán de nada. ¿Qué hay más vergonzoso que estar angustiado en el umbral mismo de la seguridad? La causa de esto es que estamos vacíos de todos los bienes, sufrimos por la pérdida de la vida. Pues ninguna parte de ella se ha asentado en nosotros: ha pasado de largo y se ha escurrido. Nadie se preocupa de cuán bien vive sino de cuánto tiempo, cuando a todos les es posible vivir bien, a ninguno largo tiempo. Adiós.

Carta23

¿Crees que voy a escribirte qué benignamente se porta el invierno con nosotros, que fue suave y breve, qué mezquina es la primavera, qué frío inoportuno, y otras tonterías de los que buscan palabras? Yo en verdad voy a escribir algo que pueda ser útil tanto para mí como para ti. ¿Qué será eso sino exhortarte a la buena mentalidad? ¿Preguntas cuál es su fundamento? No alegrarte por cosas vanas. He dicho que esto es el fundamento: la cumbre es esta. Ha llegado a lo más alto quien sabe de qué alegrarse, quien no ha puesto su felicidad en poder ajeno; está inquieto e inseguro de sí mismo aquel a quien arrastra alguna esperanza, aunque esté al alcance de la mano, aunque no se busque con dificultad, aunque nunca le hayan engañado las cosas esperadas. Haz esto ante todo, mi querido Lucilio: aprende a alegrarte. ¿Crees que ahora te estoy quitando muchos placeres al apartar lo fortuito, al considerar que deben evitarse las esperanzas, los más dulces entretenimientos? Al contrario, no quiero que te falte nunca la alegría. Quiero que nazca en tu casa: nace con tal de que se produzca dentro de ti mismo. Las demás alegrías no llenan el pecho; relajan el rostro, son superficiales, a no ser que tú consideres que se alegra el que ríe: el ánimo debe estar animoso y confiado y por encima de todo erguido. Créeme, la verdadera alegría es cosa seria. ¿Acaso tú crees que alguien con rostro relajado y, como dicen esos afectados, risueño, desprecia la muerte, abre su casa a la pobreza, mantiene los placeres bajo freno, medita en la paciencia de los dolores? Quien revuelve esto en su interior está en gran alegría, pero poco halagüeña. Quiero que estés en posesión de esta alegría: nunca te faltará, una vez que hayas descubierto de dónde pedirla. El fruto de los metales ligeros está en la superficie: son riquísimas aquellas cuya vena yace en lo profundo y responderá siempre más abundantemente al que la excava. Esas cosas con que se deleita el vulgo tienen un placer superficial y pasajero, y cualquier alegría importada carece de fundamento: esta de la que hablo, a la que intento conducirte, es sólida y se expande más hacia dentro. Haz, te lo ruego, queridísimo Lucilio, lo único que puede proporcionarte felicidad: destruye y pisotea esas cosas que brillan desde fuera, que te prometen otros o desde otros; mira hacia el bien verdadero y alégrate de lo tuyo. ¿Qué es esto de «lo tuyo»? Tú mismo y tu mejor parte. El cuerpecillo también, aunque nada puede hacerse sin él, considéralo cosa más necesaria que grande; sugiere placeres vanos, breves, dignos de arrepentimiento y, a no ser que se moderen con gran moderación, se convertirán en lo contrario. Lo digo así: El placer está al borde del precipicio, tiende hacia el dolor, si no mantuvo la medida; pero es difícil mantener la medida en aquello que has creído que es bueno: el ansia del bien verdadero es segura. Preguntas qué es eso, o de dónde viene. Te lo diré: de la buena conciencia, de las decisiones honestas, de las acciones rectas, del desprecio de lo fortuito, del curso de vida plácido y continuo que sigue un solo camino. Pues aquellos que saltan de unos propósitos a otros, o ni siquiera saltan sino que son trasladados por algún azar, ¿cómo pueden tener algo cierto y duradero estando suspendidos y errantes? Son pocos los que se disponen a sí mismos y a lo suyo con un plan: los demás, a la manera de las cosas que flotan en los ríos, no van sino que son llevados; de ellos, a unos los retuvo una onda más suave y los transportó con más suavidad, a otros los arrebató una más violenta, a otros los depositó otra próxima a la orilla al languidecer la corriente, a otros el ímpetu torrencial los arrojó al mar. Por eso hay que decidir qué queremos y perseverar en ello.

Este es el momento de saldar una deuda. Puedo devolverte una frase de tu Epicuro y liberar así esta carta: «Es penoso estar siempre empezando a vivir»; o, si el sentido puede expresarse mejor de este modo, «viven mal quienes siempre están empezando a vivir». «¿Por qué?», preguntas; pues esta frase exige una explicación. Porque su vida está siempre incompleta; ahora bien, no puede estar preparado para la muerte quien apenas está empezando a vivir. Debemos procurar haber vivido lo suficiente: nadie lo consigue si está empezando justo ahora a vivir. No creas que son pocos los que así actúan: casi todos lo son. Algunos, de hecho, empiezan cuando ya es hora de terminar. Si esto te parece extraño, añadiré algo que te sorprenderá más: algunos dejaron de vivir antes de empezar. Cuídate.

Carta24

Me escribes que estás angustiado por el resultado de un juicio que te anuncia el furor de un enemigo; crees que voy a aconsejarte que te imagines lo mejor y que confíes en una esperanza halagüeña. Pues ¿qué necesidad hay de atraer los males, de adelantar lo que habrá que sufrir bastante pronto cuando llegue, y de arruinar el tiempo presente con el miedo al futuro? Sin duda es una necedad ser ya desgraciado porque algún día vas a serlo. Pero yo te conduciré hacia la tranquilidad por otro camino: si quieres liberarte de toda angustia, supón que va a ocurrir sin duda lo que temes que ocurra, y cualquiera que sea ese mal, mídelo tú mismo contigo y evalúa tu miedo: comprenderás sin duda que lo que temes no es grande o no es duradero. No hace falta reunir durante mucho tiempo ejemplos que te den ánimo: toda época los ha dado. Hacia cualquier parte que dirijas tu memoria, sea en asuntos políticos o externos, te saldrán al encuentro hombres de grandes dotes, grandes logros o grandes empresas. ¿Puede ocurrirte algo más duro, si eres condenado, que ser enviado al exilio o llevado a prisión? ¿Hay algo más que temer que ser quemado o morir? Considera cada una de estas cosas por separado y convoca a quienes las despreciaron, que no hay que buscar sino elegir. Rutilio soportó su condena de tal modo que lo único que le molestaba era haber sido juzgado injustamente. Metelo soportó el exilio con valentía, Rutilio incluso con gusto; uno de ellos trabajó por volver a la patria, el otro negó su regreso a Sila, a quien entonces nada se le negaba. Sócrates discutió en la cárcel y, cuando había quienes le prometían la fuga, se negó a salir y permaneció, para quitar a los hombres el miedo a las dos cosas más graves: la muerte y la cárcel. Mucio puso su mano en el fuego. Es doloroso quemarse: ¡cuánto más doloroso si lo sufres por tu propia acción! Ves a un hombre no instruido ni preparado con doctrina alguna contra la muerte o el dolor, equipado solo con fortaleza militar, exigiéndose a sí mismo el castigo por su intento fallido; permaneció contemplando su mano derecha que goteaba sobre el brasero enemigo y no retiró aquella mano, derritiéndose hasta quedar los huesos al descubierto, hasta que el fuego le fue retirado por el enemigo. Pudo hacer algo más afortunado en aquel campamento, nada más valiente. Mira cuánto más ardiente es la virtud para afrontar los peligros que la crueldad para infligirlos: más fácilmente perdonó Porsena a Mucio por haber querido matarlo que Mucio se perdonó a sí mismo por no haberlo matado.

«Esas historias», dirás, «son fábulas que se cantan en todas las escuelas; pronto, cuando llegue el momento de despreciar la muerte, me contarás lo de Catón». ¿Por qué no voy a contar aquella última noche en que leyó el libro de Platón teniendo la espada colocada junto a su cabeza? Había previsto estos dos instrumentos para el momento final: uno para querer morir, otro para poder hacerlo. Así pues, habiendo arreglado sus asuntos, en la medida en que podían arreglarse cuando estaban rotos y en su fin, consideró que debía procurar que a nadie le fuera posible matar a Catón ni le tocara salvarlo; y desenvainando la espada que hasta aquel día había conservado limpia de toda matanza, dijo: «Nada has conseguido, Fortuna, oponiéndote a todos mis intentos. No he luchado hasta ahora por mi libertad sino por la de mi patria, ni actuaba con tanta obstinación para vivir libre, sino para vivir entre hombres libres: ahora, puesto que la situación del género humano es desesperada, que Catón sea llevado a lugar seguro». Entonces se infligió una herida mortal en el cuerpo; vendada esta por los médicos, cuando tenía menos sangre, menos fuerzas pero el mismo ánimo, ya irritado no solo contra César sino contra sí mismo, metió las manos desnudas en la herida y expulsó —no emitió, sino expulsó— aquel espíritu noble y despreciador de todo poder.

No estoy reuniendo ahora ejemplos para ejercitar mi ingenio, sino para exhortarte contra lo que parece más terrible; pero te exhortaré más fácilmente si demuestro que no solo los hombres valientes han despreciado ese momento de exhalar el alma, sino que algunos que fueron cobardes en otras cosas igualaron en esto el ánimo de los más valientes, como aquel Escipión, suegro de Pompeyo el Grande, que llevado de vuelta a África por un viento contrario, cuando vio que su nave era capturada por los enemigos, se atravesó con la espada y a quienes preguntaban dónde estaba el general, dijo: «El general está bien». Esta frase lo hizo igual a sus antepasados y no permitió que se interrumpiera la gloria que estaba destinada a los Escipiones en África. Mucho fue vencer Cartago, pero más fue vencer la muerte. «El general», dijo, «está bien»: ¿acaso debía morir de otro modo un general, y además uno de los Catones? No te remito a las historias ni recojo de todos los siglos a los despreciadores de la muerte, que son muchísimos; mira estos tiempos nuestros, de cuya languidez y molicie nos quejamos: te ofrecerán hombres de todo rango, de toda fortuna, de toda edad, que cortaron sus males con la muerte. Créeme, Lucilio, la muerte no debe temerse tanto que gracias a ella nada hay que temer. Escucha tranquilo, pues, las amenazas de tu enemigo; y aunque tu conciencia te dé confianza, sin embargo, como muchas cosas valen fuera de la causa, espera lo más justo pero prepárate para lo más injusto. Pero ante todo recuerda esto: quitar a las cosas el tumulto y ver qué hay en cada una; comprenderás que no hay en ellas nada terrible excepto el miedo mismo. Lo que ves que les ocurre a los niños nos ocurre también a nosotros, niños grandes: ellos, si ven enmascarados a quienes aman, a quienes están acostumbrados, con quienes juegan, se asustan: hay que quitar la máscara no solo a los hombres sino también a las cosas y devolverles su verdadero rostro. ¿Por qué me muestras espadas y fuegos y una turba de verdugos rugiendo a tu alrededor? Quita esa pompa bajo la que te escondes y con la que aterras a los necios: eres la muerte, a quien hace poco despreciaron mi esclavo y mi esclava. ¿Por qué de nuevo me despliegas con gran aparato látigos y potros de tormento? ¿Por qué esos artefactos adaptados uno a uno a cada articulación para retorcerlos y mil otros instrumentos para descuartizar al hombre pedazo a pedazo? Deja eso que nos deja atónitos; ordena que callen los gemidos y gritos y la amargura de las voces arrancadas entre los desgarros: sin duda eres el dolor, al que desprecia aquel gotoso, al que soporta aquel enfermo del estómago en medio de sus placeres, al que sufre la joven en el parto. Eres leve si puedo soportarte; eres breve si no puedo soportarte.

Revuelve estas cosas en tu mente, que a menudo has oído, que a menudo has dicho; pero demuestra con los hechos si las has oído de verdad, si las has dicho de verdad; pues esto es lo más vergonzoso que suele reprochársenos, que manejamos las palabras de la filosofía, no las obras. ¿Qué? ¿Acaso ahora por primera vez has sabido que la muerte te amenaza, ahora el exilio, ahora el dolor? Para esto has nacido; pensemos que va a ocurrir todo lo que puede ocurrir. Lo que te aconsejo hacer sé ciertamente que lo has hecho: ahora te advierto que no sumerjas tu ánimo en esa angustia; pues se embotará y tendrá menos vigor cuando haya que levantarse. Apártalo de la causa privada hacia la pública; di que tienes un cuerpecillo mortal y frágil, al que no solo por injuria o por fuerzas más poderosas se le anunciará el dolor: los mismos placeres se convierten en tormentos, los banquetes traen indigestión, las borracheras traen entumecimiento y temblor de los nervios, las pasiones traen deformidades de pies, manos y todas las articulaciones. Me haré pobre: estaré entre muchos más. Me haré exiliado: allí me creeré nacido adonde sea enviado. Seré encadenado: ¿qué importa? ¿Acaso ahora estoy suelto? A esto me ata la naturaleza con el pesado peso de mi cuerpo. Moriré: esto quiere decir que dejaré de poder enfermar, dejaré de poder ser encadenado, dejaré de poder morir.

No soy tan necio como para seguir en este punto la cantinela epicúrea y decir que son vanos los temores del inframundo, que Ixión no gira en una rueda ni la roca empuja Sísifo cuesta arriba sobre sus hombros ni pueden las vísceras de nadie renacer cada día y ser devoradas: nadie es tan niño como para temer a Cerbero y las tinieblas y el aspecto fantasmal de los que tienen solo huesos. La muerte o nos consume o nos despoja; si somos despojados, quedan cosas mejores una vez quitada la carga; si somos consumidos, no queda nada, bienes y males igualmente eliminados. Permíteme citar aquí un verso tuyo, pero antes te advierto que juzgues que escribiste esas cosas no para otros sino también para ti. Es vergonzoso decir una cosa y pensar otra: ¡cuánto más vergonzoso escribir una cosa y pensar otra! Recuerdo que tú trataste en alguna ocasión ese tema: que no caemos en la muerte repentinamente sino que avanzamos poco a poco. Morimos cada día; pues cada día se nos quita una parte de la vida, e incluso cuando crecemos la vida decrece. Hemos perdido la infancia, luego la niñez, luego la adolescencia. Todo el tiempo que ha transcurrido hasta ayer ha perecido; este mismo día que vivimos lo dividimos con la muerte. Como la clepsidra no se vacía con la última gota sino con todo lo que fluyó antes, así la última hora en que dejamos de existir no hace sola la muerte sino que solo la consuma; entonces llegamos a ella, pero hace tiempo que venimos. Cuando habías descrito esto con tu habitual elocuencia, siempre grande sin duda, pero nunca más aguda que cuando prestas palabras a la verdad, dijiste:

«no viene una sola muerte, sino que la que nos arrebata es la última muerte».

Prefiero que te leas a ti mismo que mi carta; pues te quedará claro que esta muerte que tememos es la última, no la única.

Veo adónde apuntas: preguntas qué he metido en esta carta, qué dicho animoso de alguien, qué precepto útil. De esta misma materia que he tratado te enviaré algo. Epicuro censura no menos a quienes desean la muerte que a quienes la temen, y dice: «Es ridículo correr hacia la muerte por hastío de la vida, cuando con tu modo de vivir has hecho que haya que correr hacia la muerte». También dice en otro pasaje: «¿Qué hay tan ridículo como buscar la muerte cuando te has hecho la vida intranquila por miedo a la muerte?». A esto puedes añadir también aquello de la misma línea: que la imprudencia de los hombres, o mejor dicho su locura, es tal que algunos se ven empujados a la muerte por temor a la muerte. Cualquiera de estos temas que trates fortalecerá tu ánimo ya sea para soportar la muerte o la vida; pues debemos ser advertidos y reforzados en ambos sentidos, para no amar demasiado la vida ni odiarla en exceso. Incluso cuando la razón aconseje acabar con uno mismo, no hay que dejarse llevar por el impulso a la ligera ni precipitadamente. El hombre valiente y sabio no debe huir de la vida sino salir de ella; y ante todo hay que evitar también ese sentimiento que se apodera de muchos, el ansia de morir. Pues existe, mi querido Lucilio, como hacia otras cosas, también hacia el morir una inclinación irreflexiva del alma que a menudo se apodera de hombres nobles y de temperamento muy ardiente, y a menudo de cobardes abatidos: aquellos desprecian la vida, estos se sienten abrumados por ella. A algunos los invade una misma saciedad de hacer y de ver, y no tanto odio a la vida como fastidio, en el que caemos empujados por la propia filosofía, cuando decimos: «¿Hasta cuándo lo mismo? Sin duda me despertaré, dormiré, comeré, tendré hambre, pasaré frío, pasaré calor. No hay fin para nada, sino que todo está encadenado en círculo, las cosas huyen y se persiguen; la noche aprieta al día, el día a la noche, el verano termina en otoño, al otoño lo acosa el invierno, que es contenido por la primavera; todo pasa así para volver. Nada nuevo hago, nada nuevo veo: llega un momento en que también esto produce náusea». Muchos hay que no juzgan amargo vivir sino superfluo. Adiós.

Carta25

En lo que se refiere a nuestros dos amigos, hay que seguir caminos diferentes; pues a uno hay que corregirle los vicios, al otro hay que quebrantarlos. Usaré total libertad: no lo amo si no lo ofendo. «¿Qué, entonces?», dices, «¿piensas mantener bajo tu tutela a un pupilo de cuarenta años? Mira su edad, ya dura e intratable: no puede reformarse; solo lo tierno se moldea». No sé si tendré éxito: prefiero que me falte el éxito a que me falte la lealtad. Y no desesperes de que puedan sanar incluso los enfermos crónicos, si te opones a su intemperancia, si los obligas a hacer y soportar muchas cosas contra su voluntad. Tampoco del otro tengo suficiente confianza, excepto por el hecho de que todavía se avergüenza de pecar; hay que alimentar este pudor, que mientras dure en su alma habrá algún lugar para la buena esperanza. Con este veterano creo que hay que actuar con más cuidado, para que no caiga en la desesperación de sí mismo; ni hubo mejor momento para abordarlo que este, mientras descansa, mientras parece enmendado. Esta tregua suya ha engañado a otros, a mí no me engaña: espero que los vicios vuelvan con gran interés, que ahora sé que descansan, no que han desaparecido. Dedicaré tiempo a este asunto y comprobaré si se puede hacer algo o no.

Tú muéstrate fuerte ante nosotros, como lo haces, y reduce tu equipaje; nada de lo que tenemos es necesario. Volvamos a la ley de la naturaleza; las riquezas están preparadas. O es gratuito lo que necesitamos, o es barato: pan y agua es lo que la naturaleza desea. Nadie es pobre para esto, y quien encierre su deseo dentro de estos límites podrá competir con el propio Júpiter en felicidad, como dice Epicuro, de quien incluiré alguna sentencia en esta carta. «Haz todo», dice, «como si te estuviera mirando Epicuro». Sin duda es útil haberse impuesto un guardián y tener a alguien a quien mires, a quien juzgues presente en tus pensamientos. Esto, ciertamente, es mucho más magnífico, vivir como si estuvieras bajo los ojos de algún hombre bueno y siempre presente, pero yo me contento incluso con esto, que hagas todo lo que hagas como si alguien te estuviera mirando: la soledad nos persuade de todos los males. Cuando hayas progresado tanto que llegues a tener incluso respeto por ti mismo, podrás despedir al pedagogo: mientras tanto, guárdate bajo la autoridad de algunos, ya sea aquel Catón o Escipión o Lelio u otro con cuya presencia incluso los hombres perdidos reprimirían sus vicios, hasta que te conviertas en aquel con quien no te atreves a pecar. Cuando lo hayas logrado y haya empezado a haber en ti cierta dignidad propia, empezaré a permitirte lo que también aconseja Epicuro: «Retírate especialmente a ti mismo cuando te veas obligado a estar en la multitud». Conviene que te hagas distinto de la mayoría mientras no te sea seguro retirarte a ti mismo. Examina a cada uno: no hay nadie a quien no le sea preferible estar con cualquiera que consigo mismo. «Retírate especialmente a ti mismo cuando te veas obligado a estar en la multitud», si eres un hombre bueno, si eres tranquilo, si eres moderado. De otro modo debes retirarte de ti mismo hacia la multitud: allí estás más cerca del hombre malo. Adiós.

Carta26

Hace poco te decía que tenía la vejez a la vista: ya temo haber dejado la vejez atrás de mí. Otro nombre corresponde ya a estos años, o al menos a este cuerpo, puesto que vejez es nombre de edad cansada, no quebrada: cuéntame entre los decrépitos y los que tocan el final. Sin embargo, me felicito ante ti: no siento en el alma la injuria de la edad, aunque la sienta en el cuerpo. Solo han envejecido los vicios y los servidores de los vicios: el alma está vigorosa y se alegra de no tener mucho que ver con el cuerpo; ha dejado una gran parte de su carga. Salta de gozo y me abre un debate sobre la vejez: dice que esta es su flor. Creámosle: que disfrute de su bien. Me ordena entrar en reflexión y examinar qué debo a la sabiduría de esta tranquilidad y moderación de costumbres, y qué a la edad, y distinguir cuidadosamente qué cosas no puedo hacer y cuáles no quiero, dispuesto a considerar como si no quisiera todo aquello que me alegro de no poder hacer: pues ¿qué queja hay, qué inconveniente, si todo lo que debía cesar ha faltado? «El mayor inconveniente», dices, «es disminuir y perecer y, por decirlo propiamente, licuarse. Pues no somos derribados y abatidos de golpe: nos vamos consumiendo, cada día nos quita algo de fuerzas». ¿Hay algún final mejor que desintegrarse cuando la naturaleza disuelve hacia su fin? No porque haya algo malo en el golpe y la salida repentina de la vida, sino porque este es un camino suave, el ser retirado. Yo ciertamente, como si se acercara la prueba y hubiera llegado el día que va a pronunciar sentencia sobre todos mis años, así me observo y me hablo: «Nada es», digo, «hasta ahora lo que hemos mostrado con hechos o palabras; eso son prendas ligeras y engañosas del alma, envueltas en muchos halagos: confiaré a la muerte lo que he progresado. No me preparo con temor para aquel día en que, quitados los artificiosos y los afeites, he de juzgarme a mí mismo, si hablo con valentía o lo siento, si fue simulación y farsa todo lo que lancé en palabras altivas contra la fortuna. Suprime la opinión de los hombres: siempre es dudosa y se divide en ambas partes. Suprime los estudios cultivados toda la vida: la muerte va a pronunciarse sobre ti. Así lo digo: las discusiones y las conversaciones eruditas y las palabras recogidas de los preceptos de los sabios y el discurso culto no muestran el verdadero vigor del alma; pues incluso los más tímidos tienen palabra audaz. Lo que hayas hecho aparecerá entonces cuando entregues el alma. Acepto la condición, no temo el juicio». Esto me digo a mí mismo, pero piensa que también te lo he dicho a ti. Eres más joven: ¿qué importa? Los años no se cuentan. Es incierto en qué lugar te espera la muerte; así pues, espérala tú en todo lugar.

Ya quería terminar y la mano miraba hacia el cierre, pero hay que pagar las deudas y dar viatico a esta carta. Supón que no te digo de dónde voy a tomar el préstamo: sabes de qué arca me sirvo. Espérame un poco, y el pago se hará de casa; mientras tanto nos prestará Epicuro, que dice «medita sobre la muerte», o si este sentido puede trasladarse más convenientemente así a nosotros: «Excelente cosa es aprender la muerte». Tal vez pienses superfluo aprender aquello que solo se usará una vez. Esto es precisamente por lo que debemos meditar: siempre hay que aprender aquello que no podemos comprobar si lo sabemos. «Medita sobre la muerte»: quien esto dice ordena meditar sobre la libertad. Quien aprendió a morir desaprendió a servir; está por encima de todo poder, o al menos fuera de todo poder. ¿Qué le importan a él la cárcel y la custodia y las rejas? Tiene la puerta libre. Una sola cadena nos ata, el amor a la vida, que si bien no debe ser rechazado, sí debe ser disminuido, para que cuando las circunstancias lo exijan nada nos retenga ni nos impida estar preparados para hacer al instante lo que en algún momento debe hacerse. Adiós.

Carta27

«¿Tú me aconsejas?», dices. «¿Pues ya te has aconsejado a ti mismo, ya te has corregido? ¿Por eso tienes tiempo para enmendar a otros?» No soy tan desvergonzado como para ocuparme de curaciones estando enfermo, pero, como si yaciera en el mismo hospital, hablo contigo del mal común y comparto los remedios. Así pues, escúchame como si hablara conmigo mismo; te admito en mi intimidad y en tu presencia me examino a mí mismo. Me grito a mí mismo: «Cuenta tus años, y te avergonzará querer las mismas cosas que querías de niño, preparar las mismas. Concédete esto al menos para el día de tu muerte: que tus vicios mueran antes que tú. Deja esos placeres turbios, que hay que pagar caro: no solo los futuros sino también los pasados hacen daño. Así como los crímenes, aunque no hayan sido descubiertos cuando se cometían, la inquietud no se va con ellos, así también de los placeres indignos, incluso después de ellos, queda el arrepentimiento. No son sólidos, no son fieles; aunque no dañen, huyen. Busca más bien algún bien duradero; pero no lo hay sino el que el alma encuentra por sí misma desde sí. Solo la virtud procura gozo perpetuo y seguro; aunque algo se interponga, interviene como las nubes, que se mueven por debajo y nunca vencen al día». ¿Cuándo será posible llegar a este gozo? Ciertamente no se descansa todavía, sino que hay que apresurarse. Queda mucho trabajo, en el que necesariamente debes emplear tu propia vigilia, tu propio esfuerzo, si quieres lograrlo; este asunto no admite delegación. Otro género de letras admite ayuda. En nuestro tiempo hubo un tal Calvisio Sabino que era rico; y tenía patrimonio de liberto e ingenio también. Nunca vi a un hombre afortunado más indecoroso. Este tenía una memoria tan mala que se le olvidaba ya el nombre de Ulises, ya de Aquiles, ya de Príamo, a quienes conocía tan bien como conocemos a nuestros pedagogos. Ningún viejo nomenclátor, que no devuelve los nombres sino que los impone, saludaba tan incorrectamente a las tribus como él a los troyanos y aqueos. Sin embargo quería parecer erudito. Así pues ideó este atajo: compró a gran precio esclavos, uno que sabía a Homero, otro a Hesíodo; además asignó otros nueve, uno a cada lírico. No es de extrañar que los comprara caros: no los había encontrado, los encargó hacer. Después de que se procuró esta servidumbre, empezó a molestar a sus invitados. Tenía a estos a sus pies, de los que pedía de cuando en cuando versos que recitar, y a menudo se quedaba en medio de la palabra. Satelio Cuadrato, adulador de ricos estúpidos y, lo que sigue, lisonjero, y, lo que está unido a estas dos cosas, burlador, le aconsejó que tuviera esclavos recoge-restos de gramáticos. Como Sabino hubiera dicho que cada esclavo le costaba cien mil sestercios, «Por menos», dijo, «habrías comprado el mismo número de librerías». Pero aquel estaba en la opinión de que sabía lo que supiera cualquiera en su casa. El mismo Satelio empezó a incitarlo a que luchara, a un hombre enfermo, pálido, delgado. Como Sabino respondiera: «¿Y cómo puedo? Apenas vivo», «No digas eso, te lo ruego», dijo, «¿no ves cuántos esclavos tan robustos tienes?» La buena mente ni se presta ni se compra; y creo que si estuviera en venta no tendría comprador: pero la mala se compra cada día.

Pero acepta ya lo que te debo y adiós. «La riqueza es la pobreza ajustada a la ley de la naturaleza». Esto lo dice Epicuro a menudo de distintas maneras, pero nunca se dice demasiado lo que nunca se aprende lo suficiente; a algunos hay que mostrarles los remedios, a otros hay que inculcárselos. Adiós.

Carta28

¿Crees que esto te ha pasado solo a ti y te sorprendes como si fuera algo nuevo que tras una peregrinación tan larga y tantos lugares distintos no hayas disipado la tristeza y la pesadumbre del ánimo? Debes cambiar de ánimo, no de cielo. Aunque hayas cruzado un vasto mar, aunque, como dice nuestro Virgilio,

se alejen las tierras y las ciudades,

te seguirán tus vicios adondequiera que llegues. Esto mismo le dijo Sócrates a alguien que se quejaba: «¿Por qué te sorprendes de que no te sirvan de nada tus viajes, si te llevas contigo mismo? Te oprime la misma causa que te expulsó». ¿De qué puede servir la novedad de las tierras? ¿De qué el conocimiento de ciudades o lugares? Esa agitación resulta inútil. ¿Preguntas por qué no te ayuda esa huida? Huyes contigo mismo. Debes librarte del peso del ánimo: antes de eso ningún lugar te gustará. Piensa que tu estado actual es como el que nuestro Virgilio presenta en la profetisa ya excitada e impulsada, poseída en gran medida por un espíritu que no es el suyo:

delira la profetisa, si pudiera expulsar de su pecho al gran dios.

Vas de aquí para allá intentando sacudirte el peso que te oprime, pero con esa misma agitación se vuelve más molesto, igual que en un barco las cargas inmóviles pesan menos, mientras que las mal colocadas hunden más rápidamente la parte sobre la que se inclinan. Todo lo que haces lo haces contra ti mismo y con el propio movimiento te perjudicas, pues agitas a un enfermo. Pero cuando te hayas quitado de encima ese mal, todo cambio de lugar te resultará agradable; aunque te expulsen a las tierras más remotas, aunque te coloquen en cualquier rincón de la barbarie, te será hospitalaria cualquier morada. Importa más quién llegas a ser que adónde, y por eso no debemos atar el ánimo a ningún lugar. Hay que vivir con esta convicción: «No he nacido para un solo rincón, mi patria es todo este mundo». Si esto te quedara claro, no te sorprendería que no te ayude la variedad de regiones a las que vas emigrando sucesivamente por hastío de las anteriores; pues cualquiera te habría gustado si creyeras que todas son tuyas. Ahora no viajas sino que andas errante y te dejas arrastrar, y cambias de lugar en lugar, cuando aquello que buscas, vivir bien, está al alcance en cualquier sitio. ¿Puede haber algo tan tumultuoso como el foro? También allí se puede vivir tranquilo, si es necesario. Pero si se nos permite elegir, huiré lejos también de la vista y la vecindad del foro; pues así como los lugares insalubres ponen a prueba incluso la salud más firme, del mismo modo también para un ánimo bueno pero aún no perfecto y convaleciente hay algunos ambientes poco saludables. Discrepo de quienes se lanzan al medio de las olas y, aprobando una vida tumultuosa, luchan cada día con las dificultades de las cosas con gran ánimo. El sabio soportará esas situaciones, pero no las elegirá, y preferirá estar en paz que en guerra; de poco sirve haber rechazado los propios vicios si hay que pelearse con los ajenos. «Treinta tiranos», dice alguien, «rodearon a Sócrates y no pudieron quebrantar su ánimo». ¿Qué importa cuántos amos haya? La esclavitud es una; quien la desprecia es libre en medio de cuanta muchedumbre de dominadores quiera.

Es hora de terminar, pero solo si antes pago el peaje. «El principio de la salvación es el conocimiento del pecado». Me parece que Epicuro dijo esto de manera excelente; pues quien no sabe que peca no quiere corregirse; es necesario que te sorprendas a ti mismo antes de enmendarte. Algunos se glorían de sus vicios: ¿crees que piensa algo en el remedio quien cuenta sus males en el lugar de las virtudes? Por eso, en cuanto puedas, acúsate a ti mismo, investígate; desempeña primero el papel del acusador, luego el del juez, finalmente el del suplicante; alguna vez oféndate contigo mismo. Adiós.

Carta29

Me preguntas por nuestro Marcelino y quieres saber qué hace. Rara vez viene a vernos, por ninguna otra razón sino porque teme oír la verdad, peligro del que ya está libre; pues no hay que decir nada sino al que está dispuesto a escuchar. Por eso suele dudarse si debieron hacer esto Diógenes y no menos los otros cínicos, que usaron una libertad indiscriminada y amonestaron a quienes se encontraban. Pues ¿qué sentido tiene, si alguien reprende a sordos o a mudos por naturaleza o enfermedad? «¿Por qué», dices, «he de ahorrar palabras? Son gratis. No puedo saber si voy a beneficiar a quien amonesto: lo que sé es que beneficiaré a alguien si amonesto a muchos. Hay que lanzar la mano a todos lados: no puede ser que no tenga éxito alguna vez quien intenta muchas cosas». Esto, mi querido Lucilio, no creo que deba hacerlo un gran hombre: su autoridad se diluye y no tiene suficiente peso entre aquellos a quienes podría corregir si se desgastara menos. Un arquero no debe acertar a veces, sino fallar a veces; no es un arte lo que llega al resultado por azar. La sabiduría es un arte: que apunte a un blanco seguro, que elija a quienes pueden progresar, que se retire de aquellos de quienes ha perdido la esperanza, pero que sin embargo no los abandone pronto y en la desesperación misma pruebe remedios extremos.

De nuestro Marcelino aún no he perdido la esperanza; todavía ahora puede salvarse, pero solo si se le tiende la mano rápidamente. Hay ciertamente peligro de que arrastre al que se la tiende; hay en él una gran fuerza de ingenio, pero ya tendente a lo perverso. No obstante, afrontaré este peligro y me atreveré a mostrarle sus males. Hará lo que suele: recurrirá a esas bromas que pueden provocar la risa incluso en los que están de luto, y se burlará primero de sí mismo, luego de nosotros; se adelantará a todo lo que yo voy a decir. Escudriñará nuestras escuelas y echará en cara a los filósofos los banquetes, las amantes, la gula; me mostrará a uno en adulterio, a otro en una taberna, a otro en palacio; me mostrará al gracioso filósofo Aristón, que disertaba en una litera —pues reservaba ese tiempo para dar clases—. Cuando se preguntaba de qué escuela era, Escauro dijo «desde luego no es peripatético». Sobre el mismo, cuando se consultó a Julio Grecino, hombre distinguido, qué opinaba, dijo: «No puedo decírtelo; pues no sé qué hace cuando baja», como si se preguntara por un conductor de carros. Me echará en cara a estos charlatanes, que habrían sido más honorables si hubieran ignorado la filosofía en lugar de venderla. Sin embargo, he decidido soportar los insultos: que él me provoque risa, yo quizá le provoque lágrimas, o si persiste en reír, me alegraré como en una desgracia de que le haya tocado un tipo de locura alegre. Pero esa alegría no dura mucho: obsérvalo, verás que los mismos ríen con furia y se enfurecen con furia en poco tiempo. Mi propósito es atacarlo y mostrarle cuánto más valía cuando parecía valer mucho menos para muchos. Sus vicios, aunque no los arranque, los frenaré; no cesarán, pero quizá se interrumpirán, y quizá cesarán incluso si adquieren el hábito de interrumpirse. No hay que desdeñar esto mismo, puesto que para los gravemente enfermos el lugar de la salud lo ocupa una buena remisión.

Mientras me preparo para él, tú entretanto, que puedes, que entiendes de dónde has salido y a partir de eso conjeturas hasta dónde saldrás, ordena tus costumbres, eleva tu ánimo, plántate firme ante lo que te asusta; no cuentes a los que te causan miedo. ¿No parecería estúpido quien temiera a la multitud en un lugar por el que se pasa de uno en uno? Del mismo modo, no hay acceso para muchos a tu muerte aunque muchos la amenacen. Así lo dispuso la naturaleza: te arrebatará el aliento uno solo, como uno solo te lo dio.

Si tuvieras vergüenza, me habrías perdonado la última cuota; pero tampoco yo voy a comportarme mezquinamente al final de la deuda y te arrojaré lo que te debo. «Nunca quise agradar al pueblo; pues lo que yo sé no lo aprueba el pueblo, y lo que el pueblo aprueba yo no lo sé». «¿Quién dijo esto?», preguntas, como si no supieras a quién te envío. Epicuro; pero lo mismo te gritarán todos desde todas las escuelas, los peripatéticos, los académicos, los estoicos, los cínicos. Pues ¿quién puede agradar al pueblo a quien le place la virtud? El favor popular se busca con malas artes. Es necesario que te hagas semejante a ellos: no te aprobarán si no te reconocen. Pero importa mucho más cómo te veas a ti mismo que cómo te vean los demás; el amor de los malvados no puede ganarse sino mediante un método vergonzoso. Entonces ¿qué proporcionará esa filosofía alabada y preferida a todas las artes y cosas? Sin duda que prefieras agradarte a ti mismo antes que al pueblo, que valores los juicios en vez de contarlos, que vivas sin miedo de los dioses y de los hombres, que o venzas los males o les pongas fin. Por lo demás, si te veo celebrado por las voces favorables del vulgo, si al entrar tú resuenan gritos y aplausos, ornamentos dignos de un pantomimo, si te alaban las mujeres y los jóvenes de toda la ciudad, ¿cómo no voy a compadecerme de ti, cuando sé qué camino conduce a ese favor? Adiós.

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