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Parte 11El desmayo y la conversación espiada

Otelo · William Shakespeare · 12 min de lectura

Acto IVI

Chipre. Delante del castillo.

(Entran Otelo y Yago.)

YAGO.— ¿Lo cree usted?

OTELO.— ¿Creerlo, Yago?

YAGO.— Qué, ¿besarse en privado?

OTELO.— Un beso no autorizado.

YAGO.— O estar desnuda con su amigo en la cama una hora o más, sin intención de hacer daño.

OTELO.— ¿Desnudos en la cama, Yago, y sin intención de hacer daño? Es hipocresía contra el diablo: los que obran virtuosamente y sin embargo hacen eso, el diablo tienta su virtud y ellos tientan al cielo.

YAGO.— Si no hacen nada, es un desliz venial. Pero si yo le doy a mi mujer un pañuelo...

OTELO.— ¿Y entonces qué?

YAGO.— Pues entonces, es suyo, mi señor, y siendo suyo, puede, creo yo, regalárselo a cualquier hombre.

OTELO.— También es protectora de su honra. ¿Puede dar eso?

YAGO.— Su honra es una esencia que no se ve; muy a menudo la tienen quienes no la tienen: pero en cuanto al pañuelo...

OTELO.— Por el cielo, con qué gusto lo habría olvidado. Dijiste (oh, me viene a la memoria como el cuervo sobre la casa infectada, presagiando a todos) que él tenía mi pañuelo.

YAGO.— Sí, ¿y qué?

OTELO.— Eso no está tan bien ahora.

YAGO.— ¿Qué si yo le hubiera dicho que lo vi hacerle daño? ¿O que lo oí decir (como hay bribones por ahí que, habiendo conquistado o satisfecho a alguna amante con su propio ruego importuno o la voluntaria pasión de ella, no pueden evitar tener que parlotear)?

OTELO.— ¿Ha dicho algo?

YAGO.— Lo ha hecho, mi señor, pero esté usted bien seguro, nada más de lo que después negará con juramento.

OTELO.— ¿Qué ha dicho?

YAGO.— A fe mía, que él hizo... no sé qué hizo.

OTELO.— ¿Qué? ¿Qué?

YAGO.— Yacer.

OTELO.— ¿Con ella?

YAGO.— Con ella, sobre ella, lo que usted quiera.

OTELO.— ¡Yacer con ella! ¡Yacer sobre ella! Decimos yacer sobre ella cuando la calumnian. ¡Yacer con ella! Eso es repugnante. Pañuelo... confesiones... ¡pañuelo! Confesar y ser ahorcado por su trabajo. Primero ser ahorcado y luego confesar. Tiemblo ante ello. La naturaleza no se revestiría de semejante pasión ensombrecedora sin alguna causa. No son palabras lo que me sacude así. ¡Bah! Narices, orejas y labios. ¿Es posible? ¿Confesar? ¿Pañuelo? ¡Oh, demonio!

(Cae en un trance.)

YAGO.— Sigue actuando, mi medicina, ¡sigue actuando! Así se atrapa a los necios crédulos, y muchas damas dignas y castas, incluso así, sin culpa alguna, sufren el reproche. ¡Eh! ¡Mi señor! ¡Mi señor, digo! ¡Otelo!

(Entra Casio.)

¡Vaya, Casio!

CASIO.— ¿Qué ocurre?

YAGO.— Mi señor ha caído en un ataque de epilepsia. Este es su segundo ataque. Tuvo uno ayer.

CASIO.— Frótele las sienes.

YAGO.— No, absténgase; el letargo debe seguir su curso tranquilo. Si no, echa espuma por la boca y de pronto estalla en una locura salvaje. Mire, se mueve: retírese usted un poco, se recuperará enseguida. Cuando se haya ido, querría hablar con usted de un asunto importante.

(Sale Casio.)

¿Cómo está, general? ¿No se ha lastimado la cabeza?

OTELO.— ¿Te burlas de mí?

YAGO.— ¿Burlarme? No, por el cielo. ¡Ojalá soportara su fortuna como un hombre!

OTELO.— Un hombre con cuernos es un monstruo y una bestia.

YAGO.— Entonces hay muchas bestias en una ciudad populosa, y muchos monstruos civilizados.

OTELO.— ¿Lo confesó?

YAGO.— Buen señor, sea un hombre. Piense que todo barbudo que está uncido puede tirar con usted. Hay millones vivos ahora que todas las noches yacen en esos lechos impropios que se atreven a jurar que son exclusivos: su caso es mejor. Oh, es el despecho del infierno, la burla suprema del demonio, besar a una lasciva en un lecho seguro y suponerla casta. No, déjeme saberlo, y sabiendo lo que soy, sabré lo que ella será.

OTELO.— Oh, eres sabio, es cierto.

YAGO.— Apártese usted un momento, conténgase dentro de los límites de la paciencia. Mientras usted estaba aquí abrumado por su dolor (una pasión muy impropia de tal hombre), Casio vino aquí. Lo aparté con alguna excusa y di buena explicación de su éxtasis, le rogué que regresara pronto y hablara aquí conmigo, cosa que prometió. No tiene más que esconderse y observar las muecas, las burlas y los desprecios notables que habitan en cada rincón de su rostro; pues haré que cuente la historia de nuevo, dónde, cómo, cuántas veces, hace cuánto y cuándo ha poseído y volverá a poseer a su esposa: digo, observe sólo sus gestos. Vaya, paciencia, o tendré que decir que está todo entero en bilis y nada de hombre.

OTELO.— ¿Me oyes, Yago? Seré de lo más astuto en mi paciencia; pero ¿me oyes? De lo más sangriento.

YAGO.— Eso no está mal. Pero aun así mantenga la calma en todo. ¿Quiere retirarse?

(Otelo se retira.)

Ahora interrogaré a Casio sobre Bianca, una meretriz que vendiendo sus deseos se compra el pan y la ropa: es una criatura que idolatra a Casio (como es la plaga de las rameras engañar a muchos y ser engañadas por uno). Él, cuando oye hablar de ella, no puede contenerse del exceso de risa. Aquí viene.

(Entra Casio.)

Mientras él sonríe Otelo enloquecerá, y sus celos ignorantes tendrán que interpretar las sonrisas, los gestos y el comportamiento ligero del pobre Casio completamente al revés. ¿Cómo está usted ahora, teniente?

CASIO.— Peor porque me da usted el título cuya falta me mata.

YAGO.— Insista bien con Desdémona y lo tendrá seguro.

(Hablando más bajo.)

Ahora, si esta petición estuviera en poder de Bianca, ¡qué rápido lo conseguiría!

CASIO.— ¡Ay, pobre desdichada!

(Aparte.)

OTELO.— ¡Mira cómo se ríe ya!

YAGO.— Nunca conocí a una mujer que amara así a un hombre.

CASIO.— ¡Ay, pobre bribona! Creo, en verdad, que me ama.

(Aparte.)

OTELO.— Ahora lo niega débilmente y se lo toma a risa.

YAGO.— ¿Me oye, Casio?

OTELO.— Ahora le importuna para que lo cuente de nuevo. Vamos, bien dicho, bien dicho.

YAGO.— Ella hace correr que usted se casará con ella. ¿Tiene intención de hacerlo?

CASIO.— ¡Ja, ja, ja!

OTELO.— ¿Triunfas, romano? ¿Triunfas?

CASIO.— ¿Casarme con ella? ¿Qué? ¿Una meretriz? Te ruego, ten algo de caridad con mi ingenio, no lo creas tan enfermizo. ¡Ja, ja, ja!

OTELO.— Así, así, así, así. Ríe el que gana.

YAGO.— A fe mía, corre el rumor de que se casará con ella.

CASIO.— Te ruego, di la verdad.

YAGO.— Soy un gran villano si no.

OTELO.— ¿Me has marcado? Bien.

CASIO.— Esto es invención de la mona. Está persuadida de que me casaré con ella, por su propio amor y vanidad, no por promesa mía.

OTELO.— Yago me hace señas. Ahora empieza la historia.

CASIO.— Estuvo aquí hace un momento. Me acosa en todos los sitios. El otro día estaba conversando en el muelle con unos venecianos, y viene la baratija esa y se me cuelga así del cuello.

OTELO.— Llorando «¡Oh, querido Casio!», como quien dice: su gesto lo indica.

CASIO.— Así se cuelga y se recuesta y llora sobre mí; así me jala y me tira. ¡Ja, ja, ja!

OTELO.— Ahora cuenta cómo ella lo arrastró a mi alcoba. Oh, veo esa nariz tuya, pero no el perro al que se la arrojaré.

CASIO.— Bien, tengo que dejar su compañía.

YAGO.— ¡Por vida mía! Mire por dónde viene.

(Entra Bianca.)

CASIO.— ¡Vaya comadreja! Vaya, una perfumada. ¿Qué quieres decir con esto de acosarme?

BIANCA.— ¡Que el diablo y su madre te persigan! ¿Qué querías decir con ese pañuelo que me diste hace un momento? Bien tonta fui al aceptarlo. ¿Que tengo que sacar el bordado? Vaya trabajito, que lo encuentres en tu cámara y no sepas quién lo dejó allí. Es la prenda de alguna lagarta, ¿y tengo yo que sacar el bordado? Toma, dáselo a tu yegua. Lo hayas tenido de donde sea, yo no le saco nada.

CASIO.— ¿Qué pasa, mi dulce Bianca? ¿Qué pasa, qué pasa?

OTELO.— ¡Por el cielo, ese debe ser mi pañuelo!

BIANCA.— Si quieres venir a cenar esta noche, puedes. Si no quieres, ven cuando estés dispuesto.

(Sale.)

YAGO.— Tras ella, tras ella.

CASIO.— A fe mía que debo hacerlo; si no, armará un escándalo en la calle.

YAGO.— ¿Cenarás allí?

CASIO.— A fe mía que es mi intención.

YAGO.— Bueno, puede que pase a verte, porque tengo muchas ganas de hablar contigo.

CASIO.— Te lo ruego, ven, ¿quieres?

YAGO.— Anda; no digas más.

(Sale Casio.)

(Avanzando.)

OTELO.— ¿Cómo lo mataré, Yago?

YAGO.— ¿Percibió usted cómo se reía de su vicio?

OTELO.— ¡Oh, Yago!

YAGO.— ¿Y vio usted el pañuelo?

OTELO.— ¿Era el mío?

YAGO.— El suyo, por esta mano. Y vea usted cómo aprecia a la mujer estúpida que es su esposa. Ella se lo dio a él, y él se lo ha dado a su puta.

OTELO.— Querría matarlo durante nueve años. ¡Una mujer hermosa, una mujer bella, una mujer dulce!

YAGO.— No, debe usted olvidar eso.

OTELO.— Sí, que se pudra, y perezca, y sea condenada esta noche, porque no vivirá. No, mi corazón se ha vuelto piedra; lo golpeo y me duele la mano. Oh, el mundo no tiene criatura más dulce. Podría yacer al lado de un emperador y mandarle tareas.

YAGO.— No, ese no es su camino.

OTELO.— Que la cuelguen, solo digo lo que es. Tan delicada con su aguja, ¡una música admirable! ¡Oh, sería capaz de cantar hasta sacar la ferocidad de un oso! ¡Y de ingenio e inventiva tan elevados y abundantes!

YAGO.— Peor es ella por todo eso.

OTELO.— Oh, mil, mil veces. ¡Y además de condición tan gentil!

YAGO.— Sí, demasiado gentil.

OTELO.— No, eso es cierto. Pero qué lástima, ¡Yago! ¡Oh, Yago, qué lástima, Yago!

YAGO.— Si está usted tan encaprichado con su iniquidad, dele patente para ofender, porque si no lo toca a usted, a nadie más alcanza.

OTELO.— La cortaré en pedazos. ¡Ponerme los cuernos!

YAGO.— Oh, qué vil es por parte de ella.

OTELO.— ¡Con mi oficial!

YAGO.— Eso es más vil.

OTELO.— Consígueme veneno, Yago; esta noche. No discutiré con ella, no sea que su cuerpo y su belleza me desarmen la mente otra vez. Esta noche, Yago.

YAGO.— No lo haga con veneno, estrángulela en su cama, en esa misma cama que ha contaminado.

OTELO.— Bien, bien. Me place la justicia de ello. Muy bien.

YAGO.— Y en cuanto a Casio, déjeme ser yo su enterrador. Tendrá usted noticias antes de medianoche.

OTELO.— Excelente, bien. [_Una trompeta dentro._] ¿Qué trompeta es esa?

(Entran Ludovico, Desdémona y un Asistente.)

YAGO.— Algo de Venecia, seguro. Es Ludovico que viene del dux. Mire, su esposa viene con él.

LUDOVICO.— ¡Dios lo guarde, digno general!

OTELO.— Con todo mi corazón, señor.

LUDOVICO.— El dux y los senadores de Venecia le envían saludos.

(Le entrega un paquete.)

OTELO.— Beso el instrumento de su voluntad.

(Abre el paquete y lee.)

DESDÉMONA.— ¿Y qué noticias hay, buen primo Ludovico?

YAGO.— Me alegra mucho verlo, señor. Bienvenido a Chipre.

LUDOVICO.— Gracias. ¿Cómo está el teniente Casio?

YAGO.— Vive, señor.

DESDÉMONA.— Primo, ha habido entre él y mi señor una ruptura desagradable, pero tú lo arreglarás todo.

OTELO.— ¿Estás segura de eso?

DESDÉMONA.— ¿Mi señor?

(Lee.)

OTELO.— «No dejéis de hacerlo, según vuestra…»

LUDOVICO.— No ha llamado; está ocupado con el papel. ¿Hay división entre mi señor y Casio?

DESDÉMONA.— Una muy desgraciada. Haría mucho por reconciliarlos, por el amor que le tengo a Casio.

OTELO.— ¡Fuego y azufre!

DESDÉMONA.— ¿Mi señor?

OTELO.— ¿Tienes seso?

DESDÉMONA.— ¿Qué, está enojado?

LUDOVICO.— Quizá lo alteró la carta; porque, según creo, le ordenan regresar, dejando a Casio en su gobierno.

DESDÉMONA.— Créeme, me alegro.

OTELO.— ¡Vaya!

DESDÉMONA.— ¿Mi señor?

OTELO.— Me alegra verte loca.

DESDÉMONA.— ¿Por qué, dulce Otelo?

OTELO.— ¡Demonio!

(Golpeándola.)

DESDÉMONA.— No he merecido esto.

LUDOVICO.— Mi señor, esto no se creería en Venecia, aunque yo jurara haberlo visto. Es demasiado. Hágale una reparación. Ella llora.

OTELO.— ¡Oh, demonio, demonio! Si la tierra pudiera preñarse con lágrimas de mujer, cada gota que ella derrama resultaría un cocodrilo. ¡Fuera de mi vista!

DESDÉMONA.— No me quedaré a ofenderte.

(Yéndose.)

LUDOVICO.— Verdaderamente, una dama obediente. Le ruego a su señoría que la llame de vuelta.

OTELO.— ¡Señora!

DESDÉMONA.— ¿Mi señor?

OTELO.— ¿Qué quiere usted de ella, señor?

LUDOVICO.— ¿Quién, yo, mi señor?

OTELO.— Sí, usted deseaba que la hiciera volver. Señor, ella puede volver, y volver, y seguir adelante, y volver otra vez. Y puede llorar, señor, llorar. Y es obediente, como usted dice, obediente, muy obediente. Continúa con tus lágrimas. Respecto a esto, señor… ¡Oh, qué pasión tan bien pintada! Me ordenan regresar. Vete; te mandaré llamar luego. Señor, obedezco el mandato y volveré a Venecia. ¡Fuera, vete!

(Sale Desdémona.)

Casio ocupará mi lugar. Y, señor, esta noche le ruego que cenemos juntos. Es usted bienvenido, señor, a Chipre. ¡Cabras y monos!

(Sale.)

LUDOVICO.— ¿Es este el noble moro a quien nuestro pleno senado llama completamente suficiente? ¿Es esta la naturaleza que la pasión no podía sacudir? ¿Aquel cuya sólida virtud ni el disparo del accidente ni el dardo del azar podían rozar ni atravesar?

YAGO.— Está muy cambiado.

LUDOVICO.— ¿Está en su sano juicio? ¿No tiene el cerebro trastornado?

YAGO.— Es lo que es. No puedo expresar mi opinión sobre lo que podría ser. Si lo que podría ser no es, ¡ojalá fuera lo que Dios quisiera!

LUDOVICO.— ¿Qué, golpear a su esposa?

YAGO.— A fe mía que eso no estuvo bien; pero ojalá supiera que ese golpe será el peor.

LUDOVICO.— ¿Es su costumbre? ¿O las cartas obraron sobre su sangre y crearon esta falta de nuevo?

YAGO.— ¡Ay de mí, ay de mí! No sería honesto de mi parte decir lo que he visto y sé. Obsérvelo usted, y su propio proceder lo demostrará de tal modo que puedo ahorrarme las palabras. No tiene más que seguirlo y observar cómo continúa.

LUDOVICO.— Lamento haberme engañado con respecto a él.

(Salen.)

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