Libro XX
Carta118
(1) Me exiges cartas más frecuentes. Hagamos cuentas: no vas a salir ganando. Habíamos acordado que las tuyas fueran primero: tú escribirías y yo respondería. Pero no voy a ser difícil: sé que mereces confianza. Así que adelantaré el pago hasta que haga lo que Cicerón, hombre elocuentísimo, manda hacer a Ático: que, incluso «si no tiene nada que decir, escriba lo que le venga a la boca». (2) Nunca puede faltar tema para escribir, si dejo de lado todas esas cosas que llenan las cartas de Cicerón: qué candidato anda en apuros; quién lucha con fuerzas ajenas y quién con las propias; quién busca el consulado confiando en César, quién en Pompeyo, quién en su bolsa; cuán duro es el prestamista Cecilio, del cual ni siquiera los parientes pueden sacar un denario a menos del uno por ciento mensual. Es mejor ocuparse de los propios males que de los ajenos, examinarse uno mismo y ver a cuántas cosas aspira, y no votar. (3) Esto es, mi querido Lucilio, lo extraordinario, lo seguro y lo libre: no pedir nada y pasar de largo ante todos los comicios de la fortuna. ¡Qué placentero te parece que es, cuando se convoca a las tribus y los candidatos están en vilo en sus templos, y uno anuncia dinero, otro negocia por medio de un intermediario, otro se desgasta a besos las manos de quienes, una vez elegido, no va a permitir ni que le toquen la mano, y todos esperan atentos la voz del pregonero, estar tranquilo contemplando ese mercado sin comprar ni vender nada! (4) ¡Con cuánto mayor gozo disfruta quien no contempla despreocupado los comicios pretorios o consulares, sino aquellos grandes comicios en los que unos piden honores anuales, otros poderes perpetuos, otros prósperos resultados de guerras y triunfos, otros riquezas, otros matrimonios e hijos, otros la salud propia y la de los suyos! ¡Qué grandeza de ánimo es no pedir nada, no suplicar a nadie y decir: «Nada tengo que ver contigo, Fortuna; no te doy poder sobre mí. Sé que ante ti los Catones son rechazados y los Vatinios triunfan. No pido nada»! Esto es hacer privada a la fortuna. (5) Podemos, pues, escribirnos esto alternativamente y tratar siempre este tema inagotable contemplando a tantos miles de hombres inquietos que, para conseguir algo funesto, se esfuerzan a través de males hacia el mal y piden cosas que pronto habrán de rechazar o incluso despreciar. (6) Pues ¿a quién lo conseguido le bastó cuando lo que deseaba le parecía demasiado? La felicidad no es, como piensan los hombres, ávida sino mezquina; por eso a nadie sacia. Tú crees que esas cosas son elevadas porque estás lejos de ellas; pero para quien ha llegado a ellas son humildes. Miento si no busca todavía ascender: lo que tú consideras la cima es un escalón. (7) A todos les perjudica la ignorancia de la verdad. Como si fueran hacia bienes se dejan arrastrar, engañados por rumores, y luego, una vez alcanzados, ven que son males o vacíos o menores de lo que esperaban, y que han sufrido mucho por ellos; y la mayoría admira desde lejos cosas que engañan, y el vulgo considera bienes lo que es grande.
(8) Para que no nos suceda esto a nosotros también, preguntémonos qué es el bien. Hubo diversas interpretaciones de ello, cada uno lo expresó de modo diferente. Algunos lo definen así: «El bien es lo que atrae el ánimo, lo que lo llama hacia sí». A esto se le opone inmediatamente: ¿y si atrae pero hacia la perdición? Sabes cuántos males son halagüeños. Lo verdadero y lo verosímil difieren entre sí. Así, lo que es bueno se une a lo verdadero; pues no es bueno si no es verdadero. Pero lo que atrae hacia sí y halaga es verosímil: se insinúa, solicita, arrastra. (9) Algunos lo definieron así: «El bien es lo que mueve el apetito de sí mismo, o lo que mueve el impulso del ánimo que tiende hacia él». Y a esto se le opone lo mismo; pues muchas cosas mueven el impulso del ánimo que se buscan para mal de quienes las buscan. Mejor lo definieron quienes dijeron así: «El bien es lo que mueve hacia sí el impulso del ánimo conforme a la naturaleza, y solo entonces debe buscarse cuando ha comenzado a ser apetecible». Ya es también honesto; pues esto es lo que debe buscarse perfectamente. (10) El mismo tema me recuerda que diga qué diferencia hay entre bien y honesto. Tienen algo mezclado entre sí e inseparable: no puede haber bien sin que tenga algo de honesto, y lo honesto es sin duda bueno. ¿Qué diferencia hay entonces entre ambos? Lo honesto es el bien perfecto, con el que se completa la vida feliz, y por cuyo contacto otras cosas también se vuelven buenas. (11) Lo que digo es así: hay ciertas cosas que no son ni buenas ni malas, como el servicio militar, una embajada, una magistratura. Cuando estas se administran honestamente, comienzan a ser buenas y de dudosas pasan a ser buenas. El bien se hace por asociación con lo honesto, lo honesto es bueno por sí mismo; el bien fluye de lo honesto, lo honesto procede de sí. Lo que es bueno pudo haber sido malo; lo que es honesto solo pudo ser bueno.
(12) Algunos dieron esta definición: «El bien es lo que está conforme a la naturaleza». Atiende a lo que digo: lo que es bueno está conforme a la naturaleza; pero no inmediatamente lo que está conforme a la naturaleza es también bueno. Muchas cosas concuerdan con la naturaleza, pero son tan pequeñas que no les conviene el nombre de bien; pues son ligeras, despreciables. No hay ningún bien mínimo despreciable; pues mientras es exiguo no es bueno; cuando ha comenzado a ser bueno, no es exiguo. ¿De dónde se reconoce el bien? Si está perfectamente conforme a la naturaleza. (13) «Reconoces», dices, «que lo que es bueno está conforme a la naturaleza; esta es su propiedad. Reconoces también que otras cosas están conforme a la naturaleza pero no son buenas. ¿Cómo entonces aquello es bueno cuando estas no lo son? ¿Cómo llega a otra propiedad cuando a ambas les es común aquel rasgo principal, estar conforme a la naturaleza?»
(14) Evidentemente por su magnitud. Y esto no es nuevo: algunas cosas creciendo cambian. Fue niño; se hizo adulto: su propiedad se vuelve otra; pues aquel es irracional, este racional. Algunas cosas con el incremento no solo salen a lo mayor sino a lo otro. (15) «No se vuelve otra cosa», dice, «lo que se hace mayor. Da igual que llenes una jarra o una tinaja de vino: en ambas la propiedad del vino es la misma. Y un peso pequeño de miel y uno grande no difieren en sabor». Presentas ejemplos distintos; pues en ellos la cualidad es la misma; aunque aumenten, permanece. (16) Algunas cosas amplificadas persisten en su género y en su propiedad; otras, después de muchos incrementos, la última adición finalmente las transforma e imprime en ellas una condición nueva y distinta de la que tenían. Una sola piedra hace el arco, aquella que acuñó los lados inclinados y los unió con su mediación. ¿Por qué la última adición, aunque sea pequeña, hace muchísimo? Porque no aumenta sino que completa. (17) Algunas cosas con el progreso se despojan de su forma anterior y pasan a una nueva. Cuando el ánimo ha prolongado algo durante mucho tiempo y se ha cansado siguiendo su magnitud, comienza a llamarlo infinito; lo cual se ha vuelto muy distinto de lo que fue cuando parecía grande pero finito. Del mismo modo pensamos en algo difícilmente divisible: finalmente, creciendo esta dificultad, se descubrió lo indivisible. Así desde lo que apenas y con dificultad se movía avanzamos hasta lo inmóvil. Por la misma razón algo estuvo conforme a la naturaleza: su magnitud lo trasladó a otra propiedad y lo hizo bueno. Adiós.
Carta119
(1) Cada vez que descubro algo, no espero a que digas «a medias»: me lo digo a mí mismo. ¿Preguntas qué es lo que descubrí? Abre bien los pliegues, es pura ganancia. Te enseñaré cómo puedes hacerte rico lo más rápidamente posible. ¡Cuánto deseas oírlo! Y no sin razón: te llevaré por atajo a las mayores riquezas. Sin embargo, necesitarás un acreedor: para poder negociar, conviene que te endeudes, pero no quiero que pidas prestado por medio de un intermediario, no quiero que los proxenetas pregonen tu nombre. (2) Te procuraré un acreedor, aquel famoso de Catón: pedirás prestado de ti mismo. Por pequeño que sea, será suficiente si todo lo que falte lo pedimos de nosotros mismos. Pues nada importa, mi querido Lucilio, que no desees o que poseas. La suma es en ambos casos la misma: no serás atormentado. Ni siquiera te aconsejo que niegues algo a la naturaleza —es obstinada, no puede ser vencida, exige lo suyo—, sino que sepas que todo lo que excede a la naturaleza es precario, no necesario.
(3) Tengo hambre: debo comer. Que este pan sea común o de flor de harina nada importa a la naturaleza: ella no quiere que el vientre se deleite sino que se llene. Tengo sed: nada importa a la naturaleza que esta agua la saque del pozo más cercano o que la enfríe con mucha nieve para que se refresque con un frío ajeno. Ella solo manda que se extinga la sed; que la copa sea de oro o de cristal o de murra o un vaso tiburtino o la mano ahuecada, nada importa. (4) Mira el fin de todas las cosas y despedirás lo superfluo. El hambre me reclama: que se alargue la mano hacia lo más cercano; lo que yo tome me lo recomendará por sí mismo. Nada desprecia el hambriento. (5) ¿Preguntas qué es lo que me deleitó? Me parece dicho magníficamente esto: «El sabio es el más diligente buscador de las riquezas naturales». «En vano», dices, «me recompensas. ¿Qué es esto? Yo ya preparaba las bolsas; miraba en qué mar me lanzaría a negociar, qué contrato público manejaría, qué mercancías importaría. Esto es engañar, enseñar la pobreza cuando has prometido riquezas». (6) «¿Así que tú juzgas pobre a quien no le falta nada?» «Por beneficio», dices, «suyo y de su paciencia, no de la fortuna». ¿Entonces no lo juzgas rico porque sus riquezas no pueden acabarse? (6) ¿Prefieres tener mucho o suficiente? Quien tiene mucho desea más, lo cual es prueba de que todavía no tiene suficiente; quien tiene suficiente ha conseguido lo que nunca le tocó al rico: el límite. ¿O no crees que sean riquezas porque por ellas nadie fue proscrito? ¿Porque por ellas ningún hijo, ninguna esposa administró veneno? ¿Porque en la guerra están seguras? ¿Porque en la paz están tranquilas? ¿Porque tenerlas no es peligroso ni trabajoso administrarlas?
(7) «Pero tiene poco quien solo no pasa frío, no tiene hambre, no tiene sed». Júpiter no tiene más. Nunca es poco lo que es suficiente, y nunca es mucho lo que no es suficiente. Después de Darío y de los indios, Alejandro es pobre. ¿Miento? Busca qué hacerse suyo, explora mares desconocidos, envía nuevas flotas al océano y atraviesa, por así decirlo, las cerraduras mismas del mundo. Lo que es suficiente para la naturaleza no lo es para el hombre. (8) Se ha encontrado alguien que deseara algo después de tenerlo todo: tan grande es la ceguera de las mentes y tan grande el olvido, para cada uno que ha avanzado, de sus propios comienzos. Aquel que hace poco era dueño, no sin disputas, de un rincón insignificante, después de tocar los confines de la tierra, triste ha de regresar por su propio mundo. (9) A nadie el dinero lo hizo rico; al contrario, a todos sin excepción les infundió un mayor deseo de sí mismo. ¿Preguntas cuál es la causa de esto? Empieza a poder tener más quien más tiene. En resumen, puedes sacar a la luz para mí a quien quieras de aquellos cuyos nombres se cuentan con Craso y Licinio; que traiga su fortuna y que compute a la vez todo lo que tiene y todo lo que espera: ese, si me crees, es pobre; si te crees a ti, puede serlo. (10) Pero este que se ha ajustado a lo que exige la naturaleza no solo está fuera de la sensación de pobreza, sino fuera del temor. Pero para que sepas cuán difícil es reducir los propios bienes a la medida natural, este mismo a quien hemos recortado, a quien tú llamas pobre, tiene algo también superfluo. (11) Pero ciegan al pueblo y atraen hacia sí las riquezas si de alguna casa se saca contado mucho dinero, si al mismo tiempo se incrusta oro en el techo de esa casa, si la servidumbre está formada por cuerpos escogidos o es llamativa por su vestimenta. La felicidad de todos estos mira hacia lo público: aquel a quien nosotros hemos sustraído del pueblo y de la fortuna es feliz en su interior. (12) Pues en lo que respecta a aquellos en quienes ha invadido falsamente el nombre de riquezas la pobreza ocupada, poseen las riquezas del mismo modo que decimos que tenemos fiebre, cuando ella nos tiene. Por el contrario, solemos decir «la fiebre lo tiene a él»: del mismo modo hay que decir «las riquezas lo tienen a él». Por tanto, nada preferiría haberte advertido más que esto, de lo que nadie es advertido suficientemente: que midas todos los deseos por los naturales, a los cuales se satisface o gratuitamente o por poco; solo no mezcles los vicios con los deseos. (13) ¿Preguntas con qué mesa, con qué vajilla de plata, con qué sirvientes parejos y elegantes se sirva la comida? La naturaleza no desea nada excepto comida.
«Acaso cuando la sed te abrasa la garganta, ¿buscas copas de oro? ¿Acaso teniendo hambre desprecias todo excepto el pavo real y el rodaballo?»
(14) El hambre no es ambiciosa, está contenta con terminar; no se preocupa demasiado dónde termine. Esos son los tormentos del lujo infeliz: busca cómo tener hambre incluso después de la saciedad, cómo no llenar el vientre sino atiborrarlo, cómo volver a invocar la sed aplacada con la primera bebida. Por tanto, Horacio dice magníficamente que a la sed no le importa con qué copa de agua o con qué mano elegante se le sirva. Pues si juzgas que te importa qué muchacho de cabellos arreglados y qué copa transparente te tiende, no es sed.
(15) Entre las demás cosas, la naturaleza nos proporcionó esto como principal: que al hambre le quitó el fastidio. Las cosas superfluas admiten elección: «esto es poco decoroso, aquello poco refinado, esto ofende mis ojos». Esto fue obra de aquel creador del mundo que nos asignó las leyes de vivir, para que fuésemos sanos, no para que fuésemos delicados: para la salud todo está preparado y a mano; para las delicias todo se obtiene miserablemente y con ansiedad. (16) Usemos pues este beneficio de la naturaleza contándolo entre los grandes, y pensemos que por ninguna razón mereció mejor de nosotros que porque todo lo que se desea por necesidad se toma sin fastidio. Adiós.
Carta120
(1) Tu carta anduvo vagando por varias cuestioncitas pero se detiene en una y desea que esta sea explicada: cómo llegó hasta nosotros la noción de lo bueno y lo honesto. Estas dos cosas están separadas entre otros, entre nosotros solo están divididas. (2) ¿Qué quiero decir con esto? Algunos piensan que es bueno lo que es útil. Por tanto, imponen este nombre también a las riquezas, al caballo, al vino y al zapato; tanta es la vulgaridad del bien entre ellos y ciertamente desciende hasta lo sórdido. Piensan que es honesto aquello que tiene la razón del deber correcto, como la vejez de un padre piadosamente cuidada, la pobreza de un amigo ayudada, una expedición valiente, una opinión prudente y moderada. (3) Nosotros hacemos de estas dos cosas, pero a partir de una.
Nada es bueno excepto lo que es honesto; lo que es honesto es ciertamente bueno. Juzgo superfluo añadir qué diferencia hay entre estas cosas, cuando lo he dicho frecuentemente. Solo diré esto: nada nos parece bueno de lo que alguien puede también usar mal; pero ves que muchos usan mal las riquezas, la nobleza, las fuerzas. Ahora pues vuelvo a aquello sobre lo que deseas que se hable, cómo llegó hasta nosotros la noción primera de lo bueno y lo honesto. (4) La naturaleza no pudo enseñarnos esto: nos dio las semillas de la ciencia, no nos dio la ciencia. Algunos dicen que nosotros caímos en la noción de que alguna imagen de la virtud se nos apareció por casualidad, lo cual es increíble. A nosotros nos parece que la observación reunió y la comparación entre sí de hechos frecuentemente realizados; los nuestros juzgan lo honesto y lo bueno por analogía. Puesto que los gramáticos latinos han concedido la ciudadanía a esta palabra, yo no considero que deba ser condenada, es más, que debe ser reintegrada a su ciudadanía. Usaré pues aquella no solo como aceptada sino como usual. Diré qué es esta analogía. (5) Conocíamos la salud del cuerpo: a partir de esta pensamos que existía también alguna del alma. Conocíamos las fuerzas del cuerpo: a partir de estas dedujimos que existe también vigor del alma. Algunos actos benignos, algunos humanos, algunos valientes nos habían asombrado: empezamos a admirar estos como perfectos. Había en ellos muchos vicios que ocultaba el aspecto de algún hecho conspicuo y su resplandor: los disimulamos. La naturaleza ordena amplificar lo digno de alabanza, nadie dejó de elevar la gloria más allá de lo verdadero: de estos pues sacamos la imagen de un gran bien. (6) Fabricio rechazó el oro del rey Pirro y juzgó mayor que el reino poder despreciar las riquezas reales. El mismo, cuando el médico de Pirro le prometió que daría veneno al rey, advirtió a Pirro que se guardara de las insidias.
Fue propio del mismo ánimo no ser vencido por el oro, no vencer por el veneno. Admiramos al gran hombre a quien no doblaron ni el rey ni las promesas contra el rey, tenaz de un buen ejemplo, lo que es muy difícil, inocente en la guerra, que creía que hay algo nefasto incluso contra los enemigos, que en suma pobreza que había hecho su honor rechazó las riquezas no de otro modo que el veneno. «Vive», dijo, «por mi beneficio, Pirro, y alégrate de que hasta ahora te doliera que Fabricio no pueda ser corrompido». (7) Horacio Cocles solo llenó las angosturas del puente y mandó que le fuera quitada la retirada por detrás, con tal de que se arrebatara el camino al enemigo, y resistió a los que presionaban hasta que las vigas arrancadas sonaron con gran ruina. Después de que miró atrás y sintió que la patria estaba fuera de peligro con su peligro, dijo «venga, si alguien quiere, a seguirme yéndome así», y se arrojó de cabeza y no menos preocupado en aquel cauce rápido del río para salir armado que para salir salvo, reteniendo el honor de las armas victoriosas, regresó tan seguro como si hubiera venido por el puente. (8) Estos y hechos semejantes nos mostraron la imagen de la virtud.
Añadiré lo que quizá parecerá sorprendente: los males a veces ofrecieron la apariencia de lo honesto y lo óptimo brilló por lo contrario. Pues hay, como sabes, vicios vecinos de las virtudes, y también en las cosas perdidas y torpes hay semejanza de lo recto: así el pródigo simula al liberal, cuando hay muchísima diferencia entre si alguien sabe dar o no sabe conservar. Muchos, digo, Lucilio, hay que no donan sino que arrojan; no llamo yo liberal al airado con su dinero. La negligencia imita la facilidad, la temeridad la valentía. (9) Esta semejanza nos obligó a prestar atención y distinguir cosas vecinas ciertamente en apariencia, pero muy discordantes entre sí por realidad. Mientras observábamos a aquellos a quienes una obra egregia había hecho insignes, empezamos a notar quién había hecho algo con ánimo generoso y con gran ímpetu, pero una sola vez. Vimos a este valiente en la guerra, tímido en el foro, soportando animosamente la pobreza, humildemente la infamia: alabamos el hecho, despreciamos al hombre.
(10) Vimos a otro benigno hacia los amigos, moderado hacia los enemigos, y administrando los asuntos públicos y privados santa y religiosamente; no le faltaba paciencia en las cosas que debían tolerarse, prudencia en las que debían hacerse. Vimos que daba con mano llena donde debía tributarse, donde debía trabajarse, pertinaz y tenaz, y aliviando con el ánimo el cansancio del cuerpo. Además era siempre el mismo y en toda acción igual a sí mismo, ya no bueno por consejo, sino por costumbre, conducido a tal punto que no solo podía obrar rectamente, sino que no podía sino obrar rectamente. (11) Entendimos que en él había virtud perfecta. Dividimos esta en partes: era preciso refrenar los deseos, reprimir los miedos, prever las cosas que deben hacerse, distribuir las que deben devolverse: comprendimos la templanza, la valentía, la prudencia, la justicia, y dimos a cada una su oficio. ¿Desde dónde pues entendimos la virtud? Nos la mostró su orden y su decoro y su constancia y la concordia entre sí de todas las acciones y la magnitud elevándose sobre todo. De aquí fue entendida aquella vida feliz fluyendo con curso favorable, toda dueña de su arbitrio. (12) ¿Cómo pues se nos apareció esto mismo? Lo diré. Nunca aquel varón perfecto y que alcanzó la virtud maldijo a la fortuna, nunca recibió triste los acontecimientos, creyéndose ciudadano del universo y soldado cumple los trabajos como si fueran ordenados. Todo lo que sucedía no lo rechazaba con aversión como un mal y llevado contra él por el azar, sino como encomendado a él mismo. «Esto cualquiera que sea», dijo, «es mío; es áspero, es duro, en esto mismo pongamos empeño». (13) Necesariamente pues apareció grande quien nunca gimió ante los males, nunca se quejó de su destino; hizo que muchos lo entendieran y no de otro modo que una luz resplandeció en las tinieblas y atrajo hacia sí los ánimos de todos, siendo apacible y suave, igualmente sereno para las cosas humanas y divinas. (14) Tenía un ánimo perfecto y conducido hasta lo más alto de sí, por encima del cual no hay nada excepto la mente de dios, de la cual una parte fluye también hacia este pecho mortal; la cual nunca es más divina que cuando piensa en su mortalidad y sabe que el hombre ha nacido para esto, para cumplir la vida, y que este cuerpo no es morada sino hospedaje, y ciertamente hospedaje breve, que debe abandonarse cuando veas que eres gravoso para el huésped.
(15) La mayor prueba, digo, mi querido Lucilio, de que el alma procede de una sede más elevada es que considera humildes y mezquinas las cosas en las que se ocupa, y si no teme morir; pues sabe a dónde va a ir quien recuerda de dónde ha venido. ¿No vemos cuántas molestias nos acosan, qué mal se lleva este cuerpo con nosotros? (16) Ahora nos quejamos de la cabeza, ahora del vientre, ahora del pecho y la garganta; a veces nos atormentan los nervios, a veces los pies; unas veces hay diarrea, otras catarro; a veces sobra sangre, a veces falta: somos atacados y expulsados de aquí y de allá. Esto suele ocurrirles a quienes habitan en casa ajena. (17) Y sin embargo, nosotros, que hemos recibido en suerte un cuerpo tan podrido, nos proponemos planes eternos y nos adelantamos con la esperanza hasta donde puede extenderse la vida humana; no nos conformamos con ninguna cantidad de dinero, con ningún poder. ¿Qué cosa puede hacerse más desvergonzada que esta, qué más necia? Nada es suficiente para los que van a morir, más aún, para los que están muriendo; pues cada día estamos más cerca del final, y cada hora nos empuja hacia ese punto desde el que debemos caer. (18) Mira en qué gran ceguera está nuestra mente: esto que digo que va a ocurrir está ocurriendo en este mismo momento, y una gran parte de ello ya ha ocurrido; pues el tiempo que hemos vivido está en el mismo lugar en que estaba antes de que viviéramos. Pero nos equivocamos al temer el último día, cuando cada día contribuye lo mismo a la muerte. No es ese paso el que causa el cansancio en el que desfallecemos, sino que lo manifiesta; el día extremo llega a la muerte, todos los demás se acercan a ella; ella nos desgasta, no nos arrebata. Por eso el alma grande, consciente de su naturaleza mejor, se esfuerza, sí, por portarse honrada y diligentemente en este puesto en el que ha sido colocada, pero no considera suyo nada de lo que la rodea, sino que lo usa como cosa prestada, de pasajero y con prisas.
(19) Cuando viéramos a alguien con esta firmeza, ¿cómo no nos vendría la impresión de un carácter no común? Sobre todo si, como he dicho, mostraba que esta grandeza era verdadera con su constancia. Lo verdadero permanece firme, lo falso no dura. Unos son alternativamente Vatinios y Catones; y ahora les parece demasiado severo Curio, demasiado pobre Fabricio, demasiado frugal y contento con lo humilde Tuberón, y al momento siguiente rivalizan con Licinio en riquezas, con Apicio en banquetes, con Mecenas en refinamientos. (20) El mayor indicio de un alma enferma es la fluctuación y el constante balanceo entre la simulación de virtudes y el amor a los vicios.
«Tenía a menudo doscientos, a menudo diez esclavos; unas veces hablaba de reyes y tetrarcas, de todo lo grande; otras "que tenga yo una mesa de tres patas y un plato de sal pura, y un manto que, aunque basto, pueda defenderme del frío". Si le hubieras dado mil millones a este hombre frugal, contento con poco: en cinco días no quedaba nada».
(21) Muchas personas son como este que describe Horacio Flaco, nunca el mismo, ni siquiera parecido a sí mismo; tanto se desvía hacia lo contrario. ¿He dicho muchas? Casi todos son así. No hay nadie que no cambie cada día de plan y de deseo: ahora quiere tener esposa, ahora amante; ahora quiere reinar, ahora se esfuerza por que nadie sea más servil que él; ahora se ensancha hasta provocar envidia, ahora se encoge y se contrae por debajo de la humildad de los que están verdaderamente postrados; ahora derrocha dinero, ahora lo arrebata. (22) Así se delata sobre todo el ánimo insensato: aparece de una forma y luego de otra, y —lo que considero más vergonzoso— es desigual consigo mismo. Ten por cosa grande actuar como un solo hombre. Pero nadie, salvo el sabio, actúa como uno solo; los demás somos multiformes. Ahora te pareceremos frugales y serios, ahora pródigos y frívolos; cambiamos constantemente de personaje y adoptamos uno contrario al que nos quitamos. Exígete, pues, esto: que te mantengas hasta el final tal como te hayas propuesto ser; haz que se te pueda alabar o, si no tanto, al menos reconocer. De alguien a quien viste ayer puede decirse con razón «¿quién es este?»: tan grande es el cambio. Adiós.
Carta121
(1) Vas a protestar, ya lo veo, cuando te exponga la cuestioncilla de hoy, en la que me he demorado bastante tiempo; pues volverás a exclamar «¿qué tiene esto que ver con las costumbres?». Pero exclama, mientras yo primero te opongo a otros con quienes discutir, Posidonio y Arquídemo (ellos serán los jueces); luego diré: no todo lo moral hace las costumbres buenas.
(2) Una cosa atañe a alimentar al hombre, otra a ejercitarlo, otra a vestirlo, otra a educarlo, otra a deleitarlo; todas, sin embargo, atañen al hombre, aunque no todas lo hagan mejor. Las costumbres son tocadas de distinta manera por distintas cosas: unas las corrigen y ordenan, otras escudriñan su naturaleza y origen. (3) Cuando pregunto por qué la naturaleza ha creado al hombre, por qué lo ha preferido a los demás animales, ¿piensas que me he alejado mucho de las costumbres? Es falso. Pues ¿cómo sabrás qué costumbres debes tener si no has descubierto qué es lo óptimo para el hombre, si no has examinado su naturaleza? Solo entonces entenderás qué debes hacer y qué debes evitar, cuando hayas aprendido qué debes a tu naturaleza. (4) «Yo», dices, «quiero aprender cómo desear menos, temer menos. Arranca de mí la superstición; enséñame que es ligera y vana esa cosa que se llama felicidad, que una sola sílaba se le añade muy fácilmente». Satisfaré tu deseo: exhortaré a las virtudes y fustigaré los vicios. Aunque alguno me considere excesivo e inmoderado en esta parte, no dejaré de perseguir la maldad, de contener los afectos más desenfrenados, de reprimir los placeres que van a convertirse en dolor, y de oponerme a los deseos. ¿Cómo no? Pues hemos deseado los mayores males, y de la felicitación ha nacido todo lo que lamentamos.
(5) Entretanto permíteme examinar cosas que parecen algo más alejadas. Preguntábamos si todos los animales tienen conciencia de su constitución. Que la tienen se demuestra sobre todo por el hecho de que mueven sus miembros adecuada y expeditamente, no de otra manera que si hubieran sido adiestrados para ello; ninguno carece de agilidad en sus partes. El artesano maneja sus herramientas con facilidad, el timonel gira diestramente el timón, el pintor identifica rápidamente los colores que, numerosos y variados, ha puesto ante sí para reproducir la semejanza, y pasa con rostro y mano diestros entre la cera y la obra: así el animal está dispuesto para todo uso de sí mismo.
(6) Solemos admirar a los expertos en danza porque su mano está preparada para expresar toda clase de cosas y afectos, y el gesto sigue la velocidad de las palabras: lo que a ellos les da el arte, a estos la naturaleza. Nadie mueve con dificultad sus miembros, nadie titubea en el uso de sí mismo. Esto lo hacen apenas nacidos; vienen con este conocimiento; nacen instruidos.
(7) «Por eso», dice, «los animales mueven adecuadamente sus partes, porque si las movieran de otra manera sentirían dolor. Así, según vosotros decís, son forzados, y el miedo los mueve en la dirección correcta, no la voluntad». Lo cual es falso; pues son lentos los que son impulsados por la necesidad; la agilidad es propia de los que se mueven espontáneamente. Y tan lejos está el temor al dolor de forzarlos a esto, que se esfuerzan por el movimiento natural incluso cuando el dolor se lo prohíbe. (8) Así el niño que está aprendiendo a ponerse de pie y acostumbrándose a sostenerse, tan pronto como empieza a probar sus fuerzas, se cae y se levanta llorando tantas veces hasta que mediante el dolor se ha ejercitado en lo que la naturaleza pide. Algunos animales de caparazón más duro, puestos boca arriba, se retuercen y ejercitan y oblicuan las patas hasta que son devueltos a su sitio. La tortuga boca arriba no siente ningún tormento, pero está inquieta por el deseo de su posición natural y no deja de esforzarse, de agitarse, hasta que se planta sobre las patas. (9) Por tanto, todos tienen conciencia de su constitución, y de ahí el manejo tan expedito de los miembros, y no tenemos mayor indicio de que vienen al mundo con este conocimiento que el hecho de que ningún animal es torpe en el uso de sí mismo.
(10) «La constitución», dice, «es, según vosotros decís, la parte principal del alma que se comporta de cierta manera respecto al cuerpo. Esto tan enrevesado y sutil, y difícil de explicar incluso para vosotros, ¿cómo lo entiende un niño pequeño? Todos los animales tendrían que nacer dialécticos para entender esta definición, oscura para gran parte de los hombres togados». (11) Sería válida tu objeción si yo dijera que los animales entienden la definición de constitución, y no la constitución misma. La naturaleza se entiende más fácilmente que se explica. Así, aquel niño no sabe qué es la constitución, pero conoce su constitución; y no sabe qué es un animal, pero siente que es un animal. (12) Además, entiende su misma constitución de manera burda, sumaria y oscura. También nosotros sabemos que tenemos alma: qué es el alma, dónde está, cómo es o de dónde viene, no lo sabemos. De la misma manera que llega a nosotros la conciencia de nuestra alma, aunque ignoremos su naturaleza y sede, así llega a todos los animales la conciencia de su constitución. Pues necesariamente sienten aquello por lo cual sienten también otras cosas; necesariamente tienen conciencia de aquello a lo que obedecen, por lo que son regidos. (13) Todos nosotros entendemos que existe algo que mueve nuestros impulsos: qué es eso, lo ignoramos. Y sabe que tiene una tendencia: cuál es o de dónde viene, no lo sabe. Así también en los niños pequeños y en los animales la conciencia de su parte principal existe, pero no de manera suficientemente clara ni precisa.
(14) «Decís —afirma— que todo animal se vincula primero a su propia constitución; pero la constitución del hombre es racional y, por tanto, el hombre se vincula a sí mismo no como animal sino como ser racional, pues el hombre se aprecia por aquella parte en que es hombre. Entonces, ¿cómo puede un niño vincularse a la constitución racional, si aún no es racional?» (15) Cada edad tiene su constitución: una el lactante, otra el niño, otra el adolescente, otra el anciano: todos se vinculan a la constitución en que se encuentran. El lactante no tiene dientes: se vincula a esta constitución suya. Le han salido los dientes: se vincula a esta constitución. Pues también aquella hierba que ha de llegar a ser mies y grano tiene una constitución cuando es tierna y apenas asoma del surco, otra cuando ha crecido y se sostiene sobre un tallo blando pero capaz de soportar su peso, otra cuando amarillea y mira hacia la era y su espiga se ha endurecido: a cualquier constitución a que llegue, esa defiende, a esa se ajusta. (16) Una cosa es la edad del lactante, del niño, del adolescente, del anciano; sin embargo, yo soy el mismo que fui lactante, niño y adolescente. Así, aunque cada cual tenga una y otra constitución, la vinculación a su propia constitución es la misma. Pues la naturaleza no me recomienda al niño o al joven o al anciano, sino a mí. Por tanto, el lactante se vincula a aquella constitución suya que entonces es propia del lactante, no a la que será propia del joven; pues aunque le reste algo mayor hacia lo cual pasar, no por ello esto en lo que nace deja de ser conforme a la naturaleza. (17) El animal se vincula primero a sí mismo; pues debe existir algo hacia lo cual se refieran las demás cosas. Busco el placer. ¿Para quién? Para mí; por tanto, me ocupo de mí. Huyo del dolor. ¿Por quién? Por mí; por tanto, me ocupo de mí. Si hago todas las cosas por cuidado de mí, el cuidado de mí está antes que todo. Este está presente en todos los animales, y no se inserta sino que nace con ellos. (18) La naturaleza produce a sus crías, no las rechaza; y como la tutela más segura está en lo más cercano, cada cual está confiado a sí mismo. Por eso, como dije en las cartas anteriores, también los animales tiernos y apenas salidos del útero materno o del huevo conocen al instante qué les es hostil y evitan lo mortífero; incluso temen la sombra de las aves que pasan volando, los que son presa de las aves que viven de rapiña. Ningún animal sale a la vida sin miedo de la muerte.
(19) «¿Cómo —se pregunta— puede el animal recién nacido tener comprensión de lo saludable o lo mortífero?» Primero se pregunta si comprende, no cómo comprende. Ahora bien, que tienen comprensión se hace evidente porque, si comprendieran, no harían nada más. ¿Por qué no huye del pavo real la gallina, por qué no del ganso, pero sí del gavilán, tanto más pequeño y ni siquiera conocido para ella? ¿Por qué los polluelos temen al gato, pero no al perro? Es evidente que tienen ciencia de lo nocivo, no recogida por experiencia, pues se precaven antes de poder experimentar. (20) Luego, para que no creas que esto sucede por azar, ni temen a otros de los que deben temer ni olvidan jamás esta tutela y diligencia: es igual en ellos la huida de lo pernicioso. Además, no se vuelven más temerosos viviendo; de donde, desde luego, es evidente que no llegan a esto por costumbre sino por amor natural a su propia salvación. Y es lento y variado lo que la costumbre enseña: todo lo que la naturaleza transmite es igual para todos e inmediato. (21) Si sin embargo exiges, diré cómo todo animal es obligado a comprender lo pernicioso. Siente que está hecho de carne; por tanto, siente qué puede cortar la carne, qué quemarla, qué aplastarla, cuáles son los animales armados para dañar: a estos atrae su forma como enemiga y hostil. Estas cosas están unidas entre sí; pues al mismo tiempo cada uno se vincula a su salvación y busca lo que le ayudará, teme lo que le dañará. Son naturales los impulsos hacia lo útil, naturales los rechazos de lo contrario; sin ningún pensamiento que lo dicte, sin decisión se hace todo lo que la naturaleza ha prescrito. (22) ¿No ves cuánta sutileza tienen las abejas para formar sus moradas, cuánta concordia por todas partes para obedecer el trabajo dividido? ¿No ves que ningún mortal puede imitar aquella tela de la araña, cuánto trabajo supone disponer los hilos, unos tendidos en recto como armazón, otros que corren en círculo desde lo denso a lo ralo, para que los animales menores, para cuya perdición se tienden, queden atrapados como en redes? (23) Ese arte nace, no se aprende. Por eso ningún animal es más sabio que otro: verás telas iguales de las arañas, igual el hueco de todos los ángulos en los panales. Es incierto y desigual todo lo que el arte transmite: con igualdad llega lo que la naturaleza distribuye. Esta no transmitió nada más que la tutela de sí mismo y la pericia en ella, y por eso incluso comienzan al mismo tiempo a aprender y a vivir. (24) Y no es extraño que nazcan con aquello sin lo cual nacerían en vano. Este instrumento primero otorgó la naturaleza en ellos para permanecer: la vinculación y el amor de sí. No podían estar a salvo si no lo quisieran; y esto por sí no habría de ser provechoso, pero sin esto ninguna cosa habría sido provechosa. Pero en ninguno encontrarás vileza de sí, ni siquiera negligencia; también en los mudos y brutos, aunque en lo demás están torpes, hay habilidad para vivir. Verás que los que son inútiles para otros no se faltan a sí mismos. Adiós.
Carta122
(1) El día ya sufrió mengua; retrocedió algo, pero de tal modo que aún hay espacio generoso si uno se levanta, por así decir, con el propio día. Más solícito y mejor si uno lo espera y recibe la luz primera: vergonzoso quien yace medio dormido con el sol alto, cuya vigilia comienza a mediodía; y para muchos esto es todavía antes del alba. (2) Hay quienes invierten los deberes de la luz y la noche y no abren los ojos agobiados por la borrachera de ayer antes de que la noche comience a acercarse. ¿Cuál se dice que es la condición de aquellos que la naturaleza, como dice Virgilio, colocó en posición contraria bajo nuestros pies:
«y cuando a nosotros primero nos sopla Oriente con caballos jadeantes, a ellos la roja Víspera enciende sus lámparas tardías»,
tal es la vida de estos, contraria a todos, no por la región sino por la vida? (3) Hay algunos en esta misma ciudad antípodas que, como dice Marco Catón, nunca vieron el sol ni al salir ni al ponerse. ¿Crees tú que estos saben cómo debe vivirse, los que no saben cuándo?
Y estos temen a la muerte, en la cual se sepultaron vivos. Son de tan infausto presagio como las aves nocturnas. Aunque pasen sus tinieblas en vino y perfume, aunque lleven todo el tiempo de su vigilia invertida en banquetes, y además divididos en muchos platos, no banquetean sino que celebran sus propias exequias. A los muertos ciertamente se les honra de día. Pero, por Hércules, ningún día es largo para quien actúa. Prolonguemos la vida: su deber y su prueba es la acción. Que se restrinja la noche y algo de ella se transfiera al día. (4) Las aves que se preparan para banquetes, para que engorden fácilmente sin moverse, se mantienen en lo oscuro; así a los que yacen sin ningún ejercicio les invade la hinchazón del cuerpo perezoso y crece una engorda inerte bajo la sombra. Pero los cuerpos de aquellos que se dedicaron a las tinieblas son horribles a la vista, puesto que su color es más sospechoso que el de los que palidecen por enfermedad: están lánguidos y desvanecidos, blanquecinos, y en los vivos la carne es cadavérica. Pero esto diría yo que es lo mínimo de sus males: ¡cuántas más tinieblas hay en el alma! Esta se embota en sí misma, esta se nubla, envidia a los ciegos. ¿Quién tuvo jamás ojos para las tinieblas?
(5) ¿Preguntas cómo se produce esta perversidad del alma de dar la espalda al día y transferir toda la vida a la noche? Todos los vicios luchan contra la naturaleza, todos abandonan el orden debido; este es el propósito del lujo: gozar con las perversidades y no solo apartarse de lo recto sino alejarse lo más posible, y luego incluso ponerse en lo contrario. (6) ¿No te parece que viven contra la naturaleza los que beben en ayunas, los que reciben el vino en venas vacías y pasan a la comida borrachos? Sin embargo, este es un vicio frecuente de los jóvenes, que cultivan las fuerzas de modo que beban casi en el mismo umbral del baño entre desnudos, más bien que se empapen, y el sudor que han provocado lo enjuguen repetidamente con bebidas frecuentes y ardientes. Beber después de la comida o de la cena es vulgar; esto hacen los padres de familia rústicos e ignorantes del placer verdadero: aquel vino deleita que no flota sobre la comida, que penetra libremente hasta los nervios; aquella borrachera agrada que llega al vacío. (7) ¿No te parece que viven contra la naturaleza los que intercambian con las mujeres el vestido? ¿No viven contra la naturaleza los que procuran que la niñez resplandezca en tiempo ajeno? ¿Qué puede hacerse más cruel o más miserable? ¿Nunca será varón, para que pueda largo tiempo soportar al varón? Y cuando el ultraje del sexo debería haberlo arrebatado, ¿ni siquiera la edad lo arrebatará? (8) ¿No viven contra la naturaleza los que desean la rosa en invierno y con el calentamiento de aguas calientes y el cambio apropiado de lugares hacen brotar el lirio (flor primaveral) en pleno invierno? ¿No viven contra la naturaleza los que plantan huertos en lo alto de las torres, aquellos cuyos bosques se mecen en los techos y azoteas de las casas, naciendo allí sus raíces desde donde impropiamente habrían sacado las copas? ¿No viven contra la naturaleza los que echan cimientos de termas en el mar y no se ven a sí mismos nadando delicadamente a menos que sus estanques calientes sean golpeados por la ola y la tempestad? (9) Cuando han establecido querer todas las cosas contra la costumbre de la naturaleza, finalmente se apartan de ella por completo. «Luce: es tiempo de sueño. Hay calma: ahora ejercitémonos, ahora paseemos en litera, ahora almorcemos. Ya se acerca más la luz: es tiempo de cenar. No conviene hacer lo que el pueblo; es cosa sórdida vivir por el camino trillado y vulgar. Abandónese el día público: que sea propia y peculiar nuestra la mañana». (10) Estos, en verdad, para mí están en lugar de difuntos; pues ¿cuánto poco distan del funeral, y además prematuro, los que viven a la luz de antorchas y cirios? Esta vida recuerdo que la llevaron al mismo tiempo muchos, entre ellos también Acilio Buta, ex pretor, a quien, después de consumir un patrimonio inmenso, cuando confesó su pobreza, Tiberio le dijo: «Tarde has despertado». (11) Recitaba Julio Montano un poema, poeta tolerable y conocido por la amistad de Tiberio y por su frialdad. Insertaba con grandísimo gusto ocasos y ortos; por eso, como alguien se indignara de que había recitado todo el día y dijera que no debía asistirse a sus recitaciones, Nata Pinario dijo: «¿Acaso puedo obrar más generosamente? Estoy dispuesto a oírlo desde el orto hasta el ocaso».
(12) Cuando hubo recitado estos versos: «Febo comienza a sacar ardientes llamas, comienza a esparcirse el día rojizo; ya la triste golondrina, pronta a volver, comienza a introducir alimentos en los nidos parlanchines y los distribuye repartidos con boca suave», Varo, caballero romano, compañero de Marco Vinicio, asiduo de buenas cenas, que merecía con la desvergüenza de su lengua, exclamó: «¡Comienza Buta a dormir!». (13) Luego, cuando recitó seguidamente: «Ya los pastores han colocado en los establos sus rebaños, ya la noche perezosa comienza a dar silencio a las tierras adormecidas»,
Varo dijo lo mismo: «¿Qué dices? ¿Ya es de noche? Iré a saludar a Buta». Nada era más conocido que esta vida suya invertida; muchos, como he dicho, la llevaron al mismo tiempo. (14) La razón de vivir así para algunos no es que consideren que la noche tiene algo más placentero, sino porque nada agrada lo habitual, la luz es molesta para la mala conciencia, y para quien todo lo desea o desprecia según se haya comprado caro o barato, la luz gratuita resulta fastidiosa. Además, los disolutos quieren que su vida esté en boca de todos mientras viven; si se calla sobre ellos, piensan que pierden el tiempo. Por eso a veces hacen algo que provoque la fama. Muchos devoran sus bienes, muchos tienen amantes: para encontrar un nombre entre estos, no basta con hacer algo lujoso sino que debe ser notable; en una ciudad tan ocupada, la maldad corriente no encuentra quien hable de ella. (15) Habíamos oído contar a Pedón Albinovano (que era un narrador muy elegante) que vivió encima de la casa de Sexto Papinio. Este formaba parte de esa turba de los que huyen de la luz. «Oigo», dice, «hacia la hora tercera de la noche ruido de azotes. Pregunto qué hace: me dicen que recibe cuentas. Oigo hacia la hora sexta de la noche un griterío agitado. Pregunto qué es: me dicen que ejercita la voz. Pregunto hacia la hora octava de la noche qué significa ese ruido de ruedas: me dicen que lo llevan en litera. (16) Hacia el amanecer hay carreras de un lado a otro, se llama a los criados, hay tumulto de despenseros y cocineros. Pregunto qué pasa: me dicen que ha pedido vino con miel y gachas, que sale del baño». «La cena», dice, «se extendía más allá del día de este hombre». De ningún modo; vivía de forma muy frugal; no consumía más que la noche. Por eso Pedón, cuando algunos decían que era avaro y sórdido, respondió: «Vosotros diréis que es también ahorrador de lámparas». (17) No debes sorprenderte si encuentras tantas particularidades de vicios: son variados, tienen innumerables rostros, sus tipos no pueden comprenderse. El cuidado de lo recto es simple, el de lo perverso múltiple, y admite toda clase de desviaciones nuevas. Lo mismo ocurre con las costumbres: las de quienes siguen la naturaleza son sencillas, espontáneas, tienen pequeñas diferencias; los pervertidos difieren muchísimo tanto de todos como entre sí. (18) Sin embargo, la causa principal de esta enfermedad me parece el fastidio de la vida común. Así como se distinguen de los demás por el atuendo, por la elegancia de las cenas, por el refinamiento de los carruajes, así quieren separarse también por la distribución del tiempo. No quieren pecar de forma habitual aquellos para quienes el premio del pecado es la infamia. Todos estos que, por así decir, viven al revés, la buscan. (19) Por eso, Lucilio, debemos mantener el camino que la naturaleza prescribe y no desviarnos de él: para quienes la siguen todo es fácil, expedito; para quienes luchan contra ella la vida no es otra cosa que remar contra la corriente. Adiós.
Carta123
(1) Agotado por un viaje más incómodo que largo, llegué a mi villa de Alba entrada la noche: no tengo nada preparado salvo a mí mismo. Así que deposito el cansancio en el lecho y acepto de buen grado la demora del cocinero y el panadero. Reflexiono conmigo sobre esto mismo: cuán leve es lo que se soporta con ligereza, cuán nada hay que indigne mientras uno mismo no lo agrave con la indignación. (2) Mi panadero no tiene pan; pero lo tiene el capataz, lo tiene el mayordomo, lo tiene el colono. «Mal pan», dices. Espera: se volverá bueno; incluso aquel te parecerá tierno y de flor de harina cuando el hambre te lo presente. Por eso no hay que comer antes de que ella lo ordene. Esperaré pues y no comeré antes de que empiece a tener buen pan o deje de despreciar el malo. (3) Es necesario acostumbrarse a lo poco: muchas dificultades de lugares, muchas de tiempos se presentarán incluso a los ricos y bien provistos y prohibirán lo que desean. Nadie puede tener todo lo que quiere, pero puede no querer lo que no tiene, usar con alegría lo que se le ofrece. Gran parte de la libertad es un estómago bien educado y capaz de soportar las ofensas. (4) No puede estimarse cuánto placer obtengo de que mi cansancio descanse en sí mismo: no busco masajistas, ni baño, ni ningún otro remedio sino el tiempo. Pues lo que contrajo el trabajo lo quita el reposo. Esta cena, cualquiera que sea, será más agradable que una de banquete. (5) Pues he hecho una prueba súbita de mi ánimo; esta es más simple y verdadera. Porque cuando se ha preparado y se ha ordenado a sí mismo tener paciencia, no se ve igual cuánta firmeza verdadera tiene: las pruebas más seguras son las que dio improvisadamente, si no solo vio las molestias con ecuanimidad sino con placidez; si no se irritó, no discutió; si lo que debía dársele lo suplió él mismo sin desearlo y pensó que a sus costumbres, a sí mismo, no le falta nada.
(6) Muchas cosas cuán superfluas eran no lo comprendimos hasta que empezaron a faltar; las usábamos no porque debíamos sino porque las teníamos. ¡Cuántas cosas preparamos porque otros las prepararon, porque están en poder de la mayoría! Entre las causas de nuestros males está que vivimos según ejemplos, y no nos guiamos por la razón sino que nos dejamos arrastrar por la costumbre. Lo que si pocos lo hicieran no querríamos imitar, cuando muchos empiezan a hacerlo lo seguimos como si fuera más honesto porque es más frecuente; y entre nosotros ocupa el lugar de lo recto el error cuando se ha hecho público. (7) Todos ya viajan de tal modo que los preceda una caballería de númidas, que vaya delante una tropa de corredores: es vergonzoso no tener quienes aparten del camino a los que vienen al encuentro, quienes muestren con gran polvareda que viene un hombre honorable. Todos ya tienen mulos que porten vajilla de cristal y murra y cincelada por mano de grandes artistas: es vergonzoso que se vea que tienes solo equipajes que puedan sacudirse sin peligro. Todos los esclavos jóvenes viajan con el rostro embadurnado para que ni el sol ni el frío dañe la piel delicada: es vergonzoso que no haya nadie en tu comitiva de muchachos cuyo rostro sano necesite maquillaje.
(8) Debe evitarse la conversación de todos estos: estos son los que transmiten los vicios y los trasladan de unos a otros. Parecía el peor género de hombres el de quienes llevan palabras: hay algunos que llevan vicios. Su conversación daña mucho; pues aunque no aproveche de inmediato, deja semillas en el ánimo y nos sigue incluso cuando nos hemos alejado de ellos, un mal que resurgirá después. (9) Así como quienes oyeron una sinfonía llevan consigo en los oídos aquella melodía y dulzura de cantos, que impide los pensamientos y no permite concentrarse en lo serio, así la conversación de los aduladores y de quienes alaban lo perverso permanece más tiempo del que se oye. No es fácil sacudir del ánimo el dulce son: persigue y dura y vuelve después de un intervalo. Por eso deben cerrarse los oídos a las malas voces y precisamente a las primeras; pues cuando han hecho su entrada y han sido admitidas, se atreven a más. (10) De ahí se llega a estas palabras: «La virtud y la filosofía y la justicia son ruido de palabras vacías; la única felicidad es organizar bien la vida; comer, beber, disfrutar del patrimonio, esto es vivir, esto es recordar que se es mortal. Los días fluyen y la vida transcurre irreparablemente. ¿Dudamos? ¿De qué sirve ser sabio e imponer frugalidad a una edad que no siempre va a recibir placeres, mientras puede, mientras los reclama? Anticípate a la muerte y lo que ella te va a quitar consúmelo ya tú mismo. No tienes amante, ni muchacho que provoque la envidia de tu amante; sales sobrio cada día; cenas de tal modo que tendrías que aprobar tu libro de gastos ante tu padre: esto no es vivir sino asistir a la vida ajena. (11) ¡Qué gran locura es cuidar los bienes de tu heredero y negarte todo a ti mismo para que la herencia haga de un amigo un enemigo tuyo; pues se alegrará más de tu muerte cuanto más haya recibido! A esos tipos tristes y altivos, censores de la vida ajena, enemigos de la suya, pedagogos públicos, no les hagas ni caso y no dudes en preferir la vida buena a la buena opinión». (12) Estas voces deben huirse no de otro modo que aquellas junto a las que Ulises no quiso pasar sin estar atado. Pueden lo mismo: apartan de la patria, de los padres, de los amigos, de las virtudes, y engañan con una vida miserable a menos que sea vergonzosa entre la esperanza. ¡Cuánto mejor es seguir un camino recto y llegar a que solo te sean agradables las cosas honestas! (13) Podremos conseguirlo si supimos que hay dos géneros de cosas que nos atraen o nos hacen huir. Atraen las riquezas, los placeres, la belleza, la ambición y demás cosas halagüeñas y sonrientes: hace huir el trabajo, la muerte, el dolor, la ignominia, la comida más frugal. Debemos por tanto ejercitarnos para no temer estas, para no desear aquellas. Luchemos en sentido contrario y alejémonos de lo que atrae, lancémonos contra lo que nos ataca.
(14) ¿No ves cuán diferente es la postura de los que descienden y de los que ascienden? Quienes van cuesta abajo echan el cuerpo hacia atrás, quienes van hacia lo alto se inclinan hacia delante. Pues si desciendes, llevar el propio peso hacia la parte anterior, si asciendes, retirarlo hacia atrás, es estar de acuerdo con el vicio, Lucilio. Hacia los placeres se desciende, a lo áspero y duro hay que subir: aquí empujemos el cuerpo, allí refrenémoslo. (15) ¿Acaso crees ahora que digo que solo son perniciosos para nuestros oídos aquellos que alaban el placer, que infunden miedo al dolor, cosas de por sí temibles? Considero que también nos dañan aquellos que nos exhortan a los vicios bajo la apariencia de la escuela estoica. Pues proclaman esto: solo el sabio y el docto es amante. «Solo él es apto para este arte; el sabio es también peritísimo para beber y banquetear en compañía. Averigüemos hasta qué edad deben amarse los jóvenes». (16) Quede esto concedido a la costumbre griega, nosotros tendamos más bien los oídos a esto: «Nadie es bueno por casualidad: la virtud debe aprenderse. El placer es cosa humilde y mezquina y no debe tenerse en ningún aprecio, común con los animales mudos, hacia el cual vuelan los más pequeños y despreciables. La gloria es algo vano y voluble y más móvil que el viento. La pobreza no es un mal para nadie salvo para quien la rechaza. La muerte no es un mal: ¿preguntas qué es? el único derecho equitativo del género humano. La superstición es un error insensato: teme a quienes ama, viola a quienes venera. Pues ¿qué diferencia hay entre negar a los dioses o deshonrarlos?» (17) Esto debe aprenderse, más aún, aprenderse de memoria: la filosofía no debe sugerir excusas al vicio. No tiene esperanza de salvación el enfermo a quien el médico exhorta a la intemperancia. Adiós.
Carta124
(1) Puedo referirte muchos preceptos de los antiguos, «si no los rehúyes y no te disgusta conocer cuidados delicados». Pero no los rehúyes ni te aparta sutileza alguna: no es propio de tu elegancia perseguir solo cosas grandes, como apruebo aquello, que reduces todo a algún provecho y solo te ofendes cuando con suma sutileza no se logra nada. Lo que ni siquiera ahora me esforzaré en hacer.
Se discute si el bien se aprehende por los sentidos o por el intelecto; a esto se añade que no existe en los animales mudos ni en los niños. (2) Quienes ponen el placer en lo más alto juzgan que el bien es sensible; nosotros, por el contrario, que es inteligible, pues lo atribuimos al espíritu. Si los sentidos juzgaran sobre el bien, no rechazaríamos ningún placer, pues ninguno deja de atraer, ninguno deja de deleitar; y, al contrario, no afrontaríamos voluntariamente ningún dolor, pues ninguno deja de ofender a los sentidos. (3) Además, no merecerían reproche aquellos a quienes agrada demasiado el placer y cuyo mayor temor es el dolor. Y sin embargo desaprobamos a los entregados a la gula y a la lujuria, y despreciamos a quienes no se atreverán a nada valeroso por miedo al dolor. Pero ¿qué pecado cometen si obedecen a los sentidos, es decir, a los jueces del bien y del mal? Pues a ellos les habéis confiado el criterio de lo que debe desearse y evitarse. (4) Pero evidentemente la razón está al frente de esta cuestión: ella es quien decide tanto sobre la vida feliz como sobre la virtud, la honestidad y también sobre el bien y el mal. Pues entre esos, se da a la parte más vil la opinión sobre lo mejor, de modo que el sentido, cosa obtusa y embotada y más torpe en el hombre que en otros animales, pronuncie sentencia sobre el bien. (5) ¿Y qué si alguien quisiera discernir cosas diminutas no con los ojos sino con el tacto? No hay visión más sutil ni más aguda para esta tarea que la de los ojos, pero es el tacto quien daría a conocer el bien y el mal. ¿Ves en qué ignorancia de la verdad se revuelve y cómo ha arrojado por tierra lo sublime y divino aquel para quien juzga sobre el bien y el mal el tacto? (6) «Así como», dice, «toda ciencia y arte debe tener algo manifiesto y captado por los sentidos a partir de lo cual nazca y crezca, así la vida feliz toma su fundamento e inicio de cosas manifiestas y de lo que cae bajo el sentido. Ciertamente vosotros decís que la vida feliz toma su inicio de cosas manifiestas». (7) Decimos que son felices las cosas que están conforme a la naturaleza; ahora bien, lo que está conforme a la naturaleza está claro y se hace patente de inmediato, como lo que está íntegro. Lo que está conforme a la naturaleza, lo que sobreviene al recién nacido, no digo que sea el bien, sino el inicio del bien. Tú asignas el bien supremo, el placer, a la infancia, de modo que el que nace comience por donde llega el hombre consumado: pones la cima en lugar de la raíz. (8) Si alguien dijera que ese que yace oculto en el útero materno, de sexo además incierto, tierno e imperfecto e informe, ya está en algún bien, claramente parecería equivocarse. Y sin embargo, ¡cuán poco hay entre quien recibe la vida en este momento y aquel que es carga oculta de las entrañas maternas! Ambos están igualmente maduros en cuanto a la comprensión del bien y del mal, y el niño no es más capaz de bien que un árbol o un animal mudo. ¿Por qué no hay bien en un árbol o en un animal mudo? Porque carece de razón. Por eso tampoco existe en el niño, pues también a este le falta. Llegará al bien cuando llegue a la razón. (9) Hay un animal irracional, hay uno todavía no racional, hay uno racional pero imperfecto: en ninguno de ellos hay bien, la razón lo trae consigo. ¿Qué hay entonces de diferente entre estos que he mencionado? En lo que es irracional nunca habrá bien; en lo que todavía no es racional no puede haber bien entonces; en lo que es racional pero imperfecto ya puede haber bien, pero no lo hay. (10) Así lo digo, Lucilio: el bien no se encuentra en cualquier cuerpo, ni en cualquier edad, y dista tanto de la infancia cuanto lo último del primero, cuanto lo perfecto del inicio; por tanto, tampoco está en el cuerpo tierno que apenas se está formando. ¿Por qué no habría de estar? No más que en la semilla. (11) Puedes decirlo así: conocemos algún bien del árbol y de la planta sembrada; este no está en la primera hoja que, apenas despuntada, rompe el suelo. Hay algún bien del trigo: este todavía no está en la hierba que está en leche ni cuando la espiga blanda se asoma con su envoltura, sino cuando el verano y la debida madurez han cocido el grano. Así como toda naturaleza no produce su bien sino cuando está consumada, así el bien del hombre no está en el hombre sino cuando su razón es perfecta. (12) Ahora bien, ¿cuál es este bien? Te lo diré: un espíritu libre, erguido, que somete otras cosas a sí mismo, que no se somete a nada. Este bien está tan lejos de recibirlo la infancia que la niñez no lo espera, la adolescencia lo espera impropiamente; buena cosa es si la vejez llega a él con largo y tenso esfuerzo. Si este es el bien, es también inteligible. (13) «Dijiste», dice, «que hay algún bien de un árbol, alguno de una hierba; puede haber entonces alguno también de un niño». El verdadero bien no está ni en los árboles ni en los animales mudos: lo que en ellos es bien se llama bien por prestado. «¿Qué es?», preguntas. Esto que está conforme a la naturaleza de cada uno. Pero el bien no puede en modo alguno caer en un animal mudo; es propio de una naturaleza más feliz y mejor. Solo donde hay lugar para la razón hay bien. (14) Hay cuatro naturalezas: del árbol, del animal, del hombre, de dios. Estas dos que son racionales tienen la misma naturaleza, se distinguen en que una es inmortal, la otra mortal. De estas, pues, a una su bien lo perfecciona la naturaleza, evidentemente la de dios, a la otra el cuidado, la del hombre. Las demás solo están perfeccionadas en su naturaleza, no están verdaderamente perfectas, pues les falta la razón. Pues realmente perfecto es solo lo que está perfecto según la naturaleza universal, y la naturaleza universal es racional: las demás pueden estar perfectas en su género. (15) En lo que no puede haber vida feliz tampoco puede haber aquello por lo que se efectúa la vida feliz; ahora bien, la vida feliz se efectúa por los bienes. En un animal mudo no hay vida feliz ni aquello por lo que se efectúa la vida feliz: en un animal mudo no hay bien. (16) El animal mudo aprehende por el sentido las cosas presentes; recuerda las pasadas cuando se tropieza con aquello por lo que es advertido el sentido, como el caballo recuerda el camino cuando es conducido a su inicio. Pero en el establo no tiene memoria alguna del camino, aunque lo haya recorrido muchas veces. El tercer tiempo, es decir, el futuro, no pertenece a los mudos. (17) ¿Cómo puede entonces parecer perfecta la naturaleza de aquellos que no tienen uso del tiempo perfecto? Pues el tiempo consta de tres partes: pasado, presente, futuro. A los animales solo les es dado lo que es brevísimo y está de paso, el presente: la memoria del pasado es rara y nunca se evoca sino por el encuentro con las cosas presentes. (18) No puede, pues, estar el bien de una naturaleza perfecta en una naturaleza imperfecta, o si tal naturaleza lo tiene, también lo tienen las plantas. Y no niego que en los animales mudos hay grandes y agitados impulsos hacia las cosas que parecen conforme a la naturaleza, pero desordenados y turbulentos; ahora bien, el bien nunca es desordenado ni turbulento. (19) «¿Qué pasa entonces?», dices, «¿los animales mudos se mueven de manera perturbada y desordenada?» Diría que se mueven perturbada y desordenadamente si su naturaleza admitiera orden: ahora bien, se mueven según su naturaleza. Pues perturbado es lo que puede estar alguna vez no perturbado; intranquilo es lo que puede estar seguro. Nadie tiene vicio sino quien puede tener virtud: los animales mudos tienen ese movimiento por su propia naturaleza. (20) Pero para no entretenerte más: habrá algún bien en el animal mudo, habrá alguna virtud, habrá algo perfecto, pero ni bien absoluto ni virtud ni perfección. Pues estas cosas solo corresponden a los seres racionales, a quienes les ha sido dado saber por qué, hasta dónde, de qué modo. Así pues, no hay bien sino en quien hay razón. (21) Preguntas ahora a qué viene esta discusión y qué provecho tendrá para tu ánimo. Digo: lo ejercita y lo agudiza, y desde luego lo mantiene ocupado en algo honesto cuando va a hacer algo. Pero también aprovecha en cuanto retarda a los que se apresuran hacia lo perverso. Pero también digo esto: de ningún modo puedo aprovechar más que si te muestro tu bien, si te separo de los animales mudos, si te pongo junto a dios. (22) ¿Por qué, pregunto, alimentas y ejercitas las fuerzas del cuerpo? La naturaleza las concedió mayores a las bestias y a las fieras. ¿Por qué cultivas la belleza? Cuando hayas hecho todo, serás vencido en hermosura por los animales mudos. ¿Por qué peinas el cabello con enorme diligencia? Aunque lo dejes suelto al modo de los partos o lo ates como los germanos o lo disperses como suelen los escitas, en cualquier caballo se agitará más densa su crin, más hermosa se erizará en el cuello de los leones. Cuando te hayas preparado para la velocidad, no serás igual a una liebre. (23) ¿Quieres tú, abandonadas las cosas en las que necesariamente eres vencido mientras te empeñas en cosas ajenas, volver a tu propio bien? ¿Cuál es este? El espíritu, sin duda, enmendado y puro, émulo de dios, que se eleva sobre las cosas humanas, que no pone nada suyo fuera de sí. Eres un animal racional. ¿Qué hay entonces de bueno en ti? La razón perfecta. Llévala a su fin desde aquí, deja que crezca en cuanto pueda lo máximo posible. (24) Entonces juzga que eres feliz cuando todo gozo nazca para ti de ti mismo, cuando ante las cosas que los hombres arrebatan, desean, custodian, no encuentres nada, no digo que prefieras, sino que quieras. Te daré una breve fórmula con la que te midas, con la que sientas que ya eres perfecto: tendrás lo tuyo cuando comprendas que los más desgraciados son los felices. Adiós.
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