Parte 4La tormenta y la llegada a Chipre
Acto III
Un puerto de mar en Chipre. Una plataforma.
(Entran Montano y dos caballeros.)
MONTANO.— ¿Qué divisáis en el mar desde el cabo?
CABALLERO 1º.— Nada en absoluto, es una mar muy revuelta. No puedo distinguir una vela entre el cielo y el océano.
MONTANO.— Me parece que el viento ha hablado muy alto en tierra. Nunca una ráfaga más fuerte sacudió nuestras almenas. Si así ha bramado sobre el mar, ¿qué costillas de roble, cuando las montañas se funden sobre ellas, pueden mantener las junturas? ¿Qué habremos de oír de esto?
CABALLERO 2º.— La dispersión de la flota turca. Basta con ponerse en la orilla espumosa: las olas azuzadas parecen apedrear las nubes, la marejada sacudida por el viento, con oleaje alto y monstruoso, parece arrojar agua sobre la Osa ardiente y apagar a los guardianes del polo siempre fijo; jamás vi tal agitación sobre la mar enfurecida.
MONTANO.— Si la flota turca no ha encontrado refugio y abrigo en alguna bahía, se ha ahogado. Es imposible aguantar esto.
(Entra un tercer caballero.)
CABALLERO 3º.— ¡Noticias, muchachos! Nuestras guerras han terminado. La tempestad desesperada ha golpeado a los turcos de tal modo que su designio cojea. Una noble nave de Venecia ha visto un penoso naufragio y sufrimiento en la mayor parte de su flota.
MONTANO.— ¿Cómo? ¿Es esto cierto?
CABALLERO 3º.— La nave ha atracado aquí, una veronesa; Michael Casio, teniente del belicoso moro Otelo, ha desembarcado; el moro mismo está en el mar, y viene con plenos poderes para Chipre.
MONTANO.— Me alegro. Es un digno gobernador.
CABALLERO 3º.— Pero ese mismo Casio, aunque habla con alivio tocante a la pérdida turca, se le ve triste, y reza por que el moro esté a salvo; pues fueron separados por una tempestad violenta y vil.
MONTANO.— Ruego al cielo que lo esté; pues yo he servido a sus órdenes, y el hombre manda como un soldado cabal. ¡Vamos a la orilla del mar! Tanto para ver la nave que ha llegado como para tender nuestros ojos hacia el bravo Otelo, hasta hacer del mar y del azul aéreo una mirada indistinta.
CABALLERO 3º.— Vamos, hagámoslo; pues cada minuto trae la expectativa de más llegadas.
(Entra Casio.)
CASIO.— Gracias a vosotros, valientes de esta isla guerrera, que así aprobáis al moro. ¡Oh, que los cielos le den defensa contra los elementos, pues lo he perdido en un mar peligroso!
MONTANO.— ¿Está bien equipado?
CASIO.— Su barco tiene madera robusta, y su piloto es de muy experta y probada reputación; por tanto mis esperanzas, no agotadas hasta la muerte, están en cura atrevida.
(Dentro.)
¡Una vela, una vela, una vela!
(Entra un mensajero.)
CASIO.— ¿Qué ruido?
UN MENSAJERO.— La ciudad está vacía; en el promontorio del mar hay filas de gente, y gritan «¡Una vela!»
CASIO.— Mis esperanzas le dan la forma del gobernador.
(Un disparo.)
CABALLERO 2º.— Hacen su salva de cortesía. Son amigos al menos.
CASIO.— Le ruego, señor, salga y díganos con verdad quién ha llegado.
CABALLERO 2º.— Lo haré.
(Sale.)
MONTANO.— Pero, buen teniente, ¿su general está casado?
CASIO.— Muy afortunadamente: ha conquistado una doncella que sobrepasa toda descripción y fama desatada, una que excede los artificios de las plumas que blasonan, y en el ropaje esencial de la creación fatiga al ingeniero.
(Entra el segundo caballero.)
¿Y bien? ¿Quién ha atracado?
CABALLERO 2º.— Es un tal Yago, alférez del general.
CASIO.— Ha tenido la velocidad más favorable y feliz: las tempestades mismas, los mares altos y los vientos aulladores, las rocas melladas y las arenas congregadas, traidoras sumergidas para estorbar la quilla inocente, como si tuvieran sentido de la belleza, omiten sus naturalezas mortales, dejando pasar sana y salva a la divina Desdémona.
MONTANO.— ¿Quién es ella?
CASIO.— Aquella de quien hablé, la capitana de nuestro gran capitán, dejada al cuidado del audaz Yago; cuya llegada aquí anticipa nuestros pensamientos en una semana. ¡Gran Júpiter, guarda a Otelo, e hincha su vela con tu propio aliento poderoso, para que bendiga esta bahía con su alta nave, haga los jadeos rápidos del amor en brazos de Desdémona, dé fuego renovado a nuestros espíritus extinguidos, y traiga consuelo a todo Chipre!
(Entran Desdémona, Yago, Rodrigo y Emilia.)
Oh, ved, ¡las riquezas de la nave han desembarcado! Hombres de Chipre, dadle vuestras rodillas. ¡Salve, señora! Y que la gracia del cielo, delante, detrás de ti, y por todas partes, te rodee en círculo.
DESDÉMONA.— Os lo agradezco, valiente Casio. ¿Qué noticias podéis darme de mi señor?
CASIO.— Aún no ha llegado, ni sé nada salvo que está bien, y que estará aquí en breve.
DESDÉMONA.— Oh, pero temo... ¿Cómo os separasteis?
(Dentro.)
¡Una vela, una vela!
CASIO.— La gran contienda del mar y los cielos separó nuestra compañía. Pero, ¡escuchad! Una vela.
(Cañonazos dentro.)
CABALLERO 2º.— Dan su saludo a la ciudadela. También es un amigo.
CASIO.— Id a ver las noticias.
(Sale el caballero.)
Bienvenido, buen alférez. [_A Emilia._] Bienvenida, señora. Que no irrite vuestra paciencia, buen Yago, que extienda mis modales; es mi crianza la que me da esta audaz muestra de cortesía.
(Besándola.)
YAGO.— Señor, si ella le diera tanto de sus labios como de su lengua me prodiga a mí, usted tendría suficiente.
DESDÉMONA.— Ay, ella no tiene habla.
YAGO.— A fe mía, demasiada. Lo compruebo siempre que tengo ganas de dormir. Claro, ante vuestra señoría, lo reconozco, mete un poco la lengua en el corazón, y regaña con el pensamiento.
EMILIA.— Tienes poca razón para decir eso.
YAGO.— Vamos, vamos; sois cuadros en la calle, campanas en vuestras salas, gatas salvajes en vuestras cocinas, santas cuando os agravian, demonios cuando os ofenden, actrices en vuestras labores domésticas, y rameras en vuestras camas.
DESDÉMONA.— ¡Oh, vergüenza de ti, calumniador!
YAGO.— No, es verdad, o si no soy un turco. Os levantáis para jugar, y os vais a la cama para trabajar.
EMILIA.— No escribirás mi alabanza.
YAGO.— No, no lo haré.
DESDÉMONA.— ¿Qué escribirías de mí, si tuvieras que alabarme?
YAGO.— Oh, dulce señora, no me ponga a ello, pues no soy nada si no soy crítico.
DESDÉMONA.— Vamos, inténtalo. ¿Ha ido alguien al puerto?
YAGO.— Sí, señora.
DESDÉMONA.— No estoy alegre, pero engaño lo que soy, pareciendo lo contrario. Vamos, ¿cómo me alabarías?
YAGO.— Estoy en ello, pero en verdad, mi invención sale de mi mollera como la liga sale del paño, arranca sesos y todo: pero mi Musa se esfuerza, y así da a luz. Si ella es hermosa y sabia, hermosura e ingenio, la una es para el uso, el otro lo usa.
DESDÉMONA.— ¡Bien alabado! ¿Y si es negra e ingeniosa?
YAGO.— Si es negra, y además tiene ingenio, encontrará un blanco que se ajuste a su negrura.
DESDÉMONA.— Peor y peor.
EMILIA.— ¿Y si es hermosa y necia?
YAGO.— Nunca fue necia la que fue hermosa, pues hasta su necedad la ayudó a conseguir un heredero.
DESDÉMONA.— Estas son viejas y necias paradojas para hacer reír a los tontos en la taberna. ¿Qué miserable alabanza tienes para la que es fea y necia?
YAGO.— No hay ninguna tan fea y necia que no haga las sucias travesuras que hacen las hermosas y sabias.
DESDÉMONA.— ¡Qué pesada ignorancia! Elogias lo peor como si fuera lo mejor. Pero ¿qué elogio podrías dedicar a una mujer verdaderamente merecedora, una que por la autoridad de su mérito justamente se ganara el aplauso de la propia malicia?
YAGO.— Aquella que fue siempre bella y nunca orgullosa, que tuvo lengua a voluntad y sin embargo nunca fue escandalosa, nunca le faltó oro y sin embargo nunca se vistió con lujo, huyó de su deseo y sin embargo dijo: «Ahora puedo»; aquella que, airada, estando su venganza cerca, mandó que su agravio permaneciera y su disgusto volara; aquella que en su sabiduría nunca fue tan frágil como para cambiar la cabeza del bacalao por la cola del salmón; aquella que pudo pensar y nunca revelar su pensamiento, ver pretendientes que la seguían y no mirar atrás; ésa sería una criatura, si alguna vez existió tal criatura...
DESDÉMONA.— ¿Para hacer qué?
YAGO.— Para amamantar necios y llevar el registro de la cerveza.
DESDÉMONA.— ¡Oh, conclusión más coja e impotente! No aprendas de él, Emilia, aunque sea tu marido. ¿Qué dices tú, Casio? ¿No es acaso un consejero profano y licencioso?
CASIO.— Habla sin rodeos, señora. Puede usted saborearlo más como soldado que como erudito.
(Aparte.)
YAGO.— La toma de la palma. Sí, bien dicho, susurra. Con una tela tan pequeña como ésta atraparé una mosca tan grande como Casio. Sí, sonríele, hazlo. Te encadenaré con tus propios galanteos. Dices verdad, así es, en efecto. Si trucos como éstos te arrancan el grado de teniente, mejor hubiera sido que no te hubieras besado los tres dedos tan a menudo, cosa que ahora de nuevo estás tan dispuesto a hacer para actuar de caballero. Muy bien; bien besado, ¡qué cortesía excelente! Así es, en efecto. ¿Otra vez los dedos a los labios? ¡Ojalá fueran cánulas de lavativa, por tu bien!
(Trompetas dentro.)
¡El moro! Reconozco su trompeta.
CASIO.— Así es, en verdad.
DESDÉMONA.— Salgamos a su encuentro y recibámoslo.
CASIO.— ¡Mirad, ahí viene!
(Entran Otelo y acompañantes.)
OTELO.— ¡Oh, mi hermosa guerrera!
DESDÉMONA.— ¡Mi querido Otelo!
OTELO.— Me produce un asombro tan grande como mi dicha verte aquí ante mí. ¡Oh, alegría de mi alma! Si después de cada tempestad vienen tales calmas, ¡que soplen los vientos hasta despertar a la muerte! Y que la nave fatigada escale colinas de mares altas como el Olimpo, y se hunda de nuevo tan abajo como está el infierno del cielo. Si fuera ahora el momento de morir, sería ahora el momento de ser más feliz, pues temo que mi alma tiene en sí una dicha tan absoluta que ningún otro consuelo semejante a éste habrá de suceder en el destino desconocido.
DESDÉMONA.— ¡No permitan los cielos sino que nuestros amores y consuelos crezcan a medida que crecen nuestros días!
OTELO.— ¡Amén a eso, dulces poderes! No puedo hablar bastante de esta dicha. Me detiene aquí; es demasiada alegría. Y que éstas, y éstas, sean las mayores discordias [_Se besan._] que hagan jamás nuestros corazones.
(Aparte.)
YAGO.— Oh, bien afinados estáis ahora, pero yo aflojaré las clavijas que hacen esta música, por honrado que sea.
OTELO.— Vamos, vayamos al castillo. Noticias, amigos: nuestras guerras han terminado, los turcos se han ahogado. ¿Cómo están mis viejos conocidos de esta isla? Cariño, serás muy bien recibida en Chipre; he encontrado gran amor entre ellos. Oh, dulzura mía, parloteo sin orden y me deshago en mis propias dichas. Te lo ruego, buen Yago, ve a la bahía y desembarca mis cofres. Lleva al capitán a la ciudadela; es uno bueno, y su valía merece mucho respeto. Ven, Desdémona, una vez más bien hallados en Chipre.
(Salen Otelo, Desdémona y acompañantes.)
YAGO.— Reúnete conmigo enseguida en el puerto. Ven acá. Si eres valiente —pues dicen que los hombres viles cuando están enamorados tienen entonces una nobleza en su naturaleza mayor de la que les es propia—, escúchame. El teniente esta noche hace la guardia en el cuerpo de guardia. Primero debo decirte esto: Desdémona está directamente enamorada de él.
RODRIGO.— ¿De él? Vamos, no es posible.
YAGO.— Pon el dedo así y deja que tu alma se instruya. Fíjate con qué violencia amó primero al moro, sólo por fanfarronear y contarle mentiras fantásticas. ¿Y va a seguir amándolo por su charlatanería? Que no lo piense tu corazón discreto. Su ojo debe ser alimentado. ¿Y qué deleite tendrá ella mirando al diablo? Cuando la sangre se entorpece con el acto del placer, debe haber, para inflamarla de nuevo y dar a la saciedad un apetito fresco, belleza en el rostro, afinidad en años, modales y hermosura; todo lo cual al moro le falta. Ahora bien, por falta de estas comodidades requeridas, su delicada ternura se encontrará ultrajada, empezará a revolver el estómago, sentirá repugnancia y aborrecerá al moro; la propia naturaleza la instruirá en ello y la obligará a alguna segunda elección. Ahora bien, señor, concedido esto —pues es una posición muy evidente e inevitable—, ¿quién se halla tan eminentemente en el grado de esta fortuna como Casio? Un bribón muy elocuente; no más escrupuloso que en adoptar la mera forma de apariencia civil y humana para mejor lograr su salaz y muy oculta afición licenciosa. Pues nadie, ¡nadie! Un bribón escurridizo y sutil, un buscador de ocasiones; que tiene un ojo capaz de forjar y falsificar ventajas, aunque la verdadera ventaja nunca se presente. ¡Un bribón endiablado! Además, el bribón es apuesto, joven, y tiene en él todos esos requisitos que buscan la necedad y las mentes verdes. Un bribón pestilente y completo, y la mujer ya lo ha encontrado.
RODRIGO.— No puedo creer eso de ella, está llena de la más bendita condición.
YAGO.— ¡Bendito el culo del higo! El vino que bebe está hecho de uvas. Si hubiera sido bendita, nunca habría amado al moro. ¡Bendita morcilla! ¿No la viste manosear la palma de su mano? ¿No notaste eso?
RODRIGO.— Sí, lo vi. Pero eso no era más que cortesía.
YAGO.— Lujuria, por esta mano. Un índice y prólogo oscuro de la historia de la lascivia y los pensamientos inmundos. Se encontraron tan cerca con los labios que sus alientos se abrazaron. ¡Pensamientos villanos, Rodrigo! Cuando estas mutuidades preparan así el camino, cerca viene el maestro y el ejercicio principal, la conclusión incorporada. ¡Bah! Pero, señor, déjate guiar por mí. Te he traído desde Venecia. Vigila esta noche. En cuanto al mando, te lo cargaré a ti. Casio no te conoce. No estaré lejos de ti. Busca alguna ocasión de enojar a Casio, ya sea hablando demasiado alto, o mancillando su disciplina, o por cualquier otro medio que prefieras, el cual el momento proveerá más favorablemente.
RODRIGO.— Bien.
YAGO.— Señor, él es impetuoso y muy súbito en la cólera, y quizá con su bastón te golpee. Provócalo para que lo haga, pues incluso de eso haré que estos de Chipre se amotinen, cuya pacificación no volverá a buen término sino con el desplazamiento de Casio. Así tendrás un camino más corto hacia tus deseos por los medios que entonces tendré para favorecerlos, y el impedimento quedará removido muy provechosamente, sin el cual no habría expectativa de nuestra prosperidad.
RODRIGO.— Haré esto si puedo llevarlo a alguna oportunidad.
YAGO.— Te lo garantizo. Encuéntrame luego en la ciudadela: tengo que traer a tierra sus efectos personales. Adiós.
RODRIGO.— Adiós.
(Sale.)
YAGO.— Que Casio la ama, bien puedo creerlo; que ella lo ama a él, es probable y muy creíble: el moro, aunque no puedo soportarlo, es de naturaleza constante, amorosa, noble; y me atrevo a pensar que será para Desdémona un esposo queridísimo. Ahora bien, yo también la amo, no por pura lujuria (aunque tal vez deba responder por un pecado igual de grave) sino en parte movido a alimentar mi venganza, porque sospecho que el moro lujurioso ha saltado a mi silla. Ese pensamiento me roe las entrañas como un mineral venenoso, y nada puede ni podrá contentar mi alma hasta que quede a mano con él, mujer por mujer, o, si eso falla, al menos haya puesto al moro en unos celos tan fuertes que el juicio no pueda curarlos. Para lograr eso, si esta pobre basura de Venecia, a la que freno para que no cace tan rápido, aguanta el empujón, tendré a nuestro Michael Casio donde quiero, lo difamaré ante el moro del modo más soez (porque temo a Casio con mi gorro de noche también), haré que el moro me agradezca, me ame y me recompense por volverlo un asno colosal y atentar contra su paz y sosiego hasta enloquecerlo. Lo tengo aquí, pero aún confuso. La cara franca de la bellaquería nunca se ve hasta que se usa.
(Sale.)
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