Libros XVII-XVIII
Carta101
Cada día, cada hora nos muestra cuán poca cosa somos y con alguna prueba reciente nos advierte, cuando lo hemos olvidado, de nuestra fragilidad; entonces, cuando meditábamos cosas eternas, nos obliga a volver la mirada hacia la muerte. ¿Preguntas qué significa este preámbulo? Conocías a Senecio Cornelio, caballero romano distinguido y servicial: desde un humilde comienzo había prosperado por sí mismo y ya tenía el camino cuesta abajo hacia lo demás; pues más fácilmente crece la dignidad que comienza. También el dinero encuentra su mayor demora en la pobreza; mientras intenta salir de ella, se queda atascado. Ya Senecio se acercaba a la riqueza, hacia la que lo conducían dos cosas muy eficaces: la habilidad para ganar y para conservar, cualquiera de las cuales habría podido hacerlo rico. Este hombre de máxima frugalidad, no menos cuidadoso de su patrimonio que de su cuerpo, después de haberme visitado por la mañana según su costumbre, después de haber permanecido sentado durante todo el día y hasta la noche junto a un amigo gravemente enfermo y sin esperanza, después de haber cenado alegre, fue atacado por una enfermedad fulminante, una angina, y apenas pudo llevar hasta el amanecer el aliento comprimido por las fauces estrechadas. Así pues, en poquísimas horas desde que había cumplido con todos los deberes de un hombre sano y vigoroso, murió. Aquel que movía dinero por mar y tierra, que había accedido también a los negocios públicos sin dejar sin probar ningún tipo de ganancia, fue arrebatado en plena acción de prósperos negocios, en pleno impulso de dinero que afluía.
«Injerta ahora, Melibeo, los perales, dispón en orden las vides».
¡Qué necedad es organizar la vida quien ni siquiera es dueño del mañana! ¡Oh, qué locura la de quienes emprenden largas esperanzas: compraré, edificaré, prestaré, cobraré, desempeñaré cargos, luego después retiraré al ocio mi vejez cansada y llena! Créeme, todo es incierto, incluso para los afortunados; nadie debe prometerse nada del futuro; incluso lo que tenemos se nos escapa de entre las manos y el azar cae sobre la misma hora que estamos viviendo. El tiempo gira con ley establecida, ciertamente, pero a través de la oscuridad: ¿y qué me importa a mí si es cierto para la naturaleza lo que es incierto para mí? Nos proponemos largas navegaciones y tardíos regresos a la patria después de haber recorrido playas extranjeras, el servicio militar y las lentas recompensas de los trabajos castrenses, las procuradurías y los ascensos de un cargo a otro, cuando entre tanto a nuestro lado está la muerte, que, porque nunca pensamos en ella salvo cuando es ajena, constantemente se nos muestran ejemplos de mortalidad que no perdurarán más de lo que dura nuestra sorpresa. ¿Qué hay más necio que sorprenderse de lo que puede suceder cualquier día? Ciertamente hay un límite fijado para nosotros donde lo ha establecido la inexorable necesidad de los hados, pero ninguno de nosotros sabe cuán cerca se encuentra de ese límite; así pues, formemos nuestro ánimo como si hubiéramos llegado al final. No pospongamos nada; ajustemos cuentas cada día con la vida. El mayor defecto de la vida es que siempre está incompleta, que siempre se pospone algo de ella. Quien cada día ha puesto el toque final a su vida no necesita tiempo; de esta necesidad nace el miedo y el deseo del futuro que devora el ánimo. Nada hay más miserable que la duda sobre cómo resultarán los acontecimientos futuros; cuánto quede o cómo sea, la mente inquieta se agita con inexplicable temor. ¿Cómo escaparemos de esta inquietud? De un solo modo: si nuestra vida no se proyecta hacia adelante, si se recoge en sí misma; pues vive suspendido del futuro aquel para quien el presente carece de valor. Pero cuando me he devuelto a mí mismo todo lo que me debía, cuando la mente firme sabe que nada importa entre un día y un siglo, contempla desde lo alto todo lo que vendrá después de días y acontecimientos y piensa con gran risa en la sucesión de los tiempos. Pues ¿qué te perturbará la variedad y movilidad de los azares, si estás seguro frente a lo incierto? Por eso apresúrate, mi querido Lucilio, a vivir, y considera cada día como una vida entera. Quien se ha preparado así, para quien su vida ha sido cada día completa, está tranquilo: para quienes viven en la esperanza, cada momento que pasa se les escapa, y sobreviene la avidez y el miedo a la muerte, el más miserable y que todo lo hace miserable. De ahí aquel voto vergonzosísimo de Mecenas en el que no rechaza ni la debilidad, ni la deformidad, ni finalmente la cruel cruz, con tal de que entre estos males se prolongue el aliento:
«Hazme débil de mano, débil de pie cojo, añade una giba jorobada, sacude los dientes flojos: mientras queda vida, está bien; esta vida, aunque esté sentado en la aguda cruz, sosténmela».
Lo que habría sido lo más miserable si ocurriera, se desea, y se pide como vida la demora del suplicio. Lo consideraría despreciabilísimo si quisiera vivir hasta la cruz: «Tú, en verdad», dice, «puedes dejarme lisiado, con tal de que el aliento permanezca en un cuerpo roto e inútil; puedes deformarme, con tal de que a este ser monstruoso y retorcido se le añada algo de tiempo; puedes crucificarme y poner bajo mí la aguda cruz en la que me sentaré»: ¿vale la pena apretar la propia herida y colgar extendido del patíbulo, con tal de posponer lo que en los males es lo mejor, el fin del suplicio? ¿Vale la pena tener alma para vivir así? ¿Qué puedes desearle a este hombre sino dioses benévolos? ¿Qué significa esta vileza de un poema afeminado? ¿Qué pacto de un miedo dementísimo? ¿Qué mendicidad tan repugnante de vida? ¿Creerías que este hombre recitó alguna vez a Virgilio:
«¿hasta tal punto es miserable morir?»
Desea los peores males y quiere que se prolongue y se sostenga lo que es más grave de padecer: ¿a cambio de qué precio? Evidentemente de una vida más larga. Pero ¿qué vida es morir tanto tiempo? ¿Se encontrará alguien que quiera consumirse entre suplicios y perecer miembro a miembro y exhalar el alma tantas veces gota a gota en vez de expirarla de una vez? ¿Se encontrará alguien que, clavado en aquel madero infeliz, ya débil, ya deforme y aplastado en una repugnante joroba de hombros y pecho, que habría tenido muchas razones para morir incluso sin la cruz, quiera prolongar un alma que va a sufrir tantos tormentos? Niega ahora que es un gran beneficio de la naturaleza que sea necesario morir. Muchos están dispuestos a pactar cosas aún peores: hasta traicionar a un amigo para vivir más tiempo, y entregar a los hijos al estupro con su propia mano, con tal de poder ver la luz siendo conscientes de tantos crímenes. Hay que sacudirse el deseo de vida y aprender que nada importa cuándo sufras lo que alguna vez has de sufrir; que importa cuán bien vivas, no cuánto tiempo; y que a menudo vivir bien consiste en no vivir mucho tiempo. Adiós.
Carta102
Del mismo modo que resulta molesto quien despierta a alguien que está viendo un sueño agradable (pues le arrebata un placer, aunque falso, pero con el efecto de uno verdadero), así me ha hecho tu carta una injuria; pues me ha arrancado de una meditación entregada a ella y que habría ido más lejos, si me hubieran dejado. Me gustaba investigar sobre la eternidad de las almas, más aún, por Hércules, creerla; pues me prestaba fácil a las opiniones de los grandes hombres que prometen más bien que demuestran algo tan grato. Me entregaba a tan gran esperanza, ya me despreciaba a mí mismo, ya desdeñaba los restos de una edad quebrantada a punto de pasar a aquel tiempo inmenso y a la posesión de toda eternidad, cuando de repente me desperté al recibir tu carta y perdí tan hermoso sueño. Lo retomaré, cuando te haya despachado, y lo recuperaré.
Dices que en mi primera carta no desarrollé toda la cuestión en la que intentaba demostrar lo que agrada a los nuestros, que la gloria que sobreviene después de la muerte es un bien. Pues no resolví lo que se nos objeta: «Ningún bien», dicen, «proviene de cosas separadas; pero esto consta de cosas separadas». Lo que preguntas, mi querido Lucilio, pertenece a otro apartado de la misma cuestión, y por eso había pospuesto no solo esto sino también otras cosas relacionadas con lo mismo; pues algunas cosas, como sabes, de los razonamientos lógicos están mezcladas con las morales. Así pues, traté aquella parte recta y perteneciente a las costumbres: si es necio y superfluo extender los cuidados más allá del último día, o si nuestros bienes perecen con nosotros y nada hay para quien no existe, o si del hecho de que, cuando llegue, no lo sentiremos, puede obtenerse o buscarse algún fruto antes de que llegue. Todo esto mira a las costumbres; por eso se colocó en su lugar. Pero lo que dicen los dialécticos contra esta opinión debía segregarse y por eso se pospuso. Ahora, puesto que lo exiges todo, seguiré todo lo que dicen, luego responderé a cada argumento.
Si no explico algo antes, no podrán entenderse las cosas que se refutarán. ¿Qué es lo que quiero explicar antes? Que algunos cuerpos son continuos, como el hombre; algunos son compuestos, como una nave, una casa, en fin, todas aquellas cosas cuyas diversas partes han sido unidas por ensambladura en una sola; algunos son de cosas separadas, cuyos miembros están aún separados, como un ejército, un pueblo, un senado. Pues aquellos por quienes se forman estos cuerpos se mantienen unidos por el derecho o el deber, pero por naturaleza están separados y son individuales. ¿Qué es lo que quiero explicar todavía? Pensamos que ningún bien consta de cosas separadas; pues un bien debe estar contenido y regirse por un solo espíritu, el principio rector de un solo bien debe ser único. Esto, si alguna vez lo pidieras, se demuestra por sí mismo: de momento había que establecerlo, porque los dardos se lanzan contra nosotros, los nuestros.
«Decís», dice, «que ningún bien proviene de cosas separadas; pero esa gloria de los hombres buenos es la opinión favorable de otros. Pues así como la fama no es el comentario de uno solo ni la infamia la mala opinión de uno solo, así tampoco la gloria es haber complacido a uno solo bueno; deben coincidir en esto varios varones insignes y respetables para que haya gloria. Pero esta se forma de los juicios de muchos, es decir, de personas separadas; por tanto, no es un bien.
«La gloria», dice, «es la alabanza dada por buenos a un hombre bueno; la alabanza es un discurso, es una voz que significa algo; pero la voz, aunque sea de hombres buenos, no es un bien. Pues no todo lo que hace un hombre bueno es un bien, ya que también aplaude y silba, pero nadie dice que el aplauso o el silbido, aunque admire y alabe todo lo suyo, sea un bien, no más que el estornudo o la tos. Por tanto, la gloria no es un bien».
«Decidnos, en resumen, si la fama es un bien del que alaba o del que es alabado: si decís que es un bien del que es alabado, hacéis algo tan ridículo como si afirmarais que es mío el hecho de que otro goce de buena salud. Pero alabar a los dignos es una acción honesta; por tanto, es un bien del que alaba, cuya acción es, no nuestro, de quienes somos alabados: y precisamente esto era lo que se preguntaba.» Responderé ahora a cada punto brevemente. Primero: si existe algún bien entre cosas diversas todavía se está investigando y cada bando tiene sus opiniones. Además, ¿acaso la fama exige muchos votos? Puede contentarse incluso con el juicio de un solo hombre bueno: el bueno juzga a los buenos. «¿Qué pasa entonces?», dice, «¿también la reputación será la opinión de un solo hombre y la infamia el comentario maligno de uno solo? Yo entiendo que la gloria está más ampliamente difundida; pues exige el consenso de muchos.» La condición de estas cosas y de aquella es diferente. ¿Por qué? Porque si un hombre bueno tiene buena opinión de mí, estoy en la misma situación que si todos los buenos sintieran lo mismo; pues todos, si me conocieran, sentirían lo mismo. Su juicio es igual e idéntico, igualmente apegado a la verdad. No pueden discrepar; así que es como si todos sintieran lo mismo, porque no pueden sentir otra cosa. Para la gloria o la reputación no basta la opinión de uno solo. Allí puede hacer una sola opinión lo mismo que todas, porque será una la de todos si se les consulta: aquí son diversos los juicios de los diferentes. Encontrarás asentimientos difíciles, todo dudoso, superficial, sospechoso. ¿Acaso crees tú que puede haber una sola opinión de todos? No hay una sola opinión ni de uno solo. Allí agrada la verdad, única es la fuerza de la verdad, única su apariencia: entre estos son falsas las cosas a las que asienten. Pero nunca hay constancia en lo falso; varían y discrepan.
«Pero la alabanza», dice, «no es más que voz, y la voz no es un bien.» Cuando dicen que la fama es la alabanza de los buenos entregada por los buenos, no se refieren a la voz sino a la opinión. Pues aunque el hombre bueno calle pero juzgue a alguien digno de alabanza, está alabado. Además, una cosa es la alabanza y otra la laudatio, esta última exige voz; por eso nadie dice «alabanza fúnebre» sino «laudatio», cuyo cometido consiste en un discurso. Cuando decimos que alguien es digno de alabanza, no le prometemos las palabras benévolas de los hombres sino sus juicios. Por tanto, la alabanza es incluso del que calla mientras piensa bien y alaba para sí al hombre bueno. Además, como dije, la alabanza se refiere al ánimo, no a las palabras, que han expresado la alabanza concebida y la emiten al conocimiento de muchos. Alaba quien juzga que hay que alabar. Cuando aquel poeta trágico dice entre nosotros que es magnífico «ser alabado por un hombre alabado», dice por un hombre digno de alabanza. Y cuando un poeta igualmente antiguo dice que «la alabanza alimenta el arte», no habla de la laudatio, que corrompe las artes; pues nada ha dañado tanto la oratoria y todo otro estudio dedicado al oído como el asentimiento popular. La reputación ciertamente requiere voz, la fama puede darse incluso sin voz, contentándose con el juicio; está completa no solo entre los que callan sino incluso entre los que protestan. Diré qué diferencia hay entre fama y gloria: la gloria consiste en el juicio de muchos, la fama en el de los buenos.
«¿De quién es el bien de la fama, es decir, la alabanza entregada al bueno por los buenos? ¿Del alabado o del que alaba?» De ambos. Mío, el que soy alabado; porque la naturaleza me engendró amante de todos, y me alegra haber obrado bien y me complace haber encontrado intérpretes agradecidos de mis virtudes. Esto es un bien de muchos, que son agradecidos, pero también mío; pues así estoy dispuesto en mi ánimo que juzgo como mío el bien de los otros, especialmente de aquellos para quienes yo mismo soy causa de bien. Es ese un bien de los que alaban; pues se hace con virtud; pero toda acción de virtud es un bien. Esto no habría podido sucederles a ellos si yo no fuera tal. Por tanto, es un bien de ambos el ser alabado con mérito, tan ciertamente como es un bien del que juzga el haber juzgado bien y de aquel según el cual se juzgó. ¿Acaso dudas de que la justicia es un bien tanto del que la tiene como de aquel a quien paga lo debido? Alabar al que lo merece es justicia; luego es un bien de ambos.
Hemos respondido suficientemente a esos sofistas. Pero no debe ser nuestra intención discutir con sutilezas y rebajar la filosofía de su majestad a estas estrecheces: ¡cuánto mejor es ir por un camino abierto y recto que disponerte a ti mismo vueltas que debes recorrer con gran molestia! Pues esas discusiones no son más que juegos de quienes se engañan hábilmente entre sí. Di más bien cuán natural es extender sin límites tu mente. Grande y generosa es la cosa que es el alma humana; no consiente que se le pongan otros límites que los comunes con dios. Primero, no acepta una patria humilde, Éfeso o Alejandría o cualquier otro suelo aún más frecuentado por habitantes y más alegre por sus construcciones: su patria es todo cuanto rodea y ciñe con su circuito supremo y universal, toda esta bóveda dentro de la cual yacen los mares con las tierras, dentro de la cual el aire, separando pero también uniendo lo humano y lo divino, en la cual están dispuestos tantos poderes divinos que velan por sus actos. Después, no permite que se le dé una edad estrecha: «Todos los años son míos», dice; «ningún siglo está cerrado a los grandes ingenios, ningún tiempo es impermeable al pensamiento. Cuando llegue aquel día que separe esta mezcla de lo divino y lo humano, dejaré el cuerpo aquí donde lo encontré, yo mismo me devolveré a los dioses. Ni ahora estoy sin ellos, pero me retiene lo pesado y terrenal.» Durante estas demoras de la vida mortal preludio para aquella vida mejor y más larga. Así como el útero materno nos retiene diez meses y nos prepara no para sí sino para aquel lugar al que parecemos ser enviados ya idóneos para aspirar el aire y resistir al descubierto, así durante este espacio que se extiende desde la infancia hasta la vejez maduramos para otro parto. Nos espera otro origen, otro estado de las cosas. Todavía no podemos soportar el cielo sino desde lejos. Por tanto, mira intrépido aquella hora decisiva: no es la última del alma, sino del cuerpo. Todo lo que yace a tu alrededor como equipaje de un lugar de hospedaje obsérvalo: hay que pasar. La naturaleza registra al que regresa como al que entra. No está permitido sacar más de lo que hayas traído, es más, incluso de lo que trajiste a la vida gran parte debe dejarse: se te quitará esta piel echada alrededor, último revestimiento tuyo; se te quitará la carne y la sangre derramada que corre por todo; se quitarán los huesos y los nervios, armazón de lo fluido y deslizante. Este día que temes como el último es el natalicio de la eternidad. Deja la carga: ¿por qué te demoras, como si no hubieras salido también antes tras abandonar el cuerpo en el que te ocultabas? Te aferras, te resistes: también entonces fuiste expulsado con gran esfuerzo de tu madre. Gimes, lloras: y este mismo llanto es propio del que nace, pero entonces debía perdonarse: venías inexperto y sin conocer nada. Emitido del caliente y blando fomento de las entrañas maternas te tocó el aire más libre, luego te ofendió el contacto de las manos duras, y todavía tierno e ignorante de todo te quedaste atónito entre lo desconocido: ahora no te es nuevo separarte de aquello de lo que antes fuiste parte; con ánimo sereno deja los miembros ya superfluos y deja ese cuerpo habitado largo tiempo. Será desgarrado, sepultado, destruido: ¿por qué te entristeces? Así suele suceder: perecen siempre los velos de los que nacen. ¿Por qué amas tanto estas cosas como si fueran tuyas? Con ellas estás cubierto: vendrá el día que te arranque y te saque de la convivencia con el vientre sucio y maloliente. Huye ya ahora cuanto puedas de él y no te pegues al placer sino al que cohesiona con lo necesario; extraño ya a esto medita algo más alto y sublime: algún día se te revelarán los secretos de la naturaleza, se disipará esta niebla y la luz clara te golpeará desde todas partes. Imagina contigo cuán grande será aquel fulgor con tantas estrellas mezclando su luz entre sí. Ninguna sombra turbará la serenidad; brillará igualmente todo el flanco del cielo: el día y la noche son vicisitudes del aire más bajo. Entonces dirás que has vivido en tinieblas cuando veas toda la luz y tú entero, que ahora miras oscuramente por los estrechísimos caminos de los ojos, y sin embargo la admiras ya de lejos: ¿qué te parecerá la luz divina cuando la veas en su lugar? Este pensamiento no permite que nada sórdido se asiente en el alma, nada humilde, nada cruel. Dice que los dioses son testigos de todas las cosas; nos manda aprobarnos ante ellos, prepararnos para el futuro y proponernos la eternidad. Quien la ha concebido en su mente no teme ningún ejército, no se espanta por la trompeta, no es empujado al temor por ninguna amenaza. ¿Cómo no va a temer quien espera morir? Incluso aquel que juzga que el alma permanece solo mientras es retenida por el vínculo del cuerpo, disuelta inmediatamente al soltarse, procura poder ser útil incluso después de la muerte. Pues aunque él mismo haya sido arrebatado de los ojos, sin embargo
«mucho el valor del varón, mucho en el alma recurre el honor de la gente».
Piensa cuánto nos aprovechan los buenos ejemplos: sabrás que la presencia de los grandes varones no es menos útil que su recuerdo. Adiós.
Carta103
¿Por qué miras alrededor esas cosas que pueden tal vez sucederte pero pueden también no suceder? Hablo del incendio, el derrumbe, otras cosas que nos caen encima, no nos asechan: mira más bien aquellas cosas que nos observan, que nos capturan. Raros son los accidentes, aunque graves, naufragar, volcar en un vehículo: del hombre al hombre hay peligro cotidiano. Prepárate contra esto, mira esto con ojos atentos; ningún mal es más frecuente, ninguno más pertinaz, ninguno más seductor. La tempestad amenaza antes de levantarse, crujen los edificios antes de derrumbarse, el humo anuncia el incendio: súbita es la ruina que viene del hombre, y se oculta tanto más cuidadosamente cuanto más se acerca. Te equivocas si confías en los rostros de los que te encuentras: tienen figura de hombres, almas de fieras, salvo que las de estas son más peligrosas en el primer ataque; a los que pasaron no los buscan. Pues nunca las incita a dañar sino la necesidad; el hambre o el miedo las fuerzan a la lucha: al hombre le place destruir al hombre. Tú sin embargo piensa así que del hombre viene el peligro como piensas cuál es el deber del hombre; mira lo uno para que no seas dañado, lo otro para que no dañes. Alégrate con las ventajas de todos, conmuévete con sus desventajas, y recuerda qué debes prestar, qué evitar. Viviendo así ¿qué conseguirás? No que no te dañen, sino que no te engañen. Pero cuanto puedas retírate a la filosofía: ella te protegerá en su seno, en este santuario suyo estarás o seguro o más seguro. No chocan entre sí sino los que caminan por el mismo camino. Pero no deberás ostentar la filosofía misma; ha sido causa de peligro para muchos al ser tratada insolente y desafiantemente: que te quite a ti los vicios, no los reproche a otros. Que no rechace las costumbres públicas ni actúe de modo que parezca condenar todo lo que no hace. Se puede ser sabio sin pompa, sin envidia. Adiós.
Carta104
Huí a mi finca de Nomento —¿qué crees?, ¿de la ciudad? no, de la fiebre, y precisamente que se iba apoderando de mí; ya me había echado la mano. El médico decía que eran los inicios, con las venas agitadas e inciertas y perturbando su ritmo natural. Inmediatamente, pues, ordené preparar el vehículo; pese a que mi Paulina me retenía, insistí en salir. Tenía en mis labios aquello de mi señor Galión, quien cuando había empezado a tener fiebre en Acaya, subió inmediatamente a un barco gritando que no era enfermedad del cuerpo sino del lugar. Esto le dije a mi Paulina, que me encomienda mi salud. Pues como sé que su aliento gira en el mío, empiezo a cuidarme a mí para cuidarla a ella. Y aunque la vejez me ha hecho más fuerte para muchas cosas, pierdo este beneficio de la edad; pues viene a mi mente que en este viejo hay también un joven al que se perdona. Así que puesto que yo no consigo de ella que me ame más valientemente, ella consigue de mí que me ame más cuidadosamente. Pues hay que ser indulgente con los afectos honestos; y a veces, incluso si las causas apremian, el aliento debe ser llamado de vuelta en honor de los suyos incluso con tormento y retenido en la misma boca, pues el hombre bueno debe vivir no cuanto le agrada sino cuanto es debido: aquel que no considera que su esposa o su amigo valen tanto como para demorarse más tiempo en la vida, quien perseverará en morir, es delicado. Esto también debe imponerse a sí mismo el ánimo, cuando la utilidad de los suyos lo exige, no solo si quiere morir, sino si ya ha empezado, que se interrumpa y se acomode a los suyos. Propio de un alma grande es volver a la vida por causa ajena, lo que los grandes varones hicieron a menudo; pero también considero esto propio de la suma humanidad, cuidar más atentamente tu vejez, cuyo mayor fruto es una protección más segura de sí mismo y un uso de la vida más animoso, si sabes que esto es dulce, útil, deseable para alguno de los tuyos. Además, este asunto tiene en sí no mediocre gozo y recompensa; pues ¿qué hay más agradable que ser tan querido para tu esposa que por eso te vuelvas más querido para ti mismo? Así pues, mi Paulina puede imputarme no solo su temor sino también el mío.
¿Preguntas, pues, cómo me ha salido el plan de partir? En cuanto dejé atrás la pesadez de la ciudad y aquel olor de las cocinas humeantes que, al moverse, despiden junto con el polvo todo el vapor pestilente que han absorbido, noté enseguida que mi salud había cambiado. ¡Cuánto crees que se acrecentaron luego mis fuerzas cuando llegué a los viñedos! Soltado al pasto, me lancé sobre mi comida. Así que ya me he recuperado; no ha quedado aquel decaimiento de un cuerpo indeciso y con malas digestiones. Empiezo a estudiar con toda el alma. Para eso el lugar no ayuda mucho a menos que el alma se lo proporcione a sí misma, la cual, si quiere, tendrá su retiro en medio de las ocupaciones: pero aquel que elige lugares y busca ocio encontrará en todas partes algo que lo distraiga. En efecto, se cuenta que Sócrates le respondió a uno que se quejaba de que sus viajes no le habían servido de nada: «No sin razón te ocurre esto, porque viajabas contigo mismo». ¡Oh, qué bien les iría a algunos si se apartaran de sí mismos! Pero ahora se oprimen a sí mismos, se inquietan, se corrompen, se aterrorizan. ¿De qué sirve cruzar el mar y cambiar de ciudades? Si quieres escapar de lo que te agobia, no debes estar en otro lugar sino ser otro. Supón que has llegado a Atenas, supón que a Rodas; elige a tu arbitrio una ciudad: ¿qué importan las costumbres que ella tenga? Llevarás las tuyas. Juzgarás que las riquezas son un bien: te torturará la pobreza, lo cual es muy miserable, falsa. Pues aunque poseas mucho, sin embargo, como alguien tiene más, te parecerá que te falta tanto como te supera. Juzgarás que los honores son un bien: te atormentará aquel que fue hecho cónsul, aquel que incluso lo fue por segunda vez; envidiarás cada vez que hayas leído a alguien más a menudo en los fastos. Tan grande será el furor de la ambición que nadie te parecerá detrás de ti si alguien estuvo delante de ti. Juzgarás que la muerte es el mayor mal, cuando en ella no hay nada malo excepto lo que está antes de ella misma, el hecho de ser temida. Te aterrorizarán no solo los peligros sino las sospechas; siempre serás agitado por vanos temores. Pues ¿de qué te habrá servido
haber escapado de tantas ciudades argólicas y haber mantenido tu huida en medio de los enemigos?
La misma paz te suministrará miedos; ni siquiera en lo seguro tendrá confianza una mente aterrorizada de una vez, la cual, cuando ha creado el hábito del pavor improvidente, resulta también incapaz para su propia protección. Pues no evita sino que huye; pero estamos más expuestos a los peligros cuando les damos la espalda. Juzgarás que es el mal más grave perder a alguno de los que amas, cuando esto será tan necio como lamentar que caigan las hojas de los árboles que embellecen y adornan tu casa. Todo lo que te deleita míralo como si vieras: mientras verdeguea, disfrútalo. El azar sacudirá a uno un día, a otro otro día, pero así como la pérdida de las hojas es fácil porque renacen, así la pérdida de aquellos a quienes amas y que consideras adornos de la vida, porque se reponen aunque no renazcan. «Pero no serán los mismos». Tampoco tú serás el mismo. Cada día, cada hora te cambia; pero en otros el robo se advierte más fácilmente, aquí se oculta, porque no se hace a la vista. A otros se los llevan, pero nosotros mismos nos sustraemos furtivamente. Nada de esto pensarás ni aplicarás remedios a las heridas, sino que tú mismo te sembrarás causas de inquietud esperando unas cosas, desesperando de otras. Si eres sabio, mezcla lo uno con lo otro: ni esperes sin desesperación ni desesperes sin esperanza.
¿Qué pudo por sí misma aprovechar a alguien una peregrinación? Ella no moderó los placeres, no refrenó los deseos, no reprimió las iras, no quebró los ímpetus indómitos del amor, en fin, no extirpó ningún mal del alma. No dio juicio, no disipó el error, sino que, como a un niño que admira lo desconocido, lo entretuvo por breve tiempo con alguna novedad de las cosas. Por lo demás, la inconstancia de la mente, que es lo más enfermo, la excita, la hace más móvil y ligera la misma agitación. Así que los lugares que habían buscado con avidez los abandonan con mayor avidez y los atraviesan volando como aves y se marchan más rápido de lo que vinieron. La peregrinación te dará conocimiento de pueblos, te mostrará nuevas formas de montañas, espacios nunca vistos de campos y valles regados por aguas perennes; pondrá bajo tu observación la naturaleza singular de algún río, ya sea el Nilo que se hincha con su crecida estival, ya sea el Tigris que se pierde de la vista y, llevado su curso por canales ocultos, reaparece con su magnitud íntegra, ya sea el Meandro, ejercicio y juego de todos los poetas, que se enreda en frecuentes curvas y, a menudo acercado a su propio cauce vecino, se tuerce antes de desembocar en sí mismo: pero no te hará mejor ni más sano. Hay que ocuparse de los estudios y de los autores de la sabiduría para que aprendamos lo descubierto y busquemos lo aún no descubierto; así el alma es arrancada de su esclavitud más miserable y reivindicada a la libertad. En efecto, mientras ignores qué debes evitar, qué buscar, qué es necesario, qué superfluo, qué justo, qué injusto, qué honesto, qué deshonesto, esto no será peregrinar sino errar. No te aportará ayuda alguna ese discurrir; porque peregrinando con tus pasiones y tus males te siguen. ¡Ojalá te siguieran! Estarían más lejos: ahora los llevas contigo, no los conduces. Por eso te oprimen en todas partes y te queman con iguales incomodidades. Hay que buscar medicina para el enfermo, no región. Alguien se fracturó una pierna o se dislocó una articulación: no sube a un carruaje ni a un barco, sino que llama al médico para que junte la parte fracturada, para que recoloque en su lugar la luxada. ¿Qué, pues? ¿Crees que un alma fracturada y dislocada en tantos lugares puede curarse con un cambio de lugares? Ese mal es más grande que para curarse con un paseo. La peregrinación no hace al médico ni al orador; ningún arte se aprende por el lugar: ¿qué, pues? ¿la sabiduría, el arte más grande de todos, se recoge viajando? No hay, créeme, ningún camino que te sitúe fuera de los deseos, fuera de las iras, fuera de los miedos; o si lo hubiera, en masa la gente humana se dirigiría allí. Esos males te apremiarán y atormentarán mientras vagabundees por tierras y mares, mientras lleves contigo sus causas. ¿Te sorprende que la huida no te sirva? Están contigo aquello de lo que huyes. Enmiéndate, pues, a ti mismo, quítate las cargas y contén los deseos dentro de un límite saludable; arranca de tu alma toda maldad. Si quieres tener peregrinaciones agradables, sana a tu compañero. La avaricia se te pegará mientras convivas con un avaro y un sórdido; la soberbia se te pegará mientras trates con un soberbio; nunca te desprenderás de la crueldad en compañía de un torturador; los grupos de adúlteros encenderán tus lujurias. Si quieres despojarte de los vicios, hay que alejarse de los ejemplos de los vicios. El avaro, el corruptor, el cruel, el fraudulento, mucho habrían de dañarte si estuvieran cerca de ti, están dentro de ti. Pásate a los mejores: vive con los Catones, con Lelio, con Tuberón. Pero si te agrada convivir también con griegos, trata con Sócrates, con Zenón: uno te enseñará a morir si fuera necesario, el otro antes de que sea necesario. Vive con Crisipo, con Posidonio: ellos te transmitirán el conocimiento de lo humano y lo divino, ellos te ordenarán estar en acción y no solo hablar hábilmente y lanzar palabras para deleite de los oyentes, sino endurecer el alma y levantarla contra las amenazas. Pues uno solo es el puerto de esta vida fluctuante y turbulenta: despreciar lo que ha de venir, estar firme y preparado para recibir con el pecho opuesto los dardos de la fortuna, sin ocultarse ni dar rodeos. La naturaleza nos produjo magnánimos, y así como a algunos animales les dio ferocidad, a algunos astucia, a algunos timidez, así a nosotros un espíritu glorioso y elevado que busca dónde vivir de la manera más honesta, no de la más segura, muy semejante al mundo, al cual, en la medida en que lo permiten los pasos mortales, lo sigue y lo emula; se muestra, cree ser alabado y contemplado. Es señor de todo, está sobre todo; por tanto que no se someta a nada, que nada le parezca grave, nada que encorve a un hombre.
Figuras terribles de ver, y la Muerte y el Trabajo:
de ningún modo, si alguien puede contemplarlas con ojos rectos y atravesar las tinieblas; muchas cosas que en la noche inspiran terror el día las convierte en risa.
Figuras terribles de ver, y la Muerte y el Trabajo:
egregriamente nuestro Virgilio no dijo que fueran terribles en realidad sino de ver, es decir, que parecen serlo, no que lo sean. ¿Qué, digo, hay en esas cosas tan formidable como la fama ha divulgado? ¿Qué hay, te lo ruego, Lucilio, para que tema el trabajo un hombre, la muerte un humano? Tantas veces me encuentro con esos que no creen que se pueda hacer lo que ellos no pueden hacer, y dicen que nosotros hablamos de cosas mayores de lo que la naturaleza humana soporta. Pero ¡cuánto mejor pienso yo de ellos! También ellos pueden hacer estas cosas, pero no quieren. En fin, ¿a quién han abandonado jamás estas cosas al intentarlas? ¿A quién no le han parecido más fáciles en la práctica? No porque sean difíciles no nos atrevemos, sino porque no nos atrevemos son difíciles.
Si sin embargo deseáis un ejemplo, tomad a Sócrates, viejo sufrido, sacudido por todas las asperezas, sin embargo invicto tanto ante la pobreza, que hacían más grave para él las cargas domésticas, como ante los trabajos, que también soportó como soldado. Con cuáles fue ejercitado en casa, ya sea su esposa de costumbres feroces, de lengua petulante, ya sea sus hijos indóciles y más semejantes a la madre que al padre, o bien estuvo en la guerra o en la tiranía o en la libertad más cruel que las guerras y los tiranos. Durante veintisiete años se combatió; después de terminadas las armas la ciudad fue entregada al daño de treinta tiranos, de los cuales muchos eran enemigos. Finalmente vino la condena cumplida bajo los más graves cargos: se le echó en cara tanto la violación de las religiones como la corrupción de la juventud, a la que se dijo que incitaba contra los dioses, contra los padres, contra la república. Después de esto la cárcel y el veneno. Estas cosas hasta tal punto no conmovieron el alma de Sócrates que ni siquiera conmovieron su rostro. ¡Oh aquella digna de admiración y singular alabanza! Hasta el final nadie vio a Sócrates ni más alegre ni más triste; fue igual en tan grande desigualdad de la fortuna.
¿Quieres otro ejemplo? Toma a este Marco Catón el más reciente, con quien la fortuna actuó tanto más hostil como más obstinadamente. A quien, cuando se le había opuesto en todos los lugares, finalmente también en la muerte, sin embargo demostró que un hombre fuerte puede vivir contra la voluntad de la fortuna, morir contra su voluntad. Toda su vida transcurrió o en las armas civiles o en vísperas de concebirse ya la guerra civil; y a este puedes decir que no sirvió menos que Sócrates a la libertad, a no ser que por ventura creas que Gneo Pompeyo y César y Craso fueron aliados de la libertad. Nadie vio cambiado a Catón tantas veces cambiada la república; se mostró el mismo en toda situación, en la pretura, en la derrota electoral, en la acusación, en la provincia, en la asamblea, en el ejército, en la muerte. En fin, en aquella tribulación de la república, cuando por un lado estaba César apoyado en diez legiones muy belicosas, en todos los refuerzos de pueblos extranjeros, por el otro Gneo Pompeyo, él solo bastante contra todo, inclinándose unos hacia César, otros hacia Pompeyo, solo Catón hizo también algunos partidos para la república. Si quisieras abarcar con el alma la imagen de aquel tiempo, verás por un lado a la plebe y a toda la masa excitada por las novedades, por el otro a los optimates y el orden ecuestre, todo lo que había de santo y selecto en la ciudad, abandonados dos en medio, la república y Catón. Te asombrarás, digo, cuando adviertas
al Atrida y a Príamo y a Aquiles, cruel para con ambos;
Ambas cosas desaprueba, ambas desarma. Esta es su opinión sobre una y otra: dice que, si vence César, morirá; si vence Pompeyo, se exiliará. ¿Qué tenía que temer quien había decidido para sí mismo, tanto en la derrota como en la victoria, lo que habrían podido decidir unos enemigos enfurecidos? Murió, pues, según su propio decreto. Ves que los hombres pueden soportar el esfuerzo: condujo a pie su ejército por en medio de los desiertos de África. Ves que se puede tolerar la sed: arrastrando los restos de un ejército vencido por colinas resecas, sin ningún equipaje, soportó con su coraza la falta de agua y, siempre que hubo ocasión de beber, bebió el último. Ves que se puede despreciar el honor y la humillación: el mismo día en que sufrió la derrota electoral jugó a la pelota en el comicio. Ves que no hay que temer el poder de los superiores: provocó a la vez a Pompeyo y a César, cuando nadie se atrevía a ofender a uno sin ganarse al otro. Ves que se puede despreciar tanto la muerte como el exilio: se impuso a sí mismo el exilio y la muerte, y entretanto la guerra. Podemos, pues, tener tanto valor frente a estas cosas, con tal de que nos plazca retirar el cuello del yugo. Pero ante todo hay que rechazar los placeres: debilitan y afeminan, y piden mucho; ahora bien, hay que pedir mucho a la fortuna. Después hay que despreciar las riquezas: son garantías de esclavitud. Que se abandonen el oro, la plata y todo lo demás que carga las casas felices: la libertad no puede obtenerse gratis. Si valoras mucho la libertad, todo lo demás hay que valorarlo poco. Adiós.
Carta105
Te diré qué debes observar para vivir más seguro. Pero escucha estos preceptos, te aconsejo, como si te indicara de qué manera cuidar tu buena salud en la campiña de Ardea. Considera qué cosas incitan al hombre contra el hombre para su perdición: encontrarás la esperanza, la envidia, el odio, el miedo, el desprecio. De todas estas, el desprecio es tan leve que muchos se han refugiado en él como remedio. A quien alguien desprecia, sin duda lo pisotea, pero pasa de largo; nadie daña con obstinación a un hombre despreciado, nadie con esmero; incluso en el combate se pasa por encima del que yace caído, mientras se lucha con el que está en pie.
Evitarás la esperanza de los malvados si no tienes nada que excite la codicia ajena e injusta, si no posees nada llamativo; pues se codician incluso las cosas desconocidas cuando algo de ellas se hace notorio. Evitarás la envidia si no te muestras a los ojos de todos, si no ostentas tus bienes, si sabes alegrarte en tu interior. El odio procede de una ofensa (esto lo evitarás no provocando a nadie) o es gratuito, del cual te protegerá el sentido común. Esto ha sido peligroso para muchos: algunos han tenido odio sin tener enemigo. Que no te teman, te lo garantizará tanto la mediocridad de tu fortuna como la benignidad de tu carácter: que los hombres sepan que eres alguien a quien pueden ofender sin peligro; y que tu reconciliación sea fácil y segura. Pero ser temido es tan molesto en casa como fuera, tanto por los esclavos como por los libres: todos tienen fuerzas suficientes para hacer daño. Añade ahora que quien es temido teme: nadie pudo ser terrible y estar seguro a la vez. Queda el desprecio, cuya medida tiene en su poder quien se lo ha asociado a sí mismo, quien es despreciado porque quiso, no porque debió. El inconveniente de esto lo disipan las buenas artes y las amistades de quienes son poderosos ante alguien poderoso, a los cuales convendrá asociarse, no enredarse, para que el remedio no cueste más que el peligro.
Sin embargo, nada aprovechará tanto como estar tranquilo y hablar lo mínimo con otros, y mucho consigo mismo. Hay cierta dulzura en la conversación que se infiltra y nos seduce, y no de otro modo que la embriaguez o el amor saca a la luz secretos. Nadie callará lo que haya oído, nadie hablará solo lo que haya oído; quien no haya callado el asunto, no callará al autor. Cada uno tiene a alguien en quien confía tanto como se confió en él; para guardar su charlatanería y contentarse con los oídos de uno solo, hará un público; así lo que hace un momento era secreto se convierte en rumor.
Gran parte de la seguridad consiste en no hacer nada injusto: los que no tienen poder llevan una vida confusa y turbada; temen tanto como dañan, y no descansan en ningún momento. Pues tiemblan después de actuar, se quedan paralizados; la conciencia no les permite hacer otra cosa y los obliga a responder constantemente ante sí mismos. Sufre castigo quien lo espera; y quien lo mereció, lo espera. Algún asunto proporciona protección en una mala conciencia, pero ninguno seguridad; pues aunque no sea descubierto, piensa que puede serlo, y se sobresalta entre sueños, y cada vez que se habla del crimen de alguien, piensa en el suyo; no le parece suficientemente borrado, suficientemente oculto. El culpable tuvo alguna vez la suerte de ocultarse, nunca la confianza. Adiós.
Carta106
Respondo más tarde a tus cartas, no porque esté ocupado con quehaceres. No escuches esta excusa: estoy libre, y todos están libres si quieren. A nadie lo persiguen los asuntos: ellos mismos los abrazan y piensan que la ocupación es prueba de felicidad. ¿Qué fue, pues, lo que impidió que te respondiera de inmediato? Lo que preguntabas venía en el desarrollo de mi obra; pues sabes que quiero abarcar la filosofía moral y explicar todas las cuestiones que le pertenecen. Así que dudé si debía diferirte hasta que llegara el lugar propio de ese asunto, o darte respuesta fuera de orden: me pareció más humano no retener a quien viene de tan lejos. Así que extraeré esto de aquella serie de asuntos coherentes y, si hay preguntas de este tipo, te las enviaré sin que me las pidas. ¿Preguntas cuáles son? Las que es más agradable que útil saber, como esta que preguntas: si el bien es un cuerpo. El bien actúa; pues es útil; lo que actúa es cuerpo. El bien agita el alma y de algún modo la forma y contiene, que son propiedades del cuerpo. Los bienes del cuerpo son cuerpos; luego también los del alma; pues también esta es cuerpo. El bien del hombre necesariamente es cuerpo, puesto que él mismo es corpóreo. Miento si lo que lo alimenta y lo que custodia o restablece su salud no son cuerpos; luego también su bien es cuerpo. No creo que vayas a dudar de que las pasiones son cuerpos (para que añada también algo más que no preguntas), a menos que dudes de que nos cambien el rostro, nos frunzan la frente, nos relajen el semblante, nos provoquen rubor o nos hagan palidecer. ¿Qué, entonces? ¿Crees que señales tan manifiestas del cuerpo se imprimen si no es por un cuerpo? Si las pasiones son cuerpos, también lo son las enfermedades del alma, como la avaricia, la crueldad, los vicios endurecidos y llevados a un estado incorregible; luego también la maldad y todas sus formas, la malignidad, la envidia, la soberbia; luego también los bienes, primero porque son contrarios a aquellos, después porque te ofrecerán los mismos indicios. ¿Acaso no ves cuánto vigor da a los ojos la fortaleza? ¿Cuánta concentración la prudencia? ¿Cuánta modestia y tranquilidad la reverencia? ¿Cuánta serenidad la alegría? ¿Cuánto rigor la severidad? ¿Cuánta relajación la benignidad? Luego son cuerpos las cosas que cambian el color y el aspecto de los cuerpos, las que ejercen su dominio sobre ellos. Todas las virtudes que mencioné son bienes, y todo lo que procede de ellas. ¿Acaso hay duda de que es cuerpo aquello por lo cual algo puede ser tocado? «Pues ninguna cosa puede tocar ni ser tocada sino un cuerpo», como dice Lucrecio. Pero todas estas cosas que dije no cambiarían el cuerpo si no lo tocaran; luego son cuerpos. Además, aquello que tiene tanta fuerza como para impulsar y obligar y retener e impedir es cuerpo. ¿Qué, entonces? ¿El miedo no retiene? ¿La audacia no impulsa? ¿La fortaleza no lanza y da ímpetu? ¿La moderación no frena y revoca? ¿La alegría no eleva? ¿La tristeza no abate? En fin, todo lo que hacemos lo hacemos por mandato de la maldad o de la virtud: lo que manda al cuerpo es cuerpo, lo que aplica fuerza al cuerpo es cuerpo. El bien del cuerpo es corporal, el bien del hombre es también bien del cuerpo; por tanto, es corporal.
Ya que, como quisiste, te he complacido, ahora yo mismo me diré lo que veo que vas a decir: jugamos a las fichas. La sutileza se desgasta en cosas superfluas: estas cosas no hacen buenos sino eruditos. Más clara es la cosa de ser sabio, más aún, más sencilla: bastan pocas letras para usar una mente buena, pero nosotros, como el resto de las cosas, difundimos también la filosofía misma en lo superfluo. Como en todas las cosas, así también en las letras sufrimos de intemperancia: no aprendemos para la vida sino para la escuela. Adiós.
Carta107
¿Dónde está tu prudencia? ¿Dónde tu sutileza en examinar las cosas? ¿Dónde tu grandeza? ¿Te afecta un asunto tan insignificante? Tus esclavos consideraron tus ocupaciones como ocasión de fuga. Si te hubieran engañado tus amigos (pues que tengan el nombre que nuestro error les impuso, y que se llamen así para que no sean más vergonzosos) * * * te faltan en todas tus cosas aquellos que consumían tu esfuerzo y te consideraban molesto para los demás. Nada de esto es insólito, nada inesperado; ofenderte por estas cosas es tan ridículo como quejarte de que te salpiquen en el baño o de que te empujen en público o de que te ensucies en el barro. La misma es la condición de la vida que la del baño, la muchedumbre, el camino: algunas cosas se te arrojarán, otras te golpearán. No es cosa delicada vivir. Has emprendido un largo camino: es necesario que resbales y tropieces y caigas y te canses y exclames «¡oh muerte!», es decir, que mientas. En un lugar dejarás a un compañero, en otro lo enterrarás, en otro lo temerás: por tales tropiezos hay que recorrer este camino escabroso. ¿Quiere morir? Que el ánimo se prepare contra todo; sepa que ha venido adonde truena el rayo; sepa que ha venido adonde
«el Duelo y las vengadoras Cuitas pusieron sus lechos
y habitan las pálidas Enfermedades y la triste Vejez».
En esta compañía hay que vivir la vida. No puedes huir de estas cosas, puedes despreciarlas; las despreciarás si piensas con frecuencia en ellas y te anticipas a lo futuro. Nadie dejó de acercarse con más fortaleza a aquello para lo que se había preparado durante mucho tiempo, y resistió incluso las cosas duras, si habían sido premeditadas: pero, por el contrario, el que no está preparado se espanta incluso con las más leves. Hay que procurar que nada nos resulte inesperado; y porque todas las cosas son más graves por su novedad, este pensamiento asiduo te garantizará que no seas novato en ningún mal.
«Mis esclavos me abandonaron». Otros robaron a su amo, otros lo acusaron, otros lo mataron, otros lo traicionaron, otros lo golpearon, otros lo atacaron con veneno, otros con calumnias: lo que digas, le ha ocurrido a muchos * * * después se dirigen contra nosotros muchas desgracias, variadas y sucesivas. Unas están ya clavadas en nosotros, otras vibran y están justo ahora llegando, otras nos rozan de camino hacia otros. No nos asombremos de aquello para lo que nacimos, que nadie debe lamentar porque es igual para todos. Digo que es igual; pues incluso lo que alguien evita, pudo sufrirlo. Justo es el derecho no aquel del que todos han hecho uso, sino el que fue promulgado para todos. Impongamos ecuanimidad a nuestro ánimo y paguemos sin queja los tributos de la mortalidad. El invierno trae el frío: hay que pasar frío. El verano devuelve el calor: hay que pasar calor. La inclemencia del clima pone a prueba la salud: hay que enfermar. Y en algún lugar nos saldrá al paso una fiera, y un hombre más peligroso que todas las fieras. Una cosa la arrebatará el agua, otra el fuego. Esta condición de las cosas no podemos cambiarla: lo que sí podemos es adoptar un ánimo grande y digno de un hombre bueno, con el cual soportemos con valentía lo fortuito y consintamos con la naturaleza. Pues la naturaleza regula mediante cambios este reino que ves: a las nubes suceden los cielos despejados; se agitan los mares después de haberse aquietado; soplan alternadamente los vientos; el día sigue a la noche; una parte del cielo se eleva, otra se hunde: la eternidad se sostiene por los contrarios. A esta ley debe adaptarse nuestro ánimo; que la siga, que le obedezca; y que piense que todo lo que ocurre debió ocurrir y no quiera reprochar a la naturaleza. Lo mejor es soportar lo que no puedes corregir, y acompañar sin murmuración al dios bajo cuya autoría todo sucede: mal soldado es el que sigue a su comandante gimiendo. Por eso recibamos las órdenes con energía y alacridad, y no abandonemos este recorrido de la obra más hermosa, en la cual está entretejido todo lo que padeceremos; y hablemos así a Júpiter, con cuyo timón se dirige esta mole, tal como nuestro Cleantes le habla en versos muy elocuentes, que me está permitido traducir a nuestra lengua siguiendo el ejemplo de Cicerón, varón elocuentísimo. Si te agradan, los acogerás bien; si te desagradan, sabrás que en esto seguí el ejemplo de Cicerón.
Condúceme, oh padre y señor del alto cielo, adonde te haya placido: no hay demora en obedecer; estoy presto. Haz que no quiera, te acompañaré gimiendo y malo sufriré hacer lo que pude hacer bueno. Los hados conducen al que quiere, al que no quiere lo arrastran.
Así vivamos, así hablemos; que el destino nos encuentre preparados y enérgicos. Este es el ánimo grande, el que se entrega a él: pero en cambio es mezquino y degenerado el que lucha contra él y opina mal del orden del mundo y prefiere enmendar a los dioses antes que a sí mismo. Adiós.
Carta108
Aquello sobre lo que preguntas es de esas cosas que interesan solo en cuanto a saberlas para saberlas. Pero no obstante, porque interesa, te apresuras y no quieres esperar los libros que estoy ordenando ahora mismo que contienen toda la parte moral de la filosofía. Te lo explicaré de inmediato; pero antes te escribiré esto: de qué modo debes ordenar ese afán de aprender en que veo que ardes, para que no se estorbe a sí mismo. No se debe recoger al azar ni atacar ávidamente el conjunto: se llegará al todo por partes. La carga debe adaptarse a las fuerzas y no ocupar más de lo que podamos abarcar. No hay que beber cuanto quieres sino cuanto puedes retener. Solo ten buen ánimo: retendrás cuanto quieras. Cuanto más recibe el ánimo, más se ensancha.
Recuerdo que Átalo nos enseñaba esto, cuando asediábamos su escuela y éramos los primeros en llegar y los últimos en salir, y cuando paseaba lo provocábamos también a algunas discusiones, pues no solo estaba preparado para los que aprendían sino a su disposición. Decía: «El que enseña y el que aprende deben tener el mismo propósito, que aquel quiera ser útil, este aprovechar». El que va al filósofo, que cada día se lleve consigo algo de bien: que vuelva a casa más sano o más sanable. Y volverá: tal es la fuerza de la filosofía que ayuda no solo al estudioso sino también al que simplemente convive con ella. El que va al sol, aunque no haya ido para eso, se bronceará; el que se ha sentado en la tienda de perfumes y se ha demorado un poco más, llevará consigo el olor del lugar; y los que han estado con el filósofo necesariamente habrán obtenido algo que aproveche incluso a los descuidados. Atiende lo que digo: a los descuidados, no a los que se resisten.
«¿Qué pasa entonces? ¿No conocemos a algunos que se sentaron muchos años con el filósofo y ni siquiera tomaron el color?» ¿Cómo no los voy a conocer? Son ciertamente muy persistentes y asiduos, a quienes yo llamo no discípulos de los filósofos sino inquilinos. Algunos vienen a escuchar, no a aprender, igual que al teatro nos dejamos llevar por placer a deleitar los oídos con un discurso o una voz o unas fábulas. Verás que gran parte de los oyentes es así, para quienes la escuela del filósofo es albergue de ocio. No se proponen quitarse de allí algún vicio, o recibir alguna norma de vida por la cual examinen sus costumbres, sino disfrutar del deleite de los oídos. Algunos incluso vienen con tablillas, no para recoger las ideas, sino las palabras, que las dicen sin provecho ajeno igual que las oyen sin provecho propio. Algunos se excitan con las frases magníficas y pasan al sentimiento de los oradores, animados en el rostro y en el ánimo, y no se agitan de otro modo que como suelen los semihombres frigios al son de la flauta y los que enloquecen por mandato. Los arrebata y los impulsa la belleza de las ideas, no el sonido de las palabras vacías. Si se ha dicho algo con fuerza contra la muerte, si algo con desafío contra la fortuna, gusta al punto hacer lo que oyes. Se afectan con ello y son como se les ordena, si aquella forma permanece en el ánimo, si el pueblo, disuasor de lo honesto, no les sale al paso inmediatamente con su ataque insigne: pocos pudieron llevar a casa aquella mentalidad que habían concebido. Es fácil excitar al oyente hacia el deseo de lo recto; pues a todos la naturaleza nos dio los fundamentos y la semilla de las virtudes. Todos nacimos para todo esto: cuando llega el que lo estimula, entonces aquellos bienes del ánimo, como dormidos, se despiertan. ¿No ves cómo resuenan los teatros cuando se han dicho cosas que reconocemos públicamente y con consenso atestiguamos que son verdaderas?
A la pobreza le falta mucho, a la avaricia todo. El avaro no es bueno con nadie, consigo mismo es pésimo.
Ante estos versos aplaude incluso el más sórdido y se alegra de que se vituperen sus vicios: ¿cuánto más juzgas que sucede esto cuando las dice el filósofo, cuando inserta versos con preceptos saludables, para introducir más eficazmente esas mismas ideas en el ánimo de los inexpertos? Pues como decía Cleantes, «así como nuestro aliento produce un sonido más claro cuando la trompeta lo arrastra a través de las estrecheces de un largo conducto y lo expele finalmente por una salida más ancha, así la estrecha exigencia del verso hace más claros nuestros pensamientos». Las mismas cosas se oyen con más descuido y golpean menos mientras se dicen en prosa suelta: cuando se les añaden los ritmos y un pensamiento egregio lo constriñen pies fijos, esa misma sentencia se lanza como arrojada por un brazo tenso. Se dicen muchas cosas sobre el desprecio del dinero y se enseña esto con discursos larguísimos, que los hombres deben considerar que las riquezas están en el ánimo, no en el patrimonio, que es rico el que se ha adaptado a su pobreza y se ha hecho rico con poco; pero más se hieren los ánimos cuando se dicen versos como estos:
Necesita lo mínimo el mortal que desea lo mínimo. Tiene lo que quiere quien puede querer lo que es suficiente.
Cuando oímos estas cosas y otras semejantes, somos llevados a confesar la verdad; pues incluso aquellos para quienes nada es suficiente, las admiran, las aclaman, declaran odio al dinero. Cuando veas este sentimiento en ellos, presiona, carga sobre esto, insiste, dejando las ambigüedades y los silogismos y las cavilaciones y los demás juegos de una agudeza inútil. Habla contra la avaricia, habla contra el lujo; cuando veas que has progresado y has afectado los ánimos de los oyentes, insiste más vehementemente: no es verosímil cuánto aprovecha tal discurso, dedicado al remedio y vuelto por completo al bien de los oyentes. Pues muy fácilmente las mentes tiernas se ganan para el amor de lo honesto y lo recto, y a las que aún son dóciles y levemente corrompidas la verdad les echa mano si encuentra un defensor idóneo. Yo ciertamente, cuando escuchaba a Átalo perorar contra los vicios, contra los errores, contra los males de la vida, a menudo sentí compasión del género humano y lo creí sublime y más alto que la condición humana. Él mismo decía que era rey, pero me parecía más que reinar poder ejercer la censura de los reyes. Cuando empezaba a recomendar la pobreza y a mostrar que todo lo que excede el uso es peso superfluo y pesado para quien lo lleva, a menudo quise salir de la escuela pobre. Cuando empezaba a censurar nuestros placeres, a alabar el cuerpo casto, la mesa sobria, la mente pura no solo de los placeres ilícitos sino también de los superfluos, me apetecía limitar la garganta y el vientre. Por eso me han quedado algunas cosas, Lucilio; pues llegué con gran ímpetu a todo, luego, devuelto a la vida de la ciudad, he conservado pocas cosas de lo bien empezado. Por eso renuncié a las ostras y a las setas para toda la vida; pues no son alimentos sino incentivos para obligar a comer a los hartos (lo que es muy grato para los glotones que se atiborran más allá de lo que caben), que bajan fácilmente, que vuelven fácilmente. Por eso nos abstenemos de perfumes para toda la vida, puesto que el mejor olor en el cuerpo es ninguno. Por eso el estómago sin vino. Por eso huimos del baño para toda la vida; cocer el cuerpo y agotarlo con sudores nos pareció inútil y a la vez delicado. Lo demás, abandonado, volvió, pero de tal manera que de aquello cuya abstinencia interrumpí guardo medida, y ciertamente más cercana a la abstinencia, no sé si más difícil, ya que algunas cosas se cortan más fácilmente del ánimo que se moderan.
Puesto que empecé a exponerte con cuánto mayor ímpetu me acerqué a la filosofía de joven que como sigo de viejo, no me avergonzará confesar qué amor me inspiró Pitágoras. Sotión contaba por qué él se abstuvo de los animales, por qué después Sextio. Diferente era la causa para uno y otro, pero magnífica para ambos.
Creía este hombre que para el ser humano era suficiente alimentarse sin derramar sangre, y que cuando el descuartizamiento se convertía en placer, nacía el hábito de la crueldad. Añadía que había que reducir el material del lujo; concluía que alimentos variados y ajenos a nuestros cuerpos eran contrarios a la buena salud. En cambio Pitágoras decía que entre todos los seres existía un parentesco, y un intercambio de almas que pasaban a formas distintas. Ninguna alma, si le crees, perece, ni siquiera cesa salvo por un tiempo breve, mientras se transfunde a otro cuerpo. Ya veremos a través de qué ciclos temporales y cuándo, tras errar por múltiples moradas, regresa al hombre: mientras tanto infundió a los hombres temor al crimen y al parricidio, ya que podían chocar sin saberlo con el alma de un antepasado y herirla con el hierro o los dientes, si en algún cuerpo se hospedaba algún espíritu emparentado. Tras exponer esto Soción y llenarlo con sus argumentos, decía: «¿No crees que las almas se distribuyen en unos y otros cuerpos y que lo que llamamos muerte es una migración? ¿No crees que en estos ganados o fieras, o sumergidos en el agua, mora un alma que fue en otro tiempo humana? ¿No crees que nada perece en este mundo, sino que cambia de región? ¿Y que no solo los astros giran por ciclos determinados, sino que también los seres animados van por turnos y las almas son impulsadas en círculo? Hombres grandes han creído esto. Así que mantén en suspenso tu juicio, pero guárdate todas las opciones abiertas. Si esto es verdad, haberte abstenido de animales es inocencia; si es falso, es frugalidad. ¿Qué perjuicio sufres por esta credulidad tuya? Te privo de la alimentación de leones y buitres». Movido por estas razones empecé a abstenerme de animales, y transcurrido un año no solo me resultaba fácil la costumbre, sino placentera. Creía que mi ánimo era más ágil, aunque hoy no te aseguraría si lo era. ¿Preguntas cómo dejé de hacerlo? El tiempo de mi juventud coincidió con el principio del reinado de Tiberio César: se prohibían los cultos extranjeros y entre las pruebas de superstición se consideraba la abstinencia de ciertos animales. Así que a petición de mi padre, que no temía una acusación sino que odiaba la filosofía, volví a la antigua costumbre; y no me costó que me persuadiera a empezar a cenar mejor. Solía alabar Átalo el colchón que se resistía al cuerpo: tal uso incluso de anciano, en el que no puede aparecer huella. He recordado esto para demostrarte cuán vehementes tienen los jóvenes principiantes sus primeros impulsos hacia todo lo mejor, si alguien los exhorta, si alguien los empuja. Pero se peca en algo por culpa de los maestros, que nos enseñan a disputar, no a vivir, y en algo por culpa de los discípulos, que aportan a sus preceptores el propósito no de cultivar el ánimo sino el ingenio. Por eso lo que fue filosofía se ha convertido en filología. Ahora bien, importa mucho con qué propósito te acercas a cualquier cosa. Quien va a ser gramático y escudriña a Virgilio, no lee con este ánimo aquel verso excelente
«huye el tiempo irrecuperable»:
«hay que estar despiertos; si no nos apresuramos, seremos abandonados; nos arrastra y es arrastrado el día veloz; sin saberlo somos arrebatados; todo lo disponemos para el futuro y somos lentos entre precipicios»; sino para observar que, cuantas veces Virgilio habla de la velocidad del tiempo, él usa esta palabra «huye».
«Los mejores días de la vida a los míseros mortales huyen primero; se presentan las enfermedades y la triste vejez y el dolor, y arrebata la crueldad de la dura muerte».
Aquel que mira hacia la filosofía conduce estos mismos versos adonde debe. «Nunca dice Virgilio que los días van, sino que huyen, que es el tipo de carrera más veloz, y que los mejores son arrebatados primero: ¿por qué entonces nos detenemos nosotros mismos para apresurarnos, a fin de poder igualar la velocidad de la cosa más rápida? Lo mejor pasa volando, lo peor le sucede». Así como de una ánfora fluye primero lo más puro, y lo más denso y turbio se asienta, así en nuestra edad lo mejor está al principio. ¿Consentimos que eso se agote en otros, para que nos reservemos a nosotros el poso? Que esto se adhiera al ánimo y agrade como enviado por un oráculo:
«los mejores días de la vida a los míseros mortales huyen primero».
¿Por qué los mejores? Porque lo que queda es incierto. ¿Por qué los mejores? Porque siendo jóvenes podemos aprender, podemos convertir el ánimo dócil y aún moldeable hacia lo mejor; porque este tiempo es idóneo para los trabajos, idóneo para agitar los ingenios mediante los estudios y ejercitar los cuerpos mediante las obras: lo que sobra es más inactivo y lánguido y más cerca del fin. Así que apliquémonos con todo el ánimo y, omitiendo aquello hacia lo que nos desviamos, trabajemos en una sola cosa: que no comprendamos por fin, abandonados, esta velocidad del tiempo rapidísimo, que no podemos retener. Que cada día sea agradable como el mejor y sea reducido a nuestro provecho. Hay que aprovechar lo que huye. Esto no lo piensa quien lee ese poema con ojos de gramático, que cada día es el mejor primero porque se presentan las enfermedades, porque la vejez oprime y está por encima de la cabeza de quienes aún piensan en la adolescencia, sino que dice que Virgilio siempre coloca juntos las enfermedades y la vejez —no sin razón, por Hércules, pues la vejez es una enfermedad incurable—. «Además», dice, «impuso este sobrenombre a la vejez, la llama "triste":
"se presentan las enfermedades y la triste vejez". En otro lugar dice "habitan allí las pálidas Enfermedades y la triste Vejez"».
No hay motivo para que te sorprendas de que cada uno recoja de la misma materia lo adecuado a sus estudios: en el mismo prado el buey busca hierba, el perro la liebre, la cigüeña el lagarto.
Cuando toma el libro de Cicerón sobre la república, de aquí un filólogo, de aquí un gramático, de aquí uno dedicado a la filosofía, cada uno dirige su atención hacia algo distinto. El filósofo se admira de que se haya podido decir tanto contra la justicia. Cuando el filólogo accede a esta misma lectura, anota esto: que hay dos reyes romanos de los cuales uno no tiene padre, el otro madre. Pues sobre la madre de Servio se duda; de Anco no hay padre, se dice nieto de Numa. Además de esto anota que aquel a quien nosotros llamamos dictador y leemos que así se nombra en las historias, entre los antiguos era llamado «maestro del pueblo». Hoy mismo esto consta en los libros augurales, y es testimonio de ello que quien es nombrado por él es «maestro de caballería». Igualmente anota que Rómulo pereció durante un eclipse de sol; que la apelación al pueblo existió incluso desde los reyes; esto consta así en los libros pontificales y Fenestela y algunos lo creen. Cuando el gramático ha desplegado estos mismos libros, primero anota en su comentario que Cicerón dijo «reapse», esto es «re ipsa», y no menos «sepse», esto es «se ipse». Luego pasa a aquellas cosas que la costumbre del siglo cambió, como dice Cicerón «puesto que fuimos llamados de vuelta desde la propia cal por su interrupción». Esta que ahora en el circo llamamos «creta», los antiguos la llamaban «cal». Luego recoge versos de Ennio y sobre todo aquellos escritos sobre el Africano:
«a quien ningún ciudadano ni enemigo podrá devolver el precio de los servicios por sus hazañas».
Dice que a partir de ello entiende que «ope» entre los antiguos no solo significaba auxilio sino trabajo. Pues dice Ennio que nadie pudo devolver a Escipión, ni ciudadano ni enemigo, el precio del trabajo. Luego se considera feliz de haber encontrado de dónde le pareció bien a Virgilio decir
«sobre quien resuena la enorme puerta del cielo».
Dice que esto se lo sustrajo Ennio a Homero, Virgilio a Ennio; pues que existe en Cicerón en este mismo libro sobre la república este epigrama de Ennio:
«si a alguien está permitido ascender a las regiones de los celestes, para mí solo está abierta la máxima puerta del cielo».
Pero para no caer yo mismo en filólogo o gramático mientras hago otra cosa, advierto esto: que la escucha de los filósofos y la lectura debe dirigirse al propósito de la vida feliz, no para que captemos palabras antiguas o inventadas y traslaciones impropias y figuras del decir, sino para que aprendamos preceptos provechosos y voces magníficas y animosas que pronto se trasladen a la acción. Aprendamos estas cosas de modo que las que fueron palabras sean obras. Ahora bien, juzgo que no merecen peor nadie de entre todos los mortales que quienes han aprendido la filosofía como algún oficio venal, quienes viven de otra manera de como enseñan que se debe vivir. Pues se muestran a sí mismos como ejemplos de una disciplina inútil, sujetos a todo vicio que persiguen.
No puede servirme más un maestro tal que un piloto nauseabundo en la tempestad. Hay que sostener el timón cuando lo arrebata la ola, hay que luchar con el propio mar, hay que arrancar las velas al viento: ¿qué puede ayudarme el timonel de la nave aturdido y vomitando? ¿Con cuánto mayor tempestad crees que es sacudida la vida que cualquier balsa? No hay que hablar sino gobernar. Todo lo que dicen, lo que lanzan ante la multitud que escucha, es ajeno: lo dijo Platón, lo dijo Zenón, lo dijo Crisipo y Posidonio y una inmensa multitud de nombres tantos y tales. Cómo podrán probar que es suyo lo mostraré: que hagan lo que dijeron.
Puesto que ya dije lo que quería transmitirte, ahora satisfaré tu deseo y trasladaré a otra carta íntegro lo que exigías, para que no te acerques cansado a un asunto espinoso y que debe oírse con orejas erguidas y curiosas. Adiós.
Carta109
Deseas saber si el sabio beneficia al sabio. Decimos que el sabio está lleno de todo bien y ha alcanzado la cumbre: se pregunta cómo puede beneficiar a alguien quien tiene el sumo bien. Los buenos se benefician entre sí. Pues ejercitan las virtudes y mantienen la sabiduría en su estado; cada uno necesita a alguien con quien compararse, con quien consultar. El uso ejercita a los expertos en la lucha; al músico lo mueve quien aprendió cosas equivalentes. También el sabio necesita la agitación de las virtudes; así como él mismo se mueve, así es movido por otro sabio. ¿Qué beneficiará el sabio al sabio? Le dará impulso, le mostrará ocasiones de acciones honestas. Además de esto expresará algunos de sus pensamientos; enseñará lo que ha descubierto. Pues siempre quedará también al sabio algo que descubrir y hacia lo cual su ánimo se lance. El malo daña al malo y lo hace peor, incitando su ira, consintiendo su tristeza, alabando sus placeres; y entonces los malos sufren sobre todo cuando han mezclado al máximo sus vicios y la maldad se ha concentrado en uno. Así pues, al contrario, el bueno beneficiará al bueno. «¿Cómo?», dices. Le aportará gozo, confirmará su confianza; de la contemplación de la tranquilidad mutua crecerá la alegría de ambos. Además le transmitirá el conocimiento de ciertas cosas; pues el sabio no sabe todo; incluso si supiera, alguien podría idear caminos más breves de las cosas e indicar aquellos por los cuales toda la obra se realice más fácilmente. Beneficiará el sabio al sabio, no ciertamente solo con sus fuerzas sino con las de aquel a quien ayudará. Puede él, incluso abandonado a sí mismo, desplegar sus partes: usará su propia velocidad, pero sin embargo el que anima ayuda también al que corre. «El sabio no beneficia al sabio sino a sí mismo. Para que sepas esto, quítale su fuerza propia y él nada hará». De este modo podrías decir que no hay dulzura en la miel; pues quien debe captarla, si no está adaptado con la lengua y el paladar a un gusto de ese tipo de manera que lo capte tal sabor, se ofenderá; hay en efecto algunos a quienes por vicio de las enfermedades la miel les parece amarga. Es necesario que ambos estén sanos para que tanto él pueda beneficiar como este sea materia idónea para el que va a beneficiar.
«Si algo ha alcanzado el máximo calor», dice, «es superfluo calentarlo más, y si algo ha alcanzado el máximo bien es superfluo que alguien lo beneficie. ¿Acaso un agricultor provisto de todos los instrumentos busca que otro lo provea? ¿Acaso un soldado armado con lo suficiente para salir al combate desea más armas? Luego tampoco el sabio; pues está suficientemente provisto y armado para la vida». A esto respondo: también quien ha alcanzado el máximo calor necesita que se le añada calor para mantener ese máximo. «Pero el calor se mantiene a sí mismo», dice. En primer lugar, hay mucha diferencia entre estas cosas que comparas. El calor es uno solo, el beneficio es variado. Además, el calor no se ayuda con la adición de calor para estar caliente; pero el sabio no puede mantenerse en el estado de su mente si no ha admitido algunos amigos semejantes a él con quienes compartir sus virtudes. Añade ahora que la amistad existe entre todas las virtudes; por tanto, beneficia quien ama las virtudes de alguien igual a él y a su vez las ofrece para ser amadas. Las cosas semejantes agradan, sobre todo cuando son honestas y saben aprobarse y ser aprobadas. Además, nadie sino un sabio puede mover peritamente el ánimo de un sabio, como solo un hombre puede mover a otro hombre racionalmente. Por tanto, así como se necesita la razón para mover a la razón, así se necesita una razón perfecta para que sea movida la razón perfecta. Se dice que benefician también quienes nos proporcionan bienes intermedios: dinero, favor, seguridad y otras cosas valiosas o necesarias para los usos de la vida; en estos se dirá que incluso un necio beneficia al sabio. Pero beneficiar es mover el ánimo según la naturaleza por medio de la propia virtud. Como esto no sucederá sin el bien también de quien beneficia, necesariamente al ejercitar la virtud ajena ejercitará también la suya. Pero aunque apartes esas cosas que son bienes supremos o productoras de bienes supremos, de todos modos los sabios pueden beneficiarse entre sí. Pues encontrar un sabio es para el sabio algo deseable por sí mismo, porque todo bien es naturalmente querido por el bueno, y cada uno se vincula al bien del mismo modo que a sí mismo.
Es necesario que a partir de esta cuestión pase, por razón del argumento, a otra. Pues se pregunta si el sabio deliberará, si convocará a alguien a consejo. Lo que le es necesario hacer cuando llega a estos asuntos civiles y domésticos y, por así decir, mortales; en estos necesita el consejo ajeno como el médico, como el piloto, como el abogado y el director del pleito. Por tanto, a veces el sabio beneficiará al sabio; pues le aconsejará. Pero también en aquellos asuntos grandes y divinos, como dijimos, tratando juntos las cosas honestas y mezclando ánimos y pensamientos, será útil. Además, es conforme a la naturaleza abrazar a los amigos y alegrarse del aumento de los amigos como del propio; pues si no hacemos esto, ni siquiera la virtud permanecerá en nosotros, que vale por el sentido al ejercitarse. Y la virtud aconseja aprovechar bien el presente, prever el futuro, deliberar y concentrar el ánimo: concentrará y desarrollará más fácilmente quien se haya asociado a alguien. Buscará, pues, al hombre perfecto o al que progresa y está cerca de lo perfecto. Y aquel perfecto beneficiará si ayuda al consejo con la prudencia común. Dicen los hombres que ven más en el asunto ajeno desde el principio. Esto les sucede a quienes el amor propio ciega y a quienes el temor en los peligros les arranca la percepción de la utilidad: empezará a ser sabio el que esté más seguro y fuera del miedo. Pero de todos modos hay ciertas cosas que incluso los sabios ven con más diligencia en otro que en sí mismos. Además, aquel «querer lo mismo y rechazar lo mismo», lo más dulce y honesto, el sabio lo ofrecerá al sabio; llevará a cabo una obra excelente bajo yugo igual.
He cumplido lo que exigías, aunque estaba en el orden de las cosas que abarcamos en los volúmenes de filosofía moral. Piensa lo que suelo decirte con frecuencia: en estas cuestiones no ejercitamos otra cosa que la agudeza. Pues vuelvo siempre a aquello: ¿de qué me sirve este asunto? Hazme más fuerte, más justo, más templado. Todavía no tengo tiempo libre para ejercitarme: aún necesito un médico. ¿Por qué me exiges un conocimiento inútil? Has prometido cosas grandes: cumple tu palabra. Decías que estaría impávido incluso si las espadas brillaran a mi alrededor, incluso si la punta tocara mi garganta; decías que estaría seguro incluso si ardieran incendios a mi alrededor, incluso si un torbellino repentino arrastrara mi nave por todo el mar: procúrame esta preocupación, que desprecie el placer, que desprecie la gloria. Después me enseñarás a resolver lo enredado, a distinguir lo ambiguo, a esclarecer lo oscuro: ahora enséñame lo que es necesario. Adiós.
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
