Libro X
Carta81
Te quejas de haber tropezado con un hombre ingrato: si es la primera vez, da las gracias a tu suerte o a tu prudencia. Pero en este asunto la prudencia no puede hacer nada, salvo hacerte mezquino; pues si quieres evitar este peligro, no darás beneficios; así, para que no se pierdan en otro, se perderán en ti. Más vale que no se correspondan a que no se den: y después de una mala cosecha hay que sembrar. A menudo la abundancia de un solo año, tras la continua esterilidad de un suelo desafortunado, restituye todo lo que se había perdido. Vale la pena, para encontrar un agradecido, poner a prueba también a los ingratos. Nadie tiene un pulso tan certero en los beneficios como para no equivocarse a menudo: que yerren, para que alguna vez den en el blanco. Después de un naufragio se vuelve a tentar los mares; el bancarroto no ahuyenta del foro al prestamista. Pronto la vida se adormecerá en un ocio inerte, si hay que abandonar todo lo que ofende. Más bien que esto mismo te haga más generoso; pues aquello cuyo resultado es incierto, para que alguna vez salga bien, hay que intentarlo a menudo.
Pero de esto hemos hablado bastante en los libros titulados «Sobre los beneficios»: parece que debemos indagar más bien aquello que, según creo, no ha quedado suficientemente explicado: si el que nos benefició, cuando luego nos dañó, ha igualado las cosas y nos ha liberado de la deuda. Añade, si quieres, también esto: que luego dañó mucho más de lo que antes había beneficiado. Si buscas aquella sentencia recta de un juez riguroso, absolverá al uno del otro y dirá: «aunque las injurias pesen más, que se perdone lo que sobra de la injuria en razón de los beneficios». Dañó más, pero benefició antes; por tanto, téngase en cuenta también el tiempo. Ya son tan evidentes que no debes ser advertido de que hay que investigar con cuánto gusto benefició, con cuánta contrariedad dañó, puesto que tanto los beneficios como las injurias dependen de la intención. «No quise dar el beneficio; me vencieron o la vergüenza o la pertinacia de quien insistía o la esperanza». Cada cosa se debe con el ánimo con que se da, y no se pondera cuánto es sino de qué voluntad procede. Ahora quítese la conjetura: aquello fue un beneficio y esto, que excedió la medida del beneficio anterior, es una injuria. El hombre bueno pone ambos votos de modo que se perjudica a sí mismo: añade al beneficio, quita de la injuria. Aquel otro juez más indulgente, que prefiero ser yo, mandará olvidar la injuria, recordar el favor. «Esto ciertamente», dices, «conviene a la justicia: dar a cada uno lo suyo, al beneficio gratitud, a la injuria el talión o al menos mala gratitud». Esto será verdad cuando uno haya hecho la injuria y otro haya dado el beneficio; pues si es el mismo, la fuerza de la injuria se extingue por el beneficio. Pues a quien, incluso si no hubieran precedido méritos, convenía perdonar, después de los beneficios al que daña se le debe más que el perdón. No pongo igual precio a ambos: estimo el beneficio más que la injuria. No todos saben ser agradecidos: puede deber un beneficio incluso el imprudente y el rudo y uno del vulgo, especialmente mientras está cerca de haberlo recibido, pero ignora cuánto debe por él. Solo el sabio sabe en cuánto debe tasarse cada cosa. Pues aquel estulto de quien hablaba hace poco, aunque sea de buena voluntad, o devuelve menos de lo que debe o en otro tiempo del que debe o en el lugar que no debe; lo que debe devolver lo derrocha y lo echa a perder.
Hay una admirable propiedad de las palabras en ciertas cosas, y el uso del lenguaje antiguo marca algunas con señales muy eficaces e instructivas de los deberes. Así solemos decir: «fulano le devolvió el favor a mengano». Devolver es llevar de motu propio lo que debes. No decimos «pagó el favor»; pues pagan también quienes son reclamados y quienes lo hacen de mala gana y quienes lo hacen en cualquier parte y quienes lo hacen por medio de otro. No decimos «repuso el beneficio» o «lo saldó»: no nos gustó ninguna palabra que convenga a una deuda monetaria. Devolver es llevar la cosa a aquel de quien la recibiste. Esta palabra significa una devolución voluntaria: quien devolvió, él mismo se presentó. El sabio examinará consigo mismo todo: cuánto recibió, de quién, por qué, cuándo, dónde, cómo. Por eso negamos que nadie sepa devolver un favor sino el sabio, no más de lo que alguien sabe dar un beneficio sino el sabio —este, desde luego, que se alegra más por lo dado que otro por lo recibido—. Alguien cuenta esto entre aquellas cosas que parecemos decir inesperadamente a todos (los griegos las llaman paradojas) y dice: «¿luego nadie sabe devolver un favor excepto el sabio? ¿Luego nadie más sabe reponer lo que debe a su acreedor ni, cuando compra algo, pagar el precio al vendedor?». Para que no se nos odie, sabe que Epicuro dice lo mismo. Metrodoro ciertamente dice que solo el sabio sabe devolver un favor. Luego el mismo se admira cuando decimos: «solo el sabio sabe amar, solo el sabio es amigo». Y sin embargo, parte del amor y de la amistad es devolver un favor; más aún, esto es más común y recae en más personas que la verdadera amistad. Luego el mismo se admira de que digamos que no hay lealtad sino en el sabio, como si él mismo no dijera lo mismo. ¿O te parece que tiene lealtad quien no sabe devolver un favor? Dejen, pues, de difamarnos como si lanzáramos cosas increíbles, y sepan que en el sabio están las cosas honradas mismas, en el vulgo los simulacros y las imágenes de las cosas honradas. Nadie sabe devolver un favor sino el sabio. El estulto también, como sabe y como puede, que lo devuelva; que le falte más bien el conocimiento que la voluntad: el querer no se aprende. El sabio comparará todas las cosas entre sí; pues algo es mayor o menor, aunque sea lo mismo, por el tiempo, el lugar, la causa. A menudo lo que pudieron las riquezas derramadas en una casa no lo pudieron mil denarios dados oportunamente. Pues importa mucho si diste o socorriste, si tu liberalidad lo salvó o lo enriqueció; a menudo lo que se da es pequeño, lo que se sigue de ello es grande. ¡Cuánto crees que importa que alguien haya tomado de sí mismo lo que dio o haya recibido un beneficio para darlo!
Pero para no volver sobre lo mismo que ya hemos examinado suficientemente, en esta comparación entre beneficio e injuria el hombre bueno juzgará ciertamente lo que sea más justo, pero favorecerá al beneficio; estará inclinado hacia esta parte. Suele aportar muchísimo peso la persona en asuntos de este tipo: «me diste un beneficio en mi esclavo, me hiciste una injuria en mi padre; me salvaste al hijo, pero me quitaste al padre». Seguirá con las demás cosas por las que procede toda comparación, y si es pequeña la diferencia, la disimulará; incluso si es mucha, pero si eso puede perdonarse a salvo la piedad y la lealtad, lo condonará, es decir, si la injuria le afectó solo a él. La suma del asunto es esta: será fácil en el intercambio; permitirá que se le impute más; de mala gana saldará el beneficio mediante compensación con la injuria; se inclinará hacia esta parte, tenderá hacia allá, de modo que desee deber gratitud, desee devolverla. Pues se equivoca si alguien recibe un beneficio con más gusto de lo que lo devuelve: cuanto más alegre es quien paga que quien toma prestado, tanto más contento debe estar quien se descarga de la mayor deuda de un beneficio recibido que quien se obliga al máximo. Pues también en esto se equivocan los ingratos: que al acreedor ciertamente le pagan además del capital un interés extraordinario, pero piensan que el uso de los beneficios es gratuito; y aquellos crecen con la demora, y cuanto más tarde tanto más hay que pagar. Es ingrato quien devuelve un beneficio sin interés; por tanto, también se tendrá cuenta de esto cuando se comparen los ingresos y los gastos.
Hay que hacer todo para ser lo más agradecidos posible. Pues este bien es nuestro, del mismo modo que la justicia no es (como vulgarmente se cree) concerniente a otros: una gran parte de ella recae sobre sí mismo. Nadie, cuando beneficia a otro, no se beneficia a sí mismo, no lo digo por el motivo de que quien fue ayudado querrá ayudar, quien fue protegido querrá proteger, porque el buen ejemplo vuelve en círculo al que lo hace (así como los malos ejemplos recaen sobre los autores, y no alcanza ninguna compasión a aquellos que sufren injurias que enseñaron que podían hacerse al hacerlas), sino porque el precio de todas las virtudes está en ellas mismas. Pues no se practican por premio: la paga de haber obrado bien es haberlo hecho. Soy agradecido no para que otro me dé más gustosamente, incitado por mi primer ejemplo, sino para hacer algo sumamente agradable y hermoso; soy agradecido no porque conviene, sino porque deleita. Para que sepas que es así, si no me será lícito ser agradecido sino para parecer ingrato, si podré devolver un beneficio solamente bajo apariencia de injuria, con ánimo muy ecuánime tenderé hacia la resolución honrada a través de la infamia. Nadie me parece que estima más la virtud, nadie que esté más consagrado a ella que quien perdió la fama de hombre bueno para no perder la conciencia. Por tanto, como dije, con mayor bien tuyo que del otro eres agradecido; pues a él le ha tocado una cosa vulgar y cotidiana, recibir lo que había dado; a ti una grande y procedente de un estado de ánimo muy feliz, haber sido agradecido. Pues si la maldad hace miserables, la virtud felices, y ser agradecido es virtud, has devuelto una cosa habitual, has conseguido una inestimable: la conciencia del agradecido, que no llega sino a un alma divina y afortunada.
Por el contrario, a este sentimiento lo acosa la máxima desdicha: nadie está contento consigo mismo quien no lo estuvo con otro. ¿Piensas que digo que quien es ingrato será desdichado? No lo aplazo para después: es desdichado al instante. Así pues, evitemos ser ingratos no por los demás sino por nosotros mismos. Lo mínimo y más leve de la maldad recae sobre otros: lo peor de ella, y por así decir lo más espeso, permanece en casa y oprime a quien la posee, como solía decir nuestro Átalo: «la maldad bebe ella misma la mayor parte de su veneno». Aquel veneno que las serpientes producen para destrucción ajena, lo contienen sin perjuicio propio, no es semejante a este: este es pésimo para quienes lo poseen. El ingrato se atormenta y se consume; odia lo que ha recibido, porque habrá de devolverlo, y lo minimiza, pero las ofensas las amplía y magnifica. ¿Qué hay más desdichado que aquel a quien los beneficios se le olvidan pero las ofensas permanecen? Por el contrario, la sabiduría embellece todo beneficio y lo hace recomendable para sí misma y se deleita con el recuerdo constante de él. Para los malvados hay un solo placer y este es breve, mientras reciben beneficios, mientras que al sabio le queda un gozo largo y perenne. Pues a él no le deleita recibirlos sino haberlos recibido, lo cual es inmortal y constante. Desprecia aquellas cosas por las que ha sido ofendido, y no las olvida por negligencia sino voluntariamente. No lo interpreta todo en el peor sentido ni busca a quién atribuir el azar, y achaca más bien a la fortuna que a los hombres sus faltas. No tergiversa palabras ni rostros; cualquier cosa que sucede la alivia interpretándola benignamente. Recuerda más el favor que la ofensa; cuanto puede se mantiene en la memoria anterior y mejor, y no cambia de actitud hacia quienes han merecido bien a menos que las malas acciones superen con mucho y la diferencia sea manifiesta incluso para quien cierra los ojos; y aun entonces solo hasta el punto de ser después de la ofensa mayor como era antes del beneficio. Pues cuando la ofensa iguala al beneficio, algo de benevolencia permanece en el alma. Del mismo modo que el acusado es absuelto cuando los votos están empatados y siempre lo dudoso la humanidad lo inclina hacia lo mejor, así el alma del sabio, cuando los méritos igualan a las malas acciones, deja ciertamente de estar en deuda, pero no deja de querer estarlo, y hace lo que hacen quienes pagan después de una cancelación de deudas.
Nadie puede ser agradecido a menos que desprecie aquellas cosas por las que el vulgo enloquece: si quieres devolver un favor, hay que ir al exilio, derramar la sangre, aceptar la pobreza e incluso la misma inocencia a menudo hay que mancharla y exponerla a rumores indignos. No le cuesta poco al hombre ser agradecido. Nada estimamos más caro que un beneficio mientras lo pedimos, nada más vil cuando lo hemos recibido. ¿Preguntas qué es lo que nos hace olvidar lo recibido? El ansia de recibir más; pensamos no en lo que hemos obtenido sino en lo que debemos pedir. Nos apartan de lo recto las riquezas, los honores, el poder y demás cosas que son apreciadas por nuestra opinión, viles por su valor real. No sabemos valorar las cosas, sobre las cuales hay que deliberar no según la fama sino según la naturaleza de las cosas; no tienen estas nada magnífico con lo que atraigan nuestras mentes hacia ellas salvo esto, que acostumbramos admirarlas. Pues no son alabadas porque deban ser codiciadas, sino que son codiciadas porque han sido alabadas, y como el error de cada uno ha producido uno público, el error público produce el de cada uno. Pero del mismo modo que creímos aquello, creamos también esto al mismo pueblo: nada hay más honorable que el ánimo agradecido; todas las ciudades, todas incluso las naciones de regiones bárbaras lo proclamarán a voces; en esto convendrán buenos y malos. Habrá quienes alaben los placeres, habrá quienes prefieran los esfuerzos; habrá quienes digan que el dolor es el mayor mal, habrá quienes ni siquiera lo llamen mal; alguno admitirá las riquezas como el bien supremo, otro dirá que fueron descubiertas para mal de la vida humana, que nadie es más rico que aquel a quien la fortuna no encuentra qué darle: en tan gran diversidad de juicios todos te afirmarán a una sola voz, como dicen, que hay que devolver gratitud a los bienhechores. En esto estará de acuerdo esta turba tan discorde, cuando entretanto devolvemos ofensas por beneficios, y la primera causa de que alguien sea ingrato es si no pudo ser suficientemente agradecido. A tal punto ha llegado la locura que es sumamente peligroso conferir grandes beneficios a alguien; pues porque piensa que es vergonzoso no devolverlos, no quiere que exista aquel a quien deba devolverlos. Quédate con lo que recibiste; no lo reclamo, no lo exijo: que beneficiar sea seguro. No hay odio más pernicioso que el que nace de la vergüenza de haber violado un beneficio. Adiós.
Carta82
He dejado ya de estar preocupado por ti. «¿De qué dios», dices, «has recibido garantía?» De aquel, evidentemente, que a nadie engaña, el alma amante de lo recto y lo bueno. Tu parte mejor está a salvo. La fortuna puede hacerte una injuria: lo que más importa, no temo que tú te la hagas a ti mismo. Ve por donde has comenzado a ir y disponte en ese hábito de vida con calma, no con molicie. Prefiero estar mal antes que con molicie. Pero ahora toma «mal» como suele decirlo el pueblo: duramente, ásperamente, trabajosamente. Solemos oír alabar así la vida de algunos a quienes se envidia: «vive con molicie»; dicen esto: «es blando». Pues poco a poco el alma se afemina y se disuelve a semejanza de su ocio y de la pereza en que yace. ¿Qué entonces? ¿No es preferible para un hombre incluso entumecerse? * * * luego estos mismos delicados temen aquello a lo cual han hecho semejante su vida. Hay mucha diferencia entre el ocio y estar embalsamado. «¿Qué entonces?», dices, «¿no es preferible incluso yacer así que revolcarse en esos torbellinos de obligaciones?» Ambas cosas son detestables, tanto la contracción como el letargo. Pienso que está igualmente muerto quien yace entre perfumes que quien es arrastrado por el gancho; el ocio sin letras es muerte y sepultura de un hombre vivo. ¿Qué provecho trae entonces retirarse? Como si no nos persiguieran las causas de inquietud más allá de los mares. ¿Qué escondrijo hay al que no entre el miedo a la muerte? ¿Qué quietud de vida tan fortificada y retirada en lo alto a la que no aterrorice el dolor? Dondequiera que te ocultes, los males humanos resonarán alrededor. Hay muchas cosas fuera que nos rodean para engañarnos u oprimirnos, muchas dentro que hierven incluso en medio de la soledad. Hay que rodearse de filosofía, muralla inexpugnable que la fortuna, aunque la ataque con muchas máquinas, no traspasa. En lugar insuperable se halla el alma que ha abandonado lo externo y se defiende desde su propia ciudadela; por debajo de ella cae toda arma arrojadiza. La fortuna no tiene, como pensamos, brazos largos: no alcanza a nadie salvo a quien se aferra a ella. Así pues, apartémonos de ella cuanto podamos; lo cual solo lo proporcionará el conocimiento de sí mismo y de la naturaleza. Que sepa a dónde ha de ir, de dónde ha surgido, qué es para él lo bueno, qué lo malo, qué debe buscar, qué evitar, cuál es aquella razón que discierne lo que debe apetecerse y lo que debe rehusarse, por la cual se domestica la locura de los deseos y se reprime la ferocidad de los temores. Algunos piensan que ellos mismos han reprimido estas cosas incluso sin filosofía; pero cuando algún percance los ha puesto a prueba estando seguros, se les arranca una tardía confesión; las grandes palabras se les caen cuando el torturador ha pedido la mano, cuando la muerte se ha acercado más cerca. Podrías decirle: «Fácilmente desafiabas los males ausentes: he aquí el dolor que decías tolerable, he aquí la muerte contra la cual hablaste valerosamente de muchas cosas; suenan los azotes, brilla la espada;
ahora hace falta ánimo, Eneas, ahora un pecho firme».
Lo hará firme la meditación constante, si has ejercitado no las palabras sino el alma, si te has preparado contra la muerte, contra la cual no te exhortará ni te levantará quien intente persuadirte con sofismas de que la muerte no es un mal. Pues me place, óptimo Lucilio, reírme de las necedades griegas que todavía, aunque me asombra, no he sacudido. Nuestro Zenón usa este silogismo: «ningún mal es glorioso; la muerte es gloriosa; luego la muerte no es un mal». ¡Has progresado! Me has liberado del miedo; después de esto no dudaré en alargar el cuello. ¿No quieres hablar más seriamente y no mover a risa al que va a morir? No podría decirte con certeza quién fue más necio, si el que juzgó que con esta argumentación extinguía el miedo a la muerte, o quien intentó refutarla como si viniera al caso. Pues él mismo opuso un silogismo contrario nacido de que ponemos la muerte entre las cosas indiferentes, que los griegos llaman adiáfora. Dice: «nada indiferente es glorioso; la muerte es gloriosa; luego la muerte no es indiferente». Ves dónde se desliza este silogismo: la muerte no es gloriosa, pero morir valientemente es glorioso. Y cuando dices «nada indiferente es glorioso», te lo concedo de modo que diga que nada es glorioso excepto en relación con las cosas indiferentes; digo que son indiferentes (es decir, ni buenas ni malas) la enfermedad, el dolor, la pobreza, el exilio, la muerte. Ninguna de estas cosas es gloriosa por sí misma, sin embargo nada lo es sin ellas. Pues no se alaba la pobreza sino aquel a quien la pobreza no humilla ni encorva; no se alaba el exilio sino aquel que fue al exilio con rostro más fuerte que quien lo envió; no se alaba el dolor sino aquel a quien el dolor no obligó a nada; nadie alaba la muerte sino a aquel cuyo ánimo la muerte arrebató antes de perturbarlo. Todas estas cosas por sí mismas no son honestas ni gloriosas, pero cualquiera de ellas que la virtud visitó y trató la hace honesta y gloriosa: ellas están situadas en medio. Importa si la maldad o la virtud les puso la mano; pues aquella muerte que en Catón es gloriosa en Bruto es inmediatamente vergonzosa y sonrojante. Este es el Bruto que, cuando iba a morir buscaba dilaciones de la muerte, se retiró para evacuar el vientre y llamado a la muerte y ordenado ofrecer el cuello, dijo: «lo ofreceré, con tal de que viva». ¡Qué demencia es huir cuando no puedes retroceder! «Lo ofreceré», dijo, «con tal de que viva». Casi añadió «incluso bajo Antonio». ¡Oh hombre digno de que se le concediera la vida!
Pero, como iba diciendo, ves que la muerte misma no es ni mala ni buena: Catón la utilizó de manera muy honrosa, Bruto de manera muy vergonzosa. Toda cosa que no tenía dignidad la adquiere cuando se le añade la virtud. Llamamos luminoso a un dormitorio, pero ese mismo es muy oscuro de noche; el día le infunde luz, la noche se la arrebata: así ocurre con aquellas cosas que nosotros llamamos indiferentes o intermedias, como la riqueza, la fuerza, la belleza, los honores, el poder, y por el contrario la muerte, el exilio, la mala salud, los dolores y demás cosas que tememos en mayor o menor grado: la maldad o la virtud les da el nombre de bien o de mal. Una masa en sí misma no es ni caliente ni fría: arrojada al horno se calienta, sumergida en agua se enfría. La muerte es honrosa por aquello que es honroso, es decir, la virtud y el espíritu que desprecia las cosas externas.
Existe también, Lucilio, una gran diferencia entre aquellas cosas que llamamos intermedias. Pues la muerte no es indiferente del mismo modo que lo es tener un número par o impar de cabellos: la muerte está entre aquellas cosas que no son malas ciertamente, pero tienen apariencia de mal: existe el amor a uno mismo y la voluntad innata de permanecer y conservarse, y el rechazo a la disolución, porque parece arrebatarnos muchos bienes y apartarnos de esta abundancia de cosas a la que nos hemos acostumbrado. Además, aquella circunstancia nos distancia de la muerte: que conocemos ya esto, pero no sabemos cómo son aquellas cosas hacia las que vamos a pasar, y nos horrorizan las cosas desconocidas. Además existe un miedo natural a las tinieblas, en las que se cree que la muerte va a introducirnos. Por tanto, aunque la muerte sea indiferente, no es sin embargo algo que pueda descuidarse fácilmente: el espíritu debe endurecerse con un gran ejercicio para que soporte su visión y su acercamiento. La muerte debe despreciarse más de lo que suele hacerse; pues hemos creído muchas cosas sobre ella; muchos ingenios han competido para aumentar su mala fama; se ha descrito una cárcel subterránea y una región oprimida por la noche perpetua, en la que
«el enorme guardián del Orco, echado sobre huesos medio roídos en su sangriento antro, ladrando eternamente aterra a las exangües sombras».
Aunque te convenzas de que esas son fábulas y de que nada queda a los difuntos que temer, surge otro miedo: pues temen igualmente estar en el infierno que no estar en ninguna parte. Ante estas cosas que nos oponen y que nos ha impuesto una larga persuasión, ¿por qué no habría de ser glorioso soportar la muerte valientemente y contarse entre las mayores obras de la mente humana? Esta nunca se elevará a la virtud si cree que la muerte es un mal: se elevará si piensa que es indiferente. La naturaleza de las cosas no admite que alguien se acerque con ánimo grande a lo que juzga un mal: vendrá perezosamente y con vacilación. Pero no es glorioso lo que se hace por un hombre reacio y que trata de evitarlo; la virtud no hace nada porque sea necesario. Añade ahora que nada se hace honrosamente excepto aquello a lo que el espíritu se ha dedicado por completo y ha atendido, sin oponerse a ello en ninguna parte de sí mismo. Pero cuando se avanza hacia un mal, bien por miedo a males peores, o por esperanza de bienes a los que valga la pena llegar tras soportar la devoración de un solo mal, los juicios del que actúa están en desacuerdo: por un lado hay algo que ordena completar lo propuesto, por otro algo que retira y huye de una cosa sospechosa y peligrosa; por tanto, se ve arrastrado en direcciones opuestas. Si esto ocurre, perece la gloria; pues la virtud ejecuta lo decidido con ánimo concorde, no teme lo que hace.
«No cedas tú ante los males, sino avanza con más audacia de lo que tu fortuna te permita».
No avanzarás con más audacia si crees que aquellos son males. Hay que arrancar esto del pecho; de otro modo, la sospecha que va a frenar el impulso vacilará; será empujado hacia aquello en lo que debe lanzarse.
Los nuestros, en efecto, quieren parecer que el interrogante de Zenón es verdadero, pero que el otro que se le opone es engañoso y falso. Yo no llevo estas cuestiones a la ley dialéctica ni a aquellos nudos de un artificio tan sofístico: considero que hay que desterrar todo ese género por el cual el interrogado cree verse engañado y, llevado a confesar, responde una cosa pero piensa otra. Hay que actuar con más sencillez en favor de la verdad, con más valentía contra el miedo. Preferiría desatar y desplegar estas mismas cuestiones que ellos enredan, para persuadir, no para engañar. ¿Cómo exhortarás a un ejército que vas a conducir a la batalla, donde va a morir por sus esposas e hijos? Te doy a los Fabios, que transfieren toda la guerra de la república a una sola familia. Te muestro a los lacedemonios colocados en el mismo desfiladero de las Termópilas: no esperan ni la victoria ni el regreso; aquel lugar será su sepulcro. ¿Cómo los exhortarás para que reciban con sus cuerpos interpuestos la ruina de toda la nación y cedan la vida antes que el lugar? ¿Dirás «lo que es malo no es glorioso; la muerte es gloriosa; por tanto, la muerte no es un mal»? ¡Oh, discurso eficaz! ¿Quién después de esto no dudará en arrojarse sobre las espadas enemigas y morir de pie? Pero aquel Leónidas, ¡qué valientemente les habló! «Así», dijo, «compañeros de armas, almorzad como si fuerais a cenar en el infierno». No les creció la comida en la boca, no se atascó en la garganta, no se les cayó de las manos: animosos prometieron ir al almuerzo y a la cena.
¿Qué? Aquel general romano, cuando envió soldados a ocupar un lugar, debiendo ir a través de un enorme ejército enemigo, los exhortó así: «Es necesario, compañeros de armas, ir allí de donde no será necesario volver». ¿Ves qué sencilla e imperiosa es la virtud? ¿A qué mortal pueden vuestros engaños hacer más valiente, más erguido? Quebrantan el ánimo, que nunca debe reducirse menos ni concentrarse en menudencias y espinas que cuando se dispone para algo grande. No a trescientos, sino a todos los mortales debe quitárseles el miedo a la muerte. ¿Cómo les enseñas que no es un mal? ¿Cómo vences las opiniones de todas las épocas con las que se impregna desde el principio la infancia? ¿Qué auxilio encuentras para la debilidad humana? ¿Qué dices con lo que, inflamados, se lancen en medio de los peligros? ¿Con qué discurso apartas este consenso del miedo, con qué fuerzas del ingenio vuelves contra ti la persuasión del género humano que se te opone con firmeza? ¿Me compones palabras capciosas y me tejes pequeños interrogantes? Los grandes prodigios se hieren con grandes armas. Aquella serpiente feroz en África, más terrible para las legiones romanas que la guerra misma, fue atacada en vano con flechas y hondas: ni siquiera era vulnerable para Apolo. Cuando su enorme magnitud, sólida por la vastedad de su cuerpo, rechazaba el hierro y cuanto habían lanzado las manos humanas, finalmente fue destrozada con piedras de molino. ¿Y contra la muerte tú lanzas cosas tan pequeñas? ¿Recibes al león con una lezna? Son agudas las cosas que dices: nada hay más agudo que una espiga; pero ciertas cosas la sutileza misma las hace inútiles e ineficaces. Que estés bien.
Carta83
Me ordenas que te informe de cada uno de mis días, y además enteros: juzgas bien sobre mí si piensas que no hay nada en ellos que deba ocultar. Ciertamente debemos vivir así como si viviéramos a la vista de todos, debemos pensar así como si alguien pudiera mirar dentro de nuestro pecho: y puede hacerlo. Pues ¿qué aprovecha que algo esté oculto al hombre? Nada está cerrado a dios; está presente en nuestros espíritus e interviene en medio de nuestros pensamientos —digo «interviene» como si alguna vez se apartara—. Haré pues lo que ordenas, y te escribiré con gusto qué hago y en qué orden. Me observaré inmediatamente y, lo que es muy útil, revisaré mi día. Esto es lo que nos hace peores: que nadie examina su vida; pensamos en lo que vamos a hacer, y eso raramente, no pensamos en lo que hemos hecho; y sin embargo el plan para el futuro viene del pasado.
El día de hoy ha sido completo, nadie me ha arrebatado nada de él; todo ha estado dividido entre el lecho y la lectura; se dedicó muy poco al ejercicio físico, y por esto doy gracias a la vejez: no me cuesta mucho. Cuando me muevo, me canso; pero este es el final del ejercicio incluso para los muy fuertes. ¿Preguntas quiénes son mis entrenadores? Me basta uno solo, Fario, un muchacho, como sabes, amable, pero va a cambiarse: ya busco a alguien más joven. Este dice en efecto que tenemos la misma crisis, porque a los dos se nos caen los dientes. Pero ya apenas consigo alcanzarlo cuando corre y dentro de muy pocos días no podré: mira cuánto aprovecha el ejercicio cotidiano. Rápidamente se hace grande la distancia entre dos que van en dirección opuesta: al mismo tiempo él sube, yo desciendo, y no ignoras cuánto más rápido ocurre lo segundo de los dos. He mentido; pues nuestra edad ya no desciende sino que cae. ¿Preguntas sin embargo cómo nos ha salido el combate de hoy? Lo que raramente ocurre a los corredores, hemos empatado. Después de esta fatiga más que ejercicio, descendí al agua fría: esto yo lo llamo poco caliente. Aquel gran amante del agua fría, que saludaba el Euripo en las calendas de enero, que al comenzar el año nuevo como leía, escribía, decía algo, así de igual modo inauguraba saltando al canal de la Virgen, primero trasladé mi campamento al Tíber, luego a este estanque que, cuando estoy muy fuerte y todo se hace de buena fe, el sol templa: no me queda mucho para el baño. Luego pan seco y almuerzo sin mesa, después del cual no hay que lavarse las manos. Duermo muy poco. Conoces mi costumbre: uso un sueño brevísimo y como interrumpido; me basta haber dejado de estar despierto; a veces sé que he dormido, a veces lo sospecho. Mira cómo resuena el clamor del circo; voces repentinas y unánimes golpean mis oídos, pero no sacuden mi pensamiento, ni siquiera lo interrumpen. Soporto el estruendo con mucha paciencia; muchas voces confundidas en una sola son para mí como una ola o el viento azotando un bosque y otros sonidos sin sentido.
¿Qué es, pues, lo que ahora me ha llamado la atención? Te lo diré. Me queda de ayer una reflexión sobre qué habrán pretendido los hombres más prudentes al hacer las demostraciones de los asuntos más importantes tan superficiales y enrevesadas, que aunque sean verdaderas, sin embargo parecen mentira. Zenón, el más grande de los hombres, fundador de esta escuela tan vigorosa y virtuosa, quiere disuadirnos de la embriaguez. Escucha, pues, cómo razona que el hombre bueno no se emborrachará: «A un borracho nadie le confía una conversación secreta, pero al hombre bueno sí se la confía; por lo tanto, el hombre bueno no se emborrachará». Atiende ahora cómo se ridiculiza esto mediante una objeción formulada de modo similar (basta con plantear una de entre muchas): «A un dormido nadie le confía una conversación secreta, pero al hombre bueno sí se la confía; por lo tanto, el hombre bueno no duerme». De una sola manera puede Posidonio defender la causa de nuestro Zenón, pero ni siquiera así, a mi juicio, puede defenderse. Dice, en efecto, que «borracho» se dice de dos modos: uno cuando alguien está cargado de vino y fuera de sí, otro si suele emborracharse y está sujeto a este vicio; que Zenón se refiere al que suele emborracharse, no al que está borracho; y que a este nadie le confiará secretos que pueda revelar por el vino. Esto es falso; pues aquella primera pregunta abarca al que está borracho, no al que va a estarlo. Pues admitirás que hay mucha diferencia entre estar borracho y ser borracho: puede que quien está borracho lo esté por primera vez y no tenga este vicio, y que quien es borracho esté a menudo fuera de la embriaguez; por lo tanto, entiendo el significado que suele tener esta palabra, sobre todo cuando la emplea un hombre que profesa el rigor y que examina las palabras. Añade ahora que, si Zenón entendió esto y no quiso que nosotros lo entendiéramos, buscó mediante la ambigüedad de la palabra una oportunidad para el engaño, lo que no debe hacerse cuando se busca la verdad. Pero supongamos que esto es lo que quiso decir: lo que sigue es falso, que al que suele emborracharse no se le confía una conversación secreta. Piensa, en efecto, en cuántos soldados no siempre sobrios han encomendado asuntos secretos el general, el tribuno y el centurión. En aquel asesinato de Cayo César, me refiero al que después de vencer a Pompeyo se apoderó del Estado, se confió tanto en Tilio Cimbro como en Cayo Casio. Casio bebió agua toda su vida, Tilio Cimbro era excesivo con el vino y descuidado. Él mismo bromeó sobre este asunto: dijo «¿Voy a soportar yo a alguien, cuando no puedo soportar el vino?».
Que ahora cada uno nombre para sí a aquellos de quienes sabe que no se puede confiar en ellos con el vino pero sí con la conversación; sin embargo, mencionaré un solo ejemplo que me viene a la mente, para que no se pierda. Pues la vida debe equiparse con ejemplos ilustres, y no siempre debemos recurrir a los antiguos. Lucio Pisón, prefecto de la ciudad, desde que se emborrachó una vez, estuvo borracho. Pasaba la mayor parte de la noche en banquetes; dormía hasta la hora sexta aproximadamente: esta era su mañana. Sin embargo, administraba con la mayor diligencia su cargo, que comprendía la custodia de la ciudad. A este le confió también el divino Augusto encargos secretos cuando lo puso al frente de Tracia, que sometió completamente, y Tiberio cuando se marchaba a Campania, dejando en la ciudad muchas cosas sospechosas y odiosas. Creo que, como la embriaguez de Pisón le había ido bien, después nombró prefecto de la ciudad a Coso, hombre serio, moderado, pero sumergido y empapado en vino, tanto que alguna vez del senado, al que había llegado desde un banquete, fue sacado dominado por un sueño del que no había forma de despertarlo. Sin embargo, Tiberio le escribió de su propia mano muchas cosas que juzgaba que no debían confiarse ni siquiera a sus propios sirvientes: a Coso no se le escapó ningún secreto privado ni público.
Por lo tanto, apartemos de en medio esas declamaciones: «El espíritu atado por la embriaguez no está en su poder: igual que las tinajas mismas revientan con el mosto y la fuerza del calor lanza a la parte superior todo lo que yace en el fondo, así con el vino hirviendo todo lo que yace escondido en el fondo sale y aparece en medio. Los cargados de vino puro, así como no contienen la comida cuando el vino rebosa, tampoco el secreto; vierten por igual lo suyo y lo ajeno». Pero aunque esto suele suceder, también suele suceder que deliberemos sobre asuntos necesarios con aquellos de quienes sabemos que beben con gusto; por lo tanto, es falso esto que se pone como argumento de defensa, que no se confía un secreto al que suele emborracharse.
Cuánto mejor es acusar abiertamente la embriaguez y exponer sus vicios, que evitará incluso un hombre tolerable, y no digamos uno perfecto y sabio, al que le basta con saciar la sed, que, incluso si alguna vez la alegría, impulsada por una causa externa, lo ha llevado más lejos, sin embargo se detiene antes de la embriaguez. Pues sobre aquello veremos si el espíritu del sabio se perturba con demasiado vino y hace lo que suelen hacer los borrachos: mientras tanto, si quieres demostrar esto, que el hombre bueno no debe emborracharse, ¿por qué lo haces con silogismos? Di qué vergonzoso es introducir en sí más de lo que cabe y no conocer la medida del propio estómago, cuántas cosas hacen los borrachos de las que se avergüenzan cuando están sobrios, que la embriaguez no es otra cosa que locura voluntaria. Extiende durante varios días aquel estado del borracho: ¿acaso dudarás de que es locura? Ahora tampoco es menor sino más breve. Menciona el ejemplo de Alejandro Magno, que atravesó a Clito, muy querido para él y fidelísimo, durante un banquete, y una vez comprendido el crimen quiso morir, y sin duda debió hacerlo. La embriaguez enciende y revela todo vicio, aparta el pudor que se oponía a los malos intentos; pues la mayoría se abstiene de lo prohibido más por vergüenza de pecar que por buena voluntad. Cuando una fuerza excesiva de vino se apodera del espíritu, todo el mal que estaba oculto emerge. La embriaguez no crea los vicios sino que los saca: entonces el lujurioso ni siquiera espera el dormitorio, sino que permite a sus deseos sin demora todo lo que piden; entonces el desvergonzado declara y publica su enfermedad; entonces el desenfrenado no contiene ni la lengua ni la mano. Crece la soberbia en el insolente, la crueldad en el cruel, la malignidad en el envidioso; todo vicio se afloja y se muestra. Añade aquella ignorancia de sí mismo, las palabras dudosas y poco claras, los ojos inciertos, el paso errante, el vértigo de la cabeza, los techos mismos moviéndose como si algún torbellino hiciera girar toda la casa, los tormentos del estómago cuando el vino puro fermenta y distiende las mismas entrañas. Sin embargo, entonces es de algún modo tolerable, mientras mantiene su fuerza: ¿qué cuando se pervierte con el sueño y lo que fue embriaguez se ha convertido en indigestión? Piensa qué desastres ha causado la embriaguez pública: esta ha entregado a los enemigos pueblos muy feroces y belicosos, esta ha abierto murallas defendidas durante muchos años en guerra tenaz, esta ha llevado al dominio ajeno a los más obstinados y reacios al yugo, esta ha dominado con vino puro a los invictos en batalla. Alejandro, de quien acabo de hacer mención, tantas marchas, tantas batallas, tantos inviernos a través de los cuales había pasado vencida la dificultad de los tiempos y los lugares, tantos ríos que caían desde lo desconocido, tantos mares lo dejaron sano y salvo: la intemperancia en la bebida y aquella copa de Hércules y fatal lo acabó. ¿Qué gloria hay en aguantar mucho? Cuando haya sido tuya la palma y hayan rechazado tus brindis los que están tirados dormidos y vomitando, cuando hayas sobrevivido a todo el banquete, cuando hayas vencido a todos con magnífica virtud y nadie haya sido tan capaz de vino, eres vencido por la tinaja. A Marco Antonio, gran hombre y de ingenio noble, ¿qué otra cosa lo perdió y lo arrastró a costumbres extranjeras y vicios no romanos sino la embriaguez y no menor que el vino el amor de Cleopatra? Este asunto lo convirtió en enemigo del Estado, este lo hizo inferior a sus enemigos; este lo hizo cruel, cuando le traían las cabezas de los hombres principales del Estado mientras cenaba, cuando entre los banquetes más suntuosos y los lujos regios reconocía los rostros y las manos de los proscritos, cuando cargado de vino tenía sed también de sangre. Era intolerable que se emborrachara mientras hacía esto: ¡cuánto más intolerable que hiciera esto en la embriaguez misma! Casi siempre la crueldad sigue a la vinolencia; pues se corrompe y se exaspera la salud de la mente. Así como las enfermedades prolongadas hacen malhumorados y difíciles y rabiosos ante la mínima ofensa, así las embriagueces continuas enloquecen los espíritus; pues como a menudo no están en sí, la costumbre de la locura perdura y los vicios concebidos con el vino tienen fuerza incluso sin él.
Di, pues, por qué el sabio no debe emborracharse; muestra con hechos, no con palabras, la fealdad del asunto y su inconveniencia. Lo más fácil es demostrar que esos que se llaman placeres, cuando han sobrepasado la medida, son castigos. Pues si argumentarás que el sabio no se emborracha con mucho vino y conserva el recto curso incluso si está ebrio, podrías concluir también que no morirá por haber bebido veneno ni dormirá por haber tomado un soporífero ni expulsará y arrojará con eléboro lo que esté pegado en las entrañas. Pero si se tambalean los pies, la lengua no es firme, ¿por qué razón piensas que está sobrio en parte, borracho en parte? Cuídate.
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