Parte 9La tentación
Acto IIIIII
Chipre. El jardín del castillo.
(Entran Desdémona, Casio y Emilia.)
DESDÉMONA.— Puedes estar seguro, buen Casio, de que haré todo lo que esté en mi mano en tu favor.
EMILIA.— Hágalo, señora. Le aseguro que mi marido lo siente como si la causa fuera suya.
DESDÉMONA.— Ah, ese es un hombre honrado. No lo dudes, Casio: haré que mi señor y tú volváis a ser tan amigos como antes.
CASIO.— Generosa señora, pase lo que pase con Michael Casio, él no será nunca sino su fiel servidor.
DESDÉMONA.— Lo sé. Te lo agradezco. Amas a mi señor. Lo conoces desde hace tiempo; y puedes estar bien seguro de que él no mantendrá más distancia contigo que la que convenga por prudencia.
CASIO.— Sí, pero, señora, esa prudencia puede durar tanto, o alimentarse de una dieta tan escasa y aguada, o engendrarse tanto de las circunstancias, que en mi ausencia, y ocupado mi puesto, mi general olvide mi amor y mis servicios.
DESDÉMONA.— No lo dudes. Ante Emilia aquí presente te doy garantía de tu puesto. Ten por seguro que si prometo amistad, la cumpliré hasta el último extremo. Mi señor no tendrá reposo: lo desvelaré a fuerza de insistencia y lo agotaré hasta que pierda la paciencia; su lecho le parecerá una escuela, su mesa un confesionario; mezclaré en todo lo que haga la causa de Casio. Así que alégrate, Casio, porque tu intercesora morirá antes que abandonar tu causa.
(Entran Otelo y Yago.)
EMILIA.— Señora, aquí viene mi señor.
CASIO.— Señora, me retiro.
DESDÉMONA.— Vamos, quédate y escúchame.
CASIO.— Señora, ahora no. Me siento muy incómodo, inútil para mis propios propósitos.
DESDÉMONA.— Bien, haz lo que te parezca.
(Sale Casio.)
YAGO.— Ja, eso no me gusta.
OTELO.— ¿Qué dices?
YAGO.— Nada, mi señor; o si... no sé qué.
OTELO.— ¿No era Casio el que se apartaba de mi esposa?
YAGO.— ¿Casio, mi señor? No, seguro que no, no puedo creerlo, que se escabullera con ese aire de culpable al verlo llegar.
OTELO.— Yo creo que era él.
DESDÉMONA.— ¿Qué tal, mi señor? He estado hablando con un suplicante, un hombre que languidece bajo tu desagrado.
OTELO.— ¿Quién es?
DESDÉMONA.— Pues tu teniente, Casio. Mi buen señor, si tengo alguna gracia o poder para conmoverte, acepta su inmediata reconciliación; porque si no es alguien que de verdad te ama, que yerra por ignorancia y no por astucia, entonces no tengo juicio para reconocer un rostro honrado. Te lo ruego, llámalo de vuelta.
OTELO.— ¿Se ha ido ahora?
DESDÉMONA.— Sí, en verdad; tan humillado que me ha dejado parte de su pena para que la sufra con él. Amor mío, llámalo de vuelta.
OTELO.— Ahora no, dulce Desdémona, en otro momento.
DESDÉMONA.— ¿Pero será pronto?
OTELO.— Cuanto antes, dulce mía, por ti.
DESDÉMONA.— ¿Será esta noche en la cena?
OTELO.— No, esta noche no.
DESDÉMONA.— ¿Entonces mañana a comer?
OTELO.— No comeré en casa; me reúno con los capitanes en la ciudadela.
DESDÉMONA.— Pues entonces mañana por la noche, o el martes por la mañana, el martes al mediodía o por la noche; el miércoles por la mañana. Te ruego que pongas fecha, pero que no exceda de tres días. A fe mía que está arrepentido; y sin embargo su falta, según nuestro sentido común (salvo que dicen que la guerra debe dar ejemplo castigando a los mejores), no es apenas falta como para merecer una reprimenda privada. ¿Cuándo vendrá? Dime, Otelo: me pregunto en mi alma qué podrías pedirme que yo te negara, o dudara tanto en conceder. ¡Cómo! Michael Casio, que venía a cortejarte conmigo, y tantas veces, cuando yo hablaba mal de ti, tomó tu partido, ¿y ahora tanto trabajo para que lo admitas de nuevo? Créeme, podría hacer mucho.
OTELO.— Te lo ruego, no más. Que venga cuando quiera; no te negaré nada.
DESDÉMONA.— Vamos, esto no es un favor; es como si te rogara que te pusieras los guantes, o que comieras platos nutritivos, o que te abrigaras, o te pidiera que hicieras algo en provecho particular de tu propia persona: no, cuando tenga una súplica en la que de verdad ponga a prueba tu amor, será algo lleno de peso y dificultad, y temible de conceder.
OTELO.— No te negaré nada. Pero entonces te ruego que me concedas esto: que me dejes un poco a solas.
DESDÉMONA.— ¿Voy a negártelo? No, adiós, mi señor.
OTELO.— Adiós, Desdémona mía. Iré a tu lado enseguida.
DESDÉMONA.— Emilia, ven. Sé como tus caprichos te enseñen. Sea lo que seas, yo soy obediente.
(Sale con Emilia.)
OTELO.— ¡Excelente criatura! ¡Que la perdición atrape mi alma si no te amo! Y cuando deje de amarte, habrá vuelto el caos.
YAGO.— Mi noble señor...
OTELO.— ¿Qué dices, Yago?
YAGO.— ¿Michael Casio, cuando usted cortejaba a mi señora, sabía de su amor?
OTELO.— Sí, desde el principio hasta el fin. ¿Por qué lo preguntas?
YAGO.— Solo para satisfacer un pensamiento mío. Nada más.
OTELO.— ¿Por qué ese pensamiento, Yago?
YAGO.— No creía que él tuviera trato con ella.
OTELO.— Ah, sí, y fue entre nosotros muy a menudo.
YAGO.— ¿De veras?
OTELO.— ¿De veras? Sí, de veras. ¿Ves algo en eso? ¿No es honrado?
YAGO.— ¿Honrado, mi señor?
OTELO.— ¿Honrado? Sí, honrado.
YAGO.— Mi señor, por lo que yo sé.
OTELO.— ¿Qué piensas?
YAGO.— ¿Pensar, mi señor?
OTELO.— ¿Pensar, mi señor? ¡Por el cielo, me hace eco!, como si hubiera algún monstruo en su pensamiento demasiado horrible para mostrarlo. Quieres decir algo. Te oí decir hace un momento que eso no te gustaba, cuando Casio dejó a mi esposa. ¿Qué fue lo que no te gustó? Y cuando te dije que él era de mi confianza durante todo mi cortejo, exclamaste «¿de veras?», y frunciste y arrugaste el ceño, como si entonces hubieras encerrado en tu cerebro alguna idea horrible: si me amas, muéstrame tu pensamiento.
YAGO.— Mi señor, usted sabe que lo amo.
OTELO.— Creo que sí; y porque sé que estás lleno de amor y honradez, y que pesas tus palabras antes de darles aliento, por eso esas pausas tuyas me asustan más: porque tales cosas en un bellaco falso y desleal son trucos habituales; pero en un hombre justo son vacilaciones íntimas, que surgen del corazón, que la pasión no puede gobernar.
YAGO.— En cuanto a Michael Casio, me atrevo a jurar que creo que es honrado.
OTELO.— Yo también lo creo.
YAGO.— Los hombres deberían ser lo que parecen; ¡o los que no lo son, ojalá no parecieran nada!
OTELO.— Ciertamente, los hombres deberían ser lo que parecen.
YAGO.— Entonces, creo que Casio es un hombre honrado.
OTELO.— No, hay algo más en esto: te ruego que me hables según tus pensamientos, según cavilas, y que des a lo peor de tus ideas las peores palabras.
YAGO.— Mi buen señor, perdóneme. Aunque estoy obligado a todo acto de obediencia, no estoy obligado a aquello de lo que hasta los esclavos están libres. ¿Expresar mis pensamientos? Vamos, supongamos que son viles y falsos: ¿dónde hay un palacio donde no se cuelen a veces cosas inmundas? ¿Quién tiene un pecho tan puro que algunas aprensiones impuras no celebren en él audiencias y sesiones junto con meditaciones legítimas?
OTELO.— Conspiras contra tu amigo, Yago, si piensas que se le ha hecho un agravio y mantienes tus pensamientos en secreto.
YAGO.— Le ruego, señor, que aunque tal vez mi conjetura sea viciosa —pues confieso que es plaga de mi naturaleza espiar abusos y que mis celos dan forma a faltas que no existen—, su sabiduría no haga caso de quien tan imperfectamente imagina, ni se fabrique usted un tormento con sus observaciones dispersas e inseguras. No conviene a su sosiego ni a su bien, ni a mi hombría, honradez o entendimiento, que conozca mis pensamientos.
OTELO.— ¿Qué quieres decir?
YAGO.— El buen nombre en el hombre y en la mujer, mi estimado señor, es la joya inmediata de sus almas. Quien me roba la bolsa me roba basura. Es algo, nada; fue mía, es suya, y ha sido esclava de miles. Pero quien me birla mi buen nombre me roba algo que no lo enriquece a él y me empobrece a mí de veras.
OTELO.— Por el cielo, sabré tus pensamientos.
YAGO.— No podrá, aunque mi corazón estuviera en su mano, ni podrá mientras esté bajo mi custodia.
OTELO.— ¿Ah?
YAGO.— Oh, guárdese, mi señor, de los celos; es el monstruo de ojos verdes que se burla de la carne de que se alimenta. Ese cornudo vive en la dicha que, seguro de su suerte, no ama a quien lo agravia; pero ¡oh, qué minutos malditos cuenta una y otra vez quien adora y duda, sospecha y ama con fuerza!
OTELO.— ¡Oh, miseria!
YAGO.— Pobre y contento es rico, y bastante rico; pero riqueza sin límite es tan pobre como el invierno para quien siempre teme ser pobre. ¡Dios bueno, defienda de los celos las almas de toda mi tribu!
OTELO.— Pero ¿por qué, por qué dices esto? ¿Piensas que haría de los celos una forma de vida, para seguir sin cesar los cambios de la luna con sospechas frescas? No. Dudar una vez es resolverse de una vez: cámbiame por un macho cabrío cuando vuelque el negocio de mi alma en conjeturas tan hinchadas y sopladas como las que tú insinúas. No es para celarme decir que mi mujer es hermosa, come bien, ama la compañía, es franca de palabra, canta, toca y baila bien; donde hay virtud, estas cosas son más virtuosas aún. Ni de mis propios méritos escasos sacaré yo el menor temor o duda de su deslealtad, pues ella tenía ojos y me eligió. No, Yago, veré antes de dudar; cuando dude, probaré; y con la prueba no habrá más que esto: ¡fuera de una vez amor o celos!
YAGO.— Me alegro, porque ahora tendré razón para mostrarle el amor y el deber que le tengo con espíritu más franco: por tanto, como estoy obligado, recíbalo de mí. Aún no hablo de pruebas. Vigile a su mujer; obsérvela bien con Casio; mantenga su ojo así, ni celoso ni confiado. No quisiera que su naturaleza franca y noble, por exceso de bondad, fuera engañada. Vigile. Conozco bien la disposición de nuestro país; en Venecia dejan que el cielo vea las travesuras que no osan mostrar a sus maridos. Su mejor conciencia no es dejar de hacer, sino mantener oculto.
OTELO.— ¿Eso dices?
YAGO.— Ella engañó a su padre al casarse con usted; y cuando parecía temblar y temer sus miradas, era cuando más las amaba.
OTELO.— Y así fue.
YAGO.— Pues entonces vaya. La que tan joven pudo dar tal apariencia, para sellar los ojos de su padre cerrados como el roble, tanto que él pensó que era brujería. Pero yo soy muy culpable. Humildemente le ruego perdón por amarle demasiado.
OTELO.— Te quedo obligado para siempre.
YAGO.— Veo que esto ha quebrantado un poco su ánimo.
OTELO.— Ni un ápice, ni un ápice.
YAGO.— Créame, temo que sí. Espero que considere que lo que se ha dicho viene de mi amor. Pero veo que está conmovido. Le ruego que no fuerce mis palabras a asuntos más groseros ni a alcance mayor que la sospecha.
OTELO.— No lo haré.
YAGO.— Si lo hiciera, señor, mis palabras caerían en consecuencias tan viles que mis pensamientos no apuntaban. Casio es mi digno amigo. Mi señor, veo que está conmovido.
OTELO.— No, no muy conmovido. No pienso sino que Desdémona es honesta.
YAGO.— ¡Que viva así mucho tiempo! ¡Y viva usted mucho tiempo para pensarlo!
OTELO.— Y sin embargo, cómo la naturaleza errando de sí misma...
YAGO.— Ay, ahí está el punto. Como, si me permite ser franco, el no aceptar muchos matrimonios propuestos de su propio clima, complexión y grado, a lo cual vemos que la naturaleza tiende en todas las cosas; ¡puaj! Puede uno oler en semejante voluntad lo más rancio, desproporción inmunda, pensamientos antinaturales. Pero perdóneme: no hablo de ella en concreto y con claridad, aunque puedo temer que su voluntad, retrocediendo a su mejor juicio, llegue a compararle con las formas de su país y tal vez se arrepienta.
OTELO.— Adiós, adiós: si percibes más, hazme saber más; pon a tu mujer a observar. Déjame, Yago.
(Yéndose.)
YAGO.— Mi señor, me retiro.
OTELO.— ¿Por qué me habré casado? Esta criatura honesta sin duda ve y sabe más, mucho más de lo que revela.
(Regresando.)
YAGO.— Mi señor, quisiera rogarle que no examine este asunto más a fondo. Déjelo al tiempo: aunque es justo que Casio tenga su puesto, pues seguro que lo desempeña con gran habilidad, si le place mantenerlo apartado un tiempo, percibirá con eso a él y sus medios. Note si su señora fuerza su admisión con insistencia fuerte o vehemente; mucho se verá en eso. Mientras tanto, déjeme ser considerado demasiado ocupado en mis temores —pues tengo digna causa de temer que lo estoy— y téngala por libre, se lo ruego.
OTELO.— No temas por mi dominio.
YAGO.— Una vez más me retiro.
(Sale.)
OTELO.— Este sujeto es de honradez extrema y conoce todas las cualidades, con espíritu instruido, de los tratos humanos. Si pruebo que es arisco halcón, aunque sus pihuelas fueran las cuerdas de mi propio corazón, la silbaría lejos y la soltaría al viento para que cazara a su fortuna. Quizá porque soy negro y no tengo esas partes suaves de conversación que tienen los cortesanos, o porque he descendido al valle de los años —aunque eso no es mucho—, se ha ido, me han engañado, y mi alivio debe ser aborrecerla. Oh maldición del matrimonio, que podamos llamar nuestras a estas criaturas delicadas y no a sus apetitos. Preferiría ser un sapo y vivir del vapor de una mazmorra antes que guardar un rincón en la cosa que amo para usos de otros. Mas es plaga de los grandes; tienen menos privilegio que los humildes. Es destino inevitable, como la muerte: incluso entonces esta plaga cornuda nos está destinada cuando cobramos vida. Viene Desdémona. Si es falsa, ¡oh, entonces el cielo se burla de sí mismo! No lo creeré.
(Entran Desdémona y Emilia.)
DESDÉMONA.— ¿Qué hay, mi querido Otelo? Tu cena, y los generosos isleños invitados por ti, esperan tu presencia.
OTELO.— Soy yo el culpable.
DESDÉMONA.— ¿Por qué hablas tan débilmente? ¿No estás bien?
OTELO.— Tengo un dolor aquí en la frente.
DESDÉMONA.— De veras, eso es de tanto velar, ya se irá; déjame que te la vende bien fuerte, dentro de una hora estará mejor.
OTELO.— Tu pañuelo es demasiado pequeño;
(Él aparta el pañuelo, y ella lo deja caer.)
Déjalo. Ven, voy a entrar contigo.
DESDÉMONA.— Siento mucho que no te encuentres bien.
(Salen Otelo y Desdémona.)
EMILIA.— Qué contenta estoy de haber encontrado este pañuelo; fue el primer recuerdo que le dio el moro. Mi caprichoso marido me ha pedido cien veces que se lo robase. Pero ella quiere tanto esa prenda, porque él le conjuró a que la guardase siempre, que la lleva siempre consigo para besarla y hablarle. Voy a hacer que saquen el bordado y se lo daré a Yago. Qué hará con él lo sabe el cielo, yo no, yo sólo quiero complacer su capricho.
(Entra Yago.)
YAGO.— ¿Qué hay? ¿Qué haces aquí sola?
EMILIA.— No me regañes. Tengo una cosa para ti.
YAGO.— ¿Una cosa para mí? Es una cosa común…
EMILIA.— ¿Ah?
YAGO.— Tener una esposa tonta.
EMILIA.— Oh, ¿eso es todo? ¿Qué me vas a dar ahora por ese mismo pañuelo?
YAGO.— ¿Qué pañuelo?
EMILIA.— ¿Qué pañuelo? Pues ese que el moro le dio primero a Desdémona, ese que tantas veces me pediste que robase.
YAGO.— ¿Se lo has robado?
EMILIA.— No, de veras, ella lo dejó caer por descuido, y yo, aprovechando que estaba aquí, lo recogí. Mira, aquí está.
YAGO.— Buena muchacha, dámelo.
EMILIA.— ¿Qué vas a hacer con él, que tanto empeño has puesto en que te lo birle?
(Arrebatándoselo.)
YAGO.— ¿Y a ti qué te importa?
EMILIA.— Si no es para algún propósito importante, devuélvemelo. Pobre señora, se volverá loca cuando vea que le falta.
YAGO.— No digas que lo sabes, tengo un uso para él. Vete, déjame.
(Sale Emilia.)
Voy a perder este pañuelo en el alojamiento de Casio y dejaré que lo encuentre. Bagatelas ligeras como el aire son para el celoso confirmaciones fuertes como pruebas de las sagradas escrituras. Esto puede hacer algo. El moro ya cambia con mi veneno: las ideas peligrosas son por naturaleza venenos que al principio apenas se sienten desagradables, pero con un poco de acción sobre la sangre arden como las minas de azufre. Ya lo dije.
(Entra Otelo.)
Mira, ahí viene. Ni la adormidera, ni la mandrágora, ni todos los jarabes soporíferos del mundo podrán nunca devolverte con su medicina ese sueño dulce que tenías ayer.
OTELO.— ¡Ja! ¡Ja! ¿Falsa conmigo?
YAGO.— Pero, ¿qué pasa, general? Nada más de eso.
OTELO.— ¡Fuera! ¡Vete! Me has puesto en el potro. Juro que es mejor ser muy ultrajado que saberlo sólo un poco.
YAGO.— ¿Qué pasa, mi señor?
OTELO.— ¿Qué conciencia tenía yo de sus horas robadas de lujuria? No lo vi, no lo pensé, no me hizo daño. Dormí bien la noche siguiente, estaba libre y alegre; no encontré los besos de Casio en sus labios. Al que le roban, sin echar de menos lo robado, que no lo sepa, y no le han robado en absoluto.
YAGO.— Siento oír esto.
OTELO.— Habría sido feliz si el campamento entero, gastadores y todos, hubiera probado su dulce cuerpo, con tal de no haber sabido nada. Oh, ahora, para siempre, ¡adiós la mente tranquila! ¡Adiós, contento! ¡Adiós las tropas emplumadas y las grandes guerras que hacen de la ambición virtud! Oh, adiós, adiós el corcel que relincha y la trompeta estridente, el tambor que agita el espíritu, el pífano que perfora el oído, el estandarte real, y toda cualidad, orgullo, pompa y circunstancia de la guerra gloriosa! Y, oh, vosotras, máquinas mortales, cuyas rudas gargantas remedan los temibles clamores del inmortal Júpiter, ¡adiós! ¡El oficio de Otelo se ha acabado!
YAGO.— ¿Es posible, mi señor?
OTELO.— Villano, asegúrate de probar que mi amor es una puta; asegúrate de ello. Dame la prueba ocular, o, por el valor del alma eterna del hombre, más te hubiera valido haber nacido perro que responder a mi cólera despertada.
YAGO.— ¿Ha llegado a esto?
OTELO.— Haz que lo vea, o al menos pruébalo de tal modo que la demostración no tenga gozne ni rendija donde colgar una duda, ¡o ay de tu vida!
YAGO.— Mi noble señor…
OTELO.— Si la calumnias y me torturas, no reces nunca más. Abandona todo remordimiento; sobre la cabeza del horror acumula horrores; haz obras que hagan llorar al cielo, que dejen atónita a toda la tierra; porque nada puedes añadir a la condenación mayor que eso.
YAGO.— ¡Oh, gracia! ¡Que el cielo me defienda! ¿Es usted un hombre? ¿Tiene alma o sentidos? Dios le acompañe. Tome mi cargo. Oh, desdichado necio, que vives para hacer de tu honradez un vicio! ¡Oh, mundo monstruoso! Toma nota, toma nota, oh mundo, ser directo y honrado no es seguro. Le agradezco esta enseñanza, y desde ahora no amaré a ningún amigo, pues el amor engendra tal ofensa.
OTELO.— No, espera. Deberías ser honrado.
YAGO.— Debería ser sabio; porque la honradez es una tontería y pierde aquello por lo que trabaja.
OTELO.— Por el mundo, creo que mi esposa es honrada, y creo que no lo es. Creo que tú eres justo, y creo que no lo eres. Necesito alguna prueba: su nombre, que era tan fresco como el rostro de Diana, ahora está ennegrecido y sucio como mi propia cara. Si hay cuerdas o cuchillos, veneno o fuego, o corrientes asfixiantes, no lo soportaré. ¡Quisiera estar satisfecho!
YAGO.— Veo, señor, que está devorado por la pasión. Me arrepiento de habérselo planteado. ¿Querría estar satisfecho?
OTELO.— ¿Querría? No, lo estaré.
YAGO.— Y puede; ¿pero cómo? ¿Cómo satisfecho, mi señor? ¿Querría usted, el supervisor, mirar boquiabierto y grosero, contemplarla mientras la cubren?
OTELO.— ¡Muerte y condenación! ¡Oh!
YAGO.— Sería una dificultad tediosa, creo, llevarlos a ese espectáculo. Condénalos entonces, si alguna vez ojos mortales los ven acostarse juntos más que los propios! ¿Y entonces qué? ¿Cómo entonces? ¿Qué voy a decir? ¿Dónde está la satisfacción? Es imposible que usted vea esto, aunque fueran tan ardientes como cabras, tan calientes como monos, tan salaces como lobos en celo, y tan groseros necios como la ignorancia embriagada. Pero aun así digo que si la imputación y las circunstancias fuertes, que conducen directamente a la puerta de la verdad, le dan satisfacción, puede tenerla.
OTELO.— Dame una razón viva de que es desleal.
YAGO.— No me gusta el oficio, pero ya que he entrado en esta causa tan lejos, aguijoneado por tonta honradez y amor, seguiré adelante. Me acosté con Casio hace poco, y estando molesto por un diente que me rabiaba, no podía dormir. Hay una clase de hombres tan sueltos de alma que en sueños murmuran sus asuntos. Uno de esa clase es Casio: en sueños le oí decir: «Dulce Desdémona, seamos cautelosos, escondamos nuestros amores»; y entonces, señor, me agarraba y me retorcía la mano, gritaba «¡Oh, dulce criatura!» y luego me besaba fuerte, como si arrancara de raíz los besos que crecían en mis labios, luego ponía su pierna sobre mi muslo, y suspiraba y besaba, y entonces gritaba «¡Maldito destino que te entregó al moro!»
OTELO.— ¡Oh, monstruoso! ¡Monstruoso!
YAGO.— Vamos, aquello no fue más que un sueño suyo.
OTELO.— Pero esto denota un hecho consumado. Es una sospecha terrible, aunque no sea más que un sueño.
YAGO.— Y esto puede ayudar a dar cuerpo a otras pruebas que por sí solas resultan endebles.
OTELO.— La voy a despedazar.
YAGO.— Vamos, sea usted prudente. Aún no hemos visto nada concreto. Aún puede ser honrada. Dígame sólo esto: ¿no ha visto usted alguna vez un pañuelo bordado de fresas en manos de su esposa?
OTELO.— Yo le di uno así; fue mi primer regalo.
YAGO.— Yo no lo sabía; pero un pañuelo así (estoy seguro de que era de su esposa) vi hoy que Casio se limpiaba la barba con él.
OTELO.— Si es ése...
YAGO.— Si es ése, o cualquier otro que fuera de ella, habla en su contra junto con las demás pruebas.
OTELO.— ¡Oh, ojalá ese esclavo tuviera cuarenta mil vidas! ¡Una sola es demasiado pobre, demasiado débil para mi venganza! Ahora veo que es verdad. Mira, Yago: todo mi tierno amor lo lanzo así al cielo. Se ha ido. ¡Alza la cabeza, negra venganza, desde tu hueco infierno! ¡Entrega, oh amor, tu corona y tu trono del corazón al odio tiránico! ¡Hincha tu pecho con tu carga, que es de lenguas de áspides!
YAGO.— Tranquilícese usted.
OTELO.— ¡Oh, sangre, Yago, sangre!
YAGO.— Paciencia, le digo. Quizá cambie usted de parecer.
OTELO.— Nunca, Yago. Como el mar Póntico, cuya helada corriente y curso inexorable jamás conoce el reflujo que retrocede, sino que sigue de largo hacia la Propóntide y el Helesponto; así mis pensamientos sangrientos, con paso violento, jamás mirarán atrás, jamás refluirán hacia el humilde amor, hasta que una venganza capaz y anchurosa los trague. Ahora, por ese cielo de mármol, en la debida reverencia de un voto sagrado [_Se arrodilla._] empeño aquí mi palabra.
YAGO.— No se levante todavía. [_Se arrodilla._] Sed testigos, luces eternamente ardientes de lo alto, vosotros, elementos que nos ceñís en torno, sed testigos de que aquí Yago entrega la ejecución de su ingenio, sus manos, su corazón, ¡al servicio del agraviado Otelo! Que él ordene, y obedecerle será en mí remordimiento, sea cual sea el sangriento asunto.
(Se levantan.)
OTELO.— Acojo tu amor no con vanas gracias, sino con generosa aceptación, y al instante voy a ponerte a prueba. Antes de tres días quiero oírte decir que Casio no está vivo.
YAGO.— Mi amigo está muerto. Queda hecho a petición suya. Pero déjela vivir a ella.
OTELO.— ¡Maldita sea, ramera lasciva! ¡Oh, maldita sea, maldita sea! Ven, apártate conmigo. Voy a retirarme a procurarme algún medio rápido de muerte para la hermosa demonia. Ahora eres mi teniente.
YAGO.— Soy suyo para siempre.
(Salen.)
Puedes enlazarlo, citarlo e imprimirlo para clase. Uso en clase y licencia →
